La señora Dalloway ( cont )

Ahí estaban los Placeresy paseos de Jorrock; ahí estaban Esponja enjabonada, las Memorias de la señora Asquith y Caza mayor en Nigeria, todos ellos abiertos en el escaparate . Tantos libros que había; pero ninguno que pareciera del todo adecuado para llevárselo al sanatorio a Evelyn Whitbread. Nada que le sirviera de distracción y consiguiera que el aspecto de aquella mujer menuda, indescriptiblemente enjuta, pareciera por un momento, al entrar Clarissa, cordial; antes de empezar la acostumbrada e interminable charla de dolencias fe-meninas. Cuánto lo necesitaba -que la gente se mostrara contenta al entrar ella, pensó Clarissa, se volvió y caminó de nuevo hacia Bond Street, molesta, porque era estúpido tener otras razones para hacer las cosas. Hubiera preferido ser una de esas personas como Richard, que hacían las cosas por sí mismas, mientras que ella, pensó, esperando a cruzar, la mitad de las veces no hacía las cosas así, simplemente, por sí mismas; más bien para que la gente pensara esto o aquello, una perfecta idiotez, lo sabía (ahora el policía levantaba la mano), porque nunca nadie se creía el cuento ni por un instante. ¡Ay! ¡Si hubiese podido volver a vivir! pensó, bajando de la acera, ¡si hubiese podido incluso tener otro físico!            

            Hubiera sido, para empezar, morena como Lady Bexborough, con tez de cuero arrugado y unos ojos preciosos. Hubiera sido, como Lady Bexborough, pausada y majestuosa; más bien corpulenta; interesada en la política como un hombre; con una casa de campo; muy digna, muy sincera. En lugar de eso, tenía una figura estrecha, como de palillo, una carita ridícula, picuda como la de un pájaro. También es verdad que tenía buen porte; tenía bonitas manos y bonitos pies; y vestía bien, teniendo en cuenta lo poco que gastaba. Pero ahora a menudo, este cuerpo que llevaba (se paró a mirar un cuadro holandés), este cuerpo, con todas sus cualidades, parecía no ser nada -nada en absoluto. Tenía la extrañísima sensación de ser invisible; de que no se la veía; desconocida;  al no haber más posibilidades de casarse, ni de tener ya más hijos, nada más que este discurrir asombroso y algo solemne, con todos los demás, Bond Street arriba, ser la señora Dalloway; ya ni Clarissa tan siquiera; ser la señora de Richard Dalloway.

            Bond Street la fascinaba; Bond Street muy de mañana en plena temporada; sus banderas ondeando; sus tiendas; sin excesos; sin resplandor; un rollo de tweed en la tienda donde su padre se había comprado los trajes durante cincuenta años; unas cuantas perlas; el salmón encima de un taco de hielo.

            -Eso es todo -dijo, mirando la pescadería-. Eso es todo -repitió, parándose un momento ante el escaparate de la guantería donde antes de la guerra, te comprabas unos guantes casi perfectos. Y su viejo tío William solía decir que a una dama se la conoce por los zapatos y por los guantes. Una mañana a mitad de la guerra, se dio la vuelta en la cama. Había dicho: «Ya he tenido bastante.» Guantes y zapatos; le apasionaban los guantes; pero a su propia hija, a su Elizabeth, le importaban un comino ambas cosas.

            Un comino, pensaba, siguiendo por Bond Street hasta una tienda donde le guardaban las flores cuando daba una fiesta. A Elizabeth le interesaba su perro más que nada. Toda la casa olía a brea esta mañana. Pero bueno, mejor el pobre Grizzle que la señorita Kilman; ¡mejor moquillo y brea y todo lo demás que quedarse sentada, enjaulada en una habitación cerrada con un breviario! Cualquier cosa antes que eso, casi diría ella. Pero pudiera no ser más que una fase, como decía Richard, como las que pasan todas las chicas. Podía ser que se hubiera enamorado. Pero ¿por qué de la señorita Kilman? Que había sido maltratada, sin duda; uno debe ser tolerante con esas cosas, y Richard decía que era muy competente, que tenía una mente con un sentido verdaderamente histórico. De todas formas, eran inseparables. Y Elizabeth, su propia hija, iba a comulgar; y en cuanto a cómo vestía, cómo trataba a la gente que venía a almorzar, no le importaba en absoluto, ya que según su experiencia el éxtasis religioso endurecía a la gente (las grandes causas también); ensombrecía sus sentimientos, pues la señorita Kilman haría cualquier cosa por los rusos, se dejaría morir de hambre por los austriacos, pero en la intimidad infligía auténticas torturas, insensible como era, con su sempiterno impermeable verde. Año tras año llevaba ese impermeable; sudando; nunca pasaban más de cinco minutos sin que te hiciera sentir su superioridad, tu inferioridad; lo pobre que era, lo rico que eras, lo mal que vivía en su miserable barriada, sin un cojín, ni una cama, ni una alfombra, ni cosa parecida, carcomida su alma con esa aflicción que llevaba clavada, la echaron del colegio durante la guerra -¡pobre, amarga y desgraciada! Porque no era ella lo que uno odiaba, sino la idea de ella, que sin duda englobaba cosas que le eran ajenas a la señorita Kilman; se había convertido en uno de esos espectros contra los que uno lucha por la noche; uno de esos espectros que se yerguen ante nosotros y nos chupan la sangre de media vida, dominadores y tiranos; pues sin duda, con otro lance de la fortuna, si los negros hubiesen tenido la supremacía y no los blancos, ¡hubiera querido a la señorita Kilman! Pero no en esta vida. No.

