La señora Dalloway ( cont 5)

            Para ser justos, había que reconocer que a Sally no la engañaban en absoluto. Una de las cosas que recordaba más claramente era una discusión en Bourton un domingo por la ma-ñana sobre los derechos de la mujer (este tema antediluviano), cuando Sally de repente perdió los estribos, estalló y le dijo a Hugh que él representaba todo lo más detestable de la clase media británica. Le dijo que lo consideraba responsable de la situación en que se hallaban «esas pobres muchachas de Piccadilly» -Hugh, el perfecto caballero, ¡pobre Hugh!¡jamás se vio a un hombre más horrorizado! Lo hizo a propósito, según ella misma dijo más tarde (porque solían reunirse los dos en el huerto para intercambiar impresiones). «No ha leído nada, no ha pensado nada, no ha sentido nada», todavía ahora se lo oía decir con aquella voz tan marcada que impresionaba a la gente mucho más de lo que ella misma creía. Los mozos de cuadra tenían más vida que Hugh, decía. Era el perfecto espécimen de escuela privada, decía. Ningún país salvo Inglaterra podría haberlo creado. Estaba verdaderamente resentida por alguna razón; le tenía una rabia especial. Algo había ocurrido -no recordaba el qué- en la sala de fumar. La había insultado -¿quizá besado? ¡Increíble! Por supuesto que nadie se creía nada en contra de Hugh. ¿Quién podría? ¡Besar a Sally en la sala de fumar! Si se hubiese tratado de una Honorable Edith o de una Lady Violet, quizá; pero tratándose de Sally, esa zarrapastrosa, sin un penique a su nombre y con un padre o una madre jugándose el dinero en Monte Carlo, no. Porque de toda la gente que había conocido, Hugh era el mayor snob -el más obsequioso- pero no, no se podía decir que se arrastrara ante los demás. Era demasiado pedante para eso. Un ayuda de cámara de primera clase era lo primero que te venía a la mente: alguien que fuera siguiéndole los pasos a uno llevándole las maletas, alguien en quien se pudiera confiar para mandar telegramas... indispensable para la señora de la casa. Y finalmente encontró su trabajo ideal: se casó con su Honorable Evelyn, consiguió un puesto insignificante en la Corte, cuidaba de las bodegas del Rey, sacaba brillo a las hebillas de los zapatos imperiales, iba de un lado a otro con librea de calza corta y pechera de encaje. ¡Qué despiadada es la vida! ¡Un puesto en la Corte!

            Se había casado con aquella mujer, la Honorable Evelyn, y vivían por aquí cerca, según creía (miró los imponentes edificios que dominaban el parque), porque en una ocasión había almorzado en una casa que, como todas las propiedades de Hugh, tenía algo que ninguna otra casa podía tener jamás, por ejemplo, armarios de lencería. Tenías que ir a mirarlos detenidamente, tenías que pasar un buen rato admirando lo que fuera: armarios de lencería, fundas de almohada, muebles antiguos de roble, cuadros que Hugh había conseguido por casi nada. Pero la señora Hugh, en ocasiones, estropeaba la función. Era una de esas oscuras mujeres pequeñas como ratones que admiran a los hombres grandes. Era casi inexistente. Pero de repente, decía algo inesperado, con muy mala idea. Conservaba, quizás, los resabios de los grandes modales de antaño. La calefacción de carbón le resultaba un poco fuerte: cargaba excesivamente el ambiente. Y así seguían viviendo, con sus armarios de lencería y sus cuadros de viejos maestros y sus fundas de almohada bordadas con auténtico encaje, gastando seguramente cinco o diez mil al año, mientras que él, dos años mayor que Hugh, andaba suplicando algún trabajo.

            Con cincuenta y tres años cumplidos, tuvo que ir a pedirles que lo metieran en el despacho de algún ministro, que le consiguieran cualquier chapucilla, dar clases de latín a niños, a las órdenes de algún chupatintas de oficina, algo que le reportara quinientas al año; porque si se casaba con Daisy, aun con su pensión, no podrían salir adelante con menos. Seguro

