La señora Dalloway ( cont 11)

-Ven a hablar de Birmania con la tía Helena -dijo Clarissa.

            ¡Y eso que no había hablado ni media palabra con ella en toda la velada!

            -Hablaremos más tarde -dijo Clarissa, llevándolo junto a la tía Helena, con su chal blanco, con su bastón.        

            -Peter Walsh -dijo Clarissa.

            Eso no significaba nada.

            Clarissa la había invitado. Era fatigoso, era ruidoso; pero Clarissa la había invitado. Así que había venido. Era una lástima que vivieran en Londres Richard y Clarissa, aunque sólo fuese por la salud de Clarissa, hubiera sido mejor que viviesen en el campo. Pero a Clarissa siempre le había gustado la vida de sociedad.

            -Ha estado en Birmania -dijo Clarissa.

            ¡Ah! No podía resistirse a recordar lo que Charles Darwin había comentado acerca del librito que ella había escrito sobre las orquídeas de Birmania.

(Clarissa tenía que hablar con Lady Bruton.)

            Sin duda que ya había caído en el olvido, su libro sobre las orquídeas de Birmania, pero pasó por tres ediciones antes de 1870, le dijo a Peter. Ahora sí que se acordaba de él. Había estado en Bourton (y él la había abandonado, recordó Peter Walsh, sin mediar palabra, en la sala de estar, aquella noche que Clarissa lo había invitado a ir con ella a remar).

            -Richard lo pasó muy bien almorzando en su casa -dijo Clarissa a Lady Bruton.

            -Richard me prestó una ayuda incalculable -contestó Lady Bruton-. Me ayudó a escribir una carta. Y tú, ¿cómo estás?

            -¡Oh, perfectamente! -dijo Clarissa. (Lady Bruton detestaba que las esposas de los políticos estuvieran enfermas.)      

            -¡Y ahí está Peter Walsh! -dijo Lady Bruton (porque nunca sabía de qué hablar con Clarissa, aunque la apreciaba. Tenía muchas cualidades, pero Clarissa y ella no tenían nada en común. Hubiera sido mejor que Richard se casara con una mujer con menos encanto, que le hubiera ayudado más en su trabajo. Había perdido su oportunidad en el gobierno)-. ¡Ahí está Peter Walsh! -dijo, dándole la mano a ese agradable pecador, ese tipo tan competente que debería de haberse labrado una reputación, pero que no lo había hecho (siempre por culpa de sus problemas con las mujeres), y por supuesto, a la vieja señorita Parry. ¡Esa vieja dama tan maravillosa!

            Lady Bruton se quedó junto a la silla de la señorita Parry, un granadero fantasmal revestido de negro, e invitó a Peter Walsh a almorzar; cordial, pero sin conversación, sin recor-dar nada de la flora o fauna de la India. Había estado allá, por supuesto; había vivido bajo el mandato de tres Virreyes; estimaba que algunos indios civiles eran personas insólitamente correctas; pero ¡qué tragedia!... ¡el estado en que encontraba la India! El Primer Ministro acababa de hacerle algunos comentarios (la vieja señorita Parry, arrebujada en su chal, no tenía el menor interés por los comentarios que el Primer Ministro acababa de hacerle), y Lady Bruton quería conocer la opinión de Peter Walsh, puesto que estaba recién llegado del centro de los acontecimientos; iba a arreglar un encuentro con Sir Sampson y él, pues por cierto que le quitaba el sueño, la locura de la situación, la perversidad podría decirse, siendo la hija de un militar. Ya era una vieja, y no valía para mucho. Pero su casa, sus criados, su buena amiga Milly Brush -¿se acordaba de ella?- estaban allí a su disposición, por si... bueno, por si podían ser de alguna ayuda, en resumidas cuentas. Y es que Lady Bruton nunca hablaba de Inglaterra, sino cómo esta isla de hombres, esta querida, queridísima tierra corría por sus venas (sin que hubiera leído a Shakespeare), y si alguna vez hubo mujer capaz de ponerse el casco y disparar la flecha, capaz de acaudillar a las tropas en un ataque, gobernar con indómita justicia a hordas de bárbaros y yacer desnarigada bajo un escudo en una iglesia o convertida en un montículo de hierba en cierta primigenia ladera, esa mujer era Millicent Bruton. Privada por su sexo, y también por culpa de algún engaño, de la facultad lógica (le resultaba imposible escribir una carta al Times), concebía el Imperio como algo siempre al alcance de la mano, y había adquirido, gracias a su pacto con aquella acorazada diosa, su erguida prestancia, la robustez de su carácter, de manera que era imposible imaginársela, ni aun en la muerte, separada de la tierra o vagando por unos territorios en los que, de alguna forma espiritual, la bandera de Inglaterra había dejado de ondear. Dejar de ser inglesa, aun entre los muertos... ¡no, no! ¡Imposible!

