El carbunclo azul

Dos días después de la Navidad, pasé a visitar a mi ami­go Sherlock Holmes con la intención de transmitirle las fe­licitaciones propias de la época. Lo encontré tumbado en el sofá, con una bata morada, el colgador de las pipas a su derecha y un montón de periódicos arrugados, que evi­dentemente acababa de estudiar, al alcance de la mano. Al lado del sofá había una silla de madera, y de una esquina de su respaldo colgaba un sombrero de fieltro ajado y mu­griento, gastadísimo por el uso y roto por varias partes. Una lupa y unas pinzas dejadas sobre el asiento indicaban que el sombrero había sido colgado allí con el fin de exami­narlo.

––Veo que está usted ocupado ––dije––. ¿Le interrumpo?

––Nada de eso. Me alegro de tener un amigo con el que po­der comentar mis conclusiones. Se trata de un caso absolu­tamente trivial ––señaló con el pulgar el viejo sombrero––, pero algunos detalles relacionados con él no carecen por completo de interés, e incluso resultan instructivos.

Me senté en su butaca y me calenté las manos en la chime­nea, pues estaba cayendo una buena helada y los cristales es­taban cubiertos de placas de hielo.

––Supongo ––comenté–– que, a pesar de su aspecto inocen­te, ese objeto tendrá una historia terrible... o tal vez es la pis­ta que le guiará a la solución de algún misterio y al castigo de algún delito.

––No, qué va. Nada de crímenes ––dijo Sherlock Holmes, echándose a reír––. Tan sólo uno de esos incidentes capricho­sos que suelen suceder cuando tenemos cuatro millones de seres humanos apretujados en unas pocas millas cuadradas. Entre las acciones y reacciones de un enjambre humano tan numeroso, cualquier combinación de acontecimientos es posible, y pueden surgir muchos pequeños problemas que resultan extraños y sorprendentes, sin tener nada de delicti­vo. Ya hemos tenido experiencias de ese tipo.

––Ya lo creo ––comenté––. Hasta el punto de que, de los seis últimos casos que he añadido a mis archivos, hay tres com­pletamente libres de delito, en el aspecto legal.

––Exacto. Se refiere usted a mi intento de recuperar los pa­peles de Irene Adler, al curioso caso de la señorita Mary Sut­herland, y a la aventura del hombre del labio retorcido. Pues bien, no me cabe duda de que este asuntillo pertenece a la misma categoría inocente. ¿Conoce usted a Peterson, el re­cadero?

––Sí.

––Este trofeo le pertenece.

––¿Es su sombrero?

––No, no, lo encontró. El propietario es desconocido. Le ruego que no lo mire como un sombrerucho desastrado, sino como un problema intelectual. Veamos, primero, cómo llegó aquí. Llegó la mañana de Navidad, en compañía de un ganso cebado que, no me cabe duda, ahora mismo se está asando en la cocina de Peterson. Los hechos son los siguien­tes. A eso de las cuatro de la mañana del día de Navidad, Pe­terson, que, como usted sabe, es un tipo muy honrado, re­gresaba de alguna pequeña celebración y se dirigía a su casa bajando por Tottenham Court Road. A la luz de las farolas vio a un hombre alto que caminaba delante de él, tamba­leándose un poco y con un ganso blanco al hombro. Al llegar a la esquina de Goodge Street, se produjo una trifulca entre este desconocido y un grupillo de maleantes. Uno de éstos le quitó el sombrero de un golpe; el desconocido levantó su bastón para defenderse y, al enarbolarlo sobre su cabeza, rompió el escaparate de la tienda que tenía detrás. Peterson había echado a correr para defender al desconocido contra sus agresores, pero el hombre, asustado por haber roto el es­caparate y viendo una persona de uniforme que corría hacia él, dejó caer el ganso, puso pies en polvorosa y se desvaneció en el laberinto de callejuelas que hay detrás de Tottenham Court Road. También los matones huyeron al ver aparecer a Peterson, que quedó dueño del campo de batalla y también del botín de guerra, formado por este destartalado sombre­ro y un impecable ejemplar de ganso de Navidad.

