La señora Dalloway ( cont 3 )

            ¡Por amor de Dios, deja en paz el cortaplumas! gritó para sus adentros, sin poder contener su irritación; era esa estúpida manera que Peter tenía de hacer caso omiso de las con-venciones, era su debilidad, ese no tener la más mínima idea de los sentimientos de los demás lo que molestaba a Clarissa, lo que siempre la había molestado. Y ahora, a su edad, ¡qué estúpido resultaba!

            Todo eso ya lo sé, pensó Peter; sé lo que me espera, pensó, pasando el dedo por el filo de su navaja, Clarissa y Dalloway y todos los demás; pero le voy a dar una lección a Clarissa -y en esto, ante su gran sorpresa, empujado de repente por esas fuerzas incontrolables, sin pie en el que apoyarse, se deshizo en lágrimas; lloró; lloró sin la más mínima vergüenza, sentado en el sofá, cayéndole las lágrimas por las mejillas.

            Y Clarissa se había inclinado hacia él, le había cogido de la mano, lo había llevado junto a sí, lo había besado. En realidad, Clarissa se encontró con la cara de Peter en la suya sin que tuviera tiempo de contener las espadas de plata que como la hierba de la pampa en plena tormenta tropical se alzaron en su pecho y la tormenta, al amainar, la dejó con la mano de Peter en la suya, acariciándole la rodilla y, cuando al reclinarse se sentía tan extraordinariamente a gusto con él, tan alegre, se vio asaltada por un trueno: ¡si me hubiese casado con él, esta alegría habría sido mía el día entero!

            Todo había terminado para ella. La sábana estaba estirada y la cama era estrecha. Se había subido sola a la torre y los había dejado jugando al sol. La puerta se había cerrado, y allí, entre el polvo del yeso caído y la broza de los nidos de los pájaros, qué lejos estaba la vista, con los sonidos que le llegaban débiles y fríos (fue una vez en Leith Hill, recordó), y ¡Richard! ¡Richard! gritó, como un durmiente que se despierta asustado en la noche y extiende la mano en la oscuridad, pidiendo ayuda. Me ha dejado; estoy sola para siempre, pensó, cruzando las manos sobre la rodilla.

            Peter Walsh se había levantado, había cruzado la habitación y se había quedado de espaldas a la ventana, jugando con un pañuelo de colores. Dominante, seco y también deso-lado, con la levita ligeramente levantada por culpa de esos hombros tan delgados; allí sonándose violentamente. Llévame contigo, pensó Clarissa impulsivamente, como si Peter estuviera a punto de emprender un gran viaje; y entonces, un instante después, fue como si los cinco actos de una obra muy emocionante y conmovedora hubiesen terminado, como si hubiese vivido toda una vida en su transcurso y hubiese huido, como si hubiese vivido con Peter y ahora todo hubiese terminado.

            Era el momento de ponerse en movimiento, y como una mujer que recoge sus cosas, su capa, sus guantes, sus prismáticos de ópera y se levanta para salir del teatro, se levantó del sofá y se acercó a Peter.

            Y era tremendamente extraño, pensó él, cómo ella todavía tenía poder para, acercándosele con su tintineo y con su susurro, hasta qué punto ella tenía poder, cruzando hacia él, para hacer que la luna, que él detestaba, se elevara en Bourton sobre la terraza en el cielo estival.

            -Dime, Clarissa -preguntó, cogiéndola por los hombros.-. ¿Eres feliz? ¿Richard...?

            La puerta se abrió.

            -Aquí está mi Elizabeth -dijo Clarissa con emoción, un punto histriónica.

            -¿Qué tal? -dijo Elizabeth acercándose.

            Las campanadas de Big Ben dando la media hora sonaron entre ellos con un vigor descomunal, como si un joven, fuerte, indiferente y desconsiderado, estuviese dando porrazos a diestro y siniestro.

