El dedo pulgar del Ingeniero (cont)

»Cogí la lámpara de su mano y examiné a conciencia la máquina. Era verdaderamente gigantesca y capaz de ejercer una presión enorme. Sin embargo, cuando salí y accioné las palancas de control, supe al instante, por el siseo que produ­cía, que existía una pequeña fuga de agua por uno de los cilin­dros laterales. Un nuevo examen reveló que una de las bandas de caucho que rodeaban la cabeza de un eje se había encogido y no llenaba del todo el tubo por el que se deslizaba. Aquélla, evidentemente, era la causa de la pérdida de potencia y así se lo hice ver a mis acompañantes, que escucharon con gran atención mis palabras e hicieron varias preguntas de tipo práctico sobre el modo de corregir la avería. Después de ex­plicárselo con toda claridad, volví a entrar en la cámara de la máquina y le eché un buen vistazo para satisfacer mi propia curiosidad. Se notaba a primera vista que la historia de la tie­rra de batán era pura fábula, porque sería absurdo utilizar una máquina tan potente para unos fines tan inadecuados. Las paredes eran de madera, pero el suelo era una gran plan­cha de hierro, y cuando me agaché a examinarlo pude adver­tir una capa de sedimento metálico por toda su superficie. Es­taba en cuclillas, rascándolo para ver qué era exactamente, cuando oí mascullar una exclamación en alemán y vi el ros­tro cadavérico del coronel que me miraba desde arriba.

»––¿Qué está usted haciendo? ––preguntó.

»Yo estaba irritado por haber sido engañado con una his­toria tan descabellada como la que me había contado, y con­testé:

»––Estaba admirando su tierra de batán. Creo que podría aconsejarle mejor acerca de su máquina si conociera el pro­pósito exacto para el que la utiliza.

»En el mismo instante de pronunciar aquellas palabras, lamenté haber hablado con tanto atrevimiento. Su expresión se endureció y en sus ojos se encendió una luz siniestra.

»––Muy bien ––dijo––. Va usted a saberlo todo acerca de la máquina.

»Dio un paso atrás, cerró de golpe la puertecilla e hizo gi­rar la llave en la cerradura. Yo me lancé sobre la puerta y tiré del picaporte, pero estaba bien trabado y la puerta resistió todas mis patadas y empujones.

»––¡Oiga! ––grité––. ¡Eh, coronel! ¡Déjeme salir!

»Y entonces, en el silencio de la noche, oí de pronto un so­nido que me puso el corazón en la boca. Era el chasquido de las palancas y el siseo del cilindro defectuoso. Habían puesto en funcionamiento la máquina. La lámpara seguía en el sue­lo, donde yo la había dejado para examinar el piso. A su luz pude ver que el techo negro descendía sobre mí, despacio y con sacudidas, pero, como yo sabía mejor que nadie, con una fuerza que en menos de un minuto me reduciría a una pulpa informe. Me arrojé contra la puerta gritando y ataqué la cerradura con las uñas. Imploré al coronel que me dejara salir, pero el implacable chasquido de las palancas ahogó mis gritos. El techo ya sólo estaba a uno o dos palmos por encima de mi cabeza, y levantando la mano podía palpar su dura y rugosa superficie. Entonces se me ocurrió de pronto que mi muerte sería más o menos dolorosa según la posi­ción en que me encontrara. Si me tumbaba boca abajo, el peso caería sobre mi columna vertebral, y me estremecí al pensar en el terrible crujido. Tal vez fuera mejor ponerse al revés, pero ¿tendría la suficiente sangre fría para quedarme tumbado, viendo descender sobre mí aquella mortífera sombra negra? Ya me resultaba imposible permanecer de pie, cuando mis ojos captaron algo que inyectó en mi cora­zón un chorro de esperanza.

»Ya he dicho que, aunque el suelo y el techo eran de hie­rro, las paredes eran de madera. Al echar una última y ur­gente mirada a mi alrededor, descubrí una fina línea de luz amarillenta entre dos de las tablas, que se iba ensanchando cada vez más al retirarse hacia atrás un pequeño panel. Du­rante un instante, casi no pude creer que allí se abría una puerta por la que podría escapar de la muerte. Pero al ins­tante siguiente me lancé a través de ella y caí, casi desmaya­do, al otro lado. El panel se había vuelto a cerrar detrás de mí, pero el crujillo de la lámpara y, unos instantes después, el choque de las dos planchas de metal, me hicieron com­prender por qué poco había escapado.

»Un frenético tirón de la muñeca me hizo volver en mí, y me encontré caído en el suelo de piedra de un estrecho pasi­llo. Una mujer se inclinaba sobre mí y tiraba de mi brazo con la mano izquierda, mientras sostenía una vela en la derecha. Era la misma buena amiga cuyas advertencias había recha­zado tan estúpidamente.

