Un caso de identidad (cont)

––Sí, señor, pero en privado. Nos casaríamos en San Salva­dor, cerca de King's Cross, y luego desayunaríamos en el ho­tel St. Pancras. Hosmer vino a buscarnos en un coche, pero como sólo había sitio para dos, nos metió a nosotras y él co­gió otro cerrado, que parecía ser el único coche de alquiler en toda la calle. Llegamos las primeras a la iglesia, y cuando se detuvo su coche esperamos verle bajar, pero no bajó. Y cuando el cochero se bajó del pescante y miró al interior, allí no había nadie. El cochero dijo que no tenía la menor idea de lo que había sido de él, habiéndolo visto con sus propios ojos subir al coche. Esto sucedió el viernes pasado, señor Hol­mes, y desde entonces no he visto ni oído nada que arroje al­guna luz sobre su paradero.

––Me parece que la han tratado a usted de un modo ver­gonzoso ––dijo Holmes.

––¡Oh, no señor! Era demasiado bueno y considerado como para abandonarme así. Durante toda la mañana no paró de insistir en que, pasara lo que pasara, yo tenía que serle fiel, y que si algún imprevisto nos separaba, yo tenía que recordar siempre que estaba comprometida con él, y que tarde o temprano él vendría a reclamar sus derechos. Parece raro hablar de estas cosas en la mañana de tu boda, pero lo que después ocurrió hace que cobre sentido.

––Desde luego que sí. Según eso, usted opina que le ha ocu­rrido alguna catástrofe imprevista.

––Sí, señor. Creo que él temía algún peligro, pues de lo contrario no habría hablado así. Y creo que lo que él temía sucedió.

––Pero no tiene idea de lo que puede haber sido.

––Ni la menor idea.

––Una pregunta más: ¿Cómo se lo tomó su madre?

––Se puso furiosa y dijo que yo no debía volver a hablar ja­más del asunto.

––¿Y su padre? ¿Se lo contó usted?

––Sí, y parecía pensar, lo mismo que yo, que algo había ocurrido y que volvería a tener noticias de Hosmer. Según él, ¿para qué iba nadie a llevarme hasta la puerta de la iglesia y luego abandonarme? Si me hubiera pedido dinero prestado o si se hubiera casado conmigo y hubiera puesto mi dinero a su nombre, podría existir un motivo; pero Hosmer era muy independiente en cuestiones de dinero y jamás tocaría un solo chelín mío. Pero entonces, ¿qué había ocurrido? ¿Y por qué no escribía? ¡Oh, me vuelve loca pensar en ello! No pego ojo por las noches.

Sacó de su manguito un pañuelo y empezó a sollozar rui­dosamente en él.

––Examinaré el caso por usted ––dijo Holmes, levantándo­se––, y estoy seguro de que llegaremos a algún resultado con­creto. Deje en mis manos el asunto y no se siga devanando la mente con él. Y por encima de todo, procure que el señor Hosmer Angel se desvanezca de su memoria, como se ha desvanecido de su vida.

––Entonces, ¿cree usted que no lo volveré a ver?

––Me temo que no.

––Pero ¿qué le ha ocurrido, entonces?

––Deje el asunto en mis manos. Me gustaría disponer de una buena descripción de él, así como de cuantas cartas su­yas pueda usted proporcionarme.

––Puse un anuncio pidiendo noticias suyas en el Chronicle del sábado pasado ––dijo ella––. Aquí está el recorte, y aquí tie­ne cuatro cartas suyas.

––Gracias. ¿Y la dirección de usted?

––Lyon Place 31, Camberwell.

––Por lo que he oído, la dirección del señor Angel no la supo nunca. ¿Dónde está la empresa de su padre?

––Es viajante de Westhouse & Marbank, los grandes im­portadores de clarete de Fenchurch Street.

––Gracias. Ha expuesto usted el caso con mucha claridad. Deje aquí los papeles, y acuérdese del consejo que le he dado. Considere todo el incidente como un libro cerrado y no deje que afecte a su vida.

––Es usted muy amable, señor Holmes, pero no puedo ha­cer eso. Seré fiel a Hosmer. Me encontrará esperándole cuando vuelva.

