La señora Dalloway ( cont 6)

 

            -Pobre vieja -dijo Rezia Warren Smith.

            -¡Oh, pobre desgraciada! -dijo mientras esperaba el momento de cruzar.

            ¿Y si llovía por la noche? ¡Imagínate si tu padre, o alguien que te hubiera conocido en otros tiempos mejores, pasara por allí y te viese ahí, de pie, en el arroyo! ¿Y dónde pasaba la noche?

            Con ánimo, casi alegre, el hilo invencible de sonido dio vueltas en el aire como el humo de la chimenea de una cabaña, ascendiendo entre limpias hayas y surgiendo como una mata de humo azul por entre las hojas más altas. «Y si alguien nos ve, ¿qué importa?»

            Como era tan desgraciada, durante semanas y semanas, Rezia había ido dando significado a las cosas que ocurrían, y a veces estaba casi convencida de que debía parar a la gente en la calle, si tenían buena pinta y parecían amables, para decirles, simplemente, «soy desgraciada»; y esta vieja, en la calle, cantando «si alguien nos ve, ¿qué importa?», le hizo estar repentinamente segura de que todo iba a salir bien. Iban a ver a Sir William Bradshaw; pensaba que este nombre sonaba bien; curaría a Septimus enseguida. Y entonces pasó un carro de cerveza, y los caballos grises llevaban briznas de paja en la cola; había carteles de periódicos. Era un sueño tonto, muy tonto, el ser desgraciada.

            Así pues, el señor y la señora Septimus Warren Smith cruzaron la calle, y ¿es que había algo en ellos que llamara la atención, algo que hiciera sospechar a algún transeúnte que ahí había un joven que llevaba consigo el mensaje más importante del mundo y que era, además, el hombre más feliz del mundo y el más desdichado? Quizá anduvieran más despacio que otros y hubiera algo vacilante y cansino en el caminar de este hombre, pero qué cosa tan natural para un empleado, que lleva años sin poner los pies en el West End entre semana y a estas horas, que mirar insistentemente al cielo, mirar aquí, allá y a lo de más allá, como si Portland Place fuese una habitación donde hubiese entrado en ausencia de la familia, con las lámparas de araña envueltas en gasa, y el ama de llaves, al levantar una esquina de las largas cortinas, dejase entrar largos haces de luz polvorienta que caen sobre unos extraños sillones vacíos, y explicase a los visitantes lo maravilloso que es el lugar; qué maravilloso pero, al mismo tiempo, qué extraño.

            Por su aspecto, bien podía ser un empleado, pero de los mejores, porque calzaba botas marrones, sus manos eran cultas, así como su perfil -su perfil anguloso, nasón, inteligente y sensible-, pero no así sus labios, porque eran fláccidos; en cuanto a sus ojos (como suelen ser los ojos), eran ojos sin más: color avellana, grandes; así, en conjunto, el hombre era un caso indeterminado, ni una cosa ni otra; podía muy bien terminar con una casa en Purley y un automóvil, o seguir toda su vida alquilando pisos en callejuelas laterales; era uno de esos hombres medio-cultos, autodidactas, cuya cultura proviene íntegramente de libros sacados de bibliotecas públicas, leídos por la noche, después de la jornada de trabajo, por indicación de conocidos escritores consultados por correspondencia.

            En cuanto a las demás experiencias, las solitarias, las que la gente vive a solas, en sus dormitorios, en sus despachos, caminando por los campos y calles de Londres, él las tenía; había dejado su casa siendo aún un muchacho, por culpa de su madre: ella mentía; porque era la quincuagésima vez que bajaba a cenar sin lavarse las manos, porque no veía que un poeta tuviera ningún porvenir en Stroud. Así, tomando a su hermana pequeña como confidente, se fue a Londres, dejando tras él una nota absurda, como las que grandes personajes han escrito y el mundo ha leído más tarde, cuando se ha hecho famosa la historia de sus conflictos.

            Londres se ha tragado muchos millones de jóvenes llamados Smith; no ha concedido ninguna importancia nombres tan raros como Septimus, con los que sus padres habían pensado singularizarlos. Vivir en una pensión, en una bocacalle de Euston Road, comportaba experiencias -experiencias otra vez- como la de transformar una cara en dos años: una inocente cara ovalada y rosa en otra contraída y enjuta. Pero de todo lo dicho, qué hubieran podido decir los amigos más observadores, salvo lo que dice un jardinero cuando abre la puerta del invernadero y se encuentra una nueva flor en su planta: Ha florecido; florecido por vanidad, ambición, idealismo, pasión, soledad, valor, pereza, las semillas habituales que, revueltas todas ellas (en una habitación junto a Euston Road), hicieron de él un hombre tímido y tartamudo, ansioso de superarse a sí mismo, le hicieron enamorarse de la señorita Isabel Pole, que daba lecciones sobre Shakespeare en Waterloo Road.

