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   Mi nombre es Jean Marie Vand Der Bilt. Lo que intentaré expresar es por qué he llegado a la situación en la que me encuentro, ahora que he decidido hacer lo que voy a hacer. No se trata de ninguna enseñanza o moraleja por mi parte, no tendría sentido verlo así. Se trata simplemente de un resultado, una suma que acabo de resolver en esta oscura y fría celda en la que me encuentro ya desde hace tanto tiempo.

   No crean que estoy preso, que hay una gruesa reja con llave y un guardián apostado al otro lado.  Nada de eso. Yo podría salir de esta habitación, podría fácilmente llegar hasta la puerta de entrada y ganar la calle, no habría ningún impedimento para conseguirlo. Pero eso no significaría absolutamente nada para mí, no me acercaría en lo más mínimo a la libertad, y es algo que no se me ocurriría hacer. Hace tiempo que sé que cualquier intento es vano, y por eso no intento eludir mi reclusión.

   Si yo me detuviese aquí y no dijese más nada, muchos se preguntarían cosas simples y lógicas como quién soy, qué es exactamente lo que me sucede, cuántos años tengo, dónde estoy, de qué me alimento o por qué estoy encerrado. Yo también tuve antes la virtud de la lógica y aún conservo destellos de lucidez. He dicho antes que intentaré explicarme pero les advierto: no esperen de mí demasiada sobriedad. No he decidido expresarme para satisfacer sus deseos innatos de concluir sobre todas las cosas. Se trata simplemente de un esfuerzo final, una manera de probarme a mí mismo de que soy capaz de una empresa más, aunque no espere ningún beneficio de ella y haya tomado ya mi decisión.

 

   Lo primero que me viene a la mente es algo que ocurrió hace un tiempo, justo antes del comienzo de mi cautividad. En ese entonces aún gozaba de la posibilidad del movimiento físico. No quiero decir con esto que ahora no pueda moverme, que mi cuerpo esté dañado. En realidad no lo está. Pero no hablo de eso, sino de la posibilidad real de moverme. Me refiero a cuando yo aún era capaz de cosas tan naturales como subir a un autobús o ir a beber copas a un bar. A través de la memoria intento volver a esos tiempos, que aunque no sean tan lejanos, me producen la impresión de haber sido tan solo una rara ensoñación casi alucinógena. Es extraño. Sé que cualquiera lo vería de forma inversa, sé que muchos pensarían que aquellos tiempos fueron ciertos, y que es ahora, en la oscuridad de mi encierro, cuando verdaderamente alucino. Eso es porque juzgan los acontecimientos a través de la lógica, no puedo culparlos y tienen razón. Y sin embargo puedo asegurarles que la lógica es tan frágil como cualquier otra construcción cuando se ve enfrentada a una fuerza infinitamente mayor.

   Iba a relatarles un acontecimiento. Algo trascendente que me ocurrió cierto tiempo atrás. Pero he cambiado de opinión, prefiero centrarme en una impresión de mi infancia que me viene a la memoria. Se trata del miedo que sentí cuando me atropelló un coche. Creo que calculé mal la distancia cuando lo vi venir, me dio la impresión de que podía cruzar la calle sin problemas y aún me sobraría tiempo. Yo estaba jugando, era muy pequeño, no tendría más de siete años. Cuando iba por la mitad de la calzada sentí un golpe y rodé. Recuerdo que me levanté y estaba bien. La señora bajó del coche, pero de ella no recuerdo nada, salvo que llevaba gruesas gafas y que conducía con el rostro pegado al parabrisas. Sé que me fui a casa asustado, pero el miedo que tenía no era por el accidente en sí mismo, sino por la terrible sensación de haberme portado mal que me embargaba en ese momento. Es posible que la señora tuviese parte de la culpa, estoy seguro de que no conducía bien. Me escondí en un rincón y aguardé. Uno de los chicos, que era varios años más grande que yo, vino a contárselo a mis padres y entonces tuve que afrontarlo. Pero no recuerdo que sucedió después. Creo que nada era tan importante como para evitarme la alegría del juego por mucho tiempo, ni siquiera un acto irresponsable y el consiguiente castigo. Sin embargo no consigo acordarme de lo que pasó luego, y en cambio vive intensamente en mí el recuerdo de ese niño acurrucado y tímido negándose a afrontar los hechos.

