La banda de lunares

Al repasar mis notas sobre los setenta y tantos casos en los que, durante los ocho últimos años, he estudiado los mé­todos de mi amigo Sherlock Holmes, he encontrado muchos trágicos, algunos cómicos, un buen número de ellos que eran simplemente extraños, pero ninguno vulgar; porque, trabajando como él trabajaba, más por amor a su arte que por afán de riquezas, se negaba a intervenir en ninguna in­vestigación que no tendiera a lo insólito e incluso a lo fantás­tico. Sin embargo, entre todos estos casos tan variados, no recuerdo ninguno que presentara características más extra­ordinarias que el que afectó a una conocida familia de Su­rrey, los Roylott de Stoke Moran. Los acontecimientos en cuestión tuvieron lugar en los primeros tiempos de mi aso­ciación con Holmes, cuando ambos compartíamos un apar­tamento de solteros en Baker Street. Podría haberlo dado a conocer antes, pero en su momento se hizo una promesa de silencio, de la que no me he visto libre hasta el mes pasado, debido a la prematura muerte de la dama a quien se hizo la promesa. Quizás convenga sacar los hechos a la luz ahora, pues tengo motivos para creer que corren rumores sobre la muerte del doctor Grimesby Roylott que tienden a hacer que el asunto parezca aún más terrible que lo que fue en rea­lidad.

Una mañana de principios de abril de 1883, me desperté y vi a Sherlock Holmes completamente vestido, de pie junto a mi cama. Por lo general, se levantaba tarde, y en vista de que el reloj de la repisa sólo marcaba las siete y cuarto, le miré parpadeando con una cierta sorpresa, y tal vez algo de resentimiento, porque yo era persona de hábitos muy regu­lares.

––Lamento despertarle, Watson ––dijo––, pero esta mañana nos ha tocado a todos. A la señora Hudson la han desperta­do, ella se desquitó conmigo, y yo con usted.

––¿Qué es lo que pasa? ¿Un incendio?

––No, un cliente. Parece que ha llegado una señorita en es­tado de gran excitación, que insiste en verme. Está aguar­dando en la sala de estar. Ahora bien, cuando las jovencitas vagan por la metrópoli a estas horas de la mañana, desper­tando a la gente dormida y sacándola de la cama, hay que su­poner que tienen que comunicar algo muy apremiante. Si resultara ser un caso interesante, estoy seguro de que le gus­taría seguirlo desde el principio. En cualquier caso, me pare­ció que debía llamarle y darle la oportunidad.

––Querido amigo, no me lo perdería por nada del mundo. No existía para mí mayor placer que seguir a Holmes en todas sus investigaciones y admirar las rápidas deducciones, tan veloces como si fueran intuiciones, pero siempre funda­das en una base lógica, con las que desentrañaba los proble­mas que se le planteaban.

Me vestí a toda prisa, y a los pocos minutos estaba listo para acompañar a mi amigo a la sala de estar. Una dama ves­tida de negro y con el rostro cubierto por un espeso velo es­taba sentada junto a la ventana y se levantó al entrar noso­tros.

––Buenos días, señora ––dijo Holmes animadamente––. Me llamo Sherlock Holmes. Éste es mi íntimo amigo y colaborador, el doctor Watson, ante el cual puede hablar con tanta li­bertad como ante mí mismo. Ajá, me alegro de comprobar que la señora Hudson ha tenido el buen sentido de encender el fuego. Por favor, acérquese a él y pediré que le traigan una taza de chocolate, pues veo que está usted temblando.

––No es el frío lo que me hace temblar ––dijo la mujer en voz baja, cambiando de asiento como se le sugería.

––¿Qué es, entonces?

