La señora Dalloway ( cont 4 )

            Fue en Bourton aquel verano, al principio de los 90, cuando estaba tan apasionadamente enamorado de Clarissa. Había muchísima gente allí, riendo y hablando, sentados alrededor de una mesa después de cenar, y la habitación bañada en una luz amarilla y llena de humo de tabaco. Hablaban de un hombre que se había casado con su criada, un caballero que vivía en los alrededores, había olvidado su nombre. Se había casado con su criada y se la había traído de visita a Bourton -una visita horrible, por cierto. Iba vestida con exageración, absurda, «como una cacatúa», dijo Clarissa imitándola, y hablaba sin parar. Sin parar, sin parar. Clarissa la imitaba. Y entonces alguien dijo -fue Sally Seton- ¿acaso cambiaba nuestros sentimientos el saber que aquella mujer había tenido un hijo antes se casarse? (En aquellos tiempos, en un grupo con hombres delante, este comentario era atrevido.) Ahora le pareció ver a Clarissa, sonrojándose intensamente, con una especie de shock y diciendo:

            -¡Oh, jamás podré volver a dirigirle la palabra!

            A lo que todo el grupo ahí en la mesa reaccionó con incomodidad. Fue una situación muy violenta.

            Peter no le echaba en cara que le molestara puesto que, en aquellos tiempos, una chica con su educación no sabía nada de nada, pero fue su actitud lo que le disgustó; tímida; dura; arrogante; puritana. «La muerte del alma.» Lo había dicho instintivamente, fijándose en el momento, como solía hacer -la muerte del alma de Clarissa.

            Todo el mundo se puso nervioso; pareció que todos se inclinaran ante las palabras de Clarissa para levantarse con un aspecto distinto. Vio a Sally Seton, como una niña que ha hecho una travesura, inclinada, un tanto colorada, queriendo hablar pero atemorizada, y es que Clarissa atemorizaba a la gente. (Ella era la mejor amiga de Clarissa, siempre en la casa, una criatura atractiva, guapa, morena, con fama por aquel entonces de ser muy atrevida; él solía darle puros que ella se fumaba en su cuarto, y había sido la prometida de alguien o bien se había peleado con su familia, y el viejo Parry les tenía la misma antipatía tanto a él como a ella, cosa que suponía un gran vínculo entre los dos.) Entonces Clarissa, todavía con su aire de estar ofendida con todos ellos, se levantó, se excusó vagamente y se fue, sola. Al abrir la puerta, entró aquel gran perro lanoso que perseguía a los corderos. Clarissa se lanzó sobre el animal y lo achuchó con frenesí. Era como si le estuviera diciendo a Peter -todo estaba diri-gido a él, estaba seguro- «ya sé que te he parecido absurda por lo que ha pasado con esa mujer, pero ¡mira ahora lo extraordinariamente cariñosa que soy!; ¡mira cuánto quiero a mi Rob!»

            Siempre tuvieron esa extraña facultad de comunicarse sin palabras. Cuando él la criticaba, ella se daba cuenta enseguida. Entonces hacía algo muy evidente para defenderse, como ese jaleo con el perro -pero Peter nunca se dejaba engañar; siempre le adivinaba las intenciones a Clarissa. Y no es que dijera nada, por supuesto; se limitaba a callar, adoptando una expresión seria. Así es como empezaban sus peleas muchas veces.

            Ella cerró la puerta. En seguida él se deprimió profundamente. Todo parecía inútil -seguir enamorado; seguir peleándose; seguir haciendo las paces; y se fue, solo, a vagar por los cobertizos, por los establos, a mirar a los caballos. (La finca era bastante humilde; los Parry nunca tuvieron mucho dinero; pero siempre hubo palafreneros y mozos de cuadra -a Clarissa le encantaba montar a caballo- y un viejo cochero -¿cómo se llamaba?- y una vieja niñera, la vieja Moody o Goody, algo así la llamaban, a quien uno iba a visitar a una pequeña habitación con muchas fotos, muchas jaulas de pájaros.)

