El misterio de Boscombe Valley (cont2)

––Desde luego.

––Y que, además, andaba por la zona como por su casa, porque al estanque sólo se puede llegar a través de la granja o de la finca, por donde no es fácil que pase gente extraña.

––Muy cierto.

––Pasemos ahora a nuestra expedición de hoy. El examen del terreno me reveló los insignificantes detalles que ofrecí a ese imbécil de Lestrade acerca de la persona del asesino.

––¿Pero cómo averiguó todo aquello?

––Ya conoce usted mi método. Se basa en la observación de minucias.

––Ya sé que es capaz de calcular la estatura aproximada por la longitud de los pasos. Y lo de las botas también se podría deducir de las pisadas.

––Sí, eran botas poco corrientes.

––Pero ¿lo de la cojera?

––La huella de su pie derecho estaba siempre menos mar­cada que la del izquierdo. Cargaba menos peso sobre él. ¿Por qué? Porque renqueaba... era cojo.

––¿Y cómo sabe que es zurdo?

––A usted mismo le llamó la atención la índole de la heri­da, tal como la describió el forense en la investigación. El golpe se asestó de cerca y por detrás, y sin embargo estaba en el lado izquierdo. ¿Cómo puede explicarse esto, a menos que lo asestara un zurdo? Había permanecido detrás del ár­bol durante la conversación entre el padre y el hijo. Hasta se fumó un cigarro allí. Encontré la ceniza de un cigarro, que mis amplios conocimientos sobre cenizas de tabaco me per­mitieron identificar como un cigarro indio. Como usted sabe, he dedicado cierta atención al tema, y he escrito una pequeña monografía sobre las cenizas de ciento cuarenta variedades diferentes de tabaco de pipa, cigarros y cigarri­llos. En cuanto encontré la ceniza, eché un vistazo por los al­rededores y descubrí la colilla entre el musgo, donde la ha­bían tirado. Era un cigarro indio de los que se lían en Rotterdam.

––¿Y la boquilla?

––Se notaba que el extremo no había estado en la boca. Por lo tanto, había usado boquilla. La punta estaba cortada, no arrancada de un mordisco, pero el corte no era limpio, de lo que deduje la existencia de una navaja mellada.

––Holmes ––dije––, ha tendido usted una red en torno a ese hombre, de la que no podrá escapar, y ha salvado usted una vida inocente, tan seguro como si hubiera cortado la cuerda que le ahorcaba. Ya veo en qué dirección apunta todo esto. El culpable es...

––¡El señor John Turner! ––exclamó el camarero del hotel, abriendo la puerta de nuestra sala de estar y haciendo pasar a un visitante.

El hombre que entró presentaba una figura extraña e im­presionante. Su paso lento y renqueante y sus hombros car­gados le daban aspecto de decrepitud, pero sus facciones du­ras, marcadas y arrugadas, así como sus enormes miembros, indicaban que poseía una extraordinaria energía de cuerpo y carácter. Su barba enmarañada, su cabellera gris y sus ce­jas prominentes y lacias contribuían a dar a su apariencia un aire de dignidad y poderío, pero su rostro era blanco ceniciento, y sus labios y las esquinas de los orificios nasales pre­sentaban un tono azulado. Con sólo mirarlo, pude darme cuenta de que era presa de alguna enfermedad crónica y mortal.

––Por favor, siéntese en el sofá ––dijo Holmes educadamen­te––. ¿Recibió usted mi nota?

––Sí, el guarda me la trajo. Decía usted que quería verme aquí para evitar el escándalo.

––Me pareció que si yo iba a su residencia podría dar que hablar.

––¿Y por qué quería usted verme? ––miró fijamente a mi compañero, con la desesperación pintada en sus cansados ojos, como si su pregunta ya estuviera contestada.

––Sí, eso es ––dijo Holmes, respondiendo más a la mirada que a las palabras––. Sé todo lo referente a McCarthy.

El anciano se hundió la cara entre las manos.

––¡Que Dios se apiade de mí! ––exclamó––. Pero yo no habría permitido que le ocurriese ningún daño al muchacho. Le doy mi palabra de que habría confesado si las cosas se le hu­bieran puesto feas en el juicio.

––Me alegra oírle decir eso ––dijo Holmes muy serio.