––El miedo, señor Holmes. El terror ––al hablar, alzó su velo y pudimos ver que efectivamente se encontraba en un la­mentable estado de agitación, con la cara gris y desencajada, los ojos inquietos y asustados, como los de un animal acosa­do. Sus rasgos y su figura correspondían a una mujer de treinta años, pero su cabello presentaba prematuras mechas grises, y su expresión denotaba fatiga y agobio. Sherlock Holmes la examinó de arriba a abajo con una de sus miradas rápidas que lo veían todo.

––No debe usted tener miedo ––dijo en tono consolador, in­clinándose hacia delante y palmeándole el antebrazo––. Pronto lo arreglaremos todo, no le quepa duda. Veo que ha venido usted en tren esta mañana.

––¿Es que me conoce usted?

––No, pero estoy viendo la mitad de un billete de vuelta en la palma de su guante izquierdo. Ha salido usted muy tem­prano, y todavía ha tenido que hacer un largo trayecto en co­che descubierto, por caminos accidentados, antes de llegar a la estación.

La dama se estremeció violentamente y se quedó miran­do con asombro a mi compañero.

––No hay misterio alguno, querida señora ––explicó Hol­mes sonriendo––. La manga izquierda de su chaqueta tiene salpicaduras de barro nada menos que en siete sitios. Las manchas aún están frescas. Sólo en un coche descubierto podría haberse salpicado así, y eso sólo si venía sentada a la izquierda del cochero.

––Sean cuales sean sus razones, ha acertado usted en todo ––dijo ella––. Salí de casa antes de las seis, llegué a Leatherhead a las seis y veinte y cogí el primer tren a Waterloo. Señor, ya no puedo aguantar más esta tensión, me volveré loca de se­guir así. No tengo a nadie a quien recurrir... sólo hay una persona que me aprecia, y el pobre no sería una gran ayuda. He oído hablar de usted, señor Holmes; me habló de usted la señora Farintosh, a la que usted ayudó cuando se encontra­ba en un grave apuro. Ella me dio su dirección. ¡Oh, señor! ¿No cree que podría ayudarme a mí también, y al menos arrojar un poco de luz sobre las densas tinieblas que me ro­dean? Por el momento, me resulta imposible retribuirle por sus servicios, pero dentro de uno o dos meses me voy a ca­sar, podré disponer de mi renta y entonces verá usted que no soy desagradecida.

Holmes se dirigió a su escritorio, lo abrió y sacó un pe­queño fichero que consultó a continuación.

––Farintosh ––dijo––. Ah, sí, ya me acuerdo del caso; giraba en torno a una tiara de ópalo. Creo que fue antes de cono­cernos, Watson. Lo único que puedo decir, señora, es que tendré un gran placer en dedicar a su caso la misma aten­ción que dediqué al de su amiga. En cuanto a la retribución, mi profesión lleva en sí misma la recompensa; pero es usted libre de sufragar los gastos en los que yo pueda incurrir, cuando le resulte más conveniente. Y ahora, le ruego que nos exponga todo lo que pueda servirnos de ayuda para for­marnos una opinión sobre el asunto.

––¡Ay! ––replicó nuestra visitante––. El mayor horror de mi situación consiste en que mis temores son tan inconcretos, y mis sospechas se basan por completo en detalles tan peque­ños y que a otra persona le parecerían triviales, que hasta el hombre a quien, entre todos los demás, tengo derecho a pe­dir ayuda y consejo, considera todo lo que le digo como fan­tasías de una mujer nerviosa. No lo dice así, pero puedo dar­me cuenta por sus respuestas consoladoras y sus ojos esquivos. Pero he oído decir, señor Holmes, que usted es ca­paz de penetrar en las múltiples maldades del corazón hu­mano. Usted podrá indicarme cómo caminar entre los peli­gros que me amenazan.

––Soy todo oídos, señora.

––Me llamo Helen Stoner, y vivo con mi padrastro, último superviviente de una de las familias sajonas más antiguas de Inglaterra, los Roylott de Stoke Moran, en el límite occiden­tal de Surrey.

Holmes asintió con la cabeza.

