IX HUIDA DE NUEVA YORK

DOS VALSES HACIA LA CIVILIZACIÓN

PEQUEÑO VALS VIENES

En Viena hay diez muchachas,

un hombro donde solloza la muerte

y un bosque de palomas disecadas.

Hay un fragmento de la mañana

en el museo de la escarcha.

Hay un salón con mil ventanas.

¡Ay, ay, ay, ay!

Toma este vals con la boca cerrada.

Este vals, este vals, este vals,

de sí, de muerte y de coñac

que moja su cola en el mar.

Te quiero, te quiero, te quiero,

con la butaca y el libro muerto,

por el melancólico pasillo,

en el oscuro desván del lirio,

en nuestra cama de la luna

y en la danza que sueña la tortuga.

¡Ay, ay, ay, ay!

Toma este vals de quebrada cintura.

En Viena hay cuatro espejos

donde juegan tu boca y los ecos.

Hay una muerte para piano

que pinta de azul a los muchachos.

Hay mendigos por los tejados.

Hay frescas guirnaldas de llanto.

¡Ay, ay, ay, ay!

Toma este vals que se muere en mis brazos.

Porque te quiero, te quiero, amor mío,

en el desván donde juegan los niños,

soñando viejas luces de Hungría

por los rumores de la tarde tibia,

viendo ovejas y lirios de nieve

por el silencio oscuro de tu frente.

¡Ay, ay, sy, ay!

Toma este vals del "Te quiero siempre".

En Viena bailaré contigo

con un disfraz que tenga

cabeza de río.

¡Mira qué orillas tengo de jacintos!

Dejaré mi boca entre tus piernas,

mi alma en fotografías y azucenas,

y en las ondas oscuras de tu andar

quiero, amor mío, amor mío dejar,

violín y sepulcro, las cintas del vals.

 

VALS EN LAS RAMAS

Cayó una hoja

y dos

y tres.

Por la luna nadaba un pez.

El agua duerme una hora

y el mar blanco duerme cien.

La dama

estaba muerta en la rama.

La monja

cantaba dentro de la toronja.

La niña

iba por el pino a la piña.

Y el pino

buscaba la plumilla del trino.

Pero el ruiseñor

lloraba sus heridas alrededor.

Y yo también

porque cayó una hoja

y dos

y tres.

Y una cabeza de cristal

y un violín de papel

y la nieve podría con el mundo

una a una

dos a dos

y tres a tres.

¡Oh, duro marfil de carnes invisibles!

¡Oh, golfo sin hormigas del amanecer!

Con el numen de las ramas,

con el ay de las damas,

con el cro de las ranas,

y el geo amarillo de la miel.

Llegará un torso de sombra

coronado de laurel.

Será el cielo para el viento

duro como una pared

y las ramas desgajadas

se irán bailando con él.

Una a una

alrededor de la luna,

dos a dos

alrededor del sol.

y tres a tres

para que los marfiles se duerman bien.

 

EL POETA LLEGA A LA HABANA

A don Fernando Ortiz.

 

SON DE NEGROS EN CUBA

Cuando llegue la luna llena iré a Santiago de Cuba,

iré a Santiago,

en un coche de agua negra.

Iré a Santiago.

Cantarán los techos de palmera.

Iré a Santiago.

Cuando la palma quiere ser cigüeña,

iré a Santiago.

Y cuando quiere ser medusa el plátano,

iré a Santiago.

Iré a Santiago

con la rubia cabeza de Fonseca.

Iré a Santiago.

Y con la rosa de Romeo y Julieta

iré a Santiago.

¡Oh Cuba! ¡Oh ritmo de semillas secas!

Iré a Santiago.

¡Oh cintura caliente y gota de madera!

Iré a Santiago.

Arpa de troncos vivos. Caimán. Flor de tabaco.

Iré a Santiago.

Siempre he dicho que yo iría a Santiago

en un coche de agua negra.

Iré a Santiago.

Brisa y alcohol en las ruedas,

iré a Santiago.

Mi coral en la tiniebla,

iré a Santiago.

