La señora Dalloway ( cont 8)

            Bueno, ¿cómo iba a defenderse? Ahora que sabía de qué se trataba, se sentía perfectamente feliz. Ellos pensaban, o al menos Peter pensaba, que ella disfrutaba imponiéndose, que le gustaba estar rodeada de gente famosa, ilustres apellidos; en resumen, que era simplemente una snob. Bueno, puede que Peter pensara eso. Richard solamente consideraba una tontería por su parte que le gustara toda esa excitación, sabiendo que era perjudicial para su corazón. Era infantil, pensaba él. Pero ambos se equivocaban completamente. Lo que a ella le gustaba era, sencillamente, la vida.

            -Es por eso que lo hago -le dijo, en voz alta, a la vida.        

            Como estaba tumbada en el sofá, enclaustrada, aislada, la presencia de esa cosa que sentía como algo tan obvio adquirió consistencia física: con vestidos hechos de los sonidos de la calle, soleada, de cálido aliento, susurrante, agitando las persianas. Pero supongamos que Peter le dijera: «Sí, sí, pero tus fiestas... ¿qué sentido tienen tus fiestas?» Entonces, todo lo que podría decir sería (y no esperaba que nadie lo comprendiera): Son una ofrenda, que sonaba horriblemente vago. Pero ¿quién era Peter para concluir que la vida no era más que un simple navegar? Peter, siempre enamorado, siempre enamorado de la mujer equivocada. ¿En qué consiste tu amor? podía preguntarle Clarissa. Y ya sabía su respuesta: que era lo más importante del mundo y que ninguna mujer podría entenderlo jamás. Muy bien. Pero ¿acaso algún hombre podía entender lo que ella quería decir? ¿Con la vida? No podía concebir que Peter o Richard se tomaran la molestia de dar una fiesta sin razón alguna.

            Pero profundizando más, por debajo de lo que la gente decía (y esos juicios... ¡qué superficiales, qué fragmentarios son!), centrándose ahora en su propia mente, ¿qué significaba para ella esta cosa llamada vida? ¡Ay! Era muy extraño. Aquí estaba Fulano de Tal, en South Kensington, otro allá en Bayswater, y otro más en -pongamos- Mayfair. Y se sentía continuamente afectada por la existencia de estas personas; sentía el desperdicio, y sentía la lástima, y quería que pudieran juntarse todos; y eso es lo que hacía. Era una ofrenda: combinar, crear; pero ¿para quién?

            Una ofrenda por amor a la ofrenda, quizá. En cualquier caso, éste era su don. Ninguna otra cosa tenía la menor importancia: no podía pensar, escribir, ni siquiera tocar el piano. Confundía a los armenios con los turcos, le encantaba tener éxito, odiaba la incomodidad, tenía que ser apreciada, decía tonterías a mares, y si en este momento le preguntaran qué era el Ecuador, no sabría decirlo.

            De todos modos, que los días se sucedieran uno tras otro: miércoles, jueves, viernes, sábado, que te despertaras por la mañana, que vieras el sol, pasearas por el parque, te encon-traras a Hugh Whitbread, que después entrara Peter de repente, luego las rosas, así era suficiente. Después de todo, ¡qué increíble era la muerte! Todo tiene que acabar, y nadie en el mundo llegaría a saber hasta qué punto había amado todo esto, hasta qué punto, a cada instante...

            La puerta se abrió. Elizabeth sabía que su madre estaba descansando. Entró con mucho sigilo. Se quedó completamente quieta. ¿Es que algún mongol había naufragado en la costa de Norfolk (como decía la señora Hilbery) y se habría mezclado con las mujeres Dalloway, unos cien años atrás? Porque los Dalloway por lo general eran rubios y de ojos azu-les; Elizabeth, por el contrario, era morena, de ojos achinados en un cutis pálido, misterio oriental; y era dulce, considerada, tranquila. De niña, había tenido un perfecto sentido del humor. Sin embargo, ahora que tenía diecisiete años -el porqué, Clarissa no lo entendía en absoluto-, se había vuelto muy seria, como un jacinto envuelto en una vaina verde brillante, con capullos apenas tintados, un jacinto al que no le ha dado el sol.

            Se quedó muy quieta y miraba a su madre, pero la puerta estaba entreabierta y fuera se encontraba la señorita Kilman, Clarissa lo sabía; la señorita Kilman con su impermeable, es-cuchando todo lo que dijeran.

            Sí, la señorita Kilman estaba de pie en el rellano y llevaba un impermeable, pero tenía sus razones. En primer lugar, era barato; en segundo lugar, tenía más de cuarenta años y, a fin de cuentas, no vestía para agradar. Además, era pobre, pobre hasta la degradación. De lo contrario, no andaría aceptando trabajos de personas como los Dalloway, de la gente rica, a la que le gustaba ser amable. El señor Dalloway, la verdad sea dicha, había sido amable. Pero la señora Dalloway, no. Había sido simplemente condescendiente. Procedía de la clase más despreciable de todas: de los ricos, con un barniz de cultura. Tenían cosas caras por todas partes: cuadros, alfombras, montones de criados. Consideraba que tenía perfecto derecho a cualquier cosa que los Dalloway hicieran por ella.

