La señora Dalloway ( cont 10)

            No hablaron de temas profundos, sólo comentaron que Londres estaba atestado de gente, que había cambiado en los últimos treinta años, que el señor Morris prefería Liverpool, que la señora Morris había ido a la exposición floral de Westminster y que todos habían visto al Príncipe de Gales. Y sin embargo, pensó Peter Walsh, ninguna familia en el mundo podía compararse con los Morris, ninguna en absoluto; y las relaciones entre ellos son perfectas, les importan un bledo las clases altas, les gusta lo que les gusta, y Elaine está haciendo prácticas para encargarse del negocio familiar, el chico ha conseguido una beca para estudiar en Leeds, la señora mayor (que tiene aproximadamente su misma edad) tiene tres hijos más en casa, y tienen dos automóviles, pero el señor Morris todavía remienda las botas los domingos; so-berbio, absolutamente soberbio, pensó Peter Walsh, balanceándose ligeramente con su copa de licor en la mano, entre los peludos sillones rojos y los ceniceros, muy a gusto consigo mismo, porque los Morris lo apreciaban. Sí, apreciaban a un hombre que había dicho «Peras Barlett». Lo apreciaban, lo sentía.

            Iba a ir a la fiesta de Clarissa. (Los Morris se retiraron, pero se volverían a ver.) Iba a ir a la fiesta de Clarissa porque quería preguntarle a Richard qué estaban haciendo en la India, los ineptos conservadores. ¿Y qué había en la cartelera de teatro? ¿Qué música...? Ah, sí, y mero chismorreo.

            Porque ésta es la verdad de nuestra alma, pensó, de nuestro ser, que habita los mares profundos como un pez y va nadando entre oscuridades, colándose entre las matas de gigan-tescos hierbajos, por espacios moteados de sol, adentrándose más y más en las tinieblas, la frialdad, la profundidad, lo inescrutable; de repente salta a la superficie y se exhibe nadando en las olas rizadas por el viento; es decir, tiene una imperiosa necesidad de rozarse, rascarse, animarse con chismorreos. ¿Qué proyectos tenía el gobierno -Richard Dalloway lo sabría- respecto de la India?

            Como era una noche muy calurosa los chicos-sandwich pasaban con los carteles que proclamaban con grandes letras rojas que había una ola de calor, habían sacado unas sillas de mimbre a la escalinata del hotel, y ahí unos caballeros indiferentes fumaban y bebían a sorbos. Peter Walsh se sentó allí. Uno podía imaginarse que el día, el día de Londres, no hacía más que empezar. Como una mujer que se hubiese quitado el vestido estampado y el delantal blanco para vestirse de azul y perlas, el día se mudaba, se quitaba cosas, sacaba la gasa, se vestía de noche y, con el mismo suspiro de euforia que una mujer exhala al tirar sus enaguas al suelo, él también se sacudía el polvo, el calor, el color; el tráfico menguaba; los automóviles, tintineando, veloces como flechas, sustituían a la pesadez de los camiones; y aquí y allá, entre la densa fronda de las plazas, colgaba una intensa luz. Dimito, parecía decir la última tarde mientras palidecía y se apagaba sobre las techumbres y las prominencias, moldeadas y puntiagudas, de hoteles, de pisos y bloques de tiendas, me apago, empezaba a decir, desaparezco, pero Londres no quería hacerle caso, y apuntaba sus bayonetas hacia el cielo, la detenía, la obligaba tomar parte en su jolgorio.

            Porque, desde la última vez que Peter Walsh visitara Londres, se había producido la gran revolución del cambio de horario de verano del señor Willett. Las tardes largas eran nuevas para él. Era estimulante, más bien. Pues mientras los jóvenes pasaban con sus carteras, contentísimos de verse libres, y orgullosos también, en su inconsciencia, de pisar esta famosa acera, una especie de alegría, barata, de oropel si se quiere, pero euforia a fin de cuentas, encendía sus rostros. Y también iban bien arreglados: medias rosas, bonitos zapatos. Ahora pasarían dos horas en el cine. Los perfilaba, los refinaba, la luz azul amarillento del atardecer; y en las hojas de las plazas cobraba un brillo pálido y lívido: parecían como remojadas en agua marina, las hojas de una ciudad sumergida. Se quedó pasmado ante la belleza; y le daba ánimos también, ya que, mientras los anglo-indios que habían regresado se sentaban por derecho propio (conocía a montones de ellos) en el Oriental Club, repasando biliosamente la ruina del mundo, ahí estaba él, más joven que nunca; envidiando a los jóvenes por el verano que estaban pasando y todo eso, y sospechando -era más que una sospecha, gracias a las pala-bras de una muchacha, a la risa de una criada -cosas intangibles a las que no se puede poner la mano encima-, que se había producido un cambio en esa pirámide donde todo se acumulaba, que en su juventud le había parecido inconmovible. La habían tenido encima con toda su fuerza; los había aplastado, sobre todo a las mujeres, como esas flores que Helena, la tía de Clarissa, solía meter entre unas hojas de papel secante gris con el diccionario de Littré encima, cuando se sentaba bajo la lámpara después de cenar. Ya había muerto. Había sabido de ella por Clarissa, que le contó que había perdido la visión de un ojo. Parecía tan adecuado -una de las obras de arte de la naturaleza- que la vieja señorita Parry se convirtiera en cristal. Moriría como un pájaro en una helada, agarrada a su rama. Pertenecía a otra época, pero como era tan entera, tan completa, se quedaría para siempre de pie en el horizonte, blanca como la piedra, eminente, como un faro marcando una etapa por la que se hubiera pasado en el transcurso de este aventurado y largo viaje, esta interminable -(tanteó buscando una moneda para comprar el periódico y leer algo sobre los partidos de Yorkshire y Surrey; había entregado esa moneda millones de veces; Surrey había perdido, una vez más)- esta interminable vida. Pero el cricket no era sólo un simple juego. El cricket era importante. No podía dejar de enterarse de los resultados del cricket. Leyó primero los resultados de los partidos en las noticias de última hora, luego leyó lo del calor de aquel día, y luego la noticia de un asesinato. El haber hecho cosas millones de veces los enriquecía, aunque también les desgastaba la superficie. El pasado enriquecía, y la experiencia, y el haber querido a una o dos personas, adquiriendo así el poder del que carecen los jóvenes: ir por el atajo, hacer lo que a uno le gusta, sin importar un comino lo que diga la gente, ir y venir sin grandes esperanzas (dejó su periódico sobre la mesa y se alejó), cosa que, pese a todo (fue a buscar su abrigo y su sombrero), no era exactamente aplicable a él, al menos no esta noche, pues ahí estaba él, dispuesto para ir a una fiesta, a su edad, con la seguridad de que iba a vivir una experiencia. Pero ¿qué?