            ¿Acaso no se parecía a Keats?, preguntaba ella; y reflexionaba sobre el modo de aficionarlo a Antonio y Cleopatra y todo lo demás. Le prestaba libros, le mandaba notas y prendió en él un fuego de ésos que sólo arden una vez en la vida, sin calor, con una llama vacilante, de un rojo dorado, infinitamente etérea e insustancial que ardía por la señorita Pole, por Antonioy Cleopatra y por Waterloo Road. El pensaba que era guapa, la creía impecablemente sabia, soñaba con ella, le escribía poemas que, como ella no sabía de qué iban, corregía con tinta roja. Él la vio, una tarde de verano, caminando por una plaza con un vestido verde. «Ha florecido», podría haber dicho el jardinero, si hubiese abierto la puerta, si hubiese entrado, es decir, si lo hubiese hecho cualquier noche a esta hora, y lo hubiese encontrado escribiendo; lo hubiese encontrado rompiendo lo que había escrito; lo hubiese encontrado terminando una obra maestra a las tres de la mañana y saliendo después a callejear, a visitar iglesias, y ayunar un día, beber otro día, devorando a Shakespeare, a Darwin, La historia de la civilización y a Bernard Shaw.

            Algo estaba pasando, el señor Brewer lo sabía; el señor Brewer, gerente de Sibleys & Arrowsmiths, subastadores, tasadores, agentes de la propiedad inmobiliaria; algo estaba pa-sando, pensaba. Y, como era muy paternal con sus jóvenes empleados y tenía un alto concepto de la capacidad de Smith, profetizaba que, en diez o quince años, le sucedería en el sillón de cuero, en la sala interior bajo la luz cenital, con las cajas de títulos de propiedad a su alrededor, «si conserva su salud», dijo el señor Brewer. Y ése era el peligro: Smith parecía débil; le aconsejó el fútbol; le invitaba a cenar y, cuando estaba considerando la manera de recomendarlo para un aumento de sueldo, ocurrió algo que vino a estropear gran parte de sus planes, algo que se llevó a sus empleados más cualificados y, finalmente -así de entrometidos e insidiosos son los dedos de la Guerra Europea- hizo trizas una estatua de yeso de Ceres, cavó un hoyo en los arriates de geranios y destrozó los nervios de la cocinera, en la casa del señor Brewer, en Muswell Hill.

            Septimus fue uno de los primeros en presentarse voluntario. Se fue a Francia a salvar una Inglaterra que consistía, casi en su integridad, en las obras de Shakespeare y en la señorita Isabel Pole aseando por una plaza con su vestido verde. Allá en las trincheras, el cambio que el señor Brewer deseaba al aconsejar el fútbol se produjo instantáneamente: desarrolló su hombría, obtuvo un ascenso, despertó el interés, incluso el afecto de su oficial, llamado Evans. Eran como dos perros jugando sobre la alfombrilla frente a la chimenea, uno de ellos entretenido con un papel, gruñendo, lanzando bocados al aire, mordisqueando de vez en cuando la oreja del perro viejo, mientras el otro yace adormilado, parpadeando ante el fuego, levantando una pata, dándose la vuelta y gruñendo de buenas. Tenían que estar juntos, compartir, luchar el uno con el otro, discutir el uno con el otro. Pero cuando Evans (Rezia, que sólo lo había visto una vez, lo llamaba un «hombre tranquilo», un robusto pelirrojo, poco expresivo en presencia de mujeres), cuando Evans murió -inmediatamente antes del Armisticio, en Italia-, Septimus, lejos de mostrar ninguna emoción o de reconocer que era el fin de una amistad, se felicitó por sentir tan poco y de forma tan razonable. La guerra le había enseñado. Era sublime. Había pasado por todo el espectáculo: la amistad, la Guerra Europea, la muerte, se había ganado un ascenso, todavía no había cumplido los treinta y estaba destinado a sobrevivir. En eso tenía razón. Las últimas bombas no cayeron sobre él. Las vio explotar con indiferencia. Cuando llegó la paz, estaba en Milán, alojado en casa de un tabernero, con un patio interior, flores en tiestos, mesitas al aire libre, hijas que hacían sombreros, y con Lucrézia, la menor, se comprometió una tarde en que le sobrevino el pánico -pánico de no poder sentir.

            Porque ahora que todo había terminado, que la tregua estaba firmada y los muertos enterrados, tenía, sobre todo por la noche, estos repentinos ataques de miedo. No podía sentir. Cuando abría la puerta del cuarto donde las chicas italianas hacían sombreros, las veía, las oía; pasaban alambres por unas cuentas de colores que guardaban en unos platillos, daban diversas formas a las telas de bocací; la mesa estaba sembrada de plumas, lentejuelas, sedas y cintas; las tijeras golpeaban la mesa; pero algo le faltaba: no podía sentir. Los golpes de las tijeras, las risas de las muchachas, la fabricación de los sombreros lo protegían, le daban seguridad, le daban refugio.

