El hombre del labio retorcido (cont)

––Está muy claro.

––Quizá recuerde usted que el lunes hizo muchísimo calor, y la señora St. Clair iba andando despacio, mirando por to­das partes con la esperanza de ver un coche de alquiler, por­que no le gustaba el barrio en el que se encontraba. Mientras bajaba de esta manera por Swandam Lane, oyó de repente un grito o una exclamación y se quedó helada de espanto al ver a su marido mirándola desde la ventana de un segundo piso y, según le pareció a ella, llamándola con gestos. La ven­tana estaba abierta y pudo verle perfectamente la cara, que según ella parecía terriblemente agitada. Le hizo gestos fre­néticos con las manos y después desapareció de la ventana tan repentinamente que a la mujer le pareció que alguna fuerza irresistible había tirado de él por detrás. Un detalle curioso que llamó su femenina atención fue que, aunque lle­vaba puesta una especie de chaqueta oscura, como la que vestía al salir de casa, no tenía cuello ni corbata.

»Convencida de que algo malo le sucedía, bajó corriendo los escalones ––pues la casa no era otra que el fumadero de opio en el que usted me ha encontrado–– y tras atravesar a toda velocidad la sala delantera, intentó subir por las escaleras que llevan al primer piso. Pero al pie de las escaleras le sa­lió al paso ese granuja de marinero del que le he hablado, que la obligó a retroceder y, con la ayuda de un danés que le sirve de asistente, la echó a la calle a empujones. Presa de los temores y dudas más enloquecedores, corrió calle abajo y, por una rara y afortunada casualidad, se encontró en Fresno Street con varios policías y un inspector que se dirigían a sus puestos de servicio. El inspector y dos hombres la acompa­ñaron de vuelta al fumadero y, a pesar de la pertinaz resis­tencia del propietario, se abrieron paso hasta la habitación en la que St. Clair fue visto por última vez. No había ni ras­tro de él. De hecho, no encontraron a nadie en todo el piso, con excepción de un inválido decrépito de aspecto repug­nante. Tanto él como el propietario juraron insistentemente que en toda la tarde no había entrado nadie en aquella habi­tación. Su negativa era tan firme que el inspector empezó a tener dudas, y casi había llegado a creer que la señora St. Clair había visto visiones cuando ésta se abalanzó con un grito sobre una cajita de madera que había en la mesa y le­vantó la tapa violentamente, dejando caer una cascada de la­drillos de juguete. Era el regalo que él había prometido lle­varle a suhijo.

»Este descubrimiento, y la evidente confusión que de­mostró el inválido, convencieron al inspector de que se tra­taba de un asunto grave. Se registraron minuciosamente las habitaciones, y todos los resultados parecían indicar un cri­men abominable. La habitación delantera estaba amueblada con sencillez como sala de estar, y comunicaba con un pe­queño dormitorio que da a la parte posterior de uno de los muelles. Entre el muelle y el dormitorio hay una estrecha franja que queda en seco durante la marea baja, pero que du­rante la marea alta queda cubierta por metro y medio de agua, por lo menos. La ventana del dormitorio es bastante ancha y se abre desde abajo. Al inspeccionarla, se encontra­ron manchas de sangre en el alféizar, y también en el suelo de madera se veían varias gotas dispersas. Tiradas detrás de una cortina en la habitación delantera, se encontraron todas las ropas del señor Neville St. Clair, a excepción de su cha­queta: sus zapatos, sus calcetines, su sombrero y su reloj... todo estaba allí. No se veían señales de violencia en ninguna de las prendas, ni se encontró ningún otro rastro del señor St. Clair. Al parecer, tenían que haberlo sacado por la venta­na, ya que no se pudo encontrar otra salida, y las ominosas manchas de sangre en la ventana daban pocas esperanzas de que hubiera podido salvarse a nado, porque la marea estaba en su punto más alto en el momento de la tragedia.

»Y ahora, hablemos de los maleantes que parecen directa­mente implicados en el asunto. Sabemos que el marinero es un tipo de pésimos antecedentes, pero, según el relato de la señora St. Clair, se encontraba al pie de la escalera a los po­cos segundos de la desaparición de su marido, por lo que di­ficilmente puede haber desempeñado más que un papel se­cundario en el crimen. Se defendió alegando absoluta ignorancia, insistiendo en que él no sabía nada de las activi­dades de Hugh Boone, su inquilino, y que no podía explicar de ningún modo la presencia de las ropas del caballero desa­parecido.