––El nombre me resulta familiar ––dijo.

––En otro tiempo, la familia era una de las más ricas de In­glaterra, y sus propiedades se extendían más allá de los lími­tes del condado, entrando por el norte en Berkshire y por el oeste en Hampshire. Sin embargo, en el siglo pasado hubo cuatro herederos seguidos de carácter disoluto y derrocha­dor, y un jugador completó, en tiempos de la Regencia, la ruina de la familia. No se salvó nada, con excepción de unas pocas hectáreas de tierra y la casa, de doscientos años de edad, sobre la que pesa una fuerte hipoteca. Allí arrastró su existencia el último señor, viviendo la vida miserable de un mendigo aristócrata; pero su único hijo, mi padrastro, com­prendiendo que debía adaptarse a las nuevas condiciones, consiguió un préstamo de un pariente, que le permitió es­tudiar medicina, y emigró a Calcuta, donde, gracias a su ta­lento profesional y a su fuerza de carácter, consiguió una nu­merosa clientela. Sin embargo, en un arrebato de cólera, provocado por una serie de robos cometidos en su casa, azo­tó hasta matarlo a un mayordomo indígena, y se libró por muy poco de la pena de muerte. Tuvo que cumplir una larga condena, al cabo de la cual regresó a Inglaterra, convertido en un hombre huraño y desengañado.

»Durante su estancia en la India, el doctor Roylott se casó con mi madre, la señora Stoner, joven viuda del general de división Stoner, de la artillería de Bengala. Mi hermana Julia y yo éramos gemelas, y sólo teníamos dos años cuando nuestra madre se volvió a casar. Mi madre disponía de un capital considerable, con una renta que no bajaba de las mil libras al año, y se lo confió por entero al doctor Roylott mientras viviésemos con él, estipulando que cada una de nosotras debía recibir cierta suma anual en caso de contraer matrimonio. Mi madre falleció poco después de nuestra lle­gada a Inglaterra... hace ocho años, en un accidente ferrovia­rio cerca de Crewe. A su muerte, el doctor Roylott abandonó sus intentos de establecerse como médico en Londres, y nos llevó a vivir con él en la mansión ancestral de Stoke Moran. El dinero que dejó mi madre bastaba para cubrir todas nues­tras necesidades, y no parecía existir obstáculo a nuestra fe­licidad.

»Pero, aproximadamente por aquella época, nuestro pa­drastro experimentó un cambio terrible. En lugar de hacer amistades e intercambiar visitas con nuestros vecinos, que al principio se alegraron muchísimo de ver a un Roylott de Stoke Moran instalado de nuevo en la vieja mansión fami­liar, se encerró en la casa sin salir casi nunca, a no ser para enzarzarse en furiosas disputas con cualquiera que se cruza­se en su camino. El temperamento violento, rayano con la manía, parece ser hereditario en los varones de la familia, y en el caso de mi padrastro creo que se intensificó a conse­cuencia de su larga estancia en el trópico. Provocó varios in­cidentes bochornosos, dos de los cuales terminaron en el juzgado, y acabó por convertirse en el terror del pueblo, de quien todos huían al verlo acercarse, pues tiene una fuerza extraordinaria y es absolutamente incontrolable cuando se enfurece.

»La semana pasada tiró al herrero del pueblo al río, por encima del pretil, y sólo a base de pagar todo el dinero que pude reunir conseguí evitar una nueva vergüenza pública. No tiene ningún amigo, a excepción de los gitanos errantes, y a estos vagabundos les da permiso para acampar en las pocas hectáreas de tierra cubierta de zarzas que componen la finca familiar, aceptando a cambio la hospitalidad de sus tiendas y marchándose a veces con ellos durante semanas enteras. También le apasionan los animales indios, que le envía un contacto en las colonias, y en la actualidad tiene un guepardo y un babuino que se pasean en libertad por sus tie­rras, y que los aldeanos temen casi tanto como a su dueño.