            La belleza, en cualquier caso. No la cruda belleza que perciben los ojos. No era belleza pura y simple -Bedford Place que llevaba a Russell Square. Era la rectitud y el vacío, desde luego; la simetría de un pasillo; pero también ventanas iluminadas, el sonido de un piano, un gramófono; una sensación de una fuente de placer oculta que emerge de vez en cuando, al ver a través de la ventana sin cortinas, la ventana abierta, grupos de gente alrededor de las mesas, jóvenes que caminan en círculos lentamente, conversaciones entre hombres y mujeres, criadas mirando pasivamente hacia la calle (extraños comentarios los suyos, una vez terminado el trabajo), medias a secar en los alféizares, un loro, unas cuantas plantas. Qué absorbente es esta vida, misteriosa e infinitamente rica. Y en la gran plaza donde los taxis corrían y giraban tan deprisa, había parejas paseando sin rumbo, demorándose, abrazándose, encogidos bajo la ducha de un árbol; eso sí que era emocionante; tan silenciosos, tan absortos, que uno pasaba de largo discreta y tímidamente, como si se tratase de alguna ceremonia sagrada que resultaría impío interrumpir. Era interesante. Y así siguió en el fragor y el resplandor.

            El viento le abrió el abrigo ligero, y con unos andares de indescriptible idiosincrasia, ligeramente encorvado hacia adelante, caminó, con las manos a la espalda y los ojos todavía un poco como los del halcón; caminaba por Londres, hacia Westminster, observando.

            ¿Es que todo el mundo cenaba fuera? Aquí, un criado estaba abriendo las puertas para darle paso a una anciana dama, con zapatos de hebilla y tres plumas de avestruz en el pelo. Se abrían las puertas para que salieran señoras envueltas, como momias, en unos chales con vistosas flores, señoras con la cabeza descubierta. Y de respetables casas de columnas estu-cadas, atravesando los pequeños jardines fronteros, salían mujeres, ceñidas en ligeros vestidos, con peinetas en el pelo (después de subir corriendo a ver a sus hijos); había hombres esperándolas, con sus abrigos abiertos al viento y el motor en marcha. Todo el mundo salía. Con todo ese abrir de puertas, el descenso y la salida, parecía que Londres entero estuviese embarcándose en pequeños botes amarrados al embarcadero, balanceándose en el agua, como si la ciudad entera se fuese de carnaval por las aguas. Whitehall estaba cubierto de hielo, plateado a martillo como estaba, parecía que hubiera arañas patinando encima, y alrededor de las farolas daba la impresión de que volaran diminutas moscas; hacía tanto calor que la gente hablaba parada en la calle. Aquí, en Westminster, había un juez probablemente jubilado, firmemente sentado, a la puerta de su casa, todo vestido de blanco. Un anglo-indio, probablemente.

            Y aquí, el escándalo de unas mujeres peleándose, mujeres borrachas; aquí, nada más que un policía y casas que se cernían, casas altas, casas con cúpulas, iglesias, parlamentos, y la sirena de un barco de vapor en el río, un grito hueco y neblinoso. Pero ésta era su calle, la de Clarissa; los taxis doblaban veloces la esquina, como el agua que rodea los pilares de un puente y se vuelve a juntar, le parecía, porque transportaban a la gente que iba a su fiesta, la fiesta de Clarissa.

            El frío caudal de impresiones visuales le fallaba ahora, como si el ojo fuese una taza rebosante que dejara caer el sobrante por sus costados de porcelana, sin registrarlo. El cerebro debía despertar ya. El cuerpo debía despertar ya, entrando en la casa, la casa iluminada, con la puerta abierta, donde los automóviles estaban detenidos y de los que se apeaban unas mujeres brillantes: el alma debe templarse para resistir lo que venga. Abrió la hoja grande de su cortaplumas.          

