Las cinco semillas de la naranja (cont2)

––Sí ––respondí, echándome a reír––. Era un documento muy curioso. Recuerdo que en filosofía, astronomía y política, le puse un cero. En botánica, irregular; en geología, co­nocimientos profundos en lo que respecta a manchas de ba­rro de cualquier zona en cincuenta millas a la redonda de Londres. En química, excéntrico; en anatomía, poco siste­mático; en literatura, sensacionalista, y en historia del cri­men, único. Violinista, boxeador, esgrimista, abogado y au­toenvenenador a base de cocaína y tabaco. Creo que ésos eran los aspectos principales de mi análisis.

Holmes sonrió al escuchar el último apartado.

––Muy bien ––dijo––. Digo ahora, como dije entonces, que uno debe amueblar el pequeño ático de su cerebro con todo lo que es probable que vaya a utilizar, y que el resto puede dejarlo guardado en el desván de la biblioteca, de donde puede sacarlo si lo necesita. Ahora bien, para un caso como el que nos han planteado esta noche es evidente que tene­mos que poner en juego todos nuestros recursos. Haga el fa­vor de pasarme la letra K de la Enciclopedia americana que hay en ese estante junto a usted. Gracias. Ahora, considere­mos la situación y veamos lo que se puede deducir de ella. En primer lugar, podemos comenzar por la suposición de que el coronel Openshaw tenía muy buenas razones para marcharse de América. Los hombres de su edad no cambian de golpe todas sus costumbres, ni abandonan de buena gana el clima delicioso de Florida por una vida solitaria en un pueblecito inglés. Una vez en Inglaterra, su extremado ape­go a la soledad sugiere la idea de que tenía miedo de alguien o de algo, así que podemos adoptar como hipótesis de tra­bajo que fue el miedo a alguien o a algo lo que le hizo salir de América. ¿Qué era lo que temía? Eso sólo podemos dedu­cirlo de las misteriosas cartas que recibieron él y sus herede­ros. ¿Recuerda usted de dónde eran los matasellos de esas cartas?

––El primero era de Pondicherry, el segundo de Dundee, y el tercero de Londres.

––Del este de Londres. ¿Qué deduce usted de eso?

––Todos son puertos de mar. El que escribió las cartas es­taba a bordo de un barco.

––Excelente. Ya tenemos una pista. No cabe duda de que es probable, muy probable, que el remitente se encontrara a bordo de un barco. Y ahora, consideremos otro aspecto. En el caso de Pondicherry, transcurrieron siete semanas entre la amenaza y su ejecución; en el de Dundee, sólo tres o cuatro días. ¿Qué le sugiere eso?

––La distancia a recorrer era mayor.

––Pero también la carta venía de más lejos.

––Entonces, no lo entiendo.

––Existe, por lo menos, una posibilidad de que el barco en el que va nuestro hombre, u hombres, sea un barco de vela. Parece como si siempre enviaran su curioso aviso o prenda por delante de ellos, cuando salían a cumplir su misión. Ya ve el poco tiempo transcurrido entre el crimen y la adver­tencia cuando ésta vino de Dundee. Si hubieran venido de Pondicherry en un vapor, habrían llegado al mismo tiempo que la carta. Y sin embargo, transcurrieron siete semanas. Creo que esas siete semanas representan la diferencia entre el vapor que trajo la carta y el velero que trajo al remitente.

––Es posible.

––Más que eso: es probable. Y ahora comprenderá usted la urgencia mortal de este nuevo caso y por qué insistí en que el joven Openshaw tomara precauciones. El golpe siempre se ha producido al cabo del tiempo necesario para que los re­mitentes recorran la distancia. Pero esta vez la carta viene de Londres, y por lo tanto no podemos contar con ningún re­traso.

––¡Dios mío! ––exclamé––. ¿Qué puede significar esta impla­cable persecución?