Pero no podía pasarse la noche sentado allí. Había momentos en que se despertaba a altas horas de la madrugada. La cama se caía; él se caía. ¡Ay, las tijeras, la lámpara y las formas del bocací! Le pidió a Lucrezia que se casara con él, a la más joven de las dos, la alegre, la frívola, con esos deditos de artista que ella extendía y mostraba diciendo: «Todo es gracias a ellos.» Seda, plumas, lo que fuera, le debían la vida a ellos.

            -El sombrero es lo más importante -decía Lucrezia cuando salían de paseo juntos. Todos los sombreros que veía pasar, los examinaba; así como la capa, el vestido y el porte de la mujer en cuestión-. Mal vestida..., recargada... -criticaba Lucrezia, no con ensañamiento, sino más bien con gestos impacientes de las manos, como los de un pintor que echa a un lado alguna impostura explícita, evidente y bien intencionada; y luego, con generosidad, pero sin dejar de ser crítica, aclamaba a la dependienta de una tienda por saber vestir su modesta ropa con elegancia, o elogiaba, sin reservas, con conocimiento entusiasta y profesional, a una señora francesa que se apeaba de su coche, luciendo pieles de chinchilla, túnica y perlas.

            -¡Precioso! -murmuraba, dando un codazo a Septimus para que viera. Pero la belleza estaba detrás de un cristal. Ni siquiera el gusto (a Rezia le gustaban los helados, los bombones, las cosas dulces) le producía placer. Dejó su taza sobre la mesita de mármol. Miró a la gente de fuera, que parecía feliz, reuniéndose en medio de la calle, gritando, riendo, discutiendo sin motivo. Pero no podía saborear, no podía sentir. En el salón de té, entre las mesas y los camareros que charloteaban, aquel miedo espantoso le sobrevino: no podía sentir. Podía razonar, podía leer, a Dante, por ejemplo, sin dificultad (-Septimus, deja ya el libro -dijo Rezia cerrando suavemente el Interno) podía sumar la cuenta; su cerebro estaba perfectamente; por tanto, tenía que ser culpa del mundo -la culpa de que no pudiera sentir.

            -Los ingleses son tan callados... -dijo Rezia. Le gustaba, decía. Respetaba a estos ingleses y quería conocer Londres, los caballos ingleses y los trajes de sastrería, y también recordaba haberle oído comentar lo maravillosas que eran las tiendas a una tía que se había casado y vivía en el Soho.

            Bien pudiera ser, pensó Septimus, mirando a Inglaterra por la ventanilla del tren al salir de Newhaven; bien pudiera ser que el mundo mismo careciera de significado.

            En la oficina lo ascendieron a un puesto de considerable responsabilidad. Estaban orgullosos de él; había ganado medallas.

            -Usted ha cumplido con su deber, y de nosotros depende... -empezó el señor Brewer; y no pudo acabar, embargado como estaba por la emoción. Se alojaron en un lugar estupendo cerca de Tottenham Court Road.

            En ese momento volvió a abrir a Shakespeare. Aquella preocupación juvenil de la intoxicación del lenguaje -Antonio y Cleopatra- se había consumido por completo. ¡Cuánto detestaba Shakespeare a la humanidad, el ponerse la ropa, el tener hijos, la sordidez de la boca y de la barriga! Esto se le revelaba ahora a Septimus: el mensaje oculto en la belleza de las palabras. La contraseña secreta que cada generación trasmite, disimuladamente, a la siguiente, es el aborrecimiento, el odio, la desesperación. Lo mismo cabía decir de Dante. De Esquilo (traducido), otro tanto. Ahí estaba Rezia, sentada ante la mesa, arreglando sombreros. Arreglaba sombreros para las amigas de la señora Filmer; arreglaba sombreros por horas. Estaba pálida, misteriosa, como un lirio, ahogada, bajo el agua, pensó.

            -Los ingleses son muy serios -decía, abrazando a Septimus, poniendo la mejilla contra la suya.

            A Shakespeare le repelía el amor entre hombre y mujer. La cuestión de la cópula le resultaba una porquería antes del final. Pero Rezia decía que tenían que tener hijos. Llevaban cinco años casados.

            Fueron juntos hasta la Torre, al Victoria & Albert Museum, se mezclaron con el gentío para ver al Rey inaugurar el Parlamento. Y ahí estaban las tiendas: sombrererías, tiendas de ropa, tiendas con bolsos de cuero en el escaparate, ante los cuales Rezia quedaba de pie, fascinada. Pero tenía que tener un niño.

            Tenía que tener un hijo como Septimus, decía Rezia. Pero nadie podía ser como Septimus, tan dulce, tan serio, tan inteligente. ¿Acaso ella no podía leer a Shakespeare también? ¿Era Shakespeare un autor difícil?, preguntaba ella.

            No se puede traer niños a un mundo como éste. No se puede perpetuar el sufrimiento ni aumentar la raza de estos lujuriosos animales, que no tienen emociones duraderas, sino sólo caprichos y vanidades que los llevan hacia un lado, hacia el otro.

