La señora Dalloway ( cont 7)

            Ahí en la habitación gris, con los cuadros en la pared y el valioso mobiliario, bajo la claraboya de vidrio esmerilado, tomaban plena conciencia de la gravedad de sus transgresio-nes: encogidos en los sillones, miraban cómo, en beneficio suyo llevaba a cabo una curiosa gimnasia con los brazos, extendiéndolos y recogiéndolos bruscamente hacia las caderas, para demostrar (si el paciente era obstinado) que Sir William era dueño de sus propios actos, cosa que el paciente no era. En este punto los más débiles se derrumbaban, sollozaban, se rendían; otros, animados por Dios sabe qué locura, llamaban condenado farsante a Sir William, en su propia cara; ponían en tela de juicio, con más atrevimiento si cabe, a la vida misma. ¿Por qué vivir?, preguntaban. Sir William contestaba que la vida era buena. Sin duda Lady Bradshaw con sus plumas de avestruz colgaba encima de la repisa de la chimenea, y en cuanto a los ingresos de su marido, pasaban de las doce mil al año. Pero con nosotros, protestaban, la vida no ha sido tan espléndida. Estaba de acuerdo. Carecían del sentido de la proporción. ¿Y si después de todo no hubiera Dios? Se encogía de hombros. En resumen, vivir o dejar de vivir ¿es asunto nuestro? Pero estaban equivocados. Sir William tenía un amigo en Surrey donde enseñaban lo que Sir William reconocía como un difícil arte: el sentido de la proporción. Allí había, además, afecto familiar, honor, valentía, y una brillante carrera. Todas estas cosas tenían en Sir William Bradshaw un seguro defensor. Si fallaban, le quedaba el amparo de la policía y del bien de la sociedad que, según recalcaba con gran serenidad, se encargarían allá en Surrey de que esos impulsos asociales, nacidos sobre todo de la falta de buena sangre, fueran mantenidos bajo control. Y entonces salía de su escondrijo y montaba en su trono esa Diosa, cuya pasión consistía en aplastar toda oposición, en estampar indeleblemente su imagen en los santuarios de los demás. Desnudos, indefensos, los exhaustos, los carentes de amigos recibían la impronta de la voluntad de Sir William. Atacaba, devoraba. Encerraba a la gente. Era esta mezcla de decisión y de humanidad la que atraía hacia Sir William el aprecio de los familiares de sus víctimas.

            Pero Rezia Warren Smith gritaba, caminando por Harley Street, que no le gustaba ese hombre.

            Cortando y rebanando, dividiendo y subdividiendo, los relojes de Harley Street mordisqueaban el día de junio, aconsejaban sumisión, apoyaban la autoridad y señalaban a coro las supremas ventajas del sentido de la proporción, hasta que el montículo del tiempo quedó tan mermado que un reloj comercial, colgado sobre una tienda de Oxford Street anunció, alegre y fraternal, como si fuese un placer para los señores Rigby y Lowndes dar información gratis, que era la una y media.

            Si se miraba hacia arriba, se daba uno cuenta de que cada letra de sus apellidos sustituía a cada una de las horas; inconscientemente, uno quedaba agradecido a Rigby y Lowndes por darle a uno la hora ratificada por Greenwich. Y esta gratitud (así cavilaba Hugh Whitbread, detenido ante el escaparate de la tienda), más tarde llevaba, con naturalidad, a comprar en Rigby y Lowndes calcetines o zapatos. Así cavilaba. Era su costumbre. No profundizaba. Rozaba superficies; las lenguas muertas, las vivas, la vida en Constantinopla, París, Roma; montar a caballo, tiro al blanco, jugar al tenis, eso fue en otros tiempos. Las malas lenguas afirmaban que ahora montaba guardia en el palacio de Buckingham, con medias de seda y librea de calza corta, si bien nadie sabía qué es lo que guardaba. Pero lo hacía con extremada eficiencia. Llevaba cincuenta y cinco años navegando con la crema de la sociedad inglesa. Había conocido a Primeros Ministros. Se estimaba que sus afectos eran profundos. Y si bien era cierto que no había participado en ninguno de los grandes movimientos del momento ni ocupado ningún puesto importante, también lo era que se debían a él una o dos humildes reformas: una, la mejora de los albergues de beneficencia; otra, la protección de los búhos en Norfolk; las muchachas del servicio tenían motivos para estarle agradecido; y su nombre al pie de las cartas al Times, pidiendo fondos, haciendo llamamientos al público para proteger, conservar, limpiar la basura de las calles, eliminar humos y acabar con la inmoralidad en los parques, imponía respeto.

            Y menudo porte que tenía, detenido allí un momento (mientras el sonido de la media hora se desvanecía) a mirar, con aire crítico y magistral, calcetines y zapatos; impecable, rotundo, como si contemplase el mundo desde la altura y sus ropas fuesen acordes con ello; pero también se daba cuenta de la obligaciones que la grandeza, la riqueza y la salud con-llevan, y seguía puntillosamente, incluso cuando no era absolutamente necesario, las pequeñas cortesías, las trasnochadas ceremonias, que daban a su carácter un toque especial, algo a imitar, algo por lo que recordarlo, porque nunca iría a almorzar -por ejemplo-, con Lady Bruton, a quien conocía desde hacía veinte años, sin llevarle en la mano un ramo de claveles, y sin preguntarle a la señorita Brush, secretaria de Lady Bruton, por su hermano de Sudáfrica, cosa que, por alguna razón, molestaba sobremanera a la señorita Brush, carente como era de cualquier encanto femenino, porque respondía: «Gracias, le van muy bien las cosas en Sudáfrica», cuando en realidad estaba en Portsmouth y le iba muy mal desde hacía seis años.

