El misterio de Boscombe Valley (cont)

––¡Ajá! ¡Así que en Victoria! Eso es importante.

––Sí, en las minas.

––Exacto; en las minas de oro, donde, según tengo enten­dido, hizo su fortuna el señor Turner.

––Eso es.

––Gracias, señorita Turner. Ha sido usted una ayuda muy útil.

––Si mañana hay alguna novedad, no deje de comunicár­mela. Sin duda, irá usted a la cárcel a ver a James. Oh, señor Holmes, si lo hace dígale que yo sé que es inocente.

––Así lo haré, señorita Turner.

––Ahora tengo que irme porque papá está muy mal y me echa de menos si lo dejo solo. Adiós, y que el Señor le ayude en su empresa.

Salió de la habitación tan impulsivamente como había en­trado y oímos las ruedas de su carruaje traqueteando calle abajo.

––Estoy avergonzado de usted, Holmes ––dijo Lestrade con gran dignidad, tras unos momentos de silencio––. ¿Por qué despierta esperanzas que luego tendrá que defraudar? No soy precisamente un sentimental, pero a eso lo llamo crueldad.

––Creo que encontraré la manera de demostrar la inocen­cia de James McCarthy ––dijo Holmes––. ¿Tiene usted autori­zación para visitarlo en la cárcel?

––Sí, pero sólo para usted y para mí.

––En tal caso, reconsideraré mi decisión de no salir. ¿Ten­dremos todavía tiempo para tomar un tren a Hereford y ver­lo esta noche?

––De sobra.

––Entonces, en marcha. Watson, me temo que se va a abu­rrir, pero sólo estaré ausente un par de horas.

Los acompañé andando hasta la estación, y luego vaga­bundeé por las calles.del pueblecito, acabando por regresar al hotel, donde me tumbé en el sofá y procuré interesarme en una novela policiaca. Pero la trama de la historia era tan en­deble en comparación con el profundo misterio en el que es­tábamos sumidos, que mi atención se desviaba constante­mente de la ficción a los hechos, y acabé por tirarla al otro extremo de la habitación y entregarme por completo a reca­pacitar sobre los acontecimientos del día. Suponiendo que la historia del desdichado joven fuera absolutamente cierta, ¿qué cosa diabólica, qué calamidad absolutamente impre­vista y extraordinaria podía haber ocurrido entre el mo­mento en que se separó de su padre y el instante en que, atraí­do por sus gritos, volvió corriendo al claro? Había sido algo terrible y mortal, pero ¿qué? ¿Podrían mis instintos médicos deducir algo de la índole de las heridas? Tiré de la campani­lla y pedí que me trajeran el periódico semanal del condado, que contenía una crónica textual de la investigación. En la declaración del forense se afirmaba que el tercio posterior del parietal izquierdo y la mitad izquierda del occipital ha­bían sido fracturados por un fuerte golpe asestado con un objeto romo. Señalé el lugar en mi propia cabeza. Evidente­mente, aquel golpe tenía que haberse asestado por detrás. Hasta cierto punto, aquello favorecía al acusado, ya que cuando se le vio discutiendo con su padre ambos estaban frente a frente. Aun así, no significaba gran cosa, ya que el padre podía haberse vuelto de espaldas antes de recibir el golpe. De todas maneras, quizá valiera la pena llamar la atención de Holmes sobre el detalle. Luego teníamos la cu­riosa alusión del moribundo a una rata. ¿Qué podía signifi­car aquello? No podía tratarse de un delirio. Un hombre que ha recibido un golpe mortal no suele delirar. No, lo más pro­bable era que estuviera intentando explicar lo que le había ocurrido. Pero ¿qué podía querer decir? Me devané los sesos en busca de una posible explicación. Y luego estaba también el asunto de la prenda gris que había visto el joven Mc­Carthy. De ser cierto aquello, el asesino debía haber perdido al huir alguna prenda de vestir, probablemente su gabán, y había tenido la sangre fría de volver a recuperarla en el mis­mo instante en que el hijo se arrodillaba, vuelto de espaldas, a menos de doce pasos. ¡Qué maraña de misterios e impro­babilidades era todo el asunto! No me extrañaba la opinión de Lestrade, a pesar de lo cual tenía tanta fe en la perspicacia de Sherlock Holmes que no perdía las esperanzas, en vista de que todos los nuevos datos parecían reforzar su conven­cimiento de la inocencia del joven McCarthy.