            -¡Hola, Elizabeth! -gritó Peter, metiéndose el pañuelo en el bolsillo, acercándose a ella rápidamente. Dijo-: adiós, Clarissa -sin mirarla, saliendo rápidamente de la habitación, bajó corriendo la escalera y abrió la puerta del vestíbulo.

            -¡Peter! ¡Peter! -gritó Clarissa, siguiéndolo hasta el rellano-. ¡Mi fiesta! ¡Recuerda mi fiesta esta noche! -gritó, levantando la voz, obligada por el rugido del exterior, y, subyugada por el ruido del tráfico, las campanadas de todos los relojes, su voz que gritaba-. ¡Recuerda mi fiesta esta noche! -sonó frágil, delgada y muy lejana, mientras Peter cerraba la puerta.

            Recuerda mi fiesta, recuerda mi fiesta, dijo Peter Walsh mientras salía a la calle, hablando solo, rítmicamente, al compás del flujo sonoro, del sonido directo y diáfano de Big Ben dando la media. (Los círculos de plomo se disolvieron en el aire.) ¿Y estas fiestas? pensó; las fiestas de Clarissa. ¿Por qué daba ella estas fiestas? pensó. Y no es que la censurara, ni tampoco a esta efigie de hombre, vestido de levita, con un clavel en la solapa, que iba hacia él. Sólo había una persona en el mundo que pudiera estar como él, enamorado. Y ahí estaba, ese hombre afortunado, él mismo, reflejándose en la luna del escaparate de un fabricante de automóviles en Victoria Street. Detrás de él se extendía toda la India; llanuras, montañas; epidemias de cólera;, un distrito dos veces el tamaño de Irlanda; decisiones que había tomado él solo -él, Peter Walsh; que ahora estaba enamorado por primera vez en su vida. Clarissa se había endurecido, pensó; y de paso se había vuelto un tanto sentimental, según sospechaba, mirando los grandes coches que eran capaces de recorrer -...¿cuántas millas por cada cuántos galones? Porque tenía cierta inclinación por la mecánica; había inventado un arado en su distrito y encargado unas carretillas a Inglaterra, pero los culis se negaban a utilizarlas, de todo lo cual Clarissa no tenía ni la más remota idea.

            La manera en que dijo -¡Aquí está mi Elizabeth!- le había molestado. ¿Por qué no -Aquí está Elizabeth-, sencillamente? No era un tono sincero. Y a Elizabeth tampoco le había gustado. (Todavía los últimos temblores de la poderosa voz tonante estremecían el aire a su alrededor; la media; temprano aún; sólo las once y media.) Y es que él entendía a los jóvenes; los apreciaba. Siempre hubo alguna frialdad en Clarissa, pensó. Aun desde niña, siempre sufrió una especie de timidez, que en la madurez se convierte en convencionalismo, y entonces se acabó todo, se acabó todo, pensó, mirando un tanto atemorizado las profundidades del cristal, y preguntándose si el visitarla a esas horas no la habría molestado; súbitamente avergonzado por haberse comportado como un estúpido; haber llorado; haberse dejado llevar por sus emociones; habérselo contado todo, como de costumbre, como de costumbre.

            Como una nube que cruza ante el sol, así cae el silencio en Londres; y cae sobre la mente. El esfuerzo cesa. El tiempo ondea en el mástil. Ahí nos detenemos; ahí nos quedamos de pie. Rígido, sólo el esqueleto del hábito sostiene el caparazón humano. Donde no hay nada, dijo Peter Walsh para sus adentros; sintiéndose vacío, totalmente hueco por dentro. Clarissa me ha rechazado, pensó. Se quedó ahí, de pie, pensando, Clarissa me ha rechazado.

