Escándalo en Bohemia (cont2)

––Y entonces, ¿qué?

––Déjeme eso a mí. Ya he arreglado lo que tiene que ocu­rrir. Hay una sola cosa en la que debo insistir. Usted no debe interferir, pase lo que pase. ¿Entendido?

––¿He de permanecer al margen?

––No debe hacer nada en absoluto. Probablemente se pro­ducirá algún pequeño alboroto. No intervenga. El resultado será que me harán entrar en la casa. Cuatro o cinco minutos después se abrirá la ventana de la sala de estar. Usted se si­tuará cerca de esa ventana abierta.

––Sí.

––Tiene usted que fijarse en mí, que estaré al alcance de su vista.

––Sí.

––Y cuando yo levante la mano, así, arrojará usted al inte­rior de la habitación una cosa que le voy a dar, y al mismo tiempo lanzará el grito de «¡Fuego!». ¿Me sigue?

––Perfectamente.

––No es nada especialmente terrible ––dijo, sacando del bolsillo un cilindro en forma de cigarro––. Es un cohete de humo corriente de los que usan los fontaneros, con una tapa en cada extremo para que se encienda solo. Su tarea se redu­ce a eso. Cuando empiece a gritar ¡fuego!, mucha gente lo re­petirá. Entonces, usted se dirigirá al extremo de la calle, donde yo me reuniré con usted al cabo de diez minutos. Es­pero haberme explicado bien.

––Tengo que mantenerme al margen, acercarme a la venta­na, fijarme en usted, aguardar la señal y arrojar este objeto, gritar «¡Fuego!», y esperarle en la esquina de la calle.

––Exactamente.

––Entonces, puede usted confiar plenamente en mí.

––Excelente. Creo que ya va siendo hora de que me prepare para el nuevo papel que he de representar.

Desapareció en su dormitorio, para regresar a los cinco minutos con la apariencia de un afable y sencillo sacerdote disidente. Su sombrero negro de ala ancha, sus pantalones con rodilleras, su chalina blanca, su sonrisa simpática y su aire general de curiosidad inquisitiva y benévola, no podrían haber sido igualados más que por el mismísimo John Hare. Holmes no se limitaba a cambiarse de ropa; su expresión, su forma de actuar, su misma alma, parecían cambiar con cada nuevo papel que asumía. El teatro perdió un magnífico actor y la ciencia un agudo pensador cuando Holmes decidió espe­cializarse en el delito.

Eran las seis y cuarto cuando salimos de Baker Street, y todavía faltaban diez minutos para las siete cuando llegamos a Serpentine Avenue. Ya oscurecía, y las farolas se iban en­cendiendo mientras nosotros andábamos calle arriba y calle abajo frente a la villa Briony, aguardando la llegada de su in­quilina. La casa era tal como yo la había imaginado por la su­cinta descripción de Sherlock Holmes, pero el vecindario parecía menos solitario de lo que había esperado. Por el con­trario, para tratarse de una calle pequeña en un barrio tran­quilo, se encontraba de lo más animada. Había un grupo de hombres mal vestidos fumando y riendo en una esquina, un afilador con su rueda, dos guardias reales galanteando a una niñera, y varios jóvenes bien vestidos que paseaban de un lado a otro con cigarros en la boca.

––¿Sabe? ––comentó Holmes mientras deambulábamos frente a la casa––. Este matrimonio simplifica bastante las co­sas. Ahora la fotografía se ha convertido en un arma de do­ble filo. Lo más probable es que ella tenga tan pocas ganas de que la vea el señor Godfrey Norton, como nuestro cliente de que llegue a ojos de su princesa. Ahora la cuestión es: ¿dónde vamos a encontrar la fotografia?

––Eso. ¿Dónde?

––Es muy improbable que ella la lleve encima. El formato es demasiado grande como para que se pueda ocultar bien en un vestido de mujer. Sabe que el rey es capaz de hacer que la asalten y registren. Ya se ha intentado algo parecido dos veces. Debemos suponer, pues, que no la lleva encima.

