El carbunclo azul (cont)

Con cómica pomposidad, nos dedicó una solemne reve­rencia y se marchó por su camino.

––Con esto queda liquidado el señor Henry Baker ––dijo Holmes, después de cerrar la puerta tras él––. Es indudable que no sabe nada del asunto. ¿Tiene usted hambre, Watson?

––No demasiada.

––Entonces, le propongo que aplacemos la cena y sigamos esta pista mientras aún esté fresca.

––Con mucho gusto.

Hacía una noche muy cruda, de manera que nos pusimos nuestros gabanes y nos envolvimos el cuello con bufandas. En el exterior, las estrellas brillaban con luz fría en un cielo sin nubes, y el aliento de los transeúntes despedía tanto humo como un pistoletazo. Nuestras pisadas resonaban fuertes y secas mientras cruzábamos el barrio de los médi­cos, Wimpole Street, Harley Street y Wigmore Street, hasta desembocar en Oxford Street. Al cabo de un cuarto de hora nos encontrábamos en Bloomsbury, frente al mesón Alpha, que es un pequeño establecimiento público situado en la es­quina de una de las calles que se dirigen a Holborn. Holmes abrió la puerta del bar y pidió dos vasos de cerveza al dueño, un hombre de cara colorada y delantal blanco.

––Su cerveza debe de ser excelente, si es tan buena como sus gansos ––dijo.

––¡Mis gansos! ––el hombre parecía sorprendido.

––Sí. Hace tan sólo media hora, he estado hablando con el señor Henry Baker, que es miembro de su Club del Ganso.

––¡Ah, ya comprendo! Pero, verá usted, señor, los gansos no son míos.

––¿Ah, no? ¿De quién son, entonces?

––Bueno, le compré las dos docenas a un vendedor de Co­vent Garden.

––¿De verdad? Conozco a algunos de ellos. ¿Cuál fue?

––Se llama Breckinridge.

––¡Ah! No le conozco. Bueno, a su salud, patrón, y por la prosperidad de su casa. Buenas noches.

––Y ahora, vamos a por el señor Breckinridge ––continuó, abotonándose el gabán mientras salíamos al aire helado de la calle––. Recuerde, Watson, que aunque tengamos a un ex­tremo de la cadena una cosa tan vulgar como un ganso, en el otro tenemos un hombre que se va a pasar siete años de tra­bajos forzados, a menos que podamos demostrar su inocen­cia. Es posible que nuestra investigación confirme su culpa­bilidad; pero, en cualquier caso, tenemos una linea de inves­tigación que la policía no ha encontrado y que una increíble casualidad ha puesto en nuestras manos. Sigámosla hasta su último extremo. ¡Rumbo al sur, pues, y a paso ligero!

Atravesamos Holborn, bajando por Endell Street, yzigza­gueamos por una serie de callejuelas hasta llegar al mercado de Covent Garden. Uno de los puestos más grandes tenía en­cima el rótulo de Breckinridge, y el dueño, un hombre con aspecto de caballo, de cara astuta y patillas recortadas, esta­ba ayudando a un muchacho a echar el cierre.

––Buenas noches, y fresquitas ––dijo Holmes.

El vendedor asintió y dirigió una mirada inquisitiva a mi compañero.

––Por lo que veo, se le han terminado los gansos ––continuó Holmes, señalando los estantes de mármol vacíos.

––Mañana por la mañana podré venderle quinientos.

––Eso no me sirve.

––Bueno, quedan algunos que han cogido olor a gas.

––Oiga, que vengo recomendado.

––¿Por quién?

––Por el dueño del Alpha.

––Ah, sí. Le envié un par de docenas.

––Y de muy buena calidad. ¿De dónde los sacó usted? Ante mi sorpresa, la pregunta provocó un estallido de có­lera en el vendedor.

––Oiga usted, señor ––dijo con la cabeza erguida y los bra­zos en jarras––. ¿Adónde quiere llegar? Me gustan la cosas claritas.

––He sido bastante claro. Me gustaría saber quién le vendió los gansos que suministró al Alpha.

––Y yo no quiero decírselo. ¿Qué pasa?

––Oh, la cosa no tiene importancia. Pero no sé por qué se pone usted así por una nimiedad.

––¡Me pongo como quiero! ¡Y usted también se pondría así si le fastidiasen tanto como a mí! Cuando pago buen dinero por un buen artículo, ahí debe terminar la cosa. ¿A qué viene tanto «¿Dónde están los gansos?» y «¿A quién le ha vendido los gansos?» y «¿Cuánto quiere usted por los gansos?» Cual­quiera diría que no hay otros gansos en el mundo, a juzgar por el alboroto que se arma con ellos.

