La señora Dalloway ( cont 9)

            Y en una ocasión encontraron a la chica que limpiaba la habitación leyendo uno de los papeles a carcajadas. Fue algo horroroso. Porque hizo que Septimus se pusiera a gritar contra la crueldad humana: cómo se despedazan unos a otros. Los caídos, decía, los despedazan. «Holmes nos persigue», decía, e inventaba historias sobre Holmes: Holmes comiendo porridge Holmes leyendo a Shakespeare -y se echaba a rugir de risa o de rabia, porque el doctor Holmes parecía representar algo horroroso para él. «La naturaleza humana», lo llamaba. Y además estaban las visiones. Se había ahogado, solía decir, y yacía sobre un risco con las gaviotas chillando por encima de él. Se asomaba al respaldo del sofá a mirar las profundidades del mar. O bien oía música. En realidad, no era más que un organillo o un hombre gritando en la calle. «¡Qué bonito!», solía gritar, y las lágrimas empezaban a caer por sus mejillas, que para ella era lo más horrible de todo: ver que un hombre como Septimus, que había combatido, que era valiente, lloraba. Y ahí se quedaba tumbado, escuchando, hasta que de pronto gritaba que se caía, ¡que se caía en las llamas! De hecho, ella miraba si había llamas en algún sitio, tan real que era todo. Pero no había nada. Estaban solos en la habitación. Era un sueño, le decía ella, y así lo tranquilizaba al Fin, pero ella también se asustaba a veces. Suspiró, poniéndose a coser.

            Su suspiro era tierno y encantador, como el viento que sale del bosque al atardecer. Dejaba las tijeras, se volvía hacia la mesa para coger algo. Un ligero movimiento, un leve tinti-neo, unos golpecitos originaron algo ahí en la mesa donde estaba sentada, cosiendo. Con los ojos entornados, él adivinaba su silueta borrosa, su menudo cuerpo negro, su cara y sus manos, sus movimientos hacia la mesa, cogiendo una bobina o buscando (tenía tendencia a perder las cosas) la seda. Estaba haciendo un sombrero para la hija casada del señor Filmer, que se llamaba... Había olvidado su nombre.

            -¿Cómo se llama la hija casada del señor Filmer? -preguntó Septimus.

            -Señora Peters -dijo Rezia. Temía que fuese demasiado pequeño, dijo, sosteniéndolo ante ella. La señora Peters era una mujer corpulenta; pero no le caía bien. Sólo porque la se-ñora Filmer había sido muy buena con ellos-. Me regaló unas uvas esta mañana -dijo. Rezia quería hacer algo para demostrar que estaban agradecidos. Había entrado en la habitación la otra noche y se encontró allí a la señora Peters, que los creía fuera, escuchando música en el gramófono.

            -¿De verdad? -preguntó Septimus. ¿Había puesto el gramófono? Sí; se lo había comentado entonces; se había encontrado a la señora Peters escuchando música en el gra-mófono.

            Empezó, con mucho cuidado, a abrir los ojos, para ver si en efecto había un gramófono allí. Pero las cosas reales, reales de verdad, eran demasiado excitantes. Debía tener cuidado. No quería volverse loco. Empezó mirando las revistas de moda en el estante inferior, luego poco a poco el gramófono con su verde trompeta. Nada podía ser más exacto. Así, echándole valor, miró el aparador, la fuente de plátanos, el grabado de la Reina Victoria y el Príncipe Consorte, la repisa de la chimenea, con el jarrón de rosas. Ninguna de estas cosas se movía. Todas estaban inmóviles; todas eran reales.  

            -Tiene mala lengua, esa mujer -dijo Rezia.

            -¿A qué se dedica el señor Peters? -preguntó Septimus.

            -Ah, pues... -dijo Rezia, tratando de recordarlo. Le parecía que la señora Filmer le había comentado que trabajaba para alguna empresa-. Ahora mismo está en Hull -dijo.

            -¡Ahora mismo! -dijo con su acento italiano. Ella misma lo había dicho. Septimus se puso la mano a modo de visera, para no ver más que un cachito del rostro de Rezia a la vez, primero la barbilla, luego la nariz, luego la frente, por si acaso tuviese alguna deformidad o alguna horrorosa señal. Pero no, ahí estaba ella, perfectamente natural, cosiendo, con los labios fruncidos que ponen las mujeres, esa expresión que invariablemente tienen cuando están cosiendo. Pero no había nada horrendo en ella, se aseguró, mirando por segunda vez, y por tercera vez, el rostro de Rezia, sus manos, porque ¿qué había de aterrador o de repugnante en ella, ahí sentada a plena luz del día, cosiendo? La señora Peters tenía mala lengua. El señor Peters estaba en Hull. ¿A qué entonces rabiar y profetizar? ¿Por qué huir, atormentado y exilado? ¿Por qué las nubes habían de hacerle temblar y sollozar? ¿A qué buscar verdades y entregar mensajes, cuando Rezia estaba sentada, prendiendo alfileres en la delantera de su vestido y el señor Peters estaba en Hull? Milagros, revelaciones, angustias, soledad, caer a través del mar, precipitarse abajo, abajo, a las llamas, todo había desaparecido, porque tenía la sensación, mientras miraba a Rezia rematando el sombrero de paja de la señora Peters, de una colcha de flores.

            -Es demasiado pequeño para la señora Peters -dijo Septimus.

            ¡Era la primera vez desde hacía días que hablaba como antes! Por supuesto que sí: absurdamente pequeño, dijo ella. Pero la señora Peters lo había elegido.