            ¡Fue una noche espantosa! Se puso cada vez más triste, pero no sólo por eso; por todo. Y no era capaz de verla; no podía explicarle; no podía abrirle su corazón. Siempre había gente alrededor -ella seguía como si nada hubiese ocurrido. Esa era su parte diabólica, esa frialdad, esa dureza, algo muy profundo en ella, algo que él había sentido esta mañana mientras hablaba con ella; una impenetrabilidad. Así y todo, bien sabe Dios que la quería. Tenía el extraño poder de ponerle a uno los nervios en tensión, de transformarlos en cuerdas de violín, sí.

            Había llegado a la cena un tanto tarde, con la estúpida idea de hacerse echar de menos, y se había sentado al lado de la vieja señorita Parry -la tía Helena- la hermana del señor Parry que era la que supuestamente debía presidir la mesa. Ahí estaba sentada, con su blanco chal de cachemira, la cabeza apoyada en la ventana -una anciana formidable, pero amable con él, porque Peter le había encontrado cierta flor insólita, y ella era una gran botanista, que hacía expediciones al campo con gruesas botas y una caja negra para recoger las muestras colgada a la espalda. Se sentó a su lado y no pudo hablar. Todo parecía desfilar a gran velocidad ante él; simplemente se quedó sentado ahí, comiendo. Y entonces, a mitad de la cena se permitió lanzar una mirada hacia el otro lado de la mesa, donde estaba Clarissa. Estaba hablando con un joven, sentado a su derecha. Tuvo una súbita revelación. «Se casará con ese hombre», dijo para sí. Ni siquiera sabía cómo se llamaba.

            Porque claro que fue esa tarde, esa misma tarde, cuando Dalloway se había presentado; y Clarissa lo llamaba «Wickham»; ése fue el principio de todo. Alguien lo había traído y Clarissa había entendido mal su nombre y lo presentaba a todo el mundo como Wickham. Al final dijo: «¡Me llamo Dalloway!» -ésa fue la primera imagen que Peter tuvo de Richard- un hombre joven y rubio, un tanto torpe, sentado en una tumbona y que exclamaba: «¡Me llamo Dalloway!» Sally se quedó con ello; de ahí en adelante, siempre lo llamó «¡Me llamo Dalloway!»

            En aquella época tenía súbitas revelaciones. Esta en particular -que Clarissa se casaría con Dalloway- era cegadora, abrumadora en ese momento. Había una especie de -cómo podía decirlo?- una especie de familiaridad en su actitud hacia él; algo maternal; algo dulce. Hablaban de política. A lo largo de toda la cena estuvo intentando escuchar lo que decían.

            Recordaba que luego se quedó en pie junto al sillón de la vieja señorita Parry, en la sala de estar. Se acercó Clarissa, con sus perfectos modales, como una auténtica anfitriona, y quiso presentarle a alguien, y hablaba como si no se conociesen de nada, lo que le enfureció, y sin embargo, incluso en eso la admiraba. Admiraba su valentía, su instinto social, admiraba su capacidad de llevar las cosas a término. «La perfecta anfitriona», le dijo, palabras que la afectaron visiblemente.

Pero lo había hecho a propósito: quería que acusara el golpe. Hubiera hecho cualquier cosa para hacerle daño, después de verla con Dalloway. Y ella le dejó. Entonces tuvo el presen-timiento de que habían formado una conspiración contra él -riendo y hablando- a sus espaldas. Y allí estaba él, de pie junto al sillón de la vieja señorita Parry, como una talla de madera, hablando de florecillas silvestres. ¡Nunca, jamás había pasado por tal infierno! Se olvidó incluso de fingir que prestaba atención. Por fin despertó; vio a la señorita Parry un tanto molesta, un tanto indignada, con sus ojos saltones clavados en él. ¡Poco faltó para que gritara que no podía prestar atención por estar en el Infierno! La gente empezó a salir de la habitación. Los oyó hablar de ir a buscar los abrigos; de que en el agua hacía fresco, y eso. Iban a pasear en barca por el lago bajo luz de la luna -una de las locas ideas de Sally. La oyó describir la luna. Y todos se fueron. Lo dejaron muy solo.

