XI (2)

*       *       *

 

   Esa noche Guevara durmió muy mal. Eso le ocurría a veces, cuando estaba muy nervioso. Entonces volvía la vieja pesadilla. Aún no había encontrado su significado, si es que lo tenía, pero lo cierto es que el sueño se repetía periódicamente desde hacía años.

   Entraba en una vieja casona abandonada. Era una especie de hospital o una casa de ancianos porque estaba llena de habitaciones parecidas con puertas pintadas del mismo color celeste claro. O quizás se tratase de un manicomio, porque las puertas eran robustas y podían trancarse desde afuera. El sueño siempre funcionaba igual. El era un niño que iba abriendo una por una las puertas de las habitaciones. Estaban vacías y en algunas se veían restos de material de hospital, como jeringuillas o guantes. Seguía recorriendo el largo pasillo y aunque avanzaba constantemente la pared del final se mantenía a la misma distancia y siempre había una cantidad de puertas para seguir abriendo. El silencio era profundo pero aun en el vacío de la casa la sensación era la de que había vida, como si algún ser estuviese esperando para hacer su aparición. Entonces ocurría; cuando abría la séptima puerta (siempre era la séptima) entraba en una habitación totalmente negra. No solo la pintura de las paredes era negra sino que las ventanas estaban cerradas y apenas había un poco de luz que entraba por la puerta que acababa de abrir. Y allí estaba él, el viejo de la cara flaca y llena de espinillas. Tenía muchas que estaban a punto de reventar pero el viejo no las tocaba, parecía no darle importancia. Sus ojos eran azules y grandes y brillaban en la oscuridad. Al ver al niño se levantaba de la cama y era horrible porque tenía una cantidad de tubos inyectados por todo el cuerpo, sobre todo en los brazos y en las piernas. Se dirigía hacia a él con los brazos abiertos pero Guevara salía corriendo de la habitación. Corría con todas sus fuerzas por el pasillo pero parecía que no servía para nada, como si tuviese sus piernas y sus brazos atados con cuerdas de goma y tuviese que hacer un esfuerzo terrible para moverse unos metros. El viejo ya había salido de la habitación aunque ya no era un viejo, era una anciana calva y no tenía tubos inyectados pero iba semidesnuda y le sobraba mucha piel que caía de sus brazos y sus pechos sobre un cuerpo enjuto y huesudo. El niño seguía corriendo y todo era en vano, no podía alejarse. Veía el enorme pasillo con las infinitas puertas abiertas y de repente de las habitaciones que antes estaban vacías empezaban a salir ancianos de todos tipos y venían con los brazos abiertos como para darle abrazos. El pasillo ya no era blanco, se había vuelto marrón y las puertas que antes eran celestes ahora eran amarillas. Entonces al fondo aparecía su madre que le decía que viniese mientras sonreía como si todo estuviese en orden pero él no conseguía avanzar y seguía como bloqueado. Los viejos ya estaban encima de él y se defendía intentando empujarlos pero sus empujones y sus golpes se debilitaban totalmente antes de contactar con sus cuerpos desnudos y apenas conseguía tocarlos débilmente. Era horrible, nunca sabía que hacer. Su madre ya no estaba allí, se había transformado en aquel carnicero al que siempre le compraban la carne cuando él era pequeño. Aquél que había asesinado a su mujer después de golpearla; Guevara no sabía mucho porque en su casa preferían no hablar de ello en su presencia, pero él había escuchado en el barrio que le pegaba a su mujer y la maltrataba. El carnicero sostenía su gran cuchillo, decían que con ese la había matado, y le susurraba que se acercase sonriendo igual que lo había hecho su madre. Pero él no podía moverse, ahora los viejos lo tocaban y lo abrazaban dándole besos y Guevara lloraba, lloraba desesperadamente...

