La corona de berilos (cont)

––No, su amigo. Ha querido que le dejáramos solo. Ahora anda por el sendero del establo.

––¿El sendero del establo? ––la muchacha enarcó las cejas––. ¿Qué espera encontrar ahí? Ah, supongo que es este señor. Confío, caballero, en que logre usted demostrar lo que ten­go por seguro que es la verdad: que mi primo Arthur es ino­cente de este robo.

––Comparto plenamente su opinión, señorita, y, lo mismo que usted, yo también confío en que lograremos demostrar­lo ––respondió Holmes, retrocediendo hasta el felpudo para quitarse la nieve de los zapatos––. Creo que tengo el honor de dirigirme a la señorita Mary Holder. ¿Puedo hacerle una o dos preguntas?

––Por favor, hágalas, si con ello ayudamos a aclarar este horrible embrollo.

––¿No oyó usted nada anoche?

––Nada, hasta que mi tío empezó a hablar a gritos. Al oír eso, acudí corriendo.

––Usted se encargó de cerrar las puertas y ventanas. ¿Ase­guró todas las ventanas?

––Sí.

––¿Seguían bien cerradas esta mañana?

––Sí.

––¿Una de sus doncellas tiene novio? Creo que usted le co­mentó a su tío que anoche había salido para verse con él. ––Sí, y es la misma chica que sirvió en la sala de estar, y pudo oír los comentarios de mi tío acerca de la corona.

––Ya veo. Usted supone que ella salió para contárselo a su novio, y que entre los dos planearon el robo.

––¿Pero de qué sirven todas esas vagas teorías? ––exclamó el banquero con impaciencia––. ¿No le he dicho que vi a Arthur con la corona en las manos?

––Aguarde un momento, señor Holder. Ya llegaremos a eso. Volvamos a esa muchacha, señorita Holder. Me imagi­no que la vio usted volver por la puerta de la cocina.

––Sí; cuando fui a ver si la puerta estaba cerrada, me trope­cé con ella que entraba. También vi al hombre en la oscuri­dad.

––¿Le conoce usted?

––Oh, sí; es el verdulero que nos trae las verduras. Se llama Francis Prosper.

––¿Estaba a la izquierda de la puerta... es decir, en el sende­ro y un poco alejado de la puerta?

––En efecto.

––¿Y tiene una pata de palo?

Algo parecido al miedo asomó en los negros y expresivos ojos de la muchacha.

––Caramba, ni que fuera usted un mago ––dijo––. ¿Cómo sabe eso?

La muchacha sonreía, pero en el rostro enjuto y preocu­pado de Holmes no apareció sonrisa alguna.

––Ahora me gustaría mucho subir al piso de arriba ––dijo––. Probablemente tendré que volver a examinar la casa por fue­ra. Quizá sea mejor que, antes de subir, eche un vistazo a las ventanas de abajo.

Caminó rápidamente de una ventana a otra, deteniéndo­se sólo en la más grande, que se abría en el vestíbulo y daba al sendero de los establos. La abrió y examinó atentamente el alféizar con su potente lupa.

––Ahora vamos arriba ––dijo por fin.

El gabinete del banquero era un cuartito amueblado con sencillez, con una alfombra gris, un gran escritorio y un es­pejo alargado. Holmes se dirigió en primer lugar al escrito­rio y examinó la cerradura.

––¿Qué llave se utilizó para abrirlo? ––preguntó.

––La misma que dijo mi hijo: la del armario del trastero.

––¿La tiene usted aquí?

––Es esa que hay encima de la mesita.

Sherlock Holmes cogió la llave y abrió el escritorio.

––Es un cierre silencioso ––dijo––. No me extraña que no le despertara. Supongo que éste es el estuche de la corona. Ten­dremos que echarle un vistazo.

Abrió la caja, sacó la diadema y la colocó sobre la mesa. Era un magnífico ejemplar del arte de la joyería, y sus treinta y seis piedras eran las más hermosas que yo había visto. Uno de sus lados tenía el borde torcido y roto, y le faltaba una es­quina con tres piedras.

––Ahora, señor Holder ––dijo Holmes––, aquí tiene la esqui­na simétrica a la que se ha perdido tan lamentablemente. Haga usted el favor de arrancarla.

El banquero retrocedió horrorizado.

––Ni en sueños me atrevería a intentarlo ––dijo.

