La señora Dalloway ( cont 2 )

            El vigor de Sally era impresionante, su capacidad, su personalidad. Como lo que hacía con la flores, por ejemplo. En Bourton siempre había unos jarrones pequeños y alargados a lo largo de la mesa. Sally salía, cogía malvas, dalias -todo género de flores que nunca se habían visto juntas-, les cortaba la cabeza y las echaba en unos cuencos con agua, donde quedaban flotando. El efecto era extraordinario, al entrar a cenar, a la caída de la tarde. (Desde luego que la tía Helena consideraba cruel tratar así a las flores.) En otra ocasión, olvidó su esponja y se puso a correr desnuda por el pasillo. Aquella vieja y siniestra doncella, Ellen Atkins, anduvo gruñendo: «¿Y si algún caballero la hubiera visto, qué?» De verdad, Sally escandalizaba. Era desaliñada, decía papá.

            Lo extraño, ahora que lo recordaba, era la pureza, la integridad de sus sentimientos hacia Sally. No era como los sentimientos que tienes por un hombre. Era un sentimiento completamente desinteresado y, además, tenía un rasgo que sólo puede darse entre mujeres, entre mujeres apenas salidas de la adolescencia. Era un sentimiento protector, por su parte; surgido de una especie de conciencia de unión solidaria, del presentimiento de que el destino las iba a separar irremediablemente (siempre hablaban del matrimonio en términos de catástrofe), y de ahí su postura de caballero andante, ese sentimiento protector, mucho más fuerte en ella que en Sally. Y es que, en aquellos días, Sally se comportaba como una total insensata; hacía las mayores idioteces por puro alarde; montaba en bicicleta por el parapeto de la terraza; fumaba puros. Absurda, eso es lo que era muy absurda. Pero el encanto era abrumador, al menos para ella, tanto que todavía recordaba aquellos momentos en que, de pie en su dormitorio del último piso, con la botella de agua caliente en las manos, decía en voz alta: «¡Ella está bajo este techo...! ¡Está bajo este techo!»

            No, ahora las palabras ya no significaban absolutamente nada para ella. No percibía ya ni el eco de su antigua emoción. Pero en cambio sí se acordaba de los escalofríos que le producía la emoción y de cómo se arreglaba el pelo en una especie de éxtasis (ahora la antigua sensación empezó a regresar a ella, mientras se quitaba las horquillas, las dejaba sobre el tocador, se arreglaba el peinado), con las cornejas ascendiendo y descendiendo en la luz rosada del atardecer, y de cómo se vestía y bajaba la escalera y cómo sentía, al cruzar la sala, que «si tuviese que morir ahora, sería el momento más dichoso». Así se sentía -como Otelo, y lo sentía, estaba convencida de ello, con tanta fuerza como Shakespeare quiso que Otelo lo sintiera. ¡Y todo porque estaba bajando a cenar, con un simple vestido blanco, para encontrarse con Sally Seton!

            Ella iba vestida de gasa color de rosa -¿era eso posible? En cualquier caso, parecía todo luz, resplandeciente, como un pájaro o un etéreo plumón que hubiera entrado con un soplo de viento y se hubiese posado un instante en una zarza. Pero no hay nada tan extraño cuando una está enamorada (y ¿qué era aquello sino estar enamorada?) como la total indiferencia de los demás. La tía Helena simplemente desapareció después de la cena; papá leía el periódico. Puede que Peter Walsh estuviera allí, así como la vieja señorita Cummings; Joseph Breitkopf sí estaba, sin duda, porque venía todos los veranos, pobre viejo, a pasar semanas y semanas, y fingía enseñarle alemán a Clarissa, cuando en realidad se dedicaba a tocar el piano y a cantar piezas de Brahms sin tener voz para ello en absoluto.