que Whitbread podía conseguírselo; o quizá Dalloway. No le importaba pedirle algo a Dalloway. Era buena gente de veras; un poco limitado; un poco duro de mollera; sí, pero bue-na gente de veras. Hiciera lo que hiciera, siempre actuaba de la misma manera sensata y prosaica, sin el menor atisbo de imaginación, sin la menor chispa de brillantez, pero con la inexplicable bondad de los de su clase. Debiera haber sido un hidalgo rural -la política no era lo suyo. El entorno que más le favorecía era el espacio abierto, el estar al aire libre, con caballos y perros: qué bien se portó aquella vez que ese gran perro lanudo de Clarissa quedó atrapado en un cepo que por poco le corta una pata y Clarissa por poco se desmayó y Dalloway lo hizo todo: le vendó la pata, la entablilló, le dijo a Clarissa que no se portara como una tonta. Eso era lo que a ella le gustaba, quizá -eso era lo que necesitaba. «Bueno, querida, no seas tonta. Sujeta esto, ve a buscar aquello», sin dejar de hablar al perro todo el tiempo, como si fuese un ser humano.

            Pero ¿cómo pudo tragarse todas esas vaciedades sobre poesía? ¿Cómo pudo dejarle dictar ex-cátedra sobre Shakespeare? Con toda seriedad y solemnidad, Richard Dalloway se puso de patas como un perrito y dijo que ningún hombre decente debería leer los sonetos de Shakespeare porque era como escuchar por el ojo de la cerradura (además, no era un tipo de relación que mereciera su aprobación). Un hombre decente nunca debiera permitirle a su mujer que visitara a la hermana de una esposa fallecida. ¡Increíble! Lo único que cabía hacer era apedrearle con almendras garrapiñadas; fue durante la cena. Pero Clarissa se lo tragó todo; lo encontró tan honesto de su parte; tan independiente; ¡y Dios sabe si no pensó que era la mente más original que había conocido!

            Este era uno de los vínculos entre Sally y él. Había un jardín por el que solían pasear, un lugar rodeado por un muro, con rosales y coliflores gigantes; recordaba que Sally arrancó una rosa y se detuvo para alabar la belleza de las hojas de col a la luz de la luna (era extraordinario cómo todo se le venía a la mente, cosas en las que no había pensado desde hacía años), mientras le imploraba -medio en broma, claro está- que se llevara a Clarissa para salvarla de los Hughs, los Dalloways y todos los demás «perfectos caballeros» que iban a «ahogar su alma» (por aquel entonces, Sally escribía poesía a raudales), a hacer de ella una simple dama de sociedad, a fomentar su mundanería. Pero hay que ser justos con Clarissa. Al menos no iba a casarse con Hugh. Tenía perfectamente claro lo que quería. Todas sus emociones eran superficiales. En el fondo era muy taimada: juzgaba mucho mejor la perso-nalidad de la gente que Sally, por ejemplo, y además era puramente femenina; con esa capacidad extraordinaria, capacidad femenina, que le permitía crear un mundo propio allí donde se encontrara. Entraba en una habitación; se quedaba de pie, como él la había visto a menudo, bajo el dintel de una puerta, con un montón de gente a su alrededor. Pero era Cla-rissa a quien uno recordaba. Y no es que fuese llamativa; ni guapa en absoluto; no había nada de pintoresco en ella; nunca decía nada que fuese especialmente ingenioso... Sin embargo, allí estaba ella; allí estaba.

            ¡No, no, no! ¡Ya no estaba enamorado de ella! Simplemente, después de verla esa mañana, entre las tijeras y las sedas, preparándose para la fiesta, se sentía incapaz de apartarla de su pensamiento; volvía y volvía hacia él, como cuando en el tren un viajero dormido se sacude en el hombro; al apoyarse; y eso no era estar enamorado, por supuesto; era pensar en ella, criticarla, volver a empezar, después de treinta años, a tratar de explicársela. El comentario más obvio es que era mundana, que le preocupaba demasiado mantener el rango, la sociedad y seguir prosperando en el mundo -cosa que era cierta de alguna manera: se lo había confesado en una ocasión. (Siempre conseguías que reconociera sus debilidades, si te tomabas la molestia; era honesta). Lo que seguramente diría es que odiaba a las mujeres con aspecto de bruja, a los viejos carcamales, a los fracasados -como él, seguramente; opinaba que nadie tenía derecho a andar por el mundo encorvado y con las manos en los bolsillos; que todo el mundo debía hacer algo, ser algo; y esas gentes de la alta sociedad, esas duquesas, esas venerables y blancas condesas que uno encontraba en el salón de Clarissa, inefablemente distantes, según él, de cuanto tuviera alguna importancia, representaban algo real para ella. Lady Bexborough, dijo en una ocasión, se tenía erguida (y eso mismo hacía Clarissa; jamás se dejaba ir, en ningún sentido de la palabra; iba derecha como una vela, un tanto tiesa, por cierto). Decía que aquella gente tenía una especie de coraje que, con los años, le resultaba

