La corona de berilos

–– Holmes ––dije una mañana, mientras contemplaba la ca­lle desde nuestro mirador––, por ahí viene un loco. ¡Qué ver­güenza que su familia le deje salir solo!

Mi amigo se levantó perezosamente de su sillón y miró sobre mi hombro, con las manos metidas en los bolsillos de su bata. Era una mañana fresca y luminosa de febrero, y la nieve del día anterior aún permanecía acumulada sobre el suelo, en una espesa capa que brillaba bajo el sol invernal. En el centro de la calzada de Baker Street, el tráfico la había surcado formando una franja terrosa y parda, pero a ambos lados de la calzada y en los bordes de las aceras aún seguía tan blanca como cuando cayó. El pavimento gris estaba lim­pio y barrido, pero aún resultaba peligrosamente resbaladi­zo, por lo que se veían menos peatones que de costumbre. En realidad, por la parte que llevaba a la estación del Metro no venía nadie, a excepción del solitario caballero cuya excén­trica conducta me había llamado la atención.

Se trataba de un hombre de unos cincuenta años, alto, corpulento y de aspecto imponente, con un rostro enorme, de rasgos muy marcados, y una figura impresionante. Iba vestido con estilo serio, pero lujoso: levita negra, sombrero reluciente, polainas impecables de color pardo y pantalones gris perla de muy buen corte. Sin embargo, su manera de actuar ofrecía un absurdo contraste con la dignidad de su atuendo y su porte, porque venía a todo correr, dando salti­tos de vez en cuando, como los que da un hombre cansado y poco acostumbrado a someter a un esfuerzo a sus piernas. Y mientras corría, alzaba ybajaba las manos, movía de un lado a otro la cabeza y deformaba su cara con las más extraordi­narias contorsiones.

––¿Qué demonios puede pasarle? ––pregunté––. Está miran­do los números de las casas.

––Me parece que viene aquí ––dijo Holmes, frotándose las manos.

––¿Aquí?

––Sí, y yo diría que viene a consultarme profesionalmente. Creo reconocer los síntomas. ¡Ajá! ¿No se lo dije? ––mientras Holmes hablaba, el hombre, jadeando y resoplando, llegó corriendo a nuestra puerta y tiró de la campanilla hasta que las llamadas resonaron en toda la casa.

Unos instantes después estaba ya en nuestra habitación, todavía resoplando y gesticulando, pero con una expresión tan intensa de dolor y desesperación en los ojos que nuestras sonrisas se trasformaron al instante en espanto y compasión. Durante un rato fue incapaz de articular una palabra, y si­guió oscilando de un lado a otro y tirándose de los cabellos como una persona arrastrada más allá de los límites de la ra­zón. De pronto, se puso en pie de un salto y se golpeó la cabe­za contra la pared con tal fuerza que tuvimos que correr en su ayuda y arrastrarlo al centro de la habitación. Sherlock Hol­mes le empujó hacia una butaca y se sentó a su lado, dándole palmaditas en la mano y procurando tranquilizarlo con la charla suave y acariciadora que tan bien sabía emplear y que tan excelentes resultados le había dado en otras ocasiones.

––Ha venido usted a contarme su historia, ¿no es así? ––de­cía––. Ha venido con tanta prisa que está fatigado. Por favor, aguarde hasta haberse recuperado y entonces tendré mucho gusto en considerar cualquier pequeño problema que tenga a bien plantearme.

El hombre permaneció sentado algo más de un minuto con el pecho agitado, luchando contra sus emociones. Por fin, se pasó un pañuelo por la frente, apretó los labios y vol­vió el rostro hacia nosotros.

––¿Verdad que me han tomado por un loco? ––dijo.

––Se nota que tiene usted algún gran apuro ––respondió Holmes.