            Todo esto no era más que un paisaje de fondo para Sally. De pie junto a la chimenea, hablaba, con esa voz tan hermosa que cuanto decía sonaba como una caricia, dirigiéndose a papá, que había empezado a sentirse atraído, un tanto en contra de su voluntad (nunca pudo olvidar el haberle prestado uno de sus libros y encontrárselo empapado en la terraza), cuando de pronto decía «¡qué lástima estar sentados aquí dentro!», y salieron todos a la terraza y se pusieron a caminar de allá para acá. Peter Walsh y Joseph Breitkopf continuaron con su charla sobre Wagner. Ella y Sally les siguieron, un poco rezagadas. Entonces se produjo el momento más exquisito de su vida, al pasar junto a una hornacina de piedra con flores. Sally se detuvo; cogió una flor; la besó en los labios. ¡Fue como si el mundo entero se hubiese puesto boca abajo! Los demás desaparecieron; ahí estaba ella a solas con Sally. Y tuvo la impresión de que le habían hecho un regalo, bien envuelto, y que le habían pedido que lo guardara, sin mirarlo -un diamante, algo infinitamente precioso, bien envuelto, y mientras andaban (para allá y para acá, para allá y para acá), ella lo abrió y, al hacerlo, le quemó su resplandor, la revelación, el sentimiento religioso- y entonces el viejo Joseph y Peter aparecieron frente a ellas:

            -¿Contemplando las estrellas? -dijo Peter.

            ¡Fue como frotarse la cara contra una pared de granito en la oscuridad! Fue desagradable. Fue horrible.

            No por ella misma. Lo único que sentía fue lo mucho que ya estaba sufriendo Sally, maltratada; sintió la hostilidad de Peter; sus celos; su decisión de entrometerse en su relación. Todo esto lo vio como se ve un paisaje a la luz de un relámpago -y Sally (¡nunca la admiró tanto!), no se dejó amilanar, invicta, dominó la situación. Se echó a reír. Le pidió al viejo Joseph que le dijera el nombre de las estrellas, lo que hizo con gusto y mucha seriedad. Se quedó ahí en pie, escuchando. Oyó los nombres de las estrellas.

            -¡Ay! ¡Pero qué horror! -dijo Clarissa para sus adentros, como si hubiese sabido desde el principio que algo iba a interrumpirla, a amargarle su instante de felicidad.

Sin embargo, fue mucho lo que llegó a deberle a Peter Walsh años más tarde. Siempre que pensaba en él recordaba sus peleas, surgidas por cualquier motivo -quizá fuese por lo mucho que Clarissa apreciaba su buena opinión. Le debía palabras: «sentimental», «civilizado»; con ellas iniciaba todos los días de su vida, como si Peter montase la guardia para ella. Un libro era sentimental; una actitud ante la vida era sentimental. «Sentimental.» Quizá ella fuese «sentimental» por pensar en el pasado. ¿Qué pensaría Peter, se preguntó, cuando regresara?

            ¿Que había envejecido? ¿Lo diría, o acaso Clarissa vería a Peter pensar, cuando regresara, que había envejecido? Era cierto. Desde su enfermedad, Clarissa había echado muchas canas.

            Al dejar el broche sobre la mesa, tuvo un espasmo inesperado, como si, mientras meditaba, las garras de hielo hubieran tenido ocasión de clavarse en ella. Todavía no era vieja. Acababa de cumplir cincuenta y dos años; meses y meses de sus cincuenta y dos años estaban todavía intactos. Junio, julio, agosto! Todos ellos casi enteros, y, como si quisiera apurar la última gota, Clarissa (dirigiéndose al tocador) se zambulló en lo más profundo del momento, lo dejó plasmado, allí -el momento de esta mañana de junio sobre la que recaía la presión de todas las demás mañanas, viendo el espejo, el tocador y todos los frascos, concentrando todo su ser en un punto (mientras miraba el espejo), viendo la delicada cara rosada de la mujer que iba a dar una fiesta esa misma noche; la cara de Clarissa Dalloway; de sí misma.