            Pero ¿era esa mujer Lady Bruton? (a quien antes conocía). Era ese hombre Peter Walsh, encanecido?, se preguntaba Lady Rosseter (que había sido Sally Seton). Esa era sin duda la vieja señorita Parry, la vieja tía que solía estar tan enfadada cuando ella pasaba alguna temporada en Bourton. ¡Nunca se le olvidaría aquella vez que se puso a correr desnuda por el pasillo, y que la mandó llamar la señorita Parry! ¡Y Clarissa! ¡Oh, Clarissa! Sally la cogió por el brazo.

            Clarissa se detuvo junto a ellos.

            -Pero no puedo quedarme -dijo-. Volveré luego. Esperadme -dijo, mirando a Peter y Sally. Quería decir que la esperasen hasta que toda esa gente se hubiese ido.

            -Volveré -dijo, mirando a sus viejos amigos, Sally y Peter, que se estaban dando la mano, y Sally, sin duda recordando el pasado, se reía.

            Pero su voz estaba desprovista de su antigua riqueza arrebatadora; sus ojos no brillaban como solían hacerlo, cuando fumaba puros, cuando corría por el pasillo para ir a buscar su esponja, completamente en cueros, y Ellen Atkins preguntaba: ¿Y si los caballeros se hubieran topado con ella, qué? Pero todo el mundo la perdonaba. Robó un pollo de la des-pensa porque le entraba hambre por la noche; fumaba puros en su dormitorio; se dejó un libro de valor incalculable en la barca. Pero todo el mundo la adoraba (salvo papá, quizá). Era su calor, su vitalidad: pintaba, escribía. Las viejas del pueblo nunca habían olvidado, hasta la fecha, preguntarle por «su amiga de la capa roja que parecía tan lista». Acusó a Hugh Whitbread, precisamente a él (ahí estaba su viejo amigo Hugh, hablando con el embajador portugués), de besarla en la sala de fumar para castigarla por decir que las mujeres deberían tener derecho al voto. Los hombres vulgares lo tenían, decía ella. Y Clarissa recordaba tener que convencerla de no denunciarlo en las oraciones de familia, cosa de la que era capaz, dada su audacia, su temeridad, su melodramática afición a ser el centro de todo y a provocar escenas. Clarissa pensaba entonces que la cosa iba a acabar en una terrible tragedia; su muerte; su martirio... En lugar de ello, se había casado, de manera bastante inesperada, con un señor calvo con una gran flor en la solapa, propietario, según decían, de varias fábricas de algodón en Manchester. ¡Y tenía cinco niños!

            Peter y ella se quedaron juntos. Estaban hablando: parecía algo tan normal que estuvieran hablando. Seguramente comentarían el pasado. Con ellos dos (incluso más que con Richard), Clarissa compartía su pasado; el jardín; los árboles; el viejo Joseph Breitkopf cantando a Brahms sin voz; el olor de las esteras. Sally siempre formaría parte de esto, así como Peter. Pero tenía que dejarlos. Ahí estaban los Bradshaw, que no le caían bien.

            Tenía que acercarse a Lady Bradshaw (vestida de gris y plata, balanceándose como un león marino en el borde de su acuario, ladrando a las duquesas para conseguir invitaciones, la típica esposa del hombre triunfador), tenía que acercarse a Lady Bradshaw y decirle...

            Pero Lady Bradshaw se le adelantó.

            -Llegamos escandalosamente tarde, querida señora Dalloway; apenas nos atrevíamos a entrar -dijo.

            Y Sir William, muy distinguido él, con sus canas y ojos azules, dijo: sí, no pudieron resistirse a la tentación. Estaba hablando con Richard, probablemente de ese proyecto de ley que querían que la Cámara de los Comunes aprobara. ¿Por qué el mero hecho de verlo hablar con Richard la espeluznaba? Tenía el aspecto de lo que era, de un gran médico. Un hombre absolutamente de primer orden en su profesión, muy poderoso, un tanto gastado. Porque había que pensar en la clase de casos que se le presentaban: personas en la más profunda desgracia, gente al borde de la locura, maridos y esposas. Tenía que tomar decisiones sobre cuestiones de impresionante dificultad. Con todo..., lo que sentía era que no le gustaría que Sir William la viese desgraciada. No; ese hombre no.