––¿Cómo es que no se los devolvió a su dueño?

––Mi querido amigo, en eso consiste el problema. Es cier­to que en una tarjetita atada a la pata izquierda del ave decía «Para la señora de Henry Baker», y también es cierto que en el forro de este sombrero pueden leerse las iniciales «H. B.»; pero como en esta ciudad nuestra existen varios miles de Ba­kers y varios cientos de Henry Bakers, no resulta nada fácil devolverle a uno de ellos sus propiedades perdidas.

––¿Y qué hizo entonces Peterson?

––La misma mañana de Navidad me trajo el sombrero y el ganso, sabiendo que a mí me interesan hasta los problemas más insignificantes. Hemos guardado el ganso hasta esta mañana, cuando empezó a dar señales de que, a pesar de la helada, más valía comérselo sin retrasos innecesarios. Así pues, el hombre que lo encontró se lo ha llevado para que cumpla el destino final de todo ganso, y yo sigo en poder del sombrero del desconocido caballero que se quedó sin su cena de Navidad.

––¿No puso ningún anuncio?

––No.

––¿Y qué pistas tiene usted de su identidad?

––Sólo lo que podemos deducir.

––¿De su sombrero?

––Exactamente.

––Está usted de broma. ¿Qué se podría sacar de esa ruina de fieltro?

––Aquí tiene mi lupa. Ya conoce usted mis métodos. ¿Qué puede deducir usted referente a la personalidad del hombre que llevaba esta prenda?

Tomé el pingajo en mis manos y le di un par de vueltas de mala gana. Era un vulgar sombrero negro de copa re­donda, duro y muy gastado. El forro había sido de seda roja, pero ahora estaba casi completamente descolorido. No llevaba el nombre del fabricante, pero, tal como Holmes había dicho, tenía garabateadas en un costado las iniciales «H. B.». El ala tenía presillas para sujetar una goma elásti­ca, pero faltaba ésta. Por lo demás, estaba agrietado, lleno de polvo y cubierto de manchas, aunque parecía que ha­bían intentado disimular las partes descoloridas pintándo­las con tinta.

––No veo nada ––dije, devolviéndoselo a mi amigo.

––Al contrario, Watson, lo tiene todo a la vista. Pero no es capaz de razonar a partir de lo que ve. Es usted demasiado tímido a la hora de hacer deducciones.

––Entonces, por favor, dígame qué deduce usted de este sombrero.

Lo cogió de mis manos y lo examinó con aquel aire intros­pectivo tan característico.

––Quizás podría haber resultado más sugerente ––dijo––, pero aun así hay unas cuantas deducciones muy claras, y otras que presentan, por lo menos, un fuerte saldo de proba­bilidad. Por supuesto, salta a la vista que el propietario es un hombre de elevada inteligencia, y también que hace menos de tres años era bastante rico, aunque en la actualidad atra­viesa malos momentos. Era un hombre previsor, pero ahora no lo es tanto, lo cual parece indicar una regresión moral que, unida a su declive económico, podría significar que so­bre él actúa alguna influencia maligna, probablemente la be­bida. Esto podría explicar también el hecho evidente de que su mujer ha dejado de amarle.

––¡Pero... Holmes, por favor!

––Sin embargo, aún conserva un cierto grado de amor propio ––continuó, sin hacer caso de mis protestas––. Es un hombre que lleva una vida sedentaria, sale poco, se encuen­tra en muy mala forma física, de edad madura, y con el pelo gris, que se ha cortado hace pocos días y en el que se aplica fijador. Éstos son los datos más aparentes que se deducen de este sombrero. Además, dicho sea de paso, es sumamente improbable que tenga instalación de gas en su casa.

––Se burla usted de mí, Holmes.

––Ni muchos menos. ¿Es posible que aún ahora, cuando le acabo de dar los resultados, sea usted incapaz de ver cómo los he obtenido?

––No cabe duda de que soy un estúpido, pero tengo que confesar que soy incapaz de seguirle. Por ejemplo: ¿de dónde saca que el hombre es inteligente?