            ¡Ah!, dijo St. Margaret, como una dama de sociedad que entra en su salón a la hora en punto y se encuentra con que sus invitados ya están allí. No llego tarde. No, son exactamente las once y media, dice. Con todo, aunque tiene toda la razón, su voz, como es la voz de la anfitriona, es reacia a imponer su personalidad. Cierto pesar por el pasado la contiene; cierta preocupación por el presente. Son las once y media, dice, y el sonido de St. Margaret se desliza en los entresijos del corazón y se entierra en círculo tras círculo de sonido, como algo vivo que quiere confiarse, dispersarse, quedar, con un temblor de placer sublime, en calma -como la propia Clarissa, pensó Peter Walsh, cuando baja las escaleras a la hora en punto, vestida de blanco. Es Clarissa misma, pensó Peter, con profunda emoción y con un recuerdo de ella extraordinariamente claro, aunque intrigante, como si esta campana hubiese entrado, años atrás, en la habitación donde se hallaban sentados, en un momento de gran intimidad, y hubiese ido de uno a otro y, como una abeja con su miel, hubiese salido, cargada con el momento. Pero ¿qué habitación? ;Qué momento? Y ¿por qué se había sentido tan profunda-mente feliz cuando el reloj daba la hora? Entonces, mientras el sonido de St. Margaret iba languideciendo, pensó, ha estado enferma, y el sonido expresó languidez y sufrimiento. El corazón recordó; y el súbito estruendo de la última campanada dobló por la muerte que sorprende en plena vida, y Clarissa cayó allí donde se encontraba, en su sala de estar. ¡No! ¡No! gritó Peter. ¡No está muerta! No soy viejo, gritó, echando a andar por Whitehall, como si allí se le estuviera desvelando, vigoroso e interminable, su futuro.

            Él no era viejo, ni reseco, ni tenía manías; nada de eso. En cuanto a hacer caso a lo que decían de él -los Dalloway, los Whitbread y su círculo le importaban un bledo- un bledo (aunque era cierto que tendría que ir a ver, llegado el momento, si Richard le podía recomendar para algún empleo). Caminando a grandes zancadas, la mirada atenta, se fijó en la estatua del Duque de Cambridge. Lo habían echado de Oxford -cierto. Con todo, el futuro de la civilización se encuentra en manos de jóvenes así; de jóvenes como él era hace treinta años; con su amor por los principios abstractos; encargando que les manden libros desde Londres hasta las cumbres del Himalaya; leyendo libros de ciencia, de filosofía. El futuro está en manos de jóvenes así, pensó.

            Unos golpes secos y repetidos, como el murmullo de las hojas del bosque, le llegó desde atrás, y con él llegó un susurro, un rítmico golpeteo que, al alcanzarle, redobló sobre sus pensamientos, marcando el paso, Whitehall arriba, al margen de su voluntad. Unos chicos de uniforme, con fusiles, desfilaban con la vista al frente, los brazos estirados, y en sus rostros una expresión como las letras de una leyenda escrita alrededor del pedestal de una estatua donde se alababa el deber, la gratitud, la fidelidad, el amor a Inglaterra.

            Desfilan, pensó Peter Walsh, empezando a seguirles el paso, muy bien. Pero no parecían fuertes. La mayoría eran enclenques, muchachos de dieciséis años, que mañana pro-bablemente estarían detrás de mostradores con sacos de arroz y pastillas de jabón. Ahora, llevaban sobre sí, sin placer sensual ni preocupaciones cotidianas, la solemnidad de la corona que habían recogido en Finsbury Pavement para llevarla a la tumba vacíala. Habían prestado su juramento. El tráfico los respetaba; los camiones se detenían.

