La cara de Ana

a Lucila Fogliano López 

I

   Además de sentir todas las cosas y el destino parecido a las demás personas, también lo sentí de una manera muy distinta. Cuando sentía parecido a los demás, las cosas, las personas, las ideas y los sentimientos se asociaban entre sí, tenían que ver unos con otros y sobre todo ellos había un destino impreciso, desconocido, cruel o benévolo y que tenía propósito. Este propósito era tan caprichoso que nadie acertaba a preverlo. Este destino tenía movimiento y sobre todo un extraordinario comentario. En el movimiento entraban y se asociaban también las cosas quietas y eran un poco más humanas que objetos. En el comentario había una emoción movida, y a medida que avanzaba el comentario aumentaba la emoción; cuando yo era niño y empezaba a llorar, me empezaba el comentario de mi tristeza y seguía llorando hasta que se me terminaba el comentario. En este mismo destino tenía también un poco de diferencia con los demás: cuando ocurría un hecho triste o alegre, sin que ellos se dieran cuenta, parecía que todo el comentario ya lo tuvieran pronto, se les uniera enseguida a la emoción y enseguida lloraran o se rieran. Mi comentario se retrasaba como si lo tuviera que hacer de nuevo, y tardaba en llorar o reírme. Otras veces me ocurría que ese comentario no me venía y empezaba a sentir las cosas y el destino de la otra manera, de mi manera especial: las cosas, las  personas, las ideas y los sentimientos no tenían que ver unos con los otros y sobre ellos había un destino concreto. Este destino no era cruel, ni  benévolo  ni  tenía  propósito.  Había  en  todo  una emoción

quieta, y las cosas humanas que eran movidas, eran un poco más objetos que humanas. La emoción de esta manera de sentir el destino, estaba en el matiz de una cosa dolorosa y  otra alegre, de una cosa quieta y otra movida. Y aunque estas cosas no tuvieran que ver unas con otras en el pensamiento asociativo, tenían que ver en la sensación disociativa, dislocada y absurda. Una idea al lado de la otra, un dolor al lado de una alegría y una cosa quieta al lado de una movida no me sugerían comentario: yo tenía una actitud de contemplación y de emoción quieta ante el matiz que ofrecía la posición de todo eso.

 

 

II

 

   Mi casa estaba en el pie de un cerro. Lo que más me gustaba de ella era un patio de lozas. Este patio era tan de mi casa, que si hubiera visto en otro lado otro parecido, me hubiera dado fastidio y nunca lo hubiera encontrado tan lindo. Yo paseaba a menudo por él, pero sin pisar las rayas. Estaba tan acostumbrado a esto que aunque cruzara sin ser para pasear, tampoco pisaba las rayas. En ese tiempo yo tenía seis años, y una mañana vino a mi casa una muchachita que tenía ocho. La madre era amiga de la mía y hacía mucho tiempo que no se veían. Después de las primeras cosas las madres nos dejaron solos, creyendo que pronto nos haríamos amigos. Pero a ella no se le importaba nada de mí, y yo no me daba cuenta bien de lo que pasaba. Ella se llamaba Ana, y no era traviesa ni sacudida. Pero tenía unos ojos negros muy abiertos y miraba todo con una curiosidad libre y desfachatada. Yo la miraba mientras ella miraba todo, y ella miraba todo como si yo no estuviera. Entonces fui a decirle a mi madre que ella miraba todo. Cuando volví al patio Ana estaba haciendo lo mismo que yo: caminaba por las lozas sin pisar las rayas. A la hora de cenar éramos amigos y la sentaron a mi lado, pero mientras comía me miraba de una manera que parecía que pensaba que yo era un idiota. Hubo un silencio raro porque todavía no había una confianza definitiva en todos los que había en la mesa. Ana los empezó a mirar y a sentir el silencio raro, pero al momento sintió ganas de violar ese silencio: me miró para ver si a mí me ocurría lo mismo y aunque no me encontró con la misma predisposición, no pudo aguantar la risa y soltó una carcajada desvergonzada. A ella, la madre le dio un pellizcón; pero me empecé a tentar yo. Cuando la volví a mirar ella estaba llorando, y cuando ella me volvió a mirar a mí, los dos soltamos la risa.

