El Bosque de Mirfolea

            El hombre se adentró en el bosque. Un bosque de árboles altos y milenarios, de troncos gruesos y colores caleidoscópicos, de ilimitadas criaturas. Corrió hasta donde alcanzaron sus fuerzas y luego desfalleció. Fue recogido por un Ernauta que viajaba en un transporte unidireccional. Al despertar, el hombre no tuvo miedo, se limitó a preguntar dónde estaba. El Ernauta no contestó. El hombre se arrojó al vacío sin vacilar y cayó sobre la pierna de un insecto, quebrándola. El Ernauta continuó su ruta, pero el hombre no sufrió daño alguno. Se incorporó y siguió andando por el bosque, sin sentir piedad  por el insecto, sin percatarse siquiera de su existencia. Entró en una taberna y pidió licor, pero le sirvieron jugo de frutas silvestres. El hombre intentó reconducir la situación, apelando casi a la violencia, y sin embargo nadie reaccionó a sus demandas. El hombre estaba solo.

            En el bosque de Mirfolea todo es posible, absolutamente todo. Eso lo hace único. Pero no quiere decir que cualquier voluntad pueda moldear los tiempos ni las formas. Solamente que cualquier tiempo o forma tienen derecho a existir. Su mera existencia los hace naturales. No hay nada artificial en el bosque de Mirfolea.

             El hombre no perdió la paciencia cuando se encontró en medio de una multitud exacerbada que desfilaba por un sendero no principal. Aprovechó para comer, llevaba consigo escasas provisiones. Una mujer pequeña y desgarbada se le acercó pidiéndole alimento. Exhibió una sonrisa de velada hermosura. El hombre le dio todo cuanto llevaba consigo. La mujer se marchó velozmente y el hombre se arrepintió de sus actos, pero su arrepentimiento apenas duró unos instantes y luego se echó a a correr nuevamente, sin pausa ni tregua, y nuevamente desfalleció.

            Esta vez despertó sobre un viejo sofá cama de roído material. Al lado había otro de última generación, completamente automático y brilloso. Sobre ese,  un entrevistador realizaba preguntas a un ser de irreconocible esencia. El hombre lamentó no poder ocupar su lugar. Otro entrevistador se percató de su  recién adquirida conciencia y se apresuró a interrogarlo acerca de algunos puntos oscuros de su pasado. El hombre estaba decidido a no ceder en lo más mínimo, sin embargo no pudo resistir el poder de persuasión del entrevistador. El hombre consiguió eludir algunas interrogantes claves y fue dado de alta. Avanzó por el bosque hacia una zona resplandeciente rodeada de un vapor perfumado . El hombre se sintió débil. Y su debilidad provocó que los grandes árboles se torciesen, hasta formar bucles frondosos. Nada de eso era definitivo en la mente del hombre. Sin embargo se detuvo a las puertas de un círculo rojo absolutamente exhausto. Entonces presenció un diálogo:

 

            -Por esto mismo estamos teniendo esta conversación...

            -Esa será tu motivación, no olvides que la mía podría ser otra.

            -¿Cual sería entonces?

            -Solo dije que podría ser otra. No he dicho que lo fuese.

            -Y sin embargo estamos aquí.

            -Eso creo, sin duda.

            -Pero no por mi voluntad

            -Eso es discutible, no sé con qué herramienta se puede medir la propiedad la voluntad.

 

            Luego comenzaron a bailar.

 

             El hombre se llamaba Frank.  Frank siguió su camino y llegó a un punto de los denominados Originarios. Allí recordó que debía encontrarse con alguien. Alguien llamado Whitelaw. Pero Frank no se acordaba de nada más. O quizás nunca había sabido más que eso. Whitelaw llegó casi inmediatamente, descendió.

 

            -Te he estado esperando Frank.

            -Para qué, qué quiere de mi Whitelaw...

            -Hemos de encomendarte una misión.

            -¿Una misión?

            -Sí, una misión. ¿Te parece algo sorprendente?

            -¿Sorprendente?

            -Formo parte de un comité especial. Todos estuvimos de acuerdo en que debemos encomendarte la misión a ti.

            -¿Y si no acepto?

            -Morirás. Pero no por nuestras manos Frank. Todos moriremos. Nada más.

            -¿Por qué yo Whitelaw? No soy un héroe, solo un vagabundo.

            -Eso es irrelevante Frank.

            -¿Cuál es mi misión?

            -El bosque se está llenando de basura Frank. Aparece por todas partes, son elementos corrosivos. Nos esforzamos por eliminarla.

            -¿Y entonces cuál es el problema?

            -¿No lo entiendes Frank? Estamos al límite de nuestras posibilidades. No se trata simplemente de un aumento progresivo del daño. Se trata de un agigantado aumento del aumento. Ya no hay salida.

            -¿Salida? ¿Salida hacia donde? Todo esto me es indiferente. No puedo aportar nada en absoluto.

            -El comité y yo no lo consideramos así. Encuentra la fuente Frank. He de irme.

 

            Frank observó como Whitelaw ascendía nuevamente, y luego se marchó. Frank encendió una antorcha y su fuego se tornó verdoso. Entonces se afeitó la barba reflejándose en una charca y se sentó para meditar. Instantes después un olor intenso y desagradable se hizo sentir con fuerza. Frank se incorporó y se alejó. Otro montón de basura sin origen visible. Corrió y saltó sobre un árbol lateral pero el árbol se convirtió en ceniza. Frank trepó a un carro electromagnético conducido por un Mártir (día y noche sin pausa hasta el agotamiento y la oscuridad) y allí descansó una vez más.