 

   

 

  

   Ayer pasé todo el día echado en la cama.  Es horrible cuando todo el cuerpo se llena de esa nefasta sustancia química y solo tengo ganas de envolverme entre las sábanas y dormir. Ni siquiera quiero pensar, porque todo lo que pienso tiene un aura oscura y triste, y no veo ninguna posibilidad. Intento recordar esos días en que yo solía sonreír, pero no vuelven con tanta fuerza como para revivirlos verdaderamente. Se me aparecen distorsionados y algunas cosas que yo sé que fueron buenas ahora no se presentan así. Solo me queda la certeza de que existieron, pero es una certeza casi metafísica.

 

  Lo que más lamento es que no hayan creído en mí. No quiero decir con esto que la culpa de mi estado sea de los demás, no pretendo escudarme vilmente en un argumento así. Pero muchas veces pienso que todo podría haber sido diferente, porque he visto a muchos que consiguieron salir adelante. Quizás yo nunca fui bueno en realidad, solamente lo creí en algún momento. Es difícil saberlo realmente, debo admitirlo. Me gustaría poder disertar sobre todas esas cosas que tienen que ver con todo, pero tendría que esforzarme mucho porque para eso hay que usar la lógica. Yo antes podía hacerlo, pero ahora me cansa demasiado, y además, sé que no tiene sentido. 

   Hay un sueño que se repite a veces. Ocurre una vez cada varios meses, o a veces con mayor fecuencia. Quizás a todo el mundo le pase algo así, eso de tener sueños que vuelven a aparecer. Lo extraño es que se hacen presentes no solo en un recuerdo consciente, sino también dentro de otros sueños; me ha ocurrido. Con el tiempo las cosas pueden mezclarse.

   Se trata de mi casa, en la que vivo ahora. A veces la sueño, pero es diferente a la casa real, la distribución de las habitaciones no es igual, y los techos son más bajos. Estoy seguro de que es la misma casa,  está ubicada en el mismo barrio. Pero las calles son distintas, hay algo que no concuerda realmente, algo diferente. Por eso a veces quiero despertar, porque me asusta el camino que recorro involuntariamente. Aunque la mayoría del tiempo prefiero dormir, los sueños no siempre son oscuros. A veces se parecen perfectamente a la realidad, hasta un grado sorprendente.

 

   Muchas veces he soñado un sueño que representaba idénticamente a la realidad. Lo raro es que los personajes que intervenían actuaban completamente por sí mismos, no eran una proyección mía, se los aseguro. Lo que quiero decir es que seguían su propia lógica, eran totalmente independientes, y hacían y decían cosas que jamás hubiesen partido de mi propio pensamiento, y sin embargo eran perfectamente verdaderos. Ojalá pudiera recordarlo todo mejor, y así quizás podría explicarme con claridad. Pretendo decir que lo inconsciente no es algo personal exclusivamente, no es un reflejo puro de un individuo. A menudo no nos damos cuenta de esto porque entendemos todo lo que pasa a través de un individualismo demasiado egocéntrico. Seguramente esta actitud nos lleve a un error básico, un punto de partida equivocado

    Estoy cansado, ojalá supiese como profundizar más. Ojalá pudiese aplicar el método científico. Antes sabía hacerlo, lo digo de verdad, tienen que creerme.

 

   Desearía que la lluvia que cae sobre la ciudad hoy continuase indefinidamente, y que el agua subiese sin parar hasta llegar a la altura misma de mi ventana, limpiando y destruyendo al mismo tiempo todo a su paso. No soporto ver la configuración actual de las cosas, y el aire sucio me lastima.

   Hace rato que tengo hambre pero no atino a tomar la iniciativa que me lleve al reposo de la saciedad. A veces siento que estoy viviendo gratuitamente, que ya no hay espacio ni siquiera para mí, que reniego de todo. Son esos días, esos momentos a los que no puedo escapar, aunque lo intente con afán. Me contento con el silencio. 