––Entonces, lo haré yo ––con un gesto repentino, Holmes tiró de la esquina con todas sus fuerzas, pero sin resultado––. Creo que la siento ceder un poco ––dijo––, pero, aunque tengo una fuerza extraordinaria en los dedos, tardaría muchísimo tiempo en romperla. Un hombre de fuerza normal sería in­capaz de hacerlo. ¿Y qué cree usted que sucedería si la rom­piera, señor Holder? Sonaría como un pistoletazo. ¿Quiere usted hacerme creer que todo esto sucedió a pocos metros de su cama, y que usted no oyó nada?

––No sé qué pensar. Me siento a oscuras.

––Puede que se vaya iluminando a medida que avanzamos. ¿Qué piensa usted, señorita Holder?

––Confieso que sigo compartiendo la perplejidad de mi tío.

––Cuando vio usted a su hijo, ¿llevaba éste puestos zapatos o zapatillas?

––No llevaba más que los pantalones y la camisa.

––Gracias. No cabe duda de que hemos tenido una suerte extraordinaria en esta investigación, y si no logramos acla­rar el asunto será exclusivamente por culpa nuestra. Con su permiso, señor Holder, ahora continuaré mis investigacio­nes en el exterior.

Insistió en salir solo, explicando que toda pisada innece­saria haría más dificil su tarea. Estuvo ocupado durante más de una hora, y cuando por fin regresó traía los pies cargados de nieve y la expresión tan inescrutable como siempre.

––Creo que ya he visto todo lo que había que ver, señor Holder ––dijo––. Le resultaré más útil si regreso a mis habita­ciones.

––Pero las piedras, señor Holmes, ¿dónde están?

––No puedo decírselo.

El banquero se retorció las manos.

––¡No las volveré a ver! ––gimió––. ¿Y mi hijo? ¿Me da usted esperanzas?

––Mi opinión no se ha alterado en nada.

––Entonces, por amor de Dios, ¿qué siniestro manejo ha tenido lugar en mi casa esta noche?

––Si se pasa usted por mi domicilio de Baker Street maña­na por la mañana, entre las nueve y las diez, tendré mucho gusto en hacer lo posible por aclararlo. Doy por supuesto que me concede usted carta blanca para actuar en su nom­bre, con tal de que recupere las gemas, sin poner limites a los gastos que yo le haga pagar.

––Daría toda mi fortuna por recuperarlas.

––Muy bien. Seguiré estudiando el asunto mientras tanto. Adiós. Es posible que tenga que volver aquí antes de que anochezca.

Para mí, era evidente que mi compañero se había forma­do ya una opinión sobre el caso, aunque ni remotamente conseguía imaginar a qué conclusiones habría llegado. Du­rante nuestro viaje de regreso a casa, intenté varias veces sondearle al respecto, pero él siempre desvió la conversación hacia otros temas, hasta que por fin me di por vencido. To­davía no eran las tres cuando llegamos de vuelta a nuestras habitaciones. Holmes se metió corriendo en la suya y salió a los pocos minutos, vestido como un vulgar holgazán. Con una chaqueta astrosa y llena de brillos, el cuello levantado, corbata roja y botas muy gastadas, era un ejemplar perfecto de la especie.

––Creo que esto servirá ––dijo mirándose en el espejo que había sobre la chimenea––. Me gustaría que viniera usted conmigo, Watson, pero me temo que no puede ser. Puede que esté sobre la buena pista, y puede que esté siguiendo un fuego fatuo, pero pronto saldremos de dudas. Espero volver en pocas horas.

Cortó una rodaja de carne de una pieza que había sobre el aparador, la metió entre dos rebanadas de pan y, guardán­dose la improvisada comida en el bolsillo, emprendió su ex­pedición.

Yo estaba terminando de tomar el té cuando regresó; se notaba que venía de un humor excelente, y traía en la mano una vieja bota de elástico. La tiró a un rincón y se sirvió una taza de té.

––Sólo vengo de pasada ––dijo––. Tengo que marcharme en seguida.

––¿Adónde?

––Oh, al otro lado del West End. Puede que tarde algo en volver. No me espere si se hace muy tarde.

––¿Qué tal le ha ido hasta ahora?

––Así, así. No tengo motivos de queja. He vuelto a estar en Streatham, pero no llamé a la casa. Es un problema precio­so, y no me lo habría perdido por nada del mundo. Pero no puedo quedarme aquí chismorreando; tengo que quitarme estas deplorables ropas y recuperar mi respetable persona­lidad.