 

            Pensó en escapar del bosque. Conocía el camino, Whitelaw y el comité podían dejar de existir si por él fuese. Un animal se le acercó. Parecía agonizante, no estaba en disposición de atacar. Era un Ures Trialado. Pero sus alas estaban pegajosas y dañadas. El Ures desfalleció a los pies de Frank y murió. Basura, pensó Frank, en sus alas y en sus tripas. Saltó sobre una vía mecánica de transporte. Una multitud se dirigía a las cercanías del lago Inms. Frank notó que lo observaban fijamente, lo escudriñaban, fijaban la vista en sus ojos. Frank llevaba las manos vacías, pero ellos no, llevaban cosas, bolsas llenas de objetos. Saltó sobre la hierba roja y corrió alejándose. Pronto se encontró en medio de una sesión de sonidos organizados. Provenían de bajo tierra, de las cuevas. El sonido lo paralizó y no consiguió moverse hasta tiempo después cuando la música acabó. Pero su espíritu ya no estaba tan agitado. Al llegar a las cercanías del lago Inms solo vio sombras escabulléndose. Sombras de todas formas y tamaños. El hedor era terrible.

 

            -¿Quiénes sois? exclamó.

 

Nada. Nada ni nadie. El aire se descompuso. Frank persiguió una sombra. Llevaba basura y pretendía arrojarla al lago. La sombra era un hombrecillo calvo que se rindió inmediatamente, sin oponer resistencia.

 

            -¿Quién es usted y por qué lleva esa bolsa? preguntó Frank.

            -Nadie. Déjeme. No conspire contra mí, no soy nada.

 

            El hombre era evidentemente insignificante. Se marchó mirando de reojo a Frank. Entonces cayó hielo y después lluvia ácida. Los árboles se replegaron. Y cuando lo hicieron Frank pudo ver más sombras arrojando bolsas al lago. Era un espectáculo patético. Las sombras arrojaban las bolsas y luego se hacían pequeñas, insignificantes, y se marchaban en distintas direcciones.

 

            Frank continuó vagando por el bosque. Comió frutas silvestres que encontró. Luego se dirigió a la zona de las reflexiones luminosas. Exhibieron una secuencia de colores extremadamente compleja. Pero era difícil concentrarse, el hedor aumentaba, Whitelaw tenía razón. La invasión crecía. Detrás del generador de secuencias, o dentro de los troncos antiguos, por todas partes la basura se acumulaba y las sombras parecían ser las responsables. Debía ser evidente para Whitelaw también, la misión de Frank era inútil. Frank decidió marcharse, salir del bosque. Una mujer lo detuvo. No habló, solo se interpuso en su camino. Era extremadamente hermosa, tenía labios carnosos y ojos penetrantes. Apretó sus  orejas con sus manos y comenzó a llorar. Una de sus lágrimas cayó al suelo y la hierba cambió de color. La mujer se convirtió en estatua inmediatamente. Sus ojos eran de vidrio y sus labios de metal. Frank continuó su camino, pero la ruta que quiso tomar para salir del bosque estaba colapsada. Y mientras tanto la basura seguía acumulándose. Se percató de una sombra que llevaba una bolsa de inusual tamaño. Frank la persiguió y la interceptó. La sombra se tornó hombre y se giró nerviosa hacia Frank. Se asustó y pidió clemencia. Era un miembro del comité.

 

            -Por favor no me lastime Frank... ¡se lo suplico!

            -¿No lo entiendo, que quieren de mí?

            -¿No se lo dirá a Whitelaw verdad Frank? Esta es mi única bolsa, soy de los que menos bolsas ha sacado, no merezco el castigo...

            -¿Qué castigo, no sé de que está hablando? contestó Frank nervioso.

            -Se lo juro, por favor tenga piedad. El mismo Whitelaw ha tenido que sacar sus propias bolsas, ¡debe creerme!

           

            Frank empujó al miembro del comité y se dejó llevar por una onda sonora de baja frecuencia. La desesperación se apoderó de él. Todas las rutas estaban cerradas por la acumulación de bolsas. Las sombras no dejaban de arrojar más y más bolsas. Los animales caían aplastados e intoxicados, los árboles se secaban y se contraían agónicamente intentando resistir. Frank intentó encontrar a un Ernauta que lo sacase de ahí, pero no había ninguno visible, y sus transportes estaban colapsados y dañados por las bolsas.

            Pronto el bosque se fue convirtiendo en un gigantesco depósito de bolsas, y el aire era irrespirable a causa del hedor y la toxicidad. Frank consiguió llegar a la sede del comité. La muchedumbre le dejó pasar para que se reuniese con Whitelaw. Muchos le pedían que acabase con él y con todos los miembros del comité. Frank no lo comprendía, las mismas sombras que arrojaban las bolsas, clamaban la sangre del comité.

 

            -Me ha engañado Whitelaw, ya lo sabía todo, desde el principio.

            -Todos lo sabíamos Frank. Incluso tú.

            -¿De qué habla?

            -Vamos Frank, ¿no has arrojado tú ninguna bolsa? ¿Ni siquiera una pequeña?

            -Déjeme en paz Whiltelaw. Me marcho de su inmundo bosque.

            -Eso es imposible Frank. No lo conseguirás. Nadie lo conseguirá. Solo nos queda esperar.

            -No soy uno de los suyos Whitelaw, parece que lo olvida. No soy un súbdito de su reinado de hipocresía.

            -Eres un iluso Frank. Como tantos otros. Pero no estás más limpio que los demás. Ahora  vete y déjame solo. Ya has cumplido tu misión.

 

 

            Frank presenció en silencio el final del bosque, junto a las sombras. Las bolsas lo tomaron todo, hasta acabar definitivamente con la vida. Poco antes de morir, Frank pudo ver su reflejo en el último trozo del lago de Inms que subsistía. Era el reflejo de una sombra.

Estás leyendo en Ablik

Cerrar