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    Estoy preocupado. Sospecho que ya saben donde estoy, y si aún no lo han descubierto, estarán por hacerlo. Intento no facilitarles su objetivo, apenas me dejo ver. Pero se trata de gente organizada, están en todas partes, lo sé. No me dejarán escapar así como así, hace tiempo que me persiguen; quieren mi cabeza porque saben que yo lo sé todo acerca de ellos, y no pueden aceptarlo. Se lo he contado a alguna gente, pero no me han creído. Lo que pasa es que saben esconderse, saben como mover los hilos desde la sombra sin que nadie se dé cuenta. Pero yo sí los he descubierto. He visto como me vigilaban, los he visto por la calle, en el parque, en el autobús...

 

   Creo que en el apartamento de enfrente hay un comando especial que se ocupa de controlar mis acciones. No puedo asegurarlo, pero más de una vez he visto cosas raras, luces que se encienden y se apagan, brillos extraños, como de cámaras que me están enfocando, y cosas así. Y me da la impresión de que en mi propio edificio están infiltrados. No me extrañaría en lo más mínimo, esa gente sabe lo que hace y no me dejarán tranquilo, me están vigilando y aguardan su momento. Muchas veces todo esto me produce ansiedad. El corazón me late fuerte y siento una excitación nerviosa que me altera por largos períodos. Trato de no pensar en ello, pero se me hace difícil. Nadie puede estar tranquilo sabiendo que conspiran contra su persona.

 

   Odio que la gente no me tome en serio. Antes yo visitaba a un psicólogo, pero no lo soportaba, se burlaba de mí. Al principio no quería ir. Cuando lo conocí me pareció un farsante, y que yo no tenía nada que hacer con él. Pero mis padres insistieron, creo que alguien les recomendó que yo asistiese a sus sesiones. Eso es lo que más me enferma de la gente, que va por ahí recomendando cosas de las que no saben nada y uno termina yendo a un psicólogo porque alguna persona se levantó un día con ganas de recomendar algo.

  La verdad es que hubo un tiempo en que asistí con asiduidad. En las sesiones yo hablaba de muchas cosas, y él casi no decía nada, pero siempre tenía ese aire serio de persona que lo controla todo, que sabe lo que hace. Llegó un punto en que ya no me importó demasiado que estuviese ahí, escuchándome, o solo mirándome. A veces solamente me sentaba y no decía nada en toda la hora, y él tampoco decía nada. Quizás estuviese pensando en otra cosa, en el dinero que iba a cobrarles a mis padres, o en su perro, o algo así.  Pero yo soy más listo de lo que algunos creen, se los aseguro. Un día le conté lo de la conspiración, le dije que me perseguían y que estaba preocupado porque no encontraba la forma de librarme de ellos. Él actuó como si se interesase por el problema, como si realmente creyese todo lo que le decía de como estaban por todas partes y de que siempre me estaban observando. Recuerdo que me sentí bien porque pensé que iba a ayudarme, que haría algo para descubrir la trama y desenmascararlos. Ese día me marché contento y me quedé más tranquilo, y estoy seguro de que en el camino a casa nadie me siguió, no vi nada sospechoso. Pero luego me enteré de que habló con mis padres y les soltó todo ese rollo científico del que prefiero no hablar. El muy cabrón. Me lo contó mi hermana, ella siempre me fue leal.

   No volví más a las sesiones, pero él siguió cobrando lo que le faltaba para acabar el tratamiento, lo sé también por mi hermana. 

 

   Mis padres son buenas personas. Sé que sufren por verme así, o más bien dicho, por no verme nunca. A veces vienen  a visitarme pero yo hago como que no estoy en casa porque no quiero recibirlos. Es que en general prefiero no hablar con nadie, ni siquiera con ellos. Tampoco insisten demasiado, quizás porque creen que es lo mejor para mí, o porque han perdido la esperanza. No los culpo, de verdad, yo tampoco puedo decir que me quede mucha esperanza, no creo que este túnel tenga salida. Sobre todo me da pena por mi hermana, porque sé que me comprende y aunque no la vea nunca, aún la siento cerca. Vive en el extranjero y le va muy bien, eso me  alegra. Antes recibía sus llamadas con bastante frecuencia, pero ahora ya no tengo línea telefónica y la comunicación se ha cortado.