A pesar de su ridículo sombrero y de su rostro inexpresi­vo, había un algo de nobleza que imponía respeto en la sen­cilla fe de nuestra visitante. Dejó sobre la mesa su montonci­to de papeles y se marchó prometiendo acudir en cuanto la llamáramos.

Sherlock Holmes permaneció sentado y en silencio du­rante unos cuantos minutos, con las puntas de los dedos jun­tas, las piernas estiradas hacia adelante y la mirada fija en el techo. Luego tomó del estante la vieja y grasienta pipa que le servía de consejera y, después de encenderla, se recostó en su butaca, emitiendo densas espirales de humo azulado, con una expresión de infinita languidez en el rostro.

––Interesante personaje, esa muchacha ––comentó––. Me ha parecido más interesante ella que su pequeño problema que, dicho sea de paso, es de lo más vulgar. Si consulta usted mi índice, encontrará casos similares en Andover, año 77, y otro bastante parecido en La Haya el año pasado.

––Parece que ha visto en ella muchas cosas que para mí eran invisibles ––le hice notar.

––Invisibles no, Watson, inadvertidas. No sabía usted dón­de mirar y se le pasó por alto todo lo importante. No consigo convencerle de la importancia de las mangas, de lo sugeren­tes que son las uñas de los pulgares, de los graves asuntos que penden de un cordón de zapato. Veamos, ¿qué dedujo usted del aspecto de esa mujer? Descríbala.

––Pues bien, llevaba un sombrero de paja de ala ancha y de color pizarra, con una pluma rojo ladrillo. Chaqueta negra, con abalorios negros y una orla de cuentas de azabache. Ves­tido marrón, bastante más oscuro que el café, con terciopelo morado en el cuello y los puños. Guantes tirando a grises, con el dedo índice de la mano derecha muy desgastado. En los zapatos no me fijé. Llevaba pendientes de oro, pequeños y redondos, y en general tenía aspecto de persona bastante bien acomodada, con un estilo de vida vulgar, cómodo y sin preocupaciones.

Sherlock Holmes aplaudió suavemente y emitió una risita.

––¡Por mi vida, Watson, está usted haciendo maravillosos progresos! Lo ha hecho muy bien, de verdad. Claro que se le ha escapado todo lo importante, pero ha dado usted con el método y tiene buena vista para los colores. No se fie nunca de las impresiones generales, muchacho, concéntrese en los detalles. Lo primero que miro en una mujer son siempre las mangas. En un hombre, probablemente, es mejor fijarse an­tes en las rodilleras de los pantalones. Como bien ha dicho usted, esta mujer tenía terciopelo en las mangas, un material sumamente útil para descubrir rastros. La doble línea justo por encima de las muñecas, donde la mecanógrafa se apoya en la mesa, estaba perfectamente definida. Una máquina de coser del tipo manual deja una marca semejante, pero sólo en la manga izquierda y en el lado más alejado del pulgar, en vez de cruzar la manga de parte a parte, como en este caso. Luego le miré la cara y, advirtiendo las marcas de unas gafas a ambos lados de su nariz, aventuré aquel comentario acerca de escribir a máquina siendo corta de vista, que tanto pare­ció sorprenderla.

––También me sorprendió a mí.

––Pues resultaba bien evidente. A continuación, miré ha­cia abajo y quedé muy sorprendido e interesado al observar que, aunque sus zapatos se parecían mucho, en realidad es­taban desparejados: uno tenía un pequeño adorno en la punta y el otro era de punta lisa. Y de los cinco botones de cada zapato, uno tenía abrochados sólo los dos de abajo, y el otro el primero, el tercero y el quinto. Ahora bien, cuando ve usted que una joven, por lo demás impecablemente vestida, ha salido de su casa con los zapatos desparejados y a medio abotonar, no tiene nada de extraordinario deducir que salió a toda prisa.

––¿Y qué más? ––pregunté vivamente interesado, como siempre, por los incisivos razonamientos de mi amigo.