   Cuando despertó estaba sudando y su corazón latía a un ritmo frenético. Le costó varios minutos calmarse. Ojalá pudiese librarse de ese sueño de una vez por todas. Quizás debiera ir a un psicólogo para intentar descifrarlo, aunque prefería no meterse en ese camino complejo y sin retorno del análisis de la mente. Tomó una buena ducha caliente y después de un café con leche y un zumo de naranja se fue a la jefatura. No fue hasta mediada la mañana que consiguió librarse definitivamente de la sensación incómoda y oscura que siempre le dejaba su pesadilla preferida.

   Fue otro día de café y nervios. Guevara no sabía que hacer.  Intentó hablar con su jefe pero Sánchez enseguida le preguntó por los colombianos y cada vez que Guevara pretendía introducir el otro caso el jefe arremetía con fuerza en detalles y preguntas acerca de la otra investigación. El detective se defendió como pudo con los pocos progresos que había venido haciendo y prometiéndole resultados a corto plazo. No hubo forma de explicarle la situación. Guevara casi llegó a pensar que su jefe lo hacía a propósito, aunque le costaba creer algo así.

   Llamó a Port Bou para ver si había habido novedades pero le dijeron que no. Habían rastreado la zona con perros y una patrulla de guardacostas había recorrido las inmediaciones en una embarcación. Nada.

    Fue hacia las seis de la tarde cuando todo se precipitó. Mientras revisaba unos archivos sobre los incidentes de Génova en su escritorio, recibió un mensaje de texto en su móvil. Ponía lo siguiente: "Perdona por lo de ayer. Estoy en Parque Guell dibujando. Está aquí, he visto su cara de loco y me asusta, ven pronto." Cogió el coche y salió volando hacia el parque. Tardaría unos quince minutos, esperaba que no sucediese nada hasta entonces.

   El Parque Guell es un lugar emblemático de Barcelona. Un parque diseñado por el mítico arquitecto Antonio Gaudí, en principio con el fin de convertirlo en una urbanización de alto nivel, pero ese proyecto no llegó  a realizarse, por suerte para la ciudad. Está situado en la zona alta, subiendo hacia la montaña, y posee una gran vista panorámica de toda Barcelona. En él se encuentra la casa donde vivió el excéntrico arquitecto durante muchos años, convertida en museo tras su muerte.

   Guevara aparcó el coche como pudo y corrió hacia la entrada. Cogió el camino principal y comenzó a subir velozmente. Le preocupaba que ya estuviese oscureciendo y hubiese menos gente paseando. De repente escuchó unos gritos y exclamaciones. Corrió con todas sus fuerzas. Arriba, cerca del mirador entre unos arbustos había un grupo de personas agitadas. El detective pensó lo peor. Al acercarse pudo ver la cara de espanto de la gente, casi todos turistas. Rodeaban un cuerpo en el suelo. No puede ser, ¡no puede ser! Se abrió paso casi violentamente entre la gente y entonces la vio. ¡No! Era ella, tendida sobre la tierra húmeda, coronada de púrpura sangre. Sus ojos tan hipnóticos habían dejado de brillar, su gesto era de terror, como un cuadro dark que ella misma hubiese pintado. Guevara tuvo que apelar a su sangre fría. Por dentro sentía un intenso dolor y una rabia que a duras penas conseguía contener. La examinó. El mismo procedimiento, el mismo corte en el cuello, la habían matado igual que a Luigi Anterraglo. Junto a ella y manchada por su propia sangre había una hoja de papel,  el dibujo en el que había estado trabajando; representaba un águila con ojos en forma de diamante y alas brillantes, sobrevolando una surrealista Barcelona. Entre sus garras un gato negro.