            La habían engañado. Sí, la palabra no era ninguna exageración, porque ¿no es cierto que una chica tiene derecho a algo de felicidad? Pues ella no había sido feliz nunca, por ser tan torpe y tan pobre. Y luego, justo cuando parecía que tenía una oportunidad en la escuela de la señorita Dolby, estalló la guerra. Nunca había sido capaz de decir mentiras. La señorita Dolby pensó que la señorita Kilman estaría más a gusto con personas que compartieran su opinión acerca de los alemanes. Tuvo que irse. Cierto que la familia era de origen alemán -el apellido se escribía Kiehlman en el siglo dieciocho-, pero mataron a su hermano. La echaron porque no quiso fingir que creía que todos los alemanes eran unos malvados. ¡Pero si tenía amigos alemanes! ¡Si los únicos días felices de su vida los había pasado en Alemania! Y des-pués de todo, podía dar clases de historia. Había tenido que aceptar lo que le dieran. El señor Dalloway la había conocido cuando trabajaba en casa de los Friend. Le había permitido (y eso era verdaderamente generoso por su parte) dar clases de historia a su hija. También le daba clases de cultura general, y eso. Entonces, Dios Nuestro Señor la visitó (y en este punto, siempre inclinaba la cabeza). Había visto la luz hace dos años y tres meses. Ahora ya no envidiaba a las mujeres como Clarissa Dalloway; las compadecía.

            Las compadecía y despreciaba desde lo más hondo de su corazón, allí de pie en la blanda alfombra, mirando el viejo grabado de una niña pequeña con manguito. Mientras haya estos lujos, ¿qué esperanza había de que mejoraran las cosas? En lugar de quedarse tumbada en un sofá -«Mi madre está descansando», había dicho Elizabeth- tendría que haber estado en una fábrica, detrás de un mostrador; ¡la señora Dalloway y todas las demás señoras finolis!

            Amargada e indignada, la señorita Kilman había entrado en una iglesia hace dos años y tres meses. Había oído al Reverendo Edward Whittaker predicar, a los niños cantar; había visto cómo las luces solemnes descendían, y entonces, ya fuera por la música o por las voces (ella misma, cuando estaba sola, por la noche, encontraba consuelo en el violín; pero el sonido era desgarrador: no tenía oído), los sentimientos ardientes y turbulentos que hervían y saltaban en ella se habían apaciguado mientras estaba sentada allí, y había llorado copiosamente y había ido a visitar al señor Whittaker a su domicilio particular de Kensington. Era la mano de Dios, dijo él. El Señor le había mostrado el camino. Así pues, ahora, en cuanto los sentimientos dolorosos de indignación hervían en su interior, ese odio hacia la señora Dalloway, ese resquemor en contra del mundo, pensaba en Dios. Pensaba en el señor Whittaker. A la rabia le sucedía la calma. Una dulce savia llenaba sus venas, sus labios se entreabrían y, de pie en el rellano como una formidable figura, con su impermeable, miró con decidida y siniestra serenidad a la señora Dalloway, que salía con su hija.

            Elizabeth dijo que había olvidado sus guantes. Era porque la señorita Kilman y su madre se odiaban. No podía soportar verlas juntas. Subió corriendo a por sus guantes.

            Pero la señorita Kilman no odiaba a la señora Dalloway. Volviendo sus ojos de color grosella sobre Clarissa, observando su carita rosada, su delicado cuerpo, su aire de frescura y de elegancia a la última, la señorita Kilman pensaba: ¡Estúpida! ¡Boba! ¡Tú no has conocido pena ni placer; has desperdiciado tu vida en nimiedades! Y surgía en ella entonces un poderosísimo deseo de vencerla, de desenmascararla. Si hubiese podido derribarla, eso la habría aliviado. Pero no se trataba del cuerpo, era el alma y su burla lo que quería someter, hacerle sentir su dominio. Si pudiera hacerla llorar, si pudiera destruirla, humillarla, hacerla caer de rodillas gritando: ¡Tienes razón! Pero ésta era la voluntad de Dios, no de la señorita Kilman. Sería una victoria religiosa. Y así era su mirada: fulgurante.

            Clarissa quedó verdaderamente escandalizada. ¡Y ésta es una cristiana, esta mujer! ¡Esta mujer le había quitado a su hija! ¡Ella, en contacto con presencias invisibles! ¡Pesada, fea, vulgar, sin gracia ni dulzura, conoce el significado de la vida!

            -¿Se lleva usted a Elizabeth a los Almacenes? -preguntó la señora Dalloway.

            La señorita Kilman contestó que sí. Se quedaron de pie. La señorita Kilman no pensaba ser amable. Siempre se había ganado el pan. Sus conocimientos de historia moderna eran extremadamente profundos. De sus escasos ingresos conseguía ahorrar algo para las causas en las que creía, mientras que esta mujer no hacía nada, no creía en nada, educaba a su hija... Y aquí estaba Elizabeth -el aliento un tanto entrecortado-, la hermosa muchacha.

            Así que se iban a los Almacenes. Y era extraño, mientras la señorita Kilman seguía ahí de pie (y bien plantada que estaba, poderosa y taciturna como un monstruo prehistórico, acorazado para la guerra primigenia), cómo, segundo a segundo, la idea que tenía de ella se empequeñecía, cómo el odio (hacia las ideas, no hacia la gente) se desmoronaba, cómo perdía su malignidad, su tamaño, y volvía a ser, segundo a segundo, simplemente la señorita Kilman, con su impermeable, a quien, bien lo sabe Dios, Clarissa le hubiera gustado ayudar.