 

   Siempre he sido un soñador, desde pequeño. Creo que soy de esos que se imaginan una cantidad de cosas y creen que son posibles. La realidad siempre me ha parecido banal, demasiado fría y seria, como vestida de traje y corbata. Pero con el tiempo me di cuenta de que estaba equivocado. La única forma de obtener algo es adaptándose a la concepción formal de la realidad, o uno se vuelve un marginal de la imaginación, un soñador irrelevante.

   Yo nunca obtuve nada, debo admitirlo. Mis logros infantiles se reducen a anécdotas y ya después nunca encontré el camino. Cierto es que tampoco me rendía, porque antes yo era diferente, no como ahora. Creía que tarde o temprano alguna luz me alumbraría, porque valía para algo. Ahora ya no pienso así, he entrado en razón, he aceptado la realidad de las cosas, he comprendido a todas esas personas que se preguntaban hacia donde quería ir y por qué me desviaba del camino normal. En ese entonces solía salir a caminar solo por la ciudad, tarde en la madrugada, y me imaginaba cosas, tantas cosas. Eran sueños utópicos de triunfos y éxito, de bienestar y felicidad. Confiaba en mí, siempre lo he hecho. Solía decirme que todo lo bueno tarde o temprano sale a la luz y que yo también tendría mi momento, porque tenía talento. Creo que ese siempre fue mi problema, nunca supe ver la realidad como verdaderamente es, siempre preferí reconstruirla en mi imaginación, llena de magia y de ilusión. Sé que es por eso que no pude salir adelante.

 

   Todo se trata de continuidad. Una historia es continuidad. Un párrafo es continuidad, o una canción, o cualquier cosa. Algo que empieza, vive y termina, sea corto o largo, suave o intenso. Algo está o no está, así de simple, y si está, lo hace a través de la continuidad. No hay muchos más secretos que ese.

   Hoy he tenido que salir a la calle. Ha sido un día lluvioso y gris y por eso lo elegí para salir. A veces es inevitable hacerlo. Necesito los alimentos. Seguro que pensarán que soy frívolo por eso, que no se corresponde lo que he venido transmitiendo. Puede ser, pero ya no poseo la determinación que antes tuve. Me siento débil como nunca antes y la idea de una cuerpo endeble y frágil me horroriza. Puede parecer una ironía porque en realidad la fuerza física me ha ido abandonando, y ahora que he engordado, ahora que ya no se me notan los huesos del cuerpo, es cuando más incapaz de esfuerzo físico soy.

 

   Antes tuve un amigo. En la época en que yo veía más la luz que la oscuridad, sé que él experimentaba horas de sufrimiento, aunque lo ocultaba con valentía. Yo hacía ver que no me daba cuenta, que él estaba bien. Lo hacía por convicción, creía que era mejor para él. Pero creo que tampoco lo comprendía del todo. Para saber verdaderamente las cosas es necesario experimentarlas, solo así se llega al conocimiento profundo, y solo así se puede aprender a callar. Me he acordado de él por eso de que ha sido un día lluvioso. A él le gustaba la gris melancolía. Yo en cambio prefería el cielo azul y el viento cálido. No digo que no conociese las dos caras del mundo, no digo que no me hubiese tocado viajar por los suburbios de la oscuridad. Pero siempre había conseguido mantenerme del lado luminoso, pasar la mayor parte del tiempo en él.

 

   Lo opuesto es posible, perfectamente. Todos creen saberlo, y no es que se equivoquen. Basta con adentrarse en el mar y sentir el agua para imaginarse una infinita inundación, para sentir la fría humedad omnipotente. La mayoría salen a beber el sol en la reconfortante arena. Pero algunos, algunos no consiguen ni siquiera descansar en el fondo estable. Flotan a la deriva sin tregua consiguiendo apenas respirar. Y sí por casualidad dan con un  banco de arena y elevan su torso unos instantes para sentir una ráfaga de viento tibia; y si consiguen divisar la inmaculada playa a tiro de piedra, entonces  experimentan el éxtasis y creen renacer. Pero no es más que una ilusión efímera que los llena de esperanza y los hace volver a soñar por unos momentos, unas horas, un día o quizás más. Momentos que saben a gloria. Les juro que saben a gloria.