»Con esto que le digo podrá usted imaginar que mi pobre hermana Julia y yo no llevábamos una vida de placeres. Nin­gún criado quería servir en nuestra casa, y durante mucho tiempo hicimos nosotras todas las labores domésticas. Cuando murió no tenía más que treinta años y, sin embargo, su cabello ya empezaba a blanquear, igual que el mío.

––Entonces, su hermana ha muerto.

––Murió hace dos años, y es de su muerte de lo que vengo a hablarle. Comprenderá usted que, llevando la vida que he descrito, teníamos pocas posibilidades de conocer a gente de nuestra misma edad y posición. Sin embargo, teníamos una tía soltera, hermana de mi madre, la señorita Honoria Westphail, que vive cerca de Harrow, y de vez en cuando se nos permitía hacerle breves visitas. Julia fue a su casa por Na­vidad, hace dos años, y allí conoció a un comandante de In­fantería de Marina retirado, al que se prometió en matrimo­nio. Mi padrastro se enteró del compromiso cuando regresó mi hermana, y no puso objeciones a la boda. Pero menos de quince días antes de la fecha fijada para la ceremonia, ocurrió el terrible suceso que me privó de mi única compañera.

Sherlock Holmes había permanecido recostado en su bu­taca con los ojos cerrados y la cabeza apoyada en un cojín, pero al oír esto entreabrió los párpados y miró de frente a su interlocutora.

––Le ruego que sea precisa en los detalles ––dijo.

––Me resultará muy fácil, porque tengo grabados a fuego en la memoria todos los acontecimientos de aquel espantoso período. Como ya le he dicho, la mansión familiar es muy vieja, y en la actualidad sólo un ala está habitada. Los dormi­torios de esta ala se encuentran en la planta baja, y las salas en el bloque central del edificio. El primero de los dormito­rios es el del doctor Roylott, el segundo el de mi hermana, y el tercero el mío. No están comunicados, pero todos dan al mismo pasillo. ¿Me explico con claridad?

––Perfectamente.

––Las ventanas de los tres cuartos dan al jardín. La noche fatídica, el doctor Roylott se había retirado pronto, aunque sabíamos que no se había acostado porque a mi hermana le molestaba el fuerte olor de los cigarros indios que solía fu­mar. Por eso dejó su habitación y vino a la mía, donde se quedó bastante rato, hablando sobre su inminente boda. A las once se levantó para marcharse, pero en la puerta se de­tuvo y se volvió a mirarme.

»––Dime, Helen ––dijo––. ¿Has oído a alguien silbar en me­dio de la noche?

»––Nunca ––respondí.

»––¿No podrías ser tú, que silbas mientras duermes?

»––Desde luego que no. ¿Por qué?

»––Porque las últimas noches he oído claramente un silbi­do bajo, a eso de las tres de la madrugada. Tengo el sueño muy ligero, y siempre me despierta. No podría decir de dón­de procede, quizás del cuarto de al lado, tal vez del jardín. Se me ocurrió preguntarte por si tú también lo habías oído.

»––No, no lo he oído. Deben ser esos horribles gitanos que hay en la huerta.

»––Probablemente. Sin embargo, si suena en el jardín, me extraña que tú no lo hayas oído también.

»—Es que yo tengo el sueño más pesado que tú.

»––Bueno, en cualquier caso, no tiene gran importancia ––me dirigió una sonrisa, cerró la puerta y pocos segundos después oí su llave girar en la cerradura.

––Caramba ––dijo Holmes––. ¿Tenían la costumbre de cerrar siempre su puerta con llave por la noche?

––Siempre.

––¿Y por qué?

––Creo haber mencionado que el doctor tenía sueltos un guepardo y un babuino. No nos sentíamos seguras sin la puerta cerrada.

––Es natural. Por favor, prosiga con su relato.

