La señora Dalloway ( cont 1 )

            De repente, la señora Coates miró al cielo. El ruido de un avión penetró ominosamente en los oídos de la multitud. Ahí estaba, volando por encima de los árboles, dejando una estela de humo blanco que formaba rizos y tirabuzones, escribiendo algo, ¡de verdad! ¡haciendo letras en el cielo! Todos miraron.

            El avión se dejó caer y volvió a subir en picado, hizo un lazo, siguió adelante, cayó, se elevó, dejando a su paso una espesa chorrera de humo blanco que caracoleaba y formaba curvas en el cielo, deletreando algo. Pero ¿qué letras eran? ¿A C? ¿Una E, luego una L? Por un solo instante permanecieron quietas; luego se fueron alterando, fundiendo y borrando en el cielo, tras lo cual el avión se alejó y empezó de nuevo, en otro trozo de cielo, a escribir una K, una E y ¿acaso una Y?

            -Blaxo -dijo la señora Coates, con voz tensa y asombrada, fija su mirada en el cielo, y el niño, blanco y tieso en sus brazos, también miró.

            -Kreemo -murmuró la señora Bletchley, como sonámbula. Con el sombrero en la mano, completamente inmóvil, el señor Bowley miraba fijamente al cielo. A lo largo de todo el Maf, la gente miraba al cielo. Mientras miraban, el mundo entero se volvió perfectamente silencioso y una bandada de gaviotas cruzó el cielo, acaudillada por una gaviota y luego por otra, y en este silencio extraordinario, en esta paz, en esta palidez, en esta pureza, las campanas doblaron once veces, alejándose su sonido con las gaviotas.

            El avión giró, siguió en línea recta y picó exactamente donde le parecía, ágil, libre, como un patinador:

            -Eso es una E -dijo la señora Bletchley.           

            O como un bailarín:

            -Es toffee -murmuró el señor Bowley.

            (En éstas, entró el coche por las puertas del palacio sin que nadie se fijara en él) interrumpiendo la emisión de humo, el avión se alejó más y más, y el humo se iba dispersando y adhiriendo a las amplias formas blancas de las nubes.

Se había ido; estaba detrás de las nubes. Ni un ruido. Las nubes que se habían unido a las letras E, G o L iban sueltas y libres, como si estuviesen destinadas a volar de este a oeste para realizar una misión de la mayor importancia que jamás sería dada a conocer, y sin duda así era -una misión de la mayor importancia. Entonces, de repente, como un tren saliendo de un túnel, el avión salió de las nubes otra vez, penetrando su sonido en los oídos de toda la gente en el Maf, en Green Park, en Picadilly, en Regent Street, en Regent's Park y la onda de humo se curvó tras él y el avión descendió y volvió a subir en picado, grabando una letra tras otra -pero ¿qué palabra estaba escribiendo?

            Lucrezia Warren Smith, sentada junto a su marido en un banco del Broad Walk de Regent's Park, levantó la mirada.  

            -¡Mira, mira, Septimus! -exclamó. Porque el doctor Holmes le había dicho que estimulara en su marido (que no padecía nada serio salvo que estaba un tanto pachucho) el in-terés por las cosas que ocurrían a su alrededor.

            Así pues, pensó Septimus, levantando la mirada, están haciéndome señas. Sin formalizarlo en palabras; es decir, que no sabía leerlo todavía; pero estaba bastante claro, esta belleza, esta belleza exquisita, y las lágrimas empañaron sus ojos al mirar las letras de humo languideciendo y disipándose en el cielo, y confiriéndole, en virtud de su inagotable caridad y risueña bondad, una forma tras otra de belleza inimaginable y mostrando su intención de entregarle belleza, a cambio de nada, siempre, a cambio de una simple mirada, ¡más belleza! Las lágrimas corrieron por sus mejillas.

            Se trataba de toffee; estaban anunciando toffee, le dijo a Rezia un ama de cría. Juntas empezaron a deletrear: t...o...f ..

