El misterio de Copper Beeches (cont)

––Procuraré no omitir nada de importancia. Lo único de­sagradable de la casa, que me llamó la atención nada más lle­gar, es el aspecto y conducta de los sirvientes. Hay sólo dos, marido y mujer. Toller, que así se llama, es un hombre tosco y grosero, con pelo y patillas grises, y que huele constante­mente a licor. Desde que estoy en la casa lo he visto dos veces completamente borracho, pero el señor Rucastle parece no darse cuenta. Su esposa es una mujer muy alta y fuerte, con cara avinagrada, tan callada como la señora Rucastle, pero mucho menos tratable. Son una pareja muy desagradable, pero afortunadamente me paso la mayor parte del tiempo en el cuarto del niño y en el mío, que están uno junto a otro en una esquina del edificio.

»Los dos primeros días después de mi llegada a Copper Beeches, mi vida transcurrió muy tranquila; al tercer día, la señora Rucastle bajó inmediatamente después del desayuno y le susurró algo al oído a su marido.

»––Oh, sí ––dijo él, volviéndose hacia mí––. Le estamos muy agradecidos, señorita Hunter, por acceder a nuestros capri­chos hasta el punto de cortarse el pelo. Veamos ahora cómo le sienta el vestido azul eléctrico. Lo encontrará extendido sobre la cama de su habitación, y si tiene la bondad de po­nérselo se lo agradeceremos muchísimo.

»El vestido que encontré esperándome tenía una tonali­dad azul bastante curiosa. El material era excelente, una es­pecie de lana cruda, pero presentaba señales inequívocas de haber sido usado. No me habría sentado mejor ni aunque me lo hubieran hecho a la medida. Tanto el señor como la se­ñora Rucastle se mostraron tan encantados al verme con él, que me pareció que exageraban en su vehemencia. Estaban aguardándome en la sala de estar, que es una habitación muy grande, que ocupa la parte delantera de la casa, con tres ventanales hasta el suelo. Cerca del ventanal del centro ha­bían instalado una silla, con el respaldo hacia fuera. Me pi­dieron que me sentara en ella y, a continuación, el señor Ru­castle empezó a pasear de un extremo a otro de la habitación contándome algunos de los chistes más graciosos que he oído en mi vida. No se puede imaginar lo cómico que estu­vo; me reí hasta quedar agotada. Sin embargo, la señora Ru­castle, que evidentemente no tiene sentido del humor, ni si­quiera llegó a sonreír; se quedó sentada con las manos en el regazo y una expresión de tristeza y ansiedad en el rostro. Al cabo de una hora, poco más o menos, el señor Rucastle co­mentó de pronto que ya era hora de iniciar las tareas cotidia­nas y que debía cambiarme de vestido y acudir al cuarto del pequeño Edward.

»Dos días después se repitió la misma representación, en circunstancias exactamente iguales. Una vez más me cambié de vestido, volví a sentarme en la silla y volví a partirme de risa con los graciosísimos chistes de mi patrón, que parece poseer un repertorio inmenso y los cuenta de un modo ini­mitable. A continuación, me entregó una novela de tapas amarillas y, tras correr un poco mi silla hacia un lado, de ma­nera que mi sombra no cayera sobre las páginas, me pidió que le leyera en voz alta. Leí durante unos diez minutos, co­menzando en medio de un capítulo, y de pronto, a mitad de una frase, me ordenó que lo dejara y que me cambiara de vestido.

»Puede usted imaginarse, señor Holmes, la curiosidad que yo sentía acerca del significado de estas extravagantes representaciones. Me di cuenta de que siempre ponían mu­cho cuidado en que yo estuviera de espaldas a la ventana, y empecé a consumirme de ganas de ver lo que ocurría a mis espaldas. Al principio me pareció imposible, pero pronto se me ocurrió una manera de conseguirlo. Se me había roto el espejito de bolsillo y eso me dio la idea de esconder un peda­cito de espejo en el pañuelo. A la siguiente ocasión, en me­dio de una carcajada, me llevé el pañuelo a los ojos, y con un poco de maña me las arreglé para ver lo que había detrás de mí. Confieso que me sentí decepcionada. No había nada.