            -¿No quieres ir con ellos? -dijo la tía Helena, ¡pobre viejecita!, que había adivinado. Y se dio media vuelta y ahí estaba Clarissa de nuevo. Había vuelto a buscarlo. Estaba abrumado por su generosidad, su bondad.

            -Vamos, ven -dijo Clarissa-. Están esperando.          

¡Nunca se había sentido tan feliz en toda su vida! Sin una palabra hicieron las paces. Bajaron andando hasta el lago. Tuvo veinte minutos de perfecta felicidad. La voz de Clarissa, su risa, su vestido (flotante, blanco, carmesí), su energía, su espíritu de aventura; los hizo desembarcar a todos y explorar la isla; asustó a una gallina; se rió; cantó. Y en todo momento sabía perfectamente que Dalloway se estaba enamorando de ella; que ella se estaba enamorando de Dalloway; pero eso parecía no tener importancia. Nada tenía importancia. Se sentaron en el suelo y hablaron -Clarissa y el. Entraban y salían cada uno de la mente del otro sin ningún esfuerzo. Y después, en un segundo, se acabó. Cuando se subían a la barca, Peter dijo para sus adentros «Se casará con este hombre», sombrío, sin resentimiento alguno; pero era algo obvio. Dalloway se casaría con Clarissa.

            Dalloway los llevó a remo hasta la orilla. No decía nada. Pero, de alguna manera, mientras le miraban marcharse, montado en la bicicleta para recorrer veinte millas a través del bosque, irse por el sendero, saludar con la mano hasta desaparecer, era evidente que sentía, instintiva, tremenda y fuertemente, todo aquello; la noche; el amor; Clarissa. El se la merecía.

            En cuanto a él, era absurdo. Sus exigencias respecto de Clarissa (ahora se daba cuenta) eran absurdas. Pedía cosas imposibles. Hacía escenas tremendas. Ella incluso lo hubiera aceptado, quizá, si hubiese sido menos absurdo. Eso pensaba Sally. Durante todo aquel verano, Sally estuvo escribiéndole largas cartas; cuánto y cómo habían hablado de él, lo mucho que ella lo había alabado, ¡cómo Clarissa rompió a llorar! Fue un verano extraordinario -todo cartas, escenas, telegramas- llegando a Bourton de buena mañana, haciendo tiempo hasta que el servicio se levantaba; los horrorosos tête-á-têtes con el viejo señor Parry en el desayuno; la tía Helena imponente pero amable; Sally llevándoselo para charlar con él en el huerto; Clarissa en la cama, con dolores de cabeza.

            La escena final, la terrible escena que a su juicio había sido la más importante de toda su vida (puede que sea una exageración, pero bueno, así le parecía ahora), ocurrió a las tres en punto de la tarde de un día muy caluroso. Fue una nimiedad lo que la provocó -durante el almuerzo Sally dijo algo sobre Dalloway y le llamó «¡Me llamo Dalloway!»; a lo que Clarissa reaccionó inmediatamente y con esa forma tan suya de ruborizarse y espetó muy secamente: «Ya está bien de esa broma que no tiene ninguna gracia.» Eso fue todo; pero para Peter fue como si hubiera dicho: «Contigo sólo me divierto; con Richard Dalloway tengo una relación más profunda.» Así se lo tomó. Había pasado varias noches en vela. «Tiene que acabar de una manera o de otra», se dijo. Por medio de Sally, le mandó una nota citándola junto a la fuente a las tres. Con un garabato, la nota concluía: «Ha sucedido algo muy importante.»