   El teléfono móvil no estaba. Hijo de puta.  No ha perdido el tiempo. Ordenó a la gente que se ocupase de llamar a la policía y sobre todo que no la tocasen. Subió al mirador y observó en todas direcciones.  Entonces lo vio. Un sujeto de gran tamaño bajaba por las escaleras mecánicas del parque que comunican con la zona de Vallcarca. Caminaba tranquilamente como un peatón más, pero cometió un error, porque se dio vuelta y miró exactamente hacia donde estaba el detective. No cabía duda de que era él. Guevara se apresuró a seguirlo. Corrió con todas sus fuerzas hacia la salida lateral del parque. El tipo estaba a bastante distancia, y no podía verlo, pero tenía la esperanza de que se dirigiese hacia el metro. Si el sujeto continuaba a paso lento podía alcanzarlo. Y así fue, porque al llegar a la avenida del Hospital Militar volvió a verlo. Salía de un bar con un paquete de cigarrillos en la mano, apenas a unos metros del detective. De repente se giró y lo miró directamente a los ojos. Por un momento Guevara quedó impresionado, aquella mirada, aquel rostro, no parecían normales, más bien eran los de un enajenado. Infundían miedo. Pero no le eran extraños, ya los había visto antes. Sí, lo recordaba,  era el sujeto de la foto del periódico, el que aparecía en primer plano lanzando piedras contra una vidriera. El intercambio duró unos segundos tras los cuales Guevara reaccionó gritándole que se detuviese. El sujeto no perdió el tiempo y se largó a correr calle abajo con todas sus fuerzas. Guevara sacó su arma y apuntó, pero dudó, no se atrevió a disparar. Comenzó perseguirlo frenéticamente. El tipo era endiabladamente rápido para su tamaño. Daba violentas zancadas avanzando mucho a cada paso. Iba ganando distancia pese al buen estado físico del detective que se esforzaba al máximo. Giró a la derecha por una pequeña calle y luego a la izquierda, cogiendo la avenida República Argentina hacia abajo. Guevara no perdía el contacto visual pero el grandote seguía alejándose paso a paso y las posibilidades de alcanzarlo disminuían. Al llegar a la Plaza Lesseps el sujeto tuvo suerte y cogió los últimos segundos de la luz verde. Se lanzó como un loco a cruzar y faltó poco para que lo atropellasen. El detective no pudo hacer nada. Es un cruce muy peligroso y en hora punta el tráfico es enorme. El cabrón se había escapado. Pero al menos ahora el asesino tenía cara. Encontraría al hijo de puta. Tomó aliento y regresó al parque. En el camino se fue tranquilizando, pero a la vez tomaba conciencia definitiva de la terrible muerte de Mirabe. Se sintió asfixiado, la noche anterior había estado con ella, le había advertido del peligro. Debía haber hecho algo más, debía haberla protegido mejor aunque ella no quisiese. Había sido un estúpido incompetente. ¿Como había podido fallar así? Un gran dolor se apoderó de él, a la vez que un deseo violento de venganza. La próxima vez no dudaría en disparar antes de hablar. Quería matarlo.

   Cuando llegó de nuevo al lugar del suceso ya estaban cargando el cuerpo en la ambulancia. Observó la escena como un espectador más y luego se marchó andando entre la gente. Era probable que Giancarlo también estuviese muerto ya. No tardarían en encontrar su cuerpo degollado por ahí.

   Mientras iba en el coche bajando hacia el centro encendió la radio y sintonizó una de las emisoras principales para oír las noticias. Se asombró cuando oyó una de última hora relatando la reciente muerte violenta de una chica alemana en el parque Guell. Al parecer la habían apuñalado al resistirse a un asalto. Qué bien informados estaban, resistirse a un asalto.

   Había mucho tráfico en Barcelona esa noche y llovía de nuevo con cierta intensidad. La gente se refugiaba como podía bajo los portales de los edificios. Algunos hacían gestos desesperados intentando conseguir taxi. Otros se lo tomaban con más calma bajo sus paraguas.

   El detective apagó la radio y puso un CD de John Coltrane. Por unos instantes se olvidó de todo escuchando las improvisaciones frenéticas del saxo de Coltrane. Intuía que se acercaba la acción. Había estado cerca, había sentido la adrenalina corriendo por todo su cuerpo. Empezaba a hacerse una idea de lo que había detrás de todo. Ese sujeto no era un simple agitador de algún grupo de la contracultura. El cabrón no dudaba en cortar cuellos, sabía lo que hacía. Las cosas poco a poco tomaban forma y las piezas se iban juntando. Anterraglo había sido una simple marioneta, eso estaba claro, pero aún no podía saber quién movía los hilos ni por qué. El grandote tenía que ser un brazo ejecutor, un mercenario. ¿Pero a las órdenes de quién?