            Septimus se lo quitó de las manos. Dijo que era un sombrero para el mono de un organillero.

            ¡Qué alegría se llevó Rezia con esto! Hacía semanas que no se reían tanto juntos, desternillándose en privado como la gente casada. Lo que quería decir es que si la señora Filmer hubiese entrado, o la señora Peters, o cualquiera, no habrían entendido de qué se estaban riendo Septimus y ella.

            -¡Hala! -dijo ella, poniendo una rosa en la cinta del sombrero. ¡Nunca se había sentido tan feliz! ¡Nunca en la vida!

            Pero esto era todavía más ridículo, dijo Septimus. Ahora la pobre mujer parecía un cerdo de feria. (Nunca nadie la hizo reír tanto como Septimus.)

            ¿Qué tenía en su caja de costura? Tenía cintas y cuentas de collar, borlas, flores artificiales. Lo volcó todo sobre la mesa. El empezó a juntar colores dispares porque, aunque era un desastre con las manos, aunque era incapaz hasta de hacer un paquete, tenía en cambio un ojo prodigioso, y a menudo acertaba, algunas veces resultaba absurdo, claro, pero otras maravillosamente acertado.

            -¡Va a tener un sombrero precioso! -murmuró Septimus, tomando esto y aquello, Rezia arrodillada a su lado, mirando por encima de su hombro. Ahora ya estaba acabado, esto es, el diseño; ahora tenía que coserlo ella. Pero con mucho, mucho cuidado, dijo él, de manera que quedara exactamente como él lo había hecho.

            Así pues, se puso a coser. Cuando cosía, pensó él, hacía un ruido como el de un cazo de agua en el fogón: burbujeando, murmurando, siempre hacendosa, pellizcando y pinchando con sus deditos fuertes y afilados, la aguja destellando, siempre recta. El sol ya podía entrar y salir, ir de las borlas al papel de la pared, que él esperaría, pensaba, estirando los pies, mirándose el calcetín caído en el pie al otro extremo del sofá, esperaría en este lugar caliente, en esta bolsa de aire en calma, al que se llega a veces al salir del bosque, al atardecer, cuando, debido a un hoyo en el suelo o a que los árboles están dispuestos de una particular manera (uno debe ser científico por encima de todo, científico), el calor forma una bolsa y el aire golpea la mejilla como el ala de un pájaro.

            -Ya está -dijo Rezia, dándole vueltas al sombrero con la punta de los dedos-. Así está bien por ahora. Luego... su frase se deshizo en burbujas y goteó, ¡plic, plic, plic!, como un complacido grifo mal cerrado.

            Era maravilloso. Nunca había hecho nada que le hiciese sentirse tan orgulloso. Tan real que era, tan consistente, el sombrero de la señora Peters.

            -Míralo -dijo.

            Sí, ella siempre sería feliz contemplando ese sombrero. Había llegado a ser él mismo en ese momento, se había reído en ese momento. Habían estado solos y juntos. Siempre le gustaría ese sombrero.

            Septimus le pidió que se lo probara.

            -Pero, ¡si seguro que voy a estar rarísima! -exclamó ella, corriendo al espejo y mirándose por un lado, luego por el otro. Y entonces se lo quitó de golpe, porque se oyó a al-guien llamando a la puerta. ¿Sería Sir William Bradshaw? ¿Habría mandado ya a por él?

            ¡No! No era más que la chiquilla con el diario de la tarde.             Lo que siempre ocurría, ocurrió entonces, lo que pasaba todas las noches de su vida. La chiquilla se chupaba el pulgar, en el umbral de la puerta; Rezia se arrodillaba; Rezia le hacía carantoñas y la besaba; Rezia sacaba una bolsa de dulces del cajón de la mesa. Porque así ocurría siempre. Primero lo uno, luego lo otro. Así lo construía ella: primero lo uno, luego lo otro. Bailando, saltando, dando vueltas y vueltas a la habitación. El cogió el periódico. Surrey ha perdido, leyó. Había una ola de calor. Rezia repitió: Surrey ha perdidos;, había una ola de calor, y las frases entraban en su juego con la nieta de la señora Filmer, ambas riendo, charloteando al mismo tiempo, en medio de su juego. El estaba muy cansado. Estaba contento. Se iba a acostar. Cerró los ojos. Pero en cuanto dejó de ver, los sonidos del juego se hicieron más y más extraños y tenues, y sonaban como los gritos de gente que busca sin encontrar, y que se aleja más y más. ¡Lo habían perdido!

            Volvió en sí aterrado. ¿Qué veía? La fuente de plátanos sobre el aparador. Allí no había nadie (Rezia se había llevado a la niña a casa de su madre; era hora de irse a la cama). Eso era: quedarse solo para siempre. Esa fue la condena pronunciada en Milán cuando entró en la habitación y las vio recortando formas en tela de bocací con sus tijeras: quedarse solo para siempre.

            Estaba solo, con el aparador y los plátanos. Estaba solo, vulnerable en aquella cumbre inhóspita, tumbado, pero no en la cima de una colina, no en un risco, sino en el sofá de la sala de estar de la señora Filmer. En cuanto a las visiones, los rostros, las voces de los muertos, ¿dónde estaban? Había un biombo frente a él, con juncos negros y golondrinas azules. Ahí donde antes había visto montañas, donde había visto caras, donde había visto belleza, había un biombo.