––Entonces, ¿dónde?

––Su banquero o su abogado. Existe esa doble posibilidad. Pero me inclino a pensar que ninguno de los dos la tiene. Las mujeres son por naturaleza muy dadas a los secretos, y les gusta encargarse de sus propias intrigas. ¿Por qué habría de ponerla en manos de otra persona? Puede fiarse de sí misma, pero no sabe qué presiones indirectas o políticas pueden ejercerse sobre un hombre de negocios. Además, recuerde que tiene pensado utilizarla dentro de unos días. Tiene que tenerla al alcance de la mano. Tiene que estar en la casa.

––Pero la han registrado dos veces.

––¡Bah! No sabían buscar.

––¿Y cómo buscará usted?

––Yo no buscaré.

––¿Entonces...?

––Haré que ella me lo indique.

––Pero se negará.

––No podrá hacerlo. Pero oigo un ruido de ruedas. Es su coche. Ahora, cumpla mis órdenes al pie de la letra.

Mientras hablaba, el fulgor de las luces laterales de un co­che asomó por la curva de la avenida. Era un pequeño y ele­gante landó que avanzó traqueteando hasta la puerta de la villa Briony. En cuanto se detuvo, uno de los desocupados de la esquina se lanzó como un rayo a abrir la puerta, con la es­peranza de ganarse un penique, pero fue desplazado de un codazo por otro desocupado que se había precipitado con la misma intención. Se entabló una feroz disputa, a la que se unieron los dos guardias reales, que se pusieron de parte de uno de los desocupados, y el afilador, que defendía con igual vehemencia al bando contrario. Alguien recibió un golpe y, en un instante, la dama, que se había apeado del carruaje, se encontró en el centro de un pequeño grupo de acalorados combatientes, que se golpeaban ferozmente con puños y bastones. Holmes se abalanzó entre ellos para proteger a la dama pero, justo cuando llegaba a su lado, soltó un grito y cayó al suelo, con la sangre corriéndole abundantemente por el rostro. Al verlo caer, los guardias salieron corriendo en una dirección y los desocupados en otra, mientras unas cuantas personas bien vestidas, que habían presenciado la reyerta sin tomar parte en ella, se agolpaban para ayudar a la señora y atender al herido. Irene Adler, como pienso seguir llamándola, había subido a toda prisa los escalones; pero en lo alto se detuvo, con su espléndida figura recortada contra las luces de la sala, volviéndose a mirar hacia la calle.

––¿Está malherido ese pobre caballero? ––preguntó.

––Está muerto ––exclamaron varias voces.

––No, no, todavía le queda algo de vida ––gritó otra––. Pero habrá muerto antes de poder llevarlo al hospital.

––Es un valiente ––dijo una mujer––. De no ser por él le ha­brían quitado el bolso y el reloj a esta señora. Son una ban­da, y de las peores. ¡Ah, ahora respira!

––No puede quedarse tirado en la calle. ¿Podemos meterlo en la casa, señora?

––Claro. Tráiganlo a la sala de estar. Hay un sofá muy có­modo. Por aquí, por favor.

Lenta y solemnemente fue introducido en la residencia Briony y acostado en el salón principal, mientras yo seguía observando el curso de los acontecimientos desde mi puesto junto a la ventana. Habían encendido las lámparas, pero sin correr las cortinas, de manera que podía ver a Holmes ten­dido en el sofá. Ignoro si en aquel momento él sentía algún tipo de remordimiento por el papel que estaba representan­do, pero sí sé que yo nunca me sentí tan avergonzado de mí mismo como entonces, al ver a la hermosa criatura contra la que estaba conspirando, y la gracia y amabilidad con que atendía al herido. Y sin embargo, abandonar en aquel punto la tarea que Holmes me había confiado habría sido una trai­ción de lo más abyecto. Así pues, hice de tripas corazón y sa­qué el cohete de humo de debajo de mi impermeable. Al fin y al cabo, pensé, no vamos a hacerle ningún daño. Sólo vamos a impedirle que haga daño a otro.