            No puedo aguantar su ritmo, pensó Peter Walsh, mientras avanzaban por Whitehall, y efectivamente, siguieron adelante, dejándolo atrás, dejando atrás a todo el mundo, con su marcha decidida, como si una sola voluntad estuviera moviendo brazos y piernas a un ritmo uniforme; y como si la vida, en su variedad, en su descaro, estuviera enterrada bajo losas de monumentos y coronas mortuorias, inyectada, mediante la disciplina, en un cadáver rígido ya y de mirada sin embargo atenta. Había que respetarlo; se podía reír; pero había que respetarlo, pensó. Ahí van, pensó Peter Walsh, deteniéndose en el bordillo; y todas las reverenciadas estatuas, Nelson, Gordon, Havelock, las espectaculares imágenes negras de los grandes soldados se alzaban con la mirada al frente, como si también ellos hubieran hecho el gran sacrificio (Peter Walsh pensó que él también había hecho el gran sacrificio), como si hubieran caminado bajo las mismas tentaciones, hasta lograr al fin una mirada de mármol. Pero ésa era una mirada que Peter Walsh no quería tener por nada del mundo. La respetaba en los jóvenes. Podía respetarla en muchachos. No conocen todavía los problemas de la carne, pensó, mientras los muchachos del desfile desaparecían camino del Strand -todo lo que yo he pasado, pensó, al cruzar la calle, quedándose de pie bajo la estatua de Gordon, ese hombre a quien de chico había idolatrado; Gordon, de pie, solo, con una pierna en alto y los brazos cruzados. Pobre Gordon, pensó.

            Y precisamente porque nadie salvo Clarissa sabía aún de su presencia en Londres, y porque la tierra, después del viaje, todavía se le antojaba como una isla, se sintió abrumado por la irrealidad de estar solo, vivo, desconocido, a las once y media en Trafalgar Square. ¿Qué ocurre? ¿Dónde estoy? ¿Y por qué, a fin de cuentas, hace uno las cosas? pensó, viendo ahora el divorcio como algo de otro mundo. Y la mente se le quedó plana como un cenagal, ahogado en tres grandes emociones; comprensión; una vasta filantropía; y finalmente, como si fuese el resultado de las otras dos, un placer irrefrenable, exquisito; como si dentro de su cerebro otra mano estuviese tirando de cordeles, moviendo postigos, y él, sin tener nada que ver con todo ello, se encontrara a la entrada de interminables avenidas por las cuales podía vagar si quería. Hacía años que no se sentía tan joven.

            ¡Había escapado! Era completamente libre -como ocurre cuando el hábito se rompe, y la mente, como una llama que nadie atiza, se inclina y dobla hasta parecer que fuera a salir volando. ¡Hace años que no me siento tan joven!, pensó Peter, escapando (sólo durante una hora o así, por supuesto) de ser precisamente lo que era, y sintiéndose como un niño que sale corriendo de casa y ve, mientras corre, a su vieja niñera que saluda hacia la ventana equivocada. Pero es extraordinariamente atractiva, pensó mientras cruzaba Trafalgar Square en dirección a Haymarket, cuando se acercó una joven que, al pasar junto a la estatua de Gordon, pareció, pensó Peter Walsh (sensible como era), despojarse velo a velo, hasta quedar convertida en la mismísima mujer que él siempre había imaginado; joven, pero digna; alegre, pero discreta; negra, pero cautivadora.

            Volviendo en sí y toqueteando furtivamente su cortaplumas, empezó a seguir a esta mujer, a esta ilusión, que parecía, aun dándole la espalda, arrojar sobre él una luz que los vin-culaba, que lo destacaba, como si el caprichoso rugido del tráfico le hubiese susurrado su nombre con las manos ahuecadas, pero no «Peter», sino su nombre íntimo, el que usaba en sus propios pensamientos. «Tú», dijo ella, sólo «tú», y lo dijo con sus blancos guantes y con sus hombros. En esto, el fino y largo abrigo, que el viento alborotaba al pasar ella ante la tienda de Dent en Cockspur Street, se abrió con envolvente dulzura, con ternura triste, como la de unos brazos que se abrieran para acoger al fatigado...

            Pero no está casada; es joven; bastante joven, pensó Peter, en cuyos ojos ardió de nuevo el clavel rojo que la mujer llevaba, ese clavel que había visto cuando ella se acercaba, cruzando Trafalgar Square, ese clavel que le añadía color a los labios. Pero aguardó en el bordillo. Había cierta dignidad en ella. No era mundana como Clarissa; ni rica como Clarissa. ¿Sería, se preguntó al reanudar ella su marcha, respetable? Ingeniosa, con la lengua ligera del lagarto, pensó (porque uno debe inventar, permitirse pequeñas distracciones), un ingenio frío y tranquilo, un ingenio penetrante; sin alboroto.

