XII

-Padre, he descubierto la verdad. No tiene sentido que me niegue nada. Sé cuál fue la verdadera causa de la muerte de mi madre. Murió al nacer yo. ¿Fue así verdad?

-(suspira) Fue así. ¿Cómo lo has sabido?

-¿Qué más da como lo he sabido? Para eso soy policía. ¿Por qué me mintió?

-Creí que sería lo mejor hijo, no quería que te sintieses mal por eso, son cosas que pasan y...

- ¡Cosas que pasan! Sí son cosas que pasan y ya está me lo tenía que haber dicho, me cago en la... ¡Yo tenía que saberlo!  Siempre supe que había algo raro, nunca quiso hablarme de mi madre, pero esto es una puñalada ¿me entiende?, estoy jodido.

-Muchas veces te lo quise decir Manolo, pero siempre a último momento no me animaba. Con todos los problemas que teníamos, tus líos en la escuela, yo pensé que...

-¡Pensó mal viejo! ¡Pensó con el culo! Joder, si no fuera mi padre le metería una ostia de cojones. ¿Sabe lo que le digo?, váyase a la puta mierda anciano, tiene suerte que no le ponga un ojo morado me cago en la madre que me parió. Por mí puede morirse con los pantalones cagados y meados. Yo me piro de acá ¿me oye? Ya he pedido el traslado y me lo han dado. No me busque viejo porque no me va encontrar. ¡Hasta nunca anciano!

 

   De esa forma se despidió Manuel Montes Serrano de su progenitor y se marchó del pueblo andaluz que lo había visto nacer. Había conseguido un traslado para la capital y esperaba escapar del maldito entorno provinciano hacia la gran ciudad, donde tendría buenas posibilidades según había oído. En Madrid llegaría lejos y escupiría sobre esa mierda de pasado que tenía por vida. Ahora empezaba una vida nueva y que se jodiesen todos, porque solo tenía una idea fija en la cabeza, la de llegar hasta arriba.

  No tardó en adaptarse a la nueva situación. Comenzó con pequeños negocios en sociedad con proxenetas y traficantes de barrio de segunda. Los odiaba a todos, negros, marroquíes, sudacas de mierda, los hubiese matado a todos. Pero eran buen negocio y había que lidiar con ellos. La cosa marchaba bien pero sus extralimitaciones le valieron sendas amonestaciones. En reiteradas ocasiones había agredido con violencia a los detenidos llegando a herirlos gravemente. Lo peor fue cuando le disparó por la espalda a aquel marroquí  que había robado la cartera de un turista. Había sentido una sensación de gozo tremendo al hacerlo y su compañero tuvo que intervenir para que no acabase de matarlo a patadas en el suelo ensangrentado. Aquello le costó una investigación interna y su puesto peligró seriamente. Se salvó por los pelos, pero evidentemente lo tenían vigilado. Todo se torció definitivamente en aquella manifestación del orgullo gay, y sin embargo no podía arrepentirse en lo más mínimo porque aquello le abrió las puertas a una situación mucho más favorable.

   Formaba parte del grupo de agentes asignados a controlar el funcionamiento correcto de la marcha. Habían recibido indicaciones precisas de evitar cualquier tipo de provocación y actuar con el mayor civismo y sangre fría para que no se produjese ninguna situación violenta. A Montes le enfermaba ese tipo de trabajos. Que coño hacía él, un tipo duro que manejaba camellos y chulos a placer, cuidando de unos maricones de mierda como un si fuese un puto maestro de escuela. Y cuando los vio pasando frente a él semidesnudos, haciendo esos gestos inmundos de enfermos sexuales y sacando sus sucias lenguas de maricas sintió que la sangre le hervía. Cuánto hubiese dado por volver a los tiempos en que eso no ocurría. Los hubiese molido a patadas a todos, los hubiese golpeado hasta sacarles toda la mariconada. Aquella gente no merecía respirar el mismo aire que él. A duras penas se contuvo. Sus compañeros se reían y burlaban de los manifestantes pero se veía que se lo tomaban con clama. En cambio él estaba poseído por la rabia y el odio, a causa del asco que le daba el espectáculo.