»––¡Vamos! ¡Vamos! ––me gritaba sin aliento––. ¡Estarán aquí dentro de un momento! ¡Verán que no está usted ahí! ¡No pierda un tiempo tan precioso! ¡Venga!

Al menos esta vez no me burlé de sus consejos. Me puse en pie, un poco tambaleante, y corrí con ella por el pasillo, bajando luego por una escalera de caracol que conducía a otro corredor más ancho. Justo cuando llegábamos a éste, oímos ruido de pies que corrían y gritos de dos voces, una de ellas respondiendo a la otra, en el piso en el que estábamos y en el de abajo. Mi guía se detuvo y miró a su alrededor como sin saber qué hacer. Entonces abrió una puerta que daba a un dormitorio, a través de cuya ventana se veía brillar la luna.

»––¡Es su única oportunidad! ––dijo––. Está bastante alto, pero quizás pueda saltar.

»Mientras ella hablaba, apareció una luz en el extremo opuesto del corredor y vi la flaca figura del coronel Lysander Stark corriendo hacia nosotros con un farol en una mano y un arma parecida a una cuchilla de carnicero en la otra. Atravesé corriendo la habitación, abrí la ventana y miré al exterior. ¡Qué tranquilo, acogedor y saludable se veía el jar­dín a la luz de la luna! Y no podía estar a más de diez metros de distancia hacia abajo. Me encaramé al antepecho, pero no me decidí a saltar hasta haber oído lo que sucedía entre mi salvadora y el rufián que me perseguía. Si intentaba maltra­tarla, estaba decidido a volver en su ayuda, costara lo que costara. Apenas había tenido tiempo de pensar esto cuando él llegó a la puerta, apartando de un empujón a la mujer; pero ella le echó los brazos al cuello e intentó detenerlo.

»––¡Fritz! ¡Fritz! ––gritaba en inglés––. Recuerda lo que me prometiste después de la última vez. Dijiste que no volvería a ocurrir. ¡No dirá nada! ¡De verdad que no dirá nada!

»––¡Estás loca, Elisa! ––grito él, forcejeando para desemba­razarse de ella––. ¡Será nuestra ruina! Este hombre ha visto demasiado. ¡Déjame pasar, te digo!

»La arrojó a un lado y, corriendo a la ventana, me atacó con su pesada arma. Yo me había descolgado y estaba aga­rrado con los dedos a la ranura de la ventana, con las manos sobre el alféizar, cuando cayó el golpe. Sentí un dolor apaga­do, mi mano se soltó y caí al jardín.

»La caída fue violenta, pero no sufrí ningún daño. Me in­corporé, pues, y corrí entre los arbustos tan deprisa como pude, pues me daba cuenta de que aún no estaba fuera de pe­ligro, ni mucho menos. Pero de pronto, mientras corría, se apoderó de mí un terrible mareo y casi me desmayé. Me miré la mano, que palpitaba dolorosamente, y entonces vi por vez primera que me habían cortado el dedo pulgar y que la san­gre brotaba a chorros de la herida. Intenté vendármela con un pañuelo, pero entonces sentí un repentino zumbido en los oídos y al instante siguiente caí desvanecido entre los rosales.

»No podría decir cuánto tiempo permanecí inconsciente. Tuvo que ser bastante tiempo, porque cuando recuperé el sentido la luna se había ocultado y empezaba a despuntar la mañana. Tenía las ropas empapadas de rocío y la manga de la chaqueta toda manchada de sangre de la herida. El dolor de la misma me hizo recordar en un instante todos los deta­lles de mi aventura nocturna, y me puse en pie de un salto, con la sensación de que aún no me encontraba a salvo de mis perseguidores. Pero me llevé una gran sorpresa al mirar a mi alrededor y comprobar que no había ni rastro de la casa ni del jardín. Había estado tumbado en un rincón del seto, al lado de la carretera, y un poco más abajo había un edificio largo, que al acercarme a él resultó ser la misma estación a la que había llegado la noche antes. De no ser por la fea herida de mi mano, habría pensado que todo lo ocurrido durante aquellas terribles horas había sido una pesadilla.

»Medio atontado, llegué a la estación y pregunté por el tren de la mañana. Salía uno para Reading en menos de una hora. Vi que estaba de servicio el mismo mozo que había visto al llegar. Le pregunté si había oído alguna vez hablar del coronel Lysander Stark. El nombre no le decía nada. ¿Se había fijado, la noche anterior, en el coche que me esperaba? No, no se había fijado. ¿Había una comisaría de policía cerca de la estación? Había una, a unas tres millas.