   Estos días no he parado de repetir una melodía en mi cabeza. No sé por qué la he recordado, pero ha vuelto de golpe y no dejo de ejecutarla mentalmente a cada momento. Es algo que me pasa a menudo eso de repetir una melodía sin parar. Les diré como se llama, quizás así puedan comprenderme mejor. Cuando la música se repite en mi cabeza no pienso en otra cosa, solamente ocurre eso y nada más. Si a ustedes les pasa lo mismo, entonces podemos encontrarnos en el mismo sitio por unos instantes y quizás puedan comprenderme mejor. Desearía que llegaran a comprenderme, la idea de que todo este esfuerzo resulte vano me preocupa, pero no sé como asegurarme de que lo que digo se entienda con claridad. Hay tantas cosas que no dependen de uno mismo. Creo que tengo el control pero no es así. A veces tengo miedo de ser demasiado incoherente, pero suelo decirme a mí mismo que no todo se perderá, algo llegará a su destino y eso me reconforta. Se llama el canto de los pájaros.

 

   Todo es culpa de las corporaciones. Se lo tragan todo sin piedad. Son como monstruos desprovistos de alma. Autómatas, que no se detienen y se alimentan sin cesar. Las personas que las integran están cegadas, solo persiguen el interés de la maquinaria hasta el fin, sin importarles las consecuencias, no se dan cuenta de que entregan toda su energía al enemigo que engorda. Predigo una catástrofe, no es una excentricidad, se trata de un movimiento indefectible hacia la destrucción. Estoy harto de las estadísticas, de los números bonitos y las tendencias de la economía. Todo eso es una farsa, nadie lo puede negar. Yo sé algunas cosas, sí sé algunas cosas, no soy tan tonto como se creen algunos. Puedo usar palabras pomposas si hace falta, si lo que importa es como se diga y no lo que se diga. La esencia de nuestro modo de vida es lo que está mal, pero no queremos verlo. Tenemos miedo, miedo de afrontarlo porque las consecuencias son demasiado importantes. Cuánto más grande sea el fuego, más fácilmente encienden los leños, y más rápidamente arde el bosque. Eso es lo que pasará, créanme, y no falta tanto, se los aseguro. Aún conservo algo de mi capacidad. Lo admito, cuanto más grande el fuego más calor me da y más contento estoy junto a él. No soy diferente a los demás. Pero todos sabemos lo que ocurrirá,  primero se acabará la leña y el árbol no habrá crecido a tiempo, y antes de poder reaccionar, el duro frío habrá caído irreversiblemente. Pero a quién le importa, me río de todo, me da igual. Estoy exhausto.

 

   No es por casualidad que yo decía eso. Ahora no recuerdo la medida exacta pero recuerdo el valor primero. No crean que el sentido es preciso. Solo busca la reconciliación. Algunos solo intentan seguir la huella hacia el roble viejo, en el sentido metafórico de la raíz.  Ahora no tengo mucho interés en los detalles del caso pero tal vez más adelante vuelva a centrarme en la definición, o, no sé, es que no entiendo por qué le dan tanta relevancia a lo circunstancial si no lleva al origen. Ya una vez se planteó el tema y no se le encontró solución. Es que la gente tampoco sabe mucho, casi nadie tiene en cuenta la ecuación  primaria y nunca van a llegar a nada. Otros fuman cigarros tomando whisky y creen que antes hubo colapsos pero no atinan a centrarse en la evolución errónea cálculo. Es como si yo dijese que la luz antecedió al círculo del caracol sabiendo que en las olas hay fosforescencia los días de luna. No sé, dudo que se adelante algo en unificación espectral de las posibilidades aleatorias. Tampoco puedo asegurarlo, pero es complicado, no es algo que se desarrolle como un modelo de abstracción simple.

         

   Están pendientes de mí, estoy seguro. Me acerqué hasta la puerta sin hacer el más mínimo ruido y pude oírlos. Cuchicheaban, hablaban sobre mí. Creo que están planeando el golpe final, quieren quitarme del medio como sea. No puedo confiar en nadie, cualquiera podría estar implicado. Llamar a la policía sería como cavarme la fosa, ellos tienen infiltrados en todas las instituciones. Recientemente he descubierto que tienen montados comercios falsos, donde los empleados son miembros colocados que forman parte de la conspiración. No está al alcance de cualquiera darse cuenta de la farsa, todo está perfectamente organizado. De esa forma se aseguran tener ojos por todas partes y vigilar cualquier tipo de movimiento. Solo que yo tuve la intuición acertada, supe adivinar la trama, y no me llevó demasiado tiempo comprobarlo. Para esas cosas soy hábil, poseo los recursos suficientes...

