El aristócrata solterón (cont)

––En busca del cuerpo de lady St. Simon.

Sherlock Holmes se echó hacia atrás en su asiento y rom­pió en carcajadas.

––¿Y no se le ha ocurrido dragar la pila de la fuente de Tra­falgar Square?

––¿Por qué? ¿Qué quiere decir?

––Pues que tiene usted tantas posibilidades de encontrar a la dama en un sitio como en otro.

Lestrade le dirigió a mi compañero una mirada de furia.

––Supongo que usted ya lo sabe todo ––se burló.

––Bueno, acabo de enterarme de los hechos, pero ya he lle­gado a una conclusión.

––¡Ah, claro! Y no cree usted que el Serpentine intervenga para nada en el asunto.

––Lo considero muy improbable.

––Entonces, tal vez tenga usted la bondad de explicar cómo es que encontramos esto en él ––y diciendo esto, abrió la bol­sa y volcó en el suelo su contenido; un vestido de novia de seda tornasolada, un par de zapatos de raso blanco, una guirnalda y un velo de novia, todo ello descolorido y empa­pado. Encima del montón colocó un anillo de boda nuevo––. Aquí tiene, maestro Holmes. A ver cómo casca usted esta nuez.

––Vaya, vaya ––dijo mi amigo, lanzando al aire anillos de humo azulado––. ¿Ha encontrado usted todo eso al dragar el Serpentine?

––No, lo encontró un guarda del parque, flotando cerca de la orilla. Han sido identificadas como las prendas que vestía la novia, y me pareció que si la ropa estaba allí, el cuerpo no se encontraría muy lejos.

––Según ese brillante razonamiento, todos los cadáveres deben encontrarse cerca de un armario ropero. Y dígame, por favor, ¿qué esperaba obtener con todo esto?

––Alguna prueba que complicara a Flora Millar en la desa­parición.

––Me temo que le va a resultar dificil.

––¿Conque eso se teme, eh? ––exclamó Lestrade, algo pica­do––. Pues yo me temo, Holmes, que sus deducciones y sus inferencias no le sirven de gran cosa. Ha metido dos veces la pata en otros tantos minutos. Este vestido acusa a la señorita Flora Millar.

––¿Y de qué manera?

––En el vestido hay un bolsillo. En el bolsillo hay un tarje­tero. En el tarjetero hay una nota. Y aquí está la nota ––la plantó de un manotazo en la mesa, delante de él––. Escuche esto: «Nos veremos cuando todo esté arreglado. Ven en se­guida. F H. M.». Pues bien, desde un principio mi teoría ha sido que lady St. Simon fue atraída con engaños por Flora Millar, y que ésta, sin duda con ayuda de algunos cómplices, es responsable de su desaparición. Aquí, firmada con sus iniciales, está la nota que sin duda le pasó disimuladamente en la puerta, y que sirvió de cebo para atraerla hasta sus manos.

––Muy bien, Lestrade ––dijo Holmes, riendo––. Es usted fan­tástico. Déjeme verlo ––cogió el papel con indiferencia, pero algo le llamó la atención al instante, haciéndole emitir un grito de satisfacción.

––¡Esto sí que es importante! ––dijo.

––¡Vaya! ¿Le parece a usted?

––Ya lo creo. Le felicito calurosamente.

Lestrade se levantó con aire triunfal e inclinó la cabeza para mirar.

––¡Pero...! ––exclamó––. ¡Si lo está usted mirando por el otro lado!

––Al contrario, éste es el lado bueno.

––¿El lado bueno? ¡Está usted loco! ¡La nota escrita a lápiz está por aquí!

––Pero por aquí hay algo que parece un fragmento de una factura de hotel, que es lo que me interesa, y mucho.

––Eso no significa nada. Ya me había fijado ––dijo Lestra­de––. «4 de octubre, habitación 8 chelines, desayuno 2 cheli­nes y 6 peniques, cóctel l chelín, comida 2 chelines y 6 peni­ques, vaso de jerez 8 peniques.» Yo no veo nada ahí.

––Probablemente, no. Pero aun así, es muy importante. También la nota es importante, o al menos lo son las inicia­les, así que le felicito de nuevo.

––Ya he perdido bastante tiempo ––dijo Lestrade, ponién­dose en pie––. Yo creo en el trabajo duro, y no en sentarme junto a la chimenea urdiendo bellas teorías. Buenos días, se­ñor Holmes, y ya veremos quién llega antes al fondo del asunto ––recogió las prendas, las metió otra vez en la bolsa y se dirigió a la puerta.