            Lucy bajó las escaleras a todo correr, después de pasar un instante por la sala de estar para estirar un mantel, para enderezar una silla, para detenerse un momento y sentir que cualquiera que entrase notaría lo limpio, reluciente y maravillosamente cuidado que estaba todo, cuando vieran la preciosa plata, los atizadores de bronce, las nuevas fundas de los sillones y las cortinas de chintz amarillo; lo inspeccionó todo; oyó un ruido de voces; la gente estaba llegando para la cena; ¡tenía que irse volando!

            Iba a venir el Primer Ministro, dijo Agnes; eso es lo que les había oído decir en el comedor, dijo mientras entraba con una bandeja llena de vasos. ¿Es que importaba, es que importaba lo más mínimo un Primer Ministro de más o de menos? No tenía la menor importancia a estas horas de la noche para la señora Walker, en medio de los platos, cacerolas, sartenes, del pollo en gelatina, las heladeras, el pan rallado, los limones, las soperas y moldes de pudding que, por mucho que fregasen en el office, parecían acumulársele todos encima, amontonarse en la mesa de la cocina, en las sillas, mientras el fuego ardía y rugía, y eso que la cena aún estaba por servir. Lo único que sentía era que un Primer Ministro de más o de menos no tenía ni pizca de importancia para la señora Walker.

            Las señoras ya estaban subiendo, dijo Lucy; las señoras estaban subiendo, una por una, la señora Dalloway cerrando la marcha y casi siempre mandando algún recado para la cocina: «Feliciten a la señora Walker», dijo una noche. Al día siguiente darían un repaso a los distintos platos: la sopa, el salmón; el salmón, la señora Walker lo sabía, salió un poco crudo, porque siempre se ponía nerviosa con el pudding y el salmón se lo dejaba a Jenny; así ocurría: el salmón siempre salía un poco crudo. Pero cierta señora rubia con alhajas de plata había preguntado por la entrada, según dijo Lucy, si de verdad estaba hecha en casa. Sin embargo, era el salmón lo que preocupaba a la señora Walker, mientras daba vueltas y vueltas a las fuentes, abría y cerraba las llaves de tiro de la cocina; y entonces se oyó una carcajada procedente del comedor, una voz que hablaba, y luego otra carcajada: los caballeros se divertían cuando las señoras se habían ido. El tokay, dijo Lucy entrando a todo correr, el señor Dalloway había mandado traer el tokay de las bodegas del Emperador, el tokay Imperial.

            Lo llevaron a través de la cocina. Por encima del hombro, Lucy informó de lo encantadora que estaba la señorita Elizabeth; no podía quitarle los ojos de encima, con su vestido rosa, luciendo el collar que el señor Dalloway le había regalado. Jenny tenía que acordarse del perro, el fox-terrier de la señorita Elizabeth que, como mordía, hubo que encerrarlo, y podría necesitar algo. Jenny tenía que acordarse del perro. Pero Jenny no iba a subir con toda la gente que había por la casa. ¡Ya había un coche en la puerta! Sonó el timbre... ¡y los caballeros que seguían en el comedor, bebiendo tokay!

Por fin, ya estaban subiendo al piso de arriba; éstos eran los primeros, y ahora irían llegando cada vez más deprisa, así que la señora Parkinson (contratada para las fiestas) dejaría entreabierta la puerta del vestíbulo, y el vestíbulo se llenaría de caballeros esperando (se quedaban de pie, esperando, alisándose el cabello), mientras las señoras se quitaban las capas en la habitación del pasillo; ahí es donde las ayudaba la señora Barnet, la vieja Ellen Barnet, que llevaba cuarenta años con la familia, que venía todos los veranos para ayudar a las señoras, recordaba a las madres de cuando eran niñas y, aun con mucha sencillez, les daba la mano; decía «milady» muy respetuosamente, aunque traslucía en ella cierta sorna al mirar a las señoritas, y con un tacto especial ayudaba a Lady Lovejoy, que tenía algún problema con su corpiño. Y no podían por menos que pensar, Lady Lovejoy y la señorita Alice, que el haber conocido a la señora Barnet les confería un cierto privilegio en materia de tocador: -treinta años, milady-, informó la señora Barnet. Las jóvenes no se pintaban los labios, decía Lady Lovejoy, cuando pasaban unos días en Bourton, antaño. Y la señorita Alice no necesitaba lápiz de labios, decía la señora Barnet, mirándola con cariño. Allí sentada en el guardarropa, la señora Barnet se quedaba atusando las pieles, alisando los mantones españoles, ordenando el tocador, y sabiendo perfectamente, a pesar de las pieles y los bordados, cuáles eran damas y cuáles no. Simpática viejecita, dijo la señora Lovejoy subiendo por las escaleras, la vieja niñera de Clarissa.

            Entonces, Lady Lovejoy se preparó.

            -Lady Lovejoy y la señorita Lovejoy -le dijo al señor Wilkins (contratado para las fiestas), que tenía un estilo admirable al inclinarse y erguirse; se inclinó y se irguió, y anunció con perfecta imparcialidad-. Lady Lovejoy y la señorita Lovejoy... Sir John y Lady Needham... la señorita Weld... el señor Walsh -su estilo era admirable; su vida familiar debe ser irreprochable, salvo que parecía imposible que un ser con labios verdosos y mejillas afeitadas hubiera podido caer en el error de tener hijos con todas sus molestias.