            Le molestaba, sin embargo, llevar a este monstruo brutal revolviéndose en su interior. Oír el crujido de las ramas y sentir los cascos machacando el suelo de aquel bosque cubierto de hojarasca, el alma; no estar ya nunca satisfecha, ni completamente segura, porque en cualquier momento podía revolverse la bestia, ese odio que, sobre todo desde su enfermedad, tenía el poder de darle la sensación de que la arañaban, de que le dañaban el espinazo; le causaba dolor físico y conseguía que el placer en la belleza, en la amistad, en estar a gusto, en ser amada y en hacer de su casa algo encantador, temblara, se derrumbara y doblara ¡como si verdaderamente hubiese un monstruo escarbando en las raíces! ¡Como si toda la armadura de contento no fuese más que egolatría! ¡Este odio!

            ¡Bobadas! ¡Bobadas!, gritaba para sus adentros, mientras empujaba el batiente de la puerta de Mulberry, la floristería.         

            Entró, ligera, alta, muy erguida, y fue saludada al momento por la señorita Pym, con su cara de perro y las manos siempre rojas, como si las hubiese metido con las flores en agua fría.

            Había flores: espuelas de caballero, flores de guisante, ramos de lilas; y claveles, montones de claveles. Había rosas; había lirios. Sí -respiraba el dulce olor a tierra del jardín, mientras hablaba con la señorita Pym que le debía favores y que pensaba que era buena, porque había sido buena con ella hace años; muy buena, pero estaba más vieja, este año, mo-viendo la cabeza de un lado a otro entre lirios y rosas y metiendo la cara con los ojos cerrados en las matas de lilas para respirar, tras el tumulto de la calle, el olor delicioso, la frescura exquisita. Y luego, al abrir los ojos, qué frescas estaban las rosas, como sábanas de encaje recién planchadas en su bandeja de mimbre; y qué oscuros y serios los claveles, con las cabezas bien tiesas; y todas las flores de guisante abiertas en sus maceteros, con su tinte violeta, blanco como la nieve, pálido -como si fuera al atardecer, cuando las jóvenes, con sus trajes de muselina, salen a coger rosas y flores de guisante, cuando el espléndido día de verano, con su cielo azul, casi azabache, y claveles, calas y espuelas de caballero ya ha ter-minado; y era ese momento, entre las seis y las siete, cuando todas las flores -rosas, claveles, lirios, lilas- brillan; cada una de las flores parecen una llama que arde por su cuenta, suave y pura, en los arriates brumosos; y ¡cómo le gustaban las polilla blancogrís que en remolinos rondaban los heliótropos, las prímulas de la noche!

            Y así, mientras iba recorriendo los jarrones con la señorita Pym, eligiendo, bobadas, bobadas, se decía, cada vez más suavemente, como si esta belleza, esta fragancia, este colori-do y el hecho de que la señorita Pym la quisiera, confiara en ella, fuera una ola que dejaba que la invadiera para así dominar aquel odio, aquel monstruo, para dominarlo todo; y cuando la ola la estaba elevando más y más -¡ay! ¡Sonó un disparo en la calle!

            -¡Vaya con los automóviles esos! -dijo la señorita Pym, mientras iba hacia el escaparate a echar un vistazo y volvía, con una sonrisa de disculpa y las manos llenas de flores de guisante, como si fuese la culpable de todos esos automóviles, de todos esos neumáticos de automóvil.