»Esto es lo que hay respecto al marinero. Pasemos ahora al siniestro inválido que vive en la segunda planta del fuma­dero de opio y que, sin duda, fue el último ser humano que puso sus ojos en el señor St. Clair. Se llama Hugh Boone, y todo el que va mucho por la City conoce su repugnante cara. Es mendigo profesional, aunque para burlar los reglamentos policiales finge vender cerillas. Puede que se haya fijado us­ted en que, bajando un poco por Threadneedle Street, en la acera izquierda, hay un pequeño recodo en la pared. Allí es donde se instala cada día ese engendro, con las piernas cru­zadas y su pequeño surtido de cerillas en el regazo. Ofrece un espectáculo tan lamentable que provoca una pequeña lluvia de caridad sobre la grasienta gorra de cuero que coloca en la acera delante de él. Más de una vez lo he estado ob­servando, sin tener ni idea de que llegaría a relacionarme profesionalmente con él, y me ha sorprendido lo mucho que recoge en poco tiempo. Tenga en cuenta que su aspecto es tan llamativo que nadie puede pasar a su lado sin fijarse en él. Una mata de cabello anaranjado, un rostro pálido y des­figurado por una horrible cicatriz que, al contraerse, ha re­torcido el borde de su labio superior, una barbilla de bulldog y un par de ojos oscuros y muy penetrantes, que contrastan extraordinariamente con el color de su pelo, todo ello le hace destacar de entre la masa vulgar de pedigüeños: También destaca por su ingenio, pues siempre tiene a mano una res­puesta para cualquier pulla que puedan dirigirle los tran­seúntes. Éste es el hombre que, según acabamos de saber, vive en lo alto del fumadero de opio y fue la última persona que vio al caballero que andamos buscando.

––¡Pero es un inválido! ––dije––. ¿Qué podría haber hecho él solo contra un hombre en la flor de la vida?

––Es inválido en el sentido de que cojea al andar; pero en otros aspectos, parece tratarse de un hombre fuerte y bien alimentado. Sin duda, Watson, su experiencia médica le ha­brá enseñado que la debilidad en un miembro se compensa a menudo con una fortaleza excepcional en los demás.

––Por favor, continúe con su relato.

––La señora St. Clair se había desmayado al ver la sangre en la ventana, y la policía la llevó en coche a su casa, ya que su presencia no podía ayudarles en las investigaciones. El inspector Barton, que estaba a cargo del caso, examinó muy detenidamente el local, sin encontrar nada que arrojara al­guna luz sobre el misterio. Se cometió un error al no detener inmediatamente a Boone, ya que así dispuso de unos minu­tos para comunicarse con su compinche el marinero, pero pronto se puso remedio a esta equivocación y Boone fue de­tenido y registrado, sin que se encontrara nada que pudiera incriminarle. Es cierto que había manchas de sangre en la manga derecha de su camisa, pero enseñó su dedo índice, que tenía un corte cerca de la uña, y explicó que la sangre procedía de allí, añadiendo que poco antes había estado aso­mado a la ventana y que las manchas observadas allí proce­dían, sin duda, de la misma fuente. Negó hasta la saciedad haber visto en su vida al señor Neville St. Clair, y juró que la presencia de las ropas en su habitación resultaba tan miste­riosa para él como para la policía. En cuanto a la declaración de la señora St. Clair, que afirmaba haber visto a su marido en la ventana, alegó que estaría loca o lo habría soñado. Se lo llevaron a comisaría entre ruidosas protestas, mientras el inspector se quedaba en la casa, con la esperanza de que la bajamar aportara alguna nueva pista.

Y así fue, aunque lo que encontraron en el fango no era lo que temían encontrar. Lo que apareció al retirarse la marea fue la chaqueta de Neville St. Clair, y no el propio Neville St. Clair. ¿Y qué cree que encontraron en los bolsillos?

––No tengo ni idea.

––No creo que pueda adivinarlo. Todos los bolsillos esta­ban repletos de peniques y medios peniques: en total, cua­trocientos veintiún peniques y doscientos setenta medios peniques. No es de extrañar que la marea no se la llevara. Pero un cuerpo humano es algo muy diferente. Hay un fuer­te remolino entre el muelle y la casa. Parece bastante proba­ble que la chaqueta se quedara allí debido al peso, mientras el cuerpo desnudo era arrastrado hacia el río.

––Pero, según tengo entendido, todas sus demás ropas se encontraron en la habitación. ¿Es que el cadáver iba vestido sólo con la chaqueta?

––No, señor, los datos pueden ser muy engañosos. Supon­ga que este tipo, Boone, ha tirado a Neville St. Clair por la ventana, sin que le haya visto nadie. ¿Qué hace a continua­ción? Por supuesto, pensará inmediatamente en librarse de las ropas delatoras. Coge la chaqueta, y está a punto de tirar­la cuando se le ocurre que flotará en vez de hundirse. Tiene poco tiempo, porque ha oído el alboroto al pie de la escale­ra, cuando la esposa intenta subir, y puede que su compin­che el marinero le haya avisado ya de que la policía viene co­rriendo calle arriba. No hay un instante que perder. Corre hacia algún escondrijo secreto, donde ha ido acumulando los frutos de su mendicidad, y mete en los bolsillos de la cha­queta todas las monedas que puede, para asegurarse de que se hunda. La tira, y habría hecho lo mismo con las demás prendas de no haber oído pasos apresurados en la planta baja, de manera que sólo le queda tiempo para cerrar la ven­tana antes de que la policía aparezca.