 

   Creo que han instalado micrófonos en mi casa, pero no les servirán de nada porque aquí no hablo con nadie de la conspiración, me guardo mucho de hacerlo. A veces incluso me invento conversaciones falsas para despistarlos. Imito la voz de otra persona, un supuesto amigo por ejemplo, y hago ver que no tengo conocimiento alguno de la conspiración. Es una tarea difícil por cierto. Cómo hacerles creer que no los conozco sin nombrarlos directamente... de hacerlo me delataría. He llegado a perfeccionar la técnica. Simplemente elaboro diálogos en los que agradezco vivir en un medio tan liberal donde nadie se preocupa por coaccionar a los individuos. Creo que consigo despistarlos un poco, pero no puedo bajar la guardia porque siempre están ahí. 

 

   En el apartamento de enfrente esta habiendo más actividad que nunca. Desde mi habitación puedo observar en la oscuridad sin ser visto, a través de una rendija en la persiana. He identificado a los integrantes del comando. Son cuatro. Hay un anciano, creo que es el jefe. Es un gran actor. Parece un jubilado inocente que pasa el día en simples actividades cotidianas, pero a mí no se me escapa que él es quién mueve los hilos. Me consta que poseen códigos secretos para comunicarse entre ellos, y se hace difícil descubrir al anciano impartiendo órdenes a sus subalternos, pero no dudo en lo más mínimo de sus intenciones.

   También hay un hombre y una mujer de mediana edad. Actúan como si fuesen una pareja, he visto que duermen en la misma habitación. Creo que él es el brazo ejecutor del grupo, el más violento. Más de una vez le levantó la voz a ella cuando no estaba el jefe. Diría que a él, al anciano, le tiene miedo, y siempre está tranquilo cuando está cerca. Ella es la encargada de la logística. Maneja el ordenador y a menudo habla por teléfono. Supongo que se ocupa de decodificar los mensajes que les llegan desde niveles más altos de la organización.

    Lo que aún no he comprendido es la función de la niña. Es demasiado pequeña, se me hace difícil creer que sea consciente de la trama. Quizás solo sea un sebo,  una mera maniobra distractoria.

 

   No podrán tan fácilmente conmigo. Lo saben, y por eso se toman tanto tiempo en preparar la operación. Pero yo les llevo ventaja, soy más listo de lo que creen. Solo espero que no me cojan durmiendo. Eso me preocupa por sobre todo, porque mi sueño es profundo y duermo muchas horas. Hace tiempo que trabajo en la elaboración de un plan de alarma, pero aún no lo he puesto a punto. Ha de ser algo sumamente sofisticado, no me queda otro remedio porque me enfrento a gente poderosa. He de esforzarme aunque me cueste. He de sacar lo mejor de mí para combatir sus poderosos artilugios. Pero eso me da más fuerza, me hace sentirme orgulloso de mis avances y de mi capacidad de reacción. Se demuestra que poseo lo necesario, y una inteligencia capaz de hacerles frente, pese a lo complejo de su organización de múltiples niveles. Solo el hecho de que se preocupen tanto por mí es claramente significativo. La existencia de personas como yo está completamente vedada en su plan de configuración, y por eso ponen tanto interés en debilitarme, para asegurar mi definitiva destrucción. No les será fácil.