––Advertí, de pasada, que antes de salir de casa, pero des­pués de haberse vestido del todo, había escrito una nota. Usted ha observado que el guante derecho tenía roto el de­do índice, pero no se fijó en que tanto el guante como el dedo estaban manchados de tinta violeta. Había escrito con prisas y metió demasiado la pluma en el tintero. Ha tenido que ser esta mañana, pues de no ser así la mancha no estaría tan clara en el dedo. Todo esto resulta entretenido, aunque bastante elemental, pero hay que ponerse a la faena, Watson. ¿Le importaría leerme la descripción del señor Hosmer An­gel que se da en el anuncio?

Levanté a la luz el pequeño recorte impreso. «Desaparecido, en la mañana del día 14, un caballero llama­do Hosmer Angel. Estatura, unos cinco pies y siete pulgadas; complexión fuerte, piel atezada, cabello negro con una pe­queña calva en el centro, patillas largas y bigote negro; gafas oscuras, ligero defecto en el habla. La última vez que se le vio vestía levita negra con solapas de seda, chaleco negro con una cadena de oro y pantalones grises de paño, con polainas marrones sobre botines de elástico. Se sabe que ha trabaja­do en una oficina de Leadenhall Street. Quien pueda aportar noticias, etc., etc.»

––Con eso basta ––dijo Holmes––. En cuanto a las cartas... ––continuó, echándolas un vistazo–– son de lo más vulgar. No hay en ellas ninguna pista del señor Angel, salvo que cita una vez a Balzac. Sin embargo, presentan un aspecto muy nota­ble, que sin duda le llamará la atención.

––Que están escritas a máquina ––dije yo.

––No sólo eso, hasta la firma está a máquina. Fíjese en el pequeño y pulcro «Hosmer Angel» escrito al pie. Y, como verá, hay fecha pero no dirección completa, sólo «Leaden­hall Street», que es algo muy inconcreto. Lo de la firma resul­ta muy sugerente... casi podría decirse que concluyente.

––¿De qué?

––Querido amigo, ¿es posible que no vea la importancia que esto tiene en el caso?

––Mentiría si dijera que la veo, a no ser que lo hiciera para poder negar que la firma era suya, en caso de que se le de­mandara por ruptura de compromiso.

––No, no se trata de eso. Sin embargo, voy a escribir dos cartas que dejarán zanjado el asunto. Una, para una firma de la City; y la otra, al padrastro de la joven, el señor Windi­bank, pidiéndole que venga a visitarnos mañana a las seis de la tarde. Ya es hora de que tratemos con los varones de la fa­milia. Y ahora, doctor, no hay nada que hacer hasta que lle­guen las respuestas a las cartas, así que podemos desenten­dernos del problemilla por el momento.

Tenía tantas razones para confiar en las penetrantes dotes deductivas y en la extraordinaria energía de mi amigo, que supuse que debía existir una base sólida para la tranquila y segura desenvoltura con que trataba el singular misterio que se le había llamado a sondear. Sólo una vez le había visto fra­casar, en el caso del rey de Bohemia y la fotografía de Irene Adler, pero si me ponía a pensar en el misterioso enredo de El signo de los Cuatro o en las extraordinarias circunstancias que concurrían en el Estudio en escarlata, me sentía conven­cido de que no había misterio tan complicado que él no pu­diera resolver.

Lo dejé, pues, todavía chupando su pipa de arcilla negra, con el convencimiento de que, cuando volviera por allí al día siguiente, encontraría ya en sus manos todas las pistas que conducirían a la identificación del desaparecido novio de la señorita Mary Sutherland.

Un caso profesional de extrema gravedad ocupaba por entonces mi atención, y pasé todo el día siguiente a la cabe­cera del enfermo. Eran ya casi las seis cuando quedé libre y pude saltar a un coche que me llevara a Baker Street, con cierto miedo de llegar demasiado tarde para asistir al desen­lace del pequeño misterio. Sin embargo, encontré a Sherlock Holmes solo, medio dormido, con su larga y delgada figura enroscada en los recovecos de su sillón. Un formidable des­pliegue de frascos y tubos de ensayo, más el olor picante e in­confundible del ácido clorhídrico, me indicaban que había pasado el día entregado a los experimentos químicos que tanto le gustaban.

––Qué, ¿lo resolvió usted? ––pregunté al entrar.

––Sí, era el bisulfato de bario.

––¡No, no! ¡El misterio! ––exclamé.