»Era demasiado lejos para mí, con lo débil y maltrecho que estaba. Decidí esperar hasta llegar a Londres para con­tarle mi historia a la policía. Eran poco más de las seis cuan­do llegué, fui antes que nada a que me curaran la herida, y luego el doctor tuvo la amabilidad de traerme aquí. Pongo el caso en sus manos, y haré exactamente lo que usted me aconseje.

Ambos guardamos silencio durante unos momentos des­pués de escuchar este extraordinario relato. Entonces Sher­lock Holmes cogió de un estante uno de los voluminosos li­bros en los que guardaba sus recortes.

––Aquí hay un anuncio que puede interesarle ––dijo––. Apa­reció en todos los periódicos hace aproximadamente un año. Escuche: «Desaparecido el 9 del corriente, el señor Jere­miah Hayling, ingeniero hidráulico de 26 años. Salió de su domicilio a las diez de la noche y no se le ha vuelto a ver. Ves­tía, etc.». ¡Ajá! Imagino que ésta fue la última vez que el co­ronel tuvo necesidad de reparar su máquina.

––¡Cielo santo! ––exclamó mi paciente––. ¡Eso explica lo que dijo la mujer!

––Sin duda alguna. Es evidente que el coronel es un hom­bre frío y temerario, absolutamente decidido a que nada se interponga en su juego, como aquellos piratas desalmados que no dejaban supervivientes en los barcos que abordaban. Bueno, no hay tiempo que perder, así que, si se siente usted capaz, nos pasaremos ahora mismo por Scotland Yard, como paso previo a nuestra visita a Eyford.

Unas tres horas después, nos encontrábamos todos en el tren que salla de Reading con destino al pueblecito de Berks­hire. «Todos» éramos Sherlock Holmes, el ingeniero hidráu­lico, el inspector Bradstreet de Scodand Yard, un policía de paisano y yo. Bradstreet había desplegado sobre el asiento un mapa militar de la región y estaba muy ocupado con sus compases, trazando un círculo con Eyford como centro.

––Aquí lo tienen ––dijo––. Este círculo tiene un radio de diez millas a partir del pueblo. El sitio que buscamos tiene que estar en algún punto cercano a esta línea. Dijo usted diez mi­llas, ¿no es así, señor?

––Fue un trayecto de una hora, a buena velocidad.

––¿Y piensa usted que lo trajeron de vuelta mientras se en­contraba inconsciente?

––Tuvo que ser así. Conservo un vago recuerdo de haber sido levantado y llevado a alguna parte.

––Lo que no acabo de entender ––dije yo–– es por qué no lo mataron cuando lo encontraron sin sentido en el jardín. Puede que el asesino se ablandara ante las súplicas de la mujer.

––No me parece probable. Jamás en mi vida vi un rostro tan implacable.

––Bueno, pronto aclararemos eso ––dijo Bradstreet––. Y ahora, una vez trazado el círculo, me gustaría saber en qué punto del mismo podremos encontrar a la gente que anda­mos buscando.

––Creo que podría señalarlo con el dedo ––dijo Holmes tranquilamente.

––¡Válgame Dios! ––exclamó el inspector––. ¡Ya se ha forma­do una opinión! Está bien, veamos quién está de acuerdo. Yo digo que está al sur, porque la región está menos poblada por esa parte.

––Y yo digo que al este ––dijo mi paciente.

––Yo voto por el oeste ––apuntó el policía de paisano––. Por esa parte hay varios pueblecitos muy tranquilos.

––Y yo voto por el norte ––dije yo––, porque por ahí no hay colinas, y nuestro amigo ha dicho que no observó que el co­che pasara por ninguna.

––Bueno ––dijo el inspector echándose a reír––. No puede haber más diversidad de opiniones. Hemos recorrido toda la brújula. ¿A quién apoya usted con el voto decisivo?

––Todos se equivocan.

––Pero no es posible que nos equivoquemos todos.

––Oh, sí que lo es. Yo voto por este punto ––colocó el dedo en el centro del círculo––. Aquí es donde los encontraremos.

––¿Y el recorrido de doce millas? ––alegó Hatherley.

––Seis de ida y seis de vuelta. No puede ser más sencillo. Usted mismo dijo que el caballo se encontraba fresco y relu­ciente cuando usted subió al coche. ¿Cómo podía ser eso si había recorrido doce millas por caminos accidentados?

––Desde luego, es un truco bastante verosímil ––comentó Bradstreet, pensativo––. Y, por supuesto, no hay dudas sobre a qué se dedica esa banda.

––Absolutamente ninguna ––corroboró Holmes––. Son fal­sificadores de moneda a gran escala, y utilizan la máquina para hacer la amalgama con la que sustituyen a la plata.

––Hace bastante tiempo que sabemos de la existencia de una banda muy hábil ––dijo el inspector––. Están poniendo en circulación monedas de media corona a millares. Les hemos seguido la pista hasta Reading, pero no pudimos pasar de ahí; han borrado sus huellas de una manera que indica que se trata de verdaderos expertos. Pero ahora, gracias a este golpe de suerte, creo que les echaremos el guante.