            Por su parte, Lady Bruton prefería a Richard Dalloway, que llegó al mismo tiempo. En efecto, coincidieron en el portal.

            Lady Bruton prefería a Richard Dalloway, por supuesto. Estaba hecho de material más fino. Pero no les habría permitido avasallar a su pobrecito Hugh. Nunca olvidaría su ama-bilidad -de verdad que había sido especialmente amable-, aun cuando no recordaba exactamente en qué ocasión. Pero sí, especialmente amable. De todos modos, la diferencia en-tre uno y otro hombre no es mucha. Ella nunca le había encontrado sentido al hecho de despedazar a la gente, como hacía Clarissa Dalloway, despedazarla y volver a pegar los pe-dazos; al menos no cuando una tenía sesenta y dos años. Recibió los claveles de Hugh con su sonrisa triste y dura. No iba a venir nadie más, dijo. Los había engañado con esta invitación para que la ayudaran a resolver una dificultad...

            -Pero vamos a comer primero -dijo.

            Y así, con batiente de puertas, empezó un exquisito vaivén silencioso de doncellas con delantales y cofias blancas, doncellas no por necesidad sino porque forman parte del misterio o mejor del gran engaño que las damas de Mayfair practican de una y media a dos cuando, con un gesto de la mano, cesa el tráfico y surge en su lugar esta profunda mentira, la comida en primer lugar, que nadie paga; y luego la mesa que parece cubrirse como por voluntad propia de vidrio y de plata, de manteles individuales, de cuencos de fruta roja, de filetes de rodaballo cubiertos de salsa oscura, de pollos troceados nadando en sus cazuelas; el fuego arde todo color y fiesta y con el vino y el café (que nadie ha pagado) nacen visiones alegres en ojos preocupados; ojos ante los que ahora la vida es musical y misteriosa; ojos encendidos ahora para observar animados los claveles rojos que Lady Bruton (cuyos gestos eran siempre duros) había depositado junto a su plato, de forma que Hugh Whitbread, en paz con el universo entero y al mismo tiempo completamente seguro de su categoría, dejó su tenedor y dijo:

            -¿No crees que resultarían encantadores sobre tu encaje?

            A la señorita Brush le molestaba intensamente esta familiaridad. Lo consideraba un maleducado, cosa que hacía reír a Lady Bruton.

            Lady Bruton cogió los claveles y los sujetó de manera un tanto rígida, un ademán parecido al del General que sostenía el rollo de pergamino en el cuadro detrás de ella. Se quedó inmóvil, en trance. ¿Qué era ella, ahora, la bisnieta del General? ¿La tataranieta? se preguntó Richard Dalloway. Sir Roderick, Sir Miles, Sir Talbot... eso era. Era impresionante cómo conservaban el parecido las mujeres de esa familia. Ella misma debería de haber sido general de los Dragones. Richard hubiera servido a sus órdenes con ilusión; le profesaba el máximo respeto; le encantaban esas ideas románticas sobre las viejas señoras de buen porte, de buena cuna, y le habría gustado, con su buen talante de siempre, traerse a algunos jóvenes exaltados que conocía, para almorzar con ella, ¡como si un elemento como ella pudiera haberse criado entre gente exaltada de ese tipo que pasan el tiempo tomando té! Conocía bien la tierra de Lady Bruton; conocía a su gente.

Había una parra, que todavía daba fruta, bajo la cual Lovelace, o Herrick, uno u otro -ella nunca leía una palabra de poesía, pero así iba la historia- se había sentado. Mejor esperar un poco antes de plantearles la cuestión que la tenía preocupada (sobre si apelar al público o no y, en caso afirmativo, en qué términos, etcétera), mejor esperar hasta que se hayan tomado el café, pensó Lady Bruton; y dejó los claveles junto a su plato.

            -¿Cómo está Clarissa? -preguntó bruscamente.        

            Clarissa siempre decía que Lady Bruton no la apreciaba. Es más, Lady Bruton tenía fama de interesarse más por la política que por las personas; fama de hablar como un hombre; de haber tenido algo que ver con un turbio asunto en los años ochenta, que empezaba a mencionarse ahora en algunas Memorias. Ciertamente, en su sala de estar había una alcoba donde se encontraba una mesa, encima de la cual se encontraba una fotografía del General Talbot Moore, hoy fallecido, quien había escrito allí (una noche, en los años ochenta) en presencia de Lady Bruton, con su conocimiento, quizá consejo, un telegrama dando la orden de avanzar a las tropas británicas, en una ocasión histórica. (Conservaba la pluma y contaba la historia.) Así, cuando decía en su tono casual «¿Cómo está Clarissa?», los maridos tenían grandes dificultades para convencer a sus esposas, e incluso, por fieles que fueran, ellos mismos lo ponían secretamente en duda, del interés de Lady Bruton por las mujeres que frecuentemente interferían en la vida de sus maridos, les impedían aceptar destinos en el extranjero, y a las que había que llevar a la costa, en pleno período de sesiones, para cuidarse la gripe. A pesar de ello, su pregunta «¿Cómo está Clarissa?», la reconocían siempre las mujeres como una señal de buena voluntad, de una compañera casi callada cuyas expresiones (quizá media docena en toda una vida) reconocían cierta camaradería femenina que discurría por debajo de los almuerzos masculinos y unía a Lady Bruton y a la señora Dalloway, que rara vez se veían, y que daban la impresión, cuando en efecto llegaban a verse, de indiferencia y aun de hostilidad, en un singular vínculo.

