El hombre del labio retorcido (cont2)

––Pues, francamente, señora: no.

––¿Cree usted que ha muerto?

––Sí.

––¿Asesinado?

––No puedo asegurarlo. Es posible.

––¿Y qué día murió?

––El lunes.

––Entonces, señor Holmes, ¿tendría usted la bondad de ex­plicar cómo es posible que haya recibido hoy esta carta suya? Sherlock Holmes se levantó de un salto, como si hubiera recibido una descarga eléctrica.

––¿Qué? ––rugió.

––Sí, hoy mismo ––dijo ella, sonriendo y sosteniendo en alto una hojita de papel.

––¿Puedo verla?

––Desde luego.

Se la arrebató impulsivamente y, extendiendo la carta so­bre la mesa, acercó una lámpara y la examinó con deteni­miento. Yo me había levantado de mi silla y miraba por en­cima de su hombro. El sobre era muy ordinario, y traía matasellos de Gravesend y fecha de aquel mismo día, o más bien del día anterior, pues ya era mucho más de mediano­che.

––¡Qué mal escrito! ––murmuró Holmes––. No creo que esta sea la letra de su marido, señora.

––No, pero la de la carta sí que lo es.

––Observo, además, que la persona que escribió el sobre tuvo que ir a preguntar la dirección.

––¿Cómo puede saber eso?

––El nombre, como ve, está en tinta perfectamente negra, que se ha secado sola. El resto es de un color grisáceo, que demuestra que se ha utilizado papel secante. Si lo hubieran escrito todo seguido y lo hubieran secado con secante, no habría ninguna letra tan negra. Esta persona ha escrito el nombre y luego ha hecho una pausa antes de escribir la di­rección, lo cual sólo puede significar que no le resultaba fa­miliar. Por supuesto, se trata tan sólo de un detalle trivial, pero no hay nada tan importante como los detalles triviales. Veamos ahora la carta. ¡Ajá! ¡Aquí dentro había algo más!

––Sí, había un anillo. El anillo con su sello.

––¿Y está usted segura de que ésta es la letra de su marido?

––Una de sus letras.

––¿Una?

––Su letra de cuando escribe con prisas. Es muy diferente de su letra habitual, a pesar de lo cual la conozco bien. ––«Querida, no te asustes. Todo saldrá bien. Se ha cometi­do un terrible error, que quizá tarde algún tiempo en rectifi­car. Ten paciencia, Neville.» Escrito a lápiz en la guarda de un libro, formato octavo, sin marca de agua. Echado al co­rreo hoy en Gravesend, por un hombre con el pulgar sucio. ¡Ajá! Y la solapa la ha pegado, si no me equivoco, una perso­na que ha estado mascando tabaco. ¿Y usted no tiene ningu­na duda de que se trata de la letra de su esposo, señora? ––Ninguna. Esto lo escribió Neville.

––Y lo han echado al correo hoy en Gravesend. Bien, seño­ra St. Clair, las nubes se despejan, aunque no me atrevería a decir que ha pasado el peligro.

––Pero tiene que estar vivo, señor Holmes.

––A menos que se trate de una hábil falsificación para po­nernos sobre una pista falsa. Al fin y al cabo, el anillo no de­muestra nada. Se lo pueden haber quitado.

––¡No, no, es su letra, lo es, lo es, lo es!

––Muy bien. Sin embargo, puede haberse escrito el lunes y no haberse echado al correo hasta hoy.

––Eso es posible.

––De ser así, han podido ocurrir muchas cosas entre tanto. ––Ay, no me desanime usted, señor Holmes. Estoy segura de que se encuentra bien. Existe entre nosotros una comu­nicación tan intensa que si le hubiera pasado algo malo, yo lo sabría. El mismo día en que le vi por última vez, se cortó en el dormitorio, y yo, que estaba en el comedor, subí co­rriendo al instante, con la plena seguridad de que algo ha­bía ocurrido. ¿Cree usted que puedo responder a semejante trivialidad y, sin embargo, no darme cuenta de que ha muerto?