––¡No lo sabe usted bien! ¡Un apuro que me tiene total­mente trastornada la razón, una desgracia inesperada y te­rrible! Podría haber soportado la deshonra pública, aunque mi reputación ha sido siempre intachable. Y una desgracia privada puede ocurrirle a cualquiera. Pero las dos cosas jun­tas, y de una manera tan espantosa, han conseguido destro­zarme hasta el alma. Y además no soy yo solo. Esto afectará a los más altos personajes del país, a menos que se le encuen­tre una salida a este horrible asunto.

––Serénese, por favor ––dijo Holmes––, y explíqueme con claridad quién es usted y qué le ha ocurrido.

––Es posible que mi nombre les resulte familiar ––respon­dió nuestro visitante––. Soy Alexander Holder, de la firma bancaria Holder & Stevenson, de Threadneedle Street.

Efectivamente, conocíamos bien aquel nombre, pertene­ciente al socio más antiguo del segundo banco más impor­tante de la City de Londres. ¿Qué podía haber ocurrido para que uno de los ciudadanos más prominentes de Londres quedara reducido a aquella patética condición? Aguarda­mos llenos de curiosidad hasta que, con un nuevo esfuerzo, reunió fuerzas para contar su historia.

––Opino que el tiempo es oro ––dijo––, y por eso vine co­rriendo en cuanto el inspector de policía sugirió que procu­rara obtener su cooperación. He venido en Metro hasta Ba­ker Street, y he tenido que correr desde la estación porque los coches van muy despacio con esta nieve. Por eso me he quedado sin aliento, ya que no estoy acostumbrado a hacer ejercicio. Ahora ya me siento mejor y le expondré los hechos del modo más breve y más claro que me sea posible.

»Naturalmente, ustedes ya saben que para la buena mar­cha de una empresa bancaria, tan importante es saber inver­tir provechosamente nuestros fondos como ampliar nuestra clientela y el número de depositarios. Uno de los sistemas más lucrativos de invertir dinero es en forma de préstamos, cuando la garantía no ofrece dudas. En los últimos años he­mos hecho muchas operaciones de esta clase, y son muchas las familias de la aristocracia a las que hemos adelantado grandes sumas de dinero, con la garantía de sus cuadros, bi­bliotecas o vajillas de plata.

»Ayer por la mañana, me encontraba en mi despacho del banco cuando uno de los empleados me trajo una tarjeta. Di un respingo al leer el nombre, que era nada menos que... bueno, quizá sea mejor que no diga más, ni siquiera a us­ted... Baste con decir que se trata de un nombre conocido en todo el mundo... uno de los nombres más importantes, más nobles, más ilustres de Inglaterra. Me sentí abrumado por el honor e intenté decírselo cuando entró, pero él fue directa­mente al grano del negocio, con el aire de quien quiere des­pachar cuanto antes una tarea desagradable.

»––Señor Holder ––dijo––, se me ha informado de que presta usted dinero.

»––La firma lo hace cuando la garantía es buena ––respondí yo.

»––Me es absolutamente imprescindible ––dijo él–– disponer al momento de cincuenta mil libras. Por supuesto, podría obtener una suma diez veces superior a esa insignificancia pidiendo prestado a mis amigos, pero prefiero llevarlo como una operación comercial y ocuparme del asunto personal­mente. Como comprenderá usted, en mi posición no con­viene contraer ciertas obligaciones.

»––¿Puedo preguntar durante cuánto tiempo necesitará usted esa suma? ––pregunté.

»––El lunes que viene cobraré una cantidad importante, y entonces podré, con toda seguridad, devolverle lo que usted me adelante, más los intereses que considere adecuados. Pero me resulta imprescindible disponer del dinero en el acto.

»––Tendría mucho gusto en prestárselo yo mismo, de mi propio bolsillo y sin más trámites, pero la cantidad excede un poco a mis posibilidades. Por otra parte, si lo hago en nombre de la firma, entonces, en consideración a mi socio, tendría que insistir en que, aun tratándose de usted, se to­maran todas las garantías pertinentes.