            ¡Cuántos millones dé veces había visto su cara, y siempre con la misma imperceptible contracción! Frunció los labios al mirarse en el espejo. Era para darle sentido a su cara. Así era ella: puntiaguda, afilada, definida. Así era en esencia cuando algún esfuerzo, una invitación a ser ella misma, juntaba las diferentes piezas -sólo ella sabía cuán dispares e incompatibles- y así se conformaban, ante los ojos del mundo, en un centro, un diamante, una mujer que se sentaba en su sala de estar y constituía un punto de encuentro, una luz sin duda en algunas vidas aburridas, acaso un refugio para los solitarios; había ayudado a jóvenes que le estaban agradecidos; había intentado ser siempre la misma, sin mostrar nunca signo alguno de todas sus demás facetas -defectos, celos, vanidades, sospechas, como ésa de Lady Bruton que no la había invitado a almorzar; cosa que, pensó ella (peinándose al fin), ¡era de una bajeza descarada! Bueno, ¿y dónde estaba su vestido?

            Sus vestidos de noche colgaban en el armario. Clarissa hundió la mano en aquella suavidad, descolgó cuidadosamente el vestido verde y lo llevó a la ventana. Lo había rasgado. Alguien había pisado el borde de la falda. En la fiesta de la Embajada había notado que el vestido cedía en la parte de los pliegues. A la luz artificial el verde brillaba, pero ahora, al sol, se veía descolorido. Ella misma lo arreglaría. Las criadas tenían demasiado quehacer. Se lo pondría esta noche. Cogería las sedas, las tijeras, el -¿cómo se llama?- el dedal, claro, y bajaría al cuarto de estar, porque también tenía que escribir, y cuidar de que todo en general estuviera más o menos en orden.

            Qué raro, pensó, deteniéndose en el rellano de la escalera y ensamblando aquella forma de diamante, aquella persona singular, ¡qué raro el modo en que un ama de casa conoce el momento que su hogar está viviendo, su auténtico estado de ánimo! Tenues sonidos se elevaban en espiral por el hueco de la escalera; el resbalar de una fregona; los golpes de un martillo; de una mano; ruido cuando la puerta principal se abría; una voz repitiendo un recado en la planta baja; el tintineo de la plata sobre una bandeja; plata limpia para la fiesta. Todo era para la fiesta.

            (Y Lucy, entrando en el cuarto de estar con la bandeja, puso los gigantescos candelabros sobre la chimenea, el cofrecillo de plata en medio, y giró el delfín de cristal hacia el reloj. Iban a venir; iban a estar ahí; iban a hablar en el tono pulido que ella sabía imitar, las damas y los caballeros. De entre todos ellos, su señora era la más bella -señora de la plata, de la lencería, de la porcelana, porque el sol, la plata, las puertas fuera de sus goznes, los hombres de Rumpelmayer, todo ello le daba la sensación, mientras dejaba el abrecartas sobre la mesa de marquetería, de algo logrado. ¡Mirad! ¡Mirad! decía, dirigiéndose a sus viejas amigas de la panadería, donde había tenido su primer empleo, en Caterham, mientras se contemplaba con disimulo en el espejo. Ella era Lady Angela atendiendo a la Princesa Mary, y fue entonces cuando entró la señora Dalloway.)

            -¡Oh, Lucy -dijo-, ¡qué bonita ha quedado la plata!             -¿Y qué tal -dijo, mientras volvía a poner el delfín de cristal en posición vertical-, qué tal la obra de teatro anoche? ¡Ah, tuvieron que irse antes del final! -dijo-. ¡Tenían que estar de vuelta a las diez! -dijo-. Así que no saben cómo terminaba ,-dijo-. Mala suerte, sin duda -dijo (sus criadas podían llegar más tarde, si le pedían permiso)-. Es una pena, desde luego -dijo, cogiendo el viejo almohadón raído que estaba en medio del sofá y poniéndolo en los brazos de Lucy; y, dándole un leve empujón, gritó:        

            -¡Lléveselo! ¡Déselo a la señora Walker de mi parte! ¡Lléveselo!

            Lucy se detuvo a la puerta del cuarto de estar, sosteniendo el almohadón, y dijo, muy tímidamente, sonrojándose, si podía ayudarla a coser aquel vestido.

