La liga de los pelirrojos (cont)

Sherlock Holmes y yo examinamos aquel conciso anun­cio y la cara afligida que había detrás, hasta que el aspecto cómico del asunto dominó tan completamente las demás consideraciones que ambos nos echamos a reír a carcajadas.

––No sé qué les hace tanta gracia ––exclamó nuestro cliente, sonrojándose hasta las raíces de su llameante cabello––. Si lo mejor que saben hacer es reírse de mí, más vale que recurra a otros.

––No, no ––exclamó Holmes, empujándolo de nuevo hacia la silla de la que casi se había levantado––. Le aseguro que no dejaría escapar su caso por nada del mundo. Resulta recon­fortantemente insólito. Pero, si me perdona que se lo diga, el asunto presenta algunos aspectos bastante graciosos. Díga­me, por favor: ¿qué pasos dio usted después de encontrar esta tarjeta en la puerta?

––Me quedé de una pieza, señor. No sabía qué hacer. En­tonces entré en las oficinas de al lado, pero en ninguna de ellas parecían saber nada del asunto. Por último, me dirigí al administrador, un contable que vive en la planta baja, y le pregunté si sabía qué había pasado con la Liga de los Pelirro­jos. Me respondió que jamás había oído hablar de semejante sociedad. Entonces le pregunté por el señor Duncan Ross. Me dijo que era la primera vez que oía ese nombre.

»––Bueno ––dije yo––, me refiero al caballero del número 4.

»––Cómo, ¿el pelirrojo?

»––Sí.

»––¡Oh! ––dijo––. Se llama William Morris. Es abogado y es­taba utilizando el local como despacho provisional mientras acondicionaba sus nuevas oficinas. Se marchó ayer.

»––¿Dónde puedo encontrarlo?

»––Pues en sus nuevas oficinas. Me dio la dirección. Sí, eso es, King Edward Street, número 17, cerca de San Pablo. »Salí disparado, señor Holmes, pero cuando llegué a esa dirección me encontré con que se trataba de una fábrica de rodilleras artificiales y que allí nadie había oído hablar del señor William Morris ni del señor Duncan Ross.

––¿Y qué hizo entonces? ––preguntó Holmes.

––Volví a mi casa en Saxe-Coburg Square y pedí consejo a mi empleado. Pero no pudo darme ninguna solución, aparte de decirme que, si esperaba, acabaría por recibir no­ticias por carta. Pero aquello no me bastaba, señor Holmes. No estaba dispuesto a perder un puesto tan bueno sin lu­char, y como había oído que usted tenía la amabilidad de aconsejar a la pobre gente necesitada, me vine directamen­te a verle.

––E hizo usted muy bien ––dijo Holmes––. Su caso es de lo más notable y me encantará echarle un vistazo. Por lo que me ha contado, me parece muy posible que estén en juego cosas más graves que lo que parece a simple vista.

––¡Ya lo creo que son graves! ––dijo el señor Jabez Wilson––. ¡Como que me he quedado sin cuatro libras a la semana!

––Por lo que a usted respecta ––le hizo notar Holmes––, no veo que tenga motivos para quejarse de esta extraordinaria Liga. Por el contrario, tal como yo lo veo, ha salido usted ga­nando unas treinta libras, y eso sin mencionar los detallados conocimientos que ha adquirido sobre todos los temas que empiezan por la letra A. Usted no ha perdido nada.

––No, señor. Pero quiero averiguar algo sobre ellos, saber quiénes son y qué se proponían al hacerme esta jugarreta... si es que se trata de una jugarreta. La broma les ha salido bastante cara, ya que les ha costado treinta y dos libras.

––Procuraremos poner en claro esos puntos para usted. Pero antes, una o dos preguntas, señor Wilson. Ese emplea­do suyo, que fue quien le hizo fijarse en el anuncio..., ¿cuánto tiempo llevaba con usted?

––Entonces llevaba como un mes más o menos.

––¿Cómo llegó hasta usted?

––En respuesta a un anuncio.

––¿Fue el único aspirante?

––No, recibí una docena.

––¿Y por qué lo eligió a él?

––Porque parecía listo y se ofrecía barato.

––A mitad de salario, ¿no es así?

––Eso es.

––¿Cómo es este Vincent Spaulding?

––Bajo, corpulento, de movimientos rápidos, barbilampi­ño, aunque no tendrá menos de treinta años. Tiene una mancha blanca de ácido en la frente.

Holmes se incorporó en su asiento muy excitado.

––Me lo había figurado ––dijo––. ¿Se ha fijado usted en si tie­ne las orejas perforadas, como para llevar pendientes?

