El misterio de Copper Beeches

––El hombre que ama el arte por el arte ––comentó Sherlock Holmes, dejando a un lado la hoja de anuncios del Daily Te­legraph–– suele encontrar los placeres más intensos en sus manifestaciones más humildes y menos importantes. Me complace advertir, Watson, que hasta ahora ha captado us­ted esa gran verdad, y que en esas pequeñas crónicas de nuestros casos que ha tenido la bondad de redactar, debo decir que, embelleciéndolas en algunos puntos, no ha dado preferencia a las numerosas causes célèbres y procesos sensa­cionales en los que he intervenido, sino más bien a inciden­tes que pueden haber sido triviales, pero que daban ocasión al empleo de las facultades de deducción y síntesis que he convertido en mi especialidad.

––Y, sin embargo ––dije yo, sonriendo––, no me considero definitivamente absuelto de la acusación de sensacionalis­mo que se ha lanzado contra mis crónicas.

––Tal vez haya cometido un error ––apuntó él, tomando una brasa con las pinzas y encendiendo con ellas la larga pipa de cerezo que sustituía a la de arcilla cuando se sentía más dado a la polémica que a la reflexión––. Quizá se haya equivocado al intentar añadir color y vida a sus descripciones, en lugar de limitarse a exponer los sesudos razonamientos de causa a efecto, que son en realidad lo único verdaderamente digno de mención del asunto.

––Me parece que en ese aspecto le he hecho a usted justicia ––comenté, algo fríamente, porque me repugnaba la egolatría que, como había observado más de una vez, constituía un importante factor en el singular carácter de mi amigo.

––No, no es cuestión de vanidad o egoísmo ––dijo él, res­pondiendo, como tenía por costumbre, a mis pensamientos más que a mis palabras––. Si reclamo plena justicia para mi arte, es porque se trata de algo impersonal... algo que está más allá de mí mismo. El delito es algo corriente. La lógica es una rareza. Por tanto, hay que poner el acento en la lógica y no en el delito. Usted ha degradado lo que debía haber sido un curso académico, reduciéndolo a una serie de cuentos.

Era una mañana fría de principios de primavera, y des­pués del desayuno nos habíamos sentado a ambos lados de un chispeante fuego en el viejo apartamento de Baker Street. Una espesa niebla se extendía entre las hileras de casas par­duzcas, y las ventanas de la acera de enfrente parecían bo­rrones oscuros entre las densas volutas amarillentas. Tenía­mos encendida la luz de gas, que caía sobre el mantel arrancando reflejos de la porcelana y el metal, pues aún no habían recogido la mesa. Sherlock Holmes se había pasado callado toda la mañana, zambulléndose continuamente en las columnas de anuncios de una larga serie de periódicos, hasta que por fin, renunciando aparentemente a su búsque­da, había emergido, no de muy buen humor, para darme una charla sobre mis defectos literarios.

––Por otra parte ––comentó tras una pausa, durante la cual estuvo dándole chupadas a su larga pipa y contemplando el fuego––, dificilmente se le puede acusar a usted de sensacio­nalismo, cuando entre los casos por los que ha tenido la bondad de interesarse hay una elevada proporción que no tratan de ningún delito, en el sentido legal de la palabra. El asuntillo en el que intenté ayudar al rey de Bohemia, la cu­riosa experiencia de la señorita Mary Sutherland, el proble­ma del hombre del labio retorcido y el incidente de la boda del noble, fueron todos ellos casos que escapaban al alcance de la ley. Pero, al evitar lo sensacional, me temo que puede usted haber bordeado lo trivial.

––Puede que el desenlace lo fuera ––respondí––, pero sosten­go que los métodos fueron originales e interesantes.

––Psé. Querido amigo, ¿qué le importan al público, al gran público despistado, que sería incapaz de distinguir a un te­jedor por sus dientes o a un cajista de imprenta por su pulgar izquierdo, los matices más delicados del análisis y la deduc­ción? Aunque, la verdad, si es usted trivial no es por culpa suya, porque ya pasaron los tiempos de los grandes casos. El hombre, o por lo menos el criminal, ha perdido toda la ini­ciativa y la originalidad. Y mi humilde consultorio parece estar degenerando en una agencia para recuperar lápices ex­traviados y ofrecer consejo a señoritas de internado. Creo que por fin hemos tocado fondo. Esta nota que he recibido esta mañana marca, a mi entender, mi punto cero. Léala ––me tiró una carta arrugada.