            Pero, dijo la señora Dalloway, ya tenía bastante ella, más que suficiente con sus labores para hacerse cargo también de eso.

            -Pero gracias, Lucy, gracias, muchas gracias -dijo la señora Dalloway, y siguió diciendo gracias, gracias (sentándose en el sofá con el vestido sobre las rodillas, las tijeras, las sedas), gracias, gracias, siguió diciendo en agradecimiento a sus criados en general, por ayudarla a ser así, a ser lo que ella quería, atenta, generosa. Sus criados la apreciaban. Y este vestido suyo -¿dónde estaba el descosido?- y ahora la aguja que tenía que enhebrar. Era uno de sus vestidos favoritos, uno de Sally Parker, casi el último que llegó a confeccionar, qué lástima, porque Sally se había retirado ya, vivía en Ealing, y si tengo un momento libre, pensó Clarissa (pero ya nunca lo tendría), iré a visitarla a Ealing. Por cierto que era todo un personaje, pensó Clarissa, una verdadera artista. Tenía unas ideas un poco fuera de lo común, pero sus vestidos nunca fueron raros. Los podías llevar en Hatfield; en el Palacio de Buckingham. Los había llevado en Hatfield; en el Palacio de Buckingham.

            El sosiego descendió sobre ella, la calma, la satisfacción, mientras la aguja, juntando suavemente la seda, unía los pliegues verdes y los cosía, muy lentamente, a la cintura. Lo mis-mo que las olas, que en un día de verano se juntan, se doblan y caen; se juntan y caen; y parece que el mundo entero estuviera diciendo «esto es todo» con más y más gravedad, hasta que incluso el corazón que late en el cuerpo que está tomando el sol en la playa dice también «esto es todo». No temas más, dice el corazón, confiando su carga a algún mar que suspira colectivamente por todas las penas, un mar que se renueva, que comienza a moverse, que se detiene y cae. Y sólo el cuerpo presta atención a la abeja que pasa; a la ola que rompe, al perro que ladra, a lo lejos, ladra y ladra.

            -¡Dios mío! ¡El timbre de la puerta! -exclamó Clarissa, deteniendo su labor. Alerta, escuchó.

            -La señora Dalloway me recibirá -dijo en el vestíbulo el hombre entrado ya en años-. Sí, sí, a mí me recibirá -repitió, echando a Lucy a un lado con mucha benevolencia, y subiendo por las escaleras a todo correr-. Sí, sí, sí -murmuraba mientras subía corriendo-. Me recibirá. Después de pasarme cinco años en la India, Clarissa me recibirá.

            -¿Quién puede...? ¿Qué puede ser...? -preguntó la señora Dalloway (pensando que era indignante que la interrumpieran a las once de la mañana, el día que iba a dar una fiesta), al oír pasos en la escalera. Oyó una mano en la puerta. Hizo un gesto para ocultar su vestido, como una virgen protegiendo la castidad, amparando su intimidad. Ahora el picaporte giró. Ahora la puerta se abrió, y entró...; ¡pasó un segundo hasta que recordó cómo se llamaba, tan sorprendida que estaba de verlo, tan contenta, tan tímida, tan profundamente desconcertada de la visita matutina de Peter Walsh! (No había leído su carta.)

            -¿Qué tal, cómo estás? -dijo Peter Walsh, absolutamente tembloroso; cogiéndole ambas manos; besándole ambas manos. Ha envejecido, pensó, sentándose. No le voy a decir nada, pensó, porque ha envejecido. Me está mirando, pensó, al invadirle de repente la vergüenza, aunque le había besado las manos. Metiendo la mano en el bolsillo, sacó un cortaplumas grande y lo abrió a medias.

            Exactamente el mismo, pensó Clarissa; la misma mirada extraña; el mismo traje a cuadros; su cara un poco alterada parece, un poco más enjuto, más seco quizá, pero tiene un aspecto estupendo, y el mismo de siempre.

            -¡Qué maravilloso volverte a ver! -exclamó ella. Peter abrió del todo el cortaplumas. Muy propio de él, pensó Clarissa.