            -¿Cómo le va a su hijo en Eton? -le preguntó a Lady Bradshaw.

            Precisamente ahora acababa de tener las paperas, con lo que no había podido presentarse al examen de ingreso al bachillerato. Su padre estaba más preocupado que él mismo, creía ella, «porque no es más que un niño grande», dijo.

            Clarissa miró a Sir William, que estaba hablando con Richard. No parecía un niño, ni en lo más remoto.

            En una ocasión, había ido con alguien a pedirle consejo. Él se había portado perfectamente, con mucha sensatez. Pero, ¡Dios santo! ¡Qué alivio cuando salió de nuevo a la calle! Recordaba que había un pobre desgraciado sollozando en la sala de espera. Pero no sabía qué tenía Sir William, lo que le disgustaba de él exactamente. Sólo que Richard estaba de acuerdo con ella, «no le agradaba su gusto, su olor». Pero era extraordinariamente competente. Estaban hablando de ese proyecto de ley. Sir William estaba mencionando algún caso, bajando la voz. Tenía relación con lo que estuvo comentando sobre los efectos tardíos del trauma psíquico que sufrían los combatientes. Había que tenerlo en cuenta en el proyecto de ley.

            Bajando la voz, arrastrando a la señora Dalloway al refugio de una feminidad común, un orgullo común por las ilustres cualidades de los maridos y por su triste tendencia a trabajar en exceso, Lady Bradshaw (pobre gansa, una no podía tenerle manía) murmuró: «justo cuando nos íbamos, mi marido recibió una llamada, un caso muy triste. Un joven (es lo que Sir William le está contando al señor Dalloway) se había suicidado. Había estado en el ejército». ¡Oh! pensó Clarissa, en medio de mi fiesta, está la muerte, pensó.

            Siguió adelante hasta el pequeño cuarto donde el Primer Ministro había estado con Lady Bruton. Quizá hubiera alguien ahí. Pero no había nadie. Las sillas aún conservaban la impronta del Primer Ministro y Lady Bruton, ella vuelta hacia él con deferencia, él sentado con solemnidad, con autoridad. Habían estado hablando de la India. No había nadie. El esplendor de la fiesta se derrumbó, tan extraño que era entrar allí sola, con sus galas.

            ¿Quién les mandaba a los Bradshaw hablar de la muerte en su fiesta? Un joven se había suicidado. Y se ponían a hablar de ello en su fiesta; los Bradshaw hablaban de la muerte. Se había suicidado, pero ¿cómo? Siempre lo experimentaba en carne propia, cuando le daban la noticia, de primeras, de sopetón, de un accidente; su vestido se inflamaba, el cuerpo le ardía. Se había tirado por la ventana. El suelo: arriba como el rayo; atravesando su cuerpo, penetrantes, hirientes, se clavaron los roñosos pinchos de la verja. Ahí quedó él, con un golpe seco, seco, seco en el cerebro, y luego un ahogo de tinieblas. Así lo vio. Pero ¿por qué lo había hecho? ¡Y los Bradshaw hablando de ello en su fiesta!

            En cierta ocasión, Clarissa había tirado un chelín al lago de Serpentine, nada más. Pero él lo había tirado todo. Ellos seguían viviendo (tenía que volver: los salones seguían aba-rrotados, seguía llegando la gente). Ellos... (se había pasado el día pensando en Bourton, en Peter, en Sally), ellos llegarían a viejos. Había una cosa que sí importaba; una cosa, envuelta en palabras vanas, desfigurada, oculta en su propia vida, abandonada diariamente en la corrupción, en las mentiras, en las palabras vanas y esto es lo que él había conservado. La muerte era desafío. La muerte era un intento de comunicarse, ya que la gente siente la imposibilidad de llegar al centro que, místicamente, se les escapa; la intimidad separaba; el entusiasmo se desvanecía; una estaba sola. Había un abrazo en la muerte.

            Pero este joven que se había suicidado... ¿se había lanzado con su secreto? «Si llegase la muerte ahora, sería absolutamente feliz», se había dicho a sí misma en una ocasión, bajando las escaleras, vestida de blanco.