   A veces me sucede que escucho voces en mi cabeza. No es que sean alucinaciones, no me refiero a eso. Pero de pronto estoy en silencio y escucho a alguien que grita mi nombre con tal claridad que me sobresalto involuntariamente. Escucho "¡Jean!". Sé que es una voz que conozco pero no consigo distinguirla plenamente. No sé por qué me grita, ojalá supiese lo que quiere, parece que me advierte algo. Pienso que son gritos de enfado, que me quieren echar algo en cara. ¿Nunca les pasó algo así, eso de oír una voz retumbar en sus oídos? No es un sueño, estoy despierto, de eso sí estoy seguro. En los sueños también me sobresalto. Sueño que voy al galope en un caballo y de pronto el animal da un salto violento hacia un lado para esquivar un pozo. Y entonces me despierto en el momento del gesto abrupto. Pero no había ningún pozo, el caballo se asustó sin motivo verdadero. Quizás solo le pareció que lo había. A veces nos asustamos sin causa, es algo que me explicó un ciego que vivía cerca de mi casa cuando era niño y siempre le he creído. Era él quién me causaba espanto cuando me lo encontraba de improviso al girar en una esquina o justo al salir de casa. No sé como lo hacía pero conseguía darse cuenta de mis sensaciones aunque no pudiese ver mi rostro tenso.  Me decía que no tenía que tener miedo, que no tenía intención de hacerme daño. Su voz era dulce y amigable. Solo que a mí me costaba demasiado reponerme, porque sus ojos blancos me causaban gran impresión, y siempre me escapaba en silencio y bastante inquieto.

    Una vez junté coraje y me atreví a hablarle. Le pregunté como podía soportar vivir sin ver, le dije que yo pensaba que debía ser el hombre más triste del mundo. Entonces me contestó que él nunca había podido ver, desde que había nacido, y que por lo tanto el mundo para él era igual de infinito como para cualquier otro, solo que los caminos que él recorría eran diferentes. Aunque era muy pequeño, recuerdo que me quedé pensando en su respuesta por un rato largo, y luego muchas veces más durante mi infancia, pero no conseguí comprenderlo hasta mucho tiempo después. Ahora sé que la peor desesperación se siente cuando se nos escapa lo que antes tuvimos. Y también sé otras cosas importantes. He comprendido a qué se refería el hombre ciego cuando hablaba del infinito.

   Hoy he estado hablando con un hombre. Ha venido a reparar la ducha porque se había atascado y el agua se quedó estancada en la bañera varios días. La verdad es que empezaba a oler mal. Tengo que admitir que no siempre me ocupo de la limpieza como debiera. Podría haber quitado el agua con un cubo, lo sé, pero no he encontrado el momento adecuado. El agua sucia mezclada con el jabón permaneció allí un buen momento. El olor a humedad comenzó a expandirse por toda la casa. Se mezcló con el olor a comida vieja de la cocina. Me avergüenzo de ser tan descuidado pero es algo que me cuesta mucho superar. No consigo reunir la suficiente motivación, se me hace una empresa enorme. La casa está sucia y desordenada y en la cocina he ido apilando platos y cubiertos sucios hasta el punto de que se me ha acabado toda la vajilla limpia. Solo enjuago un poco lo que voy a usar, y siempre pospongo la hora de ordenar el resto. No me importa que mi cuarto esté así. Por el contrario, me reconforta ver la cama deshecha, emanando mi propio calor corporal e invitándome a volver. No me gustaría verla recién hecha y limpia, inmaculada y fría. Las cosas por el suelo no me preocupan, cualquier sitio es bueno para dejar las cosas.

   Era un tipo simpático. Tenía ese olor típico de los fontaneros pero no pareció importarle el desorden y ni una vez hizo el más leve gesto de reproche. Ni siquiera al ver la bañera llena de agua. Seguro que pensó que yo podía haberla quitado, pero no dio muestras de que le molestase en lo más mínimo ni me hizo sentir culpable por nada. Hay poca gente así, todo el mundo siempre tiene algo que decir sobre los demás y de por qué no hacen esto y aquello y así les iría mejor en la vida. Este hombre no era de esos, enseguida se puso a trabajar. Yo me quedé observándolo y tampoco le importó que lo mirase, solo me hablaba de tubos y desagües, de la calidad de los materiales de ahora y esas cosas. A mi todo eso me es indiferente, pero la verdad es que el fontanero tenía gracia cuando hablaba, y además no me preguntó nada sobre mí. Odio que me pregunten sobre mí. Ya saben, sobre que hago, a qué me dedico, cuánto dinero gano y todo eso. La gente siempre cree que tiene derecho a saberlo todo de uno, es algo que me pone nervioso, no quiero contestar a esas tonterías que además no tienen importancia. A la gente le da igual lo que hagas, solo preguntan por necesidad, para averiguar si sus vidas son más o menos mediocres que las nuestras. Si se topan con alguien que les dice que su vida es fantástica, que le va muy bien y gana un pastón,  entonces profieren unos "que bien" por todas partes mientras por dentro se llenan envidia y deben esforzarse para conservar su bonita sonrisa. Y si por el contrario se topan con alguien que está acabado y no atina a prosperar, entonces se sienten superiores y ejercen su derecho a recomendarle como hacer las cosas y como vivir una vida fantástica. En el fondo a nadie le importa un carajo como nos vaya. Si les importara, vendrían a preguntarnos como estamos más a menudo para ver si hemos levantado el vuelo con sus brillantes recomendaciones.