            Ante tal reducción del monstruo, Clarissa se echó a reír. Despidiéndose, se reía.

            Juntas, la señorita Kilman y Elizabeth, se fueron escaleras abajo.

            En un súbito impulso, con violenta angustia, porque esta mujer le estaba quitando a su hija, Clarissa se asomó a la barandilla y gritó:

            -¡Recuerda la fiesta! ¡Recuerda nuestra fiesta esta noche!

            Pero Elizabeth ya había abierto la puerta de la calle; pasaba un camión; no contestó.

            ¡Amor y religión! pensó Clarissa, volviendo a la sala de estar, temblando por todas partes. ¡Qué detestables, qué detestables son! Porque ahora que no tenía delante el cuerpo de la señorita Kilman, la subyugaba -la idea, esto es. Las cosas más crueles del mundo, pensaba, viéndola torpe, irritada, dominante, hipócrita, escuchando tras la puerta, celosa, infinitamente cruel y carentes de escrúpulos, con un impermeable, en el rellano; amor y religión. ¿Había intentado alguna vez convertir a alguien? ¿Acaso no deseaba que todo el mundo fuese sí mismo? Y miró por la ventana, a la vieja de enfrente que subía las escaleras. Que suba las escaleras si quiere, que se detenga; y luego, tal y como Clarissa a menudo la había visto hacer, que llegue hasta su dormitorio, abra las cortinas y desaparezca de nuevo en el interior de la casa. En cierto modo, una respetaba eso: esa anciana mirando por la ventana, sin saber que la están observando. Había algo solemne en ello... pero el amor y la religión lo destruirían, sea lo que sea, la intimidad del alma. La odiosa Kilman lo destruiría. Y sin embargo, era una visión que le daba ganas de llorar.

            El amor también destruía. Todo lo que era bueno, todo lo que era verdad se iba. Por ejemplo Peter Walsh. Un hombre, encantador, inteligente, con ideas acerca de todo. Si querías saber algo acerca de -pongamos- Pope, o de Addison, o simplemente decir tonterías, qué aspecto tenía la gente, cuál era el significado de las cosas, Peter lo sabía mejor que nadie. Era Peter el que la había ayudado; el que le había prestado libros. Pero había que ver a las mujeres que había amado: vulgares, triviales, banales. Había que ver a Peter enamorado: iba a verla después de todos estos años, y ¿de qué hablaba? De él mismo. ¡Qué pasión tan horrible!, pensó. ¡Qué pasión tan degradante!, pensó, recordando a Kilman y a su Elizabeth

que caminaban hacia los almacenes de la Cooperativa Militar.

            Big Ben dio la media.

            Qué cosa tan extraordinaria, qué extraño, sí, qué conmovedor, el ver a la vieja (habían sido vecinas durante tantísimo tiempo) retirarse de la ventana, como si estuviese ligada a ese sonido, a esa cuerda. Gigantesco como era, guardaba alguna relación con ella. Abajo, abajo fue descendiendo el dedo, más y más, hasta el centro de las cosas corrientes, haciendo que el momento fuese solemne. Se vio obligada -así lo imaginaba Clarissa- por ese sonido, a moverse, a irse, pero... ¿a dónde? Clarissa intentó seguirla cuando se dio la vuelta y desapa-reció, y todavía pudo vislumbrar su gorra blanca moviéndose al fondo del dormitorio. Ella seguía allí, moviéndose al otro extremo de la habitación. ¿Por qué tantos credos, rezos e impermeables? ya que -pensó Clarissa- ahí está el milagro, ahí está el misterio, esa anciana, quería decir, a la que veía ir de la cómoda al tocador. Aún la veía. Y el misterio supremo que Kilman podía decir que había resuelto, o que Peter podía decir haber resuelto, aunque Clarissa no creía que ninguno de los dos tuviera la menor idea de cómo resolverlo, era sencillamente éste: aquí había una habitación; allí otra. ¿Acaso la religión era capaz de resolver eso, o quizá el amor?

            El amor... En éstas entró el otro reloj, el que sonaba siempre dos minutos después de Big Ben, arrastrando los pies, con el regazo lleno de cachivaches, que tiró al suelo como si Big Ben estuviese encantado con su majestad, dictando las leyes, tan solemne, tan justo, pero tenía que acordarse de toda clase de cosillas además -la señora Marsham, Ellie Henderson, copas para el helado- toda clase de cosillas que llegaron como una riada, saltando y danzando, al eco de ese toque solemne que yacía como un lingote de oro en el mar. La señora Marsham, Ellie Henderson, copas para el helado. Tenía que telefonear inmediatamente.

            Voluble, ruidoso, el reloj retrasado sonó, entrando al eco del Big Ben, con el regazo lleno de trastos. Golpeado, roto por el asalto de los coches, por la brutalidad de los camiones, por el avanzar entusiasta de miles de hombres angulosos, de vistosas mujeres, por las cúpulas y agujas de los edificios de oficinas y los hospitales, los últimos vestigios de ese regazo lleno de cachivaches parecieron quebrarse, como la llovizna de una ola exhausta, y caer sobre el cuerpo de la señorita Kilman, que se había detenido en la calle unos instantes para decir «Es la carne».