            Y también estaban los poetas y pensadores. Y si este joven hubiera tenido esa pasión, y hubiera visitado a Sir William Bradshaw, un gran médico, aunque obscuramente maligno según ella, sin sexo ni lujuria, extremadamente educado con las mujeres, pero capaz de algún ultraje indescriptible -violar el alma, eso era-, si este joven lo hubiera visitado y Sir William lo hubiese estampado así, con su poder, ¿no podría haber dicho (lo sentía ahora de verdad): La vida se hace insoportable, hacen de la vida algo insoportable, los hombres así?

            Y además (lo había sentido esta misma mañana), estaba el terror; la sobrecogedora incapacidad, depositada en tus manos por tus propios padres, esta vida, para que la vivas hasta el final, para que camines por ella con serenidad; había en lo más hondo de su corazón un miedo espantoso. Aun ahora, bastante a menudo, si Richard no hubiese estado ahí leyendo el Times para que ella pudiese encogerse como un pájaro y revivir poco a poco, lanzando en un rugido esa delicia incomensurable, frotando palo contra palo, seguramente habría muerto. Había escapado. Pero ese joven se había suicidado.

            De alguna manera era su desastre, su desdicha. Era su castigo: ver cómo se hundían y desaparecían aquí un hombre, allí una mujer, en esta profunda oscuridad, mientras se veía obligada a estar aquí de pie con su vestido de noche. Había intrigado; había robado. Nunca fue del todo admirable. Había deseado el éxito, Lady Bexborough y todo lo demás. Y en una ocasión había caminado por la terraza en Bourton.

            Extraño; increíble; nunca había sido tan feliz. Nada parecía tener la suficiente lentitud; nada podía durar demasiado. Ningún placer podía compararse, pensó, enderezando las sillas, colocando un libro en el estante, con este haber terminado con los triunfos de la juventud, haberse perdido en el proceso de vivir para encontrarlo, con una deliciosa sacudida, al despuntar el alba, al caer el día. Muchas veces había ido, en Bourton, cuando todos estaban charlando, a mirar el cielo; o lo había visto entre los hombros de la gente durante la cena, en Londres cuando no podía conciliar el sueño. Se encaminó hacia la ventana.

            Había algo de ella misma, por descabellada que fuera la idea, en este cielo campestre, este cielo de Westminster. Separó las cortinas; miró. ¡Oh! Pero ¡qué sorprendente! ¡En la habitación de enfrente la vieja la miraba fijamente! Se iba a la cama. Y el cielo. Será un cielo solemne, había pensado, será un cielo crepuscular, que aparta su mejilla con belleza. Pero ahí estaba: pálido, como de ceniza, cruzado por unas rápidas nubes, grandes y deshilachadas. Era nuevo para ella. Debe de haberse levantado viento. Se iba a la cama en la habitación de enfrente. Era fascinante mirarla, moviéndose de un lado a otro, esa anciana, cruzando la habitación, acercándose a la ventana. ¿La vería a ella? Era fascinante, con la gente que todavía reía y gritaba en la sala de estar, mirar a esa anciana que, muy silenciosa, se iba sola a la cama. Ahora cerraba la persiana. El reloj empezó a sonar. El joven se había suicidado; pero no lo compadecía; con el reloj dando la hora, una, dos, tres, no lo compadecía, con todo lo que estaba pasando. ¡Ahora! ¡La vieja dama había apagado la luz! La casa entera estaba ya a oscuras, con todo lo que estaba pasando, repitió, y las palabras acudieron a su mente: No temas más al ardor del sol. Tenía que regresar junto a ellos. Pero ¡qué noche tan ex-traordinaria! De alguna forma, se sentía muy cerca de él, del joven que se había suicidado. Se alegraba de que lo hubiera hecho; que lo hubiera tirado todo por la borda mientras ellos seguían viviendo. El reloj sonaba. Los círculos de plomo se disolvieron en el aire. Pero tenía que regresar. Tenía que acudir a la reunión. Debía volver junto a Sally y Peter. Y entró al salón desde el cuarto pequeño.

            -Pero ¿dónde está Clarissa? -dijo Peter. Estaba sentado en el sofá con Sally. (Después de tantos años, era realmente incapaz de llamarla «Lady Rosseter»)-. ¿Dónde se ha metido esta mujer? -preguntó-. ¿Dónde está Clarissa?

            Sally supuso, y lo mismo Peter, que había personalidades importantes, políticos, a los que ni ella ni él conocían, salvo de vista, por la prensa gráfica, y con quienes Clarissa debía ser amable, darles conversación. Estaba con ellos. Y eso que Richard Dalloway no estaba en el gobierno. ¿Que no le habían ido bien las cosas, según Sally? En cuanto a ella, rara vez leía la prensa. A veces veía que se mencionaba su nombre. Pero bueno, ella llevaba una vida muy solitaria, en la selva, como diría Clarissa, entre grandes mercaderes, grandes industriales, hombres, en resumidas cuentas, que hacían cosas. ¡Ella también había hecho cosas!