––Aquella noche no pude dormir. Sentía la vaga sensación de que nos amenazaba una desgracia. Como recordará, mi hermana y yo éramos gemelas, y ya sabe lo sutiles que son los lazos que atan a dos almas tan estrechamente unidas. Fue una noche terrible. El viento aullaba en el exterior, y la lluvia caía con fuerza sobre las ventanas. De pronto, entre el es­truendo de la tormenta, se oyó el grito desgarrado de una mujer aterrorizada. Supe que era la voz de mi hermana. Salté de la cama, me envolví en un chal y salí corriendo al pasillo. Al abrir la puerta, me pareció oír un silbido, como el que ha­bía descrito mi hermana, y pocos segundos después un gol­pe metálico, como si se hubiese caído un objeto de metal. Mientras yo corría por el pasillo se abrió la cerradura del cuarto de mi hermana y la puerta giró lentamente sobre sus goznes. Me quedé mirando horrorizada, sin saber lo que iría a salir por ella. A la luz de la lámpara del pasillo, vi que mi hermana aparecía en el hueco, con la cara lívida de espanto y las manos extendidas en petición de socorro, toda su figura oscilando de un lado a otro, como la de un borracho. Corrí hacia ella y la rodeé con mis brazos, pero en aquel momento parecieron ceder sus rodillas y cayó al suelo. Se estremecía como si sufriera horribles dolores, agitando convulsiva­mente los miembros. Al principio creí que no me había reco­nocido, pero cuando me incliné sobre ella gritó de pronto, con una voz que no olvidaré jamás: «¡Dios mío, Helen! ¡Ha sido la banda! ¡La banda de lunares!» Quiso decir algo más, y señaló con el dedo en dirección al cuarto del doctor, pero una nueva convulsión se apoderó de ella y ahogó sus pala­bras. Corrí llamando a gritos a nuestro padrastro, y me tro­pecé con él, que salía en bata de su habitación. Cuando llega­mos junto a mi hermana, ésta ya había perdido el conoci­miento, y aunque él le vertió brandy por la garganta y man­dó llamar al médico del pueblo, todos los esfuerzos fueron en vano, porque poco a poco se fue apagando y murió sin re­cuperar la conciencia. Éste fue el espantoso final de mi que­rida hermana.

––Un momento ––dijo Holmes––. ¿Está usted segura de lo del silbido y el sonido metálico? ¿Podría jurarlo?

––Eso mismo me preguntó el juez de instrucción del con­dado durante la investigación. Estoy convencida de que lo oí, a pesar de lo cual, entre el fragor de la tormenta y los cru­jidos de una casa vieja, podría haberme equivocado.

––¿Estaba vestida su hermana?

––No, estaba en camisón. En la mano derecha se encontró el extremo chamuscado de una cerilla, y en la izquierda una caja de fósforos.

––Lo cual demuestra que encendió una cerilla y miró a su alrededor cuando se produjo la alarma. Eso es importante. ¿Y a qué conclusiones llegó el juez de instrucción?

––Investigó el caso minuciosamente, porque la conducta del doctor Roylott llevaba mucho tiempo dando que hablar en el condado, pero no pudo descubrir la causa de la muerte. Mi testimonio indicaba que su puerta estaba cerrada por dentro, y las ventanas tenían postigos antiguos, con barras de hierro que se cerraban cada noche. Se examinaron cuida­dosamente las paredes, comprobando que eran bien maci­zas por todas partes, y lo mismo se hizo con el suelo, con idéntico resultado. La chimenea es bastante amplia, pero está enrejada con cuatro gruesos barrotes. Así pues, no cabe duda de que mi hermana se encontraba sola cuando le llegó la muerte. Además, no presentaba señales de violencia.

––¿Qué me dice del veneno?

––Los médicos investigaron esa posibilidad, sin resul­tados.

––¿De qué cree usted, entonces, que murió la desdichada señorita?