»Al menos, ésa fue mi primera impresión. Sin embargo, al mirar de nuevo me di cuenta de que había un hombre para­do en la carretera de Southampton; un hombre de baja esta­tura, barbudo y con un traje gris, que parecía estar mirando hacia mí. La carretera es una vía importante, y siempre suele haber gente por ella. Sin embargo, este hombre estaba apo­yado en la verja que rodea nuestro campo, y miraba con mu­cho interés. Bajé el pañuelo y encontré los ojos de la señora Rucastle fijos en mí, con una mirada sumamente inquisitiva. No dijo nada, pero estoy convencida de que había adivinado que yo tenía un espejo en la mano y había visto lo que había detrás de mí. Se levantó al instante.

»––Jephro ––dijo––, hay un impertinente en la carretera que está mirando a la señorita Hunter.

»––¿No será algún amigo suyo, señorita Hunter? ––pregun­tó él.

»––No; no conozco a nadie por aquí.

»––¡Válgame Dios, qué impertinencia! Tenga la bondad de darse la vuelta y hacerle un gesto para que se vaya.

»––¿No sería mejor no darnos por enterados?

»––No, no; entonces le tendríamos rondando por aquí a to­das horas. Haga el favor de darse la vuelta e indíquele que se marche, así.

»Hice lo que me pedían, y al instante la señora Rucastle bajó la persiana. Esto sucedió hace una semana, y desde en­tonces no me he vuelto a sentar en la ventana ni me he pues­to el vestido azul, ni he visto al hombre de la carretera. ––Continúe, por favor ––dijo Holmes––. Su narración pro­mete ser de lo más interesante.

––Me temo que le va a parecer bastante inconexa, y lo más probable es que exista poca relación entre los diferentes in­cidentes que menciono. El primer día que pasé en Copper Beeches, el señor Rucastle me llevó a un pequeño cobertizo situado cerca de la puerta de la cocina. Al acercarnos, oí un ruido de cadenas y el sonido de un animal grande que se movía.

»––Mire por aquí ––dijo el señor Rucastle, indicándome una rendija entre dos tablas––. ¿No es una preciosidad?

»Miré por la rendija y distinguí dos ojos que brillaban y una figura confusa agazapada en la oscuridad.

»––No se asuste ––dijo mi patrón, echándose a reír ante mi sobresalto––. Es solamente Carlo, mi mastín. He dicho mío, pero en realidad el único que puede controlarlo es el viejo Toller, mi mayordomo. Sólo le damos de comer una vez al día, y no mucho, de manera que siempre está tan agresivo como una salsa picante. Toller lo deja suelto cada noche, y que Dios tenga piedad del intruso al que le hinque el diente. Por lo que más quiera, bajo ningún pretexto ponga los pies fuera de casa por la noche, porque se jugaría usted la vida.

»No se trataba de una advertencia sin fundamento, por­que dos noches después se me ocurrió asomarme a la venta­na de mi cuarto a eso de las dos de la madrugada. Era una hermosa noche de luna, y el césped de delante de la casa se veía plateado y casi tan iluminado como de día. Me encon­traba absorta en la apacible belleza de la escena cuando sentí que algo se movía entre las sombras de las hayas cobrizas. Por fin salió a la luz de la luna y vi lo que era: un perro gigan­tesco, tan grande como un ternero, de piel leonada, carrillos colgantes, hocico negro y huesos grandes y salientes. Atrave­só lentamente el césped y desapareció en las sombras del otro lado. Aquel terrible y silencioso centinela me provocó un escalofrío como no creo que pudiera causarme ningún ladrón.

»Y ahora voy a contarle una experiencia muy extraña. Como ya sabe, me corté el pelo en Londres, y lo había guar­dado, hecho un gran rollo, en el fondo de mi baúl. Una no­che, después de acostar al niño, me puse a inspeccionar los muebles de mi habitación y ordenar mis cosas. Había en el cuarto un viejo aparador, con los dos cajones superiores va­cíos y el de abajo cerrado con llave. Ya había llenado de ropa los dos primeros cajones y aún me quedaba mucha por guardar; como es natural, me molestaba no poder utilizar el tercer cajón. Pensé que quizás estuviera cerrado por olvido, así que saqué mi juego de llaves e intenté abrirlo. La primera llave encajó a la perfección y el cajón se abrió. Dentro no ha­bía más que una cosa, pero estoy segura de que jamás adivi­naría usted qué era. Era mi mata de pelo.