Estaba fechada en Montague Place la noche anterior y decía:

 

«Querido señor Holmes: Tengo mucho interés en consultar­le acerca de si debería o no aceptar un empleo de institutriz que se me ha ofrecido. Si no tiene inconveniente, pasaré a vi­sitarle mañana a las diez y media. Suya afectísima,

 

Violet HUNTER.»

 

––¿Conoce usted a esta joven? ––pregunté.

––De nada.

––Pues ya son las diez y media.

––Sí, y sin duda es ella la que acaba de llamar a la puerta.

––Quizá resulte ser más interesante de lo que usted cree. Acuérdese del asunto del carbunclo azul, que al principio parecía una fruslería y se acabó convirtiendo en una investi­gación seria. Puede que ocurra lo mismo en este caso.

––¡Ojalá sea así! Pero pronto saldremos de dudas, porque, o mucho me equivoco, o aquí la tenemos.

Mientras él hablaba se abrió la puerta y una j oven entró en la habitación. Iba vestida de un modo sencillo, pero con buen gusto; tenía un rostro expresivo e inteligente, pecoso como un huevo de chorlito, y actuaba con los modales desenvuel­tos de una mujer que ha tenido que abrirse camino en la vida.

––Estoy segura de que me perdonará que le moleste ––dijo mientras mi compañero se levantaba para saludarla––. Pero me ha ocurrido una cosa muy extraña y, como no tengo pa­dres ni familiares a los que pedir consejo, pensé que tal vez usted tuviera la amabilidad de indicarme qué debo hacer.

––Siéntese, por favor, señorita Hunter. Tendré mucho gus­to en hacer lo que pueda para servirla.

Me di cuenta de que a Holmes le habían impresionado fa­vorablemente los modales y la manera de hablar de su nuevo cliente. La contempló del modo inquisitivo que era habitual en él y luego se sentó a escuchar su caso con los párpados caídos y las puntas de los dedos juntas.

––He trabajado cinco años como institutriz ––dijo–– en la fa­milia del coronel Spence Munro, pero hace dos meses el co­ronel fue destinado a Halifax, Nueva Escocia, y se llevó a sus hijos a América, de modo que me encontré sin empleo. Puse anuncios y respondí a otros anuncios, pero sin éxito. Por fin empezó a acabárseme el poco dinero que tenía ahorrado y me devanaba los sesos sin saber qué hacer.

»Existe en el West End una agencia para institutrices muy conocida, llamada Westway's, por la que solía pasarme una vez a la semana para ver si había surgido algo que pudiera convenirme. Westway era el apellido del fundador de la em­presa, pero quien la dirige en realidad es la señorita Stoper. Se sienta en un pequeño despacho, y las mujeres que buscan empleo aguardan en una antesala y van pasando una a una. Ella consulta sus ficheros y mira a ver si tiene algo que pueda interesarlas.

»Pues bien, cuando me pasé por allí la semana pasada me hicieron entrar en el despacho como de costumbre, pero vi que la señorita Stoper no estaba sola. Junto a ella se sentaba un hombre prodigiosamente gordo, de rostro muy sonriente y con una enorme papada que le caía en pliegues sobre el cuello; llevaba un par de gafas sobre la nariz y miraba con mucho interés a las mujeres que iban entrando. Al llegar yo, dio un salto en su asiento y se volvió rápidamente hacia la se­ñorita Stoper.

»––¡Ésta servirá! ––dijo––. No podría pedirse nada mejor. ¡Estupenda! ¡Estupenda!

»––Parecía entusiasmado y se frotaba las manos de la ma­nera más alegre. Se trataba de un hombre de aspecto tan sa­tisfecho que daba gusto mirarlo.

»––¿Busca usted trabajo, señorita? ––preguntó.

»––Sí, señor.

»––¿Como institutriz?

»––Sí, señor.