   Coltrane estaba en medio de un descontrolado solo cuando  Guevara aparcó el coche a unos metros de la puerta de su casa. Hasta luego John. La calle quedó en silencio. Guevara entró en la finca y subió por las escaleras los cuatro pisos. Necesitaba descargar energía. No había terminado de girar la llave en la cerradura cuando sintió un tremendo golpe en la cabeza y cayó.

 

*         *         *

 

   Cuando abrió los ojos lo primero que vio fue el techo de su casa. Lo reconoció inmediatamente pese al terrible dolor en la nuca. Estaba atado de pies y manos. Giró la cabeza y allí estaba él, sentado en el sofá fumando tranquilamente. Una vez más Guevara se impresionó por el tamaño y los ojos del sujeto. Su mirada de loco era intimidante, y más teniendo en cuenta la situación de inferioridad en la que se encontraba.

 

-Te has despertado, capullo de mierda...

-¿Quién eres?

-Te diré quién soy, soy el que te va a mandar al puto infierno, jodido traidor.

-¿Traidor? ¿Por qué?

-¡Cálla comemierda! ¿Te crees muy listo verdad? Pues la has cagao, ¿me entiendes? la has cagao...

-He hecho mi trabajo, igual que tú, que vas por ahí degollando gente.

-Vaya, tenemos un chulito... Un jovencito valiente... ¿Eres un puto héroe verdad? No eres más que un maldito traidor, más te hubiese valido no jugar al héroe cabrón.

-Eres poli ¿verdad?, por eso me llamas traidor. Qué eres ¿Policía?, ¿Mossos d'Esquadra? ¿Guardia Civil? No, tú eres Policía, por eso me llamas traidor. No me lo digas, eres un Antidisturbios, ¿verdad?

-¡Silencio listillo! Tú no sabes nada. Tú no sirves pa Sherlock Holmes, no sirves pa na.

-Eres un Antidisturbios, ¿verdad?

-Soy mucho más que eso pedazo de mierda. ¿Pero tú que coño puedes saber? Solo quería que me vieses la cara cabrón. ¿Te gusta mi cara bonita? Ja ja ja... Mírala bien maricón, porque será la última que veas. Eres un jodido perdedor, no diste la talla. Ni si quiera te follaste a la alemanita. ¿Te hubiese gustado verdad? Ja ja... Seguro que te hubiese gustado comerte su coñito de putita. Pues jódete, porque se te acabó el tiempo cabronazo.

-No te será tan fácil. Hay detalles sobre la investigación, archivos. Relacionarán las muertes, no se acabará aquí, te cazarán hijo de puta.

-Eres un jodido ignorante de mierda. No te enteras de nada ¿verdad? Nadie relacionará una mierda con nada, puedes estar seguro. Un jodido detective muere al explotar su bombona de gas. Un triste accidente, el cuerpo está completamente desintegrado. Mañana será otro día. ¿Detalles de la investigación? ¿Archivos? Tú tranquilo colega, eso está arreglao.

-Vete a la mierda.

-Me iré, pero antes te mandaré al infierno. ¡Jódete!

 

   El grandote se dirigió a la cocina y abrió el gas. Luego regresó a la sala y encendió una gran vela que colocó sobre la mesa principal.

 

-Una media horita y aquí se liará una bien buena.

 

  Se acercó a Guevara y lo golpeó fuertemente en la nuca por segunda vez con la culata de la pistola.