cada vez más respetable. En todo esto había una buena parte de Dalloway, claro está; una buena parte de ese espíritu de servicio público, de imperio británico, de reforma tributaria, de espíritu de la clase gobernante, que había crecido en Clarissa, como suele ocurrir. Con el doble de facultades que su marido, Clarissa tenía que verlo todo a través de los ojos de Dalloway, una de las tragedias de la vida matrimonial. Con una mente que se bastaba a sí misma, tenía que estar siempre citando las palabras de Richard, ¡como si uno no pudiera saber, hasta el mínimo detalle, lo que Richard pensaba gracias a la lectura del Morning Post por la mañana! Estas fiestas, por ejemplo, eran todas para él, o para la idea que ella tenía de él (para hacer justicia a Richard, habría sido más feliz dedicándose al campo en Norfolk). Convertía su cuarto de estar en una especie de lugar de reuniones; tenía especial talento para ello. En múltiples ocasiones, Peter había visto a Clarissa coger a un joven tosco, retorcerlo, darle la vuelta, despertarlo y ponerlo en marcha. Un número infinito de gente aburrida se reunía en torno a ella, ciertamente. Pero algunas personas extrañas e inesperadas aparecían por allí; a veces un artista, a veces un escritor; bichos raros en aquel ambiente. Y detrás de todo ello se encontraba aquella red de visitas, de dejar tarjetas, de ser amable con la gente; ir corriendo de un lado a otro con ramos de flores, pequeños regalos; Fulanito o Menganita se iba a Francia: había que conseguirle una almohadilla; un verdadero derroche de su energía; todo ese tráfico interminable que organizan las mujeres de su clase; pero lo hacía de motu propio, por instinto natural.

            Curiosamente, Clarissa era una de las personas más radicalmente escépticas que Peter había conocido, y posiblemente (era una teoría que él utilizaba para hacerse una idea clara de ella, tan transparente en unos aspectos, tan inescrutable en otros), posiblemente se dijera a sí misma: Puesto que somos una raza condenada, encadenada a un buque que se hunde (las lecturas favoritas de cuando era niña eran Huxley y Tyndall, muy aficionados a esa clase de metáforas náuticas),

puesto que todo es una broma pesada, tomemos parte en ello; aliviemos los sufrimientos de nuestros compañeros de prisión (Huxley otra vez); decoremos el calabozo con flores y almohadones; seamos tan decentes como podamos. Esos rufianes, los Dioses, no se saldrán del todo con la suya -porque su idea era que los Dioses, que no perdían nunca la mínima oportunidad de hacer daño, de frustrar y echar a perder las vidas humanas, se desanimaban si te comportabas como una dama a pesar de todo. Esta fase empezó inmediatamente después de la muerte de Sylvia, ese horrible asunto. Ver cómo un árbol se cae y mata a tu propia hermana (toda la culpa la tuvo Justin Parry, por negligente), ante tus propios ojos -una chica, además, con toda la vida por delante, la más dotada de ellas, siempre decía Clarissa-, era suficiente para amargarse. Más tarde, no estaba tan segura, quizá; pensaba que no había Dioses; que nadie tenía la culpa, y por eso desarrolló esta religión atea de hacer el bien por el bien mismo.

