El hombre del labio retorcido (cont3)

––Si deja usted que los tribunales esclarezcan el caso ––dijo––, es evidente que no podrá evitar la publicidad. Por otra parte, si puede convencer a las autoridades policiales de que no hay motivos para proceder contra usted, no veo ra­zón para que los detalles de lo ocurrido lleguen a los perió­dicos. Estoy seguro de que el inspector Bradstreet tomará nota de todo lo que quiera usted declarar para ponerlo en conocimiento de las autoridades competentes. En tal caso, el asunto no tiene por qué llegar a los tribunales.

––¡Que Dios le bendiga! ––exclamó el preso con fervor––. Habría soportado la cárcel, e incluso la ejecución, antes que permitir que mi miserable secreto cayera como un baldón sobre mis hijos.

»Son ustedes los primeros que escuchan mi historia. Mi padre era maestro de escuela en Chesterfield, donde recibí una excelente educación. De joven viajé por el mundo, tra­bajé en el teatro y por último me hice reportero en un perió­dico vespertino de Londres. Un día, el director quería que se hiciera una serie de artículos sobre la mendicidad en la capi­tal, y yo me ofrecí voluntario para hacerlo. Éste fue el punto de partida de mis aventuras. La única manera de obtener da­tos para mis artículos era practicando como mendigo afi­cionado. Naturalmente, cuando trabajé como actor había aprendido todos los trucos del maquillaje, y tenía fama en los camerinos por mi habilidad en la materia. Así que decidí sacar partido de mis conocimientos. Me pinté la cara y, para ofrecer un aspecto lo más penoso posible, me hice una bue­na cicatriz y me retorcí un lado del labio con ayuda de una tira de esparadrapo color carne. Y después, con una peluca roja y vestido adecuadamente, ocupé mi puesto en la zona más concurrida de la City, aparentando vender cerillas, pero en realidad pidiendo. Desempeñé mi papel durante siete ho­ras y cuando volví a casa por la noche descubrí, con gran sorpresa, que había recogido nada menos que veintiséis che­lines y cuatro peniques.

»Escribí mis artículos y no volví a pensar en el asunto has­ta que, algún tiempo después, avalé una letra de un amigo y de pronto me encontré con una orden de pago por valor de veinticinco libras. Me volví loco intentando reunir el dinero y de repente se me ocurrió una idea. Solicité al acreedor una prórroga de quince días, pedí vacaciones a mis jefes y me de­diqué a pedir limosna en la City, disfrazado. En diez días ha­bía reunido el dinero y pagado la deuda.

»Pues bien, se imaginarán lo dificil que me resultó some­terme de nuevo a un trabajo fatigoso por dos libras a la se­mana, sabiendo que podía ganar esa cantidad en un día con sólo pintarme la cara, dejar la gorra en el suelo y esperar sen­tado. Hubo una larga lucha entre mi orgullo y el dinero, pero al final ganó el dinero, dejé el periodismo y me fui a sentar, un día tras otro, en el mismo rincón del principio, inspiran­do lástima con mi espantosa cara y llenándome los bolsillos de monedas. Sólo un hombre conocía mi secreto: el propie­tario de un tugurio de Swandam Lane donde tenía alquilada una habitación. De allí salía cada mañana como un mendi­go mugriento, y por la tarde me transformaba en un caballe­ro elegante, vestido a la última. Este individuo, un antiguo marinero, recibía una magnífica paga por sus habitaciones, y yo sabía que mi secreto estaba seguro en sus manos.

»Muy pronto me encontré con que estaba ahorrando su­mas considerables de dinero. No pretendo decir que cual­quier mendigo que ande por las calles de Londres pueda ga­nar setecientas libras al año ––que es menos de lo que yo ganaba por término medio––, pero yo contaba con impor­tantes ventajas en mi habilidad para la caracterización y también en mi facilidad para las réplicas ingeniosas, que fui perfeccionando con la práctica hasta convertirme en un per­sonaje bastante conocido en la City. Todos los días caía sobre mí una lluvia de peniques, con alguna que otra moneda de plata intercalada, y muy mal se me tenía que dar para no sa­car por lo menos dos libras.

»A medida que me iba haciendo rico, me fui volviendo más ambicioso: adquirí una casa en el campo y me casé, sin que nadie llegara a sospechar a qué me dedicaba en realidad. Mi querida esposa sabía que tenía algún negocio en la City. Poco se imaginaba en qué consistía.

»El lunes pasado, había terminado mi jornada y me esta­ba vistiendo en mi habitación, encima del fumadero de opio, cuando me asomé a la ventana y vi, con gran sorpresa y cons­ternación, a mi esposa parada en mitad de la calle, con los ojos clavados en mí. Solté un grito de sorpresa, levanté los brazos para taparme la cara y corrí en busca de mi confiden­te, el marinero, instándole a que no permitiese a nadie subir a donde yo estaba. Oí la voz de mi mujer en la planta baja, pero sabía que no la dejarían subir. Rápidamente me quité mis ropas, me puse las de mendigo y me apliqué el maquilla­je y la peluca. Ni siquiera los ojos de una esposa podrían pe­netrar un disfraz tan perfecto. Pero entonces se me ocurrió que podrían registrar la habitación y las ropas me delatarían. Abrí la ventana con tal violencia que se me volvió a abrir un corte que me había hecho por la mañana en mi casa. Cogí la chaqueta con todas las monedas que acababa de transferir de la bolsa de cuero en la que guardaba mis ganancias. La tiré por la ventana y desapareció en las aguas del Támesis. Ha­bría hecho lo mismo con las demás prendas, pero en aquel momento llegaron los policías corriendo por la escalera y a los pocos minutos descubrí, debo confesar que con gran ali­vio por mi parte, que en lugar de identificarme como el señor Neville St. Clair, se me detenía por su asesinato.

»Creo que no queda nada por explicar. Estaba decidido a mantener mi disfraz todo el tiempo que me fuera posible, y de ahí mi insistencia en no lavarme la cara. Sabiendo que mi esposa estaría terriblemente preocupada, me quité el anillo y se lo pasé al marinero en un momento en que ningún poli­cía me miraba, junto con una notita apresurada, diciéndole que no debía temer nada.

––La nota no llegó a sus manos hasta ayer ––dijo Holmes.

––¡Santo Dios! ¡Qué semana debe de haber pasado!

––La policía ha estado vigilando a ese marinero ––dijo el inspector Bradstreet––, y no me extraña que le haya resulta­do difícil echar la carta sin que le vieran. Probablemente, se la entregaría a algún marinero cliente de su casa, que no se acordó del encargo en varios días.

––Así debió de ser, no me cabe duda ––dijo Holmes, asin­tiendo––. Pero ¿nunca le han detenido por pedir limosna?

––Muchas veces; pero ¿qué significaba para mí una multa?

––Sin embargo, esto tiene que terminar aquí ––dijo Brads­treet––. Si quiere que la policía eche tierra al asunto, Hugh Boone debe dejar de existir.

––Lo he jurado con el más solemne de los juramentos que puede hacer un hombre.

––En tal caso, creo que es probable que el asunto no siga adelante. Pero si volvemos a toparnos con usted, todo saldrá a relucir. Verdaderamente, señor Holmes, estamos en deuda con usted por haber esclarecido el caso. Me gustaría saber cómo obtiene esos resultados.

––Éste lo obtuve ––dijo mi amigo–– sentándome sobre cinco almohadas y consumiendo una onza de tabaco. Creo, Wat­son, que, si nos ponemos en marcha hacia Baker Street, lle­garemos a tiempo para el desayuno.

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