––¡Ah, eso! Creía que se refería a la sal con la que he estado trabajando. No hay misterio alguno en este asunto, como ya le dije ayer, aunque tiene algunos detalles interesantes. El único inconveniente es que me temo que no existe ninguna ley que pueda castigar a este granuja.

––Pues, ¿de quién se trata? ¿Y qué se proponía al abando­nar a la señorita Sutherland?

Apenas había salido la pregunta de mi boca y Holmes aún no había abierto los labios para responder, cuando oímos fuertes pisadas en el pasillo y unos golpes en la puerta.

––Aquí está el padrastro de la chica, el señor James Windi­bank ––dijo Holmes––. Me escribió diciéndome que vendría a las seis. ¡Adelante!

El hombre que entró era corpulento, de estatura media, de unos treinta años de edad, bien afeitado y de piel cetrina, con modales melosos e insinuantes y un par de ojos grises extraordinariamente agudos y penetrantes. Dirigió una mi­rada inquisitiva a cada uno de nosotros, depositó su relu­ciente chistera sobre un aparador y, con una ligera inclina­ción, se sentó en la silla más próxima.

––Buenas tardes, señor James Windibank ––dijo Holmes––. Creo que es usted quien me ha enviado esta carta mecano­grafiada, citándose conmigo a las seis.

––Sí, señor. Me temo que llego un poco tarde, pero no soy dueño de mi tiempo, como usted comprenderá. Lamento mucho que la señorita Sutherland le haya molestado con este asunto, porque creo que es mucho mejor no lavar en pú­blico los trapos sucios. Vino en contra de mis deseos, pero es que se trata de una muchacha muy excitable e impulsiva, como ya habrá notado, y no es fácil controlarla cuando se le ha metido algo en la cabeza. Naturalmente, no me importa tanto tratándose de usted, que no tiene nada que ver con la policía oficial, pero no es agradable que se comente fuera de casa una desgracia familiar como ésta. Además, se trata de un gasto inútil, porque, ¿cómo iba usted a poder encontrar a ese Hosmer Angel?

––Por el contrario ––dijo Holmes tranquilamente––, tengo toda clase de razones para creer que lograré encontrar al se­ñor Hosmer Angel.

El señor Windibank tuvo un violento sobresalto y se le ca­yeron los guantes.

––Me alegra mucho oír eso ––dijo.

––Es muy curioso ––comentó Holmes–– que una máquina de escribir tenga tanta individualidad como lo que se escribe a mano. A menos que sean completamente nuevas, no hay dos máquinas que escriban igual. Algunas letras se gastan más que otras, y algunas se gastan sólo por un lado. Por ejemplo, señor Windibank, como puede ver en esta nota suya, la «e» siempre queda borrosa y hay un pequeño defecto en el rabi­llo de la «r». Existen otras catorce características, pero éstas son las más evidentes.

––Con esta máquina escribimos toda la correspondencia

en la oficina, y es lógico que esté un poco gastada ––dijo nues­tro visitante, mirando fijamente a Holmes con sus ojillos brillantes.

––Y ahora le voy a enseñar algo que constituye un estudio verdaderamente interesante, señor Windibank ––continuó Holmes––. Uno de estos días pienso escribir otra pequeña monografía acerca de la máquina de escribir y su relación con el crimen. Es un tema al que he dedicado cierta aten­ción. Aquí tengo cuatro cartas presuntamente remitidas por el desaparecido. Todas están escritas a máquina. En todos los casos, no sólo las «es» están borrosas y las «erres» no tie­nen rabillo, sino que podrá usted observar, si mira con mi lupa, que también aparecen las otras catorce características de las que le hablaba antes.

El señor Windibank saltó de su silla y recogió su sombre­ro.

––No puedo perder el tiempo hablando de fantasías, señor Holmes ––dijo––. Si puede coger al hombre, cójalo, y hágame­lo saber cuando lo tenga.

––Desde luego ––dijo Holmes, poniéndose en pie y cerran­do la puerta con llave––. En tal caso, le hago saber que ya lo he cogido.

––¿Cómo? ¿Dónde? ––exclamó el señor Windibank, palide­ciendo hasta los labios y mirando a su alrededor como una rata cogida en una trampa.