»La cogí y la examiné. Tenía la misma tonalidad y la mis­ma textura. Pero entonces se me hizo patente la imposibili­dad de aquello. ¿Cómo podía estar mi pelo guardado en aquel cajón? Con las manos temblándome, abrí mi baúl, vol­qué su contenido y saqué del fondo mi propia cabellera. Co­loqué una junto a otra, y le aseguro que eran idénticas. ¿No era extraordinario? Me sentí desconcertada e incapaz de comprender el significado de todo aquello. Volví a meter la misteriosa mata de pelo en el cajón y no les dije nada a los Rucastle, pues sentí que quizás había obrado mal al abrir un cajón que ellos habían dejado cerrado.

»Como habrá podido notar, señor Holmes, yo soy obser­vadora por naturaleza, y no tardé en trazarme en la cabeza un plano bastante exacto de toda la casa. Sin embargo, había un ala que parecía completamente deshabitada. Frente a las habitaciones de los Toller había una puerta que conducía a este sector, pero estaba invariablemente cerrada con llave. Sin embargo, un día, al subir las escaleras, me encontré con el señor Rucastle que salía por aquella puerta con las llaves en la mano y una expresión en el rostro que lo convertía en una persona totalmente diferente del hombre orondo y jo­vial al que yo estaba acostumbrada. Traía las mejillas enro­jecidas, la frente arrugada por la ira, y las venas de las sienes hinchadas de furia. Cerró la puerta y pasó junto a mí sin mi­rarme ni dirigirme la palabra.

»Esto despertó mi curiosidad, así que cuando salí a dar un paseo con el niño, me acerqué a un sitio desde el que podía ver las ventanas de este sector de la casa. Eran cuatro en hi­lera, tres de ellas simplemente sucias y la cuarta cerrada con postigos. Evidentemente, allí no vivía nadie. Mientras pa­seaba de un lado a otro, dirigiendo miradas ocasionales a las ventanas, el señor Rucastle vino hacia mí, tan alegre y jovial como de costumbre.

»––¡Ah! ––dijo––. No me considere un maleducado por ha­ber pasado junto a usted sin saludarla, querida señorita. Es­taba preocupado por asuntos de negocios.

»––Le aseguro que no me ha ofendido ––respondí––. Por cierto, parece que tiene usted ahí una serie completa de ha­bitaciones, y una de ellas cerrada a cal y canto.

»––Uno de mis hobbies es la fotografía ––dijo––, y allí tengo instalado mi cuarto oscuro. ¡Vaya, vaya! ¡Qué jovencita tan observadora nos ha caído en suerte! ¿Quién lo habría creí­do? ¿Quién lo habría creído?

»Hablaba en tono de broma, pero sus ojos no bromeaban al mirarme. Leí en ellos sospecha y disgusto, pero nada de bromas.

»Bien, señor Holmes, desde el momento en que compren­dí que había algo en aquellas habitaciones que yo no debía conocer, ardí en deseos de entrar en ellas. No se trataba de simple curiosidad, aunque no carezco de ella. Era más bien una especie de sentido del deber... Tenía la sensación de que de mi entrada allí se derivaría algún bien. Dicen que existe la intuición femenina; posiblemente era eso lo que yo sentía.

En cualquier caso, la sensación era real, y yo estaba atenta a la menor oportunidad de traspasar la puerta prohibida. »La oportunidad no llegó hasta ayer. Puedo decirle que, además del señor Rucastle, tanto Toller como su mujer tie­nen algo que hacer en esas habitaciones deshabitadas, y una vez vi a Toller entrando por la puerta con una gran bolsa de lona negra. Últimamente, Toller está bebiendo mucho, y ayer por la tarde estaba borracho perdido; y cuando subí las escaleras, encontré la llave en la puerta. Sin duda, debió ol­vidarla allí. El señor y la señora Rucastle se encontraban en la planta baja, y el niño estaba con ellos, así que disponía de una oportunidad magnífica. Hice girar con cuidado la llave en la cerradura, abrí la puerta y me deslicé a través de ella.