            -¡Encantadísima de verte! -dijo Clarissa. Se lo decía a todo el mundo. ¡Encantadísima de verte! Estaba insoportable: efusiva, hipócrita. Era un grave error haber venido. Debería haberse quedado en casa leyendo, pensó Peter Walsh, porque no conocía a nadie.

            Oh, Dios, iba a resultar un fracaso; un absoluto fracaso, sentía Clarissa en lo más íntimo, mientras Lord Lexham se disculpaba por su mujer, que se había resfriado en la recep-ción en los jardines del Palacio de Buckingham. Estaba viendo a Peter por el rabillo del ojo, criticándola, allí, en aquel rincón. ¿Por qué, a fin de cuentas, hacía ella esas cosas? ¿Por qué buscaba montañas y se ponía de pie, empapada, en medio del fuego? ¡Así se consumiera! ¡Así quedara reducida a cenizas! ¡Cualquier cosa antes que esto! ¡Más le valía a uno blandir su antorcha y tirarla al suelo que reducirse y apagarse como una Ellie Henderson cualquiera! Era extraordinario cómo Peter la ponía en ese estado con sólo aparecer y quedarse de pie en un rincón. Peter conseguía que Clarissa se viera a sí misma: exagerada. Era una idiotez. Pero entonces, ¿por qué había venido, si era sólo para criticar? ¿Por qué siempre tomar y nunca dar? ¿Por qué no arriesgarse a exponer su propio punto de vista? Ahora Peter se alejaba, y ella tenía que hablar con él. Pero no se le iba a presentar la ocasión. Así era la vida: humillación, renuncia. Lo que decía Lord Lexham era que su esposa no quiso ponerse las pieles en la recepción en los jardines de Palacio porque «querida, vosotras las señoras sois todas iguales»: ¡Lady Lexham tenía al menos setenta y cinco años! Era delicioso cómo se mimaban el uno al otro, esa vieja pareja. De verdad que apreciaba al viejo Lord Lexham. Creía de verdad que su fiesta tenía importancia, y la ponía enferma saber que todo estaba saliendo mal, que todo estaba decayendo. Cualquier cosa, cualquier explosión, cualquier horror era mejor que cuando la gente se ponía a pasear sin rumbo, formando grupitos en los rincones como Ellie Henderson, sin siquiera tomarse la molestia de mantenerse erguidos.

            Suavemente, el viento hinchó la cortina amarilla con todas las aves del paraíso y pareció que hubiese entrado un aleteo en la sala, con fuerza, y que luego se hubiese retirado. (Las ventanas estaban abiertas.) ¿Había corriente? se preguntó Ellie Henderson. Era propensa a enfriarse. Pero no importaba que apareciese estornudando mañana; eran las chicas con los hombros desnudos en quienes estaba pensando, ya que había sido educada a pensar en los demás por un anciano padre, un inválido, que fue vicario de Bourton, pero ahora estaba muerto; y sus resfriados nunca le afectaban al pecho, nunca. Era las chicas en quienes estaba pensando, las jóvenes con los hombros desnudos, ya que ella misma siempre había sido muy poquita cosa, con su pelo escaso y su perfil seco; aunque ahora, a los cincuenta años cumplidos, estaba empezando a brillar con tenue luz, purificada hasta la distinción por años de abnegación; pero oscurecida de nuevo, para siempre, por su desesperantes buenas maneras de señora bien, por su pánico, cuya causa eran unos ingresos de sólo trescientas libras y su indefensión (no era capaz de ganar ni un penique); ello la hacía tímida y cada año más incapaz de tratar con gente bien vestida que hacía esta clase de cosas todas las noches de la temporada, con sólo decir a sus criadas «me pondré esto y aquello», mientras que Ellie Henderson salía corriendo toda nerviosa y compraba unas flores rosas baratitas, media docena, y luego se echaba un chal por encima de su viejo vestido negro. Porque su invitación a la fiesta de Clarissa había llegado en el último momento. La idea no la hacía demasiado feliz. Tenía como la impresión de que Clarissa había pensado no invitarla este año.

            ¿Y por qué tenía que invitarla? No había razón alguna, salvo que se conocían desde siempre. En realidad, eran primas. Pero, como es natural, habían ido separándose, Clarissa estaba tan solicitada. Para ella era un acontecimiento eso de ir a una fiesta. Era un regalo el mero hecho de ver las preciosas ropas. ¿Y aquélla no sería Elizabeth, ya crecida, con el peinado a la última moda y el vestido rosa? Y eso que no podía tener más de diecisiete años. Era muy, muy hermosa.

Pero parecía que las muchachas ya no vestían de blanco en su primera salida, como solían hacerlo. (Tenía que recordarlo todo para decírselo a Edith.) Las chicas llevaban vestidos rectos, perfectamente ceñidos, con la falda muy por encima de los tobillos. No le sentaba bien, pensó.