            Septimus la miraba cortar, hacer formas, como quien mira a un pájaro dar saltitos y picotear en el césped, sin atreverse a mover un dedo. Porque la verdad (dejemos que ella la ignore) es que los seres humanos no tienen ni bondad, ni fe, ni caridad, más allá de aumentar el placer del momento. Cazan en manada. Sus manadas peinan el desierto y desaparecen en la selva chillando. Abandonan a los caídos. Sus rostros están cubiertos de muecas. Ahí estaba Brewer en la oficina, con su bigote engominado, su alfiler de coral en la corbata, pañuelo blanco y sus emociones placenteras -todo frialdad y humedad- sus geranios destrozados durante la guerra, los nervios de su cocinera destrozados; o Amelia Como se llame sirviendo tazas de té a las cinco en punto, una pequeña harpía obscena de burlona sonrisa lasciva; y los Toms y los Berties con sus pecheras almidonadas rezumando espesas gotas de vicio. Nunca lo vieron dibujar retratos de ellos, desnudos y haciendo bufonadas, en su libreta de apuntes. En la calle, los camiones pasaban rugiendo junto a él; la brutalidad berreaba en los carteles: hombres atrapados en las minas, mujeres abrasadas vivas. Y en cierta ocasión, una fila de locos mutilados, que alguien decidió sacar a hacer ejercicio o exhibirlos para divertir al populacho (que reía abiertamente), desfiló saludando y sonriendo al pasar junto a él, en Tottenham Court Road, cada uno de ellos medio disculpándose, aunque con aire triunfal, imponiéndole su desesperado destino. Y ¿acaso iba él a volverse loco?

            A la hora del té, Rezia le dijo que la hija de la señora Filmer esperaba un hijo. ¡Ella no podía hacerse vieja sin tener hijos! ¡Estaba muy sola, era muy desgraciada! Lloró por primera vez desde que se casaron. A lo lejos la oyó llorar; lo oyó con precisión, con claridad; lo comparó con las percusiones de un pistón. Pero no sintió nada.

            Su mujer lloraba y él no sentía nada. Sólo que, a cada sollozo, tan profundo, silencioso y desesperado, se hundía un paso más en el pozo.

            Finalmente, con un gesto melodramático que asumió mecánicamente y con perfecta conciencia de su insinceridad, dejó caer la cabeza entre las manos. Ya se había rendido.

Ahora eran los demás los que debían acudir en su ayuda. Había que llamar a la gente. Había cedido.

            No hubo manera de levantarlo. Rezia lo metió en la cama. Llamó a un médico, el doctor Holmes, el de la señora Filmer. El doctor Holmes lo examinó. No le pasaba nada, dijo el doctor Holmes. ¡Oh, qué alivio! ¡Qué hombre tan amable, qué hombre tan bueno! pensó Rezia. Cuando él se sentía así, dijo el doctor Holmes, se iba al music hall. Se tomaba un día libre, con su mujer, y se iba a jugar al golf. ¿Por qué no probar un par de pastillas de bromuro disueltas en un vaso de agua al acostarse? Estas viejas casas de Bloomsbury, dijo el doctor Holmes toqueteando la pared, a menudo tienen unos hermosos paneles de madera, y los caseros cometen la locura de empapelarlos. El otro día, sin ir más lejos, cuando iba a visitar a un paciente, Sir Fulano de Tal, en Bedford Square...

            Así pues, no había excusa; no le pasaba nada en absoluto, salvo el pecado por el que la naturaleza humana lo había condenado a muerte: que no sentía. No se había inmutado cuando Evans murió, eso era lo peor; pero todos los demás crímenes levantaban la cabeza, agitaban los dedos, gritaban y se burlaban, a los pies de la cama, a primeras horas de la madrugada, del postrado cuerpo que yacía consciente de su degradación; se había casado con su mujer sin amarla; le había mentido, la había seducido, había ultrajado a la señorita Pole, y estaba tan manchado y marcado de vicio que las mujeres se estremecían cuando lo veían en la calle. El veredicto de la naturaleza humana sobre semejante despojo era la muerte.

            El doctor Holmes volvió. Grande, lozano, apuesto, con sus botas relucientes, mirándose en el espejo, lo echó todo a un lado -migrañas, insomnio, temores, sueños-, sínto-mas de nervios y nada más, dijo. Si el doctor Holmes se veía tan sólo un cuarto de kilo por debajo de los setenta y dos kilos y medio, le pedía a su mujer otro plato de porridge para desayunar. (Rezia aprendería a hacer porridge.) Pero, prosiguió, la salud depende en buena medida de nuestro propio cuidado. Interésese por asuntos que escapen de lo habitual, búsquese algún hobby. Abrió el libro de Shakespeare, Antonio y Cleopatra, lo echó a un lado. Algún hobby, dijo el doctor Holmes, porque ¿acaso no debía su propia excelente salud (y eso que trabajaba tan duro como cualquiera en Londres) al hecho de que en cualquier momento podía olvidarse de sus pacientes y dedicarse a los muebles antiguos? Pero ¡qué preciosa peineta, si Vd. me lo permite, llevaba la señora de Warren Smith!