            Era la carne lo que debía controlar. Clarissa Dalloway la había insultado. Eso sí que se lo esperaba. Pero no había triunfado: no había dominado la carne. Fea y torpe, Clarissa Dalloway se había reído de ella; y había resucitado sus deseos carnales, porque le molestaba tener ese aspecto frente a Clarissa. Tampoco podía hablar como lo había hecho. Pero ¿por qué desear parecerse a ella? ¿Por qué? Despreciaba a la señora Dalloway desde lo más hondo de su corazón. No era seria. No era buena. Su vida era un tejido de vanidad y engaño. Y sin embargo Doris Kilman había sido vencida. Es más: poco le faltó para echarse a llorar cuando Clarissa Dalloway se rió de ella. «Es la carne, es la carne», murmuró (pues era costumbre suya hablar en alto), en un intento de dominar este sentimiento turbulento y doloroso, mientras caminaba por Victoria Street. Le rogaba a Dios. No podía evitar ser fea, no podía permitirse comprar ropa cara. Clarissa Dalloway se había reído... pero se concentraría en otra cosa hasta llegar al buzón. Por lo menos tenía a Elizabeth. Pero iba a pensar en otra cosa; pensaría en Rusia; hasta llegar al buzón.

            Qué bien se debe estar en el campo, dijo mientras luchaba, tal y como se lo había indicado el señor Whittaker, contra ese violento resentimiento hacia el mundo que la había despreciado, que se había mofado de ella, la había repudiado, empezando con esta vergüenza: el castigo de su odioso cuerpo que resultaba insoportable a la vista de la gente. Se peinara como se peinara, la frente le quedaba como un huevo: calva, blanca. No había ropa que le sentara bien. Comprase lo que comprase. Y para una mujer esto sin duda significaba no tener trato alguno con el sexo opuesto. Jamás sería la primera para ninguno. Últimamente, le parecía a veces que exceptuando a Elizabeth, sólo vivía para la comida, sus consuelos, su cena, su té, su bolsa de agua caliente por la noche. Pero una debía luchar, vencer, tener fe en Dios. El señor Whittaker había dicho que ella estaba ahí para algún propósito. Pero ¡nadie sabía a costa de qué sufrimiento! Señalando el crucifijo, él dijo que Dios lo sabía. Pero ¿por qué tenía ella que sufrir mientras otras mujeres, como Clarissa Dalloway, se libraban? El conocimiento llega a través del sufrimiento, dijo el señor Whittaker.

            Había rebasado el buzón y Elizabeth ya había entrado en el departamento aséptico y oscuro como el tabaco de los almacenes de la Cooperativa Militar y ella seguía mascullando para sus adentros lo que el señor Whittaker había dicho del conocimiento que se alcanza a través del sufrimiento y de la carne. «La carne», murmuró.

            ¿Qué departamento quería?, dijo Elizabeth interrumpiéndola.

            -Enaguas -contestó bruscamente, y se metió en el ascensor sin vacilar.

            Subieron. Elizabeth la guiaba de un lado a otro; la guiaba mientras seguía abstraída, como si fuese una niña crecida, un aparatoso barco de guerra. Ahí estaban las enaguas: marro-nes, decorosas, a rayas, frívolas, sólidas, ligeras, y ella escogió, en su abstracción, portentosamente, y la dependienta que la atendía pensó que estaba loca.

            Elizabeth se preguntaba, mientras hacían el paquete, qué pensaba la señorita Kilman. Tenían que tomar el té, dijo la señorita Kilman recobrando sus sentidos, sobreponiéndose. Tomaron el té.

Elizabeth se preguntaba si era posible que la señorita Kilman tuviera hambre. Era esa manera de comer que tenía, de comer con intensidad, para luego mirar, una y otra vez, a la bandeja de pasteles azucarados en la mesa de al lado, y luego, si una señora y un niño se sentaban y el niño cogía el pastel, ¿es que eso le molestaba a la señorita Kilman? Pues sí, se molestaba. Había deseado ese mismo pastel, el de color rosa. El placer de comer era casi el único placer puro que le quedaba, ¡y hasta en eso se quedaba in albis!

            Cuando la gente es feliz, tiene una reserva a la que recurrir, le había dicho a Elizabeth, mientras que ella era una rueda sin neumático (le gustaba esa clase de metáforas), sacudida por todas las piedras... Eso decía, un día que se quedó después de la clase, de pie junto a la chimenea, con su bolsa de libros -la llamaba su «cartera de colegial»-, un martes por la mañana, después de terminar la clase. Y también hablaba de la guerra. Después de todo, había gente que no pensaba que los ingleses tuvieran siempre la razón. Había libros. Había debates. Había otros puntos de vista. ¿Le gustaría a Elizabeth ir con ella a escuchar a Fulanito de Tal? (un viejo de aspecto verdaderamente extraordinario). Después, la señorita Kilman la llevó a cierta iglesia de Kensington y tomaron el té con un clérigo. Le había prestado libros. El dere-cho, la medicina, la política, todas las profesiones están abiertas a las mujeres de tu generación, decía la señorita Kilman. Pero en lo que a ella se refería, su carrera estaba absolu-tamente arruinada, y ¿era culpa suya? Por Dios bendito, dijo Elizabeth, no.