            Acababa de llegar a la ciudad, anoche mismo, dijo él; tendría que haberse ido al campo enseguida; y ¿qué tal iba todo, cómo estaban todos -Richard, Elizabeth?

            -Y qué es todo esto? -dijo, señalando el vestido verde con su cortaplumas.

            Va muy bien vestido, pensó Clarissa; sin embargo, a mí siempre me critica.

            Aquí está remendando su vestido; remendando su vestido como de costumbre, pensó; aquí ha estado sentada durante todo el tiempo que yo he estado en la India; remendando su vestido; entreteniéndose; yendo a fiestas; yendo y viniendo al Parlamento y todo eso, pensó, enojándose más y más, porque no hay nada peor en el mundo para las mujeres como el ma-trimonio, pensó; y la política; y tener un marido conservador, como el admirable Richard. Así es, así es, pensó, cerrando la navaja con un «clac».

            -Richard está muy bien. Richard está en un comité -dijo Clarissa.

            Entonces abrió las tijeras y le preguntó si le importaba que terminara lo que estaba haciendo con el vestido, porque esa noche daban una fiesta.

            -A la que no pienso invitarte -dijo-. ¡Mi querido Peter!

            Pero era delicioso oírle decir eso: -«¡mi querido Peter!». Sin duda, todo era tan delicioso -la plata, las sillas; ¡todo era tan delicioso!

            ¿Y por qué no iba a invitarle a la fiesta? preguntó él.          

            Desde luego, pensó Clarissa, ¡es encantador! ¡Absolutamente encantador! Ahora recuerdo lo dificilísimo que me resultó tomar la decisión -y ¿por qué me decidí al final, a no casarme con él, se preguntó, aquel horrible verano?          -Pero ¡cómo es que has venido esta mañana! -gritó, poniendo las manos una sobre la otra encima de su vestido.   

            -¿Recuerdas -dijo-, cómo batían las persianas en Bourton?

            -Es cierto, batían -y recordó cómo desayunaba solo,

muy intimidado, con su padre, que había muerto; y no le había escrito a Clarissa. Pero él nunca se había llevado bien con el viejo Parry, ese viejo quejica y flojucho, el padre de Claris-sa, Justin Parry.

            -A menudo desearía haberme llevado mejor con tu padre -dijo.

            -Pero a él nunca le gustó ninguno de los que me... de nuestros amigos -dijo Clarissa; y por poco no se muerde la lengua por recordarle a Peter con estas palabras que había querido casarse con ella.

            Naturalmente que quise hacerlo, pensó Peter; casi me rompe el corazón, pensó; y se hundió en su pena, que se elevó como una luna vista desde una terraza, horrorosamente hermosa en la luz del día que se hunde. Nunca desde entonces he sido más desgraciado, pensó. Entonces, como si de verdad estuviese sentado allí con Clarissa en la terraza, se inclinó un poco hacia ella; adelantó la mano; la levantó; la dejó caer. Ahí estaba la luna, suspendida sobre ellos. A ella también le pareció estar sentada junto a él en la terraza, a la luz de la luna.

            -Ahora pertenece a Herbert -dijo ella-. Ya no voy nunca por allí -dijo.

            Entonces, tal y como ocurre en una terraza a la luz de la luna, cuando una persona empieza a sentir vergüenza porque ya se aburre mientras la otra permanece sentada y muda, en completo silencio, mirando con tristeza a la luna, no le apetece hablar, mueve un pie, carraspea, se fija en el anillo de metal de la pata de una mesa, juguetea con alguna hoja, pero sigue callado -eso mismo hacía Peter Walsh ahora. Sí, porque ¿a qué venía esta referencia al pasado? pensó. ¿Por qué recordárselo de nuevo? ¿Por qué hacerle sufrir, después de haberle torturado de manera tan infernal? ¿Por qué?