   Hace unos días llamaron a la puerta. Al principio no quise contestar, la verdad es que prefiero no ver a nadie. Pero luego escuché la voz de Catherina. Es mi vecina. Vive en el piso de arriba con todos sus gatos. Catherina es bastante mayor. Creo que está un poco trastornada, quiero decir... que vive en su mundo particular. ¿Pero como asegurarlo? He perdido todas las referencias. Es es una conclusión a la que llegué justo al principio, por eso de que una señora mayor que vive con treinta gatos en un piso y solamente se dedica a cuidarlos, representa que no está totalmente cuerda. Apuesto a que la mayoría de la gente lo vería así. Sin embargo las veces que he hablado con ella no se me ocurrió pensarlo. Simplemente le creí cuando me dijo que su gato más viejo había decidido organizar un complot en contra de ella, y poco a poco iba ganando terreno reclutando a los demás. Algunos ya habían caído en las garras subversivas del agitador, y Cleopatra, la gata más cercana a la anciana, estaba punto de sumarse a la rebelión. Estoy seguro de que Catherina decía la verdad cuando me refirió la situación, solo había que ver como brillaban sus ojos cuando hablaba. Se la veía muy preocupada.

   La razón por la que abrí la puerta a Catherina es porque creo que realmente se preocupa por mí. Antes, cuando todo era diferente, llegué a pensar que me confundía con uno de sus gatos, porque en más de una ocasión me acarició el pelo preguntándome si necesitaba algo. Ahora sé que no es así, ella sabe perfectamente quién soy yo. Me dijo que no era bueno que me quedase encerrado en casa, que debía salir y ver la luz del sol. Le dije que lo haría, que no se preocupase. Creo que mi interpretación fue muy buena, porque se marchó satisfecha de su acción. Pero la verdad es que no tengo ganas de salir a la calle, y mucho menos de enfrentarme al brillante sol. Solo de pensarlo me inunda la tristeza. Aquí estoy bien, y más ahora que he tomado la decisión de hacer lo que voy a hacer.

 

   Muchos pensarán que sería prudente seguir los consejos de Catherina. Pero eso es porque no saben nada de mí, pese a mis esfuerzos de expresión. He dicho anteriormente que estoy preso, y no he mentido. Y a mi guardián no puedo herirlo con un hacha de acero, ni con una daga de plata. Es mucho más poderoso de lo que puedan imaginarse. No tiene forma alguna, ni se ubica en sitio determinado. Ni siquiera puedo odiarlo, tanto ha conseguido abarcarme con sus brazos invisibles. Sé que a veces mis palabras son extrañas, difíciles de comprender, o contradictorias. Resulta que así funciona todo, y la descripción es apenas una posibilidad aleatoria, a veces no es posible la abstracción.

 

   He llegado a una conclusión: nuestro mundo es el mundo del cinismo. ¿Y saben lo que pienso? Creo que a nadie le importa nada. Quizás piense así porque a mí no me importa nada. Pero la verdad es que a nadie le importa nada. Está lleno de gente por ahí que va diciendo que sí, que tal y tal cosa son importantes, que esto y aquello es lo que está bien. Pero yo no les creo una palabra. Díganme si me equivoco. ¿A quién le importa que explote una bomba o algo así? Solo al que se encuentra cerca del peligro, a unos metros de distancia, y quizás a alguien más. Y después hay tantos otros que dicen que les importa, pero solo porque van a sacar provecho de ello, probablemente venderán algo, o darán una buena imagen pública. Bah. Está lleno de personas que van por ahí moralizando. Seguramente antes me hubiesen dado asco, pero en realidad tampoco ellos me importan, nadie me importa, y quién soy yo para quejarme, no soy tan diferente de los demás. 

 

   No  crean que no sé nada de lo pasa por ahí. Antes yo sabía mucho, poseía cantidad de información. No siempre fui así, como soy ahora. Yo veía mucho televisión, de verdad. Y ahí está toda la realidad comprimida. En esa época aún tenía esperanza. Más de una vez he oído que la esperanza es lo último que se pierde. No estoy tan seguro, pero quizás sea cierto y simplemente no me doy cuenta. Siempre he creído en la sabiduría popular, posee respuestas para todo.

 

   No hace mucho tiempo yo practicaba deportes, la verdad es que siempre me ha gustado la actividad física. Me esforzaba mucho, y tenía un gran espíritu competitivo, de verdad. No comprendo como no conseguí salir adelante. Se trata de competir. De ser el mejor, así me lo enseñaron. A menudo intento comprenderlo pero me faltan las respuestas. Creía que lo tenía todo para llegar, y en cambio me tragaron las arenas movedizas.