––Estoy convencida de que murió de puro y simple miedo o de trauma nervioso, aunque no logro explicarme qué fue lo que la asustó.

––¿Había gitanos en la finca en aquel momento?

––Sí, casi siempre hay algunos.

––Ya. ¿Y qué le sugirió a usted su alusión a una banda... una banda de lunares?

––A veces he pensado que se trataba de un delirio sin senti­do; otras veces, que debía referirse a una banda de gente, tal vez a los mismos gitanos de la finca. No sé si los pañuelos de lunares que muchos de ellos llevan en la cabeza le podrían haber inspirado aquel extraño término.

Holmes meneó la cabeza como quien no se da por satis­fecho.

––Nos movemos en aguas muy profundas ––dijo––. Por fa­vor, continúe con su narración.

––Desde entonces han transcurrido dos años, y mi vida ha sido más solitaria que nunca, hasta hace muy poco. Hace un mes, un amigo muy querido, al que conozco desde hace mu­chos años, me hizo el honor de pedir mi mano. Se llama Ar­mitage, Percy Armitage, segundo hijo del señor Armitage, de Crane Water, cerca de Reading. Mi padrastro no ha pues­to inconvenientes al matrimonio, y pensamos casarnos en primavera. Hace dos días se iniciaron unas reparaciones en el ala oeste del edificio, y hubo que agujerear la pared de mi cuarto, por lo que me tuve que instalar en la habitación don­de murió mi hermana y dormir en la misma cama en la que ella dormía. Imagínese mi escalofrío de terror cuando ano­che, estando yo acostada pero despierta, pensando en su te­rrible final, oí de pronto en el silencio de la noche el suave silbido que había anunciado su propia muerte. Salté de la cama y encendí la lámpara, pero no vi nada anormal en la habitación. Estaba demasiado nerviosa como para volver a acostarme, así que me vestí y, en cuando salió el sol, me eché a la calle, cogí un coche en la posada Crown, que está enfren­te de casa, y me planté en Leatherhead, de donde he llegado esta mañana, con el único objeto de venir a verle y pedirle consejo.

––Ha hecho usted muy bien ––dijo mi amigo––. Pero ¿me lo ha contado todo?

––Sí, todo.

––Señorita Stoner, no me lo ha dicho todo. Está usted en­cubriendo a su padrastro.

––¿Cómo? ¿Qué quiere decir?

Por toda respuesta, Holmes levantó el puño de encaje ne­gro que adornaba la mano que nuestra visitante apoyaba en la rodilla. Impresos en la blanca muñeca se veían cinco pe­queños moratones, las marcas de cuatro dedos y un pulgar. ––La han tratado con brutalidad ––dijo Holmes.

La dama se ruborizó intensamente y se cubrió la lastima­da muñeca.

––Es un hombre duro ––dijo––, y seguramente no se da cuenta de su propia fuerza.

Se produjo un largo silencio, durante el cual Holmes apo­yó el mentón en las manos y permaneció con la mirada fija en el fuego crepitante.

––Es un asunto muy complicado ––dijo por fin––. Hay mil detalles que me gustaría conocer antes de decidir nuestro plan de acción, pero no podemos perder un solo instante. Si nos desplazáramos hoy mismo a Stoke Moran, ¿nos sería posible ver esas habitaciones sin que se enterase su padras­tro?

––Precisamente dijo que hoy tenía que venir a Londres para algún asunto importante. Es probable que esté ausente todo el día y que pueda usted actuar sin estorbos. Tenemos una sirvienta, pero es vieja y estúpida, y no me será difícil quitarla de enmedio.

––Excelente. ¿Tiene algo en contra de este viaje, Watson?

––Nada en absoluto.

––Entonces, iremos los dos. Y usted, ¿qué va a hacer?

––Ya que estoy en Londres, hay un par de cosillas que me gustaría hacer. Pero pienso volver en el tren de las doce, para estar allí cuando ustedes lleguen.