––Sí, señor. Me dijo que se las había agujereado una gitana cuando era muchacho.

––¡Hum! ––exclamó Holmes, sumiéndose en profundas re­flexiones––. ¿Sigue aún con usted?

––¡Oh, sí, señor! Acabo de dejarle.

––¿Y el negocio ha estado bien atendido durante su ausen­cia?

––No tengo ninguna queja, señor. Nunca hay mucho tra­bajo por las mañanas.

––Con eso bastará, señor Wilson. Tendré el gusto de darle una opinión sobre el asunto dentro de uno o dos días. Hoy es sábado; espero que para el lunes hayamos llegado a una con­clusión.

––Bien, Watson ––dijo Holmes en cuanto nuestro visitante se hubo marchado––. ¿Qué saca usted de todo esto?

––No saco nada ––respondí con franqueza––. Es un asunto de lo más misterioso.

––Como regla general ––dijo Holmes––, cuanto más extrava­gante es una cosa, menos misteriosa suele resultar. Son los delitos corrientes, sin ningún rasgo notable, los que resultan verdaderamente desconcertantes, del mismo modo que un rostro vulgar resulta más difícil de identificar. Tengo que po­nerme inmediatamente en acción.

––¿Y qué va usted a hacer? ––pregunté.

––Fumar ––respondió––. Es un problema de tres pipas, así que le ruego que no me dirija la palabra durante cincuenta minutos.

Se acurrucó en su sillón con sus flacas rodillas alzadas hasta la nariz de halcón, y allí se quedó, con los ojos cerrados y la pipa de arcilla negra sobresaliendo como el pico de al­gún pájaro raro. Yo había llegado ya a la conclusión de que se había quedado dormido, y de hecho yo mismo empezaba a dar cabezadas, cuando de pronto saltó de su asiento con el gesto de quien acaba de tomar una resolución, y dejó la pipa sobre la repisa de la chimenea.

––Esta noche toca Sarasate en el St. James Hall ––comentó––. ¿Qué le parece, Watson? ¿Podrán sus pacientes prescindir de usted durante unas pocas horas?

––No tengo nada que hacer hoy. Mi trabajo nunca es muy absorbente.

––Entonces, póngase el sombrero y venga. Antes tengo que pasar por la City, y podemos comer algo por el camino. He visto que hay en el programa mucha música alemana, que resulta más de mi gusto que la italiana o la francesa. Es in­trospectiva yyo quiero reflexionar. ¡En marcha!

Viajamos en el Metro hasta Aldersgate, y una corta cami­nata nos llevó a Saxe––Coburg Square, escenario de la singu­lar historia que habíamos escuchado por la mañana. Era una placita insignificante, pobre pero de aspecto digno, con cua­tro hileras de desvencijadas casas de ladrillo, de dos pisos, rodeando un jardincito vallado, donde un montón de hier­bas sin cuidar y unas pocas matas de laurel ajado mantenían una dura lucha contra la atmósfera hostil y cargada de humo. En la esquina de una casa, tres bolas doradas y un ró­tulo marrón con las palabras «JABEZ WILSON» en letras de oro anunciaban el local donde nuestro pelirrojo cliente tenía su negocio. Sherlock Holmes se detuvo ante la casa, con la cabeza ladeada, y la examinó atentamente, con los ojos bri­llándole bajo los párpados fruncidos. A continuación, cami­nó despacio calle arriba y calle abajo, sin dejar de examinar las casas. Por último, regresó frente a la tienda del prestamis­ta y, después de dar dos o tres fuertes golpes en el suelo con el bastón, se acercó a la puerta y llamó. Abrió al instante un jo­ven con cara de listo y bien afeitado, que le invitó a entrar.

––Gracias ––dijo Holmes––. Sólo quería preguntar por dón­de se va desde aquí al Strand.

––La tercera a la derecha y la cuarta a la izquierda ––respon­dió sin vacilar el empleado, cerrando a continuación la puerta.

––Un tipo listo ––comentó Holmes mientras nos alejába­mos––. En mi opinión, es el cuarto hombre más inteligente de Londres; y en cuanto a audacia, creo que podría aspirar al tercer puesto. Ya he tenido noticias suyas anteriormente.

––Es evidente ––dije yo––que el empleado del señor Wilson desempeña un importante papel en este misterio de la Liga de los Pelirrojos. Estoy seguro de que usted le ha pregunta­do el camino sólo para poder echarle un vistazo.

––No a él.

––Entonces, ¿a qué?

––A las rodilleras de sus pantalones.

––¿Y qué es lo que vio?