El mar ahogado en la arena,

iré a Santiago,

calor blanco, fruta muerta,

iré a Santiago.

¡Oh bovino frescor de cañaveras!

¡Oh Cuba! ¡Oh curva de suspiro y barro!

Iré a Santiago.

 

CRUCIFIXION

La luna pudo detenerse al fin [por] la curva blanquísima de los caballos.

Un rayo de luz violeta que se escapaba de la herida

proyectó en el cielo el instante de la circuncisión de un niño muerto.

La sangre bajaba por el monte y los ángeles la buscaban,

pero los cálices eran de viento y al fin llenaba los zapatos.

Cojos perros fumaban sus pipas y un olor de cuero caliente

ponía grises los labios redondos de los que vomitaban en las esquinas.

Y llegaban largos alaridos por el Sur de la noche seca.

Era que la luna quemaba con sus bujías el falo de los caballos.

Un sastre especialista en púrpura

había encerrado a las tres santas mujeres

y les enseñaba una calavera [por] los vidrios de la ventana.

Las tres en el arrabal rodeaban a un camello blanco

que lloraba porque al alba

tenía que pasar sin remedio por el ojo de una aguja.

¡Oh Cruz! ¡Oh clavos! ¡Oh espina!

¡Oh espina clavada en el hueso hasta que se oxiden los planetas!

Como nadie volvía la cabeza, el cielo pudo desnudarse.

Entonces se oyó la gran voz y los fariseos dijeron:

Esa maldita vaca tiene las tetas llenas de leche.

La muchedumbre cerraba las puertas

y la lluvia bajaba por las calles decidida a mojar el co[razón]

mientras la tarde se puso turbia de latidos y leñadores

y la oscura ciudad agonizaba bajo el marttllo de los carpinteros.

Esa maldita vaca

tiene las tetas llenas de perdigones,

dijeron los fariseos.

Pero la sangre mojó sus pies y los espíritus inmundos

estrellaban ampollas de laguna sobre las paredes del templo.

Se supo el momento preciso de la salvacion de nuestra vida

porque la luna lavó con agua

las quemaduras de los caballos

y no la niña viva que callaron en la arena.

[Entonces salieron los fríos cantando sus canciones

y las ranas encendieron sus lumbres en la doble orilla del río.]

Esa maldita vaca, maldita, maldita, maldita

no nos dejará dormir, dijeron los fariseos,

y se alejaron a sus casas por el tumulto de la calle

dando empujones a los borrachos y escupiendo sal de los sacrificios

mientras la sangre los seguía con un balido de cordero.

Fue entonces

y la tierra despertó arrojando temblorosos ríos de polilla.

Nueva York, 18 de octubre de 1929.

 

PEQUEÑO POEMA INFINITO

Para Luis Cardoza y Aragón.

Equivocar el camino

es llegar a la nieve

y llegar a la nieve

es pacer durante veinte siglos las hierbas de los cementerios.

Equivocar cl camino

es llegar a la mujer,

la mujer que no teme la luz,

la mujer que mata dos gallos en un segundo,

la luz que no teme a los gallos

y los gallos que no saben cantar sobrela nieve.

Pero si la nieve se equivoca de corazón

puede llegar el viento Austro

y como el aire no hace caso de los gemidos

tendremos que pacer otra vez las hierbas de los cementerios.

Yo vi dos dolorosas espigas de cera

que enterraban un paisaje de volcanes

y vi dos niños locos que empujaban llorando las pupilas de un asesino.

Pero el dos no ha sido nunca un número

porque es una angustia y su sombra

porque es la guitarra donde el amor se desespera,

porque es la demostración de otro infinito que no es suyo

y es las murallas del muerto

y el castigo de la nueva resurrección sin finales.

Los muertos odian el número dos

pero el número dos adormece a las mujeres

y como la mujer teme la luz

la luz tiembla delante de los gallos

y los gallos sólo saben volar sobre la nieve

tendrémos que pacer sin descanso las hierbas de los cementerios.

Nueva York, 10 de enero de 1930.

FIN DE«POETA EN NUEVA YORK»

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