»––Lo prefiero así, y con mucho ––dijo él, alzando una caja de tafilete negro que había dejado junto a su silla––. Supongo que habrá oído hablar de la corona de berilos.

»––Una de las más preciadas posesiones públicas del Impe­rio ––respondí yo.

»––En efecto ––abrió la caja y allí, embutida en blando ter­ciopelo de color carne, apareció la magnífica joya que aca­baba de nombrar––. Son treinta y nueve berilos enormes ––dijo––, y el precio de la montura de oro es incalculable. La tasación más baja fijará el precio de la corona en más del do­ble de la suma que le pido. Estoy dispuesto a dejársela como garantía.

»Tomé en las manos el precioso estuche y miré con cierta perplejidad a mi ilustre cliente.

»––¿Duda usted de su valor? ––preguntó. »––En absoluto. Sólo dudo...

»––... de que yo obre correctamente al dejarla aquí. Puede usted estar tranquilo. Ni en sueños se me ocurriría hacerlo si no estuviese absolutamente seguro de poder recuperarla en cuatro días. Es una mera formalidad. ¿Le parece suficiente garantía?

»––Más que suficiente.

»––Se dará usted cuenta, señor Holder, de que con esto le doy una enorme prueba de la confianza que tengo en usted, basada en las referencias que me han dado. Confio en que no sólo será discreto y se abstendrá de todo comentario sobre el asunto, sino que además, y por encima de todo, cuidará de esta corona con toda clase de precauciones, porque no hace falta que le diga que se organizaría un escándalo tremendo si sufriera el menor daño. Cualquier desperfecto sería casi tan grave como perderla por completo, ya que no existen en el mundo berilos como éstos, y sería imposible reemplazarlos. No obstante, se la dejo con absoluta confianza, yvendré a re­cuperarla personalmente el lunes por la mañana.

»Viendo que mi cliente estaba deseoso de marcharse, no dije nada más; llamé al cajero y le di orden de que pagara cincuenta mil libras en billetes. Sin embargo, cuando me quedé solo con el precioso estuche encima de la mesa, delan­te de mí, no pude evitar pensar con cierta inquietud en la in­mensa responsabilidad que había contraído. No cabía duda de que, por tratarse de una propiedad de la nación, el escán­dalo sería terrible si le ocurriera alguna desgracia. Empecé a lamentar el haber aceptado quedarme con ella, pero ya era demasiado tarde para cambiar las cosas, así que la guardé en mi caja de seguridad privada, y volví a mi trabajo.

»Al llegar la noche, me pareció que sería una impruden­cia dejar un objeto tan valioso en el despacho. No sería la primera vez que se fuerza la caja de un banquero. ¿Por qué no habría de pasarle a la mía? Así pues, decidí que durante los días siguientes llevaría siempre la corona conmigo, para que nunca estuviera fuera de mi alcance. Con esta intención, llamé a un coche y me hice conducir a mi casa de Streatham, llevándome la joya. No respiré tranquilo hasta que la hube subido al piso de arriba y guardado bajo llave en el escrito­rio de mi gabinete.

»Y ahora, unas palabras acerca del personal de mi casa, señor Holmes, porque quiero que comprenda perfectamen­te la situación. Mi mayordomo y mi lacayo duermen fuera de casa, y se les puede descartar por completo. Tengo tres doncellas, que llevan bastantes años conmigo, y cuya honra­dez está por encima de toda sospecha. Una cuarta doncella, Lucy Parr, lleva sólo unos meses a mi servicio. Sin embargo, traía excelentes referencias y siempre ha cumplido a la per­fección. Es una muchacha muy bonita, y de vez en cuando atrae a admiradores que rondan por la casa. Es el único in­conveniente que le hemos encontrado, pero por lo demás consideramos que es una chica excelente en todos los as­pectos.