            Su madre entraba diciendo que había llegado una cesta de Bourton y si la señorita Kilman querría unas flores. Con la señorita Kilman siempre era muy, muy amable, pero la señorita Kilman apretujaba las flores todas juntas en un ramo y era incapaz de mantener cualquier conversación ligera, y lo que interesaba a la señorita Kilman aburría a su madre y las dos se encontraban siempre muy a disgusto juntas: la señorita Kilman se hinchaba y parecía de lo más vulgar, pero la señorita Kilman era tremendamente lista. Elizabeth nunca había pensado en los pobres. Ellos vivían con todo lo que necesitaban: su madre tomaba el desayuno en la cama todos los días, Lucy se lo subía a su habitación; y le gustaban las mujeres mayores porque eran Duquesas y descendientes de algún Lord. Pero la señorita Kilman dijo (uno de esos martes por la mañana, una vez terminada la clase): «Mi abuelo tenía una tienda de pinturas en Kensington.» La señorita Kilman era muy diferente de cualquiera que conociese; hacía que una se sintiese tan pequeña.

            La señorita Kilman tomó otra taza de té. Elizabeth, con su aire oriental, su misterio inescrutable, se mantenía perfectamente erguida en su asiento; no, no quería nada más. Buscó sus guantes -sus guantes blancos. Estaban bajo la mesa. ¡Ah, pero no podía irse! ¡La señorita Kilman no la dejaba marchar! ¡Esa joven, que era tan bella! ¡Esa niña, a la que amaba de verdad! Su gran mano se abrió y cerró sobre la mesa.

            Pero ahora ya se estaba aburriendo, sintió Elizabeth. Y de verdad que tenía ganas de irse.

            Pero la señorita Kilman dijo:      -Todavía no he terminado.

            En tal caso, naturalmente, Elizabeth se esperaría. Pero el ambiente estaba un tanto cargado aquí.

            -¿Vas a ir a la fiesta esta noche? -preguntó la señorita Kilman. Elizabeth suponía que sí; su madre quería que fuese. No debía dejar que las fiestas la absorbieran, dijo la señorita Kilman mientras toqueteaba el último pedazo de pastelillo de chocolate.

            No le gustaban demasiado las fiestas, dijo Elizabeth. La señorita Kilman abrió la boca, adelantó ligeramente la barbilla y engulló el último trozo de pastelillo de chocolate, luego se limpió los dedos y revolvió el té de su taza.

Estaba a punto de partirse en dos. La angustia era espantosa. Si pudiese atraparla, si pudiese agarrarla, si pudiese hacerla absolutamente suya para siempre y luego morir, eso era todo lo que quería. Pero estar ahí sentada, incapaz de pensar ni de decir nada, viendo cómo Elizabeth se volvía contra ella, ver cómo incluso a ella le resultaba desagradable, era demasiado; no podía soportarlo. Los gruesos dedos se replegaron.

            -No voy nunca a las fiestas -dijo la señorita Kilman, con el solo propósito de retener a Elizabeth-. La gente no me invita a las fiestas -y sabía, al decir esto, que su egotismo era la razón de su fracaso; el señor Whittaker la había puesto en guardia, pero ella no podía remediarlo. Había sufrido terriblemente-. ¿Por qué iban a invitarme? -dijo-. Soy vulgar, soy triste -sabía que era estúpido. Pero era toda esa gente pasando por allí, gente que llevaba paquetes, que la despreciaba, la que le hacía decir esas cosas. Pese a todo, ella era Doris Kilman. Tenía su carrera. Era una mujer que se había abierto camino en la vida. Su conocimiento en materia de historia moderna era más que respetable.

-No me compadezco a mí misma -dijo-. Compadezco a... -quería decir «a tu madre», pero no, no podía, a Elizabeth no- compadezco mucho más a otras personas.

            Como una pobre criatura a la que han llevado hasta una puerta por algún motivo desconocido, y se queda ahí, impaciente por marcharse al galope, Elizabeth Dalloway seguía sentada en silencio. ¿Iría a decir algo más la señorita Kilman?

            -No me olvides del todo -dijo Doris Kilman. Su voz temblaba. Y al momento, aterrorizada, la pobre criatura se alejó al galope hasta el final de la pradera.

            La manaza se abrió y cerró.

            Elizabeth volvió la cabeza. Se acercó la camarera. Había que pagar en caja, dijo Elizabeth, y se marchó, arrancándole -así lo sintió la señorita Kilman- las mismísimas entrañas, estirándolas a través de la sala mientras la cruzaba, y finalmente, con un último giro, saludó muy educadamente con la cabeza y se fue.

            Se había ido. La señorita Kilman se quedó sentada ante la mesa de mármol entre los pastelillos, sacudida una, dos, tres veces por espasmos de sufrimiento. Se había ido. La señora Dalloway había triunfado. Elizabeth se había ido. La belleza se había ido; la juventud se había ido.

            Y así se quedó, ahí en la mesa. Se levantó, anduvo con torpeza entre las mesitas, casi dando tumbos, alguien la alcanzó con la enagua que se había dejado, y se perdió, se perdió entre baúles especialmente preparados para que los llevaran a la India. A continuación, llegó a la sección de artículos para recién nacidos, anduvo entre todas las mercancías del mundo, perecederas y perdurables, jamones, drogas, flores, papel y artículos de escritorio, olores variopintos, unas veces dulces, otras amargos, vagando; y se veía así vagando, con el som-brero ladeado, el rostro muy colorado, en un espejo de cuerpo entero; y por fin salió a la calle.