––He visto demasiado como para no saber que la intuición de una mujer puede resultar más útil que las conclusiones de un razonador analítico. Y, desde luego, en esta carta tiene usted una prueba bien palpable que corrobora su punto de vista. Pero si su marido está vivo y puede escribirle cartas, ¿por qué no se pone en contacto con usted?

––No tengo ni idea. Es incomprensible.

––¿No comentó nada el lunes antes de marcharse?

––No.

––Y a usted le sorprendió verlo en Swandan Lane.

––Mucho.

––¿Estaba abierta la ventana?

––Sí.

––Entonces, él podía haberla llamado.

––Podía, sí.

––Pero, según tengo entendido, sólo lanzó un grito inarti­culado.

––En efecto.

––Que a usted le pareció una llamada de auxilio.

––Sí, porque agitaba las manos.

––Pero podría haberse tratado de un grito de sorpresa. El asombro, al verla de pronto a usted, podría haberle hecho le­vantar las manos.

––Es posible.

––Y a usted le pareció que tiraban de él desde atrás.

––Como desapareció tan bruscamente...

––Pudo haber saltado hacia atrás. Usted no vio a nadie más en la habitación.

––No, pero aquel hombre confesó que había estado allí, y el marinero se encontraba al pie de la escalera.

––En efecto. Su esposo, por lo que usted pudo ver, ¿llevaba puestas sus ropas habituales?

––Pero sin cuello. Vi perfectamente su cuello desnudo.

––¿Había mencionado alguna vez Swandam Lane?

––Nunca.

––¿Alguna vez dio señales de haber tomado opio?

––Nunca.

––Gracias, señora St. Clair. Estos son los principales deta­lles que quería tener absolutamente claros. Ahora comere­mos un poco y después nos retiraremos, pues mañana es po­sible que tengamos una jornada muy atareada.

Teníamos a nuestra disposición una habitación amplia y confortable, con dos camas, y no tardé en meterme entre las sábanas, pues me encontraba fatigado por la noche de aven­turas. Sin embargo, Sherlock Holmes era un hombre que cuando tenía en la cabeza un problema sin resolver, podía pasar días, y hasta una semana, sin dormir, dándole vueltas, reordenando los datos, considerándolos desde todos los puntos de vista, hasta que lograba resolverlo o se convencía de que los datos eran insuficientes. Pronto me resultó evi­dente que se estaba preparando para pasar la noche en vela. Se quitó la chaqueta y el chaleco, se puso una amplia bata azul y empezó a vagar por la habitación, recogiendo almo­hadas de la cama y cojines del sofá y las butacas. Con ellos construyó una especie de diván oriental, en el que se instaló con las piernas cruzadas, colocando delante de él una onza de tabaco fuerte y una caja de cerillas. Pude verlo allí sentado a la luz mortecina de la lámpara, con una vieja pipa de brezo entre los labios, los ojos ausentes, fijos en un ángulo del te­cho, desprendiendo volutas de humo azulado, callado, in­móvil, con la luz cayendo sobre sus marcadas y aguileñas facciones. Así se encontraba cuando me fui a dormir, y así continuaba cuando una súbita exclamación suya me desper­tó, y vi que la luz del sol ya entraba en el cuarto. La pipa se­guía entre sus labios, el humo seguía elevándose en volutas, y una espesa niebla de tabaco llenaba la habitación, pero no quedaba nada del paquete de tabaco que yo había visto la noche anterior.

––¿Está despierto, Watson? ––preguntó.

––Sí.

––¿Listo para una excursión matutina?

––Desde luego.

––Entonces, vístase. Aún no se ha levantado nadie, pero sé dónde duerme el mozo de cuadras, y pronto tendremos pre­parado el coche.

Al hablar, se reía para sus adentros, le centelleaban los ojos y parecía un hombre diferente del sombrío pensador de la noche anterior.