––Le voy a dar una pequeña pista, Lestrade ––dijo Holmes lentamente––. Voy a decirle la verdadera solución del asunto. Lady St. Simon es un mito. No existe ni existió nunca seme­jante persona.

Lestrade miró con tristeza a mi compañero. Luego se vol­vió a mí, se dio tres golpecitos en la frente, meneó solemne­mente la cabeza y se marchó con prisas.

Apenas se había cerrado la puerta tras él, cuando Sher­lock Holmes se levantó y se puso su abrigo.

––Algo de razón tiene este buen hombre en lo que dice so­bre el trabajo de campo ––comentó––. Así pues, Watson, creo que tendré que dejarle algún tiempo solo con sus periódi­cos.

Eran más de las cinco cuando Sherlock Holmes se mar­chó, pero no tuve tiempo de aburrirme, porque antes de que transcurriera una hora llegó un recadero con una gran caja plana, que procedió a desenvolver con ayuda de un mucha­cho que le acompañaba. Al poco rato, y con gran asombro por mi parte, sobre nuestra modesta mesa de caoba se des­plegaba una cena fría totalmente epicúrea. Había un par de cuartos de becada fría, un faisán, un pastel de foie––gras y va­rias botellas añejas, cubiertas de telarañas. Tras extender to­das aquellas delicias, los dos visitantes se esfumaron como si fueran genios de las Mil y Una Noches, sin dar explicaciones, aparte de que las viandas estaban pagadas y que les habían encargado llevarlas a nuestra dirección.

Poco antes de las nueve, Sherlock Holmes entró a paso rá­pido en la sala. Traía una expresión seria, pero había un bri­llo en sus ojos que me hizo pensar que no le habían fallado sus suposiciones.

––Veo que han traído la cena ––dijo, frotándose las manos.

––Parece que espera usted invitados. Han traído bastante para cinco personas.

––Sí, me parece muy posible que se deje caer por aquí algu­na visita ––dijo––. Me sorprende que lord St. Simon no haya llegado aún. ¡Ajá! Creo que oigo sus pasos en la escalera.

Era, en efecto, nuestro visitante de por la mañana, que en­tró como una tromba, balanceando sus lentes con más fuer­za que nunca y con una expresión de absoluto desconcierto en sus aristocráticas facciones.

––Veo que mi mensajero dio con usted ––dijo Holmes.

––Sí, y debo confesar que el contenido del mensaje me dejó absolutamente perplejo. ¿Tiene usted un buen fundamento para lo que dice?

––El mejor que se podría tener.

Lord St. Simon se dejó caer en un sillón y se pasó la mano por la frente.

––¿Qué dirá el duque ––murmuró–– cuando se entere de que un miembro de su familia ha sido sometido a semejante hu­millación?

––Ha sido puro accidente. Yo no veo que haya ninguna hu­millación.

––Ah, usted mira las cosas desde otro punto de vista.

––Yo no creo que se pueda culpar a nadie. A mi entender, la dama no podía actuar de otro modo, aunque la brusquedad de su proceder sea, sin duda, lamentable. Al carecer de ma­dre, no tenía a nadie que la aconsejara en esa crisis.

––Ha sido un desaire, señor, un desaire público ––dijo lord St. Simon, tamborileando con los dedos sobre la mesa.

––Debe usted ser indulgente con esta pobre muchacha, co­locada en una situación tan sin precedentes.

––Nada de indulgencias. Estoy verdaderamente indigna­do, y he sido víctima de un abuso vergonzoso.

––Creo que ha sonado el timbre ––dijo Holmes––. Sí, se oyen pasos en el vestíbulo. Si yo no puedo convencerle de que considere el asunto con mejores ojos, lord St. Simon, he traí­do un abogado que quizás tenga más éxito.

Abrió la puerta e hizo entrar a una dama y a un caballero.

––Lord St. Simon ––dijo––: permítame que le presente al se­ñor Francis Hay Moulton y señora. A la señora creo que ya la conocía.