            Cuando el maldito idiota volvió, Septimus se negó a verlo. ¿De veras? preguntó el doctor Holmes, con una afable sonrisa. Por cierto que tuvo que darle un empujoncito amistoso a esta encantadora mujercita, la señora Smith, para poder pasar al dormitorio de su marido.

            -Así que estamos pasando por un bache, ¿no? -dijo afablemente, sentándose a la vera de su paciente. Por cierto que había hablado con su mujer de suicidarse. Una muchacha es-tupenda, la señora. Extranjera, ¿verdad? Y ¿no le iba a dar esto una extraña idea de cómo eran los esposos ingleses? ¿Acaso no tenía uno ciertos deberes para con su esposa? ¿No sería mejor hacer algo en lugar de quedarse en la cama? Porque tenía en su haber cuarenta años de experiencia, y Septimus podía confiar en su palabra: no le pasaba absolutamente nada. Y la próxima vez que viniera, esperaba encontrar al señor Smith levantado y no causándole preocupaciones a esa encantadora mujercita que era su esposa.

            En resumen, la naturaleza humana lo perseguía: el bruto repelente con las narices* sanguinarias. Holmes lo perseguía. El doctor Holmes venía a diario, con regularidad. Una vez que caes, escribió Septimus detrás de una postal, la naturaleza humana te persigue. Holmes te persigue. La única posibilidad que tenían era escaparse, sin que el doctor Holmes lo supiera; a Italia -a cualquier sitio, cualquiera, huyendo del doctor Holmes.

            Pero Rezia no entendía a Septimus. El doctor Holmes era un hombre muy amable. Se tomaba mucho interés con Septimus. Tenía cuatro niños pequeños y la había invitado a tomar el té, le dijo a Septimus.

            Así pues, lo habían abandonado. El mundo entero clamaba: Mátate, mátate, hazlo por nosotros. Pero ¿por que iba él a matarse por ellos? La comida era buena, el sol calentaba, y eso de suicidarse, ¿cómo se hacía? -¿con un cuchillo de mesa, feamente, con ríos de sangre?... ¿chupando el tubo del gas? Estaba demasiado débil, apenas si podía levantar la mano. Además, ahora que se encontraba tan solo, condenado, abandonado, como aquéllos que están a punto de morir en soledad, veía cierto lujo en ello, un aislamiento lleno de sublimidad, una libertad que las personas que tienen relaciones nunca podían llegar a conocer. Holmes había vencido, por supuesto; el bruto de las narices rojas había vencido. Pero ni el mismo Holmes podía tocar este último resquicio perdido en los confines del mundo, a este proscrito que echa-ba la vista atrás, hacia las regiones habitadas, que yacía, como un marinero ahogado, en la costa del mundo.

            Fue en ese preciso instante (Rezia se había ido de compras) cuando se produjo la gran revelación. Una voz que venía de detrás del biombo se dejó oír. Evans era el que hablaba. Los muertos estaban con él.

            -¡Evans, Evans! -gritó Septimus.

            El señor Smith estaba hablando solo, en voz alta, gritó la doncella, Agnes, a la señora Filmer que estaba en la cocina-. ¡Evans, Evans! -decía él cuando entraba con la bandeja. Dio un brinco, ¡vaya que sí! y bajó las escaleras a la carrera.

            Y Rezia entró, con sus flores, y cruzó la habitación, y puso las flores en un jarrón, sobre el cual el sol caía de lleno, y se echó a reír, dando brincos alrededor de la habitación.

            Tuvo que comprarle las rosas, dijo Rezia, a un pobre hombre de la calle. Pero casi estaban ya muertas, dijo, arreglándolas.

            Así que había un hombre ahí afuera; Evans seguramente; y las rosas que, según Rezia, estaban medio muertas, habían sido recogidas por él en los campos de Grecia. La comunica-ción es salud; la comunicación es felicidad. Comunicación, masculló.

            -¿Qué estás diciendo, Septimus? -preguntó Rezia aterrada, porque estaba hablando solo.

            Mandó a Agnes que fuera corriendo a por el doctor Holmes. Su marido, dijo, estaba loco. Apenas la conocía.            

            -¡Bruto! ¡Bruto! -gritó Septimus al ver la naturaleza humana, es decir, al doctor Holmes, entrar en la habitación.   

            -Pero ¿qué es todo esto? ¿Diciendo tonterías para asustar a su mujer? -dijo el doctor Holmes del modo más amigable que exista. Pero iba a darle algo para dormir. Y si tenían di-nero, dijo el doctor Holmes, mirando la habitación con ironía, no debían dudar en ir a Harley Street; si no confiaban en él, dijo el doctor Holmes, ya no tan amable como antes.   Eran exactamente las doce; las doce en el Big Ben, cuyas campanadas viajaron por toda la parte norte de Londres, se confundieron con las de otros relojes, se mezclaron sutilmente con las nubes y con el humo hasta morir en las alturas, entre las gaviotas -las doce daban cuando Clarissa Dalloway dejaba su vestido verde sobre la cama y los Warren Smith iban andando por Harley Street. Las doce era la hora de la cita que les habían dado. Probablemente, pensó Rezia, ésa era la casa de Sir William Bradshaw, con el automóvil gris en la puerta. (Los círculos de plomo se disolvieron en el aire.)