            -¡Tengo cinco hijos! -le dijo.

            ¡Señor, señor, cómo había cambiado Sally! La dulzura de la maternidad, su egotismo también. La última vez que se vieron, recordaba Peter, había sido entre las coliflores, a la luz de la luna, las hojas estaban «como bronce rugoso», había dicho ella, con su disposición literaria, y había cogido una rosa. Sally se lo había llevado a caminar de un lado a otro aquella noche, después de la escena junto a la fuente; Peter iba a coger el tren de medianoche. ¡Santo cielo, y había llorado!

            Ese era su viejo truco, abrir una navajita, pensó Sally, siempre abrir y cerrar una navajita cuando se ponía nervioso. Habían sido muy, muy amigos, ella y Peter Walsh, cuando estaba enamorado de Clarissa y se produjo aquella escena horrible y ridícula por Richard Dalloway en la comida. Sally había llamado «Wickham» a Richard. ¿Por qué no llamarle «Wickham»? ¡Clarissa se puso como una furia! Y la verdad es que Clarissa y ella no habían vuelto a verse más de cinco o seis veces acaso, en los últimos diez años. Peter Walsh se había marchado a la India; ella había oído vagos rumores según los cuales a Peter le había ido mal en su matrimonio, no sabía si tenía hijos y no se lo podía preguntar porque ya no era el mismo de antes. Parecía más bien encogido, pero más amable, pensó Sally, y le tenía verdadero afecto, porque estaba vinculado con su juventud, y todavía conservaba el pequeño libro de Emily Brontë que Peter le había regalado. ¿No es cierto que pensaba dedicarse a escribir? En aquellos tiempos pensaba escribir.

            -¿Has escrito algo? -le preguntó Sally, al tiempo que extendía la mano, su mano firme y bien formada, sobre la rodilla, un gesto que él recordaba.

            -¡Ni una palabra! -dijo Peter Walsh. Sally se echó a reír.

            Todavía era atractiva, aún era todo un personaje, Sally Seton. Pero ¿quién era ese Rosseter? Llevaba dos camelias el día de su boda, eso es todo lo que Peter sabía de él. «Tienen miles de criados y millas enteras de invernaderos», le escribió Clarissa, o algo parecido. Sally reconoció que así era con una carcajada.

            -Sí, tengo diez mil al año -aunque no recordaba si eso era antes o después de pagar los impuestos, pues su marido-, al que tengo que presentarte -dijo-, te va a caer bien -dijo, se encargaba de todo eso.

            Y es que Sally, en tiempos, estaba siempre en las últimas. Había empeñado la sortija que María Antonieta le había regalado a su tatarabuelo -¿lo había dicho bien?, le preguntó Peter- para pagarse el viaje a Bourton.

            Oh, sí, Sally se acordaba; aún lo conservaba, esa sortija de rubíes que María Antonieta había regalado a su tatarabuelo. Nunca tenía un penique en aquellos tiempos, e ir a Bourton siempre representaba un gasto enorme. Pero Bourton había significado mucho para ella: la había mantenido cuerda, según creía, debido a lo desgraciada que había sido en su casa. Pero todo eso pertenecía al pasado, todo era el pasado, dijo. Y el señor Parry había muerto; y la señorita Parry aún vivía. ¡Había sido el mayor susto de su vida!, dijo Peter. Estaba completamente convencido de que había muerto. Y la boda, suponía Sally, todo un éxito. Y esa joven tan hermosa, tan segura de sí misma era Elizabeth, allí, junto a las cortinas, vestida de rosa.

            (Era como un olmo, era como un río, era como un jacinto, pensaba Willie Titcomb. ¡Ah, cuánto más agradable sería estar en el campo y hacer lo que quisiera! Estaba oyendo aullar al pobre perro, Elizabeth estaba segura.) No se parecía en nada a Clarissa, dijo Peter Walsh.

            -¡Oh, Clarissa! -dijo Sally.