            La joven avanzó; cruzó; Peter fue tras ella. Molestarla era lo último que deseaba. Y eso que, si ella se detuviera, él le diría «Vamos a tomarnos un helado», sí, eso es, y ella contesta-ría, con perfecta sencillez, «Sí, cómo no.»

            Pero se interpuso más gente entre ellos, obstruyéndole el paso, impidiéndole verla. Siguió adelante; ella cambió. Había color en sus mejillas; burla en sus ojos; él era un aventure-ro, temerario -pensó- ágil, atrevido, sin duda (recién llegado de la India como estaba) un bucanero romántico, indiferente a las malditas costumbres sociales, a las batas amarillas, a las pipas, cañas de pescar en los escaparates; indiferente también a la respetabilidad, a las fiestas de noche y a los refinados viejos con su pechera blanca bajo el chaleco. Era un bucanero. Ella seguía andando, más y más, cruzando Piccadilly y por Regent Street arriba, por delante de él, y su capa, sus guantes, y sus hombros iban combinándose con los flecos, los encajes y las boas de plumas de los escaparates, creando así ese espíritu de refinamiento y capricho que se escapaba de las tiendas a la acera, como la luz de una lámpara que vacila de noche sobre los setos en la oscuridad.

            Risueña y deliciosa, había cruzado Oxford Street y Great Portland Street y había doblado por una de las callejuelas, y ahora, ahora, el gran momento se acercaba, porque ahora aminoraba el paso y abría el bolso, y con una mirada en dirección a él, pero no a él mismo, una mirada que decía adiós, resumía toda la situación, despidiéndola triunfalmente, para siempre, metió la llave, abrió la puerta y ¡desapareció! Y la voz de Clarissa decía Acuérdate de mi fiesta, Acuérdate de mi fiesta, como una canción en sus oídos. Era una de esas sencillas casas rojas con unos maceteros colgantes un poco vulgares. Había terminado.

            Bueno, ya me he divertido; me he divertido, pensó, alzando la mirada hacia los tiestos colgantes de pálidos geranios. Y se había hecho añicos su diversión, porque había sido medio ficticia, como él muy bien sabía; inventada, esta escapada con la muchacha; inventada, como uno se inventa la mejor parte de la vida, pensó -inventándose a sí mismo; inventándola a ella; inventando un divertimento exquisito, y algo más. Pero sí que era curioso, y a la vez muy cierto; todo esto que uno nunca podría compartir -hecho añicos.

            Dio media vuelta; recorrió la calle, buscando algún sitio donde sentarse, hasta que llegara la hora de ir a Lincoln's Inn, al despacho de Hooper y Grateley. ¿Adónde podía ir? Poco importaba. Calle arriba, luego hacia Regent's Park. Los tacones de sus botas en el suelo decían -poco importa-; porque era temprano, muy temprano aún.

