El Castillo de Santernaques

     La invitación llegó en un sobre lacrado a la antigua usanza. El sello representaba una C, que luego comprendí que correspondía a Courtoisie. Afuera ponía mi nombre  con la siguiente fórmula: “Mr. de San Luz, personal”. Estaba escrito a mano y en tinta, con exquisita caligrafía. Reconozco que consiguió inmediatamente  despertar mi curiosidad. Abrí el sobre y leí el texto que reproduzco a continuación:
'Mr Gerard Richelieu, Barón de Courtoisie, tiene el gusto de invitarle a la reunión de amigos que se celebrará en el Castillo de Santernaques a partir del próximo viernes 27 de (...). Las celebraciones se extenderán hasta el siguiente día 4 y los huéspedes serán alojados en el castillo.  Le rogamos acepte esta invitación y le suplicamos encarecidamente que mantenga total discreción acerca de la misma.

 

 Un saludo afectuoso;

 

                              Mr G. Richelieu.

 

Pd: la presencia de Madame de San Luz será bienvenida.'

    Releí la nota varias veces.  Realmente no supe que pensar. No tenía ni idea de que podía ser todo aquello. En todo caso no conocía a ningún Richelieu, ni había jamás oído hablar del castillo de Santernaques. Por otra parte esa pomposa seriedad era casi cómica  y la idea de algún tipo de broma se me cruzó por la cabeza. Pero no era una idea que me convenciese realmente como explicación, y además, tampoco podía imaginarme a ningún conocido que quisiera hacerme una broma de ese tipo.  Era todo bastante extraño, y a la vez intrigante.

   Marie llegó de la oficina sobre las cinco y le mostré la invitación. Tampoco ella tenía idea de donde podía provenir tal excentricidad, pero se lo tomó con bastante humor y le pareció divertido todo aquél asunto. Esta reacción era típica de su carácter alegre y bon vivant, ella no experimentó ningún recelo. Propuso averiguar más acerca del castillo y de los nombres citados por medio del ordenador, y así lo hicimos; sin embargo no pudimos encontrar más que comentarios aleatorios y poco precisos, nada que nos aclarase realmente demasiado, pero al menos la búsqueda nos dio la certeza de que no se trataba de una broma, al parecer se trataba de una invitación real.

    Más tarde aquella noche Marie mencionó algo a modo de teoría. Es cierto que en más de una ocasión yo me había jactado en público de tener orígenes en la nobleza portuguesa.  Pero no es algo que pudiese asegurar con certeza, ni de lo cual tuviese un conocimiento preciso. Simplemente un rumor familiar que utilicé a modo de anécdota en reuniones amistosas. Pero Marie sugirió que podría ser que ese fuera el motivo de la invitación que había recibido, mi "sangre azul". Hizo un hincapié irónico en estas palabras y aprovechó para reírse cariñosamente de mí  con su encanto natural. Sin embargo su teoría no hizo más que provocar ansiedad en mi carácter receloso e inseguro (el de una persona que sufre cuando las cosas se salen del camino normal, cuando lo inesperado asoma su sombra).

     Intenté dejar de pensar en el asunto, y dormirme para olvidar. No conseguí  evitar preocuparme por el tema, durante varios días. Lo que más me inquietaba era que Marie se interesase más de la cuenta, porque yo no quería saber nada de aquella invitación y esperaba que nuestras vidas cotidianas no se viesen afectadas por ningún acontecimiento extraño.  Pero Marie no mencionó más el tema y me tranquilicé, prosiguiendo con mis ocupaciones habituales en el Instituto Botánico.

     Cierto día tiempo después, al volver a casa me encontré a Marie sentada en el sofá del salón bebiendo un gin tonic. Parecía de buen humor, el tipo de actitud que provocaba una reacción dual en mi persona. No podía dejar de impregnarme de su alegría natural, que por mi cuenta en raras ocasiones conseguía generar, pero este sentimiento se veía ofuscado rápidamente por la inquietud que me causaba. Sabía bien que cuando Marie se encontraba en este estado de ánimo era más proclive a improvisar,  a poner sobre el tapete ciertas ocurrencias que su espíritu elaboraba con facilidad. A menudo yo conseguía desviar la conversación hacia otros asuntos haciéndole olvidar su intención primera. Con el tiempo aprendí algunas técnicas, mediante el estudio de su carácter, que se mostraban sumamente eficaces.  Marie era sin duda brillante, pero para fortuna de mi propia mezquindad, era también inocente en buena medida y no detectaba mis artimañas con facilidad. Sin embargo había ocasiones en que su objetivo era tan claro que no era posible derivar la acción hacia ninguna alternativa. Temía esos momentos, pues si bien yo podía ser hábil trabajando en la sombra, a la hora de una confrontación directa se revelaba la debilidad de mi carácter y mis opciones se reducían a la nada.

   Este era el caso cuando llegué esa tarde a casa.

 

-Y bien querido, ¿has preparado tu equipaje para nuestra visita a Santernaques? Habrá que llevar ropa para la ocasión...

-¿Cómo querida? No comprendo bien...