            -K ... R... -dijo el ama y Septimus la oyó decir «ca erre» junto a su oído, profunda, suavemente, como un órgano suave pero con un tinte de aspereza en la voz, como la de una ci-garra. Una aspereza que le raspaba el espinazo de forma deliciosa y trasmitía a su cerebro unas ondas de sonido que, tras el impacto, se quebraban. Qué descubrimiento tan maravilloso -que la voz humana en determinadas condiciones atmosféricas (porque uno debe ser científico, ante todo científico) ¡pueda devolverles la vida a los árboles! Alegremente, Rezia puso la mano con toda su fuerza en su rodilla, de tal manera que se sintió lastrado, transfigurado. De lo contrario se habría vuelto loco con la animación de los olmos balanceándose, arriba y abajo, con todas sus hojas encendidas y el colorido que variaba de intensidad, del azul al verde de una ola hueca, como las plumas que coronan a los caballos, o a las damas, tan orgullosas en su balanceo, tan espléndidas.

Pero no se volvería loco. Cerraría los ojos; ya no quería ver nada más.

            Sin embargo, las hojas le llamaban; estaban vivas; los árboles estaban vivos. Y las hojas, al estar conectadas mediante millones de fibras con su propio cuerpo, ahí sentado, lo abanicaban arriba y abajo; cuando la rama se estiraba, él también daba cuenta de ello. Los gorriones que revoloteaban, subían y luego se dejaban caer en las fuentes melladas, formaban parte del cuadro; blanco y azul, y los trazos negros de las ramas. Los sonidos componían armonías con premeditación; los intervalos que los separaban eran tan relevantes como los sonidos. Un niño lloraba. A lo lejos sonó una bocina. En su conjunto, suponían el advenimiento de una religión nueva:

            -¡Septimus! -dijo Rezia. Le dio un fuerte respingo-. La gente se va a dar cuenta.

            -Voy hasta la fuente y vuelvo -dijo ella.

            Porque ya no aguantaba más. El doctor Holmes diría que no era nada. Si por ella fuese, ¡mejor sería que estuviese muerto! Era incapaz de quedarse sentada junto a él cuando se quedaba así, con la mirada fija, sin verla y haciendo que todo fuese espantoso; el cielo y los árboles, los niños jugando, arrastrando sus carritos, con sus silbatos, cayendo al suelo; todos eran espantosos. Y él que no quería quitarse la vida; y ella que no se lo podía decir a nadie. «Septimus ha trabajado demasiado» -eso era lo único que le podía decir a su propia madre. Amar le hace a uno solitario, pensó. No se lo podía decir a nadie, ni siquiera ya a Septimus y, volviendo la mirada atrás, lo vio ahí sentado, con su abrigo raído, solo, encorvado con la vista perdida. Y era cobardía en un hombre decir que iba a quitarse la vida, pero Septimus había luchado; era valiente; él no era Septimus en este momento. ¿Que estrenaba un cuello de vestido? ¿Que estrenaba sombrero? Él nunca se daba cuenta; y era feliz sin ella. ¡Nada sin él la hacía feliz! ¡Nada! El era egoísta. Así son los hombres. Porque él no estaba enfermo. El doctor Holmes decía que no le pasaba nada. Extendió la mano ante ella. ¡Vaya! La alianza se le movía -de tanto que había adelgazado. Ella era la que sufría -pero no tenía a quién contárselo.

            Lejos ya quedaba Italia, sus casas blancas y la habitación donde sus hermanas se sentaban a hacer sombreros, las calles que todas las tardes se llenaban de gente que iba de paseo, que reía a carcajadas, no como la de aquí, vivos a medias nada más, ¡arrebujados en sus tumbonas, mirando unas cuantas flores, feas, plantadas en una maceta!

            -Porque deberías ver los jardines de Milán -dijo en voz alta. Pero ¿a quién se lo decía?