            -Me encontré a Clarissa en el parque esta mañana -dijo Hugh Whitbread, metiendo la cuchara en la cazuela, ansioso de hacer este pequeño alarde, porque le bastaba llegar a Lon-dres para encontrarse a todo el mundo a la vez; pero lo dijo con codicia, era el hombre más codicioso que había conocido nunca, pensó Milly Brush, que observaba a los hombres con implacable rectitud, y era capaz de eterna devoción, sobre todo a las de su propio sexo, ya que era nudosa, seca, angular, y totalmente desprovista de encanto femenino.

            -¿Sabéis quién está en la ciudad? -preguntó Lady Bruton, acordándose de repente-. Nuestro viejo amigo, Peter Walsh.

            Todos sonrieron. ¡Peter Walsh! Dalloway se ha alegrado sinceramente, pensó Milly Brush; y Whitbread sólo pensaba en su pollo.

            ¡Peter Walsh! Los tres -Lady Bruton, Hugh Whitbread y Richard Dalloway- se acordaron de lo mismo: lo apasionadamente que Peter había estado enamorado, cómo había sido rechazado, cómo se había marchado a la India, el fracaso que había sufrido, el lío que había formado con su vida; y Richard Dalloway le tenía un grandísimo aprecio a su querido y viejo amigo. Milly Brush se dio cuenta de eso; vio cierta profundidad en el color de los ojos castaños de Richard; lo vio dudar, pensar, lo que te interesó, pues Dalloway siempre la interesaba, porque ¿qué estaría pensando -se preguntaba- de Peter Walsh?

            Que Peter Walsh había estado enamorado de Clarissa; que iba a volver directamente a casa después del almuerzo para ver a Clarissa; que le diría, con estas palabras, que la amaba. Sí, eso iba a decirle.

            Milly Brush hubiera podido enamorarse, alguna vez, de estos silencios; y Dalloway era una persona de quien siempre podías fiarte, y tan caballeroso además. Ahora, a sus cuarenta años, Lady Bruton no tenía más que hacer un gesto con la cabeza, o girarla un poco bruscamente para que Milly Brush captase la seña, por muy profundamente sumergida que estuviera en sus reflexiones de espíritu libre, de alma incorrupta a la que la vida no podía engañar, porque la vida no la había dotado de nada que tuviese el más mínimo valor: ni un rizo, sonrisa, labio, mejilla, nariz; nada en absoluto. Lady Bruton no tenía más que mover la cabeza, y Perkins recibía la orden de apresurarse a servir el café.

            -Sí, Peter Walsh ha vuelto -dijo Lady Bruton. Era algo vagamente halagador para todos. Había vuelto, maltratado, fracasado, a sus costas seguras. Pero ayudarlo, reflexionaron, era imposible: algo fallaba en su carácter. Hugh Whitbread dijo que uno sin duda podía mencionar su nombre a Fulanito de Tal. Frunció el ceño con aire lúgubre, consecuentemente, ante la idea de las cartas que tendría que escribir a los jefes de despachos gubernamentales respecto de «mi viejo amigo Peter Walsh», y demás. Pero no serviría de nada -nada defini-tivo-, por culpa de su carácter.

            -Problemas con una mujer -dijo Lady Bruton. Todos habían intuido que eso era lo que había en el fondo del asunto.      -Sin embargo -dijo Lady Bruton, ansiando dejar el tema-, oiremos la historia completa de boca del propio Peter.

            (El café tardaba mucho en llegar.)

            -¿Las señas? -murmuró Hugh Whitbread. E inmediatamente se produjo un fino oleaje en la marea gris del servicio que hervía alrededor de Lady Bruton día sí, día no, recogiéndola, interceptándola, envolviéndola en un fino tejido que rompía los golpes, mitigaba las interrupciones, y extendía por toda la casa de Brook Street una fina retícula donde las cosas quedaban alojadas para ser recogidas con precisión, instantáneamente, por el canoso Perkins, que llevaba treinta años con Lady Bruton y que en ese momento anotaba las señas; se las entregó a Hugh Whitbread, que sacó su libreta, alzó las cejas y, deslizándolas entre documentos de la mayor importancia, dijo que le diría a Evelyn que lo invitara a almorzar.

            (Estaban esperando a que el señor Whitbread terminara para servir el café.)

            Hugh era muy lento, pensó Lady Bruton. Estaba engordando, observó. Richard siempre mantenía su mejor forma. Se estaba impacientando; todo su ser, estaba preparándose -de forma tajante, innegable, dominante-, dejando de lado todas estas preocupaciones innecesarias (Peter Walsh y sus líos), para abordar este asunto que acaparaba su atención, y no sólo su atención, sino esa fibra que constituía su alma, esta parte esencial de su ser sin la cual Millicent Bruton no sería Millicent Bruton: ese proyecto de organizar la emigración al Canadá de jóvenes de ambos sexos, de familias respetables, y asentarlos con buenas posibilidades de prosperar. Exageraba. Quizá hubiese perdido su sentido de la proporción. La emigración no era, para los demás, el remedio evidente, la idea sublime. Para ellos no suponía (para Hugh, ni para Richard, ni siquiera para la fiel señorita Brush) la liberación del intenso egotismo que una mujer fuerte, marcial, bien alimentada, de buena cuna, de impulsos directos, sentimientos rectos y con poca capacidad de introspección (abierta y sencilla: ¿por qué no podía ser todo el mundo abierto y sencillo?, se preguntaba), siente bullir en su interior, pasada ya la juventud, y que tiene que concentrar sobre algún objeto: puede ser la Emigración, la Emancipación; pero sea lo que fuere, este objeto alrededor del cual la esencia de su alma se derrama a diario se vuelve inevitablemente prismático, reluciente, medio espejo, medio piedra preciosa; a veces cuidadosamente oculto para evitar las burlas de la gente, otras orgullosamente expuesto. En pocas palabras, la Emigración se había convertido, en gran parte, en Lady Bruton.