            La torre de la catedral de Westminster se alzaba ante ella, la morada de Dios. En medio del tráfico estaba la morada de Dios. Con tenacidad, se dirigió con su paquete hacia aquel otro santuario, la Abadía, donde, levantando ante su cara sus manos en forma de tienda de campaña, tomó asiento junto a aquéllos que también buscaban cobijo, los variopintos creyentes, despojados ahora de su rango social y casi de su sexo, las manos levantadas ante el rostro. Pero en cuanto las retiraban, instantáneamente se volvían hombres y mujeres ingleses de clase media, devotos, deseosos algunos de ellos, de ver las figuras de cera.

            Pero la señorita Kilman mantuvo la tienda de campaña ante su cara. Abandonada un momento, acompañada el siguiente, nuevos creyentes llegaron de la calle para sustituir á los transeúntes, y ella seguía, mientras la gente miraba la iglesia y pasaba arrastrando los píes junto á la tumba del Soldado Desconocido, seguía cubriéndose los ojos con los dedos, intentando, en esa doble oscuridad -porque la luz en la Abadía era incorpórea-, elevar sus aspiraciones por encima de las vanidades, de los deseos, de las mercancías, intentando deshacerse tanto del odio como del amor. Le temblaban las manos. Parecía estar luchando. Y sin embargo, para otros Dios era accesible y el camino hacia El resultaba apacible. El señor Fletcher, funcionario jubilado de Hacienda, la señora Gorham, viuda del famoso Consejero Real, se acercaban á El con toda sencillez y, una vez terminadas sus oraciones, se reclinaban y gozaban de la música (el órgano sonaba con dulzura), y veían á la señorita Kilman al otro extremo del banco, rezando, rezando,... y, como ellos aún estaban en el umbral de su infierno, compartían su sentir, la veían como un alma que vagaba por su mismo territorio; un alma hecha de sustancia inmaterial; no una mujer, un alma.

            Pero el señor Fletcher tenía que irse. Tuvo que pasar junto á ella y, dado que iba pulcro y aseado como un figurín, no pudo menos que sentir cierta lástima por el desaliño de la pobre mujer: el pelo suelto, su paquete en el suelo. No lo dejó pasar inmediatamente. Sin embargo, al quedarse mirando á su alrededor, á los mármoles blancos, las vidrieras grises y los tesoros acumulados (porque se sentía muy orgulloso de la Abadía), el tamaño de esa mujer, su robustez y su fuerza -mientras seguía ahí, cambiando de vez en cuándo las rodillas de postura (tan riguroso era el camino hacía su Dios, tan fuertes sus deseos)- lo impresionaron, como ya habían impresionado á la señora Dalloway (no pudo quitársela de la cabeza en toda la tarde), al Reverendo Eduward Whittaker también á Elizabeth.

            Y Elizabeth estaba esperando el autobús en Victoria Street. Era tan agradable estar al aire libre. Pensó que quizá no tenía por qué volver á casa enseguida. Era tan agradable estar tomando el aire. Así pues, iba á tomar un autobús. Y ya empezaba, ya, ella ahí con su ropa de impecable corte, ya empezaba.... La gente empezaba á compararla con los álamos,

con el despuntar del alba, los jacintos, los ciervos, el agua viva y los lirios; y eso hacia de su vida una pesada carga, porque antes prefería que la dejasen tranquila para hacer lo que quisiera en el campo, pero ellos la comparaban con los lirios, y tenía que asistir á fiestas, y Londres resultaba muy soso comparado con la vida en el campo, sola con su padre y los perros.

            Los autobuses pasaban con rapidez, se paraban, arrancaban de nuevo: llamativas caravanas pintadas de rojo y amarillo. Pero ¿cuál de ellos tenía que coger? No le importaba. Claro que no iba á darse prisa. Tenía tendencia á la pasividad. Era expresión lo que le hacía falta, aunque sus ojos eran bonitos, achinados, orientales y, como decía su madre, con esos hombros tan bonitos y su erguido porte, siempre resultaba encantadora. Además, últimamente, sobre todo por la noche, cuándo demostraba interés por algo -porque nunca parecía entusiasmada-, estaba casi guapa, muy señorial, muy serena. ¿Qué andaría pensando? Todos los hombres se enamoraban de ella, v estaba verdaderamente harta. Y la cosa estaba empezando. Su madre se daba cuenta: los cumplidos estaban empezando. El hecho de que a Elizabeth no le interesara más -la ropa, por ejemplo- preocupaba á veces á Clarissa, pero quizá no fuera tan grave, considerando todos esos hámsters y cachorros á los que procuraba proteger del moquillo, y. además le daba cierto encanto. Y ahora está extraña amistad con la señorita Kilman. Bueno, pensaba Clarissa á eso de las tres de la madrugada mientras leía al Barón Marbot porque no podía dormir, eso demuestra que tiene su corazoncito.