Era ya tarde cuando regresó Sherlock Holmes. Venía solo, ya que Lestrade se alojaba en el pueblo.

––El barómetro continúa muy alto ––comentó mientras se sentaba––. Es importante que no llueva hasta que hayamos podido examinar el lugar de los hechos. Por otra parte, para un trabajito como ése uno tiene que estar en plena forma y bien despierto, y no quiero hacerlo estando fatigado por un largo viaje. He visto al joven McCarthy.

––¿Y qué ha sacado de él?

––Nada.

––¿No pudo arrojar ninguna luz?

––Absolutamente ninguna. En algún momento me sentí inclinado a pensar que él sabía quién lo había hecho y esta­ba encubriéndolo o encubriéndola, pero ahora estoy con­vencido de que está tan a oscuras como todos los demás. No es un muchacho demasiado perspicaz, aunque sí bien pare­cido y yo diría que de corazón noble.

––No puedo admirar sus gustos ––comenté––, si es verdad eso de que se negaba a casarse con una joven tan encantado­ra como esta señorita Turner.

––Ah, en eso hay una historia bastante triste. El tipo la quiere con locura, con desesperación, pero hace unos años, cuando no era más que un mozalbete, y antes de conocerla bien a ella, porque la chica había pasado cinco años en un internado, ¿no va el muy idiota y se deja atrapar por una ca­marera de Bristol, y se casa con ella en el juzgado? Nadie sabe una palabra del asunto, pero puede usted imaginar lo enloquecedor que tenía que ser para él que le recriminaran por no hacer algo que daría los ojos por poder hacer, pero que sabe que es absolutamente imposible. Fue uno de esos arrebatos de locura lo que le hizo levantar las manos cuan­do su padre, en su última conversación, le seguía insistien­do en que le propusiera matrimonio a la señorita Turner. Por otra parte, carece de medios económicos propios y su padre, que era en todos los aspectos un hombre muy duro, le habría repudiado por completo si se hubiera enterado de la verdad. Con esta esposa camarera es con la que pasó los últimos tres días en Bristol, sin que su padre supiera dónde estaba. Acuérdese de este detalle. Es importante. Sin em­bargo, no hay mal que por bien no venga, ya que la camare­ra, al enterarse por los periódicos de que el chico se ha meti­do en un grave aprieto y es posible que lo ahorquen, ha roto con él y le ha escrito comunicándole que ya tiene un mari­do en los astilleros Bermudas, de modo que no existe un verdadero vínculo entre ellos. Creo que esta noticia ha bas­tado para consolar al joven McCarthy de todo lo que ha su­frido.

––Pero si él es inocente, entonces, ¿quién lo hizo?

––Eso: ¿Quién? Quiero llamar su atención muy concreta­mente hacia dos detalles. El primero, que el hombre asesina­do tenía una cita con alguien en el estanque, y que este al­guien no podía ser su hijo, porque el hijo estaba fuera y él no sabía cuándo iba a regresar. El segundo, que a la víctima se le oyó gritar culi, aunque aún no sabía que su hijo había regre­sado. Éstos son los puntos cruciales de los que depende el caso. Y ahora, si no le importa, hablemos de George Mere­dith, y dejemos los detalles secundarios para mañana.

Tal como Holmes había previsto, no llovió, y el día ama­neció despejado y sin nubes. A las nueve en punto, Lestrade pasó a recogernos con el coche y nos dirigimos a la granja Hatherley y al estanque de Boscombe.

––Hay malas noticias esta mañana ––comentó Lestrade––. Dicen que el señor Turner, el propietario, está tan enfermo que no hay esperanzas de que viva.

––Supongo que será ya bastante mayor ––dijo Holmes.

––Unos sesenta años; pero la vida en las colonias le destro­zó el organismo, y llevaba bastante tiempo muy flojo de sa­lud. Este suceso le ha afectado de muy mala manera. Era vie­jo amigo de McCarthy, y podríamos añadir que su gran benefactor, pues me he enterado de que no le cobraba renta por la granja Hatherley.