»Eso en cuanto al servicio. Mi familia es tan pequeña que no tardaré mucho en describirla. Soy viudo y tengo un solo hijo, Arthur, que ha sido una decepción para mí, señor Hol­mes, una terrible decepción. Sin duda, toda la culpa es mía. Todos dicen que le he mimado demasiado, y es muy proba­ble que así sea. Cuando falleció mi querida esposa, todo mi amor se centró en él. No podía soportar que la sonrisa se bo­rrara de su rostro ni por un instante. Jamás le negué ningún capricho. Tal vez habría sido mejor para los dos que yo me hubiera mostrado más severo, pero lo hice con la mejor in­tención.

»Naturalmente, yo tenía la intención de que él me suce­diera en el negocio, pero no tenía madera de financiero. Era alocado, indisciplinado y, para ser sincero, no se le podían confiar sumas importantes de dinero. Cuando era joven se hizo miembro de un club aristocrático, y allí, gracias a su ca­rácter simpático, no tardó en hacer amistades con gente de bolsa bien repleta y costumbres caras. Se aficionó a jugar a las cartas y apostar en las carreras, y continuamente acudía a mí, suplicando que le diese un adelanto de su asignación para poder saldar sus deudas de honor. Más de una vez in­tentó romper con aquellas peligrosas compañías, pero la in­fluencia de su amigo sir George Burnwell le hizo volver en todas las ocasiones.

»A decir verdad, a mí no me extrañaba que un hombre como sir George Burnwell tuviera tanta influencia sobre él, porque lo trajo muchas veces a casa e incluso a mí me resul­taba difícil resistirme a la fascinación de su trato. Es mayor que Arthur, un hombre de mundo de pies a cabeza, que ha estado en todas partes y lo ha visto todo, conversador bri­llante y con un gran atractivo personal. Sin embargo, cuan­do pienso en él fríamente, lejos del encanto de su presencia, estoy convencido, por su manera cínica de hablar y por la mirada que he advertido en sus ojos, de que no se puede confiar en él. Eso es lo que pienso, y así piensa también mi pequeña Mary, que posee una gran intuición femenina para la cuestión del carácter.

»Y ya sólo queda ella por describir. Mary es mi sobrina; pero cuando falleció mi hermano hace cinco años, dejándo­la sola, yo la adopté y desde entonces la he considerado como una hija. Es el sol de la casa..., dulce, cariñosa, guapí­sima, excelente administradora y ama de casa, y al mismo tiempo tan tierna, discreta y gentil como puede ser una mu­jer. Es mi mano derecha. No sé lo que haría sin ella. Sólo en una cosa se ha opuesto a mis deseos. Mi hijo le ha pedido dos veces que se case con él, porque la ama apasionadamen­te, pero ella le ha rechazado las dos veces. Creo que si al­guien puede volverlo al buen camino es ella; y ese matrimo­nio podría haber cambiado por completo la vida de mi hijo. Pero, ¡ay!, ya es demasiado tarde. ¡Demasiado tarde, sin re­medio!

»Y ahora que ya conoce usted a la gente que vive bajo mi techo, señor Holmes, proseguiré con mi doloroso relato. »Aquella noche, después de cenar, mientras tomábamos café en la sala de estar, les conté a Arthur y Mary lo sucedido y les hablé del precioso tesoro que teníamos en casa, omi­tiendo únicamente el nombre de mi cliente. Estoy seguro de que Lucy Parr, que nos había servido el café, había salido ya de la habitación; pero no puedo asegurar que la puerta estu­viera cerrada. Mary y Arthur se mostraron muy interesados y quisieron ver la famosa corona, pero a mí me pareció me­jor dejarla en paz.

»––¿Dónde la has guardado? ––preguntó Arthur.

 »––En mi escritorio.

»––Bueno, Dios quiera que no entren ladrones en casa esta noche ––dijo.