   Entonces la gota colmó el vaso. Un jovenzuelo transvestido se le acercó haciendo gestos obscenos con su lengua y le tocó el pene sonriendo libidinosamente. La madre que te parió hijo de puta maricón. Montes se abalanzó sobre él hecho una furia y comenzó a golpearlo salvajemente, primero con la porra y después a mano limpia. Era un chico muy joven y delgado, de complexión bastante frágil. Cada golpe del imponente Montes era como un martillazo sobre una fina plancha de corcho. Los otros agentes saltaron sobre él rápidamente para intentar detenerlo pero debido a su gran envergadura les costó mucho esfuerzo separarlo de su víctima. Finalmente consiguieron detenerlo pero el joven yacía en el suelo hecho una piltrafa y hubo que llevarlo al hospital. Y la cosa pudo haber empeorado porque los manifestantes a punto estuvieron de arremeter contra la policía que tuvo que aplicarse al máximo para evitar la debacle.

    Ese mismo día Montes fue suspendido temporalmente. Aquello le sentó muy mal; no comprendía que se le echase a él la culpa y se protegiese a esos enfermos de la sociedad.  Probablemente hubiese cometido alguna locura de no ser por lo que iba a ocurrirle casi inmediatamente.

   En esos días recibió la llamada del sargento Perales del Cuerpo Antidisturbios. Necesitaban gente como él en el cuerpo, gente valiente y que no tuviese miedo de actuar. Si Montes quería, él no tendría problema en conseguir su traspaso a los Antidisturbios y así podía librarse de la incómoda situación en la que se encontraba. Montes no dudó en aceptar. No podía desperdiciar esa nueva oportunidad que se le presentaba. Se alegró al saber que había gente que le valoraba por lo que era, estaba harto de la mediocridad de los débiles.

   Perales fue su puerta de entrada al camino del ascenso social. El sargento vio en él a uno de los suyos y Montes le respondió con una fidelidad sin límite. Poco a poco se fue ganando su confianza y consiguiendo entrar en un entorno del que nunca había sospechado la existencia. Pero él no hacía preguntas, él acataba órdenes y actuaba, y ese era su máximo valor a los ojos de quienes hacían uso de sus servicios. Comenzó progresivamente a vivir una doble vida. Nunca se había sentido tan bien, tan fuerte, tan dueño del mundo. Por un lado estaba su trabajo regular como agente antidisturbios, que ya de por sí disfrutaba al tener la posibilidad de dar rienda suelta a sus impulsos violentos. Cuando había que intervenir en manifestaciones, desalojos, violencia callejera o cualquier misión que hubiese que llevar a cabo, todo su cuerpo se llenaba de odio y adrenalina, arremetiendo con toda su fuerza contra quien fuese el enemigo de turno. No importaba que se tratase de chavales, mujeres o ancianos, daba igual. Cualquier manifestante era una mierda que no merecía el más mínimo respeto y en su enajenación ciega se entregaba completamente a la violencia. Ahora no tenía que recibir reprimendas de malditos burócratas. Por el contrario, era respetado entre los compañeros del cuerpo por su temeridad y su gran fuerza física; comenzaba a ser alguien. Pero eso no era nada, apenas un trozo minúsculo de bienestar. A través de Perales y tras un tiempo demostrando fidelidad y entrega además de discreción, comenzó a conocer gente importante. No solo altos mandos policiales. Asistía a fiestas de gente con posiciones dominantes en el país, e incluso en el continente. Industriales, políticos, dueños de grandes empresas, directores de periódicos, de canales de televisión. Veía su ambición colmada. Poseía dinero de sobra, era respetado y le hacían sentir bien, importante. Él que se había criado en la completa humildad y apenas había tenido más que lo justo durante su infancia, ahora se veía de golpe viajando por toda Europa, alojándose en mansiones de alto lujo e incluso, en algunas ocasiones, compartiendo mesas con esas personas ricas y poderosas a quienes tanto admiraba. Para él eran como semidioses. Ahí conoció secretos que están al alcance de muy pocos. Ahí pudo ver de primera mano como se controla de verdad el curso de las cosas. Allí pudo comprobar como un puñado de gente decide sobre el futuro de todos los demás. Su admiración era tal que  rápidamente incorporó las cínicas ideas de sus poderosos patrones, que le habían hecho un pequeño hueco (él se consideraba un guerrero, un soldado de la causa) en su mundo; ese fabuloso entorno que a él le parecía un sueño de lujo y poder. A su resentimiento natural y su odio por las minorías de inmigrantes y negros se sumó un desprecio cínico por todos los asquerosos idealistas que integraban todo tipo de movimientos sociales de protesta. Ecologistas, antiglobalización, okupas, contraculturas, foros alternativos; ¡a la mierda con todos, ratas infames! Qué sabía esa gentuza, absolutamente nada. Creían que podían cambiar el curso de las cosas desde su miserable posición. Imbéciles ignorantes, no conseguirían nada. La cocina del mundo no estaba a su alcance, solo eran unos malditos peones. Pero él sí, él había llegado a la cocina aunque solo fuese como ayudante; estaba en la cima y lucharía a muerte como un verdadero guerrero al servicio de sus divinos patrones.