––¿De veras? Esto es interesante ––dijo Holmes.

––Pues, sí. Y le ha ayudado de otras cien maneras. Por aquí todo el mundo habla de lo bien que se portaba con él.

––¡Vaya! ¿Y no le parece a usted un poco curioso que este McCarthy, que parece no poseer casi nada y deber tantos fa­vores a Turner, hable, a pesar de todo, de casar a su hijo con la hija de Turner, presumible heredera de su fortuna, y, ade­más, lo diga con tanta seguridad como si bastara con propo­nerlo para que todo lo demás viniera por sí solo? Y aún re­sulta más extraño sabiendo, como sabemos, que el propio Turner se oponía a la idea. Nos lo dijo la hija. ¿No deduce us­ted nada de eso?

––Ya llegamos a las deducciones y las inferencias ––dijo Les­trade, guiñándome un ojo––. Holmes, ya me resulta bastante difícil bregar con los hechos, sin tener que volar persiguien­do teorías y fantasías.

––Tiene usted razón ––dijo Holmes con fingida humildad––. Le resulta a usted muy difícil bregar con los hechos.

––Pues al menos he captado un hecho que a usted parece costarle mucho aprehender ––replicó Lestrade, algo acalo­rado.

––¿Y cuál es?

––Que el señor McCarthy, padre, halló la muerte a manos del señor McCarthy, hijo, y que todas las teorías en contra no son más que puras pamplinas, cosa de lunáticos.

––Bueno, a la luz de la luna se ve más que en la niebla ––dijo Holmes, echándose a reír––. Pero, o mucho me equivoco o eso de la izquierda es la granja Hatherley.

––En efecto.

Era una construcción amplia, de aspecto confortable, de dos plantas, con tejado de pizarra y grandes manchas ama­rillas de liquen en sus muros grises. Sin embargo, las persia­nas bajadas y las chimeneas sin humo le daban un aspecto desolado, como si aún se sintiera en el edificio el peso de la tragedia. Llamamos a la puerta y la doncella, a petición de Holmes, nos enseñó las botas que su señor llevaba en el mo­mento de su muerte, y también un par de botas del hijo, aun­que no las que llevaba puestas entonces. Después de haber­las medido cuidadosamente por siete u ocho puntos diferen­tes, Holmes pidió que le condujeran al patio, desde donde todos seguimos el tortuoso sendero que llevaba al estanque de Boscombe.

Cuando seguía un rastro como aquél, Sherlock Holmes se transformaba. Los que sólo conocían al tranquilo pensador y lógico de Baker Street habrían tenido dificultades para re­conocerlo. Su rostro se acaloraba y se ensombrecía. Sus cejas se convertían en dos líneas negras y marcadas, bajo las cua­les relucían sus ojos con brillo de acero. Llevaba la cabeza in­clinada hacia abajo, los hombros encorvados, los labios apre­tados y las venas de su cuello largo y fibroso sobresalían como cuerdas de látigo. Los orificios de la nariz parecían di­latarse con un ansia de caza puramente animal, y su mente estaba tan concentrada en lo que tenía delante que toda pre­gunta o comentario caía en oídos sordos o, como máximo, provocaba un rápido e impaciente gruñido de respuesta. Fue avanzando rápida y silenciosamente a lo largo del camino que atravesaba los prados y luego conducía a través del bosque hasta el estanque de Boscombe. El terreno era húme­do y pantanoso, lo mismo que en todo el distrito, y se veían huellas de muchos pies, tanto en el sendero como sobre la hierba corta que lo bordeaba por ambos lados. A veces, Hol­mes apretaba el paso; otras veces, se paraba en seco; y en una ocasión dio un pequeño rodeo, metiéndose por el prado. Lestrade y yo caminábamos detrás de él: el policía, con aire indiferente y despectivo, mientras que yo observaba a mi amigo con un interés que nacía de la convicción de que todas y cada una de sus acciones tenían una finalidad concreta.