––Lo que esperaba ver.

––¿Para qué golpeó el pavimento?

––Mi querido doctor, lo que hay que hacer ahora es obser­var, no hablar. Somos espías en territorio enemigo. Ya sabe­mos algo de Saxe-Coburg Square. Exploremos ahora las ca­lles que hay detrás.

La calle en la que nos metimos al dar la vuelta a la esquina de la recóndita Saxe––Coburg Square presentaba con ésta tan­to contraste como el derecho de un cuadro con el revés. Se trataba de una de las principales arterias por donde discurre el tráfico de la City hacia el norte y hacia el oeste. La calzada estaba bloqueada por el inmenso río de tráfico comercial que fluía en ambas direcciones, y las aceras no daban abasto al presuroso enjambre de peatones. Al contemplar la hilera de tiendas elegantes y oficinas lujosas, nadie habría pensado que su parte trasera estuviera pegada a la de la solitaria y des­colorida plaza que acabábamos de abandonar.

––Veamos ––dijo Holmes, parándose en la esquina y miran­do la hilera de edificios––. Me gustaría recordar el orden de las casas. Una de mis aficiones es conocer Londres al detalle. Aquí está Mortimer's, la tienda de tabacos, la tiendecita de periódicos, la sucursal de Coburg del City and Suburban Bank, el restaurante vegetariano y las cocheras McFarlane. Con esto llegamos a la siguiente manzana. Y ahora, doctor, nuestro trabajo está hecho yya es hora de que tengamos algo de diversión. Un bocadillo, una taza de café y derechos a la tierra del violín, donde todo es dulzura, delicadeza y armo­nía, y donde no hay clientes pelirrojos que nos fastidien con sus rompecabezas.

Mi amigo era un entusiasta de la música, no sólo un intér­prete muy dotado, sino también un compositor de méritos fuera de lo común. Se pasó toda la velada sentado en su bu­taca, sumido en la más absoluta felicidad, marcando suave­mente el ritmo de la música con sus largos y afilados dedos, con una sonrisa apacible y unos ojos lánguidos y soñadores que se parecían muy poco a los de Holmes el sabueso, Hol­mes el implacable, Holmes el astuto e infalible azote de cri­minales. La curiosa dualidad de la naturaleza de su carácter se manifestaba alternativamente, y muchas veces he pensado que su exagerada exactitud y su gran astucia representa­ban una reacción contra el humor poético y contemplativo que de vez en cuando predominaba en él. Estas oscilaciones de su carácter lo llevaban de la languidez extrema a la ener­gía devoradora y, como yo bien sabía, jamás se mostraba tan formidable como después de pasar días enteros repantigado en su sillón, sumido en sus improvisaciones y en sus libros antiguos. Entonces le venía de golpe el instinto cazador, y sus brillantes dotes de razonador se elevaban hasta el nivel de la intuición, hasta que aquellos que no estaban familiarizados con sus métodos se le quedaban mirando asombrados, como se mira a un hombre que posee un conocimiento su­perior al de los demás mortales. Cuando le vi aquella tarde, tan absorto en la música del St. James Hall, sentí que nada bueno les esperaba a los que se había propuesto cazar.

––Sin duda querrá usted ir a su casa, doctor ––dijo en cuan­to salimos.

––Sí, ya va siendo hora.

––Y yo tengo que hacer algo que me llevará unas horas. Este asunto de Coburg Square es grave.

––¿Por qué es grave?

––Se está preparando un delito importante. Tengo toda clase de razones para creer que llegaremos a tiempo de im­pedirlo. Pero el hecho de que hoy sea sábado complica las cosas. Necesitaré su ayuda esta noche.

––¿A qué hora?

––A las diez estará bien.

––Estaré en Baker Street a las diez.

––Muy bien. ¡Y oiga, doctor! Puede que haya algo de peli­gro, así que haga el favor de echarse al bolsillo su revólver del ejército.

Se despidió con un gesto de la mano, dio media vuelta y en un instante desapareció entre la multitud.

No creo ser más torpe que cualquier hijo de vecino, y sin embargo, siempre que trataba con Sherlock Holmes me sen­tía como agobiado por mi propia estupidez. En este caso ha­bía oído lo mismo que él, había visto lo mismo que él, y sin embargo, a juzgar por sus palabras, era evidente que él veía con claridad no sólo lo que había sucedido, sino incluso lo que iba a suceder, mientras que para mí todo el asunto se­guía igual de confuso y grotesco. Mientras me dirigía a mi casa en Kensington estuve pensando en todo ello, desde la extraordinaria historia del pelirrojo copiador de enciclope­dias hasta la visita a Saxe––Coburg Square y las ominosas pa­labras con que Holmes se había despedido de mí. ¿Qué era aquella expedición nocturna, y por qué tenía que ir armado? ¿Dónde íbamos a ir y qué íbamos a hacer? Holmes había dado a entender que aquel imberbe empleado del prestamis­ta era un tipo de cuidado, un hombre empeñado en un juego importante. Traté de descifrar el embrollo, pero acabé por darme por vencido, y decidí dejar de pensar en ello hasta que la noche aportase alguna explicación.

