Las cinco semillas de la naranja (cont)

»De nada me valió discutir con él, pues siempre fue muy obstinado. Sin embargo, a mí se me llenó el corazón de ma­los presagios.

»El tercer día después de la llegada de la carta, mi padre se marchó de casa para visitar a un viejo amigo suyo, el mayor Freebody, que está al mando de uno de los cuarteles de Portsdown Hill. Me alegré de que se fuera, porque me pare­cía que cuanto más se alejara de la casa, más se alejaría del peligro. Pero en esto me equivoqué. Al segundo día de su au­sencia, recibí un telegrama del mayor, rogándome que acu­diera cuanto antes. Mi padre había caído en uno de los pro­fundos pozos de cal que abundan en la zona, y se encontraba en coma, con el cráneo roto. Acudí a toda prisa, pero expiró sin recuperar el conocimiento. Según parece, regresaba de Fareham al atardecer, y como no conocía la región y el pozo estaba sin vallar, el jurado no vaciló en emitir un veredicto de «muerte por causas accidentales». Por muy cuidadosa­mente que examiné todos los hechos relacionados con su muerte, fui incapaz de encontrar nada que sugiriera la idea de asesinato. No había señales de violencia, ni huellas de pi­sadas, ni robo, ni se habían visto desconocidos por los cami­nos. Y sin embargo, no necesito decirles que no me quedé tranquilo, ni mucho menos, y que estaba casi convencido de que había sido víctima de algún siniestro complot.

»De esta manera tan macabra entré en posesión de mi he­rencia. Se preguntará usted por qué no me deshice de ella. La respuesta es que estaba convencido de que nuestros apuros se derivaban de algún episodio de la vida de mi tío, y que el peligro sería tan apremiante en una casa como en otra.

»Mi pobre padre halló su fin en enero del ochenta y cinco, y desde entonces han transcurrido dos años y ocho meses. Durante este tiempo, he vivido feliz en Horsham y había co­menzado a albergar esperanzas de que la maldición se hu­biera alejado de la familia, habiéndose extinguido con la an­terior generación. Sin embargo, había empezado a sentirme tranquilo demasiado pronto. Ayer por la mañana cayó el golpe, exactamente de la misma forma en que cayó sobre mi padre.

El joven sacó de su chaleco un sobre arrugado y, volcán­dolo sobre la mesa, dejó caer cinco pequeñas semillas de na­ranja secas.

––Éste es el sobre ––prosiguió––. El matasellos es de Londres, sector Este. Dentro están las mismas palabras que aparecían en el mensaje que recibió mi padre: «K. K. K.», y luego «Deja los papeles en el reloj de sol».

––¿Y qué ha hecho usted? ––preguntó Holmes.

––Nada.

––¿Nada?

––A decir verdad ––hundió la cabeza entre sus blancas y del­gadas manos––, me sentí indefenso. Me sentí como uno de esos pobres conejos cuando la serpiente avanza reptando ha­cia él. Me parece estar en las garras de algún mal irresistible e inexorable, del que ninguna precaución puede salvarme.

––Tch, tch ––exclamó Sherlock Holmes––. Tiene usted que actuar, hombre, o está perdido. Sólo la energía le puede sal­var. No es momento para entregarse a la desesperación.

––He acudido a la policía.

––¿Ah, sí?

––Pero escucharon mi relato con una sonrisa. Estoy con­vencido de que el inspector ha llegado a la conclusión de que lo de las cartas es una broma, y que las muertes de mis pa­rientes fueron simples accidentes, como dictaminó el jura­do, y no guardan relación con los mensajes.

Holmes agitó en el aire los puños cerrados.

––¡Qué increíble imbecilidad! ––exclamó.

––Sin embargo, me han asignado un agente, que puede permanecer en la casa conmigo.

––¿Ha venido con usted esta noche?

––No, sus órdenes son permanecer en la casa. Holmes volvió a gesticular en el aire.

––¿Por qué ha acudido usted a mí? ––preguntó––. Y sobre todo: ¿por qué no vino inmediatamente?

––No sabía nada de usted. Hasta hoy, que le hablé al mayor Prendergast de mi problema, y él me aconsejó que acudiera a usted.

––Lo cierto es que han pasado dos días desde que recibió usted la carta. Deberíamos habernos puesto en acción antes. Supongo que no tiene usted más datos que los que ha ex­puesto... ningún detalle sugerente que pudiera sernos de uti­lidad.

––Hay una cosa ––dijo John Openshaw. Rebuscó en el bolsi­llo de la chaqueta y sacó un trozo de papel azulado y desco­lorido, que extendió sobre la mesa, diciendo––: Creo recordar vagamente que el día en que mi tío quemó los papeles, me pareció observar que los bordes sin quemar que quedaban entre las cenizas eran de este mismo color. Encontré esta hoja en el suelo de su habitación, y me inclino a pensar que puede tratarse de uno de aquellos papeles, que posiblemente se cayó de entre los otros y de este modo escapó de la destruc­ción. Aparte de que en él se mencionan las semillas, no creo que nos ayude mucho. Yo opino que se trata de una página de un diario privado. La letra es, sin lugar a dudas, de mi tío.