            -¡Evans! -gritó. No hubo respuesta. El chillido de un ratón, o el roce de una cortina: ésas eran las voces de los muertos. Le quedaban el biombo, la pala del carbón, el aparador. Tenía pues que enfrentarse al biombo, a la pala de carbón, al aparador, pero Rezia irrumpió en la habitación, charlando.

            Había llegado una carta. Todos los planes se habían alterado. Al final, la señora Filmer no iba a poder ir a Brighton. No había tiempo para avisar a la señora Williams, y Rezia pensaba que era verdaderamente muy, muy molesto, cuando de repente vio el sombrero y pensó que... quizá... podría hacer un pequeño... Su voz fue apagándose en satisfecha melodía.

            -¡Maldita sea! -gritó (los juramentos de Rezia eran una broma entre ellos): se había roto la aguja. Sombrero, niño, Brighton, aguja. Rezia se lo montaba; primero una cosa, luego la otra, se lo iba montando mientras cosía.

            Quería que Septimus le dijera si cambiando la rosa de sitio había mejorado el sombrero. Estaba sentada en un extremo del sofá. Eran perfectamente felices ahora, dijo ella de repente, dejando el sombrero. Sí, porque ya podía decirle cualquier cosa. Podía decir cualquier cosa que le pasara por la cabeza. Eso fue casi lo primero que había sentido con él, aquella noche en el café, cuando llegó con sus amigos ingleses. Había entrado, un tanto tímido, mirando a su alrededor, y se le había caído el sombrero cuando fue a colgarlo. De eso sí que se acordaba. Sabía que era inglés, aunque no uno de los ingleses corpulentos que su hermana admiraba, porque siempre fue delgado, aunque con un color muy fresco, y con su gran nariz, sus ojos brillantes, su manera de sentarse un poco encorvado, le pareció, se lo había dicho muchas veces, un halcón joven, aquella noche que lo vio por primera vez, cuando es-taban jugando al dominó, y él entró: un joven halcón; pero con ella siempre estuvo muy amable. Nunca lo había visto desmadrado o borracho, sólo sufriendo algunas veces por esta terrible guerra, pero aun así. cuando ella entraba, lo olvidaba todo. Cualquier cosa, cualquiera que fuese, cualquier problemilla que ella tuviera con su trabajo, cualquier cosa que se le ocurriese se lo decía, y él lo comprendía enseguida Ni con su familia era lo mismo. Como era mayor que ella y tan inteligente -¡qué serio era, empeñado en que leyera a Shakespeare, cuando era incapaz de leer un cuento para niños en inglés!-, como tenía muchísima más experiencia, podía ayudarla. Y ella también podía ayudarlo a él.

            Pero ahora este sombrero. Y luego (se estaba haciendo tarde) Sir William Bradshaw.

            Se quedó con las manos en la cabeza ajustándose el sombrero, a la espera de que Septimus dijera si le gustaba o no, y mientras seguía ahí sentada, esperando, la mirada baja, él sentía la mente de Rezia, como un pájaro, que caía de rama en rama, hasta posarse, siempre muy correctamente; leía su mente, mientras seguía ahí sentada, en una de esas posturas relajadas que adoptaba con toda naturalidad, y si él decía algo, ella le contestaba con una sonrisa, como un pájaro que se posara firmemente en la rama, con toda la fuerza de sus garras.

            Pero él se acordaba. Bradshaw había dicho: «Las personas a quienes más apreciamos no nos convienen cuando estamos enfermos.» Bradshaw había dicho que debían enseñarle a descansar. Bradshaw había dicho que debían separarse.

            -«Debía», «debía», ¿por qué «deben»? ¿Qué poder tenía Bradshaw sobre él? «¿Con qué derecho Bradshaw me dice a mí lo que «debo»» hacer? -exclamó.

            -Es porque hablaste de suicidarte -dijo Rezia. (Gracias a Dios, ahora podía decirle cualquier cosa a Septimus.)  

            ¡Así que estaba a su merced! ¡Holmes y Bradshaw lo perseguían! ¡La bestia de las narices rojas olisqueaba por todos los rincones! ¡Y se atrevía a decirle lo que «debía» hacer! ¿Dónde estaban sus papeles, las cosas que había escrito?

            Le trajo sus papeles, las cosas que había escrito, cosas que ella había escrito para él. Las echó a tropel sobre el sofá. Las

miraron juntos. Diagramas, dibujos, pequeños hombres y mujeres blandiendo palos a modo de brazos, con alas -¿eran alas?- en la espalda, círculos trazados con monedas de un chelín y de medio chelín, los soles y las estrellas, precipicios zigzagueantes con montañeros escalando en cordadas, exactamente como tenedores y cuchillos, trozos de mar con pequeñas caras risueñas, saliendo de lo que pudieran ser las olas: el mapa del mundo. ¡Quémalos! gritó. Ahora sus escritos: los muertos que cantan detrás de los arbustos de rododendros; odas al tiempo; conversaciones con Shakespeare; Evans, Evans, Evans, sus mensajes del mundo de los muer-tos; no taléis los árboles; decídselo al Primer Ministro. Amor universal: el significado del mundo. ¡Quémalos! gritó.

            Pero Rezia puso las manos sobre los papeles. Algunos eran muy bonitos, pensó. Los iba a liar (no tenía sobres) con un trozo de seda.

            Aunque se lo llevaran, dijo, se iría con él. No podían separarlos en contra de su voluntad, dijo ella.