            Pero tenía que escribir. Y una carta al Times, solía decirle a la señorita Brush, le costaba más que organizar una expedición a Sudáfrica (lo cual había hecho durante la guerra). Después de una mañana batallando, a base de empezar, romper el papel, volver a empezar, solía sentir la futilidad de su condición femenina como en ninguna otra ocasión y recurría con agradecimiento al recuerdo de Hugh Whitbread, que poseía -nadie podía dudarlo- el arte de escribir cartas al Times.

            Un ser tan diferente a ella, con tal dominio del lenguaje, capaz de presentar las cosas tal y como a los editores les gustaba verlas presentadas; tenía pasiones que no se podían cali-ficar simplemente de codicia. Lady Bruton a menudo reservaba su juicio sobre los hombres en deferencia a esa misteriosa concordia que ellos, pero no las mujeres, mantenían con las leyes del universo. Sabían cómo presentar las cosas, sabían lo que se decía; por eso, si Richard la aconsejaba y Hugh escribía la carta, estaba segura de no equivocarse. Así

pues, dejó que Hugh se comiera el soufflé, se interesó por la pobre Evelyn, esperó hasta que estuvieron fumando y entonces dijo:

            -Milly, ¿te importaría ir a buscar los papeles?

            La señorita Brush salió, volvió, puso unos papeles sobre la mesa, y Hugh sacó su pluma estilográfica, su estilográfica de plata, que llevaba cumplidos veinte años de servicio, dijo desenroscando el capuchón. Estaba en perfecto estado; se la había enseñado a los fabricantes: no había razón, dijeron, por la que tuviera que estropearse; lo cual decía mucho en favor de Hugh y de los sentimientos que su pluma expresaba (así lo entendió Richard), mientras Hugh empezó a escribir cuidadosamente letras mayúsculas con un círculo alrededor, en el margen, reduciendo así, maravillosamente, el desbarajuste de Lady Bruton a la sensatez, a la gramática que el editor del Times, pensó Lady Bruton a la vista de tan maravillosa transformación, debía respetar. Hugh era lento. Hugh era pertinaz. Richard decía que era preciso correr riesgos. Hugh proponía modificaciones en deferencia a los sentimientos de la gente, que -dijo, un tanto cáustico ante las risas de Richard«debían ser considerados», y leyó en voz alta «cómo, en consecuencia opinamos que el momento oportuno ha llegado ... la superflua juventud de nuestra población en constante crecimiento ... lo que debemos a los caídos ... », frases que Richard consideraba paja y tonterías, pero inofensivas sin duda y Hugh siguió trazando sentimientos por orden alfabético, de la mayor nobleza, sacudiendo de su chaleco la ceniza del puro, repasando de vez en cuando todo lo que habían progresado hasta que, finalmente, leyó en alto el borrador de una carta que -Lady Bruton estaba segura- era una obra de arte. ¿Era posible que sus propias ideas sonaran así?

Hugh no garantizaba que el editor fuese a publicarla, pero iba a almorzar con cierta persona.

            A lo que Lady Bruton, que rara vez prodigaba gestos garbosos, se metió todos los claveles de Hugh en el escote y, abriendo los brazos de par en par, lo llamó «¡Mi Primer Mi-nistro!» No sabía qué habría hecho sin ellos dos. Se levantaron. Y Richard Dalloway se acercó como de costumbre, a echar un vistazo al retrato del General, porque tenía la intención, en cuanto tuviera un rato libre, de escribir la historia de la familia de Lady Bruton.

            Y Millicent Bruton estaba muy orgullosa de su familia. Pero podía esperar, podía esperar, dijo, mirando el cuadro. Con ello quería decir que su familia, de militares, adminis-tradores, almirantes, habían sido hombres de acción que cumplieron con su deber; y el primer deber de Richard era su país, pero sin duda que era un rostro interesante, dijo ella; y todos los papeles estaban a disposición de Richard en Aldmixton, en cuanto llegara el momento; el gobierno laborista , quería decir. «¡Ah, las noticias de la India!», gritó.

            Y entonces, mientras estaban de pie en el vestíbulo cogiendo los guantes amarillos del cuenco que estaba sobre la mesa de malaquita y Hugh le ofrecía a la señorita Brush, con una más que innecesaria cortesía, alguna entrada de teatro que él no iba a usar o algún que otro obsequio, cosa que ella odiaba desde lo más hondo de su corazón, la hacía enrojecerse vivamente, Richard se volvió hacia Lady Bruton, con el sombrero en la mano, y dijo:

            -¿Te veremos en nuestra fiesta esta noche? -ante lo que Lady Bruton recobró la magnificencia que la redacción de la carta le había echado por tierra. Puede ser que vaya, y puede que no. Clarissa tenía una energía maravillosa. Las fiestas aterrorizaban a Lady Bruton. Por otra parte, se estaba haciendo vieja. Eso dejaba entender, en pie ante la puerta, guapa, muy erguida, mientras su chow-chow se estiraba tras ella y la señorita Brush desaparecía entre bastidores con las manos llenas de papeles.