––Le aseguro que no tengo relación alguna con los que le han estado interrogando ––dijo Holmes con tono indiferen­te––. Si no nos lo quiere decir, la apuesta se queda en nada. Pero me considero un entendido en aves de corral y he apos­tado cinco libras a que el ave que me comí es de campo.

––Pues ha perdido usted sus cinco libras, porque fue criada en Londres ––atajó el vendedor.

––De eso, nada.

––Le digo yo que sí.

––No le creo.

––¿Se cree que sabe de aves más que yo, que vengo mane­jándolas desde que era un mocoso? Le digo que todos los gansos que le vendí al Alpha eran de Londres.

––No conseguirá convencerme.

––¿Quiere apostar algo?

––Es como robarle el dinero, porque me consta que tengo razón. Pero le apuesto un soberano, sólo para que aprenda a no ser tan terco.

El vendedor se rió por lo bajo y dijo:

––Tráeme los libros, Bill.

El muchacho trajo un librito muy fino y otro muy grande con tapas grasientas, y los colocó juntos bajo la lámpara.

––Y ahora, señor Sabelotodo ––dijo el vendedor––, creía que no me quedaban gansos, pero ya verá cómo aún me queda uno en la tienda. ¿Ve usted este librito?

––Sí, ¿y qué?

––Es la lista de mis proveedores. ¿Ve usted? Pues bien, en esta página están los del campo, y detrás de cada nombre hay un número que indica la página de su cuenta en el libro mayor. ¡Veamos ahora! ¿Ve esta otra página en tinta roja? Pues es la lista de mis proveedores de la ciudad. Ahora, fijese en el tercer nombre. Léamelo.

––Señora Oakshott,117 Brixton Road... 249 ––leyó Holmes.

––Exacto. Ahora, busque esa página en el libro mayor. Holmes buscó la página indicada.

––Aquí está: señora Oakshott, 117 Brixton Road, provee­dores de huevos y pollería.

––Muy bien. ¿Cuáles la última entrada?

––Veintidós de diciembre. Veinticuatro gansos a siete che­lines y seis peniques.

––Exacto. Ahí lo tiene. ¿Qué pone debajo?

––Vendidos al señor Windigate, del Alpha, a doce chelines.

––¿Qué me dice usted ahora?

Sherlock Holmes parecía profundamente disgustado. Sacó un soberano del bolsillo y lo arrojó sobre el mostrador, retirándose con el aire de quien está tan fastidiado que inclu­so le faltan las palabras. A los pocos metros se detuvo bajo un farol y se echó a reír de aquel modo alegre y silencioso tan característico en él.

––Cuando vea usted un hombre con patillas recortadas de ese modo y el «Pink `Un» asomándole del bolsillo, puede es­tar seguro de que siempre se le podrá sonsacar mediante una apuesta ––dijo––. Me atrevería a decir que si le hubiera puesto delante cien libras, el tipo no me habría dado una informa­ción tan completa como la que le saqué haciéndole creer que me ganaba una apuesta. Bien, Watson, me parece que nos vamos acercando al foral de nuestra investigación, y lo único que queda por determinar es si debemos visitar a esta señora Oakshott esta misma noche o si lo dejamos para mañana. Por lo que dijo ese tipo tan malhumorado, está claro que hay otras personas interesadas en el asunto, aparte de nosotros, y yo creo...

Sus comentarios se vieron interrumpidos de pronto por un fuerte vocerío procedente del puesto que acabábamos de abandonar. Al darnos la vuelta, vimos a un sujeto pequeño y con cara de rata, de pie en el centro del círculo de luz pro­yectado por la lámpara colgante, mientras Breckinridge, el tendero, enmarcado en la puerta de su establecimiento, agi­taba ferozmente sus puños en dirección a la figura encogida del otro.

––¡Ya estoy harto de ustedes y sus gansos! ––gritaba––. ¡Vá­yanse todos al diablo! Si vuelven a fastidiarme con sus ton­terías, les soltaré el perro. Que venga aquí la señora Oaks­hott y le contestaré, pero ¿a usted qué le importa? ¿Acaso le compré a usted los gansos?

––No, pero uno de ellos era mío ––gimió el hombrecillo. ––Pues pídaselo a la señora Oakshott.

––Ella me dijo que se lo pidiera a usted.

––Pues, por mí, se lo puede ir a pedir al rey de Prusia. Yo ya no aguanto más. ¡Largo de aquí!

Dio unos pasos hacia delante con gesto feroz y el pregun­tón se esfumó entre las tinieblas.