––Es evidente que los papeles que Openshaw conservaba tienen una importancia vital para la persona o personas que viajan en el velero. Creo que está muy claro que deben ser más de uno. Un hombre solo no habría podido cometer dos asesinatos de manera que engañasen a un jurado de instruc­ción. Deben ser varios, y tienen que ser gente decidida y de muchos recursos. Están dispuestos a hacerse con esos pape­les, sea quien sea el que los tenga en su poder. Así que, como ve, K. K. K. ya no son las iniciales de un individuo, sino las siglas de una organización.

––¿Pero de qué organización?

––¿Nunca ha oído usted... ––Sherlock Holmes se echó hacia adelante y bajó la voz–– ...nunca ha oído usted hablar del Ku Klux Klan?

––Nunca.

Holmes pasó las hojas del libro que tenía sobre las rodi­llas.

––Aquí está ––dijo por fin––. «Ku Klux Klan: Palabra que se deriva del sonido producido al amartillar un rifle. Esta terri­ble sociedad secreta fue fundada en los estados del sur por excombatientes del ejército confederado después de la gue­rra civil, y rápidamente fueron surgiendo agrupaciones lo­cales en diferentes partes del país, en especial en Tennessee, Louisiana, las Carolinas, Georgia y Florida. Empleaba la fuerza con fines políticos, sobre todo para aterrorizar a los votantes negros y para asesinar o expulsar del país a los que se oponían a sus ideas. Sus ataques solían ir precedidos de una advertencia que se enviaba ala víctima, bajo alguna for­ma extravagante pero reconocible: en algunas partes, un ra­mito de hojas de roble; en otras, semillas de melón o de na­ranja. Al recibir aviso, la víctima podía elegir entre abjurar públicamente de su postura anterior o huir del país. Si se atrevía a hacer frente a la amenaza, encontraba indefectible­mente la muerte, por lo general de alguna manera extraña e imprevista. La organización de la sociedad era tan perfecta, y sus métodos tan sistemáticos, que prácticamente no se co­noce ningún caso de que alguien se enfrentara a ella y que­dara impune, ni de que se llegara a identificar a los autores de ninguna de las agresiones. La organización funcionó ac­tivamente durante algunos años, a pesar de los esfuerzos del gobierno de los Estados Unidos y de amplios sectores de la comunidad sureña. Pero en el año 1869 el movimiento se ex­tinguió de golpe, aunque desde entonces se han producido algunos resurgimientos esporádicos de prácticas similares.»

––Se habrá dado cuenta ––dijo Holmes, dejando el libro–– de que la repentina disolución de la sociedad coincidió con la desaparición de Openshaw, que se marchó de América con sus papeles. Podría existir una relación de causa y efecto. No es de extrañar que él y su familia se vean acosados por agen­tes implacables. Como comprenderá, esos registros y diarios podrían implicar a algunos de los personajes más destaca­dos del sur, y puede que muchos de ellos no duerman tran­quilos hasta que sean recuperados.

––Entonces, la página que hemos visto...

––Es lo que parecía. Si no recuerdo mal, decía: «Enviadas semillas a A, B y C». Es decir, la sociedad les envió su aviso. Luego, en sucesivas anotaciones se dice que A y B se larga­ron, supongo que de la región, y por último que C recibió una visita, me temo que con consecuencias funestas para el tal C. Bien, doctor, creo que podemos arrojar un poco de luz sobre estas tinieblas, y creo que la única oportunidad que tiene el joven Openshaw mientras tanto es hacer lo que le he dicho. Por esta noche, no podemos hacer ni decir más, así que páseme mi violín y procuremos olvidar durante media hora el mal tiempo y las acciones, aun peores, de nuestros semejantes.

La mañana amaneció despejada, y el sol brillaba con una luminosidad atenuada por la neblina que envuelve la gran ciudad. Sherlock Holmes ya estaba desayunando cuando yo bajé.

