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    Es un buque viejo y bastante venido a menos. Dudo que posea los permisos en regla para realizar esta clase de travesía, aunque supongo que eso poco importa. El casco está bastante oxidado y tengo el presentimiento de que el viaje acabará en una catástrofe por algún motivo u otro.  Da la impresión de que no resistirá a un temporal de magnitud, o de que un día de estos arderá en llamas y se irá a pique como un cascarón viejo. Tampoco puedo asegurar que la carga que transportamos sea legal. Tengo entendido que se trata de un cargamento de aceite industrial proveniente de Rusia, pero yo lo dudo seriamente. Siempre hay centinelas apostados en la entrada de una de las bodegas de carga. No digo que no sean amables conmigo, al parecer les despierto simpatía. Pero estoy seguro de que no sería una buena idea intentar adentrarme en la zona restringida. Además, hay un tipo que siempre está con el capitán que estoy seguro de que no pertenece a la tripulación. Sé a ciencia cierta que no realiza ninguna función específica a bordo, y a juzgar por su aspecto, más bien parece que su presencia aquí está directamente relacionada con el cargamento. Su nombre es Ulises y es ucraniano, al igual que los dos centinelas de la bodega C. También sé que no debo inmiscuirme en asuntos que no son de mi incumbencia, pero he decidido mantenerme despierto y observar discretamente.

   El hijoeputa de Lee no me deja en paz. Él y el cabrón de su ayudante cada vez están más pesados conmigo. No tienen suficiente con joderme encargándome sucias faenas en todo momento, ahora se les ha dado por bromear a mi costa y burlarse. Ayer mismo encontré una cucaracha viva en mi plato y fui el hazme reír de la tripulación. Pretendían que me la comiese con sal. Maldito Lee, pude ver como se reía a mi costa y gozaba con su inmunda ocurrencia.

   No sé cuanto tiempo más pueda aguantar. Más de una vez he sentido el deseo de partirle el palote de amasar en la cabeza y he tenido que contenerme para no hacerlo. Encontraré la forma de vengarme del jodido cocinero sin ensuciarme las manos con la asquerosa grasa de su pegajosa piel.  

    Estos días han sido muy extraños a bordo. Todo empezó con un desgraciado accidente. Un cable de acero se soltó de su palo y el pesado grillete que llevaba en su extremo impactó en la cabeza de un tripulante. Yo no estaba presente pero me lo contaron detalladamente luego. En el lugar del accidente había una gran mancha de sangre y me encargaron que la limpiase. El hombre murió al poco rato, no hubo forma de salvarle. Era un marinero malayo, yo no lo conocía mucho porque hablaba un inglés demasiado básico, y aquí solemos comunicarnos en inglés. Pero siempre me había caído bastante bien. Creo que era de esos tíos que no se meten con la gente y se ocupan de sus asuntos pero son nobles cuando hace falta.

   El capitán estaba hecho una furia. Sabía que se enfrentaría a problemas legales por el incidente y todo ese asunto podía causar pérdidas a la compañía, que lo haría responsable a él. Intentó encontrar culpables, pensaba justificarlo como un error humano y así hacerle pagar el pato a otro. Pero todos sabemos que la culpa es de la mierda de condiciones infrahumanas en que estamos sumidos, y lo obsoleto del material. Nadie quiere decir nada y eso cabrea aún más al capitán. Que se joda. Podía haberle pasado a él, y entonces me hubiese gustado verlo meterse con los demás.

   El marinero muerto ha sido depositado en la cámara frigorífica. Estoy seguro de que el cabrón del capitán hubiese preferido arrojarlo al mar y darlo por ahogado. Pero es suficientemente listo para no arriesgarse a enfrentarse a la tripulación en este asunto. Sabe que los hombres no aceptarían la complicidad. Quizás algunos sí, esos tipos duros encargados de vigilar la bodega C están claramente su lado, se mueven por dinero. Pero los demás somos mayoría y defenderemos el código.

    Me enferma escuchar los degradantes comentarios de Lee sobre el malayo. Su cara chupada y  mal afeitada me causan repulsión. No para de burlarse de la ineptitud y la mala suerte del marinero muerto, dice que el destino quita del medio a los tontos inútiles. Profiere esos comentarios y los acaba con esa risilla irónica y burlona que le caracteriza. Ten cuidado Lee, el destino podría joderte también.