            Y Lady Bruton subió, lenta y majestuosa a su habitación, se tumbó, con el brazo apoyado en el sofá. Suspiró, dio un ronquido, no es que estuviera dormida, sólo abotargada y pesada, como un campo de tréboles al sol de este cálido día de verano, con las abejas zumbando aquí y allá, v las mariposas amarillas. Siempre volvía a esos campos de Devonshire, donde había saltado por los arroyos con Patty, su pony, con Mortimer y Tom, sus hermanos. Y había perros, y había ratas, y su padre y su madre, en el césped bajo los árboles, con el servicio de té, y los arriates de dalias, las malvarrosas, la grama; y ellos, pequeños monstruos, ¡siempre inventando maldades!, volviendo a escondidas por entre los arbustos para que no los vieran, todos pringados de barro, después de hacer alguna barrabasada. Y ¡las cosas que solía decir la niñera a la vista de sus vestidos!

            ¡Ay! cómo se acordaba... Era miércoles en Brook Street. Y aquellos tipos tan amables, Richard Dalloway, Hugh Whitbread habían salido con este calor a la calle, cuyo ruido llegaba hasta ella, tumbada en el sofá. Tenía poder, posición social y dinero. Había vivido en la vanguardia de su tiempo. Había tenido buenos amigos; había conocido a los hombres más capaces de su época. El murmullo de Londres subía hasta ella, y su mano, descansando en el respaldo del sofá, se cerró sobre un bastón de mando imaginario, como el que sus antepasados hubieran podido blandir, y con el bastón parecía, aun abotargada y pesada, que mandara batallones en marcha hacia Canadá, y a estos buenos hombres que caminaban por Londres, ese territorio suyo, ese trocito de alfombra, Mayfair.

            Se alejaban de ella más y más, unidos a ella por un hilo fino (ya que habían almorzado con ella) que iba estirándose y estirándose, volviéndose cada vez más fino a medida que iban caminando por Londres; como si tus amigos quedaran unidos a tu cuerpo después de haber almorzado con ellos, unidos por un hilo fino que (se estaba adormeciendo) se volvía difuso con el sonido de las campanas dando la hora o llamando a misa, como el hilo único de una araña que se manchara de gotas de lluvia y, lastrado, termina cediendo. Así se quedó dormida.

            Richard Dalloway y Hugh Whitbread dudaron al llegar a la esquina de Conduit Street, en el preciso instante que Millicent Bruton, tumbada en el sofá, dejaba que el hilo se rompiera: empezó a roncar. Vientos contrarios chocaban en la esquina. Se quedaron mirando un escaparate; no deseaban comprar o hablar, sino separarse, sólo que, con vientos contrarios chocando en la esquina, con esa especie de lapso de las mareas del cuerpo, mañana y tarde, dos fuerzas cuyo encuentro forma un remolino, hicieron una pausa. Un cartel de periódico voló por los aires, con elegancia, como una cometa al principio, luego se detuvo, giró, vibró. Un velo de señora quedó colgando. Los toldos amarillos temblaban. La velocidad del tráfico matutino se atenuaba, y algunas carretas aisladas traqueteaban despreocupadas por unas calles medio vacías. En Norfolk, cuyo recuerdo medio volvía a la memoria de Richard, un suave y tibio viento echaba los pétalos hacia atrás, llenaba las aguas de confusión, ondulaba las hierbas en flor. Los segadores, que se habían tumbado a dormir bajo unos setos para descansar la dura tarea de la mañana, abrieron cortinas de hojas verdes, apartaron temblorosas bolas de perifollo para ver el cielo: el cielo estival, azul, diáfano y ardiente.

            Consciente de estar mirando una jarra jacobina de doble asa, y de que Hugh Whitbread admiraba con condescendencia, dándoselas de entendido, un collar español cuyo precio pensó en preguntar, por si le gustara a Evelyn, Richard seguía aletargado; era incapaz de pensar o de moverse. La vida había echado allí aquellos pecios: escaparates llenos de bara-tijas multicolores, y uno se quedaba de pie, paralizado, con el letargo de los viejos, mirando. Puede que Evelyn Whitbread quisiera comprar ese collar español -pudiera ser. Tenía que bostezar. Hugh iba a entrar en la tienda.

            -¡Buena idea! -dijo Richard, siguiéndole.

            Dios sabe que no quería andar comprando collares con Hugh. Pero hay mareas en el cuerpo. La mañana se junta con la tarde. Transportado como si fuera una frágil chalupa en aguas profundas, muy profundas, el bisabuelo de Lady Bruton y sus memorias y también sus campañas en América del Norte naufragaron y se hundieron. Y Millicent Bruton también. Se hundió. A Richard le importaba un bledo lo que pasara con la Emigración, con aquella carta, si el editor la publicaba o no. El collar extendido colgaba de los admirables dedos de Hugh. Que se lo diera a una chica, si es que tiene que comprar joyas, a cualquier chica, cualquiera que pasara por la calle. Porque la inutilidad de esta vida impresionaba a Richard con fuerza: comprar collares para Evelyn. Si hubiera tenido un niño, habría dicho: Trabaja, trabaja. Pero tenía a su Elizabeth: adoraba a su Elizabeth.