   Por eso me ha caído bien el fontanero. Me ha gustado seguirle la conversación acerca de lo mal que se hacen las cosas ahora. No era el típico pesado que siempre se queja de que todo era mejor antes, y que en realidad de lo que se está quejando es de que ahora es un viejo y daría cualquier cosa por volver a ser joven. Se notaba que sabía lo que decía. Incluso me mostró las terminaciones de los tubos para ver como se habían deteriorado en apenas unos años de uso. Su aspecto grasiento y su barba mal afeitada eran cómicos. Yo sonreía viéndolo pero seguro que él pensaba que estaba riendo de lo que decía y eso lo motivaba a seguir con su charla. La verdad es que me hizo reír por momentos. Es fantástico reír, ojalá me ocurriese más a menudo. 

   Mientras el hombre trabajaba yo pensaba que debía ser dura una vida así. Pasarse el día a cuatro patas retorciéndose entre sucios tubos y lastimándose las manos y el cuerpo. Pero les juro que no parecía un tipo triste, estoy seguro de que le gustaba lo que hacía y no creo que optase por cambiar de trabajo si se lo ofreciesen. He pensado que debe ser por el tiempo, por la costumbre. No creo que sea una faena agradable al principio, pero después de mucho tiempo haciendo alguna cosa, tiene que convertirse parte de uno, hasta el punto de ser imprescindible. Creo que la gente así se deprime mucho cuando se ve obligada a dejar de trabajar.

   Yo nunca he hecho nada por mucho tiempo. A veces me gustaría haberlo hecho, quiero decir, haber llegado a ser algo, aunque no fuese más que un trabajo tan simple como el de fontanero. Poder estar orgulloso de alguna cosa. Mi vida está vacía, nunca he conseguido nada relevante.

   Después de un par de horas el hombre me miró con una sonrisa de satisfacción y me dijo que estaba terminado, que no tenía que preocuparme más; me lo había dejado como nuevo y me había instalado los mejores materiales del mercado.

   Cuando se marchó le dije que volviese cuando quisiese, que me encantaría que viniese de visita. Lo decía en serio.

   No soporto las moscas. Revolotean sin cesar y no comprendo por qué tienen que hacerlo cerca de mi cabeza. Se posan en mi cuerpo y parecen desafiarme. He observado como se frotan las patas, pero apenas notan algún movimiento extraño se ponen inmediatamente en guardia y levantan el vuelo a la menor sospecha. Ya no poseo la destreza que antes tenía para eliminarlas, aunque desearía que eso no hubiese cambiado. Cuando consigo matar alguna siento una sensación de satisfacción. Es la expresión de la venganza, lo sé, y no me arrepiento. Las odio porque se acercan a mí y me disturban impunemente. Las mataría a todas. Creerán que soy sádico, pero no es así. No tengo nada en contra de ninguna criatura, pero éstas no dejan de provocarme, zumbando en mis oídos y aterrizando en mi piel. Ellas saben a lo que se exponen, no tienen excusa. He visto como una se posaba en la mesa frente a mí y me observaba esperando mi reacción. Luego se elevó y en un gesto de rabia conseguí destruirla en pleno vuelo. Fue un golpe de suerte, no esperaba conseguirlo. Creo se equivocó en el cálculo, porque mi movimiento no era certero, me da la impresión de que eligió el rumbo erróneo y justo en el momento del impacto la aplasté entre las palmas de mi mano. No pude evitar enorgullecerme de haberla destruido. Pero no ha servido de mucho, otras se me han acercado enseguida. Me duele la cabeza y el cuerpo.  

 

    A veces siento el deseo de matar. No es más que una idea, una proyección mental. Pienso en personas que he conocido y al recordarlas me producen náuseas, me imagino ahorcándolas, atándolas de una larga cuerda y lanzándolas por algún abismo hasta que los huesos de su cuello se partan como frágiles palillos. También he pensado en morir así. En realidad no me gusta la violencia, desearía que existiese la forma de hacer desaparecer a las personas sin violencia ni sangre, simplemente pulsando un botón o algo así, incluyéndome a mí.