   Creo que algo raro se está cociendo y no sé que es. Tengo la impresión de que los hombres se están separando en pequeños grupejos y que están a la defensiva. Yo no formo parte de nada, apenas soy un grumete, y lo tengo difícil para enterarme de lo que está sucediendo. Me parece que Lee lo sabe, pero no espero que me diga nada. Últimamente está hablando en chino más de lo acostumbrado con su ayudante, supongo que discuten la situación, probablemente hablan sobre que partido tomar. Se les ve algo preocupados.

   El capitán ya casi no baja a cubierta, se queda arriba en compañía de sus hombres de confianza y su relación con los tipos que custodian la bodega C, y sobre todo con Ulises, parece haberse estrechado bastante. La única forma que tengo de observar alguna cosa es cuando Lee me requiere para ayudarle a llevar la comida a los de arriba. A menudo los he visto en reunión y creo que sus conversaciones giran en torno a la situación general del barco y la tripulación, aunque a veces hablan en ucraniano o en griego y no hay forma de comprenderlos. Sin embargo entre sus palabras me ha parecido reconocer más de una vez el nombre de uno de los tripulantes. Se trata de Johansen, un gigantón noruego. Sospecho que él y el capitán mantienen ciertas diferencias trascendentes, y que el noruego ha conseguido el apoyo de la mayoría de la tripulación.

   Johansen es una verdadera bestia. Más de una vez lo he visto levantar por si solo cargas que yo no conseguiría ni desplazar unos centímetros por el suelo aunque me aplicase al máximo de mis posibilidades. Y además es un tío listo, he oído que estudió en la universidad. Solo que proviene de una familia milenaria de marinos, su amor por el mar siempre ha sido demasiado fuerte y no le ha dejado mantenerse en tierra. También he oído que llegó a tener su propio barco, incluso algunos le llaman capitán. Pero en algún momento de su vida y por causas oscuras que desconozco lo perdió todo y tuvo que volver a empezar.

   Lo que tengo claro es que si llegado cierto punto me veo en la obligación de optar, estaré del lado de Johansen. Sé que Lee estará en el otro, estará con el capitán. No sé que pueda ocurrir, pero una cosa es segura, ellos tiene las armas.

 

   Ayer vi a mis padres. Vinieron a buscarme por la tarde y estuvieron llamando un largo tiempo a la puerta hasta que accedí a abrirles. Lo hice porque me di cuenta de que esta vez no pensaban desistir. Supongo que se habrán sentido especialmente afectados por su sentimiento de culpa o algo así. O quizás tenían la voluntad firme de hacer algo por mí. No soy un monstruo, no crean que no los valoro, después de todo son mis padres, llevo su sangre, y de verdad que los comprendo. Solo que se equivocan con sus procedimientos y eso es lo que me pone mal, lo que más me enferma. Nunca me escuchan, y aunque de vez en cuanto lo disimulan guardando silencio mientras les cuento lo mal que lo estoy pasando, puedo ver perfectamente que por sus cabezas solo pasa lo que tienen pensado para mí, y lo único que hacen es esperar a que me calle para volver a soltarme sus rollos surrealistas. La verdad es que no se enteran de nada. Creo que nunca consiguieron aceptar lo mío, es algo que los ha superado por mucho. No los culpo, de verdad, tiene que ser  muy duro para ellos.

   Consiguieron convencerme para que saliese a cenar con ellos a un restaurante. Al principio me negué rotundamente, no quiero saber nada de la gente, odio ir a sitios llenos de personas que no conozco de nada y que no me interesan en lo más mínimo. Es algo que me ocurre ahora, antes no era así, antes solía conocer gente nueva con facilidad. Pero ahora me fatiga enormemente y se me hace casi una tortura. Si acepté acompañarlos fue por lástima. Que ironía; por lástima debieran dejarme en paz mis padres con sus nefastas iniciativas. Ojalá pudiesen darme lo que en realidad necesito. Ojalá se diesen cuenta de que todo eso no hace más que hundirme más.

   Lo pasé muy mal en el restaurante. Si hay algo que no puedo soportar son las gilipolleces superficiales, las conversaciones superfluas, y los comentarios protocolares. Todo eso me da asco y me roba la poca energía que pueda haber conseguido acumular.