            La violenta explosión que sobresaltó a la señora Dalloway y que hizo que la señorita Pym se dirigiera al escaparate y se disculpase venía de un automóvil que se había detenido junto a la acera, precisamente frente al escaparate de Mulberry. Los transeúntes que, cómo no, se pararon a mirar apenas tuvieron tiempo de ver un rostro de máxima trascendencia sobre la tapicería gris claro, antes de que una mano masculina corriera la cortina, y ya no se vio nada sino un rectángulo color gris claro.

            Así y todo al instante empezaron a circular rumores desde el corazón de Bond Street a Oxford Street por un lado, hasta la perfumería de Atkinson por otro, deslizándose invisibles, inaudibles, como una nube, decidida, como un velo sobre una loma, y cayendo precisamente con algo de la sobriedad repentina de la nube y con su misma sobriedad, sobre unos rostros, que un momento antes, estaban completamente alterados. Pero ahora el misterio les habrá rozado con su ala; habrán oído la voz de la autoridad; el espíritu de la religión flotaba en el aire, con los ojos vendados y los labios abiertos. Pero nadie sabía qué rostro era el que habían visto. ¿Era el del Príncipe de Gales, el de la Reina, el del Primer Ministro? ¿De quién era ese rostro? Nadie lo sabía.

            Edgar J. Watkiss, con su tubería de plomo arrollada al brazo, dijo con claridad y burlonamente, por cierto:

            -El coche del Primé Menistro.

            Septimus Warren Smith, incapaz de cruzar, lo oyó.            Septimus Warren Smith, unos treinta años, tez pálida, nariz picuda, con sus zapatos marrones, y su abrigo raído y sus ojos castaños temerosos que provocaban temor a su vez en los ojos de los desconocidos. El mundo ha levantado su látigo; ¿dónde restallará?

            Todo había llegado a un punto muerto. Las vibraciones de los motores sonaban como un latido irregular que recorre un cuerpo de arriba a abajo. El sol se volvió extraordinariamente caliente porque el automóvil se había detenido ante el escaparate de Mulberry; las ancianas en la planta superior de los omnibuses abrían sus negras sombrillas; y aquí y allá, una sombrilla verde, o roja, se abría con su chasquido. La señora Dalloway, acercándose al escaparate con los brazos llenos de flores de guisante, asomó su menuda cara rosada, con gesto indagador. Todos miraban el automóvil. Septimus miraba. Unos chicos en bicicleta desmontaron de un salto. El tráfico se detuvo. Y ahí seguía el automóvil parado, las cortinas corridas, con un curioso dibujo impreso, como un árbol, pensó Septimus, aterrado por esta gradual concentración de todas las cosas ante sus ojos, como si algún horror hubiese subido a la superficie y estuviese a punto de inflamarse de repente. El mundo vibraba, temblaba y amenazaba con estallar en llamas. ¿Soy yo el que está impidiendo el paso?, pensó. ¿Acaso no le miraban y señalaban?; ¿acaso no estaba lastrado ahí, clavado en la acera, por algún motivo? Pero ¿por qué?

            -Vamos, Septimus, sigamos -dijo su mujer, una mujer menuda, de grandes ojos en un rostro estrecho y anguloso; una chica italiana.

            Pero la propia Lucrezia era incapaz de apartar la vista del automóvil y del dibujo del árbol de las cortinas. ¿Sería la Reina la que estaba ahí -la Reina que iba de compras?

            El chófer, que llevaba un rato abriendo algo, dándole vueltas, cerrándolo, ocupó su asiento.

            -Vamos -dijo Lucrezia.

            Pero su marido, porque llevaban cuatro, cinco años de casados, dio un salto, se agitó y dijo:

            -¡Bueno, vale! -enfadado, como si lo hubiese interrumpido.

            La gente tiene que darse cuenta; la gente tiene que ver. La gente, pensó, mientras miraba al gentío embelesado por el automóvil; a los ingleses, con sus hijos, sus caballos y su ropa, a quienes admiraba en cierto sentido; pero ahora no eran más que «gente», porque Septimus había dicho «me voy a matan»; una frase espantosa. ¿Y si le hubieran oído? Miró al gentío. ¡Socorro! ¡Auxilio!, quería gritarles a los chicos de la carnicería y a las mujeres. ¡Socorro! El otoño pasado, sin ir más lejos, en el Embankment, ella y Septimus estaban arro-pados con el mismo abrigo y, como Septimus no hacía más que leer el periódico en lugar de hablar con ella, se lo arrancó sin importarle, ¡riéndose en las barbas del viejo que los vio! Pero el fracaso se esconde. Tendría que llevárselo a algún parque.

            -Ahora vamos a cruzar -dijo ella.

