La liga de los pelirrojos (cont2)

Nos encontrábamos en la misma calle concurrida en la que habíamos estado por la mañana. Despedimos a nues­tros coches y, guiados por el señor Merryweather, nos meti­mos por un estrecho pasadizo y penetramos por una puerta lateral que Merryweather nos abrió. Recorrimos un peque­ño pasillo que terminaba en una puerta de hierro muy pesa­da. También ésta se abrió, dejándonos pasar a una escalera de piedra que terminaba en otra puerta formidable. El señor Merryweather se detuvo para encender una linterna y luego nos siguió por un oscuro corredor que olía a tierra, hasta lle­varnos, tras abrir una tercera puerta, a una enorme bóveda o sótano, en el que se amontonaban por todas partes grandes cajas y cajones.

––No es usted muy vulnerable por arriba ––comentó Hol­mes, levantando la linterna y mirando a su alrededor.

––Ni por abajo ––respondió el señor Merryweather, gol­peando con su bastón las losas que pavimentaban el suelo––. Pero... ¡válgame Dios! ¡Esto suena a hueco! ––exclamó, alzan­do sorprendido la mirada.

––Debo rogarle que no haga tanto ruido ––dijo Holmes con tono severo––. Acaba de poner en peligro el éxito de nuestra expedición. ¿Puedo pedirle que tenga la bondad de sentarse en uno de esos cajones y no interferir?

El solemne señor Merryweather se instaló sobre un cajón, con cara de sentirse muy ofendido, mientras Holmes se arro­dillaba en el suelo y, con ayuda de la linterna y de una lupa, empezaba a examinar atentamente las rendijas que había en­tre las losas. A los pocos segundos se dio por satisfecho, se puso de nuevo en pie y se guardó la lupa en el bolsillo.

––Disponemos por lo menos de una hora ––dijo––, porque no pueden hacer nada hasta que el bueno del prestamista se haya ido a la cama. Entonces no perderán ni un minuto, pues cuanto antes hagan su trabajo, más tiempo tendrán para es­capar. Como sin duda habrá adivinado, doctor, nos encon­tramos en el sótano de la sucursal en la City de uno de los principales bancos de Londres. El señor Merryweather es el presidente del consejo de dirección y le explicará qué razo­nes existen para que los delincuentes más atrevidos de Lon­dres se interesen tanto en su sótano estos días.

––Es nuestro oro francés ––susurró el director––. Ya hemos tenido varios avisos de que pueden intentar robarlo.

––¿Su oro francés?

––Sí. Hace unos meses creímos conveniente reforzar nues­tras reservas y, por este motivo, solicitamos al Banco de Francia un préstamo de treinta mil napoleones de oro. Se ha filtrado la noticia de que no hemos tenido tiempo de desem­balar el dinero y que éste se encuentra aún en nuestro sóta­no. El cajón sobre el que estoy sentado contiene dos mil na­poleones empaquetados en hojas de plomo. En estos momentos, nuestras reservas de oro son mucho mayores que lo que se suele guardar en una sola sucursal, y los direc­tores se sienten intranquilos al respecto.

––Y no les falta razón para ello ––comentó Holmes––. Y aho­ra, es el momento de poner en orden nuestros planes. Calcu­lo que el movimiento empezará dentro de una hora. Mien­tras tanto, señor Merryweather, conviene que tapemos la luz de esa linterna.

––¿Y quedarnos a oscuras?

––Me temo que sí. Traía en el bolsillo una baraja y había pensado que, puesto que somos cuatro, podría usted jugar su partidita después de todo. Pero, por lo que he visto, los pre­parativos del enemigo están tan avanzados que no podemos arriesgarnos a tener una luz encendida. Antes que nada, te­nemos que tomar posiciones. Esta gente es muy osada y, aun­que los cojamos por sorpresa, podrían hacernos daño si no andamos con cuidado. Yo me pondré detrás de este cajón, y ustedes escóndanse detrás de aquéllos. Cuando yo los ilumi­ne con la linterna, rodéenlos inmediatamente. Y si disparan, Watson, no tenga reparos en tumbarlos a tiros.

Coloqué el revólver, amartillado, encima de la caja de ma­dera detrás de la que me había agazapado. Holmes corrió la pantalla de la linterna sorda y nos dejó en la más negra oscu­ridad, la oscuridad más absoluta que yo jamás había experi­mentado. Sólo el olor del metal caliente nos recordaba que la luz seguía ahí, preparada para brillar en el instante preciso. Para mí, que tenía los nervios de punta a causa de la expecta­ción, había algo de deprimente y ominoso en aquellas súbi­tas tinieblas y en el aire frío y húmedo de la bóveda.