––Vamos, eso no le servirá de nada, de verdad que no ––dijo Holmes con suavidad––. No podrá librarse de ésta, señor Windibank. Es todo demasiado transparente y no me hizo usted ningún cumplido al decir que me resultaría imposible resolver un asunto tan sencillo. Eso es, siéntese y hablemos.

Nuestro visitante se desplomó en una silla, con el rostro lívido y un brillo de sudor en la frente.

––No ... no constituye delito ––balbuceó.

––Mucho me temo que no. Pero, entre nosotros, Windi­bank, ha sido una jugarreta cruel, egoísta y despiadada, lle­vada a cabo del modo más ruin que jamás he visto. Ahora, permítame exponer el curso de los acontecimientos y con­tradígame si me equivoco.

El hombre se encogió en su asiento, con la cabeza hundida sobre el pecho, como quien se siente completamente aplas­tado. Holmes levantó los pies, apoyándolos en una esquina de la repisa de la chimenea, se echó hacia atrás con las manos en los bolsillos y comenzó a hablar, con aire de hacerlo más para sí mismo que para nosotros.

––Un hombre se casó con una mujer mucho mayor que él, por su dinero ––dijo––, y también se beneficiaba del dinero de la hija mientras ésta viviera con ellos. Se trataba de una suma considerable para gente de su posición y perderla habría re­presentado una fuerte diferencia. Valía la pena hacer un es­fuerzo por conservarla. La hija tenía un carácter alegre y co­municativo, y además era cariñosa y sensible, de manera que resultaba evidente que, con sus buenas dotes personales y su pequeña renta, no duraría mucho tiempo soltera. Ahora bien, su matrimonio significaba, sin lugar a dudas, perder cien li­bras al año. ¿Qué hace entonces el padrastro para impedirlo? Adopta la postura más obvia: retenerla en casa y prohibirle que frecuente la compañía de gente de su edad. Pero pronto se da cuenta de que eso no le servirá durante mucho tiempo. Ella se rebela, reclama sus derechos y por fin anuncia su firme in­tención de asistir a cierto baile. ¿Qué hace entonces el astuto padrastro? Se le ocurre una idea que honra más a su cerebro que a su corazón. Con la complicidad y ayuda de su esposa, se disfraza, ocultando con gafas oscuras esos ojos penetrantes, enmascarando su rostro con un bigote y un par de pobladas patillas, disimulando el timbre claro de su voz con un susurro insinuante... Y, doblemente seguro a causa de la miopía de la chica, se presenta como el señor Hosmer Angel y ahuyenta a los posibles enamorados cortejándola él mismo.

––Al principio era sólo una broma ––gimió nuestro visitan­te––. Nunca creímos que se lo tomara tan en serio.

––Probablemente, no. Fuese como fuese, lo cierto es que la muchacha se lo tomó muy en serio; y, puesto que estaba con­vencida de que su padrastro se encontraba en Francia, ni por un instante se le pasó por la cabeza la sospecha de una trai­ción. Se sentía halagada por las atenciones del caballero, y la impresión se veía aumentada por la admiración que la ma­dre manifestaba a viva voz. Entonces el señor Angel empezó a visitarla, pues era evidente que, si se querían obtener resul­tados, había que llevar el asunto tan lejos como fuera posi­ble. Hubo encuentros y un compromiso que evitaría defini­tivamente que la muchacha dirigiera su afecto hacia ningún otro. Pero el engaño no se podía mantener indefinidamente. Los supuestos viajes a Francia resultaban bastante embara­zosos. Evidentemente, lo que había que hacer era llevar el asunto a una conclusión tan dramática que dejara una im­presión permanente en la mente de la joven, impidiéndole mirar a ningún otro pretendiente durante bastante tiempo. De ahí esos juramentos de fidelidad pronunciados sobre el Evangelio, y de ahí las alusiones a la posibilidad de que ocu­rriera algo la misma mañana de la boda. James Windibank quería que la señorita Sutherland quedara tan atada a Hos­mer Angel y tan insegura de lo sucedido, que durante diez años, por lo menos, no prestara atención a ningún otro hombre. La llevó hasta las puertas mismas de la iglesia y lue­go, como ya no podía seguir más adelante, desapareció oportunamente, mediante el viejo truco de entrar en un co­che por una puerta y salir por la otra. Creo que éste fue el en­cadenamiento de los hechos, señor Windibank.