   Poco tiempo después de entrar en La Organización ya era un elemento destacado. Entró en contacto con soldados de toda Europa y cumplió con éxito todas las misiones que se le encomendaban. Sus trabajos eran los más sucios, en los que se requería un hombre de acción dispuesto a todo, incluso a matar. No tenía nada que temer, su impunidad estaba garantizada por la extensa red que La Organización había tendido en todas las instituciones del poder. La tarea principal estaba en la lucha contra los ecologistas y los antiglobalización, que eran los más peligrosos por estar fuertemente organizados y poseer ciertos recursos. A través de la agitación de las ovejas (término que utilizaban en La Organización para denominar a las masas que componen la opinión pública), antiglobalizadores, ecologistas y otros grupos contestatarios conseguían con cierta regularidad forzar la implantación de leyes altamente perjudiciales para los intereses y el desarrollo del Modelo. Era necesaria una lucha constante para desprestigiarlos con el fin de hacerles perder fuerza en sus reivindicaciones y que las ovejas volviesen a la tranquila pastura. No había tregua en esta guerra.

   Montes ascendió pronto y se le encargó parte importante del trabajo de campo a nivel europeo. Debía participar en las manifestaciones que ocurrían con motivo de los grandes eventos y provocar disturbios violentos que acabasen en enfrentamientos brutales con las fuerzas de seguridad nacionales.  Era imprescindible contar con la participación de infiltrados entre los grupos manifestantes. Del resto se ocuparían los medios de comunicación en una sutil campaña de desprestigio de las plataformas reivindicadoras. De esa forma la rueda podía seguir girando sin mayores complicaciones, y los "beneficios" del crecimiento económico continuar su libre camino. Montes se tomó su trabajo como una doctrina, consiguiendo excelentes resultados que le llevaron a ganarse la consideración y los favores de gente con la que jamás había soñado que pudiese codearse. Los contactos que tenía La Organización en todos los países facilitaban el trabajo. Había diversas secciones, siendo una de las más importantes la que se ocupaba de todo lo concerniente a Internet. La Red es el principal elemento de comunicación entre los grupos de protesta. Los expertos de la Organización se ocupaban de relegar las páginas más importantes y con mejor contenido ideológico a puestos lejanos en los motores buscadores, dando protagonismo a páginas de contenido radical y panfletario que llegaban incluso recomendar la lucha armada para revelarse contra el Sistema. Todo formaba parte de un frío cálculo, la agitación no se tornaría contraproducente. Solo alentaría al reducido pero necesario número de violentos. Ese era el trabajo virtual, para el otro estaba la gente como Montes. La Sección de Reclutamiento, con ramas en todos los países de Europa y contactos estrechos con Norte América, se ocupaba de localizar jóvenes con el perfil adecuado para formar parte en las misiones de La Organización. Fue a través de ella que Montes reclutó a Luigi Anterraglo, un chaval italiano con un turbio pasado que le fue entregado a través de miembros de la Organización infiltrados en la policía italiana. Anterraglo había cumplido con las órdenes formando parte activa en diversas protestas violentas de las más importantes en toda Europa. Había estado en Génova al mando de un italiano, tras lo cual pasó a formar parte de la gente de Montes Serrano. En Barcelona había sido una pieza fundamental en los momentos más violentos de las manifestaciones. Sus vestimentas y su aspecto físico no dejaban lugar a dudas. Era un perfecto violento antisocial, ideal para las cámaras de televisión y las portadas de los periódicos. Lamentablemente el chico era de carácter débil y estaba costando maniobrarlo. Hasta entonces Montes lo había tenido controlado y bien intimidado. Pero ese tipo de caracteres son imprevisibles, y nada podía estar librado al azar. Llegado cierto punto Montes decidió tensar la cuerda para ver si aún resistía.