––Ajá, esto puede ahorrarnos una visita a Brixton Road ––susurró Holmes––. Venga conmigo y veremos qué podemos sacarle a ese tipo.

Avanzando a largas zancadas entre los reducidos grupi­llos de gente que aún rondaban en torno a los puestos ilumi­nados, mi compañero no tardó en alcanzar al hombrecillo y le tocó con la mano en el hombro. El individuo se volvió bruscamente y pude ver a la luz de gas que de su cara había desaparecido todo rastro de color.

––¿Quién es usted? ¿Qué quiere? ––preguntó con voz tem­blorosa.

––Perdone usted ––dijo Holmes en tono suave––, pero no he podido evitar oír lo que le preguntaba hace un momento al tendero, y creo que yo podría ayudarle.

––¿Usted? ¿Quién es usted? ¿Cómo puede saber nada de este asunto?

––Me llamo Sherlock Holmes, y mi trabajo consiste en sa­ber lo que otros no saben.

––Pero usted no puede saber nada de esto.

––Perdone, pero lo sé todo. Anda usted buscando unos gansos que la señora Oakshott, de Brixton Road, vendió a un tendero llamado Breckinridge, y que éste a su vez vendió al señor Windigate, del Alpha, y éste a su club, uno de cuyos miembros es el señor Henry Baker.

––Ah, señor, es usted el hombre que yo necesito ––exclamó el hombrecillo, con las manos extendidas y los dedos tem­blorosos––. Me sería dificil explicarle el interés que tengo en este asunto.

Sherlock Holmes hizo señas a un coche que pasaba.

––En tal caso, lo mejor sería hablar de ello en una habita­ción confortable, y no en este mercado azotado por el viento ––dijo––. Pero antes de seguir adelante, dígame por favor a quién tengo el placer de ayudar.

El hombre vaciló un instante.

––Me llamo John Robinson ––respondió, con una mirada de soslayo.

––No, no, el nombre verdadero ––dijo Holmes en tono ama­ble––. Siempre resulta incómodo tratar de negocios con un alias.

Un súbito rubor cubrió las blancas mejillas del descono­cido.

––Está bien, mi verdadero nombre es James Ryder.

––Eso es. Jefe de servicio del hotel Cosmopolitan. Por fa­vor, suba al coche y pronto podré informarle de todo lo que desea saber.

El hombrecillo se nos quedó mirando con ojos medio asustados y medio esperanzados, como quien no está seguro de si le aguarda un golpe de suerte o una catástrofe. Subió por fin al coche, y al cabo de media hora nos encontrábamos de vuelta en la sala de estar de Baker Street. No se había pro­nunciado una sola palabra durante todo el trayecto, pero la respiración agitada de nuestro nuevo acompañante y su continuo abrir y cerrar de manos hablaban bien a las claras de la tensión nerviosa que le dominaba.

––¡Henos aquí! ––dijo Holmes alegremente cuando pene­tramos en la habitación––. Un buen fuego es lo más adecua­do para este tiempo. Parece que tiene usted frío, señor Ry­der. Por favor, siéntese en el sillón de mimbre. Permita que me ponga las zapatillas antes de zanjar este asuntillo suyo. ¡Ya está! ¿Así que quiere usted saber lo que fue de aquellos gansos?

––Sí, señor.

––O más bien, deberíamos decir de aquel ganso. Me parece que lo que le interesaba era un ave concreta... blanca, con una franja negra en la cola.

Ryder se estremeció de emoción.

––¡Oh, señor! ––exclamó––. ¿Puede usted decirme dónde fue a parar?

––Aquí.

––¿Aquí?

––Sí, y resultó ser un ave de lo más notable. No me extraña que le interese tanto. Como que puso un huevo después de muerta... el huevo azul más pequeño, precioso y brillante que jamás se ha visto. Lo tengo aquí en mi museo.

Nuestro visitante se puso en pie, tambaleándose, y se aga­rró con la mano derecha a la repisa de la chimenea. Holmes abrió su caja fuerte y mostró el carbunclo azul, que brillaba como una estrella, con un resplandor frío que irradiaba en todas direcciones. Ryder se lo quedó mirando con las faccio­nes contraídas, sin decidirse entre reclamarlo o negar todo conocimiento del mismo.

––Se acabó el juego, Ryder ––dijo Holmes muy tranquilo––. Sosténgase, hombre, que se va a caer al fuego. Ayúdele a sen­tarse, Watson. Le falta sangre fría para meterse en robos im­punemente. Déle un trago de brandy. Así. Ahora parece un poco más humano. ¡Menudo mequetrefe, ya lo creo!