            -¿Te acuerdas del lago? -dijo Clarissa en un tono abrupto, apremiada por una emoción que le atenazaba el corazón, le crispaba los músculos de la garganta y le produjo un espasmo en los labios al decir «lago». Sí, porque era una niña echándole pan a los patos, entre sus padres, y, al mismo tiempo, una mujer adulta acercándose a sus padres que permanecían de pie junto al lago, y ella iba con su vida en brazos, una vida que, mientras se acercaba a sus padres, crecía más y más entre sus brazos, hasta llegar a ser una vida entera, una vida completa que depositaba ante ellos diciendo: «¡Esto es lo que he hecho con mi vida! ¡Esto!» ¿Y qué había hecho con ella? ¿Realmente, qué? Ahí sentada, cosiendo, esta mañana, en compañía de Peter Walsh.

            Miró a Peter Walsh; su mirada, atravesando todo aquel tiempo y aquella emoción, le llegó vacilante; le tocó con sus lágrimas; y se fue revoloteando, como el pájaro que toca una rama y vuelve a volar para alejarse revoloteando. Con toda sencillez, se enjugó los ojos.

            -Sí -dijo Peter-. Sí, sí, sí -dijo, como si Clarissa estuviera sacando a la superficie algo que le resultaba verdaderamente doloroso a medida que iba subiendo. ¡Basta! ¡Basta! deseaba gritar Peter. Porque no era viejo; su vida no había acabado; de ninguna manera. Apenas pasaba de los cincuenta. ¿Se lo digo o no? pensó. Le habría encantado desahogarse y contárselo todo. Pero es demasiado fría, pensó; cosiendo, con sus tijeras; Daisy parecería vulgar al lado de Clarissa. Y me va a considerar un fracasado, y lo soy según lo entienden ellos, pensó; según lo entienden los Dalloway. Sí, sí, no le cabía la menor duda; él era un fracasado, comparado con todo esto -la mesa de marquetería, el lujoso abrecartas, el delfín y los candelabros, la tapicería de las sillas y los viejos y valiosos grabados ingleses policromados- sí, ¡era un fracasado! Detesto la complacencia de todo esto, pensó; obra de Ri-chard, no de Clarissa; salvo que se casó con él. (En esto, Lucy entró en la sala, trayendo plata, más plata, pero su aspecto era encantador, se veía esbelta y con gracia, pensó, mientras ella se inclinaba para dejar la plata.) ¡Y así han vivido todo este tiempo! pensó; semana tras semana; la vida de Clarissa; mientras que yo, pensó; y súbitamente todo tipo de cosas parecieron irradiar de su persona; viajes, paseos a caballo, peleas, aventuras, partidas de bridge, amores, ¡trabajo, trabajo, trabajo! y sacó su cortaplumas sin el menor disimulo -su viejo cortaplumas de cachas de cuerno que Clarissa juraría había conservado durante aquellos treinta años- y crispó su mano sobre él.

            Qué costumbre tan extraordinaria, pensó Clarissa; siempre jugando con un cuchillo. Siempre haciendo que una se sintiese frívola; sin nada en la cabeza; una simple charlatana atolondrada, como Peter solía decir. Pero yo no voy a ser menos, pensó, y, tomando la aguja de nuevo, convocó -como una reina cuyos guardias se hubieran dormido, dejándola sin protección (esta visita la había turbado -la había alterado), allí a la vista de cualquier paseante que quisiera mirarla, tumbada con las zarzas alrededor de su cuerpo-, convocó en su ayuda las cosas que ella hacía; las cosas que le gustaban; su marido; Elizabeth; ella misma, en definitiva, a quien Peter ahora apenas conocía; que todas ellas acudieran y vencieran al enemigo.

            -Bueno, ¿y qué ha sido de tu vida? -dijo. Así, antes del principio de una batalla, los caballos patean el suelo; sacuden la cabeza; la luz brilla en sus costados; curvan el cuello. De ese mismo modo, Peter Walsh y Clarissa, sentados el uno al lado del otro en el sofá azul, se desafiaban. Su fuerza y energía piafaba en su interior de hombre. Reunía en torno a él todo tipo de cosas procedentes de los lugares más dispares; alabanzas; su carrera en Oxford; su matrimonio del que Clarissa no sabía ni una palabra; cómo había amado; y, en general, el haber cumplido con su obligación.