            Así pues, con mala vista, Ellie Henderson estiraba un poco el cuello, y no es que a ella le importara el no tener a nadie con quien hablar (apenas conocía a nadie allí), porque le parecía que todos eran tan interesantes: políticos, posiblemente, amigos de Richard Dalloway; sino que fue el mismo Richard Dalloway quién pensó que no podía dejar que la pobre criatura siguiera en pie sola durante toda la velada.

            -Bueno, Ellie, ¿como te va la vida? -dijo Richard, con su particular cordialidad. Ellie Henderson, poniéndose nerviosa, sonrojándose y pensando que era extraordinariamente amable por su parte acercarse para hablar con ella, dijo que, realmente, había mucha más gente sensible al calor que al frío.

            -Sí, es verdad -dijo Richard Dalloway-. Sin duda.    Pero ¿qué más podía uno decir?

            -Hola, Richard -dijo alguien, tomándolo por el codo, y... Dios santo, ahí estaba el bueno de Peter, el bueno de Peter Walsh. Estaba encantadísimo de verle, ¡verdaderamente encantado! No había cambiado nada. Y en éstas se pusieron a caminar juntos, cruzando la sala, dándose palmaditas el uno al otro, como si no se hubieran visto desde hacía tiempo, pensó Ellie Henderson, viéndolos alejarse, convencida de conocer el rostro de ese hombre. Un hombre alto, de mediana edad, ojos más bien bonitos, moreno, con gafas y cierto aire de John Burrows. Seguro que Edith lo conocería.

            La cortina con su bandada de pájaros del paraíso volvió a hincharse. Y Clarissa lo vio, vio a Ralph Lyon echarla para atrás y seguir hablando. Así que ¡no resultaba un fracaso des-pués de todo! Todo iba a ir bien ahora, su fiesta. Había empezado. Se había iniciado. Pero la situación todavía estaba pendiente de un hilo. Tenía que quedarse en pie ahí por el momento. Parecía que llegaba mucha gente de golpe.

            El coronel y la señora Garrod... El señor Hugh Whitbread... El señor Bowley... La señora Hilbery... Lady Mary Maddox... El señor Quinn..., entonaba el señor Wilkins. Clarissa les dirigió seis o siete palabras a cada uno y siguieron adelante, entraron a los salones; entraban en algo, no en nada, ya que Ralph Lyon había echado la cortina para atrás.

            Y sin embargo, en lo que a ella se refería, era demasiado esfuerzo. No estaba disfrutando de la fiesta. Se parecía demasiado a ... una persona cualquiera, ahí de pie; cualquiera podía hacerlo; aun así, admiraba un poco a esa persona cualquiera, no podía dejar de pensar que era ella quien, a fin de cuentas, había hecho que todo aquello tuviera lugar, que esto marcaba una etapa, este poste en el que tenía la impresión de haberse convertido, pues, por extraño que pareciese, se había olvidado del aspecto que tenía, aunque se sentía como una estaca clavada en lo alto de su escalera. Cada vez que daba una fiesta tenía esta sensación de ser algo ajeno a sí misma y de que todo el mundo era irreal en un sentido, mucho más real en otro. En parte, pensó, se debía a la ropa de sus invitados, que en parte se salían de su estilo habitual, en parte al ambiente de fondo; se podían decir cosas que no se podían decir de ninguna otra manera, cosas que requerían un esfuerzo; era posible llegar más al fondo. Pero no para ella; todavía no, al menos.

            -¡Encantadísima de verle! -dijo. ¡Querido viejo Sir Harry! Este conocería a todo el mundo. Y lo que resultaba tan extraño era la sensación que una tenía mientras subían por las escaleras uno tras otro, la señora Mount y Celia, Herbert Ainsty, la señora Dakers... ¡Oh, y Lady Bruton!

            -¡Cuánto te agradezco que hayas venido!- dijo, y lo decía sinceramente. Era extraña la sensación que una tenía allí, en pie, al verles pasar y pasar, algunos muy viejos, algunos...

            ¿Quién? ¿Lady Rosseter? Pero ¿quién podía ser esa Lady Rosseter?

            -¡Clarissa! -¡Esa voz! ¡Era Sally Seton! ¡Sally Seton después de tantos años! Como una aparición, saliendo de la niebla. Porque no era así, Sally Seton, cuando Clarissa agarraba la botella de agua caliente. ¡Pensar que Sally Seton estaba bajo este techo! ¡Y con este aspecto!

            Una encima de la otra, inhibidas, riendo, salieron unas cuantas palabras en desorden: pasaba por Londres, se enteró por Clara Haydon, ¡qué ocasión de verte! Así que me he plantado aquí, sin invitación...

            Una podía dejar la botella de agua caliente con toda compostura. Había perdido el lustre. Pero era extraordinario volver a verla, más vieja, más feliz, menos encantadora. Se besaron en una mejilla, luego en la otra, junto a la puerta de la Balita de estar, y Clarissa se volvió, con la mano de Sally en la suya, vio sus salones llenos, oyó el tronar de las voces, vio los candelabros, las cortinas ondeando al viento y las rosas que Richard le había regalado.

            -Tengo cinco hijos enormes -dijo Sally.

            Era el egotismo más puro y simple, la pretensión -que ni siquiera trataba de esconder, de que había que pensar en ella primero, y Clarissa la amaba por ser todavía así.

            -¡No me lo puedo creer! -gritó, estremeciéndose de pies a cabeza ante el recuerdo del pasado.