»Frente a mí se extendía un pequeño pasillo, sin empape­lado y sin alfombra, que doblaba en ángulo recto al otro ex­tremo. A la vuelta de esta esquina había tres puertas segui­das; la primera y la tercera estaban abiertas, y las dos daban a sendas habitaciones vacías, polvorientas y desangeladas, una con dos ventanas y la otra sólo con una, tan cubiertas de suciedad que la luz crepuscular apenas conseguía abrirse paso a través de ellas. La puerta del centro estaba cerrada, y atrancada por fuera con uno de los barrotes de una cama de hierro, uno de cuyos extremos estaba sujeto con un candado a una argolla en la pared, y el otro atado con una cuerda. También la cerradura estaba cerrada, y la llave no estaba allí. Indudablemente, esta puerta atrancada correspondía a la ventana cerrada que yo había visto desde fuera; y, sin embar­go, por el resplandor que se filtraba por debajo, se notaba que la habitación no estaba a oscuras. Evidentemente, había una claraboya que dejaba entrar la luz por arriba. Mientras estaba en el pasillo mirando aquella puerta siniestra y pre­guntándome qué secreto ocultaba, oí de pronto ruido de pa­sos dentro de la habitación y vi una sombra que cruzaba de un lado a otro en la pequeña rendija de luz que brillaba bajo la puerta. Al ver aquello, se apoderó de mí un terror loco e irrazonable, señor Holmes. Mis nervios, que ya estaban de punta, me fallaron de repente, di media vuelta y eché a co­rrer. Corrí como si detrás de mí hubiera una mano espanto­sa tratando de agarrar la falda de mi vestido. Atravesé el pa­sillo, crucé la puerta y fui a parar directamente en los brazos del señor Rucastle, que esperaba fuera.

»––¡Vaya! ––dijo sonriendo––. ¡Así que era usted! Me lo ima­giné al ver la puerta abierta.

»––¡Estoy asustadísima! ––gemí.

»––¡Querida señorita! ¡Querida señorita! ––no se imagina usted con qué dulzura y amabilidad lo decía––. ¿Qué es lo que la ha asustado, querida señorita?

»Pero su voz era demasiado zalamera; se estaba excedien­do. Al instante me puse en guardia contra él.

»––Fui tan tonta que me metí en el ala vacía ––respondí––. Pero está todo tan solitario y tan siniestro con esta luz mor­tecina que me asusté y eché a correr. ¡Hay allí un silencio tan terrible!

»––¿Sólo ha sido eso? ––preguntó, mirándome con insisten­cia.

»––¿Pues qué se había creído? ––pregunté a mi vez.

»––¿Por qué cree usted que tengo cerrada esta puerta?

»––Le aseguro que no lo sé.

»––Pues para que no entren los que no tienen nada que ha­cer ahí. ¿Entiende? ––seguía sonriendo de la manera más amistosa.

»––Le aseguro que de haberlo sabido...

»––Bien, pues ya lo sabe. Y si vuelve a poner el pie en este umbral... ––en un instante, la sonrisa se endureció hasta con­vertirse en una mueca de rabia y me miró con cara de demo­nio––... la echaré al mastín.

»Estaba tan aterrada que no sé ni lo que hice. Supongo que salí corriendo hasta mi habitación. Lo siguiente que re­cuerdo es que estaba tirada en mi cama, temblando de pies a cabeza. Entonces me acordé de usted, señor Holmes. No podía seguir viviendo allí sin que alguien me aconsejara. Me daba miedo la casa, el dueño, la mujer, los criados, hasta el niño... Todos me parecían horribles. Si pudiera usted venir aquí, todo iría bien. Naturalmente, podría haber huido de la casa, pero mi curiosidad era casi tan fuerte como mi miedo. No tardé en tomar una decisión: enviarle a usted un telegra­ma. Me puse el sombrero y la capa, me acerqué a la oficina de telégrafos, que está como a media milla de la casa, y al regre­sar ya me sentía mucho mejor. Al acercarme a la puerta, me asaltó la terrible sospecha de que el perro estuviera suelto, pero me acordé de que Toller se había emborrachado aquel día hasta quedar sin sentido, y sabía que era la única persona de la casa que tenía alguna influencia sobre aquella fiera y podía atreverse a dejarla suelta. Entré sin problemas y per­manecí despierta durante media noche de la alegría que me daba el pensar en verle a usted. No tuve ninguna dificultad en obtener permiso para venir a Winchester esta mañana, pero tengo que estar de vuelta antes de las tres, porque el se­ñor y la señora Rucastle van a salir de visita y estarán fuera toda la tarde, así que tengo que cuidar del niño. Y ya le he contado todas mis aventuras, señor Holmes. Ojalá pueda us­ted decirme qué significa todo esto y, sobre todo, qué debo hacer.