            Aplanando los bordes, juntó los papeles e hizo el paquete casi sin mirar, sentada junto a él, cerca, pensó Septimus, como si todos sus pétalos estuviesen alrededor de ella. Era un árbol en flor, y entre sus ramas asomaba la cara de un legislador, que había alcanzado un santuario donde no temía a nadie; ni a Holmes, ni a Bradshaw; un milagro, un triunfo, el último y más grande. Titubeante, la vio montar la impresionante escalera, lastrada con Holmes y Bradshaw, hombres que nunca pesaban menos de setenta y dos kilos y medio, que mandaban a sus mujeres a los tribunales, hombres que ganaban diez mil al año y hablaban de la proporción; que discrepaban en sus veredictos (Holmes decía un cosa, Bradshaw otra), y sin embargo eran jueces; que confundían la visión con el aparador; que no veían nada claro, y sin embargo mandaban, sin embargo infligían. Ellos eran a los que Rezia había vencido.

            -¡Ya está! -dijo ella. Los papeles estaban liados. Nadie andaría hurgando en ellos. Iba a guardarlos.

            Y, dijo, nada debía separarlos. Se sentó junto a Septimus y lo llamó por el nombre de aquel halcón o cuervo que, como era malicioso y gran destructor de cosechas, era precisamen-te como él. Nadie podría separarlos, dijo.

            Entonces se levantó para ir al dormitorio a hacer el equipaje, pero al oír voces en el piso de abajo, pensó que quizá el doctor Holmes hubiera llegado y bajó corriendo para impedir que subiese.

            Septimus la oyó hablar con el doctor Holmes en el rellano.           -Querida señora, he venido como amigo -decía Holmes.

            -No, no le dejaré ver a mi marido -dijo ella.    Septimus la veía, como una gallinita, con las alas extendidas cortándole el paso al doctor Holmes. Pero Holmes insistió.

            -Querida señora, permítame... -dijo Holmes, apartándola (Holmes era un hombre fornido).

Holmes estaba subiendo. Holmes iba a abrir la puerta de golpe. Holmes iba a decir: «¿Muerto de miedo, eh?» Holmes iba a atraparlo. Pero no; Holmes no; Bradshaw no. Se levantó vacilante, y saltando literalmente de un pie a otro, consideró el bonito cuchillo de la señora Filmer, limpio y con la palabra «pan» grabada en el mango. Ah, pero no se debía estropear una cosa así. ¿El gas? Ya era tarde para eso. Holmes se acercaba. Navajas de afeitar sí que podía haber, pero Rezia, que siempre hacía cosas así, las había metido en el equipaje. Sólo le quedaba la ventana, la gran ventana de la pensión de Bloomsbury; el asunto pesado, molesto y un tanto melodramático de abrir la ventana y tirarse. Era su idea de tragedia, no la suya ni la de Rezia (porque ella estaba de su lado). A Holmes y Bradshaw les gustaba esta clase de cosas. (Se sentó en el alféizar.) Pero esperaría hasta el último momento. No quería morir. La vida era bella; el sol caliente. ¿Simplemente seres humanos? Un viejo que bajaba por las escaleras de enfrente se detuvo y se le quedó mirando. Holmes estaba en la puerta. «¡Yo te lo daré!», gritó, y se tiró con fuerza, con violencia a la verja del patio de las habitaciones de la señora Filmer.

            -¡El muy cobarde! -gritó el doctor Holmes, abriendo la puerta de golpe. Rezia corrió a la ventana, vio, comprendió. El doctor Holmes y la señora Filmer chocaron el uno contra el otro. La señora Filmer se quitó el delantal y le tapó los ojos, en el dormitorio. Hubo mucho trajín de subidas y bajadas por la escalera. El doctor Holmes entró, blanco como una sábana, temblando de pies a cabeza, con un vaso en la mano. Tenía que ser valiente y beber algo, le dijo (¿Qué era? Algo dulce), porque su marido había quedado horriblemente mutilado y no iba a volver en sí, no debía verlo, debía ahorrarse cuantos sufrimientos pudiera, tendría que pasar por el trago del juzgado, pobre mujer, tan joven ella. ¿Quién lo hubiera dicho? Un impulso repentino, nadie tenía la más mínima culpa (le dijo a la señora Filmer). Y por qué demonios lo hizo, el doctor Holmes no tenía ni idea.

            Le parecía, mientras bebía aquella cosa dulce, que estaba abriendo unas ventanas alargadas, saliendo a cierto jardín. Pero ¿dónde? El reloj daba la hora -una, dos, tres: qué sen-sato era el sonido, comparado con todos estos golpetazos y murmullos; como el propio Septimus. Se estaba quedando dormida. Pero el reloj siguió sonando -cuatro, cinco, seis- y parecía que la señora Filmer, agitando su delantal (¿no pensarían traer el cuerpo aquí, verdad?), formaba parte de ese jardín, o que era una bandera. Rezia, en una ocasión, había visto una bandera que lentamente ondeaba desde su mástil, cuando estuvo con su tía en Venecia. Así se saludaba a los hombres muertos en combate, y Septimus había estado en la Guerra. De sus recuerdos, la mayoría eran felices.

            Se puso el sombrero y corrió entre campos de trigo             -¿dónde podía ser?- hasta llegar a una colina, en algún sitio a orillas del mar, porque había barcos, gaviotas, mariposas; estaban sentados en una roca. En Londres también, allí se sentaban y, medio entre sueños, llegaron a sus oídos por la puerta del dormitorio ruidos de lluvia, susurros, movimientos entre el trigo seco, la caricia del mar, eso era al menos como ella los oía, huecos en su concha arqueada, y así le hablaban, como en un murmullo a ella tumbada en la costa, derramada, como si fueran flores que vuelan en una tumba.