»––Está cerrado con llave ––indiqué.

––Bah, ese escritorio se abre con cualquier llave vieja. Cuando era pequeño, yo la abría con la llave del armario del trastero.

»Ésa era su manera normal de hablar, así que no presté mucha atención a lo que decía. Sin embargo, aquella noche me siguió a mi habitación con una expresión muy seria.

»––Escucha, papá ––dijo con una mirada baja––. ¿Puedes de­jarme doscientas libras?

»––¡No, no puedo! ––respondí irritado––. ¡Ya he sido dema­siado generoso contigo en cuestiones de dinero!

»––Has sido muy amable ––dijo él––, pero necesito ese dine­ro, o jamás podré volver a asomar la cara por el club.

»––¡Pues me parece estupendo! ––exclamé yo.

»––Sí, papá, pero no querrás que quede deshonrado ––dijo––. No podría soportar la deshonra. Tengo que reunir ese dinero como sea, y si tú no me lo das, tendré que recurrir a otros me­dios.

»Yo me sentía indignado, porque era la tercera vez que me pedía dinero en un mes.

»––¡No recibirás de mí ni medio penique! ––grité, y él me hizo una reverencia y salió de mi cuarto sin decir una pala­bra más.

»Después de que se fuera, abrí mi escritorio, comprobé que el tesoro seguía a salvo y lo volví a cerrar con llave. Luego hice una ronda por la casa para verificar que todo estaba se­guro. Es una tarea que suelo delegar en Mary, pero aquella noche me pareció mejor realizarla yo mismo. Al bajar las escaleras encontré a Mary junto a la ventana del vestíbulo, que cerró y aseguró al acercarme yo.

»––Dime, papá ––dijo algo preocupada, o así me lo pare­ció––. ¿Le has dado permiso a Lucy, la doncella, para salir esta noche?

»––Desde luego que no.

»––Acaba de entrar por la puerta de atrás. Estoy segura de que sólo ha ido hasta la puerta lateral para ver a alguien, pero no me parece nada prudente y habría que prohibírselo.

»––Tendrás que hablar con ella por la mañana. O, si lo pre­fieres, le hablaré yo. ¿Estás segura de que todo está cerrado?

»––Segurísima, papá.

»––Entonces, buenas noches ––le di un beso y volví a mi ha­bitación, donde no tardé en dormirme.

»Señor Holmes, estoy esforzándome por contarle todo lo que pueda tener alguna relación con el caso, pero le ruego que no vacile en preguntar si hay algún detalle que no queda claro.

––Al contrario, su exposición está siendo extraordinaria­mente lúcida.

––Llego ahora a una parte de mi historia que quiero que lo sea especialmente. Yo no tengo el sueño pesado y, sin duda, la ansiedad que sentía hizo que aquella noche fuera aún más ligero que de costumbre. A eso de las dos de la mañana, me despertó un ruido en la casa. Cuando me desperté del todo ya no se oía, pero me había dado la impresión de una venta­na que se cerrara con cuidado. Escuché con toda mi alma. De pronto, con gran espanto por mi parte, oí el sonido in­confundible de unos pasos sigilosos en la habitación de al lado. Me deslicé fuera de la cama, temblando de miedo, y miré por la esquina de la puerta del gabinete.

»––¡Arthur! ––grité––. ¡Miserable ladrón! ¿Cómo te atreves a tocar esa corona?

»La luz de gas estaba a media potencia, como yo la había dejado, y mi desdichado hijo, vestido sólo con camisa y pan­talones, estaba de pie junto a la luz, con la corona en las ma­nos. Parecía estar torciéndola o aplastándola con todas sus fuerzas. Al oír mi grito la dejó caer y se puso tan pálido como un muerto. La recogí y la examiné. Le faltaba uno de los extremos de oro, con tres de los berilos.