            -Me gustaría ver al señor Dubonnet -dijo Hugh con su tono seco y mundano. Resultaba que ese tal Dubonnet tenía las medidas del cuello de la señora Whitbread o, lo que era más extraño aún, conocía sus gustos en cuanto a joyería española y el número de piezas que poseía en esa línea (Hugh no lo recordaba). Todo ello le parecía tremendamente extraño a Richard Dalloway. Porque él nunca le hacía regalos a Clarissa, salvo una pulsera hace dos o tres años, y no había tenido mucho éxito. Ella nunca se la ponía. Le dolía acordarse de que nunca se la ponía. Entonces, como el hilo de una araña que, después de oscilar aquí y allá, se engancha a una hoja, la mente de Richard, saliendo de su letargo, se fijó ahora en su esposa, Clarissa, a la que Peter Walsh había amado tan apasionadamente; y Richard había tenido de repente una visión de ella ahí, en el almuerzo; de él mismo con Clarissa; de su vida juntos; y entonces se acercó la bandeja de joyas viejas y, tomando primero un broche, luego un anillo, preguntó ¿cuánto vale esto?», pero dudaba de su propio buen gusto. Quería abrir la puerta del cuarto de estar y entrar ofreciendo algo: un regalo para Clarissa. Pero... ¿qué? Hugh volvía a estar de pie. Era inefablemente pomposo. Francamente, después de treinta y cinco años comprando en esa tienda, no iba a tolerar que lo despachara un simple muchacho que no sabía lo que hacía. Porque Dubonnet, según parecía, había salido, y Hugh no pensaba comprar nada hasta que el señor Dubonnet se dignara aparecer; a lo que el joven se sonrojó y se inclinó con la cortesía habitual. Todo era perfectamente correcto. Sin embargo, Richard hubiera sido incapaz de decir eso, ¡ni aunque le fuera la vida en ello! Por qué esta gente aguantaba esa maldita insolencia, no le entraba en la cabeza. Hugh se estaba convirtiendo en un asno insufrible. Richard Dalloway no podía soportar sus modales más de una hora. Y levantando el sombrero hongo a modo de despedida, Richard dobló la esquina de Conduit Street; deseoso, sí, muy deseoso de recoger ese hilo de araña que lo unía a Clarissa. Iba a ir directo a ella, a Westminster.

            Pero quería volver con algo entre las manos. ¿Flores? Sí, flores, porque no se fiaba de su gusto para el oro; cualquier tipo de flores, rosas, orquídeas, para celebrar lo que era, se viera como se viera, un acontecimiento; aquello que sintió por Clarissa cuando hablaban de Peter Walsh en el almuerzo; y es que nunca hablaban de ello, nunca, desde hacía años, habían hablado de ello; cosa que, pensó, agarrando sus rosas rojas y blancas (un ramo grande envuelto en papel de seda), es el mayor error del mundo. Llega el momento en que no se puede decir; uno es demasiado tímido para decirlo, pensó, manoseando sus seis o doce peniques sueltos en el bolsillo, emprendiendo el camino hacia Westminster con su gran ramo de rosas pegado al cuerpo, para decir sencillamente, con estas palabras (pensara lo que pensara de él), entregándole las flores: «Te quiero.» ¿Por qué no? Realmente era un milagro, si pensábamos en la guerra y en los miles de pobres muchachos, con toda la vida por delante, enterrados a tropel, medio olvidados ya; era un milagro. Aquí estaba él caminando por Londres para ir a decirle a Clarissa, con estas palabras, que la quería. Algo que no se dice nunca, pensó. En parte, es por pereza; en parte, es por timidez. En cuanto a Clarissa, era difícil pensar en ella; salvo en prontos de memoria, como en el almuerzo, cuando la vio con toda claridad; toda su vida juntos. Se detuvo en el cruce; y lo repitió -porque era sencillo por naturaleza, y formal, porque se había dedicado a la naturaleza y a la caza; porque era pertinaz y tozudo, porque había sido el defensor de los pisoteados y había seguido su instinto en la Cámara de los Comunes; porque se había mantenido en su sencillez, aunque a la vez se hubiera vuelto un poco callado, un tanto rígido- Richard repitió que era un milagro que se hubiera casado con Clarissa. Un milagro, su vida había sido un milagro, pensó, dudando si cruzar o no. Le hervía la sangre de ver a estas criaturillas de cinco o seis años cruzando la calle solas, en pleno Piccadilly. La policía debería de haber parado el tráfico enseguida. No se hacía ilusiones sobre la policía de Londres. En realidad, estaba reuniendo pruebas sobre sus deficiencias. Y aquellos vendedores ambulantes, a quienes se prohibía que montaran sus tenderetes en la calle; y las prostitutas, Dios Santo, ellas no tenían la culpa, ni tampoco los jóvenes, sino nuestro detestable sistema social, etcétera; y eso era lo que pensaba, se veía que lo pensaba, mientras gris, tozudo, elegante, limpio, caminaba por el parque para ir a decirle a su mujer que la quería.