A modo de respuesta, Holmes se encasquetó el sombrero en la cabeza. Le cubría por completo la frente y quedó apo­yado en el puente de la nariz.

––Cuestión de capacidad cúbica ––dijo––. Un hombre con un cerebro tan grande tiene que tener algo dentro.

––¿Y su declive económico?

––Este sombrero tiene tres años. Fue por entonces cuando salieron estas alas planas y curvadas por los bordes. Es un sombrero de la mejor calidad. Fíjese en la cinta de seda con remates y en la excelente calidad del forro. Si este hombre podía permitirse comprar un sombrero tan caro hace tres años, y desde entonces no ha comprado otro, es indudable que ha venido a menos.

––Bueno, sí, desde luego eso está claro. ¿Y eso de que era previsor, y lo de la regresión moral?

Sherlock Holmes se echó a reír.

––Aquí está la precisión ––dijo, señalando con el dedo la presilla para enganchar la goma suj etasombreros––. Ningún sombrero se vende con esto. El que nuestro hombre lo hi­ciera poner es señal de un cierto nivel de previsión, ya que se tomó la molestia de adoptar esta precaución contra el viento. Pero como vemos que desde entonces se le ha roto la goma y no se ha molestado en cambiarla, resulta evidente que ya no es tan previsor como antes, lo que demuestra cla­ramente que su carácter se debilita. Por otra parte, ha pro­curado disimular algunas de las manchas pintándolas con tinta, señal de que no ha perdido por completo su amor propio.

––Desde luego, es un razonamiento plausible.

––Los otros detalles, lo de la edad madura, el cabello gris, el reciente corte de pelo y el fijador, se advierten examinan­do con atención la parte inferior del forro. La lupa revela una gran cantidad de puntas de cabello, limpiamente cortadas por la tijera del peluquero. Todos están pegajosos, y se nota un inconfundible olor a fijador. Este polvo, fíjese usted, no es el polvo gris y terroso de la calle, sino la pelusilla parda de las casas, lo cual demuestra que ha permanecido colgado den­tro de casa la mayor parte del tiempo; y las manchas de su­dor del interior son una prueba palpable de que el propieta­rio transpira abundantemente y, por lo tanto, difícilmente puede encontrarse en buena forma física.

––Pero lo de su mujer... dice usted que ha dejado de amarle.

––Este sombrero no se ha cepillado en semanas. Cuando le vea a usted, querido Watson, con polvo de una semana acu­mulado en el sombrero, y su esposa le deje salir en semejante estado, también sospecharé que ha tenido la desgracia de perder el cariño de su mujer.

––Pero podría tratarse de un soltero.

––No, llevaba a casa el ganso como ofrenda de paz a su mu­jer. Recuerde la tarjeta atada a la pata del ave.

––Tiene usted respuesta para todo. Pero ¿cómo demonios ha deducido que no hay instalación de gas en su casa?

––Una mancha de sebo, e incluso dos, pueden caer por ca­sualidad; pero cuando veo nada menos que cinco, creo que existen pocas dudas de que este individuo entra en frecuente contacto con sebo ardiendo; probablemente, sube las escale­ras cada noche con el sombrero en una mano y un candil go­teante en la otra. En cualquier caso, un aplique de gas no produce manchas de sebo. ¿Está usted satisfecho?

––Bueno, es muy ingenioso ––dije, echándome a reír––. Pero, puesto que no se ha cometido ningún delito, como antes de­cíamos, y no se ha producido ningún daño, a excepción del extravío de un ganso, todo esto me parece un despilfarro de energía.

Sherlock Holmes había abierto la boca para responder cuando la puerta se abrió de par en par y Peterson el recade­ro entró en la habitación con el rostro enrojecido y una ex­presión de asombro sin límites.

––¡El ganso, señor Holmes! ¡El ganso, señor! ––decía ja­deante.

––¿Eh? ¿Qué pasa con él? ¿Ha vuelto a la vida y ha salido volando por la ventana de la cocina? ––Holmes rodó sobre el sofá para ver mejor la cara excitada del hombre.