»––¿Y qué salario pide usted?

»––En mi último empleo, en casa del coronel Spence Mun­ro, cobraba cuatro libras al mes.

»––¡Puf? ¡Denigrante! ¡Sencillamente denigrante! ––excla­mó, elevando en el aire sus rollizas manos, como arrebatado por la indignación––. ¿Cómo se le puede ofrecer una suma tan lamentable a una dama con semejantes atractivos y cua­lidades?

»––Es posible, señor, que mis cualidades sean menos de lo que usted imagina ––dije yo––. Un poco de francés, un poco de alemán, música y dibujo...

»––¡Puf, puf? ––exclamó––. Eso está fuera de toda duda. Lo que interesa es si usted posee o no el porte y la distinción de una dama. En eso radica todo. Si no los posee, entonces no está capacitada para educar a un niño que algún día puede desempeñar un importante papel en la historia de la nación. Pero si las tiene, ¿cómo podría un caballero pedirle que con­descendiera a aceptar nada por debajo de tres cifras? Si tra­baja usted para mí, señora, comenzará con un salario de cien libras al año.

»Como podrá imaginar, señor Holmes, estando sin recur­sos como yo estaba, aquella oferta me pareció casi demasia­do buena para ser verdad. Sin embargo, el caballero, advir­tiendo tal vez mi expresión de incredulidad, abrió su cartera y sacó un billete.

»––Es también mi costumbre ––dijo, sonriendo del modo más amable, hasta que sus ojos quedaron reducidos a dos ranuras que brillaban entre los pliegues blancos de su cara ––pagar medio salario por adelantado a mis jóvenes emplea­das, para que puedan hacer frente a los pequeños gastos del viaje y el vestuario.

»Me pareció que nunca había conocido a un hombre tan fascinante y tan considerado. Como ya tenía algunas deudas con los proveedores, aquel adelanto me venía muy bien; sin embargo, toda la transacción tenía un algo de innatural que me hizo desear saber algo más antes de comprometerme.

»––¿Puedo preguntar dónde vive usted, señor? ––dije.

»––En Hampshire. Un lugar encantador en el campo, lla­mado Copper Beeches, cinco millas más allá de Winchester. Es una región preciosa, querida señorita, y la vieja casa de campo es sencillamente maravillosa.

»––¿Y mis obligaciones, señor? Me gustaría saber en qué consistirían.

»––Un niño. Un pillastre delicioso, de sólo seis años. ¡Ten­dría usted que verlo matando cucarachas con una zapatilla! ¡Plaf, plaf, plafl ¡Tres muertas en un abrir y cerrar de ojos! ––se echó hacia atrás en su asiento y volvió a reírse hasta que los ojos se le hundieron en la cara de nuevo.

»Quedé un poco perpleja ante la naturaleza de las diver­siones del niño, pero la risa del padre me hizo pensar que tal vez estuviera bromeando.

»––Entonces, mi única tarea ––dije–– sería ocuparme de este niño.

»––No, no, no la única, querida señorita, no la única ––res­pondió––. Su tarea consistirá, como sin duda ya habrá imagi­nado, en obedecer todas las pequeñas órdenes que mi espo­sa le pueda dar, siempre que se trate de órdenes que una dama pueda obedecer con dignidad. No verá usted ningún inconveniente en ello, ¿verdad?

»––Estaré encantada de poder ser útil.

»––Perfectamente. Por ejemplo, en la cuestión del vestua­rio. Somos algo maniáticos, ¿sabe usted? Maniáticos pero buena gente. Si le pidiéramos que se pusiera un vestido que nosotros le proporcionáramos, no se opondría usted a nues­tro capricho, ¿verdad?

»––No ––dije yo, bastante sorprendida por sus palabras. »––O que se sentara en un sitio, o en otro; eso no le resulta­ría ofensivo, ¿verdad?

»––Oh, no.

»––O que se cortara el cabello muy corto antes de presen­tarse en nuestra casa...

»Yo no daba crédito a mis oídos. Como puede usted ob­servar, señor Holmes, mi pelo es algo exuberante y de un tono castaño bastante peculiar. Han llegado a describirlo como artístico. Ni en sueños pensaría en sacrificarlo de bue­nas a primeras.