            La fuente estaba en medio de una glorieta, lejos de la casa, rodeada de arbustos y árboles. Y ahí llegó Clarissa, antes de tiempo, y se quedaron allí de pie, separados por la fuente, con el caño (estaba roto) manando agua sin parar. ¡Cómo quedan las imágenes grabadas en la mente! Por ejemplo, el verde intenso del musgo.

            Clarissa no se movía. «Dime la verdad, dime la verdad», repetía él. Peter tenía la impresión de que la frente le fuera a estallar. Ella parecía estar rígida, petrificada. No se movía.

«Dime la verdad», repetía él, cuando de repente el viejo ese, Breitkopf, asomó la cabeza, con el Times en la mano; se los quedó mirando, boquiabierto; y se fue. Ninguno de los dos se movió. «Dime la verdad», repitió. Sintió como si estuviese moliendo algo físicamente duro; ella estaba implacable. Era como el hierro, como el pedernal, rígida. Y cuando Clarissa dijo: «Es inútil. Es inútil. Esto es el fin» -después de que él hubiera estado horas hablando, con las mejillas bañadas en lágrimas-, fue como si le hubiera dado una bofetada. Clarissa dio media vuelta, lo dejó, se fue.

            -¡Clarissa! -gritó-. ¡Clarissa! -pero ella jamás volvió. Había terminado. El se fue aquella noche. Nunca volvió a verla.

            Fue terrible, gritó, ¡terrible, terrible!

            Pese a todo, el sol calentaba. Pese a todo, uno superaba las cosas. Pese a todo, la vida conseguía que los días se sucedieran. Pese a todo, pensó, bostezando y volviendo en sí gra-dualmente -Regent's Park había cambiado muy poco desde su infancia, salvo en las ardillas- pese a todo, es posible que la vida tenga sus compensaciones, y entonces la pequeña El es Mitchell, que había estado recogiendo guijarros para la colección que su hermano y ella tenían en la repisa de la chimenea de su cuarto de jugar, dejó un puñado de ellos en las rodillas de la niñera, se puso a correr hasta que acabó chocando de lleno contra las piernas de una señora. Peter Walsh se echó a reír.

            Pero Lucrezia Warren Smith se decía: es perverso; ¿por qué tengo que sufrir?, se preguntaba, al tiempo que caminaba por el camino. No; no puedo soportarlo más, decía, después de dejar que Septimus, que ya no era Septimus, dijera cosas duras, crueles y perversas, que hablara solo, que hablara con un muerto, sentado allí; y justo en ese momento la niña chocó de lleno contra sus piernas, se cayó de bruces y se echó a llorar.

            Esto la consoló algo. Puso en pie a la niña, le sacudió el polvo del vestido, la besó.

            Pero ella, ella no había hecho nada malo; había amado a Septimus; había sido feliz; había tenido un precioso hogar y allí seguían viviendo sus tres hermanas, haciendo sombreros. ¿Por qué tenía que sufrir? ¿Por qué ella?

            La niña volvió corriendo junto a su niñera, y Rezia vio cómo la niñera la reñía, la consolaba, la cogía en brazos tras soltar su labor de punto, y cómo aquel señor tan agradable le dejaba el reloj para que jugara con la tapa de resorte y se consolara -pero ¿por qué tenía ella que pasar por este desamparo? ¿Por qué no la dejarían en Milán? ¿Por qué esta tortura? ¿Por qué?

            Algo borrosos con las lágrimas, el camino, la niñera, el hombre vestido de gris, el cochecito, le vacilaban en los ojos. Su cruz era verse zarandeada por aquel malvado verdugo. Pero ¿por qué? Ella era como un pájaro que se cobija en el hueco de una hoja delgada, un pájaro que parpadea al sol cuando la hoja se mueve; que se asusta por el crujido de una rama seca. Estaba desamparada; estaba rodeada de enormes árboles, vastas nubes de un mundo indiferente, desamparada, torturada; y ¿por qué tenía ella que sufrir? ¿Por qué?