Durante un momento había estado a punto de desplo­marse, pero el brandy hizo subir un toque de color a sus me­jillas, y permaneció sentado, mirando con ojos asustados a su acusador.

––Tengo ya en mis manos casi todos los eslabones y las pruebas que podría necesitar, así que es poco lo que puede usted decirme. No obstante, hay que aclarar ese poco para que el caso quede completo. ¿Había usted oído hablar de esta piedra de la condesa de Morcar, Ryder?

––Fue Catherine Cusack quien me habló de ella ––dijo el hombre con voz cascada.

––Ya veo. La doncella de la señora. Bien, la tentación de ha­cerse rico de golpe y con facilidad fue demasiado fuerte para usted, como lo ha sido antes para hombres mejores que usted; pero no se ha mostrado muy escrupuloso en los métodos em­pleados. Me parece, Ryder, que tiene usted madera de bellaco miserable. Sabía que ese pobre fontanero, Horner, había esta­do complicado hace tiempo en un asunto semejante, y que eso le convertiría en el blanco de todas las sospechas. ¿Y qué hizo entonces? Usted y su cómplice Cusack hicieron un pe­queño estropicio en el cuarto de la señora y se las arreglaron para que hiciesen llamar a Horner. Y luego, después de que Horner se marchara, desvalijaron el joyero, dieron la alarma e hicieron detener a ese pobre hombre. A continuación...

De pronto, Ryder se dejó caer sobre la alfombra y se aga­rró a las rodillas de mi compañero.

––¡Por amor de Dios, tenga compasión! ––chillaba––. ¡Piense en mi padre! ¡En mi madre! Esto les rompería el corazón. Ja­más hice nada malo antes, y no lo volveré a hacer. ¡Lo juro! ¡Lo juro sobre la Biblia! ¡No me lleve a los tribunales! ¡Por amor de Cristo, no lo haga!

––¡Vuelva a sentarse en la silla! ––dijo Holmes rudamente––. Es muy bonito eso de llorar y arrastrarse ahora, pero bien poco pensó usted en ese pobre Horner, preso por un delito del que no sabe nada.

––Huiré, señor Holmes. Saldré del país. Así tendrán que retirar los cargos contra él.

––¡Hum! Ya hablaremos de eso. Y ahora, oigamos la autén­tica versión del siguiente acto. ¿Cómo llegó la piedra al bu­che del ganso, y cómo llegó el ganso al mercado público? Dí­ganos la verdad, porque en ello reside su única esperanza de salvación.

Ryder se pasó la lengua por los labios resecos.

––Le diré lo que sucedió, señor ––dijo––. Una vez detenido Horner, me pareció que lo mejor sería esconder la piedra cuanto antes, porque no sabía en qué momento se le podía ocurrir a la policía registrarme a mí y mi habitación. En el hotel no había ningún escondite seguro. Salí como si fuera a hacer un recado y me fui a casa de mi hermana, que está ca­sada con un tipo llamado Oakshott y vive en Brixton Road, donde se dedica a engordar gansos para el mercado. Duran­te todo el camino, cada hombre que veía se me antojaba un policía o un detective, y aunque hacía una noche bastante fría, antes de llegar a Brixton Road me chorreaba el sudor por toda la cara. Mi hermana me preguntó qué me ocurría para estar tan pálido, pero le dije que estaba nervioso por el robo de joyas en el hotel. Luego me fui al patio trasero, me fumé una pipa y traté de decidir qué era lo que más me con­venía hacer.

»En otros tiempos tuve un amigo llamado Maudsley que se fue por el mal camino y acaba de cumplir condena en Pen­tonville. Un día nos encontramos y se puso a hablarme sobre las diversas clases de ladrones y cómo se deshacían de lo ro­bado. Sabía que no me delataría, porque yo conocía un par de asuntillos suyos, así que decidí ir a Kilburn, que es donde vive, y confiarle mi situación. Él me indicará cómo conver­tir la piedra en dinero. Pero ¿cómo llegar hasta él sin contra­tiempos? Pensé en la angustia que había pasado viniendo del hotel, pensando que en cualquier momento me podían de­tener y registrar, y que encontrarían la piedra en el bolsillo de mi chaleco. En aquel momento estaba apoyado en la pa­red, mirando a los gansos que correteaban alrededor de mis pies, y de pronto se me ocurrió una idea para burlar al mejor detective que haya existido en el mundo.