 

*          *          *

 

    El detective volvió en si con un dolor aún más fuerte que antes. La casa olía a gas y la vela seguía encendida. En poco tiempo se produciría la saturación necesaria para la explosión. Guevara intentó desesperadamente moverse pero estaba fuertemente atado de pies y manos al sofá y amordazado también. No había forma de moverse arrastrando el sofá más que algunos centímetros tras grandes esfuerzos, y sus intentos de gritar no pasaban de una especie de gemido. Intentó mantener la sangre fría pero era evidente que el tiempo se acababa y el nerviosismo se apoderó de él. Entonces vio bajo el sofá el mando del equipo de música, hacía días que no lo usaba. Consiguió desplazar el sofá lo suficiente para quedar a la altura del mando, y utilizando torpemente la nariz como pudo, se las ingenió para encender la música. Subió al máximo el volumen. Era un equipo muy potente y los bajos de la banda de James Brown hacían vibrar todo el piso. Ahora había que esperar que bajase un vecino. Más de una vez se habían quejado del ruido; por favor que lo hiciesen esa vez, y rápido. El olor a gas era cada vez más intenso. Guevara respiraba lo menos posible para evitar sus efectos somníferos. Pasaban los minutos y no había señales de vecinos furiosos. La música sonaba a un volumen estruendoso, las ventanas estaban vibrando como nunca. No podrían aguantar demasiado. Mientras tanto Guevara hacía frenéticos esfuerzos para librarse de la mordaza. Un par de minutos después comenzaron a picar el timbre y golpear la puerta con violencia.  El detective se las ingenió nuevamente para bajar el volumen rápidamente con el botón de "mute". Afuera se oía la voz del viejo de arriba que gritaba que abriesen la puerta. Guevara intentó gritar pero la mordaza se lo impedía. La mordía con fuerza intentando destruirla. Los golpes y los gritos cesaron. El detective volvió a poner la música rápidamente y tras unos instantes comenzaron a golpear la puerta de nuevo. Quitó la música y comprobó que ahora se había sumado el vecino de al lado que también gritaba. En un último y desesperado gesto violento consiguió deshilachar la tela lo suficiente para liberar parte de su boca y comenzó a gritar pidiendo ayuda. Los vecinos no tardaron en abalanzarse contra la puerta para derribarla. El escándalo llamó la atención de más inquilinos que se sumaron a los esfuerzos y finalmente consiguieron tirarla abajo. Guevara les gritó que apagasen la vela inmediatamente y abriesen las ventanas. El viejo del piso de arriba se precipitó hacia la vela apagándola mientras otros vecinos abrían las ventanas y cerraban las llaves del gas de la cocina. El detective respiró aliviado. Que cerca había estado del final.

    Minutos después subía al terrado del edificio. Sabía que el cabrón asesino aún no se había marchado del barrio. Tenía que estar esperando la explosión por dos razones: para comprobar la efectividad del golpe, pero además porque era un sádico y no se perdería el espectáculo de ver saltar un edificio.  No se equivocaba; junto a un árbol, fumando tranquilamente estaba el grandote. Tenía la vista en la cuarta planta. Guevara lo observó un par de minutos. Se veía que comenzaba a impacientarse. No perdió el tiempo. Cruzó de terrado en terrado hasta llegar a la esquina de la manzana. La puerta que daba acceso a la escalera estaba cerrada con llave. Echó una ojeada; el tipo seguía allí, cada vez más inquieto. Junto a la puerta había una ventana de vidrio que no tenía reja. Se valió de su pistola para romper el vidrio y se dispuso a entrar. Tuvo que hacer un esfuerzo porque la ventana era pequeña y los restos de vidrio causaban problemas. Consiguió entrar a la escalera con algunos cortes superficiales. Alguien abría la puerta del último piso. El detective bajó velozmente y vio a una niña que miraba curiosa detrás de una puerta entornada. Siguió bajando las seis plantas a gran velocidad hasta llegar a la puerta de calle. Salió con cuidado, ahora no podía llamar la atención. Alcanzó a ver al grandote que hizo un gesto  de cabreo y comenzó a andar hacia la esquina donde estaba el detective. Hablaba solo profiriendo insultos y golpeando cosas al pasar. Sus ojos parecían lanzar fuego de la rabia que llevaba. Venía acercándose hacia la posición de Guevara que se había pegado a la pared del portal del edificio. El detective estaba terriblemente nervioso y pudo sentir la adrenalina invadiendo su cuerpo. No podía fallar,  en una pelea mano a mano no había posibilidades contra aquel monstruo. El sujeto pasó junto al portal y Guevara le asestó un terrible golpe con la pistola. Cayó al suelo aturdido pero con fuerzas para girarse y ver a su agresor. Guevara le pegó una violenta patada en la cara y luego otro fuerte golpe con el arma. Ahora sí lo había noqueado. Corrió a buscar su coche y lo trajo hasta donde estaba el cuerpo inmóvil. Haciendo un esfuerzo casi sobrehumano consiguió meterlo al maletero. Lo esposó y lo ató fuertemente. Después se lo llevó a un sitio que conocía en las afueras de la ciudad, una vieja masía en ruinas del siglo XVII. Cuando paró el coche escuchó los golpes violentos que daba el rehén. Al abrir el maletero pudo ver como sus ojos expresaban una furia extrema, cercana a la enajenación mental. Luego pareció tranquilizarse un poco.