            Y era una mañana espléndida, además. Como el pulso de un corazón perfecto, la vida latía directamente en las calles. No había vacilaciones, ninguna duda. Deslizándose, virando con destreza, puntualmente, sin fallos ni ruido, allí, precisamente, a la hora exacta, el automóvil se detuvo ante la puerta. La joven, con sus medias de seda, con sus plumas, evanes-cente, aunque no le resultaba especialmente atractiva (porque ya había gozado él de sus buenos momentos), bajó del coche. Admirables mayordomos, perros chow-chow leonados, vestíbulos embaldosados con rombos blancos y negros, y blancas persianas ondeando al viento, Peter lo vio al pasar por la puerta abierta y dio su aprobación. Un logro espléndido en su estilo, después de todo, esta ciudad, Londres; la temporada; la civilización. Con una respetable familia angloindia a sus espaldas, que al menos durante las tres últimas ge-neraciones había administrado los asuntos de un continente (es extraño, pensó, el sentimiento que tengo al respecto, con su odio a la India, al imperio y al ejército), había momentos en que la civilización, incluso de este tipo, despertaba en él cierto apego, como si se tratase de un objeto personal; momentos de orgullo por Inglaterra; por los mayordomos; los perros chow-chow; por las chicas de posición segura. Es ridículo, sin duda, y sin embargo ahí está, pensó. Y los médicos, los empresarios y las mujeres competentes, todos atendiendo sus asuntos, puntuales, alertas, robustos, le parecían absolutamente admirables en todo punto, buenas gentes, a quienes uno gustosamente confiaría su vida, compañeros en el arte de vivir, dispuestos a ayudarle a uno. Por cierto que, entre una cosa y otra, el espectáculo resultaba más que tolerable; así que se sentaría a la sombra a fumar.

            Ahí estaba Regent's Park. Sí. De niño había caminado por Regent's Park -curioso, pensó, cómo el recuerdo de la niñez se empeña en regresar- quizá se debiera al hecho de haber visto a Clarissa; porque las mujeres viven en el pasado mucho más que nosotros, pensó. Se encariñan con los lugares; y con sus padres -una mujer siempre está orgullosa de su padre. Bourton era un lugar agradable, un lugar muy agradable, pero nunca pude congeniar con el viejo, pensó. Una noche hubo una escena, una discusión sobre alguna cosa u otra, algo que era incapaz de recordar. Política, seguramente.

            Sí, recordaba Regent's Park; el largo y recto sendero; a la izquierda, la casita donde se compraban globos; en algún que otro lugar, una absurda estatua con una inscripción. Buscó un asiento libre. No quería que le molestaran (se sentía algo amodorrado) gentes preguntándole la hora. Una anciana niñera gris, con un bebé dormido en su cochecito -eso era lo mejor; sentarse al otro extremo del banco donde se encontraba la niñera.

            Es una chica rara, pensó, recordando repentinamente a Elizabeth cuando entró en la habitación y se quedó de pie junto a su madre. Estaba crecidita; bastante grande, no guapa exactamente; apuesta, más bien; y eso que no puede tener más de dieciocho años. Probablemente no se lleve bien con Clarissa. «Aquí está mi Elizabeth» -ese tipo de cosas ¿por qué no «aquí está Elizabeth» sencillamente? -un intento de presentar las cosas como lo que no son, una práctica habitual en la mayoría de las madres. Confía demasiado en su encanto, pensó. Exagera.

            El rico y agradable humo del puro se deslizó frío por su garganta; con el humo formó aros, que desafiaron al aire unos instantes; azules, circulares -a ver si consigo hablar a solas con Elizabeth esta noche, pensó-, luego empezaron a vacilar, a tomar forma de relojes de arena, y a desvanecerse; qué extrañas formas toman, pensó. De repente cerró los ojos, levantó la mano con esfuerzo y arrojó lejos la pesada colilla de su puro. Un gran cepillo pasó suavemente por su mente, barriéndola con inquietas ramas, voces de niños, rumor de pasos, gente moviéndose, y murmullo del tráfico, el tráfico subiendo y cayendo. Se hundió más y más en las plumas y plumones del sueño, se hundió y quedó envuelto en el silencio.

            La niñera gris siguió haciendo punto mientras Peter Walsh, sentado a su lado en el extremo cálido del banco, empezaba a roncar. Con su vestido gris, moviendo sus manos incansable pero apaciblemente, parecía el paladín de los derechos de los durmientes, como una de esas presencias espectrales que surgen de la penumbra en los bosques de cielo y ramas. El viajero solitario, ánima en pena de los senderos, fastidio de los helechos y destructor de grandes plantas de cicuta, al levantar la mirada súbitamente, ve la gigantesca figura al final del camino.