            -Está muerto -dijo, sonriéndole a la pobre vieja que la velaba con sus sinceros ojos azul pálido fijos en la puerta. (¿No pensarían traer el cuerpo aquí, verdad?) Pero la señora Filmer dijo bah, bah, bah, quitándole importancia al asunto. ¡Oh, no, no, no! Ya se lo estaban llevando. ¿Acaso no debían decírselo? Los casados deberían estar juntos, pensó la señora Filmer. Pero había que seguir las instrucciones del doctor.

            -Déjela dormir -dijo el doctor Holmes, tomándole el pulso. Vio su corpulenta silueta recortada en negro contra la ventana. Así pues, ése era el doctor Holmes.

            Uno de los triunfos de la civilización, pensó Peter Walsh.

Es uno de los triunfos de la civilización, mientras sonaba precisa y estridente la sirena de la ambulancia. Con agilidad y precisión, la ambulancia corría hacia el hospital, después de recoger al momento y con humanidad a algún pobre diablo; alguien que se ha dado un golpe en la cabeza o que ha caído enfermo, atropellado quizá hacía un minuto en alguno de esos cruces, como le podía ocurrir a uno mismo. Eso era la civilización. Le llamaba la atención, de regreso de oriente, la eficacia, la organización, el espíritu comunitario de Londres. Todos los carros y vehículos, de motu propio, se apartaban para dejar pasar a la ambulancia. Quizá fuese morboso, o quizá más bien conmovedor, el respeto que le demostraban a esa ambulancia con la víctima en su interior -hombres muy ocupados que volvían a casa a toda prisa, recordando sin embargo, instantáneamente, a su paso, a su mujer o quizá pensaban que bien podrían haber sido ellos los que se encontraran allí, tumbados en una camilla, con un médico y una enfermera... Bueno, pero pensar se volvía morboso, sentimental, en cuanto uno empezaba a evocar médicos, cadáveres; un pequeño rescoldo de placer, una especie de deseo incluso, ante esa impresión visual, le advertían a uno de no seguir adelante con esta clase de cosas -fatales para el arte, fatales para la amistad. Cierto. Y sin embargo, pensó Peter Walsh, cuando la ambulancia doblaba la esquina, aunque la sirena alta y ligera se oía por la calle siguiente y aún más allá, mientras cruzaba Tottenham Court Road, sonando sin parar, ése es el privilegio de la soledad; en la intimidad, uno puede hacer lo que quiera. Uno puede llorar si nadie le ve. Había sido su desgracia -esta susceptibilidad suya- en la sociedad anglo-india: el no llorar en el momento adecuado, ni tampoco reír. Llevo dentro algo, pensó, de pie junto al buzón de correos, que ahora podría hacerme llorar. ¿Por qué?, sabrá Dios. Por la belleza, probablemente, y por el peso del día que, empezando con aquella visita a Clarissa, lo había dejado exhausto con su calor, su intensidad, y el goteo (¡plic, plic, plic!) de una impresión tras otra en esa bodega donde se encontraban, profunda, oscura, y nadie lo sabrá nunca. En parte por eso, por este secreto, inviolable y absoluto, la vida le había resultado un jardín desconocido, lleno de esquinas y recovecos, sorprendente, sí; de verdad que le cortaban la respiración estos momentos; y ahí mismo, mientras seguía de pie junto al buzón enfrente del Museo Británico, le llegaba uno de esos momentos, todo convergía en un solo punto: esta ambulancia, la vida y la muerte. Era como si se viera chupado hacia un tejado muy alto por este arrebato de emo-ción, y el resto de su persona, como una playa blanca salpicada de conchas, quedara desnudo, Había sido su desgracia en la sociedad anglo-india, esta susceptibilidad suya.

            En una ocasión, Clarissa, una vez que iban juntos en un autobús a algún sitio, Clarissa tan impresionable, al menos superficialmente, desesperada unas veces, de excelente humor otras, toda viva en aquel tiempo, y tan buena compañía, con esa su habilidad para descubrir gente rara, nombres, pequeñas escenas insospechadas desde lo alto del autobús, porque tenían la costumbre de aventurarse por Londres y traer bolsas llenas de tesoros del mercado de la calle Caledonian -Clarissa tenía una teoría por aquel entonces- tenían montones de teorías, siempre teorías, como las que tienen los jóvenes. Era para explicar el sentimiento de insatisfac-ción que tenían: de no conocer a la gente, de no ser conocidos. Porque ¿cómo iban a conocerse? Te veías todos los días, y de repente dejabas de hacerlo durante seis meses, o años. Era insatisfactorio -en eso estaban de acuerdo- lo poco que uno conocía a la gente. Pero ella decía, sentada en el autobús que subía por Shaftesbury Avenue, que se sentía en todas partes; no «aquí, aquí y aquí», tocando el respaldo del asiento, sino en todas partes. Clarissa movía las manos, subiendo por Shaftesbury Avenue. Ella era todo eso. Así que, para conocerla a ella o a cualquiera, había que buscar a la gente que los complementaba, incluso los lugares. Tenía extrañas afinidades con personas a las que nunca había dirigido la palabra: con una mujer en la calle, con un hombre detrás de un mostrador, incluso con árboles o graneros. Aquello terminaba en una teoría trascendental que, con el terror que ella le tenía a la muerte, le permitía creer, o decir que creía (a pesar de lo escéptica que era) que, dado que nuestra apariencia, la parte de nosotros que se ve, es tan momentánea en comparación con la otra, nuestra parte invisible, que se extiende por todos lados, la invisible podría sobrevivir, podría ser recuperada a lo mejor en alguna parte de tal o cual persona, e incluso podría ser que merodease en algunos lugares, como un alma en pena, después de la muerte. Quizá, quizá.