––Ya habría confesado de no ser por mi hija. Esto le rompe­ría el corazón... y se lo romperá cuando se entere de que me han detenido.

––Puede que no se llegue a eso ––dijo Holmes.

––¿Cómo dice?

––Yo no soy un agente de la policía. Tengo entendido que fue su hija la que solicitó mi presencia aquí, y actúo en nom­bre suyo. No obstante, el joven McCarthy debe quedar libre.

––Soy un moribundo ––dijo el viejo Turner––. Hace años que padezco diabetes. Mi médico dice que podría no durar ni un mes. Pero preferiría morir bajo mi propio techo, y no en la cárcel.

Holmes se levantó y se sentó a la mesa con la pluma en la mano y un legajo de papeles delante.

––Limítese a contarnos la verdad ––dijo––. Yo tomaré nota de los hechos. Usted lo firmará y Watson puede servir de tes­tigo. Así podré, en último extremo, presentar su confesión para salvar al joven McCarthy. Le prometo que no la utiliza­ré a menos que sea absolutamente necesario.

––Perfectamente ––dijo el anciano––. Es muy dudoso que yo viva hasta el juicio, así que me importa bien poco, pero qui­siera evitarle a Alice ese golpe. Y ahora, le voy a explicar todo el asunto. La acción abarca mucho tiempo, pero tardaré muy poco en contarlo.

»Usted no conocía al muerto, a ese McCarthy. Era el dia­blo en forma humana. Se lo aseguro. Que Dios le libre de caer en las garras de un hombre así. Me ha tenido en sus ma­nos durante estos veinte años, y ha arruinado mi vida. Pero primero le explicaré cómo caí en su poder.

»A principios de los sesenta, yo estaba en las minas. Era entonces un muchacho impulsivo y temerario, dispuesto a cualquier cosa; me enredé con malas compañías, me aficio­né a la bebida, no tuve suerte con mi mina, me eché al monte y, en una palabra, me convertí en lo que aquí llaman un sal­teador de caminos. Éramos seis, y llevábamos una vida de lo más salvaje, robando de vez en cuando algún rancho, o asal­tando las carretas que se dirigían a las excavaciones. Me ha­cía llamar Black Jack de Ballarat, y aún se acuerdan en la co­lonia de nuestra cuadrilla, la Banda de Ballarat.

»Un día partió un cargamento de oro de Ballarat a Mel­bourne, y nosotros lo emboscamos y lo asaltamos. Había seis soldados de escolta contra nosotros seis, de manera que la cosa estaba igualada, pero a la primera descarga vaciamos cuatro monturas. Aun así, tres de los nuestros murieron an­tes de que nos apoderáramos del botín. Apunté con mi pis­tola a la cabeza del conductor del carro, que era el mismísi­mo McCarthy. Ojalá le hubiese matado entonces, pero le perdoné aunque vi sus malvados ojillos clavados en mi ros­tro, como si intentara retener todos mis rasgos. Nos largamos con el oro, nos convertimos en hombres ricos, y nos vi­nimos a Inglaterra sin despertar sospechas. Aquí me despe­dí de mis antiguos compañeros, decidido a establecerme y llevar una vida tranquila y respetable. Compré esta finca, que casualmente estaba a la venta, y me propuse hacer algún bien con mi dinero, para compensar el modo en que lo había adquirido. Me casé, y aunque mi esposa murió joven, me dejó a mi querida Alice. Aunque no era más que un bebé, su minúscula manita parecía guiarme por el buen camino como no lo había hecho nadie. En una palabra, pasé una pá­gina de mi vida y me esforcé por reparar el pasado. Todo iba bien, hasta que McCarthy me echó las zarpas encima.

»Había ido a Londres para tratar de una inversión, y me lo encontré en Regent Street, prácticamente sin nada que po­nerse encima.

»––Aquí estamos, Jack ––me dijo, tocándome el brazo––. Va­mos a ser como una familia para ti. Somos dos, mi hijo y yo, y tendrás que ocuparte de nosotros. Si no lo haces... bueno... Inglaterra es un gran país, respetuoso de la ley, y siempre hay un policía al alcance de la voz.