Mientras Holmes hablaba, nuestro visitante había recu­perado parte de su aplomo, y al llegar a este punto se levantó de la silla con una fría expresión de burla en su pálido rostro.

––Puede que sí y puede que no, señor Holmes ––dijo––. Pero si es usted tan listo, debería saber que ahora mismo es usted y no yo quien está infringiendo la ley. Desde el principio, yo no he hecho nada punible, pero mientras mantenga usted esa puerta cerrada se expone a una demanda por agresión y retención ilegal.

––Como bien ha dicho, la ley no puede tocarle ––dijo Hol­mes, girando la llave y abriendo la puerta de par en par––. Sin embargo, nadie ha merecido jamás un castigo tanto como lo merece usted. Si la joven tuviera un hermano o un amigo, le cruzaría la espalda a latigazos. ¡Por Júpiter! ––exclamó acalo­rándose al ver el gesto de burla en la cara del otro––. Esto no forma parte de mis obligaciones para con mi cliente, pero tengo a mano un látigo de caza y creo que me voy a dar el gustazo de...

Dio dos rápidas zancadas hacia el látigo, pero antes de que pudiera cogerlo se oyó un estrépito de pasos en la esca­lera, la puerta de la entrada se cerró de golpe y pudimos ver por la ventana al señor Windibank corriendo calle abajo a toda la velocidad de que era capaz.

––¡Ahí va un canalla con verdadera sangre fría! ––dijo Hol­mes, echándose a reír mientras se dejaba caer de nuevo en su sillón––. Ese tipo irá subiendo de delito en delito hasta que haga algo muy grave y termine en el patíbulo. En ciertos as­pectos, el caso no carecía por completo de interés.

––Todavía no veo muy claros todos los pasos de su razona­miento ––dije yo.

––Pues, desde luego, en un principio era evidente que este señor Hosmer Angel tenía que tener alguna buena razón para su curioso comportamiento, y estaba igualmente claro que el único hombre que salía beneficiado del incidente, hasta donde nosotros sabíamos, era el padrastro. Luego es­taba el hecho, muy sugerente, de que nunca se hubiera visto juntos a los dos hombres, sino que el uno aparecía siempre cuando el otro estaba fuera. Igualmente sospechosas eran las gafas oscuras y la voz susurrante, factores ambos que su­gerían un disfraz, lo mismo que las pobladas patillas. Mis sospechas se vieron confirmadas por ese detalle tan curioso de firmar a máquina, que por supuesto indicaba que la letra era tan familiar para la joven que ésta reconocería cualquier minúscula muestra de la misma. Como ve, todos estos he­chos aislados, junto con otros muchos de menor importan­cia, señalaban en la misma dirección.

––¿Y cómo se las arregló para comprobarlo?

––Habiendo identificado a mi hombre, resultaba fácil con­seguir la corroboración. Sabía en qué empresa trabajaba este hombre. Cogí la descripción publicada, eliminé todo lo que se pudiera achacar a un disfraz ––las patillas, las gafas, la voz­y se la envié a la empresa en cuestión, solicitando que me in­formaran de si alguno de sus viajantes respondía a la des­cripción. Me había fijado ya en las peculiaridades de la má­quina, y escribí al propio sospechoso a su oficina, rogándole que acudiera aquí. Tal como había esperado, su respuesta me llegó escrita a máquina, y mostraba los mismos defectos triviales pero característicos. En el mismo correo me llegó una carta de Westhouse & Marbank, de Fenchurch Street, comunicándome que la descripción coincidía en todos sus aspectos con la de su empleado James Windibank. Voílá tout!

––¿Y la señorita Shutherland?

––Si se lo cuento, no me creerá. Recuerde el antiguo pro­verbio persa: «Tan peligroso es quitarle su cachorro a un ti­gre como arrebatarle a una mujer una ilusión.» Hay tanta sa­biduría y tanto conocimiento del mundo en Hafiz como en Horacio.

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