 

 

-Escúchame bien chaval, no es el momento de mariconadas, ¿está claro? Lo has hecho bien aquí y estoy contento, pero esto es una guerra. Lo de Barcelona y todos los trabajos apenas fueron batallas, ¿entiendes? Ahora hay que seguir. Iremos al G-8 en Evian y montaremos el follón bien montado. Liaremos la de Dios, ya verás.

-Pero es que yo...

-¿Qué coño te pasa? tienes miedo, ¿es eso?

-No es eso Señor, pero ya he hecho mucho para ustedes, ya no quiero seguir...

-Vaya, el angelito no quiere seguir... Escúchame bien cabronazo, aquí se sigue hasta que yo lo diga, métete eso en el puto cráneo. Tú harás lo que yo te diga y cuando yo te lo diga. O es que eres un puto idealista de esos que andan por ahí con pancartas. ¿Es eso mierdecilla? ¿Quieres ir por ahí de un lado a otro fumando porros y quejándote de todo? ¡Y una mierda! ¿Me entiendes?

-No es eso... Usted no entiende... Es que no estoy bien... Lo paso muy mal, tengo taquicardias, no consigo dormir, es terrible...

-Pobrecillo... El chavalín está triste... Vaya pedazo de maricón has salido, ¡me cago en la leche! Más vale que te dejes de mariconadas y pronto chaval, o te aseguro que lo vas a pasar mucho peor. Ahora escúchame bien niñato. Iremos a Evian, pero esta vez la cosa va en serio. Ya no será romper unas vidrieras o incendiar un par de contenedores. Esta vez será un trabajo sucio de verdad, y vete preparando porque como falles sabrás lo que es estar jodido hasta la médula. Se te entregará un arma, una pistola. Cuando la cosa esté más liada tendrás que disparar, matar a un policía, esa será tu misión.

-¡No! No puedo, no me obligue, ¡no quiero hacerlo!

-¡Calla comemierda! Acaso quieres ir preso, ¿eso es lo que quieres jodido imbécil? Sabes que podemos joderte bien por lo que hiciste, ¿es que ya lo has olvidado maldito sádico?  Podemos encerrarte de por vida en un agujero inmundo con gente de la peor calaña que se dará un festín con tu culito fresco de mariconazo. Ahí sí que lo pasarás mal chaval, peor que en el infierno, y no tendrás esperanza, no volverás a ver la luz. Espabila chaval, si no quieres palmarla de verdad. ¡Harás lo que yo te diga!

-¡No! no lo haré, déjenme en paz, ya no puedo aguantar más...

 

   Luigi se levantó de la mesa del bar y salió corriendo. La gente lo miraba extrañado y también a Montes, que prefirió quedarse para pagar los cafés aunque tuvo que hacer esfuerzos para contener su ira.