––Puede esperarnos a primera hora de la tarde. Yo también tengo un par de asuntillos que atender. ¿No quiere quedarse a desayunar?

––No, tengo que irme. Me siento ya más aliviada desde que le he'confiado mi problema. Espero volverle a ver esta tarde ––dejó caer el tupido velo negro sobre su rostro y se deslizó fuera de la habitación.

––¿Qué le parece todo esto, Watson? ––preguntó Sherlock Holmes recostándose en su butaca.

––Me parece un asunto de lo más turbio y siniestro.

––Turbio y siniestro a no poder más.

––Sin embargo, si la señorita tiene razón al afirmar que las paredes y el suelo son sólidos, y que la puerta, ventanas y chimenea son infranqueables, no cabe duda de que la her­mana tenía que encontrarse sola cuando encontró la muerte de manera tan misteriosa.

––¿Y qué me dice entonces de los silbidos nocturnos y de las intrigantes palabras de la mujer moribunda?

––No se me ocurre nada.

––Si combinamos los silbidos en la noche, la presencia de una banda de gitanos que cuentan con la amistad del viejo doctor, el hecho de que tenemos razones de sobra para creer que el doctor está muy interesado en impedir la boda de su hijastra, la alusión a una banda por parte de la moribunda, el hecho de que la señorita Helen Stoner oyera un golpe me­tálico, que pudo haber sido producido por una de esas ba­rras de metal que cierran los postigos al caer de nuevo en su sitio, me parece que hay una buena base para pensar que po demos aclarar el misterio siguiendo esas líneas.

––Pero ¿qué es lo que han hecho los gitanos?

––No tengo ni idea.

––Encuentro muchas objeciones a esa teoría.

––También yo. Precisamente por esa razón vamos a ir hoy a Stoke Moran. Quiero comprobar si las objeciones son de­finitivas o se les puede encontrar una explicación. Pero... ¿qué demonio?...

Lo que había provocado semejante exclamación de mi compañero fue el hecho de que nuestra puerta se abriera de golpe y un hombre gigantesco apareciera en el marco. Sus ropas eran una curiosa mezcla de lo profesional y lo agríco­la: llevaba un sombrero negro de copa, una levita con faldo­nes largos y un par de polainas altas, y hacía oscilar en la mano un látigo de caza. Era tan alto que su sombrero rozaba el montante de la puerta, y tan ancho que la llenaba de lado a lado. Su rostro amplio, surcado por mil arrugas, tostado por el sol hasta adquirir un matiz amarillento y marcado por to­das las malas pasiones, se volvía alternativamente de uno a otro de nosotros, mientras sus ojos, hundidos y biliosos, y su nariz alta y huesuda, le daban cierto parecido grotesco con un ave de presa, vieja y feroz.

––¿Quién de ustedes es Holmes? ––preguntó la aparición. ––Ése es mi nombre, señor, pero me lleva usted ventaja ––respondió mi compañero muy tranquilo.

––Soy el doctor Grimesby Roylott, de Stoke Moran.

––Ah, ya ––dijo Holmes suavemente––. Por favor, tome asiento, doctor.

––No me da la gana. Mi hijastra ha estado aquí. La he se­guido. ¿Qué le ha estado contando?

––Hace algo de frío para esta época del año ––dijo Holmes.

––¿Qué le ha contado? ––gritó el viejo, enfurecido.

––Sin embargo, he oído que la cosecha de azafrán se pre­senta muy prometedora ––continuó mi compañero, imper­turbable.

––¡Ja! Conque se desentiende de mí, ¿eh? ––dijo nuestra nueva visita, dando un paso adelante y esgrimiendo su látigo de caza––. Ya le conozco, granuja. He oído hablar de usted. Usted es Holmes, el entrometido.

Mi amigo sonrió.

––¡Holmes el metomentodo!

La sonrisa se ensanchó.