––Perdone que no le haya esperado ––dijo––. Presiento que hoy voy a estar muy atareado con este asunto del joven Openshaw.

––¿Qué pasos piensa dar? ––pregunté.

––Dependerá más que nada del resultado de mis primeras averiguaciones. Puede que, después de todo, tenga que ir a Horsham.

––¿Es que no piensa empezar por allí?

––No, empezaré por la City. Toque la campanilla y la don­cella le traerá el café.

Mientras aguardaba, cogí de la mesa el periódico, aún sin abrir, y le eché una ojeada. Mi mirada se clavó en unos titula­res que me helaron el corazón.

––Holmes ––exclamé––. Ya es demasiado tarde.

––¡Vaya! ––dijo él, dejando su taza en la mesa––. Me lo temía. ¿Cómo ha sido? ––hablaba con tranquilidad, pero pude dar­me cuenta de que estaba profundamente afectado.

––Acabo de tropezarme con el nombre de Openshaw y el titular «Tragedia junto al puente de Waterloo». Aquí está la crónica: «Entre las nueve y las diez de la pasada noche, el agente de policía Cook, de la división H, de servicio en las proximidades del puente de Waterloo, oyó un grito que pe­día socorro y un chapoteo en el agua. Sin embargo, la noche era sumamente oscura y tormentosa, por lo que, a pesar de la ayuda de varios transeúntes, resultó imposible efectuar el rescate. No obstante, se dio la alarma y, con la ayuda de la policía fluvial, se consiguió por fin recuperar el cuerpo, que resultó ser el de un joven caballero cuyo nombre, según se deduce de un sobre que llevaba en el bolsillo, era John Openshaw, y que residía cerca de Horsham. Se supone que debía ir corriendo para tomar el último tren de la estación de Waterloo, y que debido a las prisas y la oscuridad reinan­te, se salió del camino y cayó por el borde de uno de los pe­queños embarcaderos para los barcos fluviales. El cuerpo no presenta señales de violencia, y parece fuera de dudas que el fallecido fue víctima de un desdichado accidente, que debe­ría servir para llamar la atención de nuestras autoridades acerca del estado en que se encuentran los embarcaderos del río.»

Permanecimos sentados en silencio durante unos minu­tos, y jamás había visto a Holmes tan alterado y deprimido como entonces.

––Esto hiere mi orgullo, Watson ––dijo por fin––. Ya sé que es un sentimiento mezquino, pero hiere mi orgullo. Esto se ha convertido en un asunto personal y, si Dios me da salud, le echaré el guante a esa cuadrilla. ¡Pensar que acudió a mí en busca de ayuda y que yo lo envié a la muerte! ––se levantó de un salto y empezó a dar zancadas por la habitación, presa de una agitación incontrolable, con sus enjutas mejillas cu­biertas de rubor y sin dejar de abrir y cerrar nerviosamente sus largas y delgadas manos––. Tienen que ser astutos como demonios ––exclamó al fin–– ¿Cómo se las arreglaron para desviarle hasta allí? El embarcadero no está en el camino di­recto a la estación. No cabe duda de que el puente, a pesar de la noche que hacía, debía estar demasiado lleno de gente para sus propósitos. Bueno, Watson, ya veremos quién ven­ce a la larga. ¡Voy a salir!

––¿A ver a la policía?

––No, yo seré mi propia policía. Cuando yo haya tendido mi red, podrán hacerse cargo de las moscas, pero no antes. Pasé todo el día dedicado a mis tareas profesionales, y no regresé a Baker Street hasta bien entrada la noche. Sherlock Holmes no había vuelto aún. Eran casi las diez cuando llegó, con aspecto pálido y agotado. Se acercó al aparador, arran­có un trozo de pan de la hogaza y lo devoró ávidamente, ayudándolo a pasar con un gran trago de agua.

––Viene usted hambriento ––comenté.

––Muerto de hambre. Se me olvidó comer. No había toma­do nada desde el desayuno.

––¿Nada?