 

 

III

 

   A los pocos días hizo una mañana muy linda y era día de fiesta. Por la vereda de mi casa pasaba muy alegre la gente que subía al cerro. Pero en mi casa había mucha tristeza: se había muerto mi abuelo. Lo supe después que me levanté; me hacían el comentario de cómo había sido antes mi abuelo y cómo seríamos después nosotros sin él. Yo hacía un gran esfuerzo para suponerme lo que me decían, pero mi imaginación no era muy concreta y no me causaba el dolor que debía causarme. Cuando lo vi por primera vez en la pieza que lo velaban, tuve una impresión rara pero no de terror. También me acuerdo que enseguida fui al escritorio con mi padre y vi por primera vez cómo se lacraban las cartas. Después fui a donde estaba mi abuelo muchas veces más. En unas de las veces me encontré con la mirada de Ana y con su risa, pero, ya sabía yo cómo se reía ella, cómo le gustaba violar el silencio que tenía mi abuelo y el silencio que hacían los demás. En otra de las veces sentí el destino de mi manera especial: yo estaba parado en el zaguán; en la pieza de la derecha los de mi familia lloraban y nombraban a Dios —a veces detenían el llanto un poco como para dar vuelo al comentario y después volvían a llorar—; en la pieza de la izquierda estaba mi abuelo que no se le importaba nada de los demás; por la vereda pasaba la gente muy alegre y no se le importaba nada de lo de adentro; y por alguna otra parte debía estar Ana riéndose del silencio de los demás y del silencio que tenía mi abuelo por la muerte. Entonces sentí todo con una simultaneidad extraña: en una pieza el movimiento de los comentarios y los llantos, en la otra el silencio quieto de mi abuelo y de los candelabros —con excepción de las llamitas de las velas que era lo único que tenía movimiento en esa pieza—, el ruido y la alegría en la vereda y la risa que me  imaginaba que tendría Ana en alguna parte. Ninguna de estas cosas tenían que ver unas con otras; me parecía que cada una de ellas me pegara en un sentido como si fueran notas; que yo las sentía todas juntas como un acorde y que a medida que pasaba el tiempo unas quedaban tenidas y otras se movían. En todo esto yo no sentía comentario, y el destino de los demás con sus comentarios y sentimientos, era una cosa más para mi destino especial: todas las cosas me venían simultáneamente a los sentidos y éstos formaban entre ellos un ritmo; este ritmo me daba la sensación del destino, y yo seguía quieto, y sin el comentario de lo físico ni de lo humano.

 

 

IV

 

   A veces yo hacía algunas cosas bien; entonces las personas mayores me elogiaban  para estimularme: ese jueguito me   era antipático y yo dejaba de hacer aquello bien. Me ocurría algo parecido cuando me querían injertar una idea o un sentimiento y tal vez ésa fue una de las causas de que se me hubiera cerrado subconscientemente la razón, para darme cuenta que se me había muerto mi abuelo.

En los primeros días del duelo en mi casa había una vida nueva, agitada, incómoda, y la violencia de ese presente me seguía anestesiando la percepción de lo que había pasado. Pero a los muchos días, cuando todo estaba más tranquilo y más parecido a antes, tuve una gran tristeza por mi abuelo: me empecé a dar cuenta tranquilamente de que no estaba y que no estaría más; se empezaba a dar cuenta una parte de mí, que me parecía que no era el pensamiento pero que a la vez me hacía pensar. Cuando fue un poco al atardecer me aumentó la angustia y me puse a llorar; Ana me preguntó por qué lloraba y yo caí en la tontería de decírselo; entonces ella se rió muchos días. Pero otro día a ella se le atrasó el comentario: estábamos jugando en un terreno baldío; aproveché que ella estaba de espaldas y con un palo inmenso le pegué despacito en la cabeza; ella se quejó sin darse vuelta, pero cuando se dio vuelta y vio el palo con que le había pegado se echó a llorar: entonces me reí yo.