-Santernaques, claro que sí, la invitación, creo que será muy divertido, no podemos perdérnoslo Gastón. He conseguido un vestido de época espectacular, cuento con que habrá una fiesta de disfraces o algo por el estilo, espero poder usarlo, es un trabajo de costura magnífico.

-Un vestido... pero Marie yo... sabes que tengo trabajo, no sé si será una buena idea...
-Oh vamos querido, nada de pequeñeces. Tienes todo el día de mañana para prepararte,  el viernes saldremos temprano. He calculado que tardaremos unas cuatro horas en llegar.  Ven vamos a la cocina, he preparado una cena que sé que te gustará... .


   Viajamos toda la mañana y sobre el mediodía llegamos al pueblo de Santernaques. Marie insistió en que fuésemos en el Alfa Romeo del 69 que le había regalado su padre, un coche de colección que rara vez utilizábamos. Yo hubiese preferido el confort del Volvo, pero según ella este coche se adaptaría mucho más a las circunstancias. Como de costumbre acepté su decisión. (Por otra parte, ambos coches eran enteramente de su propiedad, pues con mi salario no hubiese podido adquirir ninguno de los dos. Claro que ella no lo consideraba así, siempre hacía hincapié en que todos sus bienes me pertenecían en igual medida, excepto por su colección de joyas familiares, a la que profesaba un gran afecto. Pero yo no conseguía percibirlo así.  En mi familia nunca sobró el dinero, y las pertenencias logradas con esfuerzos desmedidos siempre fueron celosamente custodiadas).

     Santernaques le pareció a Marie un pueblo encantador. No dejó de hacer buenos augurios sobre lo que nos esperaba. Yo me limité a asentir y a guardar silencio. Cierto es que los pobladores se detenían a mirar con aire simpático el paso del alfeta rojo, e incluso algunos saludaron alzando la mano o con alguna sonrisa. Pero a mí sus rostros afables y bonachones solo me inspiraron rencor; no soportaba la idea de que cualquier pueblerino se inmiscuyese en mi intimidad, aunque fuese tan levemente. La mía y la de Marie. Sabía bien que era muy afortunado por tenerla,  que no la merecía, que a los ojos de un observador externo, yo no podía ser más que una mancha opaca sobre su brillo diamantino. Temía que otros lo percibiesen. Temía que me reconociesen como uno de los suyos, solo un hombre mediocre.  La estadía en ese maldito castillo, la pomposa fiesta, los afectados invitados. Todo se me presentaba como un infierno cercano. Como una dura prueba que tendría que soportar. Iba a tener que realizar un esfuerzo sobrehumano para mantenerme a la altura, para conseguir al menos pasar desapercibido durante una semana entera.

 

-Gastón, ¿crees que el Barón nos recibirá en persona?

-¿El Barón? ¿Te refieres a Richelieu? -intenté pronunciar el nombre de la manera más vulgar posible, ciertamente Marie me había sorprendido con su pregunta-. No tengo ni idea, aunque me extrañaría, estará ocupado en sus asuntos...

-Yo creo que sí, creo que será un excelente anfitrión y recibirá a sus huéspedes con la debida deferencia.

-¿Marie, cómo lo sabes? No tenemos ni idea de quién es ese señor.

-Ya lo verás querido. Más vale que mantengamos el temple cuando nos lo encontremos.

-¿El temple? ¿A qué te refieres exactamente querida?

-Da igual, déjalo. Mira, ahí está el castillo, es impresionante, ¿no crees?

 

     La conversación con Marie terminó de excitar mis nervios. Me costaba comprender su actitud, no había sido un diálogo típico entre nosotros. Tuve la impresión de que Marie no había utilizado su tono desenfadado habitual, más bien parecía hablar con inusitada seriedad. Por supuesto que me molestó la grandilocuencia con que utilizó el término Barón. Pero había algo más. Quienes poseemos un humor tan sensible somos capaces de captar los matices más pequeños en nuestro delicado sistema emocional. Mi turbación tampoco entraba dentro de los límites de la normalidad. Observé a Marie con detenimiento por unos instantes. Su mirada estaba fija en la vetusta construcción que se alzaba sobre una colina cercana, rodeada por altos pinos y otros árboles frondosos. Sus ojos parecían más oscuros de lo habitual. No me atreví a hablarle y continuamos en silencio, acercándonos al castillo.

   Minutos más tarde llegamos a la entrada principal del recinto. Habíamos escalado la colina por un camino de tierra bastante venido a menos, hasta llegar a un pequeño puesto semi derruido. Sobre un lado del camino había un terraplén en donde dejamos el Alfeta. El castillo podía divisarse al fondo, a cierta distancia, atravesando el parque, tras una enorme verja de hierro forjado. Un joven apareció desde dentro del puesto. Iba vestido con ropas de época, supuse que posiblemente fuese un atuendo rural del siglo XVIII. Tenía aspecto de campesino simple, por lo cual no necesitaría grandes dotes dramáticas para representar su papel. El joven hizo un gesto y nos indicó que entrásemos en el puesto. Luego nos hizo leer un anuncio escrito en caligrafía antigua, que exhortaba a todo invitado a despojarse de cualquier pertenencia, incluyendo nuestras ropas, antes de ingresar al recinto del castillo. Un enorme guardarropas ponía a nuestra disposición vestidos adecuados para la ocasión, y agregaba que encontraríamos más variedad en nuestros aposentos. Marie no dudó en cambiarse mientras yo consideraba la situación con cierta perplejidad. Mientras tanto el joven nos observaba -o debo decir que observaba a Marie, puesto que en ningún momento me dirigió una mirada-. Indicó a Marie que entregase su teléfono portátil, las llaves del coche y cualquier otra pertenencia, y que no se preocupase pues todo sería perfectamente custodiado. Mi estado de ánimo rozaba la indignación. Pero al observar la seguridad con la que se desenvolvía Marie opté por seguir sus pasos pues la situación había superado totalmente mi escasa capacidad de reacción.