––Desde luego, parece factible.

––Bien, lo tomaremos como hipótesis de trabajo, a falta de otra mejor. Como ya le he dicho, detuvieron a Boone ylo lle­varon a comisaría, pero no se le pudo encontrar ningún an­tecedente delictivo. Se sabía desde hacía muchos años que era mendigo profesional, pero parece que llevaba una vida bastante tranquila e inocente. Así están las cosas por el mo­mento, y nos hallamos tan lejos como al principio de la solu­ción de las cuestiones pendientes: qué hacía Neville St. Clair en el fumadero de opio, qué le sucedió allí, dónde está ahora y qué tiene que ver Hugh Boone con su desaparición. Con­fieso que no recuerdo en toda mi experiencia un caso que pareciera tan sencillo a primera vista y que, sin embargo, presentara tantas dificultades.

Mientras Sherlock Holmes iba exponiendo los detalles de esta singular serie de acontecimientos, rodábamos a toda velocidad por las afueras de la gran ciudad, hasta que dejamos atrás las últimas casas desperdigadas y seguimos avanzando con un seto rural a cada lado del camino. Pero cuando terminó, pasábamos entre dos pueblecitos de casas dispersas, en cuyas ventanas aún brillaban unas cuantas luces.

––Estamos a las afueras de Lee ––dijo mi compañero––. En esta breve carrera hemos pisado tres condados ingleses, par­tiendo de Middlesex, pasando de refilón por Surreyytermi­nando en Kent. ¿Ve aquella luz entre los árboles? Es Los Ce­dros, y detrás de la lámpara está sentada una mujer cuyos ansiosos oídos han captado ya, sin duda alguna, el ruido de los cascos de nuestro caballo.

––Pero ¿por qué no lleva usted el caso desde Baker Street?

––Porque hay mucho que investigar aquí. La señora St. Clair ha tenido la amabilidad de poner dos habitaciones a mi disposición, y puede usted tener la seguridad de que dará la bienvenida a mi amigo y compañero. Me espanta tener que verla, Watson, sin traer noticias de su marido. En fin, aquí estamos. ¡So, caballo, soo!

Nos habíamos detenido frente a una gran mansión con te­rreno propio. Un mozo de cuadras había corrido a hacerse cargo del caballo y, tras descender del coche, seguí a Holmes por un estrecho y ondulante sendero de grava que llevaba a la casa. Cuando ya estábamos cerca, se abrió la puerta y una mujer menuda y rubia apareció en el marco, vestida con una especie de mousseline––de––soie, con apliques de gasa rosa y esponjosa en el cuello y los puños. Permaneció inmóvil, con su silueta recortada contra la luz, una mano apoyada en la puerta, la otra a medio alzar en un gesto de ansiedad, el cuerpo ligeramente inclinado, adelantando la cabeza y la cara, con ojos impacientes y labios entreabiertos. Era la es­tampa viviente misma de la incertidumbre.

––¿Y bien? ––gimió––. ¿Qué hay?

Y entonces, viendo que éramos dos, soltó un grito de es­peranza que se transformó en un gemido al ver que mi com­pañero meneaba la cabeza y se encogía de hombros.

––¿No hay buenas noticias?

––No hay ninguna noticia.

––¿Tampoco malas?

––Tampoco.

––Demos gracias a Dios por eso. Pero entren. Estará usted cansado después de tan larga jornada.

––Le presento a mi amigo el doctor Watson. Su ayuda ha resultado fundamental en varios de mis casos y, por una afortunada casualidad, he podido traérmelo e incorporarlo a esta investigación.

––Encantada de conocerlo ––dijo ella, estrechándome calu­rosamente la mano––. Estoy segura que sabrá disculpar las deficiencias que encuentre, teniendo en cuenta la desgracia tan repentina que nos ha ocurrido.

––Querida señora ––dije––. Soy un viejo soldado y, aunque no lo fuera, me doy perfecta cuenta de que huelgan las dis­culpas. Me sentiré muy satisfecho si puedo resultar de algu­na ayuda para usted o para mi compañero aquí presente.

––Y ahora, señor Sherlock Holmes ––dijo la señora mien­tras entrábamos en un comedor bien iluminado, en cuya mesa estaba servida una comida fría––, me gustaría hacerle un par de preguntas francas, y le ruego que las respuestas sean igualmente francas.

––Desde luego, señora.

––No se preocupe por mis sentimientos. No soy histérica ni propensa a los desmayos. Simplemente, quiero conocer su auténtica opinión.

––¿Sobre qué punto?

––En el fondo de su corazón, ¿cree usted que Neville está vivo?

Sherlock Holmes pareció incómodo ante la pregunta. ––¡Francamente! ––repitió ella, de pie sobre la alfombra y mirándolo fijamente desde lo alto, mientras Holmes se re­trepaba en un sillón de mimbre.

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