Mientras me vestía, eché un vistazo al reloj. No era de ex­trañar que nadie se hubiera levantado aún. Eran las cuatro y veinticinco. Apenas había terminado cuando Holmes re­gresó para anunciar que el mozo estaba enganchando el ca­ballo.

––Quiero poner a prueba una pequeña hipótesis mía ––dijo, mientras se ponía las botas––. Creo, Watson, que tiene usted delante a uno de los más completos idiotas de toda Europa. Merezco que me lleven a patadas desde aquí a Charing Cross. Pero me parece que ya tengo la clave del asunto.

––¿Y dónde está? ––pregunté, sonriendo.

––En el cuarto de baño ––respondió––. No, no estoy bromean­do ––continuó, al ver mi gesto de incredulidad––. Acabo de es­tar allí, la he cogido y la tengo dentro de esta maleta Glads­tone. Venga, compañero, y veremos si encaja o no en la cerradura.

Bajamos lo más rápidamente posible y salimos al sol de la mañana. El coche y el caballo ya estaban en la carretera, con el mozo de cuadras a medio vestir aguardando delante. Su­bimos al vehículo y salimos disparados por la carretera de Londres. Rodaban por ella algunos carros que llevaban ver­duras a la capital, pero las hileras de casas de los lados esta­ban tan silenciosas e inertes como una ciudad de ensueño.

––En ciertos aspectos, ha sido un caso muy curioso ––dijo Holmes, azuzando al caballo para ponerlo al galope––. Con­fieso que he estado más ciego que un topo, pero más vale aprender tarde que no aprender nunca.

En la ciudad, los más madrugadores apenas empezaban a asomarse medio dormidos a la ventana cuando nosotros penetramos por las calles del lado de Surrey. Bajamos por Wa­terloo Bridge Road, cruzamos el río y subimos a toda veloci­dad por Wellington Street, para allí torcer bruscamente a la derecha y llegar a Bow Street. Sherlock Holmes era bien co­nocido por el cuerpo de policía, y los dos agentes de la puer­ta le saludaron. Uno de ellos sujetó las riendas del caballo, mientras el otro nos hacía entrar.

––¿Quién está de guardia? ––preguntó Holmes.

––El inspector Bradstreet, señor.

––Ah, Bradstreet, ¿cómo está usted? ––un hombre alto y corpulento había surgido por el corredor embaldosado, con una gorra de visera y chaqueta con alamares––. Me gustaría hablar unas palabras con usted, Bradstreet.

––Desde luego, señor Holmes. Pase a mi despacho.

Era un despachito pequeño, con un libro enorme encima de la mesa y un teléfono de pared. El inspector se sentó ante el escritorio.

––¿Qué puedo hacer por usted, señor Holmes?

––Se trata de ese mendigo, el que está acusado de partici­par en la desaparición del señor Neville St. Clair, de Lee.

 ––Sí. Está detenido mientras prosiguen las investigaciones.

––Eso he oído. ¿Lo tienen aquí?

––En los calabozos.

––¿Está tranquilo?

––No causa problemas. Pero cuidado que es guarro.

––¿Guarro?

––Sí, lo más que hemos conseguido es que se lave las ma­nos, pero la cara la tiene tan negra como un fogonero. En fin, en cuanto se decida su caso tendrá que bañarse periódica­mente en la cárcel, y si usted lo viera, creo que estaría de acuerdo conmigo en que lo necesita.

––Me gustaría muchísimo verlo.

––¿De veras? Pues eso es fácil. Venga por aquí. Puede dejar la maleta.

––No, prefiero llevarla.

––Como quiera. Vengan por aquí, por favor ––nos guió por un pasillo, abrió una puerta con barrotes, bajó una escalera de caracol, y nos introdujo en una galería encalada con una hilera de puertas a cada lado.

––La tercera de la derecha es la suya ––dijo el inspector––. ¡Aquí está! ––abrió sin hacer ruido un ventanuco en la parte superior de la puerta y miró al interior––. Está dormido ––dijo––. Podrán verle perfectamente.