El estanque de Boscombe, que es una pequeña extensión de agua de unas cincuenta yardas de diámetro, bordeada de juncos, está situado en el límite entre los terrenos de la gran­ja Hatherley y el parque privado del opulento señor Turner. Por encima del bosque que se extendía al otro lado podía­mos ver los rojos y enhiestos pináculos que señalaban el emplazamiento de la residencia del rico terrateniente. En el lado del estanque correspondiente a Hatherley el bosque era muy espeso, y había un estrecho cinturón de hierba saturada de agua, de unos veinte pasos de anchura, entre el lindero del bosque y los juncos de la orilla. Lestrade nos indicó el sitio exacto donde se había encontrado el cadáver, y la verdad es que el suelo estaba tan húmedo que se podían apreciar con claridad las huellas dejadas por el cuerpo caído. A juzgar por su rostro ansioso y sus ojos inquisitivos, Holmes leía otras muchas cosas en la hierba pisoteada. Corrió de un lado a otro, como un perro de caza que sigue una pista, y luego se dirigió a nuestro acompañante.

––¿Para qué se metió usted en el estanque? ––preguntó. ––Estuve de pesca con un rastrillo. Pensé que tal vez podía encontrar un arma o algún otro indicio. Pero ¿cómo demo­nios...?

––Tch, tch. No tengo tiempo. Ese pie izquierdo suyo, torci­do hacia dentro, aparece por todas partes. Hasta un topo po­dría seguir sus pasos, y aquí se meten entre los juncos. ¡Ay, qué sencillo habría sido todo si yo hubiera estado aquí antes de que llegaran todos, como una manada de búfalos, chapo­teando por todas partes! Por aquí llegó el grupito del guar­dés, borrando todas las huellas en más de dos metros alrede­dor del cadáver. Pero aquí hay tres pistas distintas de los mismos pies ––sacó una lupa y se tendió sobre el impermea­ble para ver mejor, sin dejar de hablar, más para sí mismo que para nosotros––. Son los pies del joven McCarthy. Dos veces andando y una corriendo tan aprisa que las puntas es­tán marcadas y los tacones apenas se ven. Esto concuerda con su relato. Echó a correr al ver a su padre en el suelo. Y aquí tenemos las pisadas del padre cuando andaba de un lado a otro. ¿Y esto qué es? Ah, la culata de la escopeta del hijo, que se apoyaba en ella mientras escuchaba. ¡Ajá! ¿Qué tenemos aquí? ¡Pasos de puntillas, pasos de puntillas! ¡Y, además, de unas botas bastante raras, de puntera cuadrada!

Vienen, van, vuelven a venir... por supuesto, a recoger el abrigo. Ahora bien, ¿de dónde venían?

Corrió de un lado a otro, perdiendo a veces la pista y vol­viéndola a encontrar, hasta que nos adentramos bastante en el bosque y llegamos a la sombra de una enorme haya, el ár­bol más grande de los alrededores. Holmes siguió la pista hasta detrás del árbol y se volvió a tumbar boca abajo, con un gritito de satisfacción. Se quedó allí durante un buen rato, levantando las hojas y las ramitas secas, recogiendo en un sobre algo que a mí me pareció polvo y examinando con la lupa no sólo el suelo sino también la corteza del árbol has­ta donde pudo alcanzar. Tirada entre el musgo había una piedra de forma irregular, que también examinó atentamen­te, guardándosela luego. A continuación siguió un sendero que atravesaba el bosque hasta salir a la carretera, donde se perdían todas las huellas.

––Ha sido un caso sumamente interesante ––comentó, vol­viendo a su forma de ser habitual––. Imagino que esa casa gris de la derecha debe ser el pabellón del guarda. Creo que voy a entrar a cambiar unas palabras con Moran, y tal vez es­cribir una notita. Una vez hecho eso, podemos volver para comer. Ustedes pueden ir andando hasta el coche, que yo me reuniré con ustedes en seguida.

Tardamos unos diez minutos en llegar hasta el coche y emprender el regreso a Ross. Holmes seguía llevando la pie­dra que había recogido en el bosque.

––Puede que esto le interese, Lestrade ––comentó, enseñán­dosela––. Con esto se cometió el asesinato.

––No veo ninguna señal.

––No las hay.

––Y entonces, ¿cómo lo sabe?

––Debajo de ella, la hierba estaba crecida. Sólo llevaba unos días tirada allí. No se veía que hubiera sido arrancada de ningún sitio próximo. Su forma corresponde a las heri­das. No hay rastro de ninguna otra arma.