            Frunció el ceño; dio una patada en el suelo. Tenía que volver junto a Septimus porque era casi la hora de ir a ver a Sir William Bradshaw. Tenía que volver y decírselo, volver junto a él que estaba allí sentado en la silla verde bajo el árbol, hablando solo, o con ese hombre muerto, Evans, a quien ella sólo había visto una vez, un instante, en la tienda. Le había parecido un hombre agradable y tranquilo; gran amigo de Septimus, y lo mataron en la guerra. Pero cosas así le pasan a todo el mundo. Todo el mundo tiene amigos que murieron en la guerra. Todo el mundo renuncia a algo cuando se casa. Ella había renunciado a su hogar. Había venido a vivir aquí, a esta horrible ciudad. Pero Septimus se dejaba atrapar por espantosos pensamientos, cosa que ella también podía hacer, si se empeñara. Se había vuelto cada vez más extraño. Decía que había gente hablando detrás de la pared del dormitorio. La señora Filmer lo veía raro. Además, también veía cosas -había visto la cabeza de una vieja en medio de un helecho. Sin embargo, podía ser feliz cuando quería. Fueron a Hampton Court, en lo alto de un autobús, y fueron absolutamente felices. Todas la florecillas rojas y amarillas habían florecido entre la hierba, como lámparas flotantes, dijo él, y hablaron, charlaron y rieron, inventando historias. De repente, dijo «Y ahora, nos mataremos», cuando estaban de pie a la orilla del río, y él lo miraba con una mirada que ya le había visto en sus ojos al pasar un tren o un ómnibus -como si algo le fascinara y notó que se iba de su lado y lo tuvo que agarrar por el brazo. Pero al volver a casa estuvo absolutamente tranquilo -absolutamente razonable. Intentaba convencerla de suicidarse juntos; y le explicaba lo perversa que era la gente; cómo los veía inventar mentiras a su paso por la calle. Conocía todos sus pensamientos, decía; lo sabía todo. Conocía el significado del mundo, decía.

            Luego, cuando llegaron, Septimus casi no podía caminar. Se quedó tumbado en el sofá y le pidió que le cogiera la mano para no caerse ¡abajo, abajo!, gritó, ¡en las llamas! y vio caras que se reían de él, que le lanzaban horribles y asquerosos insultos desde las paredes, y manos que lo señalaban desde detrás del biombo. Y sin embargo, estaban completamente solos. Pero empezó a hablar en voz alta, contestando a la gente, discutiendo, riendo, gritando, excitándose mucho y haciéndola escribir cosas. Todo tonterías integrales; sobre la muerte; sobre la señorita Isabel Pole. Rezia no lo aguantaba más. Quería regresar.

            Ahora estaba junto a él y veía cómo miraba al cielo fijamente, sin dejar de murmurar, crispando las manos. Y eso que el doctor Holmes decía que no le ocurría nada. Entonces, ¿qué había pasado? -¿por qué entonces se había ido? ¿por qué, cuando se sentó junto a él, le dio ese extraño sobresalto y la miró enfadado, por qué se apartó, le señaló la mano y la cogió y la miró con ojos aterrados?

¿Acaso fue porque se había quitado el anillo de boda? «Ni¡ mano ha adelgazado mucho», dijo; «lo tengo en el bolso», le dijo.

            Septimus le soltó la mano. Su matrimonio había acabado, pensó, angustiado, aliviado. La cuerda se había roto; se sintió crecer; era libre, puesto que se había decretado que él, Septi-mus, señor de los hombres, debía ser libre; solo (ya que su mujer había tirado su alianza; ya que ella lo había abandonado), él, Septimus, estaba solo, llamado a comparecer ante las masas de los hombres para oír la verdad, para aprender el significado que, ahora, al fin, tras todos los pesares de la civilización -los griegos, los romanos, Shakespeare, Darwin, incluso él mismo-, iba a ser revelado por entero a... «¿a quién?», preguntó en voz alta. «Al Primer Ministro», contestaron las voces que murmuraban por encima de su cabeza. El secreto supremo debía ser comunicado al Consejo de Ministros; primero, que los árboles están vivos; después, que no existe el crimen; después, amor, amor universal, murmuró, jadeando, temblando, llegando con dolor a estas profundas verdades que requerían, de tan profundas, de tan difíciles que eran, un inmenso esfuerzo para expresarlas, pero el mundo con ellas resultaba cambiado del todo y para siempre.