     Instantes después avanzábamos por el parque, ataviados con sendos vestidos de época. A pesar de mi confusión y mi excitación nerviosa, no pude dejar de observar lo espléndida que se encontraba Marie en su vestido -el vestido que había encargado para la visita a Santernaques-. El fino talle, el generoso escote, la gracia de sus brazos. En la palidez de su rostro maquillado resaltaba la oscura profundidad de sus ojos. Todo en ella brillaba con fuerza, y por un instante experimenté un sentimiento incontrolable de pasión. Pasión por su hermosura y elegancia, por sus formas tan perfectas, por su completa vocación de perfección. Pero una vez más aquél destello de emoción dejó paso a sentimientos menos nobles. Me sentí avergonzado de mí mismo, por representar tan perfectamente la imperfección, la falta de gracia y de carisma. Sobre mi cuerpo enjuto y poco atlético las ropas no parecían bien talladas, y pensé que a la vista de los demás solo podía despertar desprecio o pena. Quizás en el mejor de los casos, alguna risa burlesca.

     Mi sentimiento de inferioridad aumentó a medida que nos acercábamos al castillo, en cuyas cercanías se encontraban la mayoría de los invitados. Todos lucían espléndidos. Las joyas y las telas resplandecían al sol, como las blancas dentaduras que aparecían tras las graciosas sonrisas.  Mientras avanzábamos las parejas y los grupos se giraban a observarnos, incluso más de un caballero obsequió a Marie con una leve reverencia, acompañada de un 'madame...'. Las mujeres también la miraban y reaccionaban de manera diferente; mediante contenidas  exclamaciones, cuchicheos, o risas afectadas. En cambio nadie se fijó en mí, nadie me saludó, estoy seguro de que ni siquiera nadie se dignó a mirarme. En cualquier otra circunstancia me hubiese sentido aliviado por semejante conducta. Sin embargo había algo sombrío en esa actitud, algo que aún se me escapaba. Todo ello contribuyó a destruir lo que quedaba de mi autoestima. Ni si quiera podía refugiarme en el sentimiento de que Marie era mía, y que su esplendor me pertenecía exclusivamente. Lo cierto es que Marie parecía distante, en ningún momento me dirigió la palabra, ni se volvió para captar en mi expresión el bajo estado de mi ánimo, o para reconfortarme como en incontables ocasiones había hecho consciente de mi debilidad. Marie estaba compenetrada en su rol. Y todo era Marie. No creo que nadie hubiese podido compararse a Marie en el momento de su impresionante entrada al castillo de Santernaques.

     Nadie excepto el Barón. No pude sino aceptar su condición y su título dejó de parecerme una anacrónica excentricidad en cuanto apareció, bajando las escaleras de mármol blanco, ataviado en un traje negro con bordados de plata y cuello alto, andando con paso de príncipe y atrayendo las miradas con orgullosa soltura, alternando el gesto serio y profundo con la sonrisa elegante. Sus ojos brillaban con fuerza, y si bien parecían complacer los deseos ávidos de todos los invitados regalando miradas cómplices, noté que en realidad solo en los de Marie encontraban reposo. Pero no pude odiarlo por ello, pues también yo estaba cautivado por la escena. El Barón se acercó a nosotros tal y como había anunciado Marie, para recibirnos personalmente en el momento preciso. Me sentí profundamente aliviado cuando se dirigió a mí con un gracioso: "Mr de San Luz, enchanté...", posando sus oscuros ojos azules en los míos que reaccionaron torpemente bajando la mirada. Este saludo apenas duró un instante, pero me devolvió parte de la confianza perdida. Tal vez por la propia seguridad con que el Barón pronunció mi nombre, otorgándole una sonora importancia. Al oír su voz  llegué a sentirme lejos de la vulgaridad. Solo fue un instante, pero debido a mi agitación anterior me pareció mucho más largo y volví a pensar que yo era alguien también. Pero tras ese breve momento su atención regresó a Marie. Y tomándola del brazo se la llevó escaleras arriba, dejándome solo con el eco de sus corteses palabras "Madame, permítame escoltarla a vuestras habitaciones..."