Al ver a los recién llegados, nuestro cliente se había puesto en pie de un salto y permanecía muy tieso, con la mirada ga­cha y la mano metida bajo la pechera de su levita, convertido en la viva imagen de la dignidad ofendida. La dama se había adelantado rápidamente para ofrecerle la mano, pero él si­guió negándose a levantar la vista. Posiblemente, ello le ayu­dó a mantener su resolución, pues la mirada suplicante de la mujer era dificil de resistir.

––Estás enfadado, Robert ––dijo ella––. Bueno, supongo que te sobran motivos.

––Por favor, no te molestes en ofrecer disculpas ––dijo lord St. Simon en tono amargado.

––Oh, sí, ya sé que te he tratado muy mal, y que debería ha­ber hablado contigo antes de marcharme; pero estaba como atontada, y desde que vi aquí a Frank, no supe lo que hacía ni lo que decía. No me explico cómo no caí desmayada delante mismo del altar.

––¿Desea usted, señora Moulton, que mi amigo y yo salga­mos de la habitación mientras usted se explica?

––Si se me permite dar una opinión ––intervino el caballero desconocido––, ya ha habido demasiado secreto en este asun­to. Por mi parte, me gustaría que Europa y América enteras oyeran las explicaciones.

Era un hombre de baja estatura, fibroso, tostado por el sol, de expresión avispada y movimientos ágiles. ––Entonces, contaré nuestra historia sin más preámbulo ––dijo la señora––. Frank y yo nos conocimos en el 81, en el campamento minero de McQuire, cerca de las Rocosas, donde papá explotaba una mina. Nos hicimos novios, Frank y yo, pero un día papá dio con una buena veta y se forró de dinero, mientras el pobre Frank tenía una mina que fue a menos y acabó en nada. Cuanto más rico se hacia papá, más pobre era Frank; llegó un momento en que papá se negó a que nuestro compromiso siguiera adelante, y me llevó a San Francisco, pero Frank no se dio por vencido y me siguió has­ta allí; nos vimos sin que papá supiera nada. De haberlo sa­bido, se habría puesto furioso, así que lo organizamos todo nosotros solos. Frank dijo que también él se haría rico, y que no volvería a buscarme hasta que tuviera tanto dinero como papá. Yo prometí esperarle hasta el fin de los tiempos, y juré que mientras él viviera no me casaría con ningún otro. En­tonces, él dijo: «¿Por qué no nos casamos ahora mismo, y así estaré seguro de ti? No revelaré que soy tu marido hasta que vuelva a reclamarte». En fin, discutimos el asunto y resultó que él ya lo tenía todo arreglado, con un cura esperando y todo, de manera que nos casamos allí mismo; y después, Frank se fue a buscar fortuna y yo me volví con papá.

»Lo siguiente que supe de Frank fue que estaba en Monta­na; después oí que andaba buscando oro en Arizona, y más tarde tuve noticias suyas desde Nuevo México. Y un día apa­reció en los periódicos un largo reportaje sobre un campa­mento minero atacado por los indios apaches, y allí estaba el nombre de mi Frank entre las víctimas. Caí desmayada y es­tuve muy enferma durante meses. Papá pensó que estaba tí­sica y me llevó a la mitad de los médicos de San Francisco. Durante más de un año no llegaron más noticias, y ya no dudé de que Frank estuviera muerto de verdad. Entonces apareció en San Francisco lord St. Simon, nosotros vinimos a Londres, se organizó la boda y papá estaba muy contento, pero yo seguía convencida de que ningún hombre en el mundo podría ocupar en mi corazón el puesto de mi pobre Frank.

»Aun así, de haberme casado con lord St. Simon, yo le ha­bría sido leal. No tenemos control sobre nuestro amor, pero sí sobre nuestras acciones. Fui con él al altar con la intención de ser para él tan buena esposa como me fuera posible. Pero puede usted imaginarse lo que sentí cuando, al acercarme al altar, volví la mirada hacia atrás y vi a Frank mirándome desde el primer reclinatorio. Al principio, lo tomé por un fantasma; pero cuando lo miré de nuevo seguía allí, como preguntándome con la mirada si me alegraba de verlo o lo lamentaba. No sé cómo no caí al suelo. Sé que todo me daba vueltas, y las palabras del sacerdote me sonaban en los oídos como el zumbido de una abeja. No sabía qué hacer. ¿Debía interrumpir la ceremonia y dar un escándalo en la iglesia? Me volví a mirarlo, y me pareció que se daba cuenta de lo que yo pensaba, porque se llevó los dedos a los labios para indicarme que permaneciera callada. Luego le vi garabatear en un papel y supe que me estaba escribiendo una nota. Al pasar junto a su reclinatorio, camino de la salida, dejé caer mi ramo junto a él y él me metió la nota en la mano al devol­verme las flores. Eran sólo unas palabras diciéndome que me reuniera con él cuando él me diera la señal. Por supuesto, ni por un momento dudé de que mi principal obligación era para con él, y estaba dispuesta a hacer cualquier cosa que él me indicara.