   Corría sin saber hacia donde. Su mente estaba en blanco, solo huía, solo escapaba sin rumbo fijo. Todo le parecía extraño y nuevo; las callejuelas, las tiendas, los coches y la gente, sobre todo la gente. Personas que lo miraban fijamente, que querían saber todo de él en esos segundos en que sus vidas se cruzaban. Sabía que lo escudriñaban al pasar, que lo juzgaban. ¿Qué verían en él? ¿Verían toda la verdad? ¿Podrían percibir la corrupción infinita de su existencia? Ah cuanto hubiese dado por ser uno de esos inocentes turistas que deambulaban por ahí sin preocupaciones. Un poco de paz, solo eso. Su corazón latía con una fuerza tremenda, pero no quería pensar en eso. Solo quería olvidar, olvidarlo todo y partir lo más lejos posible. ¿Pero cómo hacerlo? ¿Cómo escapar a su propio pasado? ¿Cómo huir de la esencia más profunda de su alma desequilibrada? ¿Por qué no encontraba un camino, por qué? ¿Sería posible vivir sin sufrir? Luigi corría sin parar. Pensaba que lo perseguían, que pronto darían con él. Ojalá existiese un refugio oculto, ojalá pudiese recluirse y estar solo por un tiempo ilimitado. Un poco de paz, solo eso.

   Después de unos minutos en que perdió totalmente la noción del tiempo y del espacio, consiguió tranquilizarse paulatinamente. Deambuló por las calles del Barrio Gótico sin rumbo fijo. Un anciano tocaba la guitarra recostado sobre una vieja pared. El sonido del instrumento apenas se oía y su música era confusa. Pero había muchas monedas en su estuche, quizás por simpatía o por pena, o quizás porque la gente percibía la pureza de su espíritu simple.

   La puerta de Iglesia del Pi estaba cerrada. Hubiese querido entrar, pedir ayuda, o tan siquiera gozar de la tranquilidad momentánea de la casa del Señor. Se sentó unos instantes  y descansó. Su pulso se había ralentizado y respiraba con más fluidez. Pero persistía la inquietud. Sabía que no podría escapar, aunque quisiese, aunque intentase con todas sus fuerzas, esta vez no había solución. Llamó a Giancarlo. Quería oír su voz de amigo, quería decirle que con él había pasado los mejores momentos de su vida cuando años atrás solían jugar juntos. Salió el contestador, Luigi cortó. Entonces llamó a Mirabe. Esta vez se lo diría, le diría cuanto la quería. Nunca se había atrevido  a hacerlo, tantas veces había querido... Cuando la joven contestó sintió como todo su cuerpo se volvía a llenar de timidez. Ni siquiera en ese momento desesperado era capaz. Le dijo que viviría una buena vida, era lo que sinceramente deseaba para ella. Siempre había sido buena con él. Ella le preguntó si estaba bien. Si, estoy bien. Cortó y apagó el móvil. Después reanudó su marcha y siguió dando vueltas mientras la noche se iba haciendo profunda y la antigua Barcelona comenzaba a aletargarse en su oscuridad. Se encontraba en un estado de sensibilidad extrema. Observaba las formas de los edificios y veía en sus líneas expresiones casi de vida. En la plaza Sant Felip Neri contempló las marcas de las balas que permanecen en las paredes como memoria de antiguos paredones de fusilamiento. La Baixada de Santa Eulalia y su terrible leyenda le provocaron una vez más un escalofrío. Luigi se sentía identificado con el sufrimiento, otros habían sido como él, no era el único. Qué terrible muerte, arrojada por una colina en un barril lleno de clavos. A su paso iba dejando trazos rojos de dolor sobre la verde hierba.