     Tardé unos instantes en reaccionar. Intenté seguirlos pero se habían perdido entre los pasillos y no había nadie ya a quién dirigirme, excepto los grupos de invitados, ante los cuales no tenía intención de hacer el ridículo preguntándoles por el Barón y mi esposa. Me sentí frustrado y ofendido, como un niño al que los otros chicos han dejado de hacer caso, sin saber que paso dar. Comencé a explorar el castillo con el ferviente deseo de encontrar a Marie para reprocharle su actitud. Sin embargo me perdí entre salones, pasillos, escaleras, y no había noticias de la pareja. Estaba decidido a interrogar al personal de servicio para que me dirigiesen  a mi habitación, pero ocurría que cada vez que lograba localizar a alguno de los sirvientes no conseguía acercarme para hablarle. Nunca parecían notar mi presencia, ni mis llamados, y desaparecían tras las esquinas antes de que pudiese abordarlos. Así deambulé por un rato, solo encontrándome con gentes desconocidas y distantes que ni siquiera se dignaban a favorecerme con alguna furtiva mirada, anulando cualquier intención de abordarlos que la desesperación pudiese forzar en mi voluntad. Cansado me senté en un sillón de cuero frente un retrato de una dama con un largo vestido negro, que reposaba junto a una ventana por donde se apercibía un cielo nublado. Era sin duda un retrato singular, o más bien debería decir una dama singular. Su presencia me turbó. Ella sí parecía dispuesta a observarme desde su altura, a dialogar mediante un indescifrable lenguaje. Solo un objeto inerte. Sentí que la tensión nerviosa me estaba afectando demasiado y reanudé mi marcha. Busqué y busqué, no sé por cuanto tiempo, con resultados infructuosos. Finalmente me encontré de regreso en la puerta principal, y salí al parque. Comenzaba a oscurecer, y muchos de los grupetes que antes habían poblado el jardín ya no estaban. Otros estaban disolviéndose y pronto ya no quedó nadie. Todos se marchaban a sus aposentos, eso pensé, 'aposentos', como había dicho el Barón a Marie. Finalmente quedé solo. Experimenté entonces sensaciones desagradables que me llevaron progresivamente hasta el miedo. Se me ocurrieron horribles y macabras ideas; pensé que Maríe estaría en peligro, elucubré las más extravagantes teorías a través de mi agitada imaginación. Y luego simplemente lloré. Lloré de rabia, de desesperación, y de miedo. Estaba perdiendo el control sobre mí mismo, y el pánico es un enemigo terrible cuando se tiene un equilibrio emocional tan frágil.

     Pasé cierto tiempo solo en el jardín intentando recomponer mi pulso cardíaco, tratando de calmar mi ansiedad.  La oscuridad se había apoderado completamente de la noche. Finalmente logré salir del letargo autocompasivo en el que me había adentrado, y me di cuenta de que una gran ventana del castillo estaba iluminada. Pensé que sería sin duda la ventana del salón principal. Podía percibir el movimiento de las sombras provocadas por la luz de los candelabros, y me pareció captar cierto aire de bullicio. Debía de ser un banquete. La cena! Me di cuenta entonces de lo hambriento que estaba. Mi percepción del tiempo había sido distorsionada por los acontecimientos y llevaba el día entero casi sin comer. Claro, la cena, en el salón principal. Allí estarían todos. Estaría el Barón y su séquito de admiradores (aduladores). Y estaría Marie.

     Corrí hacia la puerta principal del castillo. Subí la escalera de mármol saltando los escalones de dos en dos con inusitada energía. Sentí la humedad que había causado el rocío en mis zapatos pero no me importó, estaba preso por la excitación. Una vez adentro giré a la izquierda y me apresuré a acercarme a la gran puerta de dos hojas que daba paso al salón. Podía escuchar el sonido de las voces, el tintineo de los cubiertos y de las copas brindando. Giré el pestillo con un movimiento violento, preparando el gesto triunfal con el que entraría al salón, dirigiéndome a Marie, haciéndole ver su gran descuido, jugando la carta del reproche en su justa medida, para luego regocijarme en el premio de su protección, lleno de orgullo. Pero ocurrió lo impensable. La puerta estaba cerrada por adentro. Lo intenté una y otra vez y no conseguí nada. En mi desesperación comencé a golpearla pensando que responderían rápidamente a mi llamado. Nada sucedió. Entonces golpeé con más fuerza, hasta sentir dolor en los nudillos. Llegué a proferir gritos, llamados desesperados, pero aunque yo seguía  confiando en una pronta solución a todo aquél sinsentido, en capas más profundas de mi persona mi consciencia parecía dispuesta a resignarse a la evidencia. Y sin embargo mi estado me horrorizaba. Cómo era posible, como podía estar sucediéndome algo así, era imposible, era impensable, tenía que ser un error, una casualidad.  Pensé entonces en la cocina. Tenían que estar sirviendo el banquete. Corrí por los pasillos, rodeando el salón, con el fin de encontrar la fuente de alimentos de la fiesta. Sin embargo me fue imposible dar con la cocina, solo encontré puertas cerradas con cerrojo o llave, pasillos laberínticos, o habitaciones vacías. Una vez más me invadió un poderoso sentimiento de autocompasión, me sentí débil, pequeño, y abandonado.

     Aquella noche dormí en el sillón de cuero donde antes había descansado, bajo el retrato de la dama, a quién ahora percibía de otra forma, casi como mi única compañía. Hambriento, solo, insignificante.