»––¡Canalla! ––grité, enloquecido de rabia––. ¡La has roto! ¡Me has deshonrado para siempre! ¿Dónde están las joyas que has robado?

»––¡Robado! ––exclamó.

»––¡Sí, ladrón! ––rugí yo, sacudiéndolo por los hombros.

»––No falta ninguna. No puede faltar ninguna.

»––¡Faltan tres! ¡Y tú sabes qué ha sido de ellas! ¿Tengo que llamarte mentiroso, además de ladrón? ¿Acaso no te acabo de ver intentando arrancar otro trozo?

»––Ya he recibido suficientes insultos ––dijo él––. No pienso aguantarlo más. Puesto que prefieres insultarme, no diré una palabra más del asunto. Me iré de tu casa por la mañana y me abriré camino por mis propios medios.

»––¡Saldrás de casa en manos de la policía! ––grité yo, me­dio loco de dolor y de ira––. ¡Haré que el asunto se investigue a fondo!

»––Pues por mi parte no averiguarás nada ––dijo él, con una pasión de la que no le habría creído capaz––. Si decides llamar a la policía, que averigüen ellos lo que puedan.

»Para entonces, toda la casa estaba alborotada, porque yo, llevado por la cólera, había alzado mucho la voz. Mary fue la primera en entrar corriendo en la habitación y, al ver la co­rona y la cara de Arthur, comprendió todo lo sucedido y, dando un grito, cayó sin sentido al suelo. Hice que la donce­lla avisara a la policía y puse inmediatamente la investiga­ción en sus manos. Cuando el inspector y un agente de uni­forme entraron en la casa, Arthur, que había permanecido todo el tiempo taciturno y con los brazos cruzados, me pre­guntó si tenía la intención de acusarle de robo. Le respondí que había dejado de ser un asunto privado para convertirse en público, puesto que la corona destrozada era propiedad de la nación. Yo estaba decidido a que la ley se cumpliera hasta el final.

»––Al menos ––dijo––, no me hagas detener ahora mismo. Te conviene tanto como a mí dejarme salir de casa cinco mi­nutos.

»––Sí, para que puedas escaparte, o tal vez para poder es­conder lo que has robado ––respondí yo.

»Y a continuación, dándome cuenta de la terrible situa­ción en la que se encontraba, le imploré que recordara que no sólo estaba en juego mi honor, sino también el de alguien mucho más importante que yo; y que su conducta podía provocar un escándalo capaz de conmocionar a la nación entera. Podía evitar todo aquello con sólo decirme qué había hecho con las tres piedras que faltaban.

»––Más vale que afrontes la situación ––le dije––. Te han co­gido con las manos en la masa, y confesar no agravará tu cul­pa. Si procuras repararla en la medida de lo posible, dicién­donos dónde están los berilos, todo quedará perdonado y olvidado.

»––Guárdate tu perdón para el que te lo pida ––respondió, apartándose de mí con un gesto de desprecio.

»Me di cuenta de que estaba demasiado maleado como para que mis palabras le influyeran. Sólo podía hacer una cosa. Llamé al inspector y lo puse en sus manos. Se llevó a cabo un registro inmediato, no sólo de su persona, sino tam­bién de su habitación y de todo rincón de la casa donde pu­diera haber escondido las gemas. Pero no se encontró ni ras­tro de ellas, y el miserable de mi hijo se negó a abrir la boca, a pesar de todas nuestras súplicas y amenazas. Esta mañana lo han encerrado en una celda, y yo, tras pasar por todas las formalidades de la policía, he venido corriendo a verle a us­ted, para rogarle que aplique su talento a la resolución del misterio. La policía ha confesado sin reparos que por ahora no sabe qué hacer. Puede usted incurrir en los gastos que le parezcan necesarios. Ya he recibido una recompensa de mil libras. ¡Dios mío! ¿Qué voy a hacer? He perdido mi honor, mis joyas y mi hijo en una sola noche. ¡Oh, qué puedo hacer!