   Ya era tarde cuando llegó  a la Plaza Real.  Aún  había gente repartida en pequeños grupos, personajes de la noche. Fue bajo la galería que está del lado este de la plaza, más hacia el lado del mar, donde Luigi se sentó agotado. Su cuerpo estaba exhausto pero su mente aún no se detenía. Es una sensación terrible. Algunos pensamientos volvían con recurrencia como castigándolo siempre pero él no era capaz de librarse de ellos. Lo dominaban como guiados por alguna maligna fuerza. Una vez más la imágenes de aquella noche se hicieron presentes con una claridad hiriente. No podría escapar, lo sabía más que nunca. El destino le había marcado el dolor en el alma con el acero más candente, penetrándolo hasta el fondo mismo de su naturaleza. Cuando así ocurre, ni siquiera la palabra esperanza tiene significado. La esperanza solo se intuye en la infinita oscuridad, en la absoluta inconsciencia.

 

*       *       *

 

   Aquella noche Luigi regresó tarde del colegio. Había pasado la tarde con Giancarlo en las colinas. Allí podían sentirse libres e inventarse personajes que representaban durante horas hasta casi convertirse realmente en ellos. Giancarlo era un famoso bandolero que asaltaba a los ricos y organizaba formidables fiestas con sus hombres y las más bellas doncellas. En ellas no faltaba la cerveza ni la música y el baile. Luigi en cambio prefería ser un ermitaño que se recluía en los bosques para llegar al fondo de si mismo y purgar su espíritu. El bandolero y el ermitaño eran amigos, porque el primero solía pedirle consejo, y el segundo tenía cierta debilidad por el alcohol. Así pasaban gran parte del tiempo y gracias a una imaginación sin límite conseguían viajar hacia el mundo del mito y la fantasía con extrema facilidad. Pero el tiempo volaba cuando se entregaban a aquél juego, y Luigi sabía bien que le esperaba lo peor cuando golpeó la carcomida puerta de madera. Nada más abrirse recibió un terrible golpe en la cara que casi lo hizo caer. Gianni le había dado con la mano abierta dejándole la mejilla toda colorada.

 

-¿Dónde has estado cabroncillo? ¡Te tengo dicho que vengas a casa después del colegio mierdecilla! Te he hecho una pregunta, ¿dónde coño has estado?

-Estaba con Giancarlo...

-¡Giancarlo! Ese jodido hijo de puta. ¡Ya verá cuando me folle a la putana de su madre!

-¡Gianni! -intervino la madre- Tú no te follarás a ninguna putana...

-Claro que sí, ja ja... te follaré a ti, putana querida... ¡Eres la peor de las viciosas!

 

   Así comenzó la que sería la peor noche de su vida, una noche en que el infierno le tendería una trampa, abriéndole la puerta de una celda tenebrosa para hacerlo pasar a igualmente horrible sin apenas darle tiempo para disfrutar de la ilusión. Los golpes apenas fueron el aperitivo. Su padre le dio con las manos y luego con un cinto de cuero que tenía, que era su preferido para atizarle las palizas. Su madre gozaba con el espectáculo. Ella no se libraba tan directamente a la violencia física, prefería atormentarlo psicológicamente humillándolo sin cesar. Le hicieron desnudarse para reírse de él. Gianni le echaba en cara que era un mísero alfeñique y que nunca se convertiría en un verdadero hombre. Ana insistía en que tenía una mierda de pene, apenas una décima parte de lo que una mujer podía desear. Luego lo ataron y lo violaron repetidamente los dos en un terrible frenesí lujurioso. Lo quemaron con aceite caliente, le arrancaron los pelos de sus partes bajas uno por uno. Bebían alcohol y le obligaban a beberlo también. Luigi llegó a desmayarse en dos ocasiones pero ellos se ocupaban de reanimarlo para continuar atormentándolo y abusando de él de todas las formas imaginables. Cada vez que Luigi pensaba que la tortura estaba por llegar a su fin, todo empezaba de nuevo, y el suplicio se hizo interminable. Al final de la noche el pobre muchacho ya casi había perdido cualquier referencia con la realidad. Se encontraba sumido en una especie de letargo turbio, una semi-inconsciencia inquieta y oscura. Cuando volvió a tener noción de la realidad ya comenzaba a amanecer. Luigi contempló la desoladora escena. Su padre yacía desnudo junto a una botella vacía al lado de su madre que estaba tumbada boca arriba con las piernas abiertas y el cuerpo lleno de marcas de su sádica entrega a los más bajos instintos de una psicología trastornada.