    Al despertar lo primero que sentí fue la luz del sol iluminando mi rostro confuso. Tardé unos instantes en recapitular y en convencerme de que no había soñado. Estaba allí, en el mismo sillón, y bajo el mismo retrato. Y sin Marie. Sin más reanudé mi búsqueda impulsado por la energía que aporta el comienzo de un nuevo día. Estaba decidido a ser más efectivo, a abordar a la gente y llegar sin retraso a Marie. Bajé hacia la entrada principal y me sorprendí al ver las puertas del salón abiertas de par en par. Y sin embargo estaba completamente vacío, ya no había rastro alguno del banquete. Salí entonces al parque donde ya algunos grupos de personas empezaban a juntarse y las conversaciones se animaban poco a poco. Me dirigí directamente al grupo de personas que tenía más cerca, con la firme intención de obtener respuestas a mis preguntas. Se trataba de un hombre y dos mujeres, todos de mediana edad, que dialogaban animadamente y por lo que pude oír, hablaban sobre el banquete de la noche anterior. Al llegar junto a ellos aguardé un momento de pausa en la conversación para saludar cordialmente. Sin embargo ninguno de los tres pareció oírme, por lo que me vi obligado a repetir el saludo. Nada, no hubo réplica, ni gesto alguno. Reanudaron la conversación como si yo nunca la hubiese interrumpido. Sumido en un profundo estupor, me alejé intentado llegar a alguna conclusión que explicase satisfactoriamente tal conducta, pero no conseguía entenderlo.

     Me dirigí entonces al siguiente grupo de personas. Esta vez eran dos jóvenes que parecían de muy buen humor. Una vez más proferí un saludo, que no obtuvo respuesta alguna. En ese preciso instante comencé a impacientarme de un modo que no era normal en mí, porque involucraba cierto grado de violencia. Repetí el saludo y sin aguardar respuesta pregunté directamente por el Barón. Otra vez nada, los jóvenes continuaron con su conversación como si yo fuese un fantasma, para luego alejarse de mí en dirección a la glorieta. Pude sentir como mi sangre se calentaba debido a la rabiosa indignación que me invadió. Entonces empecé a correr por el parque en un arrebato súbito, y grité, no sé muy bien qué dije, pero hice ruido, un espectáculo sonoro e incontrolado digno de un hospital psiquiátrico... Pero nada ocurrió; nadie me observó horrorizado, no corrieron hacia mí para detenerme, ni se asustaron temiendo algún impredecible acto de violenta locura. Corrí y corrí sin sentido, completamente fuera de mí, hasta caer exhausto sobre la hierba húmeda. Entonces me tranquilicé observando el brillo del sol a través de las hojas de un árbol. Y así permanecí, largo rato, dejando fluir los pensamientos. 

     El árbol era un manzano. Había innumerables manzanas rojas en un punto perfecto colgando de sus ramas. Me incorporé y cogí una manzana. Llevaba ya más de un día sin comer y me sentía débil, más aún tras el gasto enorme de energía que acababa de realizar. Comí esa manzana, y otra, y otra. Eran magníficas. Las manzanas me hicieron volver a recuperar  mi autocontrol. Se me ocurrió dirigirme al puesto de entrada donde habíamos dejado aparcado el Alfa Romeo y hablar con el campesino, o al menos recuperar mi teléfono, quizás pudiese serme de utilidad. Pero el puesto estaba vacío, no había nadie ni nada dentro, y el coche ya no estaba. Regresé entonces al manzano y comí más manzanas. Y a medida que comía, me sentía más fuerte, y la desesperación y el miedo que antes me habían gobernado dejaron paso poco a poco a la frustración y la rabia. Jamás me había sentido tan cercano a la violencia.

     Guardé algunas manzanas en mis bolsillos y me dirigí nuevamente a las cercanías del castillo pensando que lo mejor era aguardar frente a la escalera principal, pues tarde o temprano el Barón haría su aparición triunfal y allí estaría yo, preparado para interceptarlo, y dispuesto a cualquier acto incluso si este implicaba involucrarme físicamente en el algún tipo de contienda o lucha. No tenía miedo, y dentro de la insensatez en la que estaba sumido, era una sensación reconfortante.

     Esta vez no actué impulsivamente. Me sentía más dueño de mi mismo que en horas anteriores. Me dediqué a observar a las personas,  entreteniéndome en escrutiñar sus ropas, escuchar sus conversaciones, y adivinar quién se escondía tras esos gestos y esas palabras. Se me ocurrió pensar que todos ellos eran actores, buenos actores contratados para montar la farsa. Pero no conseguía figurarme el por qué de todo aquél asunto. Y luego estaba Marie. Marie había desaparecido. Necesitaba encontrarla. Al pensar en ella la realidad volvía a mí con fuerza. Y nuevamente yo era el insignificante botánico en quién ella inexplicablemente había puesto los ojos. Y nuevamente me sentí débil, perdido, pequeño... Marie era todo para mi, sin ella yo no era nadie, yo desaparecía, sin ella era solo una marca de humedad en una ventana destinada a evaporarse en meros instantes.