            Lo que Sally sentía era sencillamente esto. Le debía a Clarissa muchísimas cosas. Habían sido amigas, no simples conocidas, sino amigas, y todavía veía a Clarissa toda de blan-co, yendo por la casa con las manos llenas de flores: hasta hoy, las plantas de tabaco siempre le habían recordado Bourton. Pero -¿lo entendía Peter?- le faltaba algo. Le faltaba... ¿el qué? Tenía encanto, tenía un encanto extraordinario. Pero, con franqueza (y tenía a Peter por un viejo amigo, un verdadero amigo... ¿acaso importaba la ausencia?... ¿acaso importaba la distancia? A menudo había deseado escribirle, pero había roto la carta, y aun así sentía que él comprendía, porque la gente comprende sin necesidad de decir nada lo que uno entiende al hacerse viejo, y ella era vieja, había estado esa misma tarde en Eton visitando a sus hijos, que tenían paperas), con toda franqueza, ¿cómo pudo Clarissa hacer una cosa así? Casarse con Richard Dalloway, un deportista, un hombre que no se interesaba más que por los perros. Literalmente, cuando entraba en la habitación, olía a establos. Y después... ¿todo esto?, dijo haciendo un gesto con la mano.

            Hugh Whitbread pasaba por allí, sin rumbo, con su chaleco blanco, sombrío, gordo, ciego, pasando de largo ante todo lo que veía, salvo ante la autoestima y la comodidad.

            -A nosotros no va a reconocernos -dijo Sally, y de verdad no tuvo valor para... ¡Con que ése era Hugh, el admirable Hugh!

            -Y ¿a qué se dedica? -le preguntó a Peter.

            Enceraba las botas del Rey, o contaba botellas en Windsor, le contestó Peter. ¡Así que Peter todavía tenía esa afilada lengua suya! Y ahora, Sally debía ser sincera, dijo Peter. Ese beso, el de Hugh.

            En los labios, le aseguró Sally, en la sala de fumar, una tarde. Acudió a Clarissa directamente, enfurecida. ¡Hugh no hacía cosas así!, dijo Clarissa, ¡el admirable Hugh! Los calcetines de Hugh eran, sin excepción, los más preciosos que hubiera visto jamás. Y ahora, su traje de noche. ¡Perfecto! Y... ¿tenía hijos?

            -Todo el mundo en este salón tiene seis hijos en Eton -le contestó Peter, menos él. El, gracias a Dios, no tenía ninguno. Ni hijos, ni hijas, ni esposa. Bueno, pues no parecía importarle, dijo Sally. Parecía más joven, pensó ella, que cualquiera de ellos.

            Pero fue una estupidez en muchos aspectos, casarse de esa manera:

            -Era una boba absoluta -dijo, pero añadió-: nos lo pasamos estupendamente -pero ¿cómo fue?, se preguntó Sally; ¿qué quería decir?, y qué raro resultaba conocerle sin saber nada de lo que le había ocurrido. ¿Lo decía por orgullo? Era muy probable, porque después de todo debía resultarle humillante (aunque era un tipo raro, una especie de duende, para nada un hombre corriente), debía de sentirse muy solo, a su edad, sin una casa, sin ningún sitio adonde ir. Tenía que ir a verles y quedarse allí semanas enteras. Claro que iría; le encantaría pasar una temporada con ellos, y así fue como salió el tema. Durante todos estos años, los Dalloway no habían ido una sola vez. Los habían invitado una y otra vez. Clarissa (porque era Clarissa, por supuesto) no quería ir. Y es que, dijo Sally, Clarissa era una snob, en el fondo; había que reconocerlo, una snob. Eso era lo que se interponía entre ellas, estaba convencida. Clarissa pensaba que ella se había casado fuera de su clase, ya que se había casado -Sally lo tenía a gala- con el hijo de un minero. Cada penique que tenían se lo habían ganado a pulso. De pequeñito (su voz tembló), había cargado grandes sacos.

            (Y podía seguir así horas y horas, pensó Peter; el hijo del minero, la gente que pensaba que se había casado con alguien que no era de su clase, sus cinco hijos, y ¿qué era lo otro?... plantas, hortensias, jeringuillas, rarísimas azucenas que nunca florecen al norte del canal de Suez, pero ella, con un jardinero en los alrededores de Manchester, tenía arriates enteros, ¡arriates enteros! Bueno, pues de todo esto que se había librado Clarissa, con lo poco maternal que era.)

            ¿De verdad que era una snob? Sí que lo era, en muchos aspectos. ¿Dónde se metía Clarissa todo este tiempo? Se estaba haciendo tarde.