   Creo que mi deseo de matar proviene directamente de la frustración. Recuerdo cuando comencé a tener estas ideas. Si hubiese conseguido salir adelante seguro que no experimentaría esa sensación, si hubiese triunfado y  me encontrase del otro lado de la meta ese deseo no saldría a luz.

    Pero no pienso matar a nadie, no tengo nada que ver con eso. He oído por ahí que muchos de los que asesinan lo hacen por conseguir notoriedad, para ser conocidos al menos de esa forma. A mí me da igual todo eso, no mataría por esas razones.  Le damos demasiada importancia a la muerte. Eso es por todo lo que llegamos a representar individualmente, porque tendemos miles de redes mientras vivimos, y perduran en la dimensión inmaterial. Ya no somos animales, nos hemos distanciado de la mera carne. Muchos están dispuestos a morir, a inmolarse por motivos inmateriales; hemos trascendido hasta el propio instinto básico de supervivencia. Eso demuestra que no hay nada intocable, ni siquiera la razón, puesto que se ve tan violentamente contradecida. Hemos endiosado a la razón y ahora pagamos por ello porque nuestras herramientas de interpretación se han reducido hasta la unidad. Solo podemos aguardar a la próxima era para que un cambio se produzca, y hasta entonces deberemos sufrir.

 

   No digo que las convenciones no lleven al resultado adecuado. Se puede ver así aunque de eso no tiene sentido preocuparse. En lo que hay que fijarse es en las rotaciones de la paradigmación, porque muchas veces se alienta una teoría pero eso no lleva implícito el resultado coherente con la base. El tema de la siguiente era es clave para eso. Llamémosle oscuridad por el principio del potenciómetro, no es que se llegue con antelación pero cabe suponer que está en el fin por lo del nuevo origen reinante y la involución distanciada por el ciclo. Por ahora hay que esperar a la resolución pero el cálculo no responde a la amplitud de la perspectiva real y eso puede acarrear consecuencias imprevistas por la previsualización del esquema de acción. Se pueden hacer predicciones pero será una cuestión de principio alienante.  La filosofía dará paso al pensamiento conjunto que estará regido por la intuición cuantitativa de las posibilidades y no por la elaboración de una lógica estática del movimiento. Esto es así, no es momento para discutirlo ahora, no es tiempo para disgreciones innecesarias, la comunidad debe estar preparada para la ampliación conceptual de la figura geométrica anterior, hacia la visualización no pautada de la premisa adecuada.

 

   Estoy escondido bajo la cama. Presiento que ha llegado el momento y vienen por mí. Han infiltrado una corriente de electricidad estática cargada de contenido subjetivo dentro de mi casa. Pero como iba saberlo, yo no puedo hacer frente a esa tecnología tan avanzada. Tienen demasiado poder, controlan los organismos tecnológicos más importantes. La energía puede moverse con toda libertad por la casa, no hay impedimentos físicos. Mi única esperanza es que se trate de una maniobra de reconocimiento, que no apliquen el modo de eliminación. No es que tema morir, la muerte no me causa terror metafísico. Pero no quiero acabar de esa forma, no quiero caer en manos de ese sucio enemigo. Eso es lo que me aterra, no sería digno de mí, yo pude ser un gran hombre, un gran guerrero, pero las circunstancias se confabularon contra mí.

    Estoy temblando, y sé que el comando electro-estático ha percibido mi presencia. Está ahí, puedo sentirlo... 

    Creo que ha pasado lo peor. Necesito descansar. Tengo frío.