     En medio del pozo de debilidad en el que había caído tras mis minutos de confianza, realicé un último intento de comunicación. Me dirigí a una joven que sentada sola bajo una sombrilla bebía un vaso de leche. Pregunté simplemente donde podía conseguir algo para beber yo también. Y una vez más no obtuve respuesta. La velocidad con que mi paciencia se agotó me sorprendió a mí mismo. Y sin siquiera entender como, la insulté. Y al ver que no reaccionaba a mi insulto la insulté más, llamándola desconsiderada, fea, imbécil, y otras palabras mucho más agraviantes aún. Todo mi cuerpo rebozaba violencia y odio. Encontré alivio en mis insultos, pero no el suficiente para contrarrestar mi violenta frustración. Entonces tomé su mano con fuerza y volqué el vaso de leche sobre su vestido. En ese instante me detuve perplejo ante mis propios actos, pensando que lo que había hecho era demasiado y que las consecuencias no podían hacerse esperar. Sin embargo la joven no hizo más que sonreír, levantarse, y dirigirse alegremente hacia otra zona del parque. Intenté captar alguna mirada convencido de que aquel acto tan bajo no podía haber pasado desapercibido, pero nadie me estaba observando. No había pasado nada.

     Esto no hizo más acrecentar mi furia. Y cogiendo una manzana de mi bolsillo la lancé con toda mi fuerza sobre el grupo de personas más cercano. Era una pesada manzana roja en su plenitud, y fue a dar directamente en la cara de una anciana que conversaba con otra anciana de aún mayor edad. La vieja acusó el golpe sin duda, pero su reacción apenas fue perceptible, y tras pasarse la mano por el rostro para deshacerse de las trazas de fruta que hubiesen quedado, continuó su conversación sin más.  No me sorprendió en absoluto que nadie se dirigiese a mí para ponerme en mi lugar, o incluso propinarme una paliza. Noté en cambio que el lanzamiento de la manzana había surtido un efecto terapéutico en mí. Me sentía mejor, casi me había divertido. La hipocresía que me rodeaba me daba asco y la posibilidad de poder agredir físicamente a toda aquella gentuza me hizo sentir bien. Sin más comencé a lanzar manzanas contra todo el mundo, aplastándolas violentamente contra los rostros sonrientes. Cuando se me acabaron fui a por más y continué, continué, hasta el aburrimiento, hasta el cansancio, satisfaciendo mi deseo de venganza, apaciguando mi odio. Encontré un mórbido placer en observar el breve instante en que la presa elegida se veía obligada a abandonar su pose, el momento del impacto. No podía ser algo agradable en lo más mínimo. Sin embargo el temple de aquella gente era sublime. No solo no reaccionaban ante mi violenta acción. Tampoco parecían experimentar recelo, ni miedo, y jamás un gesto los delató incluso al verme llegar con mi pesada artillería. Finalmente hube de dejar de lado mi nueva afición; las manzanas del árbol se habían agotado. La última de todas me sirvió de cena.

     Aquella noche, la segunda desde nuestra llegada a Santernaques, tampoco asistí al banquete. Ya había comprendido la naturaleza de mi situación y sabía que no conseguiría entrar al salón ni aprovecharme de los alimentos y bebidas que allí se sirviesen. Debo decir que, si bien al menos había comido algunas manzanas, los efectos de mi ayuno se hacían sentir en mi cuerpo. Sin embargo la debilidad física que normalmente hubiese sido determinante en mi condición, se veía en gran medida contrarrestada por cierta energía que parecía ahora dominar mi espíritu. Me sentía menos vulnerable, más capaz de resistir. La rabia, o el odio, o la rebeldía, o no sé qué elementos negativos provocaron en mí una reacción que parecía mantenerme activo y preparado. Inexplicablemente comencé a sentirme fuerte.

     Si algo conseguía regresar mi espíritu a estados más inestables era el recuerdo de Marie. Cada vez que pensaba en ella mi cuerpo entero temblaba. No podía imaginarme sin ella. Tenía que encontrarla, tenía que ayudarla... .

     Ese pensamiento me hizo estremecerme. Yo, ayudando a Marie. Marie siempre me había ayudado a mí, siempre había estado cerca, y yo siempre había tenido miedo. Miedo de muchas cosas, todas las cosas que pueden provocar miedo en un espíritu débil. Pero sobre todo miedo de perderla. Un miedo que no había manera de superar pues venía directamente de un conocimiento claro e irreversible. Yo era muy poco para Marie. Siempre lo había sido. ¿Cómo era posible que aún siguiese ahí cuando yo la llamaba? ¿Cómo era posible que solo necesitase estirar mi brazo para tocarla? Marie, dónde estaría Maríe. Tenía que ayudarla, tenía que encontrarla para que pudiese volver a mí y no dejarme solo nunca más.