            No había nadie. Sus palabras se desvanecieron. Como se desvanece un cohete. Sus chispas, tras abrirse camino en la noche, se rinden ante ella, la oscuridad desciende, se vierte sobre el contorno de las casas y las torres; las colinas áridas se suavizan y precisan sus contornos. Pero aunque se han ido, la noche está repleta de ellas; desprovistas de color, carentes de ventanas, existen más ponderadamente, entregan lo que la franca luz del día no consigue trasmitir -el desasosiego y el suspenso de las cosas agrupadas ahí en las tinieblas; apretujadas unas contra otras en las tinieblas; desprovistas del alivio que el alba aporta cuando, lavando las paredes blancas y grises, tocando todos y cada uno de los cristales de las ventanas, levantando la bruma de los campos, dejando a la vista las vacas pardo rojizas, que pastan apaciblemente, todo ello vuelve, una vez más, a agredir a la vista; vuelve a existir. ¡Estoy sola; estoy sola! gritó, junto a la fuente de Regent's Park (la mirada fija en el indio con su cruz), porque quizá a medianoche, al borrarse todos los límites, el país vuelve a su aspecto primigéneo, tal y como lo vieron los romanos, nuboso, como cuando desembarcaron, que ni las colinas tenían nombre ni conocían el curso de los ríos -ésa era su oscuridad. Y de repente, como si hubiese surgido una plataforma y ella estuviese montada encima, dijo que era su esposa, casada desde hacía años en Milán, ¡su esposa! y ¡nunca! ¡jamás diría que estaba loco! Dando un giro, la plataforma descendió; y ella fue bajando, bajando. Porque él se habría ido, pensó -se habría ido, tal era su amenaza, a quitarse la vida- ¡a tirarse debajo de un carro! Pero no; ahí seguía; solo, sentado en el banco, con su abrigo raído, las piernas cruzadas, la mirada fija, hablando en voz alta.

            Los hombres no deben talar árboles. Hay un Dios. (Anotaba tales revelaciones al dorso de los sobres.) Cambia el mundo. Nadie mata por odio. Hazlo saber (lo anotó). Esperaba. Escuchaba. Un gorrión, encaramado en la barandilla de enfrente, canturreó: «¡Septimus, Septimus!», cuatro o cinco veces y, siguió cantando, sacando una a una las notas, cantando con voz nueva y también penetrante, con palabras griegas, cómo no existía el crimen y, acompañado por otro gorrión, desde los árboles de la pradera de la vida, al otro lado del río donde los muertos caminan, que no había muerte .

            Ahí estaba su mano; allí, los muertos. Unas cosas blancas se estaban juntando tras la barandilla de enfrente. Pero no se atrevía a mirar. ¡Evans estaba detrás de la barandilla!

            -¿Qué dices? -dijo Rezia de pronto, sentándose junto a él.

            ¡Otra vez me han interrumpido! Ella siempre le estaba interrumpiendo.

            Alejarse de la gente -debían alejarse de la gente, dijo él (levantándose de un brinco), hacia allá, donde había sillas bajo un árbol y la extensa pendiente del parque se dejaba caer como una pieza de tela verde con una nube azul y rosa formándole un techado de tela muy en lo alto, y también había una muralla de casas lejanas, irregulares, arropadas en la neblina, el tráfico murmuraba en círculos y, a la derecha, unos animales de color pardo asomaban sus largos cuellos por encima de las empalizadas del zoo, ladrando, aullando. Ahí se sentaron bajo un árbol.

-Mira -le imploró ella, señalando una pequeña pandilla de muchachos con palos de cricket, uno de ellos iba arrastrando los pies, se volteaba como una peonza y volvía a arrastrar los pies, como un payaso de music-hall.

            -Mira -le imploró, porque el Doctor Holmes le había dicho que le hiciera fijarse en las cosas reales, ir a algún music-hall, jugar al cricket-, ése era el juego ideal -dijo el Doctor Holmes-, un buen juego al aire libre, el juego ideal para su marido.

            -Mira -repitió.

Mira, lo invisible le llamaba, la voz que ahora le comunicaba a él que era el más grande de la humanidad, Septimus, recientemente llevado de la vida a la muerte, el Señor que había venido a renovar la sociedad, que yacía como una colcha, como una manta de nieve tocada sólo por el sol, sin gastar, en constante sufrimiento, el chivo expiatorio, el eterno sufridor, pero él no lo quería, gimió, apartando con un gesto de la mano ese sufrimiento eterno, esa eterna soledad.

            -Mira -repitió ella, porque él no debía hablar solo estando en la calle.

            -¡Ay!, mira -le imploró. Pero ¿qué había que mirar? Unos cuantos corderos. Nada más.

            -¿Dónde queda la estación de Metro de Regent's Park?; ¿podrían indicarle el camino al Metro de Regent's Park? -inquirió Maisie Johnson. Había vuelto de Edimburgo hacía tan sólo dos días.