Por su manera de comportarse, se notaba que tenía más motivos de satisfacción que lo que daban a entender sus me­ras palabras. Le brillaban los ojos e incluso tenía un toque de color en sus pálidas mejillas. Subió corriendo al piso de arri­ba, y a los pocos minutos oí un portazo en el vestíbulo que me indicó que había reemprendido su apasionante cacería.

Esperé hasta la medianoche, pero como no daba señales de regresar me retiré a mi habitación. No era nada raro que, cuando seguía una pista, estuviera ausente durante días enteros, así que su tardanza no me extrañó. No sé a qué hora llegó, pero cuando bajé a desayunar, allí estaba Holmes con una taza de café en una mano y el periódico en la otra, tan flamante y acicalado como el que más.

––Perdone que haya empezado a desayunar sin usted, Wat­son ––dijo––, pero ya recordará que estamos citados con nues­tro cliente a primera hora.

––Pues son ya más de las nueve ––respondí––. No me extra­ñaría que el que llega fuera él. Me ha parecido oír la campa­nilla.

Era, en efecto, nuestro amigo el financiero. Me impresio­nó el cambio que había experimentado, pues su rostro, nor­malmente amplio y macizo, se veía ahora deshinchado y fláccido, y sus cabellos parecían un poco más blancos. Entró con un aire fatigado y letárgico, que resultaba aún más pe­noso que la violenta entrada del día anterior, y se dejó caer pesadamente en la butaca que acerqué para él.

––No sé qué habré hecho para merecer este castigo ––dijo––. Hace tan sólo dos días, yo era un hombre feliz y próspero, sin una sola preocupación en el mundo. Ahora me espera una vejez solitaria y deshonrosa. Las desgracias vienen una tras otra. Mi sobrina Mary me ha abandonado.

––¿Que le ha abandonado?

––Sí. Esta mañana vimos que no había dormido en su cama; su habitación estaba vacía, y en la mesita del vestíbulo había una nota para mí. Anoche, movido por la pena y no en tono de enfado, le dije que si se hubiera casado con mi hijo, éste no se habría descarriado. Posiblemente fue una insensa­tez decir tal cosa. En la nota que me dejó hace alusión a este comentario mío: «Queridísimo tío: Me doy cuenta de que yo he sido la causa de que sufras este disgusto y de que, si hubie­ra obrado de diferente manera, esta terrible desgracia po­dría no haber ocurrido. Con este pensamiento en la cabeza, ya no podré ser feliz viviendo bajo tu techo, y considero que debo dejarte para siempre. No te preocupes por mi futuro, que eso ya está arreglado. Y, sobre todo, no me busques, pues sería tarea inútil y no me favorecería en nada. En la vida o en la muerte, te quiere siempre MARY». ¿Qué quiere decir esta nota, señor Holmes? ¿Cree usted que se propone suici­darse?

––No, no, nada de eso. Quizá sea ésta la mejor solución. Me parece, señor Holder, que sus dificultades están a punto de terminar.

––¿Cómo puede decir eso? ¡Señor Holmes! ¡Usted ha averi­guado algo, usted sabe algo! ¿Dónde están las piedras?

––¿Le parecería excesivo pagar mil libras por cada una?

––Pagaría diez mil.

––No será necesario. Con tres mil bastará. Y supongo que habrá que añadir una pequeña recompensa. ¿Ha traído us­ted su talonario? Aquí tiene una pluma. Lo mejor será que extienda un cheque por cuatro mil libras.

Con expresión atónita, el banquero extendió el cheque solicitado. Holmes se acercó a su escritorio, sacó un trozo triangular de oro con tres piedras preciosas, y lo arrojó so­bre la mesa.

Nuestro cliente se apoderó de él con un alarido de júbilo.

––¡Lo tiene! ––jadeó––. ¡Estoy salvado! ¡Estoy salvado!

La reacción de alegría era tan apasionada como lo había sido su desconsuelo anterior, y apretaba contra el pecho las gemas recuperadas.

––Todavía debe usted algo, señor Holder ––dijo Sherlock Holmes en tono más bien severo.

––¿Qué debo? ––cogió la pluma––. Diga la cantidad y la pa­garé.

––No, su deuda no es conmigo. Le debe usted las más hu­mildes disculpas a ese noble muchacho, su hijo, que se ha comportado en todo este asunto de un modo que a mí me enorgullecería en mi propio hijo, si es que alguna vez llego a tener uno.