»Cuando llegamos a casa, se lo conté a mi doncella, que le había conocido en California y siempre le tuvo simpatía. Le ordené que no dijera nada y que preparase mi abrigo y unas cuantas cosas para llevarme. Sé que tendría que habérselo dicho a lord St. Simon, pero resultaba muy dificil hacerlo de­lante de su madre y de todos aquellos grandes personajes. Decidí largarme primero y dar explicaciones después. No llevaba ni diez minutos sentada a la mesa cuando vi a Frank por la ventana, al otro lado de la calle. Me hizo una seña y echó a andar hacia el parque. Yo me levanté, me puse el abri­go y salí tras él. En la calle se me acercó una mujer que me dijo no sé qué acerca de lord St. John... Por lo poco que en­tendí, me pareció que también ella tenía su pequeño secreto anterior a la boda... Pero conseguí librarme de ella y pronto alcancé a Frank. Nos metimos en un coche y fuimos a un apartamento que tenía alquilado en Gordon Square, y allí se celebró mi verdadera boda, después de tantos años de espe­ra. Frank había caído prisionero de los apaches, había esca­pado, llegó a San Francisco, averiguó que yo le había dado por muerto y me había venido a Inglaterra, me siguió hasta aquí, y me encontró la mañana misma de mi segunda boda.

––Lo leí en un periódico ––explicó el norteamericano––. Ve­nía el nombre y la iglesia, pero no la dirección de la novia.

––Entonces discutimos lo que debíamos hacer, y Frank era partidario de revelarlo todo, pero a mí me daba tanta ver­güenza que prefería desaparecer y no volver a ver a nadie; todo lo más, escribirle unas líneas a papá para hacerle saber que estaba viva. Me resultaba espantoso pensar en todos aquellos personajes de la nobleza, sentados a la mesa y espe­rando mi regreso. Frank cogió mis ropas y demás cosas de novia, hizo un bulto con todas ellas y las tiró en algún sitio donde nadie las encontrara, para que no me siguieran la pis­ta por ellas. Lo más seguro es que nos hubiéramos marchado a París mañana, pero este caballero, el señor Holmes, vino a vernos esta tarde y nos hizo ver con toda claridad que yo es­taba equivocada y Frank tenía razón, y tanto secreto no ha­cía sino empeorar nuestra situación. Entonces nos ofreció la oportunidad de hablar a solas con lord St. Simon, y por eso hemos venido sin perder tiempo a su casa. Ahora, Robert, ya sabes todo lo que ha sucedido; lamento mucho haberte he­cho daño y espero que no pienses muy mal de mí.

Lord St. Simon no había suavizado en lo más mínimo su rígida actitud, y había escuchado el largo relato con el ceño fruncido y los labios apretados.

––Perdonen ––dijo––, pero no tengo por costumbre discutir de mis asuntos personales más íntimos de una manera tan pública.

––Entonces, ¿no me perdonas? ¿No me darás la mano antes de que me vaya?

––Oh, desde luego, si eso le causa algún placer ––extendió la mano y estrechó fríamente la que le tendían.

––Tenía la esperanza ––surgió Holmes–– de que me acompa­ñaran en una cena amistosa.

––Creo que eso ya es pedir demasiado ––respondió su seño­ría––. Quizás no me quede más remedio que aceptar el curso de los acontecimientos, pero no esperarán que me ponga a celebrarlo. Con su permiso, creo que voy a despedirme. Muy buenas noches a todos ––hizo una amplia reverencia que nos abarcó a todos y salió a grandes zancadas de la habitación.

––Entonces, espero que al menos ustedes me honren con su compañía ––dijo Sherlock Holmes––. Siempre es un placer conocer a un norteamericano, señor Moulton; soy de los que opinan que la estupidez de un monarca y las torpezas de un ministro en tiempos lejanos no impedirán que nuestros hi­jos sean algún día ciudadanos de una única nación que abar­cará todo el mundo, bajo una bandera que combinará los co­lores de la Union Jack con las Barras y Estrellas.