            De pronto, Elizabeth dio un paso al frente y sin problema alguno subió al autobús, delante de todo el mundo. Tomo un asiento en el piso de arriba. La impetuosa criatura -un pirata- arranco con violencia, con un salto; Elizabeth tuvo que sujetarse á la barandilla para recomponerse, porque sin duda era un pirata: imprudente, sin escrúpulos, marchando sin piedad, girando peligrosamente, agarrando con audacia á un pasajero, o ignorando á un pasajero, escurriéndose, arrogante, como una anguila, y- luego lanzándose á toda vela Whitehall arriba. Y acaso Elizabeth pensó una sola vez en la pobre señorita Kilman, que la amaba sin celos, para quien ella había sido un ciervo en libertad, una luna en el prado. Era feliz de ser libre. El aire fresco era tan delicioso. Tan cargado que estaba el ambiente en los almacenes de la Cooperativa Militar. Y ahora era como montar a caballo, al galope, Whitehall arriba; a cada movimiento del autobús el precioso cuerpo enfundado en la chaqueta parda reaccionaba como el de un jinete, como un mascarón de proa -porque la brisa la despeinaba ligeramente-; el calor daba a sus mejillas la palidez de la madera pintada de blanco, y sus bonitos ojos, sin otros ojos en que fijarse, miraban hacia adelante, vacíos, brillantes, con la fija e increíble inocencia de una escultura.

            Era esa insistencia en hablar constantemente de su propio sufrimiento lo que hacía de la señorita Kilman una persona tan difícil. Y ¿tenía razón? Si participar en comités y dedicar horas y horas de su tiempo diariamente (casi nunca lo veía cuando estaba en Londres) suponía alguna ayuda para los pobres, su padre lo hacía, Dios sabe que sí, si eso era lo que la señorita Kilman quería decir con lo de ser cristiano; pero era muy difícil afirmar tal cosa. Le gustaría ir un poco más lejos. ¿Un penique más, hasta el Strand? ¿Sí? Entonces, ahí va el penique. Iba a recorrer el Strand.           

            Le gustaba la gente enferma. Y todas las profesiones están abiertas a las mujeres de tu generación, decía la señorita Kilman. Así que podía ser médico. Podía ser granjera. Los ani-males se ponen enfermos a menudo. Podía tener mil acres de terreno y gente a sus órdenes. Iría a visitarlos a sus casas. Esto era Somerset House. Una podía ser muy buena granjera, cosa que, curiosamente -aunque la señorita Kilman fuera parcialmente responsable de ello-, se debía casi por completo a Somerset House. Tan espléndido, tan serio, ese gran edificio gris. También le gustaba la sensación de ver trabajar a la gente. Le gustaban esas iglesias, como formas de papel gris, plantándole cara al fluir del Strand. Esta zona era bastante diferente de Westminster, pensó, apeándose en Chancery Lane. Era tan seria, era tan activa. En suma, le gustaría tener una profesión. Le gustaría ser médico, granjera, posiblemente entrar en el parlamento si lo consideraba necesario... Todo ello debido al Strand.

            Los pies de esa gente ocupada en sus actividades, las manos colocando piedra sobre piedra, las mentes eternamente ocupadas no en palabrerías triviales (comparar a las mujeres con los álamos, cosa bastante sugerente, pero muy tonta), sino en pensar en los barcos, los negocios, las leyes, la administración; y todo era tan señorial (estaba en el Temple), alegre (ahí estaba el río), piadoso (ahí estaba la iglesia), que le hizo tomar la firme decisión, dijera su madre lo que dijese, de ser granjera o médico. Claro que, desde luego, era algo perezosa.

            Y más valía no hablar del asunto. Parecía tan tonto. Era la clase de cosas que a veces ocurrían cuando una estaba sola: edificios sin nombre de arquitecto, masas de gente que regre-saba de la Citys y que tenía más poder que los clérigos solteros de Kensington, más poder que cualquiera de los libros que la señorita Kilman le había prestado, para estimular aquello que yacía adormecido, torpe y retraído en el suelo arenoso de la mente, para abrir una brecha en la superficie, como un niño que de pronto estirara los brazos; quizá era sólo eso, un suspiro, un estirón de brazos, un impulso, una revelación, que tiene efecto permanente y que luego vuelve a caer en el suelo arenoso. Tenía que irse a casa. Tenía que vestirse para la cena. Pero, ¿qué hora era? ¿Dónde había un reloj?

            Enfiló la mirada Fleet Street arriba. Caminó un poquito hacia la catedral de St. Paul, tímidamente, como alguien que entra de puntillas, explorando de noche una casa extraña, a la luz de una vela, temeroso de que el dueño abra de repente la puerta de su dormitorio y le pregunte qué andaba buscando; tampoco se atrevía a alejarse por las callejas raras, por las bocacalles tentadoras, como tampoco se hubiera atrevido en una casa extraña a abrir puertas que pudieran ser las de algún dormitorio, o de cuartos de estar, o que abrieran directamente a la despensa. Porque ningún Dalloway bajaba al Strand a diario; ella era una pionera, una extraviada que, confiada, se había aventurado.