            -Por aquí no; ¡por allá! -exclamó Rezia, indicándole que se echara a un lado, por temor a que viera a Septimus. Los dos tenían una pinta rara, pensó Maisie Johnson. Todo parecía muy raro. Recién llegada a Londres a trabajar con un tío suyo que le había dado un empleo en Leadenhall Street y de paseo ahora por Regent's Park, aquella pareja sentada en esas sillas le dio un buen susto: la mujer, con aire de extranjera y el hombre con esa pinta tan rara, cuando fuera vieja los seguiría recordando y entre sus recuerdos chocaría este paseo por Regent's Park, una preciosa mañana de verano hace cincuenta años. Porque sólo tenía diecinueve años y por fin había conseguido lo que quería. Venir a Londres; y qué raro era ahora todo, esta pareja a la que le había preguntado el camino, y la chica se había asustado y había hecho un gesto raro con la mano y el hombre, él sí que parecía rarísimo, discutiendo, quizás separándose para siempre; quizás; algo pasaba, estaba segura, y ahora, toda esa gente (había vuelto al Broad Walk), los estanques de piedra, y las flores tímidas, los viejos y las viejas, inválidos la mayoría en sillas de ruedas, parecían, después de Edimburgo, tan raros. Y Maisie Johnson, al unirse a ese grupo que caminaba sin rumbo, que observaba distraídamente -con el viento en la cara- a las ardillas, acicalándose en las ramas, a los gorriones buscando migajas de pan, a los perros en las verjas, ocupados unos con otros, al aire libre y cálido que daba un punto de dulzura y de capricho a esa mirada fija y neutra con la que abordaban la vida -Maisie Johnson sintió sin duda que tenía que gritar ¡oh! (porque aquel joven allí sentado la había impresionado. Algo pasaba, lo sabía).

            ¡Horror! ¡Horror!, quiso gritar. (Se había alejado de los suyos; la habían advertido de lo que pasaría.)

            ¿Por qué no se había quedado en casa?, gritó aferrándose al pomo de la barandilla de hierro.

            Esa chica, pensó la señora Dempster (que guardaba restos de pan para las ardillas y que a menudo se llevaba el almuerzo a Regent's Park), todavía no tiene ni idea de nada; y con todo le parecía mejor ser un poco robusta, un poco desaliñada, un poco moderada en sus pretensiones. Percy bebía. Bueno, mejor tener un hijo, pensó la señora Dempster. Lo había pasado mal, y no podía evitar sonreírse ante una chica así. Te casarás, porque eres lo suficientemente guapa, pensó la señora Dempster. Cásate, pensó, y así aprenderás. ¡Sí, claro! Lo de guisar y eso. Cada hombre es como es. Pero quién sabe si hubiese tomado la misma decisión de haberlo sabido, pensó la señora Dempster, que no pudo evitar el deseo de susurrarle unas palabras a Maisie Johnson; sentir sobre la arrugada piel de su rostro el beso de la compasión. Porque ha sido una vida dura, pensó la señora Dempster. ¡Qué es lo que no le había entregado a la vida! Rosas; buen tipo; y también sus pies. (Ocultó sus pies deformes y bulbosos bajo la falda.)

            Rosas, pensó sarcásticamente. Tonterías, cariño. Porque de verdad, con el comer, el beber y la vida en común, los buenos tiempos y los malos, la vida no había sido un lecho de rosas, y es más, excuso decirles, ¡Carric Dempster no estaba dispuesta a cambiar su suerte por la de una mujer de Kentish Town, cualquiera que fuese! Pero piedad, imploraba; piedad por la pérdida de las rosas. Piedad es lo que le pedía a Maisie Johnson, en pie junto a los arriates de jacintos.   

            Pero ¡ay, ese aeroplano! ¿Acaso la señora Dempster no había deseado siempre viajar al extranjero? Tenía un sobrino, misionero. Subió en picado. Siempre se hacía a la mar en Margate, aunque sin perder de vista la costa, pero no soportaba a las mujeres que le tenían miedo al agua. Viró y fundió en picado. Tenía el estómago en la boca. Arriba otra vez. Dentro va un buen chico, apostó la señora Dempster y el avión se alejó más y más, desvaneciéndose, deprisa, como una bala: elevándose sobre Greenwich con todos sus mástiles; pasando por encima del islote de iglesias grises, St. Paul y las demás, hasta que, a uno y otro lado de Londres, se extendieron campos y pardos bosques donde los atrevidos tordos, de rápida mirada, saltaban audazmente para atrapar al caracol y golpearlo contra una piedra, una, dos, tres veces.