Los dos aplicamos nuestros ojos a la rejilla. El detenido estaba tumbado con el rostro vuelto hacia nosotros, sumido en un profundo sueño, respirando lenta y ruidosamente. Era un hombre de estatura mediana, vestido toscamente, como correspondía a su oficio, con una camisa de colores que aso­maba por los rotos de su andrajosa chaqueta. Tal como el inspector había dicho, estaba sucísimo, pero la porquería que cubría su rostro no lograba ocultar su repulsiva fealdad. El ancho costurón de una vieja cicatriz le recorría la cara desde el ojo a la barbilla, y al contraerse había tirado del la­bio superior dejando al descubierto tres dientes en una per­petua mueca. Unas greñas de cabello rojo muy vivo le caían sobre los ojos yla frente.

––Una preciosidad, ¿no les parece? ––dijo el inspector.

––Desde luego, necesita un lavado ––contestó Holmes––. Se me ocurrió que podría necesitarlo y me tomé la libertad de traer el instrumental necesario ––mientras hablaba, abrió la maleta Gladstone y, ante mi asombro, sacó de ella una enor­me esponja de baño.

––¡Ja, ja! Es usted un tipo divertido ––rió el inspector.

––Ahora, si tiene usted la inmensa bondad de abrir con mucho cuidado esta puerta, no tardaremos en hacerle adop­tar un aspecto mucho más respetable.

––Caramba, ¿por qué no? ––dijo el inspector––. Es un des­crédito para los calabozos de Bow Street, ¿no les parece?

Introdujo la llave en la cerradura y todos entramos sin ha­cer ruido en la celda. El durmiente se dio media vuelta y volvió a hundirse en un profundo sueño. Holmes se inclinó ha­cia el jarro de agua, mojó su esponja y la frotó con fuerza dos veces sobre el rostro del preso.

––Permítame que les presente ––exclamó–– al señor Neville St. Clair, de Lee, condado de Kent.

Jamás en mi vida he presenciado un espectáculo semejan­te. El rostro del hombre se desprendió bajo la esponja como la corteza de un árbol. Desapareció su repugnante color par­dusco. Desapareció también la horrible cicatriz que lo cru­zaba, y lo mismo el labio retorcido que formaba aquella mueca repulsiva. Los desgreñados pelos rojos se despren­dieron de un tirón, y ante nosotros quedó, sentado en el ca­mastro, un hombre pálido, de expresión triste y aspecto refi­nado, pelo negro y piel suave, frotándose los ojos y mirando a su alrededor con asombro soñoliento. De pronto, dándose cuenta de que le habían descubierto, lanzó un alarido y se dejó caer, hundiendo el rostro en la almohada.

––¡Por todos los santos! ––exclamó el inspector––. ¡Pero si es el desaparecido! ¡Lo reconozco por las fotografías!

El preso se volvió con el aire indiferente de quien se aban­dona en manos del destino.

––De acuerdo ––dijo––. Y ahora, por favor, ¿de qué se me acusa?

––De la desaparición del señor Neville St.... ¡Oh, vamos, no se le puede acusar de eso, a menos que lo presente como un intento de suicidio! ––dijo el inspector, sonriendo––. Ca­ramba, llevo veintisiete años en el cuerpo, pero esto se lleva la palma.

––Si yo soy Neville St. Clair, resulta evidente que no se ha cometido ningún delito y, por lo tanto, mi detención aquí es ilegal.

––No se ha cometido delito alguno, pero sí un tremen­do error ––dijo Holmes––. Más le habría valido confiar en su mujer.

––No era por ella, era por los niños ––gimió el detenido––. ¡Dios mío, no quería que se avergonzaran de su padre! ¡Dios santo, qué vergüenza! ¿Qué voy a hacer ahora?

Sherlock Holmes se sentó junto a él en la litera y le dio unas palmaditas en el hombro.

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