A las nueve y cuarto salí de casa, atravesé el parque y reco­rrí Oxford Street hasta llegar a Baker Street. Había dos co­ches aguardando en la puerta, y al entrar en el vestíbulo oí voces arriba. Al penetrar en la habitación encontré a Holmes en animada conversación con dos hombres, a uno de los cua­les identifiqué como Peter Jones, agente de policía; el otro era un hombre larguirucho, de cara triste, con un sombrero muy lustroso y una levita abrumadoramente respetable.

––¡Ajá! Nuestro equipo está completo ––dijo Holmes, abo­tonándose su chaquetón marinero y cogiendo del perchero su pesado látigo de caza––. Watson, creo que ya conoce al se­ñor Jones, de Scotland Yard. Permítame que le presente al se­ñor Merryweather, que nos acompañará en nuestra aventu­ra nocturna.

––Como ve, doctor, otra vez vamos de caza por parejas ––dijo Jones con su retintín habitual––. Aquí nuestro amigo es único organizando cacerías. Sólo necesita un perro viejo que le ayude a correr la pieza.

––Espero que al final no resulte que hemos cazado fantas­mas ––comentó el señor Merryweather en tono sombrío.

––Puede usted depositar una considerable confianza en el señor Holmes, caballero ––dijo el policía con aire petulante––. Tiene sus métodos particulares, que son, si me permite de­cirlo, un poco demasiado teóricos y fantasiosos, pero tiene madera de detective. No exagero al decir que en una o dos ocasiones, como en aquel caso del crimen de los Sholto y el tesoro de Agra, ha llegado a acercarse más a la verdad que el cuerpo de policía.

––Bien, si usted lo dice, señor Jones, por mí de acuerdo ––dijo el desconocido con deferencia––. Aun así, confieso que echo de menos mi partida de cartas. Es la primera noche de sábado en veintisiete años que no juego mi partida.

––Creo que pronto comprobará ––dijo Sherlock Holmes­que esta noche se juega usted mucho más de lo que se ha ju­gado en su vida, y que la partida será mucho más apasionan­te. Para usted, señor Merryweather, la apuesta es de unas treinta mil libras; y para usted, Jones, el hombre al que tanto desea echar el guante.

––John Clay, asesino, ladrón, estafador y falsificador. Es un hombre joven, señor Merryweather, pero se encuentra ya en la cumbre de su profesión, y tengo más ganas de ponerle las esposas a él que a ningún otro criminal de Londres. Un indi­viduo notable, este joven John Clay. Es nieto de un duque de sangre real, y ha estudiado en Eton y en Oxford. Su cerebro es tan ágil como sus manos, y aunque encontramos rastros suyos a cada paso, nunca sabemos dónde encontrarlo a él. Esta semana puede reventar una casa en Escocia, y a la si­guiente puede estar recaudando fondos para construir un orfanato en Cornualles. Llevo años siguiéndole la pista y ja­más he logrado ponerle los ojos encima.

––Espero tener el placer de presentárselo esta noche. Yo también he tenido un par de pequeños roces con el señor John Clay, y estoy de acuerdo con usted en que se encuentra en la cumbre de su profesión. No obstante, son ya más de las diez, y va siendo hora de que nos pongamos en marcha. Si cogen ustedes el primer coche, Watson y yo los seguiremos en el segundo.

Sherlock Holmes no se mostró muy comunicativo duran­te el largo trayecto, y permaneció arrellanado, tarareando las melodías que había escuchado por la tarde. Avanzamos traqueteando a través de un interminable laberinto de calles iluminadas por farolas de gas, hasta que salimos a Farring­don Street.

––Ya nos vamos acercando ––comentó mi amigo––. Este Merryweather es director de banco, y el asunto le interesa de manera personal. Y me pareció conveniente que también nos acompañase Jones. No es mal tipo, aunque profesional­mente sea un completo imbécil. Pero posee una virtud posi­tiva: es valiente como un bulldog y tan tenaz como una lan­gosta cuando cierra sus garras sobre alguien. Ya hemos llegado, y nos están esperando.

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