            Y por cierto que era el automóvil de Sir William Bradshaw: bajo, poderoso, gris y con simples iniciales entrelazadas en la chapa, como si la pompa de la heráldica fuese incon-gruente, ya que este hombre era la ayuda espectral, el sacerdote de la ciencia; y como el coche era gris, así también para armonizar con su sobria suavidad, había un montón de pieles grises y mantas gris plateado, para que la señora pudiese esperar sin pasar frío. Porque a menudo Sir William se desplazaba a noventa kilómetros o más, en pleno campo para visitar a los ricos, a los afligidos, que podían permitirse pagar los elevadísimos honorarios que Sir William muy apropiadamente cobraba por sus consejos. Lady Bradshaw esperaba con las pieles sobre las rodillas durante una hora o más, recostándose, algunas veces pensando en el paciente, y otras, cosa excusable, en el muro de oro que aumentaba minuto a minuto mientras esperaba; el muro de oro que aumentaba entre ellos y todas las penas y ansiedades (las había llevado con valor; habían tenido sus más y sus menos), hasta que se veía flotar en un manso océano donde sólo soplan brisas perfumadas; respetada, admirada, envidiada, sin apenas nada

más que desear, aunque lamentaba estar tan gruesa; grandes cenas todos los jueves para los colegas de profesión; de vez en cuando la inauguración de una tómbola benéfica; los saludos a la Realeza; demasiado escaso, por desgracia, el tiempo que pasaba con su marido, cuyo trabajo no paraba de aumentar; un hijo que estudiaba con éxito en Eton; también le hubiera gustado tener una hija. Y eso que no le faltaba tarea: fundaciones benéficas infantiles, cuidados permanentes para los epilépticos, y la fotografía, porque si había una iglesia en construcción o en franco deterioro, sobornaba al sacristán, conseguía la llave y tomaba fotografías, que apenas si podían distinguirse del trabajo de los profesionales. Todo ello mientras esperaba.

            Por su parte, Sir William Bradshaw ya no era joven. Había trabajado mucho; se había ganado su posición por pura y simple competencia (era hijo de un tendero); amaba su pro-fesión; era todo un personaje en los acontecimientos sociales, hablaba bien -todo lo cual le había dado un aspecto, para cuando le concedieron el título nobiliario, de pesadumbre y fatiga (el caudal de clientes era tan incesante y tan onerosos las responsabilidades y los privilegios de su profesión), una fatiga que, junto con sus canas, incrementó la extraordinaria distinción de su presencia y le confirió la reputación (sumamente importante cuando se atienden casos nerviosos), no sólo de fulminante destreza y de precisión casi infalible en el diagnóstico, sino también de simpatía, tacto, comprensión del alma humana. Lo vio en cuanto entraron en la habitación (se llamaban Warren Smith); estuvo seguro en el preciso instante en que vio al hombre: era un caso de extrema gravedad. Era un caso de total desmoronamiento, de total desmoronamiento físico y nervioso, con todos los síntomas en estado avanzado, según evaluó en dos o tres minutos (apuntando las respuestas a las preguntas, murmuradas discretamente, en una tarjeta rosa).

            ¿Cuánto tiempo llevaba el doctor Holmes ocupándose de él?

            Seis semanas.

            ¿Prescribió un poco de bromuro? ¿Dijo que no le pasaba nada? Sí, claro (¡estos médicos de cabecera! pensó Sir William. Pasaba la mitad de su tiempo enmendando sus desatinos. Algunos eran irreparables).

            -¿Se distinguió usted mucho en la Guerra?

            El paciente repitió la palabra -guerra- en tono interrogativo.

            Otorgaba significado a las palabras de tipo simbólico. Un grave síntoma que apuntar en la tarjeta.

-¿La Guerra? -preguntó el paciente. ¿La Guerra Europea?, ¿esa pequeña agarrada de colegiales con pólvora? ¿Que si se había distinguido? De verdad que lo había olvidado. En la Guerra propiamente dicha había fracasado.

            -Sí, prestó sus servicios con la máxima distinción -aseguró Rezia al doctor-; obtuvo un ascenso.

            -¿Y tienen el más alto concepto de usted en la oficina? -murmuró Sir William, echando una ojeada a la carta del señor Brewer, redactada en términos muy generosos-. ¿Así que no tiene nada de qué preocuparse, problemas económicos, nada?

            Había cometido un crimen horrendo y la naturaleza humana le había condenado a muerte.

            -He... He... -empezó- ...cometido un crimen...         

            -No ha hecho nada malo en absoluto -le aseguró Rezia al doctor. Si el señor Smith tenía la bondad de esperar, dijo Sir William, hablaría con la señora Smith en la habitación contigua. Su marido estaba muy gravemente enfermo, dijo Sir William. ¿Había amenazado con suicidarse?

