Texto soñado literalmente

   El niño corría por el bosque colindante con la propiedad, entre los pinos. Empuñaba una escopeta cargada, daba vueltas de un lado a otro, desesperado, desenfrenado y rabioso. Lloraba y blandía el arma, buscaba al agresor de su hermana; había sido ultrajada, golpeada y cortada, le habían disparado, la habían dejado sangrando sobre la hierba verde, junto a la piscina. Era un niño pequeño de apenas siete u ocho años. Me acerqué a él, cogí el arma, le dije que se calmase. En la propiedad se agolpaba bastante gente, había policías, había otras personas borrosas. No sé qué pasó luego, me marché de su lado, me llevé el arma conmigo. Él se quedó cabizbajo, después le oí gritar y maldecir con su vocabulario en construcción y su voz fina.

   El encuentro me alteró tanto que corrí lejos de allí. Sin embargo estaba comprometido, el rostro del niño pequeño apuntándome con el arma se me aparecía constantemente, no conseguía librarme de él. Pensé en ir a ver a Stuart en su taller mecánico, él siempre estaba informado, sabía cosas del bajo mundo, sabía muchas cosas. Al llegar lo encontré como siempre, engrasado en su mono de trabajo amarillo, pareció sorprenderse levemente al verme, -qué haces con esa escopeta, me preguntó . Yo ni siquiera recordaba que tenía la escopeta en las manos, la solté inmediatamente entre  la chatarra de su taller. Stuart era un hombre impasible, no dijo nada, solo esperó por mis palabras. Le dije que había ocurrido algo terrible en una propiedad de las que lindan con el bosque, le pregunté si sabía algo, le dije que buscaba a los culpables, que el niño lloraba. Stuart guardó silencio unos instantes. Yo no sabía como interpretar sus miradas, no podía acceder a sus pensamientos. Luego suspiró y mencionó la vieja escuela abandonada.

   Yo conocía bien ese lugar, muchas noches he dormido ahí, entre sus paredes rajadas, entre los escombros y los trozos de madera podridos de los bancos escolares,  es un refugio como cualquier otro. Intenté calmarme y caminar despacio, pero otra vez corría excitado, el niño me observaba, constantemente. Atravesé la oxidada puerta, con sus restos de cristal enmohecidos, y me lancé por los pasillos con todas mis fuerzas. Tenía miedo de que algo terrible sucediera nuevamente  y yo no pudiera evitarlo. Empuñé mi navaja y la abrí, preparándome para cualquier acontecimiento. Escuchaba gritos, gritos de mujer mezclados en mi cabeza con la voz agónica del niño, y corrí, corrí escaleras arriba.

   Allí, en un salón principal, había un hombre, y jugueteaba con una mujer atada, semidesnuda, sus ropas hechas girones. Él ni siquiera se percató de mi llegada, estaba absorto en sus ultrajes, ella me miró llena de horror y desesperación, y su mirada clamaba piedad. Me abalancé sobre él con mi cuchillo, y corté sus manos, corté sus brazos, y su cuello. Sangraba a borbotones, le dejé inerte sobre un tablón lleno de polvo y pintura seca. Me tapé la cara, no podía soportar la visión del cuerpo ensangrentado, y salí corriendo de la sala presa de la agitación.

 

   Lavé mis manos y mi rostro con el fino hilo de agua que caía de un tubo agujereado del baño. Me daba pánico mirarme en el espejo, quería volverme ciego y sordo, aunque eso no evitaría las voces y los gritos en mi cabeza, ni las horribles imágenes. Entonces pensé en la chica, debía ocuparme de ella, debía desatarla. Deshice mi camino para volver a la sala grande, y ahora era el eco de mis pasos rebotando en las paredes el que golpeaba mis oídos, ahora me escuchaba a mí mismo y me dolía. Pero él no estaba allí, allí no estaba su cuerpo inerte y lastimado, ni siquiera había sangre en el polvoriento tablón, simplemente había desaparecido. Oh no -pensé, y si no lo he matado, oh no... Y la chica! La chica... Que horrible visión, allí estaba ella, aún atada por las muñecas y los tobillos, en un estado indescriptible, una figura casi inhumana, con sus cabellos oscuros y brillantes, y sus ojos apagados... Y la sangre voluptuosa goteaba por las cuerdas, lentamente, inevitablemente, exclamando con voz ácida mi incurable agonía... .

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