Holmes se había sentado en el diván, y le vi moverse como si le faltara aire. Una doncella se apresuró a abrir la ventana. En aquel preciso instante le vi levantar la mano y, obedecien­do su señal, arrojé el cohete dentro de la habitación mientras gritaba: «¡Fuego!». Apenas había salido la palabra de mis la­bios cuando toda la multitud de espectadores, bien y mal vestidos ––caballeros, mozos de cuadra y criadas––, se unió en un clamor general de «¡Fuego!». Espesas nubes de humo se extendieron por la habitación y salieron por la ventana abierta. Pude entrever figuras que corrían, y un momento después oí la voz de Holmes dentro de la casa, asegurando que se trataba de una falsa alarma. Deslizándome entre la vociferante multitud, llegué hasta la esquina de la calle y a los diez minutos tuve la alegría de sentir el brazo de mi ami­go sobre el mío y de alejarme de la escena del tumulto. Hol­mes caminó de prisa y en silencio durante unos pocos minu­tos, hasta que nos metimos por una de las calles tranquilas que llevan hacia Edgware Road.

––Lo hizo usted muy bien, doctor ––dijo––. Las cosas no po­drían haber salido mejor. Todo va bien.

––¿Tiene usted la fotografia?

––Sé dónde está.

––¿Y cómo lo averiguó?

––Ella me lo indicó, como yo le dije que haría.

––Sigo a oscuras.

––No quiero hacer un misterio de ello ––dijo, echándose a reír––. Todo fue muy sencillo. Naturalmente, usted se daría cuenta de que todos los que había en la calle eran cómplices. Estaban contratados para esta tarde.

––Me lo había figurado.

––Cuando empezó la pelea, yo tenía un poco de pintura roja, fresca, en la palma de la mano. Eché a correr, caí, me llevé las manos a la cara y me convertí en un espectáculo pa­tético. Un viejo truco.

––Eso también pude figurármelo.

––Entonces me llevaron adentro. Ella tenía que dejarme entrar. ¿Cómo habría podido negarse? Y a la sala de estar, que era la habitación de la que yo sospechaba. Tenía que ser ésa o el dormitorio, y yo estaba decidido a averiguar cuál. Me tendieron en el sofá, hice como que me faltaba el aire, se vieron obligados a abrir la ventana y usted tuvo su oportuni­dad.

––¿Y de qué le sirvió eso?

––Era importantísimo. Cuando una mujer cree que se in­cendia su casa, su instinto le hace correr inmediatamente hacia lo que tiene en más estima. Se trata de un impulso completamente insuperable, y más de una vez le he sacado partido. En el caso del escándalo de la suplantación de Dar­lington me resultó muy útil, y también en el asunto del casti­llo de Arnsworth. Una madre corre en busca de su bebé, una mujer soltera echa mano a su joyero. Ahora bien, yo tenía muy claro que para la dama que nos ocupa no existía en la casa nada tan valioso como lo que nosotros andamos bus­cando, y que correría a ponerlo a salvo. La alarma de fuego salió de maravilla. El humo y los gritos eran como para tras­tornar unos nervios de acero. Ella respondió a la perfección. La fotografía está en un hueco detrás de un panel corredizo, encima mismo del cordón de la campanilla de la derecha. Se plantó allí en un segundo, y vi de reojo que empezaba a sa­carla. Al gritar yo que se trataba de una falsa alarma, la vol­vió a meter, miró el cohete, salió corriendo de la habitación y no la volví a ver. Me levanté, presenté mis excusas y salí de la casa. Pensé en intentar apoderarme de la fotografía en aquel mismo momento; pero el cochero había entrado y me obser­vaba de cerca, así que me pareció más seguro esperar. Un ex­ceso de precipitación podría echarlo todo a perder.

––¿Y ahora? ––pregunté.

––Nuestra búsqueda prácticamente ha concluido. Mañana iré a visitarla con el rey, y con usted, si es que quiere acompa­ñarnos. Nos harán pasar a la sala de estar a esperar a la seño­ra, pero es probable que cuando llegue no nos encuentre ni a nosotros ni la fotografía. Será una satisfacción para su ma­jestad recuperarla con sus propias manos.