            Y desde luego que gozaba de la vida inmensamente. Estaba en su propia naturaleza disfrutar (aunque, Dios sabe, tenía sus reservas; sólo era un esbozo, pensaba él a menudo, lo que, después de tantos años, podía trazar de Clarissa). Con todo, no había amargura en ella; ni ese sentido de virtud moral que resulta tan repelente en las mujeres buenas. Disfrutaba prác-ticamente con todo. Si caminabas con ella por Hyde Park, aquí un arriate de tulipanes, ahí un niño en un cochecito, allá un pequeño drama que ella misma se inventaba sobre la marcha. (Es muy probable que hubiera hablado con aquella pareja de enamorados si hubiese pensado que no eran felices.) Tenía un sentido de la comedia que era verdaderamente exquisito, pero necesitaba gente, siempre gente, para que este sentido se manifestara, con el inevitable resultado de desperdiciar su tiempo en almuerzos, cenas, en estas incesantes fiestas suyas, diciendo tonterías, cosas que no pensaba, mellando su agudeza mental, perdiendo su espíritu crítico. Se sentaba a la cabecera de la mesa, tomándose infinitas molestias con un viejo pelmazo que pudiera ser de alguna utilidad para Dalloway -conocían a los personajes más espantosamente aburridos de Europa-, o sino ahí venía Elizabeth, y entonces todo tenía que dejarle paso a ella. Estaba en el colegio, en esa etapa de inexpresividad, la última vez que pasó por allí, una chica de ojos redondos, tez pálida, sin ningún rasgo de su madre, una criatura callada, seria, que no reaccionaba ante nada, que dejaba que su madre montara todo un espectáculo con ella y luego decía «Puedo irme ya?», como una cría de cuatro años. «Se va», explicaba Clarissa, con esa mezcla de sonrisa y orgullo que hasta el propio Dalloway parecía despertar en ella, «a jugar al hockey». Y ahora seguramente Elizabeth se había puesto de largo ya; lo creía un viejo desquiciado, se reía de los amigos de su madre. Pues bien, que así sea. La compensación de hacerse viejo, pensó Peter Walsh saliendo ya de Regent's Park con el sombrero en la mano, era solamente esto: las pasiones mantienen la misma fuerza de siempre, pero se gana -¡al fin!- el poder que añade el sabor supremo a la existencia, el poder de dominar la experiencia, de darle la vuelta, lentamente, a la luz.

            Una confesión terrible sin duda (volvió a ponerse el sombrero), pero ahora, a los cincuenta y tres años, ya no se necesitaba apenas a la gente. La vida misma, cada uno de sus momentos, cada gota, aquí, este instante, ahora, al sol, en Regent's Park, era suficiente. Demasiado, en realidad. Una vida entera era demasiado corta para sacarle, ahora que uno había adquirido el dominio, la plenitud del sabor; para extraer hasta la última onza de placer, hasta el último matiz de significado; y ambos eran mucho más sólidos que antes, mucho me-nos personales. Ya era imposible que Clarissa le hiciera sufrir más de lo que ya le había hecho sufrir. Durante horas y horas (¡ojalá uno diga estas cosas sin que nadie las oiga!), durante horas y días seguidos no había pensado en Daisy.

            Entonces, ¿pudiera ser que estuviera enamorado de ella, teniendo en cuenta la tristeza, la tortura, la extraordinaria pasión de aquellos días? Era una cosa completamente distinta -mucho más agradable-, pues ahora, por supuesto, la verdad era que ella estaba enamorada de él. Y quizá ésa fue la razón por la que, cuando el barco zarpó, sintió un alivio extraordinario, y no deseaba otra cosa sino estar solo; le molestó encontrarse con todos sus pequeños detalles -puros, notas, una alfombra para el viaje- en su camarote. Si todos fuesen honestos, dirían lo mismo: cumplidos los cincuenta, no se necesita a los demás; no se tienen ganas de seguir di-ciendo a las mujeres que son bellas; esto es lo que dirían la mayoría de los hombres de cincuenta años, pensó Peter Walsh, si fuesen honestos.

            Pero estos sorprendentes ataques de emoción -romper a llorar esta mañana- ¿qué significaban? ¿Qué habría pensado Clarissa de él? Que era un necio, seguro, y no era la pri-mera vez. Eran celos lo que subyacía a todo ello, los celos que sobreviven a todas las pasiones de la humanidad, pensó Peter Walsh, extendiendo el brazo con su cortaplumas en la mano. Había estado viendo al Mayor Orde, decía Daisy en su última carta; lo dijo con toda la intención, lo sabía; lo dijo para darle celos; se la imaginaba arrugando la frente mientras escribía, pensándose lo que podía decir para herirlo; y sin embargo, no tenía importancia; ¡estaba furioso! Todo ese follón de venir a Inglaterra para consultar a los abogados no era para casarse con ella, sino para evitar que se casara con otro hombre. Esto era lo que lo torturaba, este era el sentimiento que lo invadió al ver a Clarissa tan tranquila, tan fría, tan centrada en su vestido o lo que fuese; dándose cuenta de lo que ella podría haberle evitado, a qué lo había reducido: a un deleznable y achacoso borrico. Pero las mujeres, pensó Peter cerrando su cortaplumas, no saben qué es la pasión. No saben lo que significa para los hombres. Clarissa era fría como un témpano: ahí estaba ella, sentada a su lado en el sofá, dejándose coger la mano, dándole un beso en la mejilla. Y ahí estaba él: había llegado al cruce.