»Así que se vinieron al oeste, sin que hubiera forma de quitármelos de encima, y aquí han vivido desde entonces, en mis mejores tierras, sin pagar renta. Ya no hubo para mí re­poso, paz ni posibilidad de olvidar; allá donde me volviera, veía a mi lado su cara astuta y sonriente. Y la cosa empeoró al crecer Alice, porque él en seguida se dio cuenta de que yo tenía más miedo a que ella se enterara de mi pasado que de que lo supiera la policía. Me pedía todo lo que se le antojaba, y yo se lo daba todo sin discutir: tierra, dinero, casas, hasta que por fin me pidió algo que yo no le podía dar: me pidió a Alice.

»Resulta que su hijo se había hecho mayor, igual que mi hija, y como era bien sabido que yo no andaba bien de salud, se le ocurrió la gran idea de que su hijo se quedara con todas mis propiedades. Pero aquí me planté. No estaba dispuesto a que su maldita estirpe se mezclara con la mía. No es que me disgustara el muchacho, pero llevaba la sangre de su pa­dre y con eso me bastaba. Me mantuve firme. McCarthy me amenazó. Yo le desafié a que hiciera lo peor que se le ocurrie­ra. Quedamos citados en el estanque, a mitad de camino de nuestras dos casas, para hablar del asunto.

»Cuando llegué allí, lo encontré hablando con su hijo, de modo que encendí un cigarro y esperé detrás de un árbol a que se quedara solo. Pero, según le oía hablar, iba saliendo a flote todo el odio y el rencor que yo llevaba dentro. Estaba instando a su hijo a que se casara con mi hija, con tan poca consideración por lo que ella pudiera opinar como si se tra­tara de una buscona de la calle. Me volvía loco al pensar que yo y todo lo que yo más quería estábamos en poder de un hombre semejante. ¿No había forma de romper las ataduras? Me quedaba poco de vida y estaba desesperado. Aunque conservaba las facultades mentales y la fuerza de mis miem­bros, sabía que mi destino estaba sellado. Pero ¿qué recuer­do dejaría y qué sería de mi hija? Las dos cosas podían sal­varse si conseguía hacer callar aquella maldita lengua. Lo hice, señor Holmes, y volvería a hacerlo. Aunque mis peca­dos han sido muy graves, he vivido un martirio para purgar­los. Pero que mi hija cayera en las mismas redes que a mí me esclavizaron era más de lo que podía soportar. No sentí más remordimientos al golpearlo que si se hubiera tratado de una alimaña repugnante y venenosa. Sus gritos hicieron vol­ver al hijo, pero yo ya me había refugiado en el bosque, aun­que tuve que regresar a por el capote que había dejado caer al huir. Ésta es, caballeros, la verdad de todo lo que ocurrió.

––Bien, no me corresponde a mí juzgarle ––dijo Holmes, mientras el anciano firmaba la declaración escrita que aca­baba de realizar––. Y ruego a Dios que nunca nos veamos ex­puestos a semejante tentación.

––Espero que no, señor. ¿Y qué se propone usted hacer ahora?

––En vista de su estado de salud, nada. Usted mismo se da cuenta de que pronto tendrá que responder de sus acciones ante un tribunal mucho más alto que el de lo penal. Conser­varé su confesión y, si McCarthy resulta condenado, me veré obligado a utilizarla. De no ser así, jamás la verán ojos hu­manos; y su secreto, tanto si vive usted como si muere, estará a salvo con nosotros.

––Adiós, pues ––dijo el anciano solemnemente––. Cuando les llegue la hora, su lecho de muerte se les hará más llevade­ro al pensar en la paz que han aportado al mío ––y salió de la habitación tambaleándose, con toda su gigantesca figura sa­cudida por temblores.

––¡Que Dios nos asista! ––exclamó Sherlock Holmes des­pués de un largo silencio––. ¿Por qué el Destino les gasta tales jugarretas a los pobres gusanos indefensos? Siempre que me encuentro con un caso así, no puedo evitar acordarme de las palabras de Baxter y decir: «Allá va Sherlock Holmes, por la gracia de Dios».

James McCarthy resultó absuelto en el juicio, gracias a una serie de alegaciones que Holmes preparó y sugirió al abogado defensor. El viejo Turner aún vivió siete meses des­pués de nuestra entrevista, pero ya falleció; y todo parece in­dicar que el hijo y la hija vivirán felices y juntos, ignorantes del negro nubarrón que envuelve su pasado.

Estás leyendo en Ablik

Cerrar