            El aeroplano se alejó más y más, hasta que sólo fue una brillante chispa; una aspiración; una concentración; un símbolo (así le pareció al señor Bentley, que segaba enérgicamente el césped de su jardín de Greenwich) del alma del hombre; de su decisión, pensó el señor Bentley, rodeando el cedro, de escapar de su propio cuerpo, de salir de su casa, con el pensamiento, Einstein, la especulación, las matemáticas, la teoría de Mendel. El aeroplano se alejó cada vez más.

            Entonces, mientras un personaje andrajoso e insólito con una cartera de cuero vacilaba de pie en la escalinata de la catedral de St. Paul, y porque dentro estaba ese bálsamo, esa gran bienvenida, todas esas tumbas con pendones ondeando en lo alto, trofeos de victorias conseguidas, no contra ejércitos, pensaba el hombre, sino contra ese molesto espíritu de búsqueda de la verdad que me ha dejado en esta precaria situación, sin empleo; es más, la catedral brinda compañía, pensó, te invita a pertenecer a una sociedad; grandes hombres pertenecen a ella; hay mártires que han muerto por ella; por qué no entrar, pensó, poner esta cartera de cuero repleta de papeles ante un altar, una cruz, el símbolo de algo que se ha elevado por encima de toda búsqueda, de toda pregunta, de todo discurso construido y se ha convertido en puro espíritu, sin cuerpo, espectral -¿por qué no entrar? pensó, y mientras vacilaba, el aeroplano se alejó sobrevolando Ludgate Circus.

            Era extraño; estaba silencioso. Ni un ruido se oía por encima del tráfico. Parecía que nadie lo gobernara, que volara por su propia voluntad. Y ahora alzándose curva tras curva, subió en línea recta, como algo que se elevara hacia el éxtasis, en puro deleite, y soltó una estela de humo blanco que, retorciéndose, escribió una T, una O, una F.

            -¿Qué miran? -dijo Clarissa Dalloway a la doncella que le abrió la puerta.

            El vestíbulo de la casa estaba fresco como una cripta. La señora Dalloway se llevó la mano a los ojos y mientras la doncella cerraba la puerta y oía el rumor de las faldas de Lucy, se sintió como una monja que se ha apartado del mundo y siente cómo la envuelven los velos familiares y las antiguas devociones. La cocinera silbaba en la cocina. Oyó el tecleo de la máquina de escribir. Era su vida e, inclinándose hacia la mesa del vestíbulo, se sometió a dicha influencia, se sintió bendecida y purificada, diciéndose a sí misma, mientras cogía el bloc de los recados telefónicos, cómo momentos como éste son brotes en el árbol de la vida, flores de oscuridad, pensó (como si alguna preciosa rosa hubiera florecido sólo para ella); nunca creyó en Dios; y con tanto más motivo, pensó, cogiendo el bloc, una debe pagar por ello en la vida diaria al personal de servicio, sí, a los perros y los canarios, y sobre todo a Richard, su marido, que era el fundamento de todo ello -de los alegres sonidos, de las luces verdes, incluso de la cocinera que silbaba, porque la señora Walker era irlandesa y se pasaba el día silbando- una tenía que usar este fondo secreto de momentos exquisitos para saldar su deuda, pensó, levantando el bloc, mientras Lucy permanecía en pie a su lado, tratando de explicar como

            -El señor Dalloway, señora.

            Clarissa leyó en el bloc: «Lady Bruton desea saber si el señor Dalloway almorzará con ella hoy.»

            -El señor Dalloway, señora, me pidió que le dijera que no comería en casa.

            -¡Caray! -dijo Clarissa. Lucy, tal y como esperaba, compartió su desilusión (aunque no el golpe); sintió la armonía entre los dos; se percató de la insinuación; pensó en el modo de amar de la clase media; pensó tranquilamente en su dorado futuro; y, tomando la sombrilla de la señora Dalloway, la blandió como si fuera un arma sagrada que una diosa abandona después de haberse comportado honrosamente en el campo de batalla, y la colocó en la paragüero.       

            -No temas más -dijo la señora Dalloway-. No temas más al ardor del sol ; porque la desagradable sorpresa de que Lady Bruton hubiera invitado a almorzar a Richard sin ella, como la planta en el lecho del río se estremece al sentir la onda de un remo: tal fue su temblor, tal fue el estremecimiento.