   Tuvimos la mala suerte de encontrarnos con unos conocidos de mi familia, y a mis viejos no se les ocurrió una idea más brillante que invitarlos a nuestra mesa para cenar juntos. Malditas convenciones sociales, consiguen amilanar nuestra personalidad y volvernos cobardes y abúlicos. Tuve que soportar todas sus chorradas durante dos interminables horas.  Además parecía que encontraban placer en mortificarme con sus preguntas típicas de perfectos insoportables. Que a qué me dedico, si estoy casado, donde vivo, que proyectos de futuro tengo y mil y una tonterías más. Me lo he inventado todo, les he contado cualquier cuento, y se lo tenían merecido. No pienso esforzarme hasta la extenuación intentando maquillar la realidad todo lo necesario para hacerla convencional a sus insulsos oídos. Mis padres estaban perplejos cuando escucharon que su hijo acababa de recibir una beca de una prestigiosa universidad para estudiar el desarrollo del embrión de avestruz. Pero no se atrevieron a interrumpirme, creo que no hubiesen tolerado la vergüenza de dar explicaciones. La verdad es que gocé de ese momento, y junto con la comida, que estaba de muerte, fueron los únicos en que mi espíritu consiguió esquivar el maltrato. No paré de inventarme fantasías pseudo biológicas que se pasaron como un bocado de pan caliente  y también les hablé de mi mujer, Anastasia, y mi hijo Albert, que estaba por cumplir un año, y al que pensaba regalarle un pequeño xilófono artesanal del siglo diecinueve para la ocasión. Luego me mantuve en silencio y absorto por un rato mientras ellos se liaban en conversaciones superficiales y patéticas, de las que cada tanto me llegaba alguna palabra aislada que se alojaba en mi mente con un estruendo tan sonoro como el de un gong chino en una catedral.   

    Todo cambió súbitamente cuando me percaté de que algo no iba bien en aquél restaurante. Allí estaban ellos, tras mis pasos, una vez más. Noté como un hombre que comía solo unas mesas más lejos se fijó reiteradamente en mí. Era un tipo gordo y grasiento pero que llevaba ropa fina, vestía una corbata de seda roja. Devoraba frenéticamente y aparentaba una actitud desinteresada hacia el mundo exterior, pero no se me escapó el movimiento nervioso de sus pupilas. Era exactamente el perfil de agente que utilizan en estas situaciones. Inmediatamente sentí como la adrenalina y el miedo se apoderaron de mí. Observé a mi alrededor y lo comprendí todo. Se trataba de un montaje, los camareros, los clientes, incluso  el hombre del piano... Uno por uno fueron dejándose ver, quizás con la intención velada de hacerme sentir indefenso. La verdad es que lo consiguieron porque mi mente se nubló y debo admitir que por unos instantes fui presa del pánico. Pensé en recurrir a mis padres, en pedirles ayuda, pero ya sabía por experiencias anteriores que hubiese sido en vano. Entonces sentí el impulso de salir corriendo de aquél sitio, aunque rápidamente desistí de mis propósitos. Ya no soy el de antes, mi cuerpo ha decaído y mi estado físico no es ni un esbozo del que un día llegó a ser. No hubiese conseguido burlarlos, eso lo tenía claro.

    Malditos conspiradores, parten con ventaja. Pueden tenderme una emboscada simplemente porque poseen los medios, mientras yo para ellos no represento más que una hormiga herida en un desierto ardiente. Pensé que lo mejor era aguardar con la esperanza de que no se decidiesen a actuar mientras estuviese en compañía de mis padres y sus amigos. Por un momento dudé pero llegué a la conclusión de que ellos no estaban implicados, no me pregunten por qué, solo intuición. Su presencia debió deberse a la casualidad, estoy  casi seguro.

   Poco a poco conseguí calmarme. Las palpitaciones comenzaron a irse y pude comenzar a razonar con más claridad. Empecé  a preguntarme como lo hacían, como habían sabido que esa noche estaría allí. Sospecho que vigilan a mis padres también, no es ilógico pensarlo, sé perfectamente que no dejan nada librado al azar.

   Me encontraba algo confundido y aún no me había abandonado completamente el terror inicial. Lo que más me preocupaba era estar fuera de mi territorio, desprovisto de medios defensivos. Intenté aparentar que no me intimidaban, creí que lo mejor sería hacerles pensar que tenía la situación bajo control, que sabía perfectamente cuáles eran los pasos a seguir. Haciendo un esfuerzo de concentración reanudé la conversación con mis acompañantes y hasta esbocé como pude esporádicas sonrisas. Supongo que el instinto de supervivencia se apoderó de mí, la verdad es que llegué a creerme mi papel y a interpretarlo con inusitada soltura. Y la motivación se acrecentó cuando comprobé que surtía efecto, que poco a poco disminuía el nivel de vigilancia al que me tenían sometido. Ahora mismo al repasar los hechos no puedo dejar de experimentar una ligera sensación de orgullo que me calienta el pecho. Lo hice muy bien. Aún soy capaz  de algunas iniciativas, aunque me representen un esfuerzo mental agotador que repercute en todo mi cuerpo.  Cuando salimos del restaurante me percaté claramente de que habían desistido de realizar cualquier movimiento en esas circunstancias. Ni siquiera me siguieron de vuelta a casa, estoy seguro de eso, es algo que no se me escaparía.  Me alegra comprobar que no me subestiman totalmente.