Se llevó las manos ala cabeza y empezó a oscilar de delan­te a atrás, parloteando consigo mismo, como un niño que no encuentra palabras para expresar su dolor.

Sherlock Holmes permaneció callado unos minutos, con el ceño fruncido y los ojos clavados en el fuego de la chimenea.

––¿Recibe usted muchas visitas? ––preguntó por fin.

––Ninguna, exceptuando a mi socio con su familia y, de vez en cuando, algún amigo de Arthur. Sir George Burnwell ha estado varias veces en casa últimamente. Y me parece que nadie más.

––¿Sale usted mucho?

––Arthur sale. Mary y yo nos quedamos en casa. A ningu­no de los dos nos gustan las reuniones sociales.

––Eso es poco corriente en una joven.

––Es una chica muy tranquila. Además, ya no es tan joven. Tiene ya veinticuatro años.

––Por lo que usted ha dicho, este suceso la ha afectado mu­cho.

––¡De un modo terrible! ¡Está más afectada aun que yo!

––¿Ninguno de ustedes dos duda de la culpabilidad de su hijo?

––¿Cómo podríamos dudar, si yo mismo le vi con mis pro­pios ojos con la corona en la mano?

––Eso no puede considerarse una prueba concluyente. ¿Es­taba estropeado también el resto de la corona?

––Sí, estaba toda retorcida.

––¿Y no cree usted que es posible que estuviera intentando enderezarla?

––¡Dios le bendiga! Está usted haciendo todo lo que puede por él y por mí. Pero es una tarea desmesurada. Al fin y al cabo, ¿qué estaba haciendo allí? Y si sus intenciones eran honradas, ¿por qué no lo dijo?

––Exactamente. Y si era culpable, ¿por qué no inventó una mentira? Su silencio me parece un arma de dos filos. El caso presenta varios detalles muy curiosos. ¿Qué opinó la policía del ruido que le despertó a usted?

––Opinan que pudo haberlo provocado Arthur al cerrar la puerta de su alcoba.

––¡Bonita explicación! Como si un hombre que se propone cometer un robo fuera dando portazos para despertar a toda la casa. ¿Y qué han dicho de la desaparición de las pie­dras?

––Todavía están sondeando las tablas del suelo y aguje­reando muebles con la esperanza de encontrarlas.

––¿No se les ha ocurrido buscar fuera de la casa?

––Oh, sí, se han mostrado extraordinariamente diligentes. Han examinado el jardín pulgada a pulgada.

––Dígame, querido señor ––dijo Holmes––, ¿no le empieza a parecer evidente que este asunto tiene mucha más miga que la que usted o la policía pensaron en un principio? A usted le parecía un caso muy sencillo; a mí me parece enormemente complicado. Considere usted todo lo que implica su teoría: usted supone que su hijo se levantó de la cama, se arriesgó a ir a su gabinete, forzó el escritorio, sacó la corona, rompió un trocito de la misma, se fue a algún otro sitio donde escondió tres de las treinta y nueve gemas, tan hábilmente que nadie ha sido capaz de encontrarlas, y luego regresó con las treinta y seis restantes al gabinete, donde se exponía con toda segu­ridad a ser descubierto. Ahora yo le pregunto: ¿se sostiene en pie esa teoría?

––Pero ¿qué otra puede haber? ––exclamó el banquero con un gesto de desesperación––. Si sus motivos eran honrados, ¿por qué no los explica?

––En averiguarlo consiste nuestra tarea ––replicó Holmes––. Así pues, señor Holder, si le parece bien iremos a Streatham juntos y dedicaremos una hora a examinar más de cerca los detalles.