            Recordando esa larga amistad de casi treinta años, la teoría de Clarissa resultaba válida hasta cierto punto. Por muy breves, fragmentados y a menudo dolorosos que hubieran sido sus encuentros, y aun con sus ausencias y las interrupciones (esta mañana, por ejemplo, entró Elizabeth, como una potranca de piernas largas, hermosa y boba, justo cuando iba a ponerse a hablar con Clarissa), el efecto que tenían sobre su vida había sido inconmensurable. Había cierto misterio en ello. Te daban una semilla, aguda, intensa, incómoda: el encuentro en sí, que tanto podía ser doloroso como no serlo; y sin embargo, en los sitios más insospechados, florecía, se abría, esparcía su aroma, se dejaba tocar, catar, te dejaba mirar a tu alrededor, sentirlo en su plenitud y comprenderlo, después de llevar años perdido. Así es como Clarissa había llegado a él; a bordo de un barco; en el Himalaya; evocada por las cosas más disparatadas (como Sally Seton, ¡ganso generoso y entusiasta!, que se acordaba de él al ver hortensias azules). Le había influido más que cualquier otra persona. Y siempre de esta manera, apareciéndose ante él sin desearlo, fría, señorial, crítica; o bien arrebatadora, romántica, trayendo con ella un campo inglés o su cosecha. Casi siempre la veía en el campo, no en Londres. Escena tras escena, en Bourton...

            Había llegado a su hotel. Atravesó el vestíbulo, con sus montículos de sillas y sofás rojizos, sus plantas de hojas puntiagudas y aspecto marchito. Cogió su llave del tablero. La jo-ven le entregó unas cuantas cartas. Subió. Casi siempre la veía en Bourton, a finales del verano, cuando pasaba allí una semana o incluso quince días, como solía hacerse en aquellos tiempos. Primero, se quedaba en lo alto de una colina, con las manos en el pelo, con su capa ondeando al viento, señalándolos, gritándoles: veía el río Severn ahí abajo. O bien en el bosque, poniendo el agua a hervir, muy torpe con sus manos; el humo haciendo reverencias, dándoles en la cara; su carita rosada asomando entre el humo; pidiéndole agua a una vieja que vivía en una cabaña, que salía a la puerta para verles alejarse. Siempre estaban caminando; los demás iban en coche. Le aburría el coche, ningún animal le gustaba, salvo aquel perro. Recorrían millas enteras por la carretera. Interrumpía la marcha para orientarse y le indicaba el camino de vuelta campo a través; y no paraban de discutir, hablaban de poesía, hablaban de la gente, hablaban de política (ella era radical entonces); nunca se fijaba en nada, excepto cuando se detenía, y comentaba excitada la vista de un paisaje o de un árbol, y le obligaba a que lo mirase; y reanudaban la marcha, atravesando campos de maleza, ella delante, con una flor para su tía, sin cansarse nunca pese a lo delicada que era; y llegaban a Bourton al caer la tarde. Entonces, después de la cena, el viejo Breitkopf abría el piano y se ponía a cantar sin pizca de voz, y ellos se hundían en los sillones, tratando de no reírse, pero siempre acababan sucumbiendo y rompían a reír, reír, a reírse sin motivo. El viejo Breitkopf, supuestamente, no debía darse cuenta. Luego, a la mañana siguiente, se ponían a juguetear, revoloteando como nevatillas...

            ¡Anda! ¡Carta de ella! El sobre azul; y ésa era su letra. Y tendría que leerla. ¡Otro de esos encuentros, seguramente doloroso! Leer la carta suponía un esfuerzo inmenso. «Qué maravilloso había sido verle. Tenía que decírselo.» Eso era todo.

            Pero esta carta lo puso nervioso. Le molestaba. Hubiera preferido que no se la hubiese escrito. Después de lo que había estado pensando, era como un codazo en las costillas. ¿Por qué no lo dejaba en paz? Después de todo, se había casado con Dalloway y había vivido feliz a su lado todos estos años.

            Estos hoteles no son propicios al consuelo. Ni mucho menos. Un sinnúmero de gente había colgado el sombrero en esas perchas. Hasta las moscas, pensándolo bien, se habían posado antes en las narices de otros. En cuanto a la limpieza, tan evidente que le chocaba como una bofetada, no era limpieza, sino más bien desnudez, frigidez; algo necesario. Una matrona árida hacía su ronda al amanecer, olfateando, espiando, mandando a las doncellas de nariz azul que fregaran, tregaran y fregaran , como si el próximo visitante fuera un pedazo de carne que hubiera que servir en una fuente perfectamente limpia. Para dormir, una cama; para sentarse, un sillón; para lavarse los dientes y afeitarse, un vaso, un espejo. Los libros, las cartas, la bata desaparecían en la impersonalidad de los muebles de la habitación, como impertinencias incongruentes. Y fue la carta de Clarissa la que le hizo ver todo esto. «Maravilloso volver a verte. Tenía que decirlo.» Peter dobló el papel y lo apartó; ¡nada le induciría a volverlo a leer!