            No hay crimen; amor; repitió Septimus, buscando una tarjeta y un lápiz, cuando un Skye terrier le olfateó los pantalones y se sobresaltó con angustioso terror. ¡El perro se estaba convirtiendo en un hombre! ¡No podía soportar ese espectáculo! ¡Era horrible, terrible, ver a un perro convertirse en hombre! Al instante, el perro se alejó, trotando.

            Los cielos son divinamente misericordiosos, infinitamente benignos. Lo habían absuelto, perdonado por su debilidad. Pero ¿cuál era la explicación científica (porque, ante todo, hay que ser científico)? ¿Por qué podía ver a través de los cuerpos, adivinar el futuro, cuando los perros se conviertan en hombres? Es probable que fuera por la ola de calor, operando sobre un cerebro al que los eones de evolución han dotado de sensibilidad. Científicamente hablando, la carne se había separado del mundo. Su cuerpo se había macerado hasta el punto de quedarse con sólo las fibras nerviosas. Estaba extendido como un velo sobre una roca.

            Se reclinó sobre la silla, agotado pero no vencido. Descansaba, esperando, antes de volver a interpretar con esfuerzo, con angustia, para la humanidad. Estaba recostado a gran al-tura, sobre el dorso del mundo. La tierra palpitaba debajo. Unas flores rojas brotaban a través de su piel; sus hojas rígidas susurraban junto a su cabeza. La música empezó a tañer en las rocas de aquí arriba. Es la bocina de un automóvil ahí en la calle, murmuró; pero aquí arriba ha resonado como un cañonazo, de roca en roca, se ha dividido y ha vuelto a restallar en bombazos que se elevan en tersas columnas (que la música fuera visible era un descubrimiento) y se ha convertido en un himno, un himno en el que se enlaza ahora el sonido del caramillo de un pastor (es un viejo tocando la flauta junto a la taberna, murmuró), el cual, si el niño quedaba quieto, salía en burbujas del caramillo pero luego, al elevarse, transmitía su exquisita queja mientras el tráfico pasaba por debajo. La elegía de este muchacho se toca en medio del tráfico, pensó Septimus. Y ahora sube hasta las nieves, y lleva colgantes de rosas -las gruesas rosas rojas que crecen en la pared de mi cuarto, recordó. La música cesó. Ya ha conseguido su penique, dedujo, y se ha ido a la taberna de al lado.   Pero él seguía encaramado en su roca, como un marinero ahogado sobre una roca. Me asomé a la borda de la barca y me caí, pensó. Me fui al fondo del mar. He estado muerto, y sin embargo estoy vivo ahora, pero dejadme descansar en paz, suplicó (una vez más volvía a hablar solo -¡era horrible, horrible!); y, como ocurre antes de despertar, las voces de los pájaros y el sonido de las ruedas chocan y chirrían en una armonía dispar, cobran más y más fuerza, y el que duerme se siente arrastrado hacia las costas de la vida, así Septimus se sintió arrastrado hacia las costas de la vida, con el sol cada vez más cálido, los gritos cada vez más fuertes, algo espantoso a punto de ocurrir.