            Pero ¡lástima! Wilkins la requería; Wilkins pronunció, con una voz de imponente autoridad, como si todos los presentes hubieran de ser amonestados y la anfitriona apartada de la frivolidad, un nombre:

            -El Primer Ministro -dijo Peter Walsh.

            ¿El Primer Ministro? ¿De verdad era él? Ellie Henderson se maravilló. ¡Vaya un chisme para contárselo a Edith!

            Uno no se podía reír de él. Tan sencillo que parecía. Podías estar detrás de un mostrador y haberle comprado unas galletas... Pobre hombre, todo ataviado de encajes dorados. Y, la verdad sea dicha, cuando hizo su ronda de saludos, primero con Clarissa, y escoltado luego por Richard, lo hizo muy bien. Intentaba parecer alguien. Era divertido verlo. Nadie lo miraba. Simplemente seguían hablando, aunque estaba perfectamente claro que todos eran conscientes (lo sentían hasta la médula de los huesos) del paso de esta majestad; de este símbolo de lo que todos representaban: la sociedad inglesa. La vieja Lady Bruton, también de muy tino aspecto, muy gallarda con sus encajes, remontó la corriente y se retiraron a un cuartito que enseguida empezó a ser espiado, custodiado, y una especie de agitación y murmullo se extendió, abiertamente, como una onda: ¡el Primer Ministro!

            Dios, Dios, ¡el esnobismo de los ingleses! pensó Peter Walsh, de pie en el rincón. ¡Cómo disfrutaban acicalándose con encajes de oro y rindiendo pleitesía! ¡Ahí! Ése debía ser

-por Júpiter que lo era- Hugh Whitbread, husmeando por el recinto reservado a los grandes, un tanto más gordo, más cano, ¡el admirable Hugh!

            Siempre parecía estar de servicio, pensó Peter, un ser privilegiado pero reservado, atesorando secretos por los que sería capaz de dar la vida, aunque sólo se tratase de un chismorreo sin importancia que hubiese salido de un criado de la Corte y que mañana estaría en todos los periódicos. Éstas eran sus nimiedades, la clase de juguetitos con los que había jugado hasta criar canas, hasta el borde de la vejez, gozando del respeto y el afecto de todos los que tuvieron el privilegio de conocer a este tipo de hombre inglés de colegio de pago. Era inevitable que uno se inventara cosas así respecto de Hugh; ése era su estilo, el estilo de aquellas admirables cartas que Peter había leído en el Times a miles de millas mar adentro, y le había dado gracias a Dios por estar lejos de esa charlatanería, aunque sólo fuese para oír los chillidos de los habuinos y las palizas que los culis propinaban a sus mujeres. Un joven de tez verde oliva de alguna universidad permanecía obsequiosamente de pie junto a Hugh. A él lo protegería, lo iniciaría, le enseñaría a salir adelante. Nada le gustaba más que prodigar favores, hacer que el corazón de las viejas damas palpitase con la alegría de verse apreciadas en su avanzada edad, en su aflicción, creyéndose ya muy olvidadas, pero aquí estaba el querido Hugh que se acercaba a él y se tiraba una hora hablando del pasado, recordando nimiedades, alabando el bizcocho hecho en casa, aunque Hugh bien podía comer bizcocho con una Duquesa cualquier día de su vida, pues bastaba con mirarlo para imaginar que probablemente empleara buena parte de su tiempo en ese placentero quehacer. Los que todo lo juzgan, los que siempre se compadecen de todo, podrían disculparle. Peter Walsh no tenía piedad. Malvados los hay, y ¡Dios sabe que los canallas que son ahorcados por aplastarle los sesos a una muchacha en un tren hacen menos daño, con todo, que Hugh Whitbread y sus favores! Había que verlo ahora, de puntillas, avanzando como si bailara, haciendo zalemas, en el momento en que el Primer Ministro y Lady Bruton salían, dando a entender a todos los presentes que tenía el privilegio de decir algo, algo privado, a Lady Bruton en cuanto pasara. Ella se detuvo. Movió su gran cabeza ya vieja. Seguramente le estaría dando las gracias

a Hugh por alguna muestra de servilismo. Ella tenía a sus pelotilleros, pequeños funcionarios de la administración del gobierno que correteaban de un lado a otro haciéndole pequeñas diligencias, a cambio de las cuales les invitaba a almorzar. Pero Lady Bruton era un remanente del siglo dieciocho. Era un buen elemento.

            Y ahora Clarissa daba escolta a su Primer Ministro a través de la sala, contoneándose, chispeando, con el carácter señorial que le conferían sus canas. Llevaba pendientes y un vestido de sirena verde plata. Ondeando sobre las olas y trenzándose el pelo, parecía tener todavía ese don: el de ser, de existir, de reunirlo todo a su paso; se volvió, se enganchó el echarpe en el vestido de alguna mujer, lo desenganchó, rió, todo con la más perfecta soltura y el aire de una criatura flotando en su elemento. Pero la edad la había rozado, como una sirena que advierta en su espejo el sol poniente en un atardecer muy claro sobre las olas. Había un aliento de ternura; su severidad, mojigatería, imperturbabilidad se habían caldeado ya, y mostraba en su persona, mientras despedía al hombre grueso de dorados encajes, que hacía lo que podía -y ojalá lo consiguiera- para parecer importante, una dignidad inefable; una cordialidad exquisita; como si estuviera dándole al mundo entero sus mejores deseos, y ahora, hallándose ya en el mismísimo borde y extremo de las cosas, tuviese que retirarse. Esto es lo que Clarissa le hizo pensar a Peter Walsh. (Pero él no estaba enamorado.)