»––Me temo que eso es del todo imposible ––dije. Él me es­taba observando atentamente con sus ojillos, y pude adver­tir que al oír mis palabras pasó una sombra por su rostro.

»––Y yo me temo que es del todo esencial ––dijo––. Se trata de un pequeño capricho de mi esposa, y los caprichos de las damas, señorita, los caprichos de las damas hay que satisfa­cerlos. ¿No está dispuesta a cortarse el pelo?

»––No, señor, la verdad es que no ––respondí con firmeza.

»––Ah, muy bien. Entonces, no hay más que hablar. Es una pena, porque en todos los demás aspectos habría servido de maravilla. Dadas las circunstancias, señorita Stoper, tendré que examinar a algunas más de sus señoritas.

»La directora de la agencia había permanecido durante toda la entrevista ocupada con sus papeles, sin dirigirnos la palabra a ninguno de los dos, pero en aquel momento me miró con tal expresión de disgusto que no pude evitar sos­pechar que mi negativa le había hecho perder una espléndi­da comisión.

»––¿Desea usted que sigamos manteniendo su nombre en nuestras listas? ––preguntó.

»––Si no tiene inconveniente, señorita Stoper.

»––Pues, la verdad, me parece bastante inútil, viendo el modo en que rechaza usted las ofertas más ventajosas ––dijo secamente––. No esperará usted que nos esforcemos por en­contrarle otra ganga como ésta. Buenos días, señorita Hun­ter ––hizo sonar un gong que tenía sobre la mesa, y el botones me acompañó a la salida.

»Pues bien, cuando regresé a mi alojamiento y encontré la despensa medio vacía y dos o tres facturas sobre la mesa, empecé a preguntarme si no habría cometido una estupidez. Al fin y al cabo, si aquella gente tenía manías extrañas y es­peraba que se obedecieran sus caprichos más extravagantes, al menos estaban dispuestos a pagar por sus excentricida­des. Hay muy pocas institutrices en Inglaterra que ganen cien libras al año. Además, ¿de qué me serviría el pelo? A muchas mujeres les favorece llevarlo corto, y yo podía ser una de ellas. Al día siguiente ya tenía la impresión de haber cometido un error, y un día después estaba plenamente con­vencida. Estaba casi decidida a tragarme mi orgullo hasta el punto de regresar a la agencia y preguntar si la plaza estaba aún disponible, cuando recibí esta carta del caballero en cuestión. La he traído y se la voy a leer:

"The Copper Beeches, cerca de Winchester.

Querida señorita Hunter: La señorita Stoper ha tenido la amabilidad de darme su dirección, y le escribo desde aquí para preguntarle si ha reconsiderado su posición. Mi esposa tiene mucho interés en que venga, pues le agradó mucho la descripción que yo le hice de usted. Estamos dispuestos a pa­garle treinta libras al trimestre, o ciento veinte al año, para compensarle por las pequeñas molestias que puedan ocasio­narle nuestros caprichos. Al fin y al cabo, tampoco exigimos demasiado. A mi esposa le encanta un cierto tono de azul eléc­trico, y le gustaría que usted llevase un vestido de ese color por las mañanas. Sin embargo, no tiene que incurrir en el gasto de adquirirlo, ya que tenemos uno perteneciente a mi querida hija Alice (actualmente en Filadelfia), que creo que le sentaría muy bien. En cuanto a lo de sentarse en un sitio o en otro, o practicar los entretenimientos que se le indiquen, no creo que ello pueda ocasionarle molestias. Y con respecto a su cabello, no cabe duda de que es una lástima, especialmente si se tiene en cuenta que no pude evitar fijarme en su belleza durante nuestra breve entrevista, pero me temo que debo mantener­me firme en este punto, y solamente confío en que el aumento de salario pueda compensarle de la pérdida. Sus obligaciones en lo referente al niño son muy llevaderas. Le ruego que haga lo posible por venir; yo la esperaría con un coche en Winches­ter. Hágame saber en qué tren llega. Suyo afectísimo,

 

Jephro RUCASTLE.”