––¿Y cuándo piensa ir?

––A las ocho de la mañana. Aún no se habrá levantado, de manera que tendremos el campo libre. Además, tenemos que darnos prisa, porque este matrimonio puede significar un cambio completo en su vida y costumbres. Tengo que te­legrafiar al rey sin perder tiempo.

Habíamos llegado a Baker Street y nos detuvimos en la puerta. Holmes estaba buscando la llave en sus bolsillos cuando alguien que pasaba dijo:

––Buenas noches, señor Holmes.

Había en aquel momento varias personas en la acera, pero el saludo parecía proceder de un joven delgado con imper­meable que había pasado de prisa a nuestro lado.

––Esa voz la he oído antes ––dijo Holmes, mirando fijamen­te la calle mal iluminada––. Me pregunto quién demonios po­drá ser.

 

3

 

Aquella noche dormí en Baker Street, y estábamos dando cuenta de nuestro café con tostadas cuando el rey de Bohe­mia se precipitó en la habitación.

––¿Es verdad que la tiene? ––exclamó, agarrando a Sherlock Holmes por los hombros y mirándolo ansiosamente a los ojos.

––Aún no.

––Pero ¿tiene esperanzas?

––Tengo esperanzas.

––Entonces, vamos. No puedo contener mi impaciencia.

––Tenemos que conseguir un coche.

––No, mi carruaje está esperando.

––Bien, eso simplifica las cosas.

Bajamos y nos pusimos otra vez en marcha hacia la villa Briony.

––Irene Adler se ha casado ––comentó Holmes.

––¿Se ha casado? ¿Cuándo?

––Ayer.

––Pero ¿con quién?

––Con un abogado inglés apellidado Norton.

––¡Pero no es posible que le ame!

––Espero que sí le ame.

––¿Por qué espera tal cosa?

––Porque eso libraría a vuestra majestad de todo temor a futuras molestias. Si ama a su marido, no ama a vuestra ma­jestad. Si no ama a vuestra majestad, no hay razón para que interfiera en los planes de vuestra majestad.

––Es verdad. Y sin embargo... ¡En fin!... ¡Ojalá ella hubiera sido de mi condición! ¡Qué reina habría sido!

Y con esto se hundió en un silencio taciturno que no se rompió hasta que nos detuvimos en Serpentine Avenue. La puerta de la villa Briony estaba abierta, y había una mujer mayor de pie en los escalones de la entrada. Nos miró con ojos sardónicos mientras bajábamos del carricoche. ––El señor Sherlock Holmes, supongo ––dijo.

––Yo soy el señor Holmes ––respondió mi compañero, diri­giéndole una mirada interrogante y algo sorprendida.

––En efecto. Mi señora me dijo que era muy probable que viniera usted. Se marchó esta mañana con su marido, en el tren de las cinco y cuarto de Charing Cross, rumbo al conti­nente.

––¿Cómo? ––Sherlock Holmes retrocedió tambaleándose, poniéndose blanco de sorpresa y consternación––. ¿Quiere decir que se ha marchado de Inglaterra?

––Para no volver.

––¿Y los papeles? ––preguntó el rey con voz ronca––. ¡Todo se ha perdido!

––Veremos.

Holmes pasó junto a la sirvienta y se precipitó en la sala, seguido por el rey y por mí. El mobiliario estaba esparcido en todas direcciones, con estanterías desmontadas y cajones abiertos, como si la señora los hubiera vaciado a toda prisa antes de escapar. Holmes corrió hacia el cordón de la cam­panilla, arrancó una tablilla corrediza y, metiendo la mano, sacó una fotografía y una carta. La fotografía era de la pro­pia Irene Adler en traje de noche; la carta estaba dirigida a «Sherlock Holmes, Esq. Para dejar hasta que la recojan». Mi amigo la abrió y los tres la leímos juntos. Estaba fechada la medianoche anterior, y decía lo siguiente:

 