   Nos soy un cobarde. Me preocupa pensar que me vean así. Les aseguro que siempre intenté luchar, que nunca fue mi intención rendirme. Para algunos es difícil darse cuenta, lo sé. Piensan que es una obligación levantarse cada día y esforzarse aunque las circunstancias sean adversas. Comprendo esa posición, porque la conozco, yo mismo fui así en otro tiempo. Solo que ahora no puedo reaccionar, tienen que comprenderlo, no me juzguen injustamente. Es esa maldita sustancia química, puedo percibir como se apodera de mi cuerpo, como se hace presente, a veces con mucha intensidad y a veces con menos. Pero siempre está ahí, esa es la diferencia principal, y consigue trastornarme. Al principio podía sentir su presencia pero era capaz de combatirla. Presentía el peligro y libraba las batallas necesarias para evitar caer. El deporte era mi gran aliado. La actividad física conseguía mantener a raya la invasión, y los períodos de inestabilidad eran cortos. Pero poco a poco fueron volviéndose más extensos. Yo intentaba que no sucediese pero no encontraba la forma. Sabía que la solución dependía grandemente de mi suerte, de que las cosas me saliesen bien. Pero en mi horizonte solo había nubes,  y aunque yo avanzaba ciegamente esperando salir de la bruma, el cambio esperado nunca llegaba. Sentía que mi talento y mis ilusiones se apagaban paulatinamente mientras  perdía poco a poco mi energía de guerrero innato. Aún no concibo como sucedió todo, me cuesta asimilarlo.

  

   Comencé por perder las pequeñas batallas. Salía menos y me quedaba largas horas viendo la televisión, soñando con los mundos perfectos allí representados. Poco  a poco fui dejando de hacer cosas, ya no practicaba deporte, siempre encontraba una excusa para no hacerlo. La frustración y el resentimiento me fueron ganando. El deseo reprimido. Esperaba que pasase algo y cambiase mi destino, dudaba de persistir en el intento. Quizás no fui lo suficientemente fuerte, quizás siempre me engañé a mí mismo.

   Y entonces ocurrió todo aquello, los terribles acontecimientos que me llevaron definitivamente a la prisión en que ahora me encuentro. El recuerdo de lo que sucedió me produce un dolor intenso, casi físico, como una picadura de escorpión en mi debilitado espíritu, un golpe del pesado garrote de un gigante antiguo sobre mi blanda carne. Cuando revivo el violento cambio que se produjo en mí desde entonces, experimento el más profundo desamparo, al sentir la injusta y potente fuerza del azaroso destino.

 

    He estado contemplando una fotografía. Se trata de una imagen de mí en el parque de una casa de campo, junto a una piscina. Es la casa de unos amigos de mis padres. Solíamos pasar algunos días en verano allí, me gustaba mucho. El contraste es enorme. Me refiero a mí, en la foto. Físicamente era muy diferente. Estaba mucho más delgado y aparezco con un gesto sonriente mirando al objetivo. Era más joven también. Se percibe que estoy libre de preocupaciones, aún en una fase de descubrimientos y el peso de la responsabilidad todavía no se ha adueñado de mí. Tengo ese aspecto inocente, casi infantil, del que siempre he estado orgulloso. Mis ojos brillan con intensidad y mi cabello fino resplandece. Como han cambiado los rasgos delgados de mi rostro. En ese tiempo yo no comprendía por qué debíamos evolucionar hacia la responsabilidad y la seriedad indefectiblemente. Creía que lo más sano era mantener el espíritu joven, nunca dejar de jugar. Ahora lo comprendo todo. Se trata de una fuerza mayor, una potente institución que predica la necesidad de seres comprometidos con infinidad de causas de aparente importancia. Lo que quiero decir es que no hay lugar para los niños, para su forma de ver el mundo. Apenas se les permite el estatus de estado pasajero.

 

 

   Una vez que discutí con mis padres cogí la bicicleta y me marché por ahí para tranquilizarme y pensar. Llevaba puestas unas gafas de sol. En determinado momento me detuve frente a una panadería. Giré la cabeza y vi a un niño en el asiento de atrás de una furgoneta. Estaría esperando a sus padres o algo así, quizás también estuviese cabreado con ellos, no lo sé. Pero los dos nos miramos fijamente y comenzamos a reír en el mismo instante. Yo comprendí que estábamos en el mismo sitio virtual, en ese momento nada nos distinguía, daba igual la edad que tuviésemos. Él era un niño de apenas cinco o seis años y yo quizás tuviese veinte o algo así. Pero eso no importaba en lo más mínimo, reíamos de la misma manera y en el mismo lugar intangible del espacio. Aquél instante me ha quedado grabado con fuerza en la memoria. Quizás a él también. Quizás para él sea uno de esos primeros recuerdos, una de esas imágenes de la infancia que no olvidamos jamás, o tal vez solamente un instante más de esos que se desvanecen sin rastro. 

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