Holmes cambió de sitio la lámpara y los dos nos inclina­mos sobre la hoja de papel, cuyo borde rasgado indicaba que, efectivamente, había sido arrancada de un cuaderno. El encabezamiento decía «Marzo de 1869», y debajo se leían las siguientes y enigmáticas anotaciones:

 

«4. Vino Hudson. Lo mismo de siempre.

7. Enviadas semillas a McCauley, Paramore y Swain de St. Augustine.

9. McCauley se largó.

10. John Swain se largó.

11. Visita a Paramore. Todo va bien.»

 

––Gracias ––dijo Holmes, doblando el papel y devolviéndo­selo a nuestro visitante––. Y ahora, no debe usted perder un instante, por nada del mundo. No podemos perder tiempo ni para discutir lo que me acaba de contar. Tiene que volver a casa inmediatamente y ponerse en acción.

––¿Y qué debo hacer?

––Sólo puede hacer una cosa. Y tiene que hacerla de inme­diato. Tiene que meter esta hoja de papel que nos ha enseña­do en la caja de latón que antes ha descrito. Debe incluir una nota explicando que todos los demás papeles los quemó su tío, y que éste es el único que queda. Debe expresarlo de una forma que resulte convincente. Una vez hecho esto, ponga la caja encima del reloj de sol, tal como le han indicado. ¿Ha comprendido?

––Perfectamente.

––Por el momento, no piense en venganzas ni en nada por el estilo. Creo que eso podremos lograrlo por medio de la ley; pero antes tenemos que tejer nuestra red, mientras que la de ellos ya está tejida. Lo primero en lo que hay que pen­sar es en alejar el peligro inminente que le amenaza. Lo se­gundo, en resolver el misterio y castigar a los culpables.

––Muchas gracias ––dijo el joven, levantándose y poniéndose el impermeable––. Me ha dado usted nueva vida y espe­ranza. Le aseguro que haré lo que usted dice.

––No pierda un instante. Y sobre todo, tenga cuidado mientras tanto, porque no me cabe ninguna duda de que corre usted un peligro real e inminente. ¿Cómo piensa vol­ver?

––En tren, desde Waterloo.

––Aún no son las nueve. Las calles estarán llenas de gente, así que confío en que estará usted a salvo. Sin embargo, toda precaución es poca.

––Voy armado.

––Eso está muy bien. Mañana me pondré a trabajar en su caso.

––Entonces, ¿le veré en Horsham?

––No, su secreto se oculta en Londres. Es aquí donde lo buscaré.

––Entonces vendré yo a verle dentro de uno o dos días y le traeré noticias de la caja y los papeles. Seguiré su consejo al pie de la letra.

Nos estrechó las manos y se marchó. Fuera, el viento se­guía rugiendo y la lluvia golpeaba y salpicaba en las venta­nas. Aquella extraña y disparatada historia parecía haber­nos llegado arrastrada por los elementos enfurecidos, como si la tempestad nos hubiera arrojado a la cara un manojo de algas. Y ahora parecía que los elementos se la habían tragado de nuevo.

Sherlock Holmes permaneció un buen rato sentado en si­lencio, con la cabeza inclinada hacia adelante y los ojos cla­vados en el rojo resplandor del fuego. Luego encendió su pipa y, echándose hacia atrás en su asiento, se quedó con­templando los anillos de humo azulado que se perseguían unos a otros hasta el techo.

––Creo, Watson, que entre todos nuestros casos no ha ha­bido ninguno más fantástico que éste ––dijo por fin. ––Exceptuando, tal vez, el del Signo de los Cuatro.

––Bueno, sí. Exceptuando, tal vez, ése. Aun así, me parece que este John Openshaw se enfrenta a mayores peligros que los Sholto.

––¿Pero es que ya ha sacado una conclusión concreta acer­ca de la naturaleza de dichos peligros? ––pregunté.

––No existe duda alguna sobre su naturaleza ––respondió.

––¿Cuáles son, pues? ¿Quién es este K. K. K., y por qué per­sigue a esta desdichada familia?

Sherlock Holmes cerró los ojos y colocó los codos sobre los brazos de su butaca, juntando las puntas de los dedos.

––El razonador ideal ––comentó––, cuando se le ha mostrado un solo hecho en todas sus implicaciones, debería deducir de él no sólo toda la cadena de acontecimientos que condujeron al hecho, sino también todos los resultados que se derivan del mismo. Así como Cuvier podía describir correctamente un animal con sólo examinar un único hueso, el observador que ha comprendido a la perfección un eslabón de una serie de in­cidentes debería ser capaz de enumerar correctamente todos los demás, tanto anteriores como posteriores. Aún no tene­mos conciencia de los resultados que se pueden obtener tan sólo mediante la razón. Se pueden resolver en el estudio pro­blemas que han derrotado a todos los que han buscado la so­lución con la ayuda de los sentidos. Sin embargo, para llevar este arte a sus niveles más altos, es necesario que el razonador sepa utilizar todos los datos que han llegado a su conocimien­to, y esto implica, como fácilmente comprenderá usted, po­seer un conocimiento total, cosa muy poco corriente, aun en estos tiempos de libertad educativa y enciclopedias. Sin em­bargo, no es imposible que un hombre posea todos los cono­cimientos que pueden resultarles útiles en su trabajo, y esto es lo que yo he procurado hacer en mi caso. Si no recuerdo mal, en los primeros tiempos de nuestra amistad, usted definió en una ocasión mis límites de un modo muy preciso.

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