            -Pues sí -dijo Sally-, cuando me enteré de que Clarissa daba una fiesta, pensé que no podía dejar de venir, que tenía que volver a verla (y me alojo en Victoria Street, a la vuelta de la esquina, prácticamente). Así que me presenté sin más, sin invitación. Pero... -murmuró- anda, dime. ¿Quién es ésa?

            Era la señora Hilbery, buscando la puerta. Pues ¡qué tarde se estaba haciendo! Además, murmuró, a medida que la noche avanzaba, a medida que la gente se iba marchando, una se encontraba con viejos amigos, lugares y rincones tranquilos y las vistas más preciosas. ¿Sabían -preguntó- que estaban rodeados por un jardín encantado? Luces, árboles, ma-ravillosos lagos centelleantes, y el cielo. ¡Nada más que unas cuantas luces de colores, le había dicho Clarissa Dalloway, en el jardín de atrás! Pero ¡era una maga! Era un parque... Y no sabía cómo se llamaban, aunque sabía que amigos eran, amigos sin nombre, como canciones sin letra, siempre las mejores. Pero había tantas puertas, lugares tan inesperados, que no encontraba el camino de salida.

            -La vieja señora Hilbery -dijo Peter; pero ¿y ésa de allí, esa señora que lleva toda la noche de pie junto a la cortina, sin hablar? Conocía su cara, la relacionaba con Bourton. ¿No era la señora que solía cortar ropa interior en la mesa grande de la ventana? ¿No se llamaba Davidson?

            -Ah, sí. Ésa es Ellie Henderson -dijo Sally. Clarissa era verdaderamente dura con ella. Era prima suya, muy pobre. Y es que Clarissa era realmente dura con la gente.

            Un tanto dura sí que era, dijo Peter. Aun así, dijo Sally con esa emoción suya, con un arrebato de ese entusiasmo que tanto le gustaba a Peter, aunque ahora le asustaba un poco lo efusiva que llegaba a ponerse, ¡qué generosa era Clarissa con sus amigos! Y qué rara resultaba esa generosidad, hasta el punto de que, por la noche o el día de Navidad, al hacer recuento de las bendiciones recibidas, ponía esa amistad en primer lugar. Eran jóvenes: eso era. Clarissa tenía un corazón puro, eso era. Peter la consideraría sentimental. Pues lo era. Porque Sally había llegado a pensar que eso era lo único que merecía la pena decir: lo que uno sentía. La inteligencia era estúpida. Uno debía decir sencillamente lo que sentía.

            -Pero yo -dijo Peter Walsh- no sé lo que siento. Pobre Peter, pensó Sally. ¿Por qué no venía Clarissa y hablaba con ellos? Eso es lo que él deseaba con impaciencia. Sally lo sabía. No había dejado de pensar en Clarissa, nada más que en Clarissa, y estaba toqueteando su navajita.

            La vida no le había resultado sencilla, dijo Peter. Sus relaciones con Clarissa no habían sido sencillas. Había echado a perder su vida, dijo. (Habían sido tan amigos, Sally Seton y él, que era absurdo no decirlo.) Uno no podía enamorarse dos veces, dijo. Y ¿qué podía decir ella? De todos modos, es mejor haber amado (pero la consideraría sentimental, solía ser muy incisivo). Tenía que venir a Manchester a pasar una temporada con ellos. Muy cierto, dijo Peter. Todo esto es muy cierto. Le encantaría ir a pasar una temporada con

ellos, en cuanto terminase con lo que tenía que hacer en Londres.

            Y Clarissa le había querido más a él de lo que nunca había querido a Richard, Sally estaba segurísima de ello.             -¡No, no, no! -dijo Peter (Sally no debería haber dicho eso, iba demasiado lejos). Ese buen hombre... allí estaba, al otro extremo de la sala, charlando sin parar, el mismo de siempre, el bueno de Richard. ¿Con quién estaba hablando, preguntó Sally, ese hombre tan distinguido? Claro, como vivía en la selva, tenía una curiosidad insaciable por saber quién era la gente. Pero Peter no lo sabía. No le gustaba su pinta; probablemente sería un ministro del gobierno. De todos ellos, dijo Peter, Richard le parecía el mejor, el más de-sinteresado.