––Entonces, ¿no fue Arthur quien las robó?

––Se lo dije ayer y se lo repito hoy: no fue él.

––¡Con qué seguridad lo dice! En tal caso, ¡vayamos ahora mismo a decirle que ya se ha descubierto la verdad!

––Él ya lo sabe. Después de haberlo resuelto todo, tuve una entrevista con él y, al comprobar que no estaba dispuesto a explicarme lo sucedido, se lo expliqué yo a él, ante lo cual no tuvo más remedio que reconocer que yo tenía razón, y aña­dir los poquísimos detalles que yo aún no veía muy claros. Sin embargo, cuando le vea a usted esta mañana quizá rom­pa su silencio.

––¡Por amor del cielo, explíqueme todo este extraordinario misterio!

––Voy a hacerlo, explicándole además los pasos por los que llegué a la solución. Y permítame empezar por lo que a mí me resulta más duro decirle y a usted le resultará más duro escuchar: sir George Burnwell y su sobrina Mary se enten­dían, y se han fugado juntos.

––¿Mi Mary? ¡Imposible!

––Por desgracia, es más que posible; es seguro. Ni usted ni su hijo conocían la verdadera personalidad de este hombre cuando lo admitieron en su círculo familiar. Es uno de los hombres más peligrosos de Inglaterra... un jugador arruina­do, un canalla sin ningún escrúpulo, un hombre sin corazón ni conciencia. Su sobrina no sabía nada sobre esta clase de hombres. Cuando él le susurró al oído sus promesas de amor, como había hecho con otras cien antes que con ella, ella se sintió halagada, pensando que había sido la única en llegar a su corazón. El diablo sabe lo que le diría, pero acabó convirtiéndola en su instrumento, y se veían casi todas las noches.

––¡No puedo creerlo, y me niego a creerlo! ––exclamó el banquero con el rostro ceniciento.

––Entonces, le explicaré lo que sucedió en su casa aquella noche. Cuando pensó que usted se había retirado a dormir, su sobrina bajó a hurtadillas y habló con su amante a través de la ventana que da al sendero de los establos. El hombre es­tuvo allí tanto tiempo que dejó pisadas que atravesaban toda la capa de nieve. Ella le habló de la corona. Su maligno afán de oro se encendió al oír la noticia, y sometió a la muchacha a su voluntad. Estoy seguro de que ella le quería a usted, pero hay mujeres en las que el amor de un amante apaga todos los demás amores, y me parece que su sobrina es de esta clase. Apenas había acabado de oír las órdenes de sir George, vio que usted bajaba por las escaleras, y cerró apresuradamente la ventana; a continuación, le habló de la escapada de una de las doncellas con su novio el de la pata de palo, que era abso­lutamente cierta.

»En cuanto a su hijo Arthur, se fue a la cama después de hablar con usted, pero no pudo dormir a causa de la inquie­tud que le producía su deuda en el club. A mitad de la noche, oyó unos pasos furtivos junto a su puerta; se levantó a aso­marse y quedó muy sorprendido al ver a su prima avanzan­do con gran sigilo por el pasillo, hasta desaparecer en el ga­binete. Petrificado de asombro, el muchacho se puso encima algunas ropas y aguardó en la oscuridad para ver dónde iba a parar aquel extraño asunto. Al poco rato, ella salió de la ha­bitación y, a la luz de la lámpara del pasillo, su hijo vio que llevaba en las manos la preciosa corona. La muchacha bajó a la planta baja, y su hijo, temblando de horror, corrió a escon­derse detrás de la cortina que hay junto a la puerta de la ha­bitación de usted, desde donde podía ver lo que ocurría en el vestíbulo. Así vio cómo ella abría sin hacer ruido la ventana, le entregaba la corona a alguien que aguardaba en la oscuri­dad y, tras volver a cerrar la ventana, regresaba a toda prisa a su habitación, pasando muy cerca de donde él estaba escon­dido detrás de la cortina.