––Sólo tienen una vía de retirada ––susurró Holmes––, que consiste en volver a la casa y salir a Saxe––Coburg Square. Es­pero que habrá hecho lo que le pedí, Jones.

––Tengo un inspector y dos agentes esperando delante de la puerta.

––Entonces, hemos tapado todos los agujeros. Y ahora, a callar y esperar.

¡Qué larga me pareció la espera! Comparando notas más tarde, resultó que sólo había durado una hora y cuarto, pero a mí me parecía que ya tenía que haber transcurrido casi toda la noche y que por encima de nosotros debía estar ama­neciendo ya. Tenía los miembros doloridos y agarrotados, porque no me atrevía a cambiar de postura, pero mis ner­vios habían alcanzado el límite máximo de tensión, y mi oído se había vuelto tan agudo que no sólo podía oír la suave respiración de mis compañeros, sino que distinguía el tono grave y pesado de las inspiraciones del corpulento Jones, de las notas suspirantes del director de banco. Desde mi posi­ción podía mirar por encima del cajón el piso de la bóveda. De pronto, mis ojos captaron un destello de luz.

Al principio no fue más que una chispita brillando sobre el pavimento de piedra. Luego se fue alargando hasta con­vertirse en una línea amarilla; y entonces, sin previo aviso ni sonido, pareció abrirse una grieta y apareció una mano, una mano blanca, casi de mujer, que tanteó a su alrededor en el centro de la pequeña zona de luz. Durante un minuto, o qui­zá más, la mano de dedos inquietos siguió sobresaliendo del suelo. Luego se retiró tan de golpe como había aparecido, y todo volvió a oscuras, excepto por el débil resplandor que indicaba una rendija entre las piedras.

Sin embargo, la desaparición fue momentánea. Con un fuerte chasquido, una de las grandes losas blancas giró sobre uno de sus lados y dejó un hueco cuadrado del que salía pro­yectada la luz de una linterna. Por la abertura asomó un ros­tro juvenil y atractivo, que miró atentamente a su alrededor y luego, con una mano a cada lado del hueco, se fue izando, primero hasta los hombros y luego hasta la cintura, hasta apoyar una rodilla en el borde. Un instante después estaba de pie junto al agujero, ayudando a subir a un compañero, pequeño y ágil como él, con cara pálida y una mata de pelo de color rojo intenso.

––No hay moros en la costa ––susurró––. ¿Tienes el formón y los sacos? ¡Rayos y truenos! ¡Salta, Archie, salta, que me cuelguen sólo a mí!

Sherlock Holmes había saltado sobre el intruso, agarrán­dolo por el cuello de la chaqueta. El otro se zambulló de ca­beza en el agujero y pude oír el sonido de la tela rasgada al agarrarlo Jones por los faldones. Brilló a la luz el cañón de un revólver, pero el látigo de Holmes se abatió sobre la mu­ñeca del hombre, y el revólver rebotó con ruido metálico so­bre el suelo de piedra.

––Es inútil, John Clay ––dijo Holmes suavemente––. No tie­ne usted ninguna posibilidad.

––Ya veo ––respondió el otro con absoluta sangre fría––. Confío en que mi colega esté a salvo, aunque veo que se han quedado ustedes con los faldones de su chaqueta.

––Hay tres hombres esperándolo en la puerta ––dijo Hol­mes.

––¡Ah, vaya! Parece que no se le escapa ningún detalle. Tengo que felicitarle.

––Y yo a usted ––respondió Holmes––. Esa idea de los peli­rrojos ha sido de lo más original y astuto.

––Pronto volverá usted a ver a su amigo ––dijo Jones––. Es más rápido que yo saltando por agujeros. Extienda las ma­nos para que le ponga las esposas.

––Le ruego que no me toque con sus sucias manos ––dijo el prisionero mientras las esposas se cerraban en torno a sus muñecas––. Quizá ignore usted que por mis venas corre san­gre real. Y cuando se dirija a mí tenga la bondad de decir siempre «señor» y «por favor».

––Perfectamente ––dijo Jones, mirándolo fijamente y con una risita contenida––. ¿Tendría el señor la bondad de subir por la escalera para que podamos tomar un coche en el que llevar a vuestra alteza a la comisaría?

––Así está mejor ––dijo John Clay serenamente. Nos saludó a los tres con una inclinación de cabeza y salió tranquila­mente, custodiado por el policía.

––La verdad, señor Holmes ––dijo el señor Merryweather mientras salíamos del sótano tras ellos––, no sé cómo podrá el banco agradecerle y recompensarle por esto. No cabe duda de que ha descubierto y frustrado de la manera más completa uno de los intentos de robo a un banco más auda­ces que ha conocido mi experiencia.