––¡Mire, señor! ¡Vea lo que ha encontrado mi mujer en el buche! ––extendió la mano y mostró en el centro de la palma una piedra azul de brillo deslumbrador, bastante más pe­queña que una alubia, pero tan pura y radiante que cente­lleaba como una luz eléctrica en el hueco oscuro de la mano.

Sherlock Holmes se incorporó lanzando un silbido.

––¡Por Júpiter, Peterson! ––exclamó––. ¡A eso le llamo yo en­contrar un tesoro! Supongo que sabe lo que tiene en la mano.

––¡Un diamante, señor! ¡Una piedra preciosa! ¡Corta el cristal como si fuera masilla!

––Es más que una piedra preciosa. Es la piedra preciosa.

––¿No se referirá al carbunclo azul de la condesa de Mor­car? ––exclamé yo.

––Precisamente. No podría dejar de reconocer su tamaño y forma, después de haber estado leyendo el anuncio en el Times tantos días seguidos. Es una piedra absolutamente única, y sobre su valor sólo se pueden hacer conjeturas, pero la recompensa que se ofrece, mil libras esterlinas, no llega ni a la vigésima parte de su precio en el mercado.

––¡Mil libras! ¡Santo Dios misericordioso! ––el recadero se desplomó sobre una silla, mirándonos alternativamente a uno y a otro.

––Ésa es la recompensa, y tengo razones para creer que existen consideraciones sentimentales en la historia de esa piedra que harían que la condesa se desprendiera de la mi­tad de su fortuna con tal de recuperarla.

––Si no recuerdo mal, desapareció en el hotel Cosmopoli­tan ––comenté.

––Exactamente, el 22 de diciembre, hace cinco días. John Horner, fontanero, fue acusado de haberla sustraído del jo­yero de la señora. Las pruebas en su contra eran tan sólidas que el caso ha pasado ya a los tribunales. Creo que tengo por aquí un informe ––rebuscó entre los periódicos, consultando las fechas, hasta que seleccionó uno, lo dobló y leyó el si­guiente párrafo:

 

«Robo de joyas en el hotel Cosmopolitan. John Horner, de 26 años, fontanero, ha sido detenido bajo la acusación de ha­ber sustraído, el 22 del corriente, del joyero de la condesa de Morcar, la valiosa piedra conocida como "el carbunclo azul". James Ryder, jefe de servicio del hotel, declaró que el día del robo había conducido a Horner al gabinete de la con­desa de Morcar, para que soldara el segundo barrote de la rejilla de la chimenea, que estaba suelto. Permaneció un rato junto a Horner, pero al cabo de algún tiempo tuvo que au­sentarse. Al regresar comprobó que Horner había desapare­cido, que el escritorio había sido forzado y que el cofrecillo de tafilete en el que, según se supo luego, la condesa acos­tumbraba a guardar la joya, estaba tirado, vacío, sobre el to­cador. Ryder dio la alarma al instante, y Horner fue detenido esa misma noche, pero no se pudo encontrar la piedra en su poder ni en su domicilio. Catherine Cusack, doncella de la condesa, declaró haber oído el grito de angustia que profirió Ryder al descubrir el robo, y haber corrido a la habitación, donde se encontró con la situación ya descrita por el ante­rior testigo. El inspector Bradstreet, de la División B, confir­mó la detención de Horner, que se resistió violentamente y declaró su inocencia en los términos más enérgicos. Al exis­tir constancia de que el detenido había sufrido una condena anterior por robo, el magistrado se negó a tratar sumaria­mente el caso, remitiéndolo a un tribunal superior. Horner, que dio muestras de intensa emoción durante las diligen­cias, se desmayó al oír la decisión y tuvo que ser sacado de la sala.»