     Pasé varios días en Santernaques, sufriendo mi carácter abruptas transformaciones. Deambulé, exploré, y bajé a sitios cercanos a los instintos básicos que aunque sublimados los humanos conservamos aún. Me dejé llevar por la locura, la insensatez, la violencia. Me alimenté de frutas silvestres en un principio, pero luego experimenté con insectos, conociendo sus cualidades proteínicas. Por la mañana comenzaba mi travesía por aquél desierto de comunicación, y por la noche regresaba a mi sofá, bajo el retrato de la dama, y dormía profundamente, como nunca antes. Creo que hasta llegó a agradarme aquella experiencia. Lo que más me fascinaba era la ausencia de miedo, de duda, de desequilibrio. Me sentía fuerte, en oposición a aquella fantasmagórica gente; los despreciaba, y el desprecio que ellos proyectaban en mi a través de la indiferencia me era a la vez indiferente. Me divertí molestándolos, agrediéndolos, poniéndolos a prueba. Vagué por los bosques, trepé a los árboles, anduve descalzo lastimándome. Y nada de eso me importó. Mi barba creció, me pelo estaba sucio y enmarañado, y todo eso que antes me hubiese resultado insoportable ahora me hacía sentir bien.

     En más de una ocasión decidí marcharme del castillo pensando que ya nada tenía que hacer allí, que no tenía sentido quedarme por más tiempo. Pero el recuerdo de Marie se hacía presente como un latigazo en el lomo, despertándome, recordándome que ella era todo lo que en realidad poseía. Ya no sabía que pensar. Todo alrededor se me hacía normal, y dentro de esa normalidad faltaba Marie. Había faltado desde el primer momento, cuando se marchó de la mano del Barón, y entonces había sido una agonía. En cambio ahora ya no me provocaba la misma exacerbada ansiedad. Sin embargo todavía, cuando el recuerdo de Marie se hacía presente -y cada vez ocurría con menos frecuencia a lo largo del día-, aparecía la duda. Era esencialmente una lucha entre la razón y la emoción, y la misma pregunta volvía a hacerse presente cada vez; dónde estaba Marie y por qué no venía a mí, si me amaba.

     Mi último pasatiempo consistía en arrebatar una prenda de vestir a alguno de los invitados y dejarlo en ridículo. Era una violencia de tipo psicológico, mucho más reconfortante que la mera violencia física porque era una forma de pagarles su menosprecio con la misma moneda. Empecé con sombreros y gafas u otros complementos. Simplemente se los quitaba, preferentemente en el momento álgido de una conversación, cuando por medio de cuidadas palabras y elaboradas frases construían sus miserables castillos de naipes de virtud y mérito. Entonces los acosaba y provocaba ese ínfimo instante de desconcierto que un observador nobel no hubiese conseguido percibir pero yo sí, yo podía discernir el matiz y me llenaba de satisfacción. Luego mis actos fueron más radicales, quitándoles partes más importantes de sus vestimentas, descubriendo espaldas y hombros, piernas imperfectas o pieles marcadas. Y luego más, y más,  hasta la provocación más brutal de la desnudez pública...

   En esos días también comencé a ejercitarme físicamente, algo que no hacía desde mis años de colegio, cuando me veía obligado a realizar las rutinas obligatorias de las clases de gimnasia, las cuales aborrecía por el esfuerzo que me exigían y la torpeza de mis movimientos. Sin embargo durante mi estadía en Santernaques comencé con ciertos ejercicios que aunque me costaron en un principio debido al estado físico primario en que me hallaba, luego se me hicieron menos dificultosos y hasta placenteros, si tal palabra puede utilizarse referida al esfuerzo físico. Y todo causado por la fortaleza que mi espíritu había adquirido. Ya no me percibía a mi mismo como 'enjuto', sino como 'fibroso', y lo que antes me parecía un físico poco digno y casi vergonzoso ahora se me hacía un cuerpo aceptable, incluso en cierta medida noble, solo necesitado de cierto trabajo de fortalecimiento muscular.

  Santernaques ya no se me hacía extraño, ni lejano, ni frío. Comencé a valorar el beneficio que de aquella visita estaba obteniendo. Apenas habían pasado unos pocos días y yo me sentía una persona absolutamente diferente. No escapaba a las fluctuaciones de mi estado de ánimo, sobre todo debido a lo bizarro que resultaba todo alrededor. Pero poco a poco las piezas del puzzle parecían encajar en mi interior. Disfruté cada vez más de momentos de paz, algo que mi mente inconstante y bulliciosa raramente me había permitido anteriormente. Me asombraba mi capacidad para pasar horas enteras sin preocupación alguna, sin elaborar pensamientos derrotistas, ni dudar constantemente de mis conductas mediante teorías casi siempre destructoras de la autoestima. A veces me preguntaba si aquello podía durar, o si la verdadera esencia de mi carácter terminaría por revelarse nuevamente. Después ya no me hice más tal pregunta, solo seguí. 

     Y sin embargo no estaba Marie.

     Entoces sucedió. En la mañana del séptimo día. El día que la invitación marcaba como el último de las 'celebraciones'. Fue una escena estremecedora. Marie era mi ancla a la vida, el sueño que me había permitido ver algo de luz en una vida de sombras, con su increíble fuerza, su magnetismo, su brillo. Marie lo había sido todo, todo.