Pero el inspector se equivocaba, porque aquellos crimina­les no estaban destinados a caer en manos de la justicia.

Cuando entrábamos en la estación de Eyford vimos una gi­gantesca columna de humo que ascendía desde detrás de una pequeña arboleda cercana, cerniéndose sobre el paisaje como una inmensa pluma de avestruz.

––¿Un incendio en una casa? ––preguntó Bradstreet, mien­tras el tren arrancaba de nuevo para seguir su camino.

––Sí, señor ––dijo el jefe de estación.

––¿A qué hora se inició?

––He oído que durante la noche, señor, pero ha ido empeo­rando y ahora toda la casa está en llamas.

––¿De quién es la casa?

––Del doctor Becher.

––Dígame ––interrumpió el ingeniero––, ¿este doctor Becher es alemán, muy flaco y con la nariz larga y afilada?

El jefe de estación se echó a reír de buena gana.

––No, señor; el doctor Becher es inglés, y no hay en toda la parroquia un hombre con el chaleco mejor forrado. Pero en su casa vive un caballero, creo que un paciente, que sí que es extranjero y al que, por su aspecto, no le vendría mal un buen filete de Berkshire.

Aún no había terminado de hablar el jefe de estación, y ya todos corríamos en dirección al incendio. La carretera re­montaba una pequeña colina, y desde lo alto pudimos ver frente a nosotros un gran edificio encalado que vomitaba llamas por todas sus ventanas y aberturas, mientras en el jardín tres bombas de incendios se esforzaban en vano por dominar el fuego.

––¡Ésa es! ––gritó Hatherley, tremendamente excitado––. ¡Ahí está el sendero de grava, y ésos son los rosales donde me caí. Aquella ventana del segundo piso es desde donde salté.

––Bueno, por lo menos ha conseguido usted vengarse ––dijo Holmes––. No cabe duda de que fue su lámpara de acei­te, al ser aplastada por la prensa, la que prendió fuego a las paredes de madera; pero ellos estaban tan ocupados persi­guiéndole que no se dieron cuenta a tiempo. Ahora abra bien los ojos, por si puede reconocer entre toda esa gente a sus amigos de anoche, aunque mucho me temo que a estas horas se encuentran por lo menos a cien millas de aquí.

Los temores de Holmes se vieron confirmados, porque hasta la fecha no se ha vuelto a saber ni una palabra de la hermosa mujer, el siniestro alemán y el sombrío inglés. A primera hora de aquella mañana, un campesino se había cruzado con un coche que rodaba apresuradamente en di­rección a Reading, cargado con varias personas y varias cajas muy voluminosas, pero allí se perdió la pista de los fugitivos, y ni siquiera el ingenio de Holmes fue capaz de descubrir el menor indicio de su paradero.

Los bomberos se sorprendieron mucho ante los extraños dispositivos que encontraron en la casa, y aún más al descu­brir un pulgar humano recién cortado en el alféizar de una ventana del segundo piso. Hacia el atardecer sus esfuerzos dieron por fin resultados y lograron dominar el fuego, pero no sin que antes se desplomara el tejado y la casa entera que­dara tan absolutamente reducida a ruinas que, exceptuando algunos cilindros retorcidos y algunas tuberías de hierro, no quedaba ni rastro de la maquinaria que tan cara había cos­tado a nuestro desdichado ingeniero. En un cobertizo adya­cente se encontraron grandes cantidades de níquel y estaño, pero ni una sola moneda, lo cual podría explicar aquellas ca­jas tan abultadas que ya hemos mencionado.

La manera en que nuestro ingeniero hidráulico fue trasla­dado desde el jardín hasta el punto donde recuperó el cono­cimiento habría quedado en el misterio, de no ser por el mantillo del jardín, que nos reveló una sencilla historia. Era evidente que había sido transportado por dos personas, una de ellas con los pies muy pequeños y la otra con pies extraor­dinariamente grandes. En conjunto, parecía bastante proba­ble que el silencioso inglés, menos audaz o menos asesino que su compañero, hubiera ayudado a la mujer a trasladar al hombre inconsciente fuera del peligro.

––¡Bonito negocio he hecho! ––dijo nuestro ingeniero en tono de queja mientras ocupábamos nuestros asientos para regresar a Londres––. He perdido un dedo, he perdido unos honorarios de cincuenta guineas... Zy qué es lo que he ganado?

 

––Experiencia ––dijo Holmes, echándose a reír––. En cierto modo, puede resultarle muy valiosa. No tiene más que po­nerla en forma de palabras para ganarse una reputación de persona interesante para el resto de su vida.

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