»Unas semanas antes, mi hermana me había dicho que podía elegir uno de sus gansos como regalo de Navidad, y yo sabía que siempre cumplía su palabra. Cogería ahora mismo mi ganso y en su interior llevaría la piedra hasta Kilburn. Había en el patio un pequeño cobertizo, y me metí detrás de él con uno de los gansos, un magnífico ejemplar, blanco y con una franja en la cola. Lo sujeté, le abrí el pico y le metí la piedra por el gaznate, tan abajo como pude llegar con los de­dos. El pájaro tragó, y sentí la piedra pasar por la garganta y llegar al buche. Pero el animal forcejeaba y aleteaba, y mi hermana salió a ver qué ocurría. Cuando me volví para ha­blarle, el bicho se me escapó y regresó dando un pequeño vuelo entre sus compañeros.

»––¿Qué estás haciendo con ese ganso, Jem? ––preguntó mi hermana.

»––Bueno ––dije––, como dijiste que me ibas a regalar uno por Navidad, estaba mirando cuál es el más gordo.

»––Oh, ya hemos apartado uno para ti ––dijo ella––. Lo lla­mamos el ganso de Jem. Es aquel grande y blanco. En total hay veintiséis; o sea, uno para ti, otro para nosotros y dos docenas para vender.

»––Gracias, Maggie ––dije yo––. Pero, si te da lo mismo, pre­fiero ese otro que estaba examinando.

»––El otro pesa por lo menos tres libras más ––dijo ella––, y lo hemos engordado expresamente para ti.

»––No importa. Prefiero el otro, y me lo voy a llevar ahora ––dije.

»—Bueno, como quieras ––dijo ella, un poco mosqueada––. ¿Cuál es el que dices que quieres?

»––Aquel blanco con una raya en la cola, que está justo en medio.

»––De acuerdo. Mátalo y te lo llevas.

»Así lo hice, señor Holmes, y me llevé el ave hasta Kil­burn. Le conté a mi amigo lo que había hecho, porque es de la clase de gente a la que se le puede contar una cosa así. Se rió hasta partirse el pecho, y luego cogimos un cuchillo y abrimos el ganso. Se me encogió el corazón, porque allí no había ni rastro de la piedra, y comprendí que había cometi­do una terrible equivocación. Dejé el ganso, corrí a casa de mi hermana y fui derecho al patio. No había ni un ganso a la vista.

»––¿Dónde están todos, Maggie? ––exclamé.

»––Se los llevaron a la tienda.

»––¿A qué tienda?

»––A la de Breckinridge, en Covent Garden.

»––¿Había otro con una raya en la cola, igual que el que yo me llevé? ––pregunté.

»––Sí, Jem, había dos con raya en la cola. Jamás pude dis­tinguirlos.

»Entonces, naturalmente, lo comprendí todo, y corrí a toda la velocidad de mis piernas en busca de ese Breckinrid­ge; pero ya había vendido todo el lote y se negó a decirme a quién. Ya le han oído ustedes esta noche. Pues todas las ve­ces ha sido igual. Mi hermana cree que me estoy volviendo loco. A veces, yo también lo creo. Y ahora... ahora soy un la­drón, estoy marcado, y sin haber llegado a tocar la riqueza por la que vendí mi buena fama. ¡Que Dios se apiade de mí! ¡Que Dios se apiade de mí!

Estalló en sollozos convulsivos, con la cara oculta entre las manos.

Se produjo un largo silencio, roto tan sólo por su agitada respiración y por el rítmico tamborileo de los dedos de Sher­lock Holmes sobre el borde de la mesa. Por fin, mi amigo se levantó y abrió la puerta de par en par.

––¡Váyase! ––dijo.

––¿Cómo, señor? ¡Oh! ¡Dios le bendiga!

––Ni una palabra más. ¡Fuera de aquí!

Y no hicieron falta más palabras. Hubo una carrera preci­pitada, un pataleo en la escalera, un portazo y el seco repicar de pies que corrían en la calle.

 

––Al fin y al cabo, Watson ––dijo Holmes, estirando la mano en busca de su pipa de arcilla––, la policía no me paga para que cubra sus deficiencias. Si Horner corriera peligro, sería diferente, pero este individuo no declarará contra él, y el proceso no seguirá adelante. Supongo que estoy indultan­do a un delincuente, pero también es posible que esté sal­vando un alma. Este tipo no volverá a descarriarse. Está de­masiado asustado. Métalo en la cárcel y lo convertirá en carne de presidio para el resto de su vida. Además, estamos en época de perdonar. La casualidad ha puesto en nuestro camino un problema de lo más curioso y extravagante, y su solución es recompensa suficiente. Si tiene usted la amabili­dad de tirar de la campanilla, doctor, iniciaremos otra inves­tigación, cuyo tema principal será también un ave de corral.

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