 

»Ésta es la carta que acabo de recibir, señor Holmes, y ya he tomado la decisión de aceptar. Sin embargo, me pareció que antes de dar el paso definitivo debía someter el asunto a su consideración.

––Bien, señorita Hunter, si su decisión está tomada, eso deja zanjado el asunto ––dijo Holmes sonriente.

––¿Usted no me aconsejaría rehusar?

––Confieso que no me gustaría que una hermana mía aceptara ese empleo.

––¿Qué significa todo esto, señor Holmes?

––¡Ah! Carezco de datos. No puedo decirle. ¿Se ha forma­do usted alguna opinión?

––Bueno, a mí me parece que sólo existe una explicación posible. El señor Rucastle parecía ser un hombre muy ama­ble y bondadoso. ¿No es posible que su esposa esté loca, que él desee mantenerlo en secreto por miedo a que la internen en un asilo, y que le siga la corriente en todos sus caprichos para evitar una crisis?

––Es una posible explicación. De hecho, tal como están las cosas, es la más probable. Pero, en cualquier caso, no parece un sitio muy adecuado para una joven.

––Pero ¿y el dinero, señor Holmes? ¿Y el dinero?

––Sí, desde luego, la paga es buena... demasiado buena. Eso es lo que me inquieta. ¿Por qué iban a darle ciento veinte al año cuando tendrían institutrices para elegir por cuarenta? Tiene que existir una razón muy poderosa.

––Pensé que si le explicaba las circunstancias, usted lo en­tendería si más adelante solicitara su ayuda. Me sentiría mu­cho más segura sabiendo que una persona como usted me cubre las espaldas.

––Oh, puede irse convencida de ello. Le aseguro que su pe­queño problema promete ser el más interesante que se me ha presentado en varios meses. Algunos aspectos resultan ver­daderamente originales. Si tuviera usted dudas o se viera en peligro...

––¿Peligro? ¿En qué peligro está pensando? Holmes meneó la cabeza muy serio.

––Si pudiéramos definirlo, dejaría de ser un peligro ––dijo––. Pero a cualquier hora, de día o de noche, un telegrama suyo me hará acudir en su ayuda.

––Con eso me basta ––se levantó muy animada de su asien­to, habiéndose borrado la ansiedad de su rostro––. Ahora puedo ir a Hampshire mucho más tranquila. Escribiré de in­mediato al señor Rucastle, sacrificaré mi pobre cabellera esta noche y partiré hacia Winchester mañana ––con unas frases de agradecimiento para Holmes, nos deseó buenas noches y se marchó presurosa.

––Por lo menos ––dije mientras oíamos sus pasos rápidos y firmes escaleras abajo––, parece una jovencita perfectamen­te capaz de cuidar de sí misma.

––Y le va a hacer falta ––dijo Holmes muy serio––. O mucho me equivoco, o recibiremos noticias suyas antes de que pa­sen muchos días.

No tardó en cumplirse la predicción de mi amigo. Trans­currieron dos semanas, durante las cuales pensé más de una vez en ella, preguntándome en qué extraño callejón de la ex­periencia humana se había introducido aquella mujer soli­taria. El insólito salario, las curiosas condiciones, lo liviano del trabajo, todo apuntaba hacia algo anormal, aunque esta­ba fuera de mis posibilidades determinar si se trataba de una manía inofensiva o de una conspiración, si el hombre era un filántropo o un criminal. En cuanto a Holmes, observé que muchas veces se quedaba sentado durante media hora o más, con el ceño fruncido y aire abstraído, pero cada vez que yo mencionaba el asunto, él lo descartaba con un gesto de la mano. «¡Datos, datos, datos!» ––exclamaba con impacien­cia––. «¡No puedo hacer ladrillos sin arcilla!» Y, sin embargo, siempre acababa por murmurar que no le gustaría que una hermana suya hubiera aceptado semejante empleo.

El telegrama que al fin recibimos llegó una noche, justo cuando yo me disponía a acostarme y Holmes se preparaba para uno de los experimentos nocturnos en los que frecuen­temente se enfrascaba; en aquellas ocasiones, yo lo dejaba por la noche, inclinado sobre una retorta o un tubo de ensa­yo, y lo encontraba en la misma posición cuando bajaba a desayunar por la mañana. Abrió el sobre amarillo y, tras echar un vistazo al mensaje, me lo pasó.