 

-Esta vez has fallado cabronazo. No pudiste matarme. Faltó poco, lo admito, pero la suerte estuvo de mi lado.

-Vete a la mierda hijo de puta. La próxima no fallaré, te lo aseguro, te abriré el cuello como a los otros.

-Como al amigo de Luigi Anterraglo, Giancarlo, ¿no? A él también lo liquidaste ¿verdad? Lo mataste en Port Bou...

-El hijo de puta se cagó en los pantalones, Ja ja... Maricón de mierda. Pero  a ese no creo que lo encuentren nunca, se lo habrán zampado los tiburones...

-Ya veremos. Pero ahora el que está jodido eres tú. ¿Y quién te dijo que vas a tener otra oportunidad conmigo? A lo mejor al que no encuentran más es a ti, ¿que te parece mamón?

-Tú no me harás nada, eres un jodido poli pulcro de mierda, ¿verdad niñito de papá?

-Escúchame asesino de mierda, mataste a varias personas, una de ellas hasta me caía bien. Hasta ahí soy policía. Pero quisiste matarme a mi maldito hijo de puta, y te aseguro que me cago en lo que pueda pasarme, pero te devolveré la moneda cabrón. Lo vas a pasar mal, que no te quepan dudas. Y me lo vas a contar todo, ¿vale cabronazo? antes de que te encierre en una puta celda de la que no vas a poder salir en tu puta vida.

-Tú no te enteras de nada maricón de mierda. No me pasará nada, ¿entiendes? Nada. Me cago en ti y en todos tus muertos, de mí no sacarás nada aunque lo intentes. Eres un mierdecilla que no sabe ni por donde camina... Vas jodido por la vida y ni te enteras. Yo tengo protección, me cuidan desde arriba, ¿te enteras lameculos? Y antes que abras los ojos te habrán jodido bien jodido, si, ja ja... ya estás jodido pa siempre, ¿me oyes? estás muerto ya...

-Puede ser, no digo que no. Pero ahora el jodido eres tú y yo un puto inquisidor medieval. Y te aseguro que me va a gustar esta faena, ya verás agente... (Le revisa los bolsillos y extrae la cartera y una placa) ...Montes Serrano. No me equivoqué ¿eh? Cuerpo Antidisturbios. Quizá no soy tan malo para este trabajo como te creíste. Y yo era el traidor ¿verdad? Tú eres el puto traidor, un maldito agitador infiltrado. De eso te ocupas ¿verdad?, de liarla y montar follones. ¿Para quién trabajas? No me creo que sean órdenes oficiales, ¿o sí?

-Vete a la mierda...

 

-Me iré, pero antes te daré un pequeño paseíllo por el infierno, ¿qué te parece? esta vez te joderás tú...

Estás leyendo en Ablik

Cerrar