––¡Hum! Hasta aquí, el informe de la policía ––dijo Holmes, pensativo––. Ahora, la cuestión es dilucidar la cadena de acontecimientos que van desde un joyero desvalijado, en un extremo, al buche de un ganso en Tottenham Court Road, en el otro. Como ve, Watson, nuestras pequeñas deducciones han adquirido de pronto un aspecto mucho más importante y menos inocente. Aquí está la piedra; la piedra vino del gan­so y el ganso vino del señor Henry Baker, el caballero del sombrero raído y todas las demás características con las que le he estado aburriendo. Así que tendremos que ponernos muy en serio a la tarea de localizar a este caballero y determi­nar el papel que ha desempeñado en este pequeño misterio. Y para eso, empezaremos por el método más sencillo, que sin duda consiste en poner un anuncio en todos los periódi­cos de la tarde. Si esto falla, recurriremos a otros métodos.

––¿Qué va usted a decir?

––Déme un lápiz y esa hoja de papel. Vamos a ver: «Encon­trados un ganso y un sombrero negro de fieltro en la esquina de Goodge Street. El señor Henry Baker puede recuperar­los presentándose esta tarde a las 6,30 en el 221 B de Baker Street». Claro y conciso.

––Mucho. Pero ¿lo verá él?

––Bueno, desde luego mirará los periódicos, porque para un hombre pobre se trata de una pérdida importante. No cabe duda de que se asustó tanto al romper el escaparate y ver acercarse a Peterson que no pensó más que en huir; pero luego debe de haberse arrepentido del impulso que le hizo soltar el ave. Pero además, al incluir su nombre nos asegura­mos de que lo vea, porque todos los que le conozcan se lo ha­rán notar. Aquí tiene, Peterson, corra a la agencia y que in­serten este anuncio en los periódicos de la tarde.

––¿En cuáles, señor?

––Oh, pues en el Globe, el Star, el Pall Mall, la St. James Ga­zette, el Evening News, el Standard, el Echo y cualquier otro que se le ocurra.

––Muy bien, señor. ¿Y la piedra?

––Ah, sí, yo guardaré la piedra. Gracias. Y oiga, Peterson, en el camino de vuelta compre un ganso y tráigalo aquí, por­que tenemos que darle uno a este caballero a cambio del que se está comiendo su familia.

Cuando el recadero se hubo marchado, Holmes levantó la piedra y la miró al trasluz.

––¡Qué maravilla! ––dijo––. Fíjese cómo brilla y centellea. Por supuesto, esto es como un imán para el crimen, lo mis­mo que todas las buenas piedras preciosas. Son el cebo favo­rito del diablo. En las piedras más grandes y más antiguas, se puede decir que cada faceta equivale a un crimen sangrien­to. Esta piedra aún no tiene ni veinte años de edad. La en­contraron a orillas del río Amoy, en el sur de China, y pre­senta la particularidad de poseer todas las características del carbunclo, salvo que es de color azul en lugar de rojo rubí. A pesar de su juventud, ya cuenta con un siniestro historial. Ha habido dos asesinatos, un atentado con vitriolo, un suicidio y varios robos, todo por culpa de estos doce kilates de car­bón cristalizado. ¿Quién pensaría que tan hermoso juguete es un proveedor de carne para el patíbulo y la cárcel? Lo guardaré en mi caja fuerte y le escribiré unas líneas a la con­desa, avisándole de que lo tenemos.

––¿Cree usted que ese Horner es inocente?

––No lo puedo saber.

––Entonces, ¿cree usted que este otro, Henry Baker, tiene algo que ver con el asunto?

––Me parece mucho más probable que Henry Baker sea un hombre completamente inocente, que no tenía ni idea de que el ave que llevaba valla mucho más que si estuviera hecha de oro macizo. No obstante, eso lo comprobaremos mediante una sencilla prueba si recibimos respuesta a nuestro anuncio.

––¿Y hasta entonces no puede hacer nada?

––Nada.

––En tal caso, continuaré mi ronda profesional, pero volve­ré esta tarde a la hora indicada, porque me gustaría presen­ciar la solución a un asunto tan embrollado.

––Encantado de verle. Cenaré a las siete. Creo que hay be­cada. Por cierto que, en vista de los recientes acontecimien­tos, quizás deba decirle a la señora Hudson que examine cui­dadosamente el buche.