 

   La diferencia entre la locura y la cordura está en el éxito. No recuerdo de dónde salió esa frase. Pero siento que tiene que ver conmigo. Lo que quiero decir es que las esperanzas, las ideas creadoras, los proyectos y las visiones particulares, todo en lo que creemos, puede ser visto con desdén por la mayoría, interpretado como sueños ilusos o frívolas ambiciones, si no conseguimos que se realicen. Si no ganamos dinero con ello.

Dinero, se trata de dinero.

 

  Cuando yo era pequeño había magia. Me refiero a que sucedían cosas que no tenían explicación, secretos que poblaban la imaginación y no se resolvían con fríos enunciados científicos. Seguramente influía el que yo fuese un niño, y de exacerbada imaginación, no lo niego. Pero aún así.

  Recuerdo hace unos años cuando por casualidad me encontré presenciando una procesión en un día festivo tradicional. Se trataba de un espectáculo bizarro e intenso, con maléficos dragones que escupían fuego, enmascarados en zancos de gran estatura, tambores redoblando... Un ritual bastante oscuro. Delante de mí entre el público un niño empezó a llorar. Ciertamente había bastante violencia en el ambiente y todo aquello le había provocado miedo. Entonces sus padres comenzaron a decirle que se calmase, que todo aquello era mentira, que no veía que eran personas disfrazadas, y todas las explicaciones correctas sobre la realidad. Probablemente la mayoría de las personas piensen que sus padres hicieron bien, no pretendo discutir al respecto. Pero yo no lo vi así entonces. Allí no había gente común bajo un disfraz moviéndose con un fin decorativo. Allí había dragones escupiendo fuego, había monstruos enmascarados, había buenos y malos, guapos y feos; allí había un ritual extraño, había una vida mágica. Eso es lo que el niño vio, estoy seguro, y por eso lloró. ¿Es tan malo llorar un poco a  cambio de un trozo de magia?

   Cuesta creer que haya dormido doce horas, y cuando al fin he conseguido levantarme, lo único que quiero es volver a la cama. Es el único refugio que me queda. Lo raro es que basta con que me acueste para volver a tener sueño, para volverme a dormir. Cuando me duermo sé que existen deseos ocultos. Uno es el de despertar y haber renacido, haber recobrado la ilusión y la motivación, querer ver el sol una vez más. Pero también existe otro, para qué negarlo. El de no volver a despertar nunca.

 

   A veces cocinar me causa cierto regocijo. Es como un pequeño objetivo cercano que sé que voy a poder cumplir, y además me dará satisfacción. He engordado varios kilos en este tiempo, unos doce o así. Noto que mis músculos han perdido consistencia y siento como algunas partes de mi cuerpo están hinchadas y blandas. Antes yo era mucho más atlético, le daba importancia a mi estado físico. Todo eso ha cambiado, pero tampoco me preocupa demasiado, solo a veces, cuando se producen esos pequeños instantes en los que vuelvo a creer que todo cambiará.

 

   La soledad puede ser terrible. Y no hablo de estar solo, estoy seguro de que comprenden a qué me refiero. Hablo de sentirse solo, tan solo. Es como si faltara algo y no hubiese solución. No alcanza con rodearse de personas, eso no significa alejarse del vacío, se puede estar solo entre miles de personas. Son esas cosas que suceden sin que uno pueda intervenir.

   Nunca he sido un huraño, se los juro, antes yo tenía amigos, me gustaba la gente, me gustaba la cercanía de los demás. Solo que ahora no consigo experimentarla, ni siquiera cuando a alguien se le ocurre visitarme.  Es una sensación poco recomendable, seguro que se entiende lo que quiero decir, aunque yo no me exprese con demasiada claridad.

 

   Hoy me he despertado con un estado de ánimo distinto. Creo que ha pasado algo con mi cuerpo. Ahora mismo me siento bastante bien, quizás más tarde salga a dar un paseo, tengo ganas de visitar a alguien, de encontrarme con viejos amigos.

    Tengo que pedir disculpas. No pretendía ser tan sombrío, de verdad. Quisiera que me creyesen, que sepan que también yo sé lo que es sonreír. Voy a contarles un hecho que me sucedió tiempo atrás y verán que no soy tan raro como parece. Tengo la impresión de que hoy soy capaz de hacerlo, los recuerdos me vuelven con una claridad inaudita y hasta soy capaz de sonreír para mis adentros.

   De pronto he cambiado de opinión, lo siento. La verdad es que no tengo ganas de contar ninguna anécdota.