»Mientras ella estuvo a la vista, él no se atrevió a hacer nada, pues ello comprometería de un modo terrible a la mu­jer que amaba. Pero en el instante en que ella desapareció, comprendió la tremenda desgracia que aquello representaba para usted y se propuso remediarlo a toda costa. Descalzo como estaba, echó a correr escaleras abajo, abrió la ventana, saltó a la nieve y corrió por el sendero, donde distinguió una figura oscura que se alejaba a la luz de la luna. Sir George Burnwell intentó escapar, pero Arthur le alcanzó y se enta­bló un forcejeo entre ellos, su hijo tirando de un lado de la corona y su oponente del otro. En la pelea, su hijo golpeó a sir George y le hizo una herida encima del ojo. Entonces, se oyó un fuerte chasquido y su hijo, viendo que tenía la corona en las manos, corrió de vuelta a la casa, cerró la ventana, su­bió al gabinete y allí advirtió que la corona se había torcido durante el forcejeo. Estaba intentando enderezarla cuando usted apareció en escena.

––¿Es posible? ––dijo el banquero, sin aliento.

––Entonces, usted le irritó con sus insultos, precisamente cuando él opinaba que merecía su más encendida gratitud. No podía explicar la verdad de lo ocurrido sin delatar a una persona que, desde luego, no merecía tanta consideración por su parte. A pesar de todo, adoptó la postura más caballe­rosa y guardó el secreto para protegerla.

––¡Y por eso ella dio un grito y se desmayó al ver la corona! ––exclamó el señor Holder~. ¡Oh, Dios mío! ¡Qué ciego y es­túpido he sido! ¡Y él pidiéndome que le dejara salir cinco mi­nutos! ¡Lo que quería el pobre muchacho era ver si el trozo que faltaba había quedado en el lugar de la lucha! ¡De qué modo tan cruel le he malinterpretado!

––Cuando yo llegué a la casa ––continuó Holmes––, lo pri­mero que hice fue examinar atentamente los alrededores, por si había huellas en la nieve que pudieran ayudarme. Sa­bía que no había nevado desde la noche anterior, y que la fuerte helada habría conservado las huellas. Miré el sendero de los proveedores, pero lo encontré todo pisoteado e indes­cifrable. Sin embargo, un poco más allá, al otro lado de la puerta de la cocina, había estado una mujer hablando con un hombre, una de cuyas pisadas indicaba que tenía una pata de palo. Se notaba incluso que los habían interrumpido, porque la mujer había vuelto corriendo a la puerta, como demostraban las pisadas con la punta del pie muy marcada y el talón muy poco, mientras Patapalo se quedaba esperan­do un poco, para después marcharse. Pensé que podía tra­tarse de la doncella de la que usted me había hablado y su novio, y un par de preguntas me lo confirmaron. Inspeccio­né el jardín sin encontrar nada más que pisadas sin rumbo fijo, que debían ser de la policía; pero cuando llegué al sen­dero de los establos, encontré escrita en la nieve una larga y complicada historia.

»Había una doble línea de pisadas de un hombre con bo­tas, y una segunda línea, también doble, que, como compro­bé con satisfacción, correspondían a un hombre con los pies descalzos. Por lo que usted me había contado, quedé con­vencido de que pertenecían a su hijo. El primer hombre ha­bía andado a la ida y a la venida, pero el segundo había corri­do a gran velocidad, y sus huellas, superpuestas a las de las botas, demostraban que corría detrás del otro. Las seguí en una dirección y comprobé que llegaban hasta la ventana del vestíbulo, donde el de las botas había permanecido tanto tiempo que dejó la nieve completamente pisada. Luego las seguí en la otra dirección, hasta unos cien metros sendero adelante. Allí, el de las botas se había dado la vuelta, y las huellas en la nieve parecían indicar que se había producido una pelea. Incluso habían caído unas gotas de sangre, que confirmaban mi teoría. Después, el de las botas había segui­do corriendo por el sendero; una pequeña mancha de sangre indicaba que era él el que había resultado herido. Su pista se perdía al llegar a la carretera, donde habían limpiado la nie­ve del pavimento.

»Sin embargo, al entrar en la casa, recordará usted que examiné con la lupa el alféizar y el marco de la ventana del vestíbulo, y pude advertir al instante que alguien había pasa­do por ella. Se notaba la huella dejada por un pie mojado al entrar. Ya podía empezar a formarme una opinión de lo ocu­rrido. Un hombre había aguardado fuera de la casa junto a la ventana. Alguien le había entregado la joya; su hijo había sido testigo de la fechoría, había salido en persecución del ladrón, había luchado con él, los dos habían tirado de la co­rona y la combinación de sus esfuerzos provocó daños que ninguno de ellos habría podido causar por sí solo. Su hijo había regresado con la corona, pero dejando un fragmento en manos de su adversario. Hasta ahí, estaba claro. Ahora la cuestión era: ¿quién era el hombre de las botas y quién le en­tregó la corona?