            Para que esa carta le llegara antes de las seis, tuvo que sentarse a escribirla nada más irse él, ponerle el sello y mandar a alguien a echarla. Era, como suele decirse, típico de ella. Le había afectado su visita. Había sentido y mucho; por un momento, cuando le besó la mano, ella había lamentado, le había envidiado incluso, y posiblemente había recordado (lo vio en su mirada) algo que él había dicho: que cambiarían el mundo si se casaba con él, quizá; y sin embargo esto es lo que había; madurez, mediocridad; y luego con su indomable vitalidad se forzó a olvidarlo todo, porque tenía un hilo de vida cuya fuerza él no había visto en ninguna otra persona, en su resistencia, en su energía para superar los obstáculos y para seguir triunfalmente adelante. Sí, pero seguro había reaccionado justo cuando él salió de la habitación. Iba a sentir por él una terrible lástima, iba a preguntarse qué podía hacer ella para proporcionarle algún placer (cualquier cosa menos la única eficaz), y se la imaginaba con las lágrimas las mejillas, sentándose al escritorio para soltar esa única línea que Peter iba a encontrarse como saludo a su regreso... «¡Maravilloso volver a verte!» Y era sincera.

            Peter Walsh ya se había desatado los cordones de las botas.

            Pero no hubiera sido un éxito, su matrimonio. Lo otro, a fin de cuentas, era mucho más natural.

            Era extraño; era verdad; mucha gente lo sentía. Peter Walsh, a quien no había ido mal en la vida, que había desempeñado adecuadamente los trabajos habituales, era apreciado, pero se le consideraba un tanto excéntrico, se daba cierta importancia, era extraño que él tuviera, sobre todo ahora que su cabello era gris, cierto aire de satisfacción, cierto aire de algo escondido. Esto era lo que lo hacía atractivo para las mujeres, a quienes gustaba la idea de que no fuese totalmente viril. Había algo fuera de lo corriente en su persona, o detrás de su persona. Puede que fuese su afición a los libros, pues nunca venía a verte sin echar mano del libro que se encontrara encima de la mesa (ahora mismo estaba leyendo, con los cordones arrastrando por el suelo); o quizá porque era un caballero, cosa que se manifestaba en su manera de vaciar las cenizas de su pipa, dándole golpecitos, y por supuesto en sus modales con las mujeres. Porque era verdaderamente encantador y muy ridículo lo fácil que le resultaba a cualquier chica sin dos dedos de frente manejarlo a su antojo. Ella era la que corría el riesgo. Es decir, aunque tuviese el trato más fácil del mundo, y con su buen humor y buena educación verdaderamente resultaba una compañía fascinante, era sólo hasta cierto punto. Ella decía algo... pues no, no; él se daba cuenta de su falsedad. No toleraba aquello; no, no. Y luego era capaz de gritar, de hacer todo tipo de contorsiones ante alguno de esos chistes de hombres. Era el mejor juez de la cocina india. Era un hombre. Pero no la clase de hombre al que debe respetarse, lo cual era un alivio; no era como el Mayor Simmons, por ejemplo; ni en lo más remoto, pensaba Daisy cuando, a pesar de sus dos hijos pequeños, solía compararlos.

            Se quitó las botas. Se vació los bolsillos. Al sacar su cortaplumas, se le cayó una fotografía de Daisy en la veranda; Daisy toda de blanco, con un fox-terrier en las rodillas; muy agradable, muy morena; la mejor que había visto de ella. Había sido, a fin de cuentas, tan natural todo; mucho más que con Clarissa. Sin problemas. Sin molestias. Sin desafíos ni es-carceos. Todo viento en popa. Y esa muchacha morena, adorable y hermosa, en la veranda, exclamaba (la estaba oyendo): ¡Naturalmente, naturalmente que se lo daría todo!, gritaba (no sabía qué era la discreción), ¡todo lo que quisiera!, gritaba, corriendo hacia él, sin importarle quién pudiera estar mirando. Y eso que sólo tenía veinticuatro años, y con dos niños. ¡Vaya, vaya!

            No cabía duda de que se había metido en un buen lío a su edad. Y pensaba en ello cuando se despertaba en mitad de la noche. ¿Supongamos que se casaban? Para él, todo sería perfecto, pero ¿y para ella? La señora Burgess, una buena persona y nada chismosa, con quien se había sincerado, pensaba que este viaje suyo a Inglaterra, con el ostensible propósito de consultar a sus abogados, podría llevar a que Daisy recapacitara, a que pensara en las consecuencias. Se trataba de su posición social, dijo la señora Burgess; de la barrera social; de renunciar a sus hijos. Un buen día, se convertiría en una viuda con un pasado a sus espaldas, vagando por los suburbios o, más probablemente aún, promiscua (ya sabes, dijo, qué aspecto tienen esas mujeres, tan pintadas). Pero Peter Walsh le quitó importancia a todo eso. No tenía intención de morirse todavía. En cualquier caso, tenía que tomar una decisión por sí misma; ser su propio juez, pensó, paseando en calcetines por su habitación, alisando su camisa de etiqueta, pues bien podía ir a la fiesta de Clarissa, o quizá fuese a un concierto, o quizá se quedase en el hotel a leer un libro subyugante que había escrito un hombre que conoció en Oxford. Y si se jubilaba, eso es lo que haría: escribir libros. Se iría a Oxford y hurgaría en la Bodleian. La hermosa muchacha morena y adorable corría en vano hacia el extremo de la terraza, en vano le saludaba con la mano, gritaba en vano que le importaba un bledo lo que dijera la gente. Ahí estaba el hombre al que más admiraba en el mundo, el perfecto caballero, el fascinante, el distinguido (y su edad no tenía la menor importancia para ella), paseando en calcetines en un hotel de Bloomsbury, afeitándose, lavándose, acariciando, mientras cogía frascos y dejaba navajas, su idea de hurgar en la Bodleian y buscar la verdad sobre un par de temas que le interesaban. Y hablaría con quien quisiera y comería a la hora que le viniera en gana, y faltaría a las citas; y cuando Daisy le pidiera -y lo haría- un beso, y le hiciera una escena por no estar a la altura de la situación (pese a que la quería de verdad)... en pocas palabras, sería mucho mejor, tal y como la señora Burgess decía, que se olvidara de él, o simplemente lo recordara tal y como era en agosto de 1922, como una figura, de pie en la encrucijada al atardecer, que se vuelve más y más remota a medida que el charrete se aleja, llevándosela segura y atada en el asiento trasero, aunque sus brazos abiertos todavía le llamen; y mientras ella ve cómo la figura mengua hasta desaparecer, sigue gritando que sería capaz de cualquier cosa en el mundo, cualquier cosa, cualquier cosa, cualquier cosa...