––Mire el horario de trenes en la guía ––dijo, volviéndose a enfrascar en sus experimentos químicos.

La llamada era breve y urgente:

 

«Por favor, esté en el Hotel Black Swan de Winchester maña­na a mediodía. ¡No deje de venir! No sé qué hacer.

 

HUNTER.»

 

––¿Viene usted conmigo?

––Me gustaría.

––Pues mire el horario.

––Hay un tren a las nueve y media ––dije, consultando la guía––. Llega a Winchester a las once y media.

––Nos servirá perfectamente. Quizá sea mejor que aplace mi análisis de las acetonas, porque mañana puede que nece­sitemos estar en plena forma.

A las once de la mañana del día siguiente nos acercábamos ya a la antigua capital inglesa. Holmes había permanecido todo el viaje sepultado en los periódicos de la mañana, pero en cuanto pasamos los límites de Hampshire los dejó a un lado y se puso a admirar el paisaje. Era un hermoso día de primavera, con un cielo azul claro, salpicado de nubecillas algodonosas que se desplazaban de oeste a este. Lucía un sol muy brillante, a pesar de lo cual el aire tenía un frescor esti­mulante, que aguzaba la energía humana. Por toda la campi­ña, hasta las ondulantes colinas de la zona de Aldershot, los tejadillos rojos y grises de las granjas asomaban entre el ver­de claro del follaje primaveral.

––¡Qué hermoso y lozano se ve todo! ––exclamé con el entu­siasmo de quien acaba de escapar de las nieblas de Baker Street.

Pero Holmes meneó la cabeza con gran seriedad.

––Ya sabe usted, Watson ––dijo––, que una de las maldicio­nes de una mente como la mía es que tengo que mirarlo todo desde el punto de vista de mi especialidad. Usted mira esas casas dispersas y se siente impresionado por su belleza. Yo las miro, y el único pensamiento que me viene a la cabeza es lo aisladas que están, y la impunidad con que puede come­terse un crimen en ellas.

––¡Cielo santo! ––exclamé––. ¿Quién sería capaz de asociar la idea de un crimen con estas preciosas casitas?

––Siempre me han producido un cierto horror. Tengo la convicción, Watson, basada en mi experiencia, de que las ca­llejuelas más sórdidas y miserables de Londres no cuentan con un historial delictivo tan terrible como el de la sonriente y hermosa campiña inglesa.

––¡Me horroriza usted!

––Pero la razón salta a la vista. En la ciudad, la presión de la opinión pública puede lograr lo que la ley es incapaz de conseguir. No hay callejuela tan miserable como para que los gritos de un niño maltratado o los golpes de un marido borracho no despierten la simpatía y la indignación del ve­cindario; y además, toda la maquinaria de la justicia está siempre tan a mano que basta una palabra de queja para po­nerla en marcha, y no hay más que un paso entre el delito y el banquillo. Pero fijese en esas casas solitarias, cada una en sus propios campos, en su mayor parte llenas de gente pobre e ignorante que sabe muy poco de la ley. Piense en los actos de crueldad infernal, en las maldades ocultas que pueden cometerse en estos lugares, año tras año, sin que nadie se en­tere. Si esta dama que ha solicitado nuestra ayuda se hubiera ido a vivir a Winchester, no temería por ella. Son las cinco millas de campo las que crean el peligro. Aun así, resulta cla­ro que no se encuentra amenazada personalmente.

––No. Si puede venir a Winchester a recibirnos, también podría escapar.

––Exacto. Se mueve con libertad.

––Pero entonces, ¿qué es lo que sucede? ¿No se le ocurre ninguna explicación?

––Se me han ocurrido siete explicaciones diferentes, cada una de las cuales tiene en cuenta los pocos datos que cono­cemos. Pero ¿cuál es la acertada? Eso sólo puede determi­narlo la nueva información que sin duda nos aguarda. Bue­no, ahí se ve la torre de la catedral, y pronto nos enteraremos de lo que la señorita Hunter tiene que contarnos.