            Ateo convencido, quizá, le sorprenden momentos de extraordinaria exaltación. Fuera de nosotros no existe nada salvo un estado de ánimo, piensa; un deseo de solaz, de alivio, de algo que no tuviera que ver con estos pigmeos miserables, con estos hombres y mujeres deleznables, feos, timoratos. Pero si él es capaz de imaginarlo, significa que existe, de alguna manera, piensa él, y mientras avanza por el camino con los ojos fijos en el cielo y en las ramas, rápidamente los dota de feminidad; observa con asombro lo graves que se vuelven; con qué solemnidad, movidos por la brisa, con una oscura oscilación de las hojas, reparten caridad, comprensión, absolución, y luego, alzándose bruscamente, disfrazan su piadoso aspecto con una loca embriaguez.

            Estas son las visiones que generosamente ofrecen al viajero solitario grandes cornucopias repletas de fruta, o le murmuran al oído como sirenas alejándose en las verdes olas del mar, o son arrojadas a su rostro como ramos de rosas, o suben a la superficie como pálidas caras por las que los pescadores se hunden en las mareas a fin de abrazarlas.

            Estas son las visiones que incesantemente surgen a la superficie, caminan a la vera de la realidad, ponen su rostro delante de ella; a menudo se imponen al viajero solitario y le quitan el sentido de la tierra, el deseo de regresar, y a cambio le dan una paz general, como si (eso piensa, mientras avanza por el sendero del bosque) toda esta fiebre de vivir fuese la sencillez misma. Y miles de cosas se funden en una cosa; y esta figura, hecha de cielo y ramas, había surgido del agitado mar (está entrado en años, más de cincuenta) como se saca de las olas una forma para que sus magníficas manos derramen compasión, comprensión, absolución. Así, piensa él, ojalá no vuelva nunca a la luz de la lámpara; a la sala de estar; ojalá no termine nunca mi libro; ni vacíe nunca la pipa; ni llame nunca a la señora Turner para que quite la mesa; ojalá que pueda seguir caminando hacia esta gran figura que, con gesto de la cabeza, me subirá a sus gallardetes y me hará volar hacia la nada con todos los demás.

            Éstas son las visiones. El viajero solitario pronto sale del bosque; y allí, al llegar a la puerta con los ojos entornados, posiblemente esperando su regreso, con las manos en alto, con el blanco delantal ondeando al viento, hay una mujer entrada en años que parece (tan fuerte es esta dolencia) buscar, en el desierto, a un hijo perdido; buscar un jinete aniquilado; ser la figura de la madre cuyos hijos han muerto en las batallas del mundo. Y así, mientras el viajero solitario se adentra en la calle del pueblo donde las mujeres, en pie, hacen punto y los hombres labran el huerto, el atardecer ofrece un aspecto siniestro; las figuras inmóviles; como si alguna augusta fatalidad, por ellos conocida, les esperara sin temor, estuviera a punto de barrerlos y aniquilarlos completamente.

            Puertas adentro, entre las cosas ordinarias, el aparador, la mesa, el alféizar con sus geranios, de repente la silueta de la dueña, inclinándose para recoger el mantel, se vuelve suave con la luz, un adorable emblema que sólo el recuerdo de los fríos contactos humanos nos impide abrazar. Coge la mermelada; la guarda en el armario.

            -¿Nada más por esta noche, señor?

            -Pero ¿a quién contesta el solitario viajero?

            Así pues, la anciana niñera en Regent's Park hacía punto mientras el crío dormía. Y así también Peter Walsh roncaba. Se despertó muy de repente, diciéndose «La muerte del alma».

            -¡Señor, Señor! -dijo para sí en voz alta, estirándose y

 

abriendo los ojos-. La muerte del alma -las palabras iban unidas a alguna escena, a alguna habitación, a algún pasado que había aparecido en sus sueños. Fueron cobrando mayor claridad; la escena, la habitación, el pasado que había aparecido en sus sueños.

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