            Nunca supo lo que pensaba la gente. Cada vez le resultaba más difícil concentrarse. Se quedaba absorto; se metía en sus propias preocupaciones, unas veces arisco, otras alegre; de-pendiente de las mujeres, distraído, de humor cambiante, cada vez más incapaz (eso pensaba mientras se afeitaba) de comprender por qué Clarissa no podía sencillamente buscarles un alojamiento y ser amable con Daisy, presentarla. Y en ese caso él podría... ¿Qué? Nada más que vagar y perder el tiempo (en ese momento, en efecto, estaba ocupado en ordenar varias llaves y papeles), saltar a lo que saliera y catar sabores,... estar solo, en una palabra, ser autosuficiente; pero claro, era más dependiente que nadie (se abrochó el chaleco); ésa había sido su desgracia. Era incapaz de mantenerse alejado de los clubs donde los hombres se reunían, le gustaban los coroneles, le gustaba el golf, le gustaba el bridge y, sobre todo, el trato con las mujeres, la delicadeza de su compañía, así como su fidelidad, su audacia y grandeza en el amor, lo cual, aunque tenía sus inconvenientes, le parecía (el rostro moreno, bello y adorable aparecía por encima de los sobres) tan absolutamente admirable, una flor tan espléndida que crecía en lo más alto de la vida humana, y sin embargo era incapaz de estar a la altura de la situación, con esa invariable tendencia suya a ver las cosas más allá de las apariencias (Clarissa le había dejado un hueco permanente), y a cansarse con mucha facilidad de la devoción silenciosa y desear variedad en el amor, aunque se pondría furioso si Daisy amase a cualquier otro, ¡furioso! Y es que era celoso, incontrolablemente celoso, por temperamento. ¡Sufría auténticos tormentos! Y ahora, ¿dónde estaba su navaja; su reloj; sus sellos, su cartera, y la carta de Clarissa que no iba a volver a leer pero que le gustaba recordar, y la fotografía de Daisy? Y ahora, a cenar.      

            Estaban comiendo.

            Sentados en las mesas pequeñas alrededor de jarrones, bien vestidos unos, otros no, con sus chales y sus bolsos a su lado, con su aspecto de falsa compostura, ya que no tenían costumbre de cenar tantos platos; y también de confianza, porque podían pagar la cuenta; y de cansancio, porque habían pasado el día entero recorriéndose Londres de arriba a abajo, comprando, haciendo turismo; con su curiosidad natural, pues levantaban la mirada para mirar cuando entró el apuesto caballero de las gafas de concha; con su buena voluntad, porque habrían estado encantados de hacerle cualquier pequeño favor, como prestarle un horario o suministrarle alguna información de utilidad; con su deseo, latiendo en su interior, empujándoles subterráneamente, de establecer algún tipo de punto en común, aunque sólo fuese un lugar de nacimiento (Liverpool, por ejemplo), amigos comunes o que se llamasen igual; con sus miradas furtivas, silencios extraños y que luego abandonaban para volver súbitamente al aislamiento y la alegría familiar; allí estaban cenando cuando el señor Walsh entró y tomó asiento en una mesita junto a la cortina.

 

            No es que dijera nada, porque, al estar solo, únicamente podía hablar con el camarero; era su manera de mirar la carta, de señalar con el dedo un vino en particular, de tenerse erguido en la mesa, de disponerse con seriedad y no con glotonería, a cenar lo que le ganó el respeto de los presentes, un respeto al que no podía aludir expresamente durante gran parte de la cena, pero que no pudo menos que notarse en la mesa donde estaban sentados los Morris, cuando al final de la cena oyeron decir al señor Walsh «Peras Barlett». Cómo se podía hablar con esa moderación y a la vez con firmeza, con la seguridad de quien conoce y ejerce sus derechos, basados en la justicia, era algo que ni el joven Charles Morris, ni el viejo Charles, ni la señorita Elaine, ni la señora Morris sabían. Pero cuando dijo «Peras Barlett», sentado a su mesa, solo, sintieron que Peter Walsh contaba con ellos en alguna batalla; que era el defensor de una causa que inmediatamente se convirtió en la suya propia, de tal forma que sus ojos se cruzaron en un guiño de comprensión y cuando entraron todos juntos en el salón de fumar, resultó inevitable una pequeña charla entre ellos.

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