Me entretuve con un paciente, y era ya más tarde de las seis y media cuando pude volver a Baker Street. Al acercar­me a la casa vi a un hombre alto con boina escocesa y cha­queta abotonada hasta la barbilla, que aguardaba en el bri­llante semicírculo de luz de la entrada. Justo cuando yo llegaba, la puerta se abrió y nos hicieron entrar juntos a los aposentos de Holmes.

––El señor Henry Baker, supongo ––dijo Holmes, levantán­dose de su butaca y saludando al visitante con aquel aire de jovialidad espontánea que tan fácil le resultaba adoptar––. Por favor, siéntese aquí junto al fuego, señor Baker. Hace frío esta noche, y veo que su circulación se adapta mejor al vera­no que al invierno. Ah, Watson, llega usted muy a punto. ¿Es éste su sombrero, señor Baker?

––Sí, señor, es mi sombrero, sin duda alguna.

Era un hombre corpulento, de hombros cargados, cabeza voluminosa y un rostro amplio e inteligente, rematado por una barba puntiaguda, de color castaño canoso. Un toque de color en la nariz y las mejillas, junto con un ligero temblor en su mano extendida, me recordaron la suposición de Holmes acerca de sus hábitos. Su levita, negra y raída, estaba aboto­nada hasta arriba, con el cuello alzado, y sus flacas muñecas salían de las mangas sin que se advirtieran indicios de puños ni de camisa. Hablaba en voz baja y entrecortada, eligiendo cuidadosamente sus palabras, y en general daba la impre­sión de un hombre culto e instruido, maltratado por la for­tuna.

––Hemos guardado estas cosas durante varios días ––dijo Holmes–– porque esperábamos ver un anuncio suyo, dando su dirección. No entiendo cómo no puso usted el anuncio. Nuestro visitante emitió una risa avergonzada.

––No ando tan abundante de chelines como en otros tiem­pos ––dijo––. Estaba convencido de que la pandilla de malean­tes que me asaltó se había llevado mi sombrero y el ganso. No tenía intención de gastar más dinero en un vano intento de recuperarlos.

––Es muy natural. A propósito del ave... nos vimos obliga­dos a comérnosla.

––¡Se la comieron! ––nuestro visitante estaba tan excitado que casi se levantó de la silla.

––Sí; de no hacerlo no le habría aprovechado a nadie. Pero supongo que este otro ganso que hay sobre el aparador, que pesa aproximadamente lo mismo y está perfectamente fres­co, servirá igual de bien para sus propósitos.

––¡Oh, desde luego, desde luego! ––respondió el señor Ba­ker con un suspiro de alivio.

––Por supuesto, aún tenemos las plumas, las patas, el bu­che y demás restos de su ganso, así que si usted quiere...

El hombre se echó a reír de buena gana.

––Podrían servirme como recuerdo de la aventura ––dijo––, pero aparte de eso, no veo de qué utilidad me iban a resultar los disjecta membra de mi difunto amigo. No, señor, creo que, con su permiso, limitaré mis atenciones a la excelente ave que veo sobre el aparador.

Sherlock Holmes me lanzó una intensa mirada de reojo, acompañada de un encogimiento de hombros.

––Pues aquí tiene usted su sombrero, y aquí su ave ––dijo––. Por cierto, ¿le importaría decirme dónde adquirió el otro ganso? Soy bastante aficionado a las aves de corral y pocas veces he visto una mejor criada.

 

––Desde luego, señor ––dijo Baker, que se había levantado, con su recién adquirida propiedad bajo el brazo––. Algunos de nosotros frecuentamos el mesón Alpha, cerca del mu­seo... Durante el día, sabe usted, nos encontramos en el mu­seo mismo. Este año, el patrón, que se llama Windigate, es­tableció un Club del Ganso, en el que, pagando unos pocos peniques cada semana, recibiríamos un ganso por Navidad. Pagué religiosamente mis peniques, y el resto ya lo conoce usted. Le estoy muy agradecido, señor, pues una boina esco­cesa no resulta adecuada ni para mis años ni para mi carác­ter discreto.

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