            Y se lo iba a decir con estas palabras, en cuanto entrase en la habitación. Porque es una verdadera lástima no decir nunca lo que uno siente, pensaba mientras cruzaba Green Park y observaba complacido cómo se tumbaban a la sombra de los árboles, familias enteras, familias pobres; niños dando patadas al aire, mamando leche, bolsas de papel tiradas por ahí, que podían ser fácilmente recogidas (si la gente se quejaba) por uno de esos gruesos caballeros en librea; porque Richard opinaba que todos los parques, todas las plazas, durante los meses del verano, deberían estar abiertos a los niños (la hierba del parque lucía y se apagaba, iluminando a las pobres madres de Westminster y a sus bebés que andaban a gatas, como si alguien estuviese moviendo una lámpara amarilla por debajo). Pero qué podía hacerse por unas vagabundas como aquélla, pobre criatura, apoyada sobre su codo (como si se hubiese tirado al suelo, libre de ataduras, para observar con curiosidad, especular con descaro, considerar los cómos y porqués, sin pudor, con los labios sueltos, con humor), él no lo sabía. Llevando sus flores como un arma, Richard Dalloway se acercó a ella, observándola pasó decidido a su lado, y aun así hubo tiempo para que saltara una chispa entre ellos: ella se rió al verlo y él sonrió con buen humor, considerando el problema de la vagabunda; y no porque fueran a hablarse en la vida. Pero sí iba a decirle a Clarissa que la quería, con estas palabras. En tiempos, había sentido celos de Peter Walsh, celos de Clarissa y él. Sin embargo, ella le había dicho a menudo que había hecho bien en no casarse con Peter Walsh; lo que, conociendo a Clarissa, era evidentemente cierto; ella necesitaba apoyo. Y no es que fuese débil, pero necesitaba apoyo.

            En cuanto al palacio de Buckingham (como una vieja prima donna frente al público, toda de blanco), no se le puede negar cierta dignidad, consideró, ni tampoco despreciar aquello que, después de todo, representa para millones de personas (un pequeño gentío esperaba ante la verja para ver salir al Rey) un símbolo, por muy absurdo que sea; un crío con una caja de ladrillos podría haberlo hecho mejor, pensó, mirando el monumento a la Reina Victoria (a quien recordaba con sus gafas de concha, pasando en su coche por Kensington), su blanco montículo, su hipervalorada maternidad. Pero le gustaba ser gobernado por el descendiente de Horsa; le gustaba la continuidad y sentir que se trasmitían las tradiciones del pasado. Era una gran época la que le había tocado vivir. De verdad que su vida misma era un milagro; sí, no le cabía la menor duda: ahí estaba, en lo mejor de su vida, camino de su casa en Westminster para decirle a Clarissa que la quería. Esto es felicidad, pensó.

            Es esto, dijo al entrar en Dean's Yard. El Big Ben empezaba a sonar, primero el aviso, musical; después, la hora, irrevocable. Los almuerzos te hacen perder la tarde entera, pensó, al llegar a su puerta.

            El sonido de Big Ben inundó el cuarto de estar de Clarissa, sentada, muy disgustada, ante su escritorio; preocupada, disgustada. Era la pura verdad que no había invitado a Ellie Henderson a su fiesta, pero lo había hecho a propósito. Y ahora, la señora Marsham le escribía: «Le había dicho a Ellie Henderson que le preguntaría a Clarissa, por lo mucho que Ellie deseaba ir.»

            Pero ¿por qué tenía ella que invitar a sus fiestas a todas las mujeres aburridas de Londres? ¿Por qué tenía que intervenir la señora Marsham? Y ahí estaba Elizabeth, encerrada todo este rato con Doris Kilman. No podía imaginar nada más nauseabundo. Rezando a estas horas con esa mujer. El sonido de la campana inundaba la habitación con su onda de me-lancolía, que remitió y se recompuso para caer una vez más, y en ese momento oyó, distraída, algo que manipulaba, que rascaba la puerta. ¿Quién podía ser a estas horas? ¡Tres! ¡Dios Santo, las tres ya! En efecto, con avasalladora fuerza y dignidad el reloj dio las tres; y ya no oyó nada más; pero el picaporte giró y ¡ahí estaba Richard! ¡Qué sorpresa! Ahí entraba Richard, entregándole unas flores. Le había fallado una vez, en Constantinopla; y Lady Bruton, cuyos almuerzos tenían fama de ser extraordinariamente divertidos, no la había invi-tado. Le estaba ofreciendo unas flores -rosas, rojas y blancas. (Pero él era incapaz de decidirse a decirle que la quería, no con estas palabras.)

            Pero qué encanto, dijo, cogiendo las flores. Comprendió, comprendió sin que él hablara; ella era su Clarissa. Las puso en unos jarrones encima de la chimenea. Qué bonitas son, dijo. Y ¿ha sido divertido?, preguntó ¿Había preguntado por ella Lady Bruton? Peter Walsh había regresado. La señora Marsham le había escrito. ¿Debía invitar a Ellie Henderson? La mujer ésa, Kilman, estaba arriba.

            -Pero vamos a sentarnos cinco minutos -dijo Richard.       

            Todo parecía tan vacío. Todas las sillas estaban contra la pared. ¿Qué habían hecho? ¡Ah! Era para la fiesta. No, no se

había olvidado de la fiesta. Peter Walsh había vuelto. Sí, sí, había estado con él. Y va a conseguir el divorcio, estaba enamorado de una mujer de por ahí. No había cambiado en lo más mínimo. Y ahí estaba ella, arreglándose el vestido...  

            -Pensando en Bourton -dijo Clarissa.