            -Pero ¿qué ha hecho? -preguntó Sally. Servicio público, suponía ella. ¿Y eran felices juntos? preguntó Sally (ella era extremadamente feliz); porque, según reconocía, no sabía nada de ellos, sólo sacaba conclusiones, que es lo que suele hacerse, pues ¿qué puede una saber de la gente, incluso de aquélla con la que uno vive a diario?, preguntó. ¿Acaso no somos todos prisioneros? Había leído una obra de teatro maravillosa, sobre un hombre que rascaba la pared de su celda, y tenía la sensación de que esto era aplicable a la vida: uno se dedicaba a rascarla pared. Cuando se veía desesperada por las relaciones humanas (la gente era muy difícil), a menudo se iba al jardín y las flores le daban una paz que los hombres y las mujeres nunca le proporcionaban. Pero no; a él no le gustaban las coles; prefería a los seres humanos, dijo Peter. Por cierto que los jóvenes son hermosos, dijo Sally, mirando a Elizabeth cruzar la sala. ¡Qué diferente era de Clarissa a su edad! ¿Qué le parecía a él? Elizabeth no despegaba los labios. No mucho, aún no, reconoció Peter. Era como un lirio, dijo Sally, un lirio al borde de un estanque. Pero Peter no estaba de acuerdo en que no supiéramos nada. Lo sabemos todo, dijo; al menos, él sí.

            Pero de estos dos, musitó Sally, estos dos que se acercaban ahora (y de verdad que tenía que irse, si Clarissa no venía pronto), este hombre de aspecto distinguido y su mujer, de aspecto más bien vulgar, que habían estado hablando con Richard, ¿qué podía uno saber de unas personas así?

            -Pues que son unos detestables charlatanes -dijo Peter, echándoles una vaga ojeada. Hizo reír a Sally.

Pero Sir William Bradshaw se paró en la puerta para mirar un cuadro. Se fijó en el ángulo, buscando el nombre del grabador. Su mujer también miró. Sir William Bradshaw se interesaba mucho por el arte.

            Cuando uno era joven, decía Peter, uno era demasiado exaltado para conocer a la gente. Ahora que uno era viejo, cincuenta y dos años para más señas (Sally tenía cincuenta y cinco, físicamente, dijo, porque su corazón era como el de una muchacha de veinte); ahora que uno era maduro, entonces, dijo Peter, uno podía mirar, uno podía comprender, y uno conservaba la capacidad de sentir. Eso es verdad, dijo Sally. Cada año que pasaba, ella sentía con más profundidad, más pasión. Iba en aumento, dijo Peter, desgraciadamente quizá, pero uno debería alegrarse por ello: aumentaba en su experiencia. En la India había una persona. Le gustaría hablar de ella con Sally. Le gustaría que Sally la conociese. Estaba casada, dijo. Tenía dos niños pequeños. Tenían que ir todos a Manchester, dijo Sally, Peter tenía que prometérselo antes de que se fueran.

            -Ahí está Elizabeth -dijo Peter-, no siente ni la mitad de lo que nosotros sentimos, todavía no.

            -Sin embargo -dijo Sally, mirando a Elizabeth acercarse a su padre-, se ve que se quieren mucho -Sally lo sentía por la manera en que Elizabeth se acercaba a su padre.

            Y es que su padre había estado fijándose en ella mientras hablaba con los Bradshaw, y se había preguntado ¿quién es esa preciosa muchacha? Y de repente se dio cuenta de que era su Elizabeth y que no la había reconocido, ¡estaba tan encantadora con su traje rosa! Elizabeth había sentido que la miraba mientras ella estaba hablando con Willie Titcomb. Así que se acercó a él y se quedaron juntos, ahora que la fiesta casi había terminado, mirando a la gente que se iba, y los salones que se iban quedando cada vez más vacíos, con cosas abandonadas por el suelo. Hasta Ellie Henderson se iba, casi la última de todos, aunque nadie le había dirigido la palabra, pero quería verlo todo para contárselo a Edith. Richard y Elizabeth se alegraron de que acabase, pero Richard estaba orgulloso de su hija. Y eso que no pensaba decírselo, pero no pudo por menos que decírselo. La había mirado, dijo, y se había preguntado ¿quién es esa preciosa muchacha? ¡Era su hija! Eso la hizo feliz de veras. Pero su pobre perro estaba aullando.

            -Richard ha mejorado. Tienes razón -dijo Sally-. Voy a ir a hablar con él. Le daré las buenas noches. ¿Qué importa la inteligencia -dijo Lady Rosseter, levantándose -comparada con el corazón?

            -Ahora voy -dijo Peter. Pero se quedó sentado un momento más. ¿Qué es este terror? ¿Qué es este éxtasis?, se preguntó. ¿Qué es esto, que me llena de tan extraordinaria exal-tación?

            -Es Clarissa -dijo. Sí, porque allí estaba.

 

 

 

FIN

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