Holmes y yo habíamos escuchado hechizados el extraor­dinario relato. Al llegar a este punto, mi amigo se puso en pie y empezó a dar zancadas por la habitación, con las manos en los bolsillos y una expresión de profunda seriedad en su ros­tro.

––¿Está Toller todavía borracho? ––preguntó.

––Sí. Esta mañana oí a su mujer decirle a la señora Rucastle que no podía hacer nada con él.

––Eso está bien. ¿Y los Rucastle van a salir esta tarde?

––Sí.

––¿Hay algún sótano con una buena cerradura?

––Sí, la bodega.

––Me parece, señorita Hunter, que hasta ahora se ha com­portado usted como una mujer valiente y sensata. ¿Se siente capaz de realizar una hazaña más? No se lo pediría si no la considerara una mujer bastante excepcional.

––Lo intentaré. ¿De qué se trata?

––Mi amigo y yo llegaremos a Copper Beeches a las siete. A esa hora, los Rucastle estarán fuera y Toller, si tenemos suer­te, seguirá incapaz. Sólo queda la señora Toller, que podría dar la alarma. Si usted pudiera enviarla a la bodega con cual­quier pretexto y luego cerrarla con llave, nos facilitaría in­mensamente las cosas.

––Lo haré.

––¡Excelente! En tal caso, consideremos detenidamente el asunto. Por supuesto, sólo existe una explicación posible. La han llevado a usted allí para suplantar a alguien, y este al­guien está prisionero en esa habitación. Hasta aquí, resulta evidente. En cuanto a la identidad de la prisionera, no me cabe duda de que se trata de la hija, la señorita Alice Rucastle si no recuerdo mal, la que le dijeron que se había marchado a América. Está claro que la eligieron a usted porque se parece a ella en la estatura, la figura y el color del cabello. A ella se lo habían cortado, posiblemente con motivo de alguna enfer­medad, y, naturalmente, había que sacrificar también el suyo. Por una curiosa casualidad, encontró usted su cabelle­ra. El hombre de la carretera era, sin duda, algún amigo de ella, posiblemente su novio; y al verla a usted, tan parecida a ella y con uno de sus vestidos, quedó convencido, primero por sus risas y luego por su gesto de desprecio, de que la se­ñorita Rucastle era absolutamente feliz y ya no deseaba sus atenciones. Al perro lo sueltan por las noches para impedir que él intente comunicarse con ella. Todo esto está bastante claro. El aspecto más grave del caso es el carácter del niño. ––¿Qué demonios tiene que ver eso? ––exclamé.

––Querido Watson: usted mismo, en su práctica médica, está continuamente sacando deducciones sobre las tendencias de los niños, mediante el estudio de los padres. ¿No comprende que el procedimiento inverso es igualmente váli­do? Con mucha frecuencia he obtenido los primeros indi­cios fiables sobre el carácter de los padres estudiando a sus hijos. El carácter de este niño es anormalmente cruel, por puro amor a la crueldad, y tanto si lo ha heredado de su son­riente padre, que es lo más probable, como si lo heredó de su madre, no presagia nada bueno para la pobre muchacha que se encuentra en su poder.

––Estoy convencida de que tiene usted razón, señor Hol­mes ––exclamó nuestra cliente––. Me han venido a la cabeza mil detalles que me convencen de que ha dado en el clavo. ¡Oh, no perdamos un instante y vayamos a ayudar a esta po­bre mujer!

––Debemos actuar con prudencia, porque nos enfrenta­mos con un hombre muy astuto. No podemos hacer nada hasta las siete. A esa hora estaremos con usted, y no tardare­mos mucho en resolver el misterio.

Fieles a nuestra palabra, llegamos a Copper Beeches a las siete en punto, tras dejar nuestro carricoche en un bar del camino. El grupo de hayas, cuyas hojas oscuras brillaban como metal bruñido a la luz del sol poniente, habría basta­do para identificar la casa aunque la señorita Hunter no hubiera estado aguardando sonriente en el umbral de la puerta.

––¿Lo ha conseguido? ––preguntó Holmes.

Se oyeron unos fuertes golpes desde algún lugar de los só­tanos.

––Ésa es la señora Toller desde la bodega ––dijo la señorita Hunter––. Su marido sigue roncando, tirado en la cocina. Aquí están las llaves, que son duplicados de las del señor Ruscastle.