»Una vieja máxima mía dice que, cuando has eliminado lo imposible, lo que queda, por muy improbable que parez­ca, tiene que ser la verdad. Ahora bien, yo sabía que no fue usted quien entregó la corona, así que sólo quedaban su so­brina y las doncellas. Pero si hubieran sido las doncellas, ¿por qué iba su hijo a permitir que lo acusaran a él en su lu­gar? No tenía ninguna razón posible. Sin embargo, sabíamos que amaba a su prima, y allí teníamos una excelente explica­ción de por qué guardaba silencio, sobre todo teniendo en cuenta que se trataba de un secreto deshonroso. Cuando re­cordé que usted la había visto junto a aquella misma venta­na, y que se había desmayado al ver la corona, mis conjetu­ras se convirtieron en certidumbre.

»¿Y quién podía ser su cómplice? Evidentemente, un amante, porque ¿quién otro podría hacerle renegar del amor y gratitud que sentía por usted? Yo sabía que ustedes salían poco, y que su círculo de amistades era reducido; pero entre ellas figuraba sir George Burnwell. Yo ya había oído hablar de él, como hombre de mala reputación entre las mujeres. Tenía que haber sido él el que llevaba aquellas botas y el que se había quedado con las piedras perdidas. Aun sabiendo que Arthur le había descubierto, se consideraba a salvo por­que el muchacho no podía decir una palabra sin comprome­ter a su propia familia.

»En fin, ya se imaginará usted las medidas que adopté a continuación. Me dirigí, disfrazado de vago, a la casa de sir George, me las arreglé para entablar conversación con su la­cayo, me enteré de que su señor se había hecho una herida en la cabeza la noche anterior y, por último, al precio de seis chelines, conseguí la prueba definitiva comprándole un par de zapatos viejos de su amo. Me fui con ellos a Streatham y comprobé que coincidían exactamente con las huellas.

––Ayer por la tarde vi un vagabundo harapiento por el sen­dero ––dijo el señor Holder.

––Precisamente. Ése era yo. Ya tenía a mi hombre, así que volví a casa y me cambié de ropa. Tenía que actuar con mu­cha delicadeza, porque estaba claro que había que prescindir de denuncias para evitar el escándalo, y sabía que un canalla tan astuto como él se daría cuenta de que teníamos las ma­nos atadas por ese lado. Fui a verlo. Al principio, como era de esperar, lo negó todo. Pero luego, cuando le di todos los detalles de lo que había ocurrido, se puso gallito y cogió una cachiporra de la pared. Sin embargo, yo conocía a mi hom­bre y le apliqué una pistola a la sien antes de que pudiera gol­pear. Entonces se volvió un poco más razonable. Le dije que le pagaríamos un rescate por las piedras que tenía en su po­der: mil libras por cada una. Aquello provocó en él las pri­meras señales de pesar. «¡Maldita sea! ––dijo––. ¡Y yo que he vendido las tres por seiscientas!» No tardé en arrancarle la dirección del comprador, prometiéndole que no presenta­ríamos ninguna denuncia. Me fui a buscarlo y, tras mucho regateo, le saqué las piedras a mil libras cada una. Luego fui a visitar a su hijo, le dije que todo había quedado aclarado, y por fin me acosté a eso de las dos, después de lo que bien puedo llamar una dura jornada.

––¡Una jornada que ha salvado a Inglaterra de un gran es­cándalo público! ––dijo el banquero, poniéndose en pie––. Se­ñor, no encuentro palabras para darle las gracias, pero ya comprobará usted que no soy desagradecido. Su habilidad ha superado con creces todo lo que me habían contado de usted. Y ahora, debo volver al lado de mi querido hijo para pedirle perdón por lo mal que lo he tratado. En cuanto a mi pobre Mary, lo que usted me ha contado me ha llegado al alma. Supongo que ni siquiera usted, con todo su talento, puede informarme de dónde se encuentra ahora.

 

––Creo que podemos afirmar sin temor a equivocarnos ––replicó Holmes ––que está allí donde se encuentre sir Geor­ge Burnwell. Y es igualmente seguro que, por graves que sean sus pecados, pronto recibirán un castigo más que sufi­ciente.

Estás leyendo en Ablik

Cerrar