     Las grandes ventanas del balcón principal estaban abiertas. Lo noté inmediatamente, porque era la primera vez que sucedía desde el día de nuestra llegada. Y por ella salieron; Marie y el Barón. Estaban espléndidos ambos, como si sus ropas hubiesen sido talladas por los mejores sastres que jamás hubieran existido, como si hubiesen sido pintados por un artista sobrenatural. Pero no era eso, eran ellos. Sus rostros perfectos, sus ojos brillantes y profundos, sus presencias casi divinas. Y sus sonrisas tan bien delineadas, tan cautivadoras. Todos los observaban con admiración muda. Y yo a Marie; no podía dejar de mirarla. Sus ojos más oscuros que nunca, su figura tan hermosa, y toda su fuerza en ese preciso instante. Marie de la mano del Barón, como si fuese lo más natural del mundo, como si siempre hubiese sido así... Fue demasiado. Perdí el control, enceguecí, sufrí el golpe en toda su amplitud, sobre mi cuerpo, sobre mi espíritu sobre mi ser completo, y desfallecí sobre la hierba.

     Luego corrí, solamente corrí, corrí, y corrí, alejándome, perdiéndome, llorando, llorando, corrí.

     Cuando recuperé la conciencia de mis actos me encontraba ya lejos del castillo. Había bajado la colina a través del bosque y había llegado a la ruta principal. Me detuve un momento, me serené. Intenté recuperar la calma después de la confusión. Estaba agitado por la carrera, sudoroso, sucio de polvo.

     Reempredí la marcha, esta vez caminando con paso firme. Marie se había ido, aún no podía asimilarlo. Estaba lleno de furia, contra todo. Caminé varios kilómetros sin importarme el ruido ni el humo de los vehículos que me sobrepasaban a alta velocidad. Pateé piedras, golpeé carteles, grité e insulté a la vida. Santernaques y toda la farsa. El maldito barón. Sentí deseos oscuros de venganza, de muerte.

     Al cabo de un rato llegué al pueblo de Santernaques. Para entonces mi aspecto debía de ser terrible. Muerto de sed entré en una taberna, haciendo caso omiso de los pueblerinos que me observaban curiosos. No sé qué pensarían de mí, pero seguramente me tomaban por un trastornado. Me acerqué a la barra apartando a la gente que bebía y conversaba, y pedí agua. Unos hombres se rieron de mí a modo de burla. Automáticamente reaccioné, me di vuelta y lancé varios golpes de puño con toda mi fuerza y mi rabia acumulada. Uno de los hombres cayó al suelo violentamente y yo seguí con mi ataque. Golpeé a otro que intentó interceder, y hubiese seguido peleando si no me hubiesen separado y llevado fuera de la taberna intentando tranquilizarme. Finalmente accedí a ser llevado a una comisaría de policía. Me interrogaron sobre mi persona y mi situación. Sabía bien que no podía explicarles nada de lo que en realidad había ocurrido. Simplemente inventé una historia, lo mejor que pude, declarando que me habían robado el coche en la ruta ciertos gitanos. Di una descripción falsa del vehículo y aseguré no recordar el número de matrícula. Prometí llamar más tarde para facilitar los detalles faltantes y completar la denuncia. Después arreglé un transporte y regresé a casa, acosado por incesantes pensamientos acerca de todo lo ocurrido.

     Marie llegó al día siguiente, por la mañana, en el alfeta. La observé por la ventana de la habitación principal mientras bajaba del coche. Ya no era la Marie de Santernaques. Pude ver como abría la puerta principal y entraba en la casa. Yo simplemente terminé de preparar mi maleta, ignorando los llamados de Marie. Apenas me llevaba algunas pertenencias. Un par de mudas de ropa y algunos objetos de valor que pertenecían a mi pasado, un pasado anterior a Marie. Todo lo demás no me interesaba, prefería dejarlo atrás. Bajé las escaleras. María seguía llamando: “Gastón... ¿Gastón estás en casa?” Pude oír sus pasos subiendo las escaleras, y acercándose a nuestra habitación. Yo cogí la maleta y me puse el sombrero. Maríe entró.

 

-Gastón... estás aquí. ¿Qué haces?

 

     No contesté. Me limité a mirarla a los ojos, de una manera seria y serena en que jamás la había mirado. Ella lo entendió, y calló. Comencé a bajar la escalera, y sentí como me seguía, a poca distancia, pero no me di vuelta. Atravesé la sala, siempre con sus pasos tras de mí, pero no la miré. Abrí la puerta, y cuando estaba saliendo escuché su voz.

           

-Gastón.

 

     No me detuve. Seguí adelante, atravesando la puerta.

 

-Yo nunca te amé realmente...

           

     No pude evitarlo, me detuve un instante y mi cuerpo se estremeció completamente, un escalofrío me recorrió, y una terrible sensación de vacío se apoderó de mí, todo eso en un segundo. Pero no me di vuelta, no la miré.

 

-...hasta ahora.

 

     Pronunció esas palabras con un tono que yo nunca había oído en Marie, cargadas de pasión, y a la vez llenas de resignación . Fue un momento sublime. Completo. Reanudé la marcha sin voltearme, mirando adelante, hacia el camino que me alejaría de ella. Marie no dijo más nada, no se movió. Pude sentir su presencia profunda, sus ojos posados sobre mí, mientras me alejaba con paso firme calle abajo. 

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