––¡Lo ha hecho usted de maravilla! ––exclamó Holmes con entusiasmo––. Indíquenos el camino y pronto veremos el fi­nal de este siniestro enredo.

Subimos la escalera, abrimos la puerta, recorrimos un pa­sillo y nos encontramos ante la puerta atrancada que la se­ñorita Hunter había descrito. Holmes cortó la cuerda y reti­ró el barrote. A continuación, probó varias llaves en la cerradura, pero no consiguió abrirla. Del interior no llegaba ningún sonido, y la expresión de Holmes se ensombreció ante aquel silencio.

––Espero que no hayamos llegado demasiado tarde ––dijo––. Creo, señorita Hunter, que será mejor que no entre con no­sotros. Ahora, Watson, arrime el hombro y veamos si pode­mos abrirnos paso.

Era una puerta vieja y destartalada que cedió a nues­tro primer intento. Nos precipitamos juntos en la habita­ción y la encontramos desierta. No había más muebles que un camastro, una mesita y un cesto de ropa blanca. La cla­raboya del techo estaba abierta, y la prisionera había desa­parecido.

––Aquí se ha cometido alguna infamia ––dijo Holmes––. Nuestro amigo adivinó las intenciones de la señorita Hunter y se ha llevado a su víctima a otra parte.

––Pero ¿cómo?

––Por la claraboya. Ahora veremos cómo se las arregló ––se izó hasta el tejado––. ¡Ah, sí! ––exclamó––. Aquí veo el extremo de una escalera de mano apoyada en el alero. Así es como lo hizo.

––Pero eso es imposible ––dijo la señorita Hunter––. La esca­lera no estaba ahí cuando se marcharon los Rucastle.

––Él volvió y se la llevó. Ya le digo que es un tipo astuto y peligroso. No me sorprendería mucho que esos pasos que se oyen por la escalera sean suyos. Creo, Watson, que más vale que tenga preparada su pistola.

Apenas había acabado de pronunciar estas palabras cuan­do apareció un hombre en la puerta de la habitación, un hombre muy gordo y corpulento con un grueso bastón en la mano. Al verlo, la señorita Hunter soltó un grito y se encogió contra la pared, pero Sherlock Holmes dio un salto ade­lante y le hizo frente.

––¿Dónde está su hija, canalla? ––dijo.

El gordo miró en torno suyo y después hacia la claraboya abierta.

––¡Soy yo quien hace las preguntas! ––chilló––. ¡Ladrones! ¡Espías y ladrones! ¡Pero os he cogido! ¡Os tengo en mi po­der! ¡Ya os daré yo! ––dio media vuelta y corrió escaleras aba­jo, tan deprisa como pudo.

––¡Ha ido a por el perro! ––gritó la señorita Hunter.

––Tengo mi revólver ––dije yo.

––Más vale que cerremos la puerta principal ––gritó Hol­mes, y todos bajamos corriendo las escaleras.

Apenas habíamos llegado al vestíbulo cuando oímos el la­drido de un perro y a continuación un grito de agonía, junto con un gruñido horrible que causaba espanto escuchar. Un hombre de edad avanzada, con el rostro colorado y las pier­nas temblorosas, llegó tambaleándose por una puerta lateral.

––¡Dios mío! ––exclamó––. ¡Alguien ha soltado al perro, y lleva dos días sin comer! ¡Deprisa, deprisa, o será demasia­do tarde!

Holmes y yo nos abalanzamos fuera y doblamos la esqui­na de la casa, con Toller siguiéndonos los pasos. Allí estaba la enorme y hambrienta fiera, con el hocico hundido en la garganta de Rucastle, que se retorcía en el suelo dando alari­dos. Corrí hacia ella y le volé los sesos. Se desplomó con sus blancos y afilados dientes aún clavados en la papada del hombre. Nos costó mucho trabajo separarlos. Llevamos a Rucastle, vivo, pero horriblemente mutilado, a la casa, y lo tendimos sobre el sofá del cuarto de estar. Tras enviar a To­ller, que se había despejado de golpe, a que informara a su esposa de lo sucedido, hice lo que pude por aliviar su dolor. Nos encontrábamos todos reunidos en torno al herido cuando se abrió la puerta y entró en la habitación una mujer alta y demacrada.

––¡Señora Toller! ––exclamó la señorita Hunter.