            Tenía derecho a su brazo, aunque fuera insensible. El se lo daría, a ella, que era tan sencilla, tan impulsiva, veinticuatro años tan sólo, sin amigos en Inglaterra, que había dejado Italia por amor a él, un trozo de hueso.

            El automóvil, las cortinas corridas y su aire de reserva inescrutable, prosiguió hacia Piccadilly, y todavía seguía siendo el foco de todas las miradas, todavía provocaba en los rostros a ambos lados de la calle el mismo oscuro aliento de veneración, ya fuese por la Reina, el Príncipe o el Primer Ministro, nadie lo sabía. El rostro, lo que se dice el rostro, sólo lo habían visto tres personas durante unos segundos. Incluso el sexo era objeto de disputa. Pero no cabía duda de que la grandeza estaba sentada ahí dentro; la grandeza pasaba por allí, oculta, Bond Street abajo, a corta distancia, al alcance de la mano de la gente corriente que quizá estuviera ahora, por primera y última vez, a punto de hablar con la majestad de Inglaterra, el símbolo permanente del Estado, que se dará a conocer a los investigadores curiosos que criben las ruinas del tiempo, cuando Londres sea sólo un camino cubierto de herbajos y todos éstos que se apresuran por la acera este miércoles por la mañana no sean sino huesos entre cuyo polvo aparezcan unas cuantas alianzas de boda y los empastes de oro de innumerables muelas picadas. Entonces se sabrá de quién era el rostro del automóvil.

            Probablemente sea la Reina, pensó la señora Dalloway mientras salía de Mulberry con las flores: la Reina. Y por un instante adoptó una postura de dignidad extrema, ahí parada junto a la floristería bajo el sol, mientras el coche pasaba, parsimonioso, con las cortinas corridas. La Reina de camino a algún hospital; la Reina inaugurando alguna tómbola, pensó Clarissa.

            El jaleo era tremendo para la hora que era. Lords, Ascot, Hurlingham, ¿qué pasaba? se preguntaba, porque la calle estaba bloqueada. La clase media británica, sentada a lo largo del piso superior de los autobuses con paquetes y paraguas, sí, incluso con pieles en un día como éste, pensó Clarissa, era más ridícula y más inconcebible de lo que uno pudiera imaginar; y hasta la Reina estaba retenida; la propia Reina tenía el paso cortado. Clarissa se había quedado detenida en un lado de Brook Street; Sir John Buckhurst, el viejo juez, en el otro, con el coche entre los dos (Sir John había dictado la ley durante años y le gustaban las mujeres bien vestidas) y entonces el chófer, asomándose imperceptiblemente, dijo o mostró algo al agente de policía que, tras dirigirle un saludo, levantó el brazo, empezó a hacer señas con la cabeza, apartó el ómnibus a un lado y el coche pasó. Lenta y muy silenciosamente, prosiguió su camino.

            Clarissa lo adivinaba; Clarissa lo sabía, por supuesto; había visto algo blanco, mágico y redondo en la mano del sirviente, un disco con un nombre inscrito, -¿el de la Reina, del Príncipe de Gales, del Primer Ministro?- el cual, con la fuerza de su propio lustre, se había abierto paso como un hierro candente (Clarissa vio como el coche se hacía más pequeño en la lejanía hasta desaparecer), para poder arder entre los candelabros, las estrellas centelleantes, las pecheras, rígidas con su adorno de hojas de roble*, Hugh Whitbread y todos sus colegas, los caballeros de Inglaterra, aquella noche en el palacio de Buckingham. También Clarissa daba una fiesta. Se estiró un poco; así iba a estar ella, en lo alto de las escaleras.

            El coche se había ido, pero había dejado tras él una tenue onda que fluía por las tiendas de guantes, las sombrererías y sastrerías a ambos lados de Bond Street. Durante treinta segundos todas las cabezas apuntaron en la misma dirección -la ventanilla. Mientras escogían un par de guantes -¿hasta el codo o más arriba, color limón o gris pálido? las señoras se interrumpieron; al terminar la frase algo había ocurrido. En algunos casos algo tan nimio que su vibración no la podía registrar ningún instrumento matemático, por muy capaz que éste fuera de trasmitir sacudidas y terremotos hasta China; y eso que era impresionantemente rotundo y a la vez emotivo por cuanto que su efecto se dejaba sentir en todo el mundo; porque en todas las sombrererías y sastrerías los clientes, extraños entre sí, se miraron y pensaron en los muertos; en la bandera; en el Imperio. En la taberna de una callejuela un alguien de las colonias profirió insultos contra la Casa de Windsor, lo cual derivó en improperios, jarras de cerveza rotas y una algarabía general que, singularmente, resonó como un eco al otro lado de la calle, hasta llegar a los oídos de las chicas que estaban comprando lencería blanca, de lazos de seda pura, para sus bodas. Porque la agitación superficial que el coche provocaba a su paso, tocaba y rasgaba algo muy profundo.