            Un sonido le interrumpió; un sonido frágil y vacilante, una voz que burbujeaba sin rumbo, sin vigor, principio ni fin, y que cantaba débil, aguda y carente de todo significado humano

 

 

i am fa am so

fu sui tu im u...

 

 

una voz sin edad ni sexo, la voz de una vieja fuente brotando de la tierra; una voz que salía, justo enfrente de la estación de metro de Regent's Park, de una alta forma temblorosa, como una chimenea, como una bomba oxidada, como un árbol, batido por el viento y privado para siempre de sus hojas, que deja que el viento suba y baje por sus ramas, arriba y abajo, cantando

 

 

i am fa am so

fu sui tu im u...

 

 

y se mece, cruje y gime en la brisa eterna.

            A través de todos los tiempos -cuando la calzada era hierba, cuando era ciénaga, a través de la era del colmillo y del mamut, a través de la era del amanecer silencioso- la vieja mendiga -llevaba falda-, con la mano derecha extendida y con la izquierda agarrándose el costado, insistía en cantar una canción de amor, de un amor que ha durado un millón de años -cantaba-, amor que prevalece, y hace un millón de años que había paseado con su amante muerto hace siglos, canturreaba, en el mes de mayo. Pero en el transcurso de los tiempos, largos como los días de verano y con el único color, canturreaba, del fuego de los ásteres rojos, él se había ido; la enorme guadaña de la muerte había segado aquellas tremendas colinas, y cuando por fin reposó su cabeza cana e inmensamente vieja sobre la tierra, convertida ahora en simples cenizas de hielo, suplicó a los Dioses que dejaran a su lado un ramo de brezo púrpura, allí en su tumba, que acariciaban los últimos rayos del sol; porque para entonces el espectáculo del universo habría terminado.

            Mientras la vieja canción burbujeaba frente a la estación de metro de Regent's Park, la tierra seguía siendo verde y florida; y todavía, a pesar de que brotaba de una boca tan ruda, un simple agujero en la tierra, fangoso además, cubierto de raíces fibrosas y de hierbajos, todavía las burbujas de la vieja canción, empapando las raíces nudosas de tiempos infinitos, y los esqueletos y también los tesoros, seguían fluyendo en arroyos que se perdían por la calzada a lo largo de Marylebone Road y en dirección a Euston, fertilizando, dejando una mancha húmeda.

            Recordando todavía que en algún mayo primitivo había paseado con su amante, esta bomba oxidada, esta vieja mendiga, con una mano extendida para recoger las monedas y la otra apoyada en el costado, seguiría ahí dentro de diez millones de años, recordando que en otros tiempos había paseado en mayo, allí donde ahora fluye el mar, no importaba con quién... Era un hombre, sí, un hombre que la había amado. Pero el transcurrir de los tiempos había empañado la claridad de ese viejo día de mayo; las flores de pétalos brillantes estaban ya canas y cubiertas de plata; y ya no veía, cuando le suplicaba (como muy claramente estaba haciendo ahora) «mira bien mis ojos con tus dulces ojos», ya no veía los ojos castaños, las patillas negras ni la cara quemada por el sol, sino una forma acechante, una sombra, a la que, con esa frescura como de pájaro de los ancianos, seguía cantineando «dame tu mano y deja que la coja suavemente» (Peter Walsh no pudo por menos de darle una moneda a la pobre criatura antes de meterse en el taxi), «y si alguien nos ve, ¿qué importa?», preguntaba; y con el puño cerrado contra la cadera, sonreía, metiéndose el chelín en el bolsillo, y todos los ojos que la escrutaban parecieron borrarse, y las generaciones que pasaban -la acera estaba atestada de ajetreados individuos de clase media- se desvanecieron como las hojas, para ser pisoteadas, para quedar empapadas, inundadas y convertidas en-mantillo por ese eterno manantial...

 

 

i am  fa am so

 

fu sui tu im u.

Estás leyendo en Ablik

Cerrar