«Mi querido señor Sherlock Holmes: La verdad es que lo hizo usted muy bien. Me tomó completamente por sorpresa. Hasta después de la alarma de fuego, no sentí la menor sos­pecha. Pero después, cuando comprendí que me había trai­cionado a mí misma, me puse a pensar. Hace meses que me habían advertido contra usted. Me dijeron que si el rey con­trataba a un agente, ése sería sin duda usted. Hasta me habían dado su dirección. Y a pesar de todo, usted me hizo revelarle lo que quería saber. Aun después de entrar en sospechas, se me hacía dificil pensar mal de un viejo clérigo tan simpático y amable. Pero, como sabe, también yo tengo experiencia como actriz. Las ropas de hombre no son nada nuevo para mí. Con frecuencia me aprovecho de la libertad que ofrecen. Ordené a John, el cochero, que le vigilara, corrí al piso de arriba, me puse mi ropa de paseo, como yo la llamo, y bajé justo cuando usted salía.

»Bien; le seguí hasta su puerta y así me aseguré de que, en efecto, yo era objeto de interés para el célebre Sherlock Hol­mes. Entonces, un tanto imprudentemente, le deseé buenas noches y me dirigí al Temple para ver a mi marido.

»Los dos estuvimos de acuerdo en que, cuando te persi­gue un antagonista tan formidable, el mejor recurso es la huida. Así pues, cuando llegue usted mañana se encontrará el nido vacío. En cuanto a la fotografia, su cliente puede que­dar tranquilo. Amo y soy amada por un hombre mejor que él. El rey puede hacer lo que quiera, sin encontrar obstácu­los por parte de alguien a quien él ha tratado injusta y cruel­mente. La conservo sólo para protegerme y para disponer de un arma que me mantendrá a salvo de cualquier medida que él pueda adoptar en el futuro. Dejo una fotografía que tal vez le interese poseer. Y quedo, querido señor Sherlock Holmes, suya afectísima.

 

Irene NORTON, née ADLER.»

 

––¡Qué mujer! ¡Pero qué mujer! ––exclamó el rey de Bohe­mia cuando los tres hubimos leído la epístola––. ¿No le dije lo despierta y decidida que era? ¿Acaso no habría sido una rei­na admirable? ¿No es una pena que no sea de mi clase?

––Por lo que he visto de la dama, parece, verdaderamente, pertenecer a una clase muy diferente a la de vuestra majes­tad ––dijo Holmes fríamente––. Lamento no haber sido capaz de llevar el asunto de vuestra majestad a una conclusión más feliz.

––¡Al contrario, querido señor! ––exclamó el rey––. No po­dría haber terminado mejor. Me consta que su palabra es in­violable. La fotografia es ahora tan inofensiva como si la hu­biesen quemado.

––Me alegra que vuestra majestad diga eso.

––He contraído con usted una deuda inmensa. Dígame, por favor, de qué manera puedo recompensarle. Este anillo... ––se sacó del dedo un anillo de esmeraldas en forma de ser­piente y se lo extendió en la palma de la mano.

––Vuestra majestad posee algo que para mí tiene mucho más valor ––dijo Holmes.

––No tiene más que decirlo. ––Esta fotografia.

El rey se le quedó mirando, asombrado.

––¡La fotografía de Irene! ––exclamó––. Desde luego, si es lo que desea.

––Gracias, majestad. Entonces, no hay más que hacer en este asunto. Tengo el honor de desearos un buen día.

Hizo una inclinación, se dio la vuelta sin prestar atención a la mano que el rey le tendía, y se marchó conmigo a sus aposentos.

Y así fue como se evitó un gran escándalo que pudo haber afectado al reino de Bohemia, y cómo los planes más perfec­tos de Sherlock Holmes se vieron derrotados por el ingenio de una mujer. Él solía hacer bromas acerca de la inteligencia de las mujeres, pero últimamente no le he oído hacerlo. Y cuando habla de Irene Adler o menciona su fotografía, es siempre con el honroso título de la mujer.

Estás leyendo en Ablik

Cerrar