––Tenía un par de cuentas pendientes con el señor John Clay ––dijo Holmes––. El asunto me ha ocasionado algunos pequeños gastos, que espero que el banco me reembolse, pero aparte de eso me considero pagado de sobra con haber tenido una experiencia tan extraordinaria en tantos aspec­tos, y con haber oído la increíble historia de la Liga de los Pe­lirrojos.

––Como ve, Watson ––explicó Holmes a primeras horas de la mañana, mientras tomábamos un vaso de whisky con soda en Baker Street––, desde un principio estaba perfecta­mente claro que el único objeto posible de esta fantástica ma­quinación del anuncio de la Liga y el copiar la Enciclopedia era quitar de enmedio durante unas cuantas horas al día a nuestro no demasiado brillante prestamista. Para conseguir­lo, recurrieron a un procedimiento bastante extravagante, pero la verdad es que sería difícil encontrar otro mejor. Sin duda, fue el color del pelo de su cómplice lo que inspiró la idea al ingenioso cerebro de Clay. Las cuatro libras a la sema­na eran un cebo que no podía dejar de atraerlo, ¿y qué signi­ficaba esa cantidad para ellos, que andaban metidos en una jugada de varios miles? Ponen el anuncio; uno de los granu­jas alquila temporalmente la oficina, el otro incita al presta­mista a que se presente, y juntos se las arreglan para que esté ausente todas las mañanas. Desde el momento en que oí que ese empleado trabajaba por medio salario, comprendí que te­nía algún motivo muy poderoso para ocupar aquel puesto. ––Pero ¿cómo pudo adivinar cuál era ese motivo?

––De haber habido mujeres en la casa, habría sospechado una intriga más vulgar. Sin embargo, eso quedaba descarta­do. El negocio del prestamista era modesto, y en su casa no había nada que pudiera justificar unos preparativos tan complicados y unos gastos como los que estaban haciendo. Por tanto, tenía que tratarse de algo que estaba fuera de la casa. ¿Qué podía ser? Pensé en la afición del empleado a la fotografia, y en su manía de desaparecer en el sótano. ¡El só­tano! Allí estaba el extremo de este enmarañado ovillo. En­tonces hice algunas averiguaciones acerca de este misterio­so empleado, y descubrí que tenía que habérmelas con uno de los delincuentes más calculadores y audaces de Londres. Algo estaba haciendo en el sótano... algo que le ocupaba va­rias horas al día durante meses y meses. ¿Qué podía ser?, re­pito. Lo único que se me ocurrió es que estaba excavando un túnel hacia algún otro edificio.

»Hasta aquí había llegado cuando fuimos a visitar el es­cenario de los hechos. A usted le sorprendió el que yo gol­peara el pavimento con el bastón. Estaba comprobando si el sótano se extendía hacia delante o hacia detrás de la casa. No estaba por delante. Entonces llamé a la puerta y, tal como había esperado, abrió el empleado. Habíamos teni­do alguna que otra escaramuza, pero nunca nos habíamos visto el uno al otro. Yo apenas le miré la cara; lo que me in­teresaba eran sus rodillas. Hasta usted se habrá fijado en lo sucias, arrugadas y gastadas que estaban. Eso demostraba las muchas horas que había pasado excavando. Sólo que­daba por averiguar para qué excavaban. Al doblar la esqui­na y ver el edificio del City and Suburban Bank pegado es­palda con espalda al local de nuestro amigo, consideré resuelto el problema. Mientras usted volvía a su casa des­pués del concierto, yo hice una visita a Scodand Yard y otra al director del banco, con el resultado que ha podido usted ver.

––¿Y cómo pudo saber que intentarían dar el golpe esta no­che? ––pregunté.

––Bueno, el que clausuraran la Liga era señal de que ya no les preocupaba la presencia del señor Jabez Wilson; en otras palabras, tenían ya terminado el túnel. Pero era esencial que lo utilizaran en seguida, antes de que lo descubrieran o de que trasladaran el oro a otra parte. El sábado era el día más adecuado, puesto que les dejaría dos días para escapar. Por todas estas razones, esperaba que vinieran esta noche.

––Lo ha razonado todo maravillosamente ––exclamé sin di­simular mi admiración––. Una cadena tan larga y, sin embar­go, cada uno de sus eslabones suena a verdad.

––Me salvó del aburrimiento ––respondió, bostezando––. ¡Ay, ya lo siento abatirse de nuevo sobre mí! Mi vida se con­sume en un prolongado esfuerzo por escapar de las vulgari­dades de la existencia. Estos pequeños problemas me ayu­dan a conseguirlo.

––Y además, en beneficio de la raza humana ––añadí yo. Holmes se encogió de hombros.

––Bueno, es posible que, a fin de cuentas, tenga alguna pe­queña utilidad ––comentó––. L'homme c'est ríen, l'oeuvre c'est tout, como le escribió Gustave Flaubert a George Sand.

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