––Sí, señorita. El señor Rucastle me sacó de la bodega cuando volvió, antes de subir a por ustedes. ¡Ah, señorita! Es una pena que no me informara usted de sus planes, porque yo podía haberle dicho que se molestaba en vano.

––¿Ah, sí? ––dijo Holmes, mirándola intensamente––. Está claro que la señora Toller sabe más del asunto que ninguno de nosotros.

––Sí, señor. Sé bastante y estoy dispuesta a contar lo que sé.

––Entonces, haga el favor de sentarse y oigámoslo, porque hay varios detalles en los que debo confesar que aún estoy a oscuras.

––Pronto se lo aclararé todo ––dijo ella––. Y lo habría hecho antes si hubiera podido salir de la bodega. Si esto pasa a ma­nos de la policía y los jueces, recuerden ustedes que yo fui la única que les ayudó, y que también era amiga de la señorita Alice.

»Nunca fue feliz en casa, la pobre señorita Alice, desde que su padre se volvió a casar. Se la menospreciaba y no se la tenía en cuenta para nada. Pero cuando las cosas se le pusie­ron verdaderamente mal fue después de conocer al señor Fowler en casa de unos amigos. Por lo que he podido saber, la señorita Alice tenía ciertos derechos propios en el testa­mento, pero como era tan callada y paciente, nunca dijo una palabra del asunto y lo dejaba todo en manos del señor Ru­castle. Él sabía que no tenía nada que temer de ella. Pero en cuanto surgió la posibilidad de que se presentara un marido a reclamar lo que le correspondía por ley, el padre pensó que había llegado el momento de poner fin a la situación. Intentó que ella le firmara un documento autorizándole a disponer de su dinero, tanto si ella se casaba como si no. Cuando ella se negó, él siguió acosándola hasta que la pobre chica enfer­mó de fiebre cerebral y pasó seis semanas entre la vida y la muerte. Por fin se recuperó, aunque quedó reducida a una sombra de lo que era y con su precioso cabello cortado. Pero aquello no supuso ningún cambio para su joven galán, que se mantuvo tan fiel como pueda serlo un hombre.

––Ah ––dijo Holmes––. Creo que lo que ha tenido usted la amabilidad de contarnos aclara bastante el asunto, y que puedo deducir lo que falta. Supongo que entonces el señor Rucastle recurrió al encierro.

––Sí, señor.

––Y se trajo de Londres a la señorita Hunter para librarse de la desagradable insistencia del señor Fowler.

––Así es, señor.

––Pero el señor Fowler, perseverante como todo buen ma­rino, puso sitio a la casa, habló con usted y, mediante ciertos argumentos, monetarios o de otro tipo, consiguió conven­cerla de que sus intereses coincidían con los de usted.

––El señor Fowler es un caballero muy galante y generoso ––dijo la señora Toller tranquilamente.

––Y de este modo, se las arregló para que a su marido no le faltara bebida y para que hubiera una escalera preparada en el momento en que sus señores se ausentaran.

––Ha acertado; ocurrió tal y como usted lo dice.

––Desde luego, le debemos disculpas, señora Toller ––dijo Holmes––. Nos ha aclarado sin lugar a dudas todo lo que nos tenía desconcertados. Aquí llegan el médico y la señora Ru­castle. Creo, Watson, que lo mejor será que acompañemos a la señorita Hunter de regreso a Winchester, ya que me pare­ce que nuestro locus stand¡ es bastante discutible en estos momentos.

Y así quedó resuelto el misterio de la siniestra casa con las hayas cobrizas frente a la puerta. El señor Rucastle sobrevi­vió, pero quedó destrozado para siempre, y sólo se mantiene vivo gracias a los cuidados de su devota esposa. Siguen vi­viendo con sus viejos criados, que probablemente saben tanto sobre el pasado de Rucastle que a éste le resulta difícil despedirlos. El señor Fowler y la señorita Rucastle se casa­ron en Southampton con una licencia especial al día siguien­te de su fuga, y en la actualidad él ocupa un cargo oficial en la isla Mauricio. En cuanto a la señorita Violet Hunter, mi ami­go Holmes, con gran desilusión por mi parte, no manifestó más interés por ella en cuanto la joven dejó de constituir el centro de uno de sus problemas. En la actualidad dirige una escuela privada en Walsall, donde creo que ha obtenido un considerable éxito.

Estás leyendo en Ablik

Cerrar