            Deslizándose por Piccadilly el coche dobló por St. James's Street. Unos hombres altos, de físico robusto, hombres trajeados, con sus chaqués y levitas, sus pañuelos blancos y pelo peinado hacia atrás, que por razones difíciles de dilucidar, estaban de pie en el mirador de White, las manos tras la cola del chaqué, vigilando, percibieron instintivamente que la grandeza pasaba ante ellos, y la pálida luz de la presencia inmortal descendió sobre ellos, como había descendido sobre Clarissa Dalloway. Inmediatamente se irguieron más si cabe, retiraron sus manos de la espalda, y parecía que estuviesen en disposición de acatar las órdenes de su Soberano, hasta la misma boca del cañón, si fuera necesario, igual que sus ante-pasados lo hicieran en otros tiempos. Parecía que los bustos blancos y las mesitas, en segundo plano, con algunas botellas de soda encima y cubiertas de ejemplares del Tatler, asentían; parecía que señalaban la abundancia de trigo y las casas de campo de Inglaterra; y que devolvían el tenue murmullo de las ruedas de coche, como los muros de una galería humilde devuelven el eco de un susurro convertido en voz sonora debido a la fuerza de toda una catedral. Moll Pratt, arropada en su chal y con sus flores sobre la acera, le deseó todo lo mejor al buen muchacho (seguro que era el Príncipe de Gales) y hubiera lanzado al aire el precio de una jarra de cerveza -un ramo de rosas- en medio de St. James's Street, de tan alborozada que se sentía, indiferente a la pobreza, de no ser por el oficial de policía que le tenía echado el ojo, frustrando así la lealtad de una vieja mujer irlandesa. Los centinelas en St. James's hicieron el saludo; el policía de la Reina Alejandra asintió.

            Entretanto, un pequeño grupo se había formado ante las puertas del palacio de Buckingham. Inquietos pero confiados, pobre gente todos ellos, esperaban. Miraban el palacio, donde la bandera ondeaba; miraban a Victoria, henchida sobre su montículo, admiraban sus gradas de agua en movimiento, sus geranios; escogían y señalaban entre los automóviles del Mall, primero éste, luego aquél; y se emocionaban así, en vano, con plebeyos que habían salido a pasear en coche; recordaban su tributo y lo guardaban mientras pasaba este coche y luego aquél; y todo ese rato dejaban que se acumulase el rumor en sus venas y que vibrasen los nervios en sus muslos al pensar en la realeza dedicándoles una mirada; la Reina inclinándose; el Príncipe saludando; al pensar en la vida maravillosa conferida a los Reyes por gracia divina; en las caballerizas y las excelsas reverencias; en la vieja casa de muñecas de la Reina; en la Princesa María, casada con un inglés, y el Príncipe -¡ah! ¡el Príncipe! Se parecía extraordinariamente, según decían, al viejo Rey Eduardo, pero era mu-chísimo más delgado. El Príncipe vivía en St. James; pero acaso visitara a su madre alguna mañana.

 

            Así decía Sarah Bletchley, con su bebé en brazos, golpeando el suelo con el pie, como si estuviese junto a su chimenea en Pimlico, pero sin perder de vista el Mall, al tiempo que Emily Coates recorría con la mirada las ventanas del palacio, pensando en las doncellas, las innumerables doncellas, los dormitorios, los innumerables dormitorios. Un señor mayor con un terrier de Aberdeen y varios hombres ociosos se unieron al grupo cada vez más grande. El pequeño señor Bowley, que alquilaba habitaciones en el Albany y que estaba sellado a la cera en cuanto a los profundos orígenes de la vida, aunque ese sello pudiera romperse de manera repentina, inoportuna, sentimental, con este tipo de cosas -pobres mujeres esperando que pase la Reina- pobres mujeres, niñitos bellos, huérfanos, viudas, la guerra -¡chist!-, el pequeño señor Bowley estaba llorando. Una brisa presumida calentaba los finos árboles del Mall, los héroes de bronce, daba vida a una bandera en el británico pecho del señor Bowley, que se quitó el sombrero al paso del coche entrando por el Mall y lo mantuvo en alto mientras el coche se acercaba, dejando que la madres de Pimlico se apretujaran contra él, bien erguido. El coche se acercó.

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