            Oh, sí, sí, gritó ella. Pero no lo decía en serio, dijo. Por supuesto que no. Sólo era cuestión de reposo, dijo Sir William; de reposo, reposo y reposo; un largo reposo en cama. Había un encantador sanatorio allá en el campo donde atenderían perfectamente a su esposo. ¿Separado de ella? preguntó Rezia. Por desgracia, sí; las personas a quienes más apreciamos no nos convienen cuando estamos enfermos. Pero no estaba loco, ¿verdad? Sir William dijo que él nunca hablaba de «locura», sino que lo llamaba «carecer del sentido de la proporción». Pero a su marido no le gustaban los médicos. Se negaría a ir allí. En pocas palabras y con amabilidad, Sir William le explicó el estado de la cuestión. Había amenazado con suicidarse. No tenían alternativa. Era una cuestión legal. Estará en la cama en una casa grande, en el campo. Las enfermeras eran admirables. Sir William lo visitaría una vez por semana. Si la señora Warren Smith estaba segura de que no tenía más preguntas que hacer -él nunca metía prisa a sus pacientes- volverían junto a su marido. No tenía nada más que preguntar, por lo menos a Sir William.

            Así pues, regresaron junto al más digno elemento del género humano; el criminal enfrentado a sus jueces; la víctima abandonada a su suerte en las alturas; el fugitivo; el marinero ahogado; el poeta de la oda inmortal; el Señor que había ido de la vida a la muerte; regresaron junto a Septimus Warren Smith, sentado en el sillón bajo la luz cenital, la vista clavada en una fotografía de Lady Bradshaw con su vestido de Corte, mascullando mensajes sobre la belleza.

            -Hemos tenido nuestra pequeña charla -dijo Sir William.

            -Dice que estás muy enfermo -exclamó Rezia.          

            -Nos hemos puesto de acuerdo sobre la conveniencia de su ingreso en un sanatorio -dijo Sir William.

-¿Uno de esos sanatorios de Holmes? -preguntó Septimus con sorna.

            Aquel individuo causaba una impresión desagradable. Porque había en Sir William, que era hijo de un comerciante, un respeto natural hacia los modales y el vestir, que aquel de-saliño ofendía; y además, y con mayor profundidad, había en Sir William, que nunca había tenido tiempo para la lectura, un rencor hondamente arraigado en contra de la gente culta, que entraba en su consulta e insinuaba que los médicos, cuya profesión es una tensión constante sobre las más elevadas facultades, no son hombres cultos.

 

            -En uno de mis sanatorios, señor Warren Smith -dijo-, donde le enseñaremos a descansar.

Y una cosa más.

            Estaba convencido de que cuando el señor Warren Smith se encontraba bien, sería la última persona del mundo capaz de asustar a su mujer. Pero había hablado de suicidarse.

            -Todos tenemos nuestros momentos de depresión -dijo Sir William.

            Una vez que caes, repetía Septimus para sus adentros, la naturaleza humana se ceba en ti. Holmes y Bradshaw te persiguen. Peinan el desierto. Se lanzan gritando a la espesura salvaje. Te aplican el tormento del potro y las empulgueras. La naturaleza humana es implacable.

            -¿Le daban ataques alguna vez? -preguntó Sir William, con el lápiz sobre la cartulina rosa.

            Eso era asunto suyo, dijo Septimus.

            -Nadie vive sólo para sí -dijo Sir William, echando una mirada a la fotografía de su mujer en vestido de Corte.    

            -Y tiene usted una brillante carrera por delante -dijo Sir William. Ahí, sobre la mesa, estaba la carta del señor Brewer-. Una carrera excepcionalmente brillante.

            Pero, ¿y si confesaba? ¿Y si comunicara? ¿Le dejarían marchar entonces, Holmes, Bradshaw?

            -Yo... yo... -balbuceó.

Pero ¿cuál era su crimen? No lo recordaba.

            -¿Sí? -instó Sir William. (Pero se estaba haciendo tarde.)

            Amor, árboles, no existe el crimen... ¿cuál era su mensaje?

            No lo recordaba.

            -Yo... yo... -balbuceó Septimus.

            -Intente pensar en usted lo menos posible -dijo Sir William amablemente. Realmente, no estaba en condiciones de andar por ahí.

            ¿Había algo más que desearan preguntarle? Sir William se encargaría de todo (murmuró a Rezia) y le daría noticias entre las cinco y las seis de esa misma tarde.

            -Déjelo todo en mis manos -dijo, y se despidió de ellos.

            ¡Nunca, jamás Rezia había sufrido semejante angustia en su vida! ¡Había pedido ayuda y la habían abandonado! ¡Sir William Bradshaw los había traicionado! No era un buen hombre.

            Sólo el mantenimiento de ese coche debe costarle bastante dinero, dijo Septimus cuando salieron a la calle.

            Rezia se agarró a su brazo. Los habían abandonado.          Pero ¿qué más quería ella?