            Verdaderamente, pensó Clarissa, el Primer Ministro había sido muy amable al acudir. Además, al atravesar la sala con él, con Sally allí, y Peter, y Richard encantado, con toda esa gente un tanto propensa, quizá, a envidiarla, había sentido esa intoxicación del momento, esa dilatación de los nervios del corazón mismo, hasta tal punto que éste pareció estremecerse, elevarse, ponerse en pie... Sí, pero al fin y al cabo esto era lo que otros sentían; pues aunque le encantaba esta impresión y sentía su hormigueo y su escozor, estas apariencias, estos triunfos (el bueno de Peter, por ejemplo, que la consideraba tan brillante), tenían cierto vacío dentro; estaban a una distancia prudente, no en el corazón; y bien podría ser que estuviera haciéndose vieja, el caso es que ya no la satisfacían como antes. Y de pronto, viendo al Primer Ministro bajar las escaleras, el borde dorado del cuadro de Sir Joshuas de la niña pequeña con manguito le trajo el instantáneo recuerdo de la Kilman; Kilman, su enemiga. Eso era satisfactorio; eso era real. ¡Ay, cuánto la odiaba! Apasionada, hipócrita, corrupta; con todo ese poder; la seductora de Elizabeth; la mujer que había entrado a hurtadillas para robar y deshonrar (Richard diría: ¡qué tontería!). La odiaba: la amaba. Era enemigos lo que una quería, no amigos, no a la señora Durrant ni a Clara, Sir William y Lady Bradshaw, la señorita True-lock y Eleanor Gibson (a quien vio subir). Que la buscaran si querían verla. ¡Ella estaba pendiente de su fiesta!

            Ahí estaba su viejo amigo, Sir Harry.

            -¡Querido Sir Harry! -dijo acercándose al viejo y simpático personaje que había pintado más malos cuadros que el resto de los académicos de todo St. John's Woods (en sus cuadros siempre había ganado, en pie junto a las charcas al atardecer, absorbiendo humedad, o expresando, dado que tenía cierta habilidad para los gestos, con una pata delantera levantada y la cornamenta enarbolada, «el Extraño se acerca»; todas sus actividades, cenar fuera, ir a las carreras, estaban fundadas en el ganado absorbiendo humedad en las charcas del atardecer).

            -¿De qué se ríen? -le preguntó Clarissa. Porque Willie Titcomb, Sir Harry y Herbert Ainsty se estaban riendo todos. Pero no. Sir Harry no podía contarle a Clarissa Dalloway (por mucho que la apreciase; la consideraba perfecta en su estilo y la amenazó con pintarla) sus historias de music-hall. Le tomó el pelo a propósito de su fiesta. Echaba en falta su brandy. Estos círculos, dijo Sir Harry, eran demasiado para él. Pero la apreciaba, la respetaba, a pesar de su maldito y difícil refinamiento de clase alta, que le impedía pedirle a Clarissa Dalloway que se sentara en sus rodillas. Y aquí llegaba ese errabundo capricho, esa vaga luminaria, la vieja señora Hilbery, extendiendo sus manos al calor de la risa de Sir Harry (se reía del Duque y la Lady) que, cuando la oyó en el otro extremo de la sala, pareció tranquilizarla con respecto a algo que a veces la preocupaba si se despertaba de madrugada y no quería molestar a la criada para que le hiciera una taza de té: la seguridad de que debemos morir.

            -No quieren contarnos sus historias -dijo Clarissa.   -¡Querida Clarissa! -exclamó la señora Hilbery. Cuánto se parecía a su madre esta noche, dijo, cuando la vio por primera vez en un jardín, paseando con un sombrero gris.           

            Entonces, los ojos de Clarissa se llenaron literalmente de lágrimas. ¡Su madre, paseando en el jardín! Lo sentía mucho, pero tenía que irse.

            Porque allí estaba el profesor Brierly, que daba conferencias sobre Milton, hablando con el pequeño Jim Hutton (que era incapaz, incluso para una fiesta como ésta, de conjuntar chaleco y corbata o de evitar tener el pelo de punta), y aun a esta distancia podía apreciar que se estaban peleando. Porque el profesor Brierly era un bicho raro. Con todos aquellos títulos, honores, cátedras que lo ponían a mucha distancia de los escritorzuelos, se daba cuenta al instante de cuándo un ambiente era hostil a su extraña personalidad, a su prodigiosa erudición y timidez, a su encanto invernal, sin cordialidad, a su inocencia mezclada con esnobismo. Se estremecía si se daba cuenta, por el cabello despeinado de una señora, o las botas de un joven, de la presencia de un submundo, sin duda digno de crédito, de rebeldes, de jóvenes ardientes, de futuros genios, y daba a entender, con un ligero gesto de la cabeza, un respingo -¡uf!- el valor de la moderación, del estudio superficial de los clásicos para ser capaces de comprender a Milton. El profesor Brierly (Clarissa lo veía) no estaba precisamente de acuerdo con el pequeño Jim Hutton (que llevaba calcetines rojos porque los negros los tenía en la lavandería) respecto de Milton. Clarissa los interrumpió.