   Consiguió desatarse y se vistió en silencio. En ese momento experimentó una sensación indescriptible que no había sentido nunca antes y que mucho después, recostado en una húmeda pared de una plaza en Barcelona, volvía a sentir. La casa era un caos. Todo estaba desordenado y por el suelo. Botellas, restos de comida, ropas medio destrozadas, velas apagadas y restos de cebo. Sangre. Al fondo, a través de la ventana pudo ver el sol naciente.  Tranquilamente se dirigió a la cocina y abrió el viejo armario. Sabía que allí su madre guardaba el alcohol que utilizaba para encender la vieja cocina de leña, ya que no tenían dinero para pagar la luz eléctrica y vivían en la total dejadez. Cogió la botella y en una esquina de la casa, junto al viejo armario apiló todo lo que pudiese quemarse con facilidad. Hizo lo mismo en tres sitios más y cerró bien todas las ventanas y las persianas atándolas con alambre. Luego encendió las hogueras que cogieron fuerza con mucha velocidad. Luigi salió de la casa con las manos vacías, sin más que lo puesto; sin absolutamente nada que tuviera que ver con  aquel pasado que comenzaba a consumirse poco a poco pero con un ritmo incesante. Cerró la puerta con llave desde fuera y simplemente se sentó en un tronco cercano a observar. No era felicidad lo que sentía, ni gozo. Solo era una sensación de liberación tan absoluta que bordeaba la indiferencia. Observaba fijamente el fuego y apenas sintió un leve escalofrío cuando oyó algunos gritos apagados que provenían del centro de las llamas. Pero la ilusión fue terriblemente efímera. Llegó Materazzi... Aquellos inacabables y duros interrogatorios... El comisario siempre lo había sabido, desde el mismo momento en que lo encontró sentado mirando absorto los restos del incendio. Y lo había atosigado, lo había obligado a confesar presionándolo sin tregua. Después, todo lo demás. Roma, todas esas personas importantes que le prometían ayuda si se mantenía fiel, mientras otros le asustaban constantemente con la amenaza de la prisión perpetua. ¡Ah si hubiese podido elegir, cuánto habría dado por una oscura y húmeda celda! Se hubiese convertido en ermitaño y hubiese conseguido salvar su espíritu. Pero nunca tuvo elección. Siempre había tenido que acatar su destino de interminable oscuridad. El no quería, nunca había querido ayudarlos, ellos eran un mal terrible. Pero el miedo, el enorme miedo siempre lo había inferiorizado hasta la impotencia y ellos lo chantajeaban y amenazaban si cesar. Hizo todo lo que le pidieron, pero nunca dejó de sufrir.

   Luigi sintió como le hundían el arma blanca en la garganta. No quiso abrir los ojos, no era necesario, conocía a su asesino. El verlo hubiese arruinado aquellos instantes de grandiosa felicidad, de gozo supremo. Hubiese querido que ese instante durase más, mucho más, porque jamás había experimentado esa placidez en su vida. Era la sensación más cercana a la libertad que había tenido nunca  y si alguien hubiese podido verlo en ese momento, quizás hubiese adivinado la leve sonrisa que se dibujó en su cara antes de que se contrajese en el inequívoco y tenso gesto de la muerte. Aquél que había sido uno de los que tanto lo habían hecho sufrir, sin saberlo acababa de hacerle el más preciado regalo. Luigi había encontrado el único camino que su destino le había dejado despejado. Ya lo había dicho el poeta William Blake:

 

 

Todas las noches y todas las mañanas

 Algunos para la miseria nacen

 Todas las mañanas y todas las noches

 Algunos nacen para el dulce placer

 Algunos nacen para el dulce placer

 Algunos nacen para la interminable oscuridad

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