––¿Y el asesino?

––Es un hombre alto, zurdo, que cojea un poco de la pier­na derecha, lleva botas de caza con suela gruesa y un capote gris, fuma cigarros indios con boquilla y lleva una navaja mellada en el bolsillo. Hay otros varios indicios, pero éstos deberían ser suficientes para avanzar en nuestra investiga­ción.

Lestrade se echó a reír.

––Me temo que continúo siendo escéptico ––dijo––. Las teo­rías están muy bien, pero nosotros tendremos que vérnoslas con un tozudo jurado británico.

––Nous verrons ––respondió Holmes muy tranquilo––. Usted siga su método, que yo seguiré el mío. Estaré ocupado esta tarde y probablemente regresaré a Londres en el tren de la noche.

––¿Dejando el caso sin terminar?

––No, terminado.

––¿Pero el misterio...?

––Está resuelto.

––¿Quién es, pues, el asesino?

––El caballero que le he descrito.

––Pero ¿quién es?

––No creo que resulte tan difícil averiguarlo. Esta zona no es tan populosa.

Lestrade se encogió de hombros.

––Soy un hombre práctico ––dijo––, y la verdad es que no puedo ponerme a recorrer los campos en busca de un caba­llero zurdo con una pata coja. Sería el hazmerreír de Sco­tland Yard.

––Muy bien ––dijo Holmes, tranquilamente––. Ya le he dado su oportunidad. Aquí están sus aposentos. Adiós. Le dejaré una nota antes de marcharme.

Tras dejar a Lestrade en sus habitaciones, regresamos a nuestro hotel, donde encontramos la comida ya servida. Holmes estuvo callado y sumido en reflexiones, con una ex­presión de pesar en el rostro, como quien se encuentra en una situación desconcertante.

––Vamos a ver, Watson ––dijo cuando retiraron los platos––. Siéntese aquí, en esta silla, y deje que le predique un poco. No sé qué hacer y agradecería sus consejos. Encienda un ci­garro y deje que me explique.

––Hágalo, por favor.

––Pues bien, al estudiar este caso hubo dos detalles de la declaración del joven McCarthy que nos llamaron la aten­ción al instante, aunque a mí me predispusieron a favor y a usted en contra del joven. Uno, el hecho de que el padre, se­gún la declaración, lanzara el grito de cuü antes de ver a su hijo. El otro, la extraña mención de una rata por parte del moribundo. Dése cuenta de que murmuró varias palabras, pero esto fue lo único que captaron los oídos del hijo. Ahora bien, nuestra investigación debe partir de estos dos puntos, y comenzaremos por suponer que lo que declaró el mucha­cho es la pura verdad.

––¿Y qué sacamos del cuii?

––Bueno, evidentemente, no era para llamar al hijo, porque él creía que su hijo estaba en Bristol. Fue pura casualidad que se encontrara por allí cerca. El cuü pretendía llamar la aten­ción de la persona con la que se había citado, quienquiera que fuera. Pero ese cuíi es un grito típico australiano, que se usa entre australianos. Hay buenas razones para suponer que la persona con la que McCarthy esperaba encontrarse en el estanque de Boscombe había vivido en Australia.

––¿Y qué hay de la rata?

Sherlock Holmes sacó del bolsillo un papel doblado y lo desplegó sobre la mesa.

––Aquí tenemos un mapa de la colonia de Victoria ––dijo––. Anoche telegrafié a Bristol pidiéndolo.

Puso la mano sobre una parte del mapa y preguntó:

––¿Qué lee usted aquí?

––ARAT ––leí.

––¿Y ahora? ––levantó la mano.

––BALLARAT.

––Exacto. Eso es lo que dijo el moribundo, pero su hijo sólo entendió las dos últimas sílabas: a rat, una rata. Estaba intentando decir el nombre de su asesino. Fulano de Tal, de Ballarat.

––¡Asombroso! ––exclamé.

––Evidente. Con eso, como ve, quedaba considerablemen­te reducido el campo. La posesión de una prenda gris era un tercer punto seguro, siempre suponiendo que la declaración del hijo fuera cierta. Ya hemos pasado de la pura incerti­dumbre a la idea concreta de un australiano de Ballarat con un capote gris.

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