    Sin embargo hay algo de lo que me gustaría hablar. No es que ahora me importe demasiado, ahora casi nada me importa, pero recuerdo que antes era algo que me frustraba. Me refiero a la mediocridad dominante. Antes yo tenía sueños. Creía que tenía cierto grado de talento y que podía hacer cosas buenas. Pero por ahí todo el mundo iba diciendo que no, qué como podía pretender subir al pedestal donde están los buenos. La mayoría de la gente prefiere clasificar a los demás como mediocres y de esa forma mantenerlos en su mismo nivel. Y cuando alguno consigue sobresalir, entonces lo ubican lo más alto posible, en una especie de cumbre inalcanzable, y así lo distancian lo suficiente para que su genialidad no los afecte y no los haga sentir inferiores, y para poder seguir diciéndole a los demás que esa cumbre es inaccesible. No sé si se entiende lo que quiero decir,  pero si existe la actitud más mediocre del mundo, tiene que ser esa, de verdad. Antes todo eso me hacía sentir mal.

   ¿Y saben lo que percibía? (me refiero a cuando andaba por ahí observando a la gente) Que ya casi nadie es capaz de reconocer la altura de espíritu. La mediocridad se lo ha tragado todo. La sensibilidad está por ahí ahogada. Parece que nadie distingue al quién se eleva en sus conductas, a quién da importancia los pequeños detalles y aumenta el grado de sofisticación de sus actos. Tengo la impresión de que antes, en tiempos pasados, algunas actitudes eran mucho más valoradas que ahora. Aunque puede que no sea más que otro producto de mi exaltada imaginación, que todo eso solo haya existido en la ficción. ¿Pero como saberlo?

   Intentaré ilustrar este pensamiento, quizás así pueda darle la consistencia necesaria para ser creíble por las mentes lógicas, ya que no dudo que las más intuitivas lo comprendan con mayor facilidad.

   Antes yo miraba mucho la televisión, creo haberlo menciondado antes. Sentía una fuerte atracción por casi todo lo que veía, aunque me resultase patético, era como una adicción.

   Una vez di con un programa de esos que hablan sobre los famosos de la televisión. Entrevistaban a una señora mayor, que había sido una actriz de cierto renombre en el cine, y continuaba en actuando en el teatro. Fue sorprendente la altura con que la mujer contestó a las preguntas de los 'periodistas'. Estaban todos interesados en sonsacarle detalles íntimos sobre supuestas relaciones amorosas de su pasado, con tal o cuál actor o personaje conocido. Las intervenciones de los periodistas intentaban rebajar el nivel de la conversación, llevándola hacia temas bajos y preguntas claramente intencionadas. Buscaban ponerla en aprietos blandiendo sus bolígrafos como armas decisivas. Sin embargo la mujer en ningún momento perdió la altura, siempre tenía una respuesta fina y se expresaba con decisión, y además su atractivo era tal, que hasta parecía que aquella gente acostumbrada a vivir de la carroña debía ceder y respetarla, incluso admirarla. El presentador parecía hipnotizado por sus anécdotas, sus gestos, y la forma como se comportaba sin caer nunca en las trampas que constantemente le tendían.

   Una interpretación admirable digna de una gran actriz. Aquello me produjo emoción. Me imaginé encontrándome por la calle con aquella mujer y felicitándola por su despliegue en esa particular ocasión. En esa época yo aún creía que podía ser así siempre, inmune a la bajeza constante del entorno. Pensaba en un futuro luminoso donde siempre me comportaría con altura. Ilusos pensamientos que paseaban por mi mente.

   Ahora que recuerdo todo eso no puedo evitar una leve sonrisa interior. Es extraño, este recuerdo me produce nostalgia. Es un sentimiento diferente de la tristeza, o de la desazón. Me reconforta saber que aún puedo distinguirlos.

 

 

   Puedo sentir el frío o el calor, y el viento en la cara si lo enfrentase. Pero estoy definitivamente alejado de otras sensaciones que conocí. Ahora las horas pasan inútiles y apenas percibo nada, solo aguardo si esperar nada. No puedo decir que cosas añoro más, puesto que todo es un cúmulo, y lo que he perdido, no puedo describirlo individualmente. Ya nada tiene sentido para mi, ni siquiera el dolor que me invade en violentas ondas, ni la maldita sustancia que me gobierna sin piedad ni dirección. 

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