            En muchos aspectos, pensaba su madre, era extremadamente inmadura, como una niña todavía, apegada a las muñecas, a las zapatillas viejas; un bebé absoluto, y eso era encantador. Pero claro, por otro lado, había una tradición de servicio público en la familia Dalloway. Abadesas, rectoras, directoras de escuela, dignatarias, en la república de las mujeres -sin que ninguna de ellas fuera brillante-, eso fueron. Penetró un poco más en dirección a St. Paul. Le gustaba la afabilidad, hermandad y maternidad de este tumulto. Le parecía bueno. El ruido era tremendo; de repente tronaron unas trompetas (los desempleados), por encima del tumulto; música militar; como si la gente estuviese desfilando; y sin embargo, si hubiesen estado muriéndose, si alguna mujer hubiese echado su último suspiro, y cualquiera que estuviese mirando, al abrir la ventana del cuarto en el que aquella mujer acababa de realizar ese acto de suprema dignidad, hubiera mirado a Fleet Street, a ese tumulto, esa música militar le habría llegado triunfante, consoladora, indiferente.

            No se trataba de algo consciente. No había en ello reconocimiento de la fortuna o del destino de uno, y por esa misma razón precisamente, incluso para los que estaban deslumbra-dos contemplando los últimos temblores de la conciencia en el rostro de los moribundos, era consolador.

            El olvido de la gente puede resultar hiriente, su ingratitud corrosiva, pero esta voz, fluyendo sin fin, año tras año, lo absorbería todo, sea lo que fuere: esta promesa, este camión, esta vida, esta procesión; los envolvería a todos y se los llevaría a cuestas, como el hielo en el rudo caudal de un glaciar atrapa una esquirla de hueso, un pétalo azul, unos robles, y los arrastra consigo.

Pero era más tarde de lo que pensaba. A su madre no le gustaría que estuviera vagando sola de esta manera. Dio media vuelta y volvió al Strand.

            Un soplo de viento (a pesar del calor, hacía bastante viento) corrió un fino velo negro sobre el sol y sobre el Strand. Los rostros se difuminaron, los autobuses de repente perdieron su brillo. Porque, aunque las nubes eran de un blanco montañoso, como para que a uno le apeteciese sacarles duras astillas con un machete, con amplias laderas doradas, prados de jardines de celestiales placeres en sus flancos, y aunque tenían todo el aspecto de locales habitados dispuestos para la celebración de un congreso de los dioses sobre el mundo, había un perpetuo movimiento entre ellas. Se intercambiaban señales cuando, como si estuvieran siguiendo un plan previamente trazado, de pronto una cumbre se encogía, luego todo un bloque de tamaño piramidal que había mantenido su posición sin alterarse, avanzaba hacia el centro, o solemne encabezaba la procesión hacia un nuevo anclaje. Por muy fijos que pareciesen en sus puestos, descansando en perfecta unanimidad, nada era más fresco, más libre, más superficialmente sensible que la superficie blanca como nieve o bañada de oro; cambiar, quitar, desmantelar el solemne montaje era inmediatamente posible; y, a pesar de la grave fijeza, de la acumulada robustez y solidez, proyectaban sobre la tierra luz en un momento, oscuridad en el siguiente.

            Con tranquilidad y competencia, Elizabeth Dalloway se montó en el autobús de Westminster.

            Idas y venidas, guiños, señales, eso era la luz y las sombras que ahora volvían gris la pared y amarillo chillón los plátanos y luego pintaba el Strand de gris y los autobuses de ama-rillo chillón, eso pensaba Septimus Warren Smith tumbado en el sofá del cuarto de estar; mirando cómo el oro líquido se encendía y apagaba en las rosas y en el papel de las paredes con la asombrosa sensibilidad de un ser vivo. Fuera, los árboles arrastraban sus hojas como redes por las profundidades del aire; el sonido del agua estaba en la habitación y a través de las olas llegaban las voces de unos pájaros que cantaban. Todos los poderes vertían sus tesoros sobre su cabeza y su mano estaba ahí en el respaldo del sofá, tal y como la había visto al bañarse, flotando, en la cresta de las olas, mientras a lo lejos en la costa oía a los perros ladrar y ladrar a lo lejos. No temas más, dice el corazón en el cuerpo; no temas más.

            No tenía miedo. En todo momento, la Naturaleza con un guiño divertido como aquel punto dorado que se movía por la pared -allí, allí, allí- indicaba su decisión de mostrar -blandiendo sus plumas, sacudiendo sus trenzas, echando su manto al vuelo de un lado a otro, con hermosura, siempre con hermosura, y acercándose para musitar entre sus manos huecas las palabras de Shakespeare- su significado.

            Rezia, sentada a la mesa, manoseando un sombrero, lo miraba; lo veía sonreír. Estaba contento pues. Pero no podía

 

soportar verle sonreír. Aquello no era un matrimonio; un mando no tenía por qué tener siempre aquel aspecto tan raro, siempre con sobresaltos, riéndose, sentado hora tras hora en silencio, o agarrándola y diciéndole que escribiera. El cajón de la mesa estaba lleno de aquellos escritos: la guerra, Shakespeare, grandes descubrimientos; que la muerte no existía. Últimamente, se había puesto excitadísimo sin motivo alguno (y tanto el doctor Holmes como Sir William Bradshaw dijeron que la excitación era lo peor que le podía pasar), y agitaba las manos ¡gritando que sabía la verdad! ¡Lo sabía todo! Ese hombre, su amigo que había muerto, Evans, había llegado, decía. Estaba cantando detrás del biombo. Ella anotaba lo que él decía. Algunas cosas eran muy hermosas; otras eran puras tonterías. Y siempre se detenía a medias, cambiando de opinión, queriendo añadir algo, oyendo algo nuevo, escuchando con la mano en alto. Pero ella no oía nada.

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