            Millicent Bruton, cuyos almuerzos tenían fama de ser extraordinariamente divertidos, no la había invitado. No es que unos vulgares celos la fueran a separar de Richard. Pero le temía al tiempo en sí mismo, y leía en el rostro de Lady Bruton, como si fuera un disco tallado en piedra impasible, que la vida se acababa, cómo año tras año quedaba recortada su parte; qué poco podía ya dar de sí el margen que le quedaba, qué poco podía absorber, como en los años jóvenes, los colores, las sales, los tonos de la existencia, de tal manera que Clarissa llenaba la habitación en la que entraba, y a menudo sentía -justo en el momento en que estaba a punto de cruzar el umbral de la sala de estar- un momento de quietud exquisita, como el que experimenta un nadador antes de zambullirse en el mar que se oscurece y se ilumina a sus pies, y las olas que amenazan con romper, aunque no hacen sino rasgar la superficie, se arrollan, se ocultan y se incrustan de perlas, mientras simplemente voltean las algas.

            Puso el bloc sobre la mesa del vestíbulo. Lentamente, se encaminó al piso de arriba, la mano sobre la barandilla, como si hubiese salido de una fiesta en la que un amigo primero y otro después hubieran reflejado su propia cara, hubieran sido eco de su voz; como si hubiera cerrado la puerta, hubiera salido y se hubiera quedado sola, una figura solitaria contra la noche espantosa, o mejor dicho, para ser exactos, contra la mirada penetrante de esta prosaica mañana de junio; suave, para algunos, con el brillo de los pétalos de rosa, lo sabía, y lo sentía, mientras se detenía junto a la ventana del rellano que, así abierta, dejaba entrar el batir de las persianas, el ladrido de los perros, dejaba entrar, pensó, sintiéndose repentinamente marchita, avejentada, sin pecho, la algarabía, el soplo, el florecer del día al aire libre, al otro lado de la ventana, fuera de su cuerpo y de su cerebro que ahora le fallaba, porque Lady Bruton, cuyos almuerzos tenían fama de ser extraordinariamente divertidos, no la había invitado.

            Como una monja que se retira o como un niño que explora una torre, subió, arriba, se detuvo ante la ventana, llegó al baño. Allí estaba el linóleo verde y un grifo que goteaba. Ha-bía un vacío alrededor del corazón de la vida; una buhardilla. Las mujeres deben despojarse de sus ricos atavíos. Al mediodía deben desvestirse. Pinchó la almohadilla de alfileres y dejó sobre la cama su sombrero de plumas amarillo. Las sábanas estaban limpias, tensamente estiradas en un ancho embozo, de lado a lado. Su cama se volvería cada vez más estrecha. La vela estaba a medio consumir y Clarissa estaba profundamente inmersa en las Memorias del Barón Marbot. Se había quedado leyendo hasta tarde el pasaje sobre la retirada de Moscú. Como la Cámara deliberaba hasta tan tarde, Richard insistió después de su enfermedad, que debía dormir sin ser molestada. Y de verdad que ella prefería leer la retirada de Moscú. El lo sabía. Así pues, la habitación era una buhardilla; la cama, estrecha; y allí tumbada, leyendo, porque dormía mal, no podía despojarse de una virginidad conservada a través de partos, una virginidad que se pegaba a ella como una sábana. Preciosa en la adolescencia, de repente llegó un momento -por ejemplo, en el río, bajo los bosques de Clieveden- en que, debido a alguna contracción de este frío espíritu, Clarissa le había fallado. Y después en Constantinopla, y otra vez, y otra más. Sabía qué era lo que le faltaba. No era belleza; no era inteligencia. Se trataba de algo central que penetraba todo; algo cálido que alteraba superficies y rompía el frío contacto de hombre y mujer, o de mujeres juntas. Porque eso si que podía percibirlo vagamente. Le dolía, sentía escrúpulos sacados de Dios sabe dónde, o bien, eso creía, en-viados por la Naturaleza (infaliblemente sabia); con todo, en algunas ocasiones era incapaz de resistirse al encanto de una mujer, no de una niña, de una mujer confesándole, como hacían a menudo, un mal paso, una locura. Y ya fuera por compasión o por su belleza, o porque ella era mayor, o por alguna contingencia -como un leve aroma, o un violín en la casa de al lado (tan extraño es el poder del sonido en ciertos momentos), ella sentía, sin lugar a dudas, lo que los hombres sienten. Sólo por un instante; pero era suficiente. Era una súbita revelación, una especie de excitación como un sofoco que tratabas de contener pero conforme se extendía no te quedaba más remedio que entregarte a su movimiento y te precipitabas hasta el final y allí te ponías a temblar y sentías que el mundo se te acercaba hinchado con un significado sorprendente, con una especie de presión que te llevaba al éxtasis, porque estallaba por la piel y brotaba y fluía con un inmenso alivio por fisuras y llagas. Y entonces, en ese preciso momento había tenido una iluminación: la luz de una cerilla que arde en una flor de azafrán, un significado interno que casi llegaba a verbalizarse. Pero la presión se retiraba; lo duro se volvía blando. Se había terminado, el momento. Sobre el fondo de tales momentos (también con las mujeres), contrastaba (mientras dejaba el sombrero) la cama, el Barón Marbot y la vela medio consumida. Mientras yacía despierta, el parquet crujió; la casa iluminada se oscureció de repente, y al levantar la cabeza sólo oía el clic del picaporte que Richard accionaba con la mayor delicadeza posible, y subía la escalera en calcetines, y luego, la mayoría de las veces, ¡se le caía la bolsa de agua caliente y soltaba un juramento! ¡Cómo se reía!