El Black Swan era una posada de cierta fama situada en High Street, a muy poca distancia de la estación, y allí estaba la joven aguardándonos. Había reservado una habitación y nuestro almuerzo nos esperaba en la mesa.

––¡Cómo me alegro de que hayan venido! ––dijo ferviente­mente––. Los dos han sido muy amables. Les digo de verdad que no sé qué hacer. Sus consejos tienen un valor inmenso para mí.

––Por favor, explíquenos lo que le ha ocurrido.

––Eso haré, y más vale que me dé prisa, porque he prome­tido al señor Rucastle estar de vuelta antes de las tres. Me dio permiso para venir ala ciudad esta mañana, aunque poco se imagina a qué he venido.

––Oigámoslo todo por riguroso orden ––dijo Holmes, esti­rando hacia el fuego sus largas y delgadas piernas y dispo­niéndose a escuchar.

––En primer lugar, puedo decir que, en conjunto, el señor y la señora Rucastle no me tratan mal. Es de justicia decirlo. Pero no los entiendo y no me siento tranquila con ellos.

––¿Qué es lo que no entiende?

––Los motivos de su conducta. Pero se lo voy a contar tal como ocurrió. Cuando llegué, el señor Rucastle me recibió aquí y me llevó en su coche a Copper Beeches. Tal como él había dicho, está en un sitio precioso, pero la casa en sí no es bonita. Es un bloque cuadrado y grande, encalado pero todo manchado por la humedad y la intemperie. A su alrededor hay bosques por tres lados, y por el otro hay un campo en cuesta, que baja hasta la carretera de Southampton, la cual hace una curva a unas cien yardas de la puerta principal. Este terreno de delante pertenece a la casa, pero los bosques de alrededor forman parte de las propiedades de lord Sout­herton. Un conjunto de hayas cobrizas plantadas frente a la puerta delantera da nombre a la casa.

»El propio señor Rucastle, tan amable como de costum­bre, conducía el carricoche, y aquella tarde me presentó a su mujer y al niño. La conjetura que nos pareció tan probable allá en su casa de Baker Street resultó falsa, señor Holmes. La señora Rucastle no está loca. Es una mujer callada y pálida, mucho más joven que su marido; no llegará a los treinta años, cuando el marido no puede tener menos de cuarenta y cinco. He deducido de sus conversaciones que llevan casa­dos unos siete años, que él era viudo cuando se casó con ella, y que la única descendencia que tuvo con su primera esposa fue esa hija que ahora está en Filadelfia. El señor Rucastle me dijo confidencialmente que se marchó porque no soportaba a su madrastra. Dado que la hija tendría por lo menos veinte años, me imagino perfectamente que se sintiera incómoda con la joven esposa de su padre.

»La señora Rucastle me pareció tan anodina de mente como de cara. No me cayó ni bien ni mal. Es como si no exis­tiera. Se nota a primera vista que siente devoción por su ma­rido y su hijito. Sus ojos grises pasaban continuamente del uno al otro, pendiente de sus más mínimos deseos y antici­pándose a ellos si podía. Él la trataba con cariño, a su mane­ra vocinglera y exuberante, y en conjunto parecían una pa­reja feliz. Y, sin embargo, esta mujer tiene una pena secreta. A menudo se queda sumida en profundos pensamientos, con una expresión tristísima en el rostro. Más de una vez la he sorprendido llorando. A veces he pensado que era el ca­rácter de su hijo lo que la preocupaba, pues jamás en mi vida he conocido criatura más malcriada y con peores instintos. Es pequeño para su edad, con una cabeza desproporcionadamente grande. Toda su vida parece transcurrir en una al­ternancia de rabietas salvajes e intervalos de negra melanco­lía. Su único concepto de la diversión parece consistir en ha­cer sufrir a cualquier criatura más débil que él, y despliega un considerable talento para el acecho y captura de ratones, pajarillos e insectos. Pero prefiero no hablar del niño, señor Holmes, que en realidad tiene muy poco que ver con mi his­toria.

 

––Me gusta oír todos los detalles ––comentó mi amigo––, tanto si le parecen relevantes como si no.

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