A los pocos días, Ana y la madre se fueron de casa; mi tía y yo fuimos a despedirlas al muelle; yo no sentía que Ana se iba, aunque esa tarde lloré, pero lloré por otra cosa: por la violencia con que sonaba el pito del vaporcito; esa estridencia me producía siempre un dolor físico tan grande que me hacía llorar tan decididamente como cuando uno se ríe con sobrados motivos. Después me daba cuenta que mientras me había durado el llanto yo había estado con todo mi sentimiento detenido o dedicado exclusivamente al llanto, y tal vez por eso no habría pensado en que Ana se iba.

V

   Una tarde, cuando yo tenía quince años, volvió a casa la madre de Ana. Resultó que Ana había estado hasta hacía poco en un manicomio: los médicos habían dicho que aquello era pasajero y le encargaron descanso y aire puro; por eso es que vino la madre de ella a pedirle a la mía que la dejara estar un tiempo con nosotros. A los pocos días, en una mañana de sol que yo salí a la quinta me encontré con Ana y la madre; Ana tenía una risa parecida a la de antes; se reía esperando mi sorpresa, pero lo hacía con más delicadeza y parecía menos salvaje; estaba altísima, delgada y muy linda; después nos reíamos los dos porque no nos animábamos a besarnos, pero intervinieron las madres con los recuerdos y todo se produjo. Al poco rato me parecía mentira que Ana hubiera estado loca;  estaba mucho más corregida, más prudente, pero yo la seguía viendo predispuesta a distraerse y mirar todo con una curiosidad desfachatada; al mismo tiempo parecía que tenía miedo y pesar de ser así, porque le habrían dado muchos pellizcones para corregirla, pero yo esperaba que de pronto se abandonara a la curiosidad.

Una noche Ana traía los platos muy ligero; estaba muy seria y tenía la cara muy congestionada. Al poco rato de comer la hicieron acostar, y después nos acostamos nosotros; mi hermano y yo dormíamos en una habitación chica y había que pasar por ella para ir al cuarto de baño; en la mitad de la habitación había un perchero de pie muy grande. A las dos  de la mañana Ana cruzó en camisa la habitación de nosotros;  iba al cuarto de baño y llevaba una vela en la mano; cuando volvió, se paró cerca de mi cama y me miró fijo; de pronto se sonrió y la sonrisa también se le quedó fija; a su insistente sonrisa de loca se le agregaban las sombras que la luz de la vela le  hacían en la cara; entonces en el primer momento tuve el comentario pronto y sentí el destino como los demás; sentí toda la sangre en la cabeza, tuve la necesidad de corresponder a su sonrisa y debo haber hecho una mueca parecida a la de ella. Pasaron unos momentos; tuve la sensación de que estaba haciendo equilibrio en quedarme completamente como ella o quedarme tranquilamente como yo, pero la reacción se produjo: empecé a pensar que el comentario trágico de aquello no podía hacérselo a nadie en aquel momento, que tendría que esperar al otro día; entonces les contaría todos los detalles sin olvidarme de la luz de la vela en la cara, y me reiría del asombro que les produciría. De pronto se me fueron esas reflexiones —que me pasaron muy rápido— y empecé a sentir el destino de mi manera especial —entre tanto Ana seguía igual. En mi manera de sentir el destino me parecía que Ana con su risa miraba a la Tierra dar vueltas, pero era tan natural que Ana de acuerdo a su fisiología se encontrara así como que la Tierra diera vueltas. Después empecé a sentir todas las cosas que había en la pieza y la sonrisa de Ana con la simultaneidad rara: había cuatro cosas que formaban un acorde, dos figuras paradas: el perchero y Ana, y dos acostadas: mi hermano y yo. El perchero parecía meditabundo y no tenía nada que ver con nosotros a pesar de estar allí; Ana con su locura fija me miraba a mí y no se sabía si pensaría algo; mi hermano dormía y el misterio de su sueño no tenía nada que ver con nosotros tres; y yo sentía mi destino con la simultaneidad rara.

Cuando Ana se fue y el cuarto quedó oscuro, me quedó en la memoria la cara de ella con la sonrisa y los reflejos de la luz de la vela, pero entonces, no la sentía asociada al destino de los demás ni tampoco al mío: la única sensación que tenía era de que la cara de Ana era linda.

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