            A sus pacientes les concedía tres cuartos de hora; y, si en esta ciencia rigurosa que se ocupa de lo que, a fin de cuentas, no sabemos nada -el sistema nervioso, el cerebro humano-, el médico pierde su sentido de la proporción, fracasa en tanto que médico. Salud, debemos tenerla; y la salud es proporción; de tal manera, cuando un hombre entra en tu consulta diciendo que es Cristo (un delirio común) y que tiene un mensaje, como así suele ser, y amenaza, como a menudo ocurre, con suicidarse, invocas la proporción, mandas reposo en cama, reposo en soledad, silencio y reposo, reposo sin amigos, sin libros, sin mensajes; un reposo de seis meses; de modo que el hombre que entraba con cuarenta y siete kilos salía pesando setenta y seis.

            La proporción, proporción divina, la diosa de Sir William, la adquirió Sir William a base de patearse los hospitales, de pescar salmón, de tener un hijo de Lady Bradshaw en Harley Street, que también pescaba salmón y sacaba fotografías que apenas si podían distinguirse del trabajo de los profesionales. Gracias al culto que Sir William le rendía a la proporción, prosperaba no sólo él sino que hacía prosperar a Inglaterra, recluía a sus locos, prohibía la natalidad, penalizaba la desesperación, impedía que los ineptos propagasen sus opiniones hasta lograr que ellos también participaran de ese concepto suyo de la proporción -el suyo, tratándose de hombres, el de Lady Bradshaw si se trataba de mujeres (ella bordaba, hacía punto, pasaba cuatro de cada siete noches en casa con su hijo), de tal manera que no sólo lo respetaban sus colegas y lo temían sus subordinados, sino que los amigos y conocidos de sus pacientes le estaban profundamente agradecidos por insistir en que estos proféticos Cristos y Cristas, que vaticinaban el fin del mundo o el advenimiento de Dios, debían beber leche en la cama, tal y como mandaba Sir William. Sir William, con sus treinta años de experiencia en esta clase de casos, y su instinto infalible: esto es locura, aquello cordura; su concepto de la proporción.

 

            Pero la Proporción tiene una hermana, menos sonriente, más formidable, una Diosa que incluso ahora está entregada -en el calor y las arenas de la India, en el barro y fango de África, en los alrededores de Londres, dondequiera que, en pocas palabras, el clima o el diablo tiente a los hombres a apartarse de este credo verdadero que es el de esta Diosaque incluso ahora está entregada a derribar tronos, a destrozar ídolos, y colocar en lugar de éstos su propio severo semblante. Se llama Conversión y se ceba en la voluntad de los débiles, ya que le gusta impresionar, imponer, adorar Sus propios rasgos, estampados en las caras del populacho. En Hyde Park Corner, subida en un barril, se dedica a predicar; se viste con un sudario blanco y camina como un penitente disfrazada de amor fraterno, por fábricas y parlamentos; ofrece ayuda, pero desea poder; aparta brutalmente de Su camino a los disidentes y a los insatisfechos; otorga Sus bendiciones a aquéllos que, mirando a lo alto, sumisamente captan de Sus ojos la luz que les pertenece. Esta señora también (Rezia Warren Smith lo había adivinado) moraba en el corazón de Sir William, aunque oculta, como suele estarlo, bajo algún disfraz plausible, bajo algún nombre venerable: amor, deber, sacrificio. Cómo trabajaba Sir William, cuánto se esforzaba en recaudar fondos, propagar reformas, crear instituciones. Pero la conversión, Diosa exigente, prefiere la sangre a los ladrillos, y se ceba de lo más sutilmente en la voluntad humana. Lady Bradshaw, por ejemplo. Hace quince años estuvo a su merced. No era nada tangible; no se había producido ninguna escena, ninguna ruptura; solamente el lento hundimiento de su voluntad, como anegada de agua, en la de su marido. Dulce era su sonrisa, rápida su sumisión; la cena en Harley Street, de ocho a nueve platos, con diez o quince invitados de profesiones liberales, era suave y civilizada. Sólo que a medida que la velada avanzaba, un levísimo aburrimiento, o quizá incomodidad, un tic nervioso, una vacilación, un tropiezo y una especie de confusión indicaban -lo cual era verdaderamente doloroso de creer- que la pobre señora mentía. Hubo una época, hace tiempo, en que Lady Bradshaw pescaba el salmón libremente, ahora, rauda en servir las ansias de dominio y de poder que de forma tan servil iluminaban los ojos de su marido, se encogía, se empequeñecía, se recortaba, retrocedía, miraba a hurtadillas, de modo que, sin saber exactamente qué era lo que hacía la velada desagradable y causaba esta presión en la cabeza (que bien podía imputarse a la conversación profesional o también a la fatiga de un gran médico cuya vida, según decía Lady Bradshaw, «no le pertenece a él, sino a sus pacientes»), resultaba verdaderamente desagradable y por ello los invitados, cuando el reloj daba las diez, respiraban el aire de Harley Street incluso con alivio, un alivio que les negaba a sus pacientes.

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