            Clarissa dijo que le encantaba Bach. A Hutton también. Ese era el vínculo que los unía, y Hutton (un poeta muy malo) siempre tuvo la impresión de que la señora Dalloway era, con diferencia, la mejor de las grandes señoras que se interesaban por el arte. Resultaba extraño lo estricta que era. En materia de música, era puramente impersonal. Era un tanto pedante. Pero ¡tan encantadora que resultaba! Sabía hacer de su casa un lugar agradable, de no ser por los catedráticos. A Clarissa se le estaba ocurriendo pillarlo por banda y sentarlo al piano, en la habitación de atrás. Y es que tocaba divinamente.

            -Pero... ¡el ruido! -dijo ella-. ¡El ruido!

            -Es señal del éxito de una fiesta -y tras inclinar la cabeza cortésmente, el profesor se retiró con delicadeza.       -Lo sabe absolutamente todo sobre Milton, todo -dijo Clarissa.

            -¡No me diga! ¿En serio? -dijo Hutton, que podía imitar al profesor en todo punto: el profesor hablando de Milton, el profesor hablando de moderación, el profesor retirándose con delicadeza.

            Pero tenía que hablar con aquella pareja, dijo Clarissa, Lord Gayton y Nancy Blow.

            Y no es que ellos precisamente contribuyeran de manera perceptible al ruido de la fiesta. No estaban hablando (de manera perceptible), mientras permanecían de pie, uno al lado del otro, junto a las cortinas amarillas. Pronto se irían juntos; y nunca tenían mucho que decir en cualquier circunstancia. Miraban, eso era todo. Era suficiente. Parecían tan limpios, tan sanos, ella con una frescura de albaricoque hecha de polvos y pintura, mientras que él, lavado y refrotado, con los ojos de un pájaro, no habría bola que se le pasara, ni golpe que le sorprendiera. Golpeaba, saltaba, con precisión, sobre el propio terreno. Las bocas de los ponis temblaban al extremo de sus riendas. Tenía sus honores, monumentos ancestrales, pendones colgados en la iglesia, en sus fincas. Tenía sus deberes; sus arrendatarios; una madre y hermanas; se había pasado el día entero en Lord's, y eso era de lo que estaban hablando -del cricket, de los primos, del cine- cuando llegó a su lado. Lord Gayton la apreciaba un potosí. Y la señorita Blow, otro tanto. Es que Clarissa tenía unos modales encantadores.

            -¡Es angelical... es delicioso que hayáis venido! -dijo. Le encantaba Lord's; le encantaba la juventud, y Nancy, vestida a enormes precios por los mejores artistas de París, estaba ahí de pie, mirando, como si su cuerpo hubiese sacado, pura y simplemente, de motu propio, un volante verde.

            -Quería que hubiera habido baile -dijo Clarissa.     

            Porque los jóvenes no sabían hablar. Y ¿por qué habrían de hacerlo? Gritar, abrazarse, bailar, llegar despiertos al amanecer, llevarles azúcar a los ponis, besar y acariciar el hocico

de unos chow-chows adorables; y después, corriendo y zumbando, zambullirse y nadar. Pero los enormes recursos de la lengua inglesa, el poder que confiere, a fin de cuentas, para trasmitir sentimientos (a su edad, ella y Peter se habrían pasado la velada discutiendo), no iba con ellos. Iban a solidificarse jóvenes. Serían sumamente buenos con la gente de la finca, pero solos, quizá un tanto aburridos.

            -¡Qué lástima! -dijo-. Hubiera querido que hubiese baile.

            ¡Era extraordinariamente amable que hubieran venido! Pero, ¿cómo hablar de baile? Las salas estaban a rebosar. Ahí estaba la vieja tía Helena, con su chal. Por desgracia debía de-jarlos, a Lord Gayton y a Nancy Blow. Ahí estaba la vieja señorita Parry, su tía.

 

            Porque la señorita Parry no había muerto: la señorita Parry estaba viva. Tenía más de ochenta años. Subía por las escaleras despacio, con bastón. La colocaron en una silla (Richard se había ocupado de ello). Siempre le llevaban a gente que había estado en Birmania en los años setenta. ¿Dónde se había metido Peter? Solían ser tan amigos. Y es que, en cuanto se mencionaba la India, o incluso Ceylán, sus ojos (sólo uno era de cristal) adquirían lentamente profundidad, se volvían azules, veían, no a los seres humanos -no tenía tiernos recuerdos, ni orgullosas ilusiones sobre Virreyes, Generales o motines- eran orquídeas lo que veía, puertos de montaña, y a sí misma transportada a lomo por los culis en los años sesenta, atravesando picos solitarios; o también se veía bajando a arrancar orquídeas (unas flores sorprendentes, nunca vistas anteriormente) que pintaba en acuarelas; una indomable mujer inglesa, inquieta cuando la guerra la molestaba, por ejemplo, cuando estalló una bomba ante su misma puerta, arrancándola de su profunda meditación sobre las orquídeas y sobre su propia figura viajando por la India en los sesenta... Pero aquí estaba Peter.

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