            Pero este asunto del amor (pensó, guardando la chaqueta), esto de enamorarse de las mujeres. Por ejemplo, Sally Seton; su relación en los viejos tiempos con Sally Seton. ¿Acaso no había sido amor, a fin de cuentas?

 

            Se sentaba en el suelo -ésa era la primera impresión que conservaba de Sally -se sentaba en el suelo con las manos en las rodillas, fumando un cigarrillo. ¿Dónde fue que ocu-rrió? ¿En casa de los Manning? ¿De los Kinloch Jones? En una fiesta (auque no sabía con certeza dónde), porque recordaba claramente haber preguntado al hombre con el que estaba: «¿Quién es ésa?» Y él se lo dijo, y le comentó que los padres de Sally no se llevaban bien (¡cuánto la escandalizó! -¡que los padres de una se pelearan!). Pero en toda la noche no pudo apartar la vista de Sally. Era una belleza extraordinaria, la clase de belleza que más admiraba, morena, ojos grandes, con aquella gracia que, por no tenerlo ella, siempre envidió -una especie de abandono, como si fuera capaz de decir cualquier cosa, de hacer cualquier cosa, un aire mucho más frecuente en las extranjeras que en las inglesas. Sally siempre decía que por sus venas corría sangre francesa, que un antepasado suyo había estado con María Antonieta y que le cortaron la cabeza, y que le había dejado un anillo con un rubí. Quizá fuera aquel verano en que Sally se presentó en Bourton, completamente por sorpresa, sin un penique en el bolsillo, después de la cena, asustando de tal manera a la pobre tía Helena que nunca la perdonó. En su casa se había producido una discusión tremenda. Literalmente, no tenía ni un penique aquella noche cuando recurrió a ellos -había empeñado un broche para hacer el viaje. Se había ido a toda prisa, en un arrebato. Se quedaron hablando hasta altas horas de la noche. Sally fue quien le hizo darse cuenta, por primera vez, de lo protegida que resultaba la vida en Bourton. No sabía nada acerca del sexo, ni de problemas sociales. En una ocasión vio a un viejo caer muerto en un campo; había visto vacas que acababan de parir a sus terneros. Pero a la tía Helena nunca le gustaron las discusiones, fueran del tema que fueren (cuando Sally le dio a Clarissa el William Morris, tuvo que forrarlo con papel de estraza). Se quedaban sentadas horas y horas hablando, en su dormitorio del último piso, hablando de la vida, de cómo iban a reformar el mundo. Querían fundar una sociedad que aboliera la propiedad privada, y llegaron hasta escribir una carta, aunque no llegaron a mandarla. Las ideas eran de Sally, por supuesto, pero ella muy pronto adoptó ese mismo entusiasmo, leía a Platón en la cama, antes del desayuno; leía a Morris; leía a Shelley a todas horas.

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