            -Hugh estaba en el almuerzo -dijo Richard. ¡Ella también se lo había encontrado! Bueno, pues se estaba volviendo absolutamente insufrible. Comprándole collares a Evelyn; más gordo que nunca; un asno insufrible.

            -Y se me ocurrió de repente «Hubiera podido casarme contigo» -dijo Clarissa, pensando en Peter sentado allí, con su corbatita de lazo, con ese cuchillo que abría y cerraba-. Igual que siempre, ya sabes.

            Estuvieron hablando de él durante el almuerzo, dijo Richard. (Pero era incapaz de decirle que la quería. Cogió la mano de Clarissa. Esto es felicidad, pensó.) Habían estado escribiendo una carta al Times para ayudar a Millicent Bruton. Hugh casi no valía para nada más que eso.

            -¿Y qué tal nuestra querida señorita Kilman? -preguntó él. Clarissa encontraba las rosas absolutamente preciosas; primero estaban todas apiñadas, ahora, por decisión propia, empezaban a separarse.

            -Kilman llega en el momento que terminamos de almorzar -dijo-. Elizabeth se sonroja. Se encierran. Supongo que están rezando.

            ¡Señor! No le gustaba eso. Pero estas cosas van pasando si uno les deja seguir su curso.

            -Con un impermeable y un paraguas -dijo Clarissa. Richard no había dicho -Te quiero-; pero la cogía de la mano. Esto es felicidad, esto, pensó.

            -Pero por qué tengo yo que invitar a mis fiestas a todas las mujeres aburridas de Londres? -dijo Clarissa-. Y si la señora Marsham diera una fiesta, ¿invitaba ella a sus amigas?

            -Pobre Ellie Henderson -dijo Richard, era muy extraño lo mucho que a Clarissa le importaban sus fiestas, pensó.  

            Sin embargo, Richard no tenía ni idea del aspecto que debía tener una sala. Ahora bien... ¿qué es lo que iba a decir?          

            Si ella se preocupaba por estas fiestas, no le permitiría darlas. ¿Le hubiera gustado haberse casado con Peter? Pero tenía que irse.

            Tenía que salir, dijo levantándose. Pero se quedó parado un momento, como si estuviese a punto de decir algo; y ella se preguntaba... ¿qué? ¿Por qué? Estaban las rosas...

            -¿Algún comité? -preguntó ella, mientras Richard abría la puerta.

            -Los armenios -contestó él; o quizá dijera:- los albanos.

            Y existe cierta dignidad en la gente; cierta soledad; incluso entre marido y mujer un abismo, y eso hay que respetarlo, pensó Clarissa, mirando cómo abría la puerta, porque es algo de lo que una no quiere desprenderse, ni tampoco quitárselo, en contra de su voluntad, al marido, sin perder la independencia, la autoestima: algo que, al fin y al cabo, no tiene precio.

            El volvió con una almohada y una colcha.

            -Una hora de reposo absoluto después del almuerzo -dijo. Y se fue.

 

            ¡Típico de él! Seguiría diciendo «Una hora de reposo absoluto después del almuerzo» por los siglos de los siglos, porque un médico lo había mandado en alguna ocasión. Era típico suyo el tomar al pie de la letra lo que los médicos dijeran; era parte de su adorable y divina sencillez, que nadie tenía hasta ese punto, que le hacía dedicarse a sus asuntos mientras Peter y ella perdían el tiempo peleándose. Ya estaba a mitad de camino de la Cámara de los Comunes, de sus armenios, o albanos* después de dejarla en el sofá, mirando sus rosas. Y la gente diría: «Clarissa Dalloway es una consentida.» Le importaban mucho más sus rosas que los armenios. Hostigados, expulsados de la existencia, tullidos, helados, víctimas de la crueldad y la injusticia (se lo había oído decir una y mil veces a Richard)... pero no, no sentía nada por los albanos ¿o eran los armenios? En cambio, le encantaban sus rosas (¿acaso no era esto una ayuda para los armenios?), las únicas flores que podía soportar ver cortadas. Pero Richard ya estaba en la Cámara de los Comunes, en su comité, después de ayudarla a resolver todas sus dificultades. Bueno, no; por desgracia eso no era verdad: no se paró a escuchar las razones para no invitar a Ellie Henderson. Clarissa actuaría, por supuesto, según los deseos de Richard. Puesto que le había traído la almohada, se tumbaría... Pero..., pero... ¿por qué se sentía de repente, sin ninguna razón a su alcance, desesperadamente desgraciada? Como una persona que hubiera perdido una perla o un diamante en la hierba y apartara las grandes hojas con sumo cuidado, aquí y allá, y buscara en vano de un lado a otro, hasta que al fin atisba el objeto junto a las raíces..., así iba Clarissa de una cosa a otra. No, no fue Sally Seton la que dijo que Richard nunca llegaría a ser Ministro porque tenía un cerebro de segunda categoría (el asunto le volvía a la memoria); no, no era eso lo que le importaba; ni tampoco tenía que ver con Elizabeth y Doris Kilman; esto no eran más que hechos. Era un sentimiento, un sentimiento desagradable en otro momento del día, algo que Peter había dicho, combinado con alguna depresión propia, en su dormitorio, cuando se quitaba el sombrero; y algo de lo que Richard dijo se había añadido a ello. Pero ¿qué era? Estaban sus rosas. ¡Sus fiestas! ¡Eso era! ¡Sus fiestas! Ambos la habían criticado con muy mala fe, se habían burlado de ella muy injustamente, por lo de sus fiestas. ¡Eso era! ¡Eso era!

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