Mi amigo insistió en que yo los acompañara en la expedi­ción, a lo cual accedí de buena gana, pues la historia que aca­baba de escuchar había despertado mi curiosidad y mi sim­patía. Confieso que la culpabilidad del hijo del banquero me parecía tan evidente como se lo parecía a su infeliz padre, pero aun así, era tal la fe que tenía en el buen criterio de Hol­mes que me parecía que, mientras él no se mostrara satisfe­cho con la explicación oficial, aún existía base para concebir esperanzas. Durante todo el trayecto al suburbio del sur, Holmes apenas pronunció palabra, y permaneció todo el tiempo con la barbilla sobre el pecho, sumido en profundas reflexiones. Nuestro cliente parecía haber cobrado nuevos ánimos con el leve destello de esperanza que se le había ofre­cido, e incluso se enfrascó en una inconexa charla conmigo acerca de sus asuntos comerciales. Un rápido trayecto en fe­rrocarril y una corta caminata nos llevaron a Fairbank, la modesta residencia del gran financiero.

Fairbank era una mansión cuadrada de buen tamaño, construida en piedra blanca y un poco retirada de la carrete­ra. Atravesando un césped cubierto de nieve, un camino de dos pistas para carruajes conducía a las dos grandes puertas de hierro que cerraban la entrada. A la derecha había un bosquecillo del que salía un estrecho sendero con dos setos bien cuidados a los lados, que llevaba desde la carretera has­ta la puerta de la cocina, y servía como entrada de servicio. A la izquierda salía un sendero que conducía a los establos, y que no formaba parte de la finca, sino que se trataba de un camino público, aunque poco transitado. Holmes nos aban­donó ante la puerta y empezó a caminar muy despacio: dio la vuelta a la casa, volvió a la parte delantera, recorrió el sen­dero de los proveedores y dio la vuelta al jardín por detrás, hasta llegar al sendero que llevaba a los establos. Tardó tanto tiempo que el señor Holder y yo entramos al comedor y es­peramos junto a la chimenea a que regresara. Allí nos en­contrábamos, sentados en silencio, cuando se abrió una puerta y entró una joven. Era de estatura bastante superiora la media, delgada, con el cabello y los ojos oscuros, que pa­recían aún más oscuros por el contraste con la absoluta pa­lidez de su piel. No creo haber visto nunca una palidez tan mortal en el rostro de una mujer. También sus labios pare­cían desprovistos de sangre, pero sus ojos estaban enrojeci­dos de tanto llorar. Al avanzar en silencio por la habitación, daba una sensación de sufrimiento que me impresionó mu­cho más que la descripción que había hecho el banquero por la mañana, y que resultaba especialmente sorprendente en ella, porque se veía claramente que era una mujer de carác­ter fuerte, con inmensa capacidad para dominarse. Sin ha­cer caso de mi presencia, se dirigió directamente a su tío y le pasó la mano por la cabeza, en una dulce caricia femenina.

––Habrás dado orden de que dejen libre a Arthur, ¿verdad, papá? ––preguntó.

––No, hija mía, no. El asunto debe investigarse a fondo.

––Pero estoy segura de que es inocente. Ya sabes cómo es la intuición femenina. Sé que no ha hecho nada malo.

––¿Y por qué calla, si es inocente?

––¿Quién sabe? Tal vez porque le indignó que sospecharas de él.

––¿Cómo no iba a sospechar, si yo mismo le vi con la coro­na en las manos?

––¡Pero si sólo la había cogido para mirarla! ¡Oh, papá, créeme, por favor, es inocente! Da por terminado el asunto y no digas más. ¡Es tan terrible pensar que nuestro querido Arthur está en la cárcel!

––No daré por terminado el asunto hasta que aparezcan las piedras. ¡No lo haré, Mary! Tu cariño por Arthur te ciega, y no te deja ver las terribles consecuencias que esto tendrá para mí. Lejos de silenciar el asunto, he traído de Londres a un caballero para que lo investigue más a fondo.

 

––¿Este caballero? ––preguntó ella, dándose la vuelta para mirarme.

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