––¡Holmes, el correveidile de Scofand Yard! Holmes soltó una risita cordial.

––Su conversación es de lo más amena ––dijo––. Cuando se vaya, cierre la puerta, porque hay una cierta corriente. ––Me iré cuando haya dicho lo que tengo que decir. No se atreva a meterse en mis asuntos. Me consta que la señorita Stoner ha estado aquí. La he seguido. Soy un hombre peli­groso para quien me fastidia. ¡Fíjese!

Dio un rápido paso adelante, cogió el atizafuego y lo cur­vó con sus enormes manazas morenas.

––¡Procure mantenerse fuera de mi alcance! ––rugió. Y arrojando el hierro doblado a la chimenea, salió de la habi­tación a grandes zancadas.

––Parece una persona muy simpática ––dijo Holmes, echándose a reír––. Yo no tengo su corpulencia, pero si se hubiera quedado le habría podido demostrar que mis ma­nos no son mucho más débiles que las suyas ––y diciendo esto, recogió el atizador de hierro y con un súbito esfuerzo volvió a enderezarlo––. ¡Pensar que ha tenido la insolencia de confundirme con el cuerpo oficial de policía! No obs­tante, este incidente añade interés personal a la investiga­ción, y sólo espero que nuestra amiga no sufra las conse­cuencias de su imprudencia al dejar que esa bestia le siguiera los pasos. Y ahora, Watson, pediremos el desayu­no y después daré un paseo hasta Doctors' Commons, don­de espero obtener algunos datos que nos ayuden en nuestra tarea.

Era casi la una cuando Sherlock Holmes regresó de su ex­cursión. Traía en la mano una hoja de papel azul, repleta de cifras y anotaciones.

––He visto el testamento de la esposa fallecida ––dijo––. Para determinar el valor exacto, me he visto obligado a averiguar los precios actuales de las inversiones que en él figuran. La renta total, que en la época en que murió la esposa era casi de 1.100 libras, en la actualidad, debido al descenso de los pre­cios agrícolas, no pasa de las 750. En caso de contraer matri­monio, cada hija puede reclamar una renta de 250. Es evi­dente, por lo tanto, que si las dos chicas se hubieran casado, este payaso se quedaría a dos velas; y con que sólo se casara una, ya notaría un bajón importante. El trabajo de esta ma­ñana no ha sido en vano, ya que ha quedado demostrado que el tipo tiene motivos de los más fuertes para tratar de impedir que tal cosa ocurra. Y ahora, Watson, la cosa es de­masiado grave como para andar perdiendo el tiempo, espe­cialmente si tenemos en cuenta que el viejo ya sabe que nos interesamos por sus asuntos, así que, si está usted dispuesto, llamaremos a un coche para que nos lleve a Waterloo. Le agradecería mucho que se metiera el revólver en el bolsillo. Un Eley n.° 2 es un excelente argumento para tratar con ca­balleros que pueden hacer nudos con un atizador de hierro. Eso y un cepillo de dientes, creo yo, es todo lo que necesita­mos.

 

En Waterloo tuvimos la suerte de coger un tren a Leather­head, y una vez allí alquilamos un coche en la posada de la estación y recorrimos cuatro o cinco millas por los encanta­dores caminos de Surrey. Era un día verdaderamente es­pléndido, con un sol resplandeciente y unas cuantas nubes algodonosas en el cielo. Los árboles y los setos de los lados empezaban a echar los primeros brotes, y el aire olía agrada­blemente a tierra mojada. Para mí, al menos, existía un ex­traño contraste entre la dulce promesa de la primavera y la siniestra intriga en la que nos habíamos implicado. Mi com­pañero iba sentado en la parte delantera, con los brazos cru­zados, el sombrero caído sobre los ojos y la barbilla hundida en el pecho, sumido aparentemente en los más profundos pensamientos. Pero de pronto se incorporó, me dio un gol­pecito en el hombro y señaló hacia los prados.

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