 

––Ha sido un caso interesante ––comentó Holmes cuando nuestros visitantes se hubieron marchado––, porque demues­tra con toda claridad lo sencilla que puede ser la explicación de un asunto que a primera vista parece casi inexplicable. No podríamos encontrar otro más inexplicable. Y no encon­traríamos una explicación más natural que la serie de acon­tecimientos narrada por esta señora, aunque los resultados no podrían ser más extraños si se miran, por ejemplo, desde el punto de vista del señor Lestrade, de Scotland Yard.

––Así pues, no se equivocaba usted.

––Desde un principio había dos hechos que me resultaron evidentísimos. El primero, que la novia había acudido por su propia voluntad a la boda; el otro, que se había arrepenti­do a los pocos minutos de regresar a casa. Evidentemente, algo había ocurrido durante la mañana que le hizo cambiar de opinión. ¿Qué podía haber sido? No podía haber hablado con nadie, porque todo el tiempo estuvo acompañada del novio. ¿Acaso había visto a alguien? De ser así, tenía que ha­ber sido alguien procedente de América, porque llevaba de­masiado poco tiempo en nuestro país como para que al­guien hubiera podido adquirir tal influencia sobre ella que su mera visión la indujera a cambiar tan radicalmente de planes. Como ve, ya hemos llegado, por un proceso de exclu­sión, a la idea de que la novia había visto a un americano. ¿Quién podía ser este americano, y por qué ejercía tanta in­fluencia sobre ella? Podía tratarse de un amante; o podía tra­tarse de un marido. Sabíamos que había pasado su juventud en ambientes muy rudos y en condiciones poco normales. Hasta aquí había llegado antes de escuchar el relato de lord St. Simon. Cuando éste nos habló de un hombre en un recli­natorio, del cambio de humor de la novia, del truco tan transparente de recoger una nota dejando caer un ramo de flores, de la conversación con la doncella y confidente, y de la significativa alusión a «pisarle la licencia a otro», que en la jerga de los mineros significa apoderarse de lo que otro ha reclamado con anterioridad, la situación se me hizo absolu­tamente clara. Ella se había fugado con un hombre, y este hombre tenía que ser un amante o un marido anterior; lo más probable parecía lo último.

––¿Y cómo demonios consiguió usted localizarlos?

––Podría haber resultado dificil, pero el amigo Lestrade te­nía en sus manos una información cuyo valor desconocía. Las iniciales, desde luego, eran muy importantes, pero aún más importante era saber que hacía menos de una semana que nuestro hombre había pagado su cuenta en uno de los hoteles más selectos de Londres.

––¿De dónde sacó lo de selecto?

––Por lo selecto de los precios. Ocho chelines por una cama y ocho peniques por una copa de jerez indicaban que se trataba de uno de los hoteles más caros de Londres. No hay muchos que cobren esos precios. En el segundo que visi­té, en Northumberland Avenue, pude ver en el libro de registros que el señor Francis H. Moulton, caballero norteameri­cano, se había marchado el día anterior; y al examinar su factura, me encontré con las mismas cuentas que habíamos visto en la copia. Había dejado dicho que se le enviara ?a co­rrespondencia al 226 de Gordon Square, así que allá me en­caminé, tuve la suerte de encontrar en casa a la pareja de enamorados yme atrevía ofrecerles algunos consejos pater­nales, indicándoles que sería mucho mejor, en todos los as­pectos, que aclararan un poco su situación, tanto al público en general como a lord St. Simon en particular. Los invité a que se encontraran aquí con él y, como ve, conseguí que también él acudiera a la cita.

––Pero con resultados no demasiado buenos ––comenté yo––. Desde luego, la conducta del caballero no ha sido muy elegante.

 

––¡Ah, Watson! ––dijo Holmes sonriendo––. Puede que tam­poco usted se comportara muy elegantemente si, después de todo el trabajo que representa echarse novia y casarse, se en­contrara privado en un instante de esposa y de fortuna. Creo que debemos ser clementes al juzgar a lord St. Simon, y dar gracias a nuestra buena estrella, porque no es probable que lleguemos a encontrarnos en su misma situación. Acerque su silla y páseme el violín; el único problema que aún nos queda por resolver es cómo pasar estas aburridas veladas de otoño.

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