   Al llegar a mi casa me desplomé en la cama y dormí incontables horas. No puedo negar que los acontecimientos me afectaron profundamente y solo me sentí seguro bajo mi pesado edredón y en el calor de mi habitación.

   Otro impulso que a veces siento es el de cortar cabezas. Coger una pesada espada medieval y aplicar toda mi destreza en hacerlas rodar de un solo y preciso golpe fatal. Creo que me produciría satisfacción. Muchas veces he pensado en hacerlo si un día tenía la oportunidad. Tiene que ser una buena sensación. La verdad es que hay muchos que irían mejor por la vida sin cabeza, no niego que me hubiese gustado hacerles probar el filo de una pesada arma medieval. Pero ahora no tendría fuerza para nada de eso, creo que la espada me pesaría demasiado.

   En otros tiempos solía detenerme frente a una tienda de cuchillos y espadas. Más de una vez tuve la idea de hacerme con una, pero luego perdí la motivación al pensar que eran meras réplicas. Hubiese querido una verdadera, una que en su herrumbrado metal conservase aún oscuras manchas de sangre derramada por un cuello sin cabeza, un goteante soporte sin trofeo.

 

 

   Es como esa corriente negativa que circula por mi cuerpo. Se desplaza interiormente atravesando impunemente los puentes primarios. Su eficacia se basa en la ligereza de su núcleo de protones. Odio eso, lo odio. Que alguien haga algo, yo ya no puedo seguir así. Si analizamos la distancia que nos separa del centro cósmico del foco productor podemos sacar las conclusiones adecuadas. Pero yo solo no puedo hacer nada, lo que pasa es que nadie quiere enfrentarse al mando de control y asumir la responsabilidad. Estoy harto de ser el que paga por la ineficacia ajena. No quieren darse cuenta. Si yo nunca hice nada en esa dirección, ¿porqué actúan como si yo fuese el culpable?  El conmutador está en la posición incorrecta, solo es posible una interpretación de la divinidad insuficiente. Yo todo eso lo domino bien, lo sé. Son conclusiones a las que he llegado por medio de la conexión que me une al motor binario. He recibido las indicaciones pertinentes pero los elementos involucrados en la totalidad del proceso no actúan con la suficiente autonomía, están aprisionados. Me provoca congoja el alejamiento involutivo de la solución. Nadie quiere hacerse cargo del origen causal. Yo tengo un conocimiento extenso del motor binario porque lo he analizado a fondo. Sé más que nadie en esta materia, incluso más que los antiguos sabios que habían llegado a niveles elevados de experimentación. Sabían algunas de las diferencias básicas concernientes al núcleo y al motor pero ahora he llegado a las conclusiones últimas. Espero tener la oportunidad de demostrarlo. Nadie quiere ayudarme, nadie me tiene en cuenta, nadie me escucha. Considero que es injusto, siempre tengo que vivir la falta en carne propia aún sin haberla provocado. Que aflicción tan grande. Nada de lo que nos rodea puede cristalizarse pero los motivos son ignorados. A veces es una actitud deliberada, eso es lo peor de todo. La relación con el crucifijo es parcial, no abarca la totalidad iniciática. No es imposible llegar al eslabón superior pero me cansa. Todo eso me cansa y estoy harto de que no me escuchen cuando hablo. Si alguna vez tengo la posibilidad expondré la teoría de la que hablo en círculos mejor preparados y liberados de argucias flagelantes. Sé que existen los receptores indicados pero hay que llegar hasta ellos, encontrarlos entre la marea secundaria. El inconstante movimiento no está por debajo de otras especificaciones. Los niveles de cristalización son arbitrarios no dependen de premisas universales. Yo lo digo porque es algo de lo que tengo conocimiento a través de una elaborada investigación. No es casualidad ni debe interpretarse frívolamente porque parto de la base del origen y del uso del motor, solo que algunos interceden para la negación teórica. Es injusto que se silencie al generador del resultado y la causa, y yo no deseo levantar la voz para exponerme. Ya estoy cansado, esta situación no debe continuar, tienen que parar de acosarme para que pueda dejar de sufrir.

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