            -¡Millones de cosas! -exclamó, y, estimulado por la conjunción de energías que se lanzaban a la carga en todas direcciones y le daban la sensación, terrorífica y a la vez extre-madamente excitante, de ser transportado en volandas, a hombros de gente a la que ya no veía, se llevó las manos a la frente.

            Clarissa, seguía sentada, muy tensa; contuvo el aliento.    

            -Estoy enamorado -dijo Peter, pero no a ella, sino a alguien que en las tinieblas se elevaba para que no pudieras tocarlo y te vieras forzado a depositar la guirnalda en la hierba, en la oscuridad.

            -Enamorado -repitió, dirigiéndose ahora a Clarissa Dalloway en un tono más bien seco-; enamorado de una chica en la India -Peter había depositado su guirnalda. Clarissa podía hacer lo que quisiera con ella.

            -¡Enamorado! -dijo Clarissa. ¡El, a su edad, con su corbatita de lazo, aplastado por ese monstruo! Y tiene el cuello descarnado; las manos rojas; ¡y es seis meses mayor que yo! quiso mirarle pero su mirada se volvió contra ella; pero en su corazón sintió, pese a todo; está enamorado. Tiene eso, pensó; está enamorado.

            Pero el indomable egotismo que constantemente derriba a cuantos enemigos se le enfrentan, el río que dice adelante, adelante, adelante, aunque reconoce que quizá no haya meta alguna, y sin embargo adelante, adelante; este indomable egotismo cargaba sus mejillas de color; la hacía parecer muy joven; muy rosada; con unos ojos muy brillantes, mientras seguía sentada con su vestido sobre la rodilla, y la aguja junto al borde de la seda verde, temblando un poco. ¡Estaba enamorado! No de ella. De alguna mujer más joven, por su-puesto.

            -¿Y quién es ella? -preguntó.

            Ahora había que bajar aquella estatua de su pedestal y depositarla en el suelo, entre los dos.

            -Una mujer casada, desgraciadamente -dijo-. La esposa de un Mayor del ejército de la India.

            Y, con una dulzura curiosamente irónica, sonrió al colocar en tan ridícula postura a aquella mujer ante Clarissa.

            (De todos modos, está enamorado, pensó Clarissa.)           

            -Tiene dos hijos pequeños -prosiguió Peter, muy razonable-, un chico y una chica; y he venido a consultar a mis abogados, por lo del divorcio.

            ¡Ahí están! pensó él. ¡Haz lo que te parezca con ellos, Clarissa! ¡Ahí los tienes! Y, segundo a segundo, le pareció que la esposa del Mayor del ejército de la India (su Daisy) y sus dos pequeños se volvían más y más entrañables, bajo la mirada de Clarissa, como si le hubiese prendido fuego a una bolita gris en una bandeja y de ella hubiese surgido un precioso árbol en el aire salado de su intimidad (porque en algunas cosas nadie le entendía, ni compartía su sentir, tan bien como Clarissa) -de su exquisita intimidad.

            Esa mujer adulaba a Peter; lo engañaba, pensó Clarissa; dando forma a la imagen que se hacía de ella, la esposa del Mayor del ejército de la India, con tres golpes de cuchillo. ¡Qué derroche! ¡Qué locura! Toda su vida Peter había sufrido engaños así; primero, cuando le echaron de Oxford; luego cuando se casó con aquella chica del barco cuando iba a la India; ahora la mujer de un Mayor -¡gracias a Dios que ella no quiso casarse con él! Así y todo, estaba enamorado; él su viejo amigo, su querido Peter, estaba enamorado.

 

            -Bueno, y ¿qué piensas hacer? -le preguntó. ¡Ah! los abogados y procuradores, los señores Hooper y Grateley, de Lincoln's Inn, iban a encargarse del asunto, dijo Peter. Y se puso a recortarse las uñas con el cortaplumas.

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