––Ni un bocado. No he tenido tiempo de pensar en ello.

––¿Y qué tal le ha ido?

––Bien.

––¿Tiene usted una pista?

––Los tengo en la palma de la mano. La muerte del joven Openshaw no quedará sin venganza. Escuche, Watson, va­mos a marcarlos con su propia marca diabólica. ¿Qué le pa­rece laidea?

––¿A qué se refiere?

Tomó del aparador una naranja, la hizo pedazos y expri­mió las semillas sobre la mesa. Cogió cinco de ellas y las me­tió en un sobre. En la parte interior de la solapa escribió «De S. H. a J. C.». Luego lo cerró y escribió la dirección: «Capitán Calhoun, Barco Lone Star, Savannah, Georgia».

––Le estará esperando cuando llegue a puerto ––dijo riendo por lo bajo––. Eso le quitará el sueño por la noche. Será un anuncio de lo que le espera, tan seguro como lo fue para Openshaw.

––¿Y quién es este capitán Calhoun?

––El jefe de la banda. Cogeré a los otros, pero primero él.

––¿Cómo lo ha localizado?

Sacó de su bolsillo un gran pliego de papel, completa­mente cubierto de fechas y nombres.

––He pasado todo el día ––explicó–– en los registros de Lloyd's examinando periódicos atrasados, y siguiendo las andanzas de todos los barcos que atracaron en Pondicherry en enero y febrero del ochenta y tres. Había treinta y seis bar­cos de buen tonelaje que pasaron por allí durante esos me­ses. Uno de ellos, el Lone Star, me llamó inmediatamente la atención, porque, aunque figuraba como procedente de Londres, el nombre, «Estrella Solitaria», es el mismo que se aplica a uno de los estados de la Unión.

––Texas, creo.

––No sé muy bien cuál; pero estaba seguro de que el barco era de origen norteamericano.

––Y después, ¿qué?

––Busqué en los registros de Dundee, y cuando comprobé que el Lone Star había estado allí en enero del ochenta y cin­co, mi sospecha se convirtió en certeza. Pregunté entonces qué barcos estaban atracados ahora mismo en el puerto de Londres.

––¿Y...?

––El Lone Star había llegado la semana pasada. Me fui has­ta el muelle Albert y descubrí que había zarpado con la ma­rea de esta mañana, rumbo a su puerto de origen, Savannah. Telegrafié a Gravesend y me dijeron que había pasado por allí hacía un buen rato. Como sopla viento del este, no me cabe duda de que ahora debe haber dejado atrás los Good­wins y no andará lejos de la isla de Wight.

––¿Y qué va a hacer ahora?

––Oh, ya les tengo puesta la mano encima. Me he enterado de que él y los dos contramaestres son los únicos norteame­ricanos que hay a bordo. Los demás son finlandeses y alema­nes.

También he sabido que los tres pasaron la noche fuera del barco. Me lo contó el estibador que estuvo subiendo su car­gamento. Para cuando el velero llegue a Savannah, el vapor correo habrá llevado esta carta, y el telégrafo habrá informa­do a la policía de Savannah de que esos tres caballeros son reclamados aquí para responder de una acusación de asesi­nato.

Sin embargo, siempre existe una grieta hasta en el mejor trazado de los planes humanos, y los asesinos de John Openshaw no recibirían nunca las semillas de naranja que les habrían anunciado que otra persona, tan astuta y decidi­da como ellos, les iba siguiendo la pista. Las tormentas equi­nocciales de aquel año fueron muy prolongadas y violentas. Durante semanas, esperamos noticias del Lone Star de Sa­vannah, pero no nos llegó ninguna. Por fin nos enteramos de que en algún punto del Atlántico se había avistado el codaste destrozado de una lancha, zarandeado por las olas, que llevaba grabadas las letras «L. S.», y eso es todo lo más que llegaremos nunca a saber acerca del destino final del Lone Star.

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