            No tenía más que abrir los ojos, pero un lastre pesaba sobre ellos, un temor. Hizo un esfuerzo; empujó; miró; vio Regent's Park ante sí. Largos haces de sol jugaban con sus pies. Los árboles ondeaban, amenazaban. Damos la bienvenida, parecía decir el mundo; aceptamos; creamos. Belleza, parecía decir el mundo. Y como para demostrarlo (científicamente), dondequiera que él mirase -a las casas, a las verjas, a los antílopes que estiraban el cuello por encima de la empalizada-, la belleza explotaba inmediatamente. Mirar una hoja que temblaba al paso del viento era una delicia exquisita. Arriba en el cielo, las golondrinas trazaban lazos, volaban haciendo curvas y quiebros, se precipitaban de un lado a otro, giraban y giraban, pero siempre con perfecto dominio, como si estuvieran sostenidas por elásticos; y las moscas que subían y bajaban, el sol tocando ahora una hoja, otra después, burlón, deslumbrándola con oro suave en un gesto de buen humor; y de vez en cuando una campana (pudiera ser la bocina de un coche), resonando divinamente en las briznas de hierba... Todo esto, aun siendo tranquilo y razonable, aun estando constituido por cosas ordinarias, era ahora la verdad; la belleza, eso era la verdad. La belleza estaba en todas partes.     -No llegaremos a tiempo -dijo Rezia.

            La palabra «tiempo» rompió su cáscara; vertió sus riquezas sobre él, y de sus labios cayeron en capas, en virutas de madera como las del cepillo de un carpintero, sin que él las hiciera, palabras duras, blancas, inmortales, y volaron para colocarse en sus lugares precisos, en una oda al Tiempo; una oda inmortal al Tiempo. Cantó. Evans contestó desde detrás del árbol. Los muertos estaban en Tesalia, cantaba Evans, entre las orquídeas. Allí esperaron hasta que la guerra hubo terminado, y ahora los muertos, ahora el propio Evans.

            -¡Por amor de Dios, no vengas! -gritó Septimus. Porque no podía mirar a los muertos.

            Pero las ramas se abrieron. Un hombre de gris efectivamente caminaba hacia ellos. ¡Era Evans! Pero no había en su cuerpo barro; ni heridas; no había cambiado. Debo decírselo al mundo entero, gritó Septimus alzando la mano (mientras el hombre muerto vestido de gris se acercaba), alzando la mano como una colosal figura que ha lamentado el destino del hombre durante siglos, solo, en el desierto, las manos en la frente, surcos de desesperación en las mejillas, y que ahora ve en el horizonte del desierto la luz que ilumina y engrandece la figura negra como el hierro, (y Septimus medio se levantó de la silla) y, con legiones de hombres muertos tras él, el gigante en duelo recibe en su rostro, por un momento, todo el...

            -Pero soy tan desgraciada, Septimus -dijo Rezia, intentando que se sentara de nuevo.

            Los millones se lamentaban; durante siglos habían sufrido. Volvería a contarles dentro de un momento, un momento sólo, este alivio, esta alegría, esta alucinante revelación...   

            -La hora, Septimus -repitió Rezia-. ¿Qué hora es?

            Aquel hombre hablaba, avanzaba, aquel hombre tenía que advertir su presencia. Los estaba mirando.

            -Te voy a decir la hora -dijo Septimus, muy despacio, muy adormiladamente, sonriendo misteriosamente al hombre muerto vestido de gris. Mientras Septimus sonreía ahí sentado, sonaron las doce menos cuarto.

            Y eso es ser joven, pensó Peter Walsh al pasar junto a ellos. Tener una bronca horrorosa -la pobre muchacha parecía totalmente desesperada- en plena mañana. Pero ¿por qué la tenían?, se preguntaba. ¿Qué le habría dicho el hombre del abrigo para que ella tuviera ese aspecto? ¿En qué terrible circunstancia se habían visto envueltos los dos para parecer tan desesperados, en una espléndida mañana de verano? Lo gracioso de regresar a Inglaterra después de cinco años era cómo, en los primeros días al menos, las cosas te chocaran como si no las hubieras visto nunca; unos enamorados discutiendo bajo un árbol, la vida doméstica de las familias en los parques públicos. Nunca había visto Londres tan agradable -la suavidad de las distancias; la riqueza; el verdor; la civilización, después de la India, pensó, mientras caminaba sobre el césped.

            Esta debilidad suya de dejarse llevar por las impresiones había sido la causa de todos sus males, sin duda alguna. A su edad aún tenía, como un muchacho, o incluso una muchacha, estos cambios de humor; días buenos, días malos, sin ninguna razón en particular, alegría ante una cara bonita, absoluta tristeza al ver a una vieja aburrida. Y después de la India, claro, uno se enamoraba de toda mujer que se encontraba. Había cierta frescura en ellas; hasta las más pobres seguramente vestían mejor que hace cinco años; a su parecer, nunca las modas habían sido tan favorecedoras; los largos abrigos negros; la esbeltez; la elegancia; y además la deliciosa costumbre, aparentemente universal, del maquillaje. Todas las mujeres, hasta las más respetables, tenían rosas en la cara, labios tallados a cuchillo, rizos de tinta china; había diseño, arte por todas partes; indudablemente, algún cambio se había producido. ¿En qué pensaban los jóvenes?, se preguntó Peter Walsh.

            Aquellos cinco años -de 1918 a 1923- habían sido, sospechaba, muy importantes. La gente tenía otro aspecto. Los periódicos parecían distintos. Ahora, por ejemplo, había un hombre que escribía abiertamente, en uno de los semanarios respetables, sobre retretes. Esto no se podía hacer diez años atrás, escribir abiertamente sobre retretes en un semanario respetable. Ni tampoco sacar una barra de labios o una polvera para maquillarse en público. A bordo del barco que lo trajo de vuelta a casa había muchos chicos y chicas -recordaba a Betty y Bertie en particular- que flirteaban abiertamente; la vieja madre ahí sentada con su labor de punto los miraba, fría como un pepino. La chica se empolvaba la nariz, ahí mismo, de pie, delante de todo el mundo. Y eso que no estaban prometidos; simplemente pasando un buen rato; sin resentimientos por parte de ninguno de los dos. Dura como la piedra, esa chica -Betty como se llame- pero muy buena gente sin duda. Sería una buena esposa cuando cumpliera los treinta -se casaría cuando le conviniera casarse; con un hombre rico y viviría en una casa enorme cerca de Manchester.

            Y ¿quién era la que había hecho precisamente esto?, se preguntó Peter Walsh, metiéndose por Broad Walk -¿quién se había casado con un rico y vivía en una casa grande cerca de Manchester? Alguien que recientemente le había escrito una carta larga y afectuosa a propósito de -hortensias azules-. Y fue al ver las hortensias azules cuando se acordó de Peter y los viejos tiempos -¡Sally Seton, por supuesto! Fue Sally Seton, la última persona en el mundo que uno hubiera creído capaz de casarse con un rico y vivir en una casa enorme cerca de Manchester; ¡la indómita, la atrevida, la romántica Sally!

            Pero de todo aquel viejo grupo, los amigos de Clarissa -los Whitbread, los Kindersley, los Cunningham, los Kinloch Jones-, Sally probablemente era la mejor. Por lo menos trataba de tomar las cosas como debían de tomarse. No se dejó engañar por Hugh Whitbread -el admirable Hugh- cuando Clarissa y los demás se postraban a sus pies.

            Todavía oía decir a Sally: «¿Los Whitbread? ¿Que quiénes son los Whitbread? Mercaderes de carbón. Comerciantes respetables.»

 

            A Hugh lo detestaba por alguna razón. No pensaba en nada que no fuera su propio aspecto, decía ella. Debería haber sido un Duque. Seguro que se casaba con una de las Prin-cesas reales. Y, por supuesto, Hugh sentía el respeto más extraordinario, más natural, más sublime por la aristocracia británica de todas las personas que Peter había conocido en la vida. Hasta Clarissa tuvo que reconocerlo. ¡Ay!, pero era tan simpático, tan generoso, dejó de cazar para